_Isab._ Agora ¿consideras, Cecilia, quantos engaños y traiciones
hay por el mundo? ¿Quién pensára tal, que esta mala vieja, con sus
fingidas santidades y palabras dulces, vinia á contaminar el homenaje
de mi limpieza?
_Cec._ Cierto, señora, que no debia ser esperta en las armas; pues
viniendo á dar combate á fortaleza, venía sin amparo de capacete
para las piedras y petrechos que los cercados habian de soltar en su
defensa.
_Isab._ ¿No viste cómo se hizo muerta como raposa apaleada?
_Cec._ Si vi, mas poco le prestó, que si mi espada no hiciera
muestras de se quebrar, no cesára aún por su industria la batalla.
_Isab._ Agora bien, vaya á la mala ventura, que por el necio atrevido
de quien la envió, no faltaré al amor que á Selvago tengo; pues por
sus razones este dia pasado claramente conocí no vivir engañada.
_Cec._ ¡Ce, señora, qué digo yo! ¿No ves la carta que traia la
falsaria á par de la puerta?
_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que la hagas pedazos, que me parece
ofender á Selvago lo contrario haciendo.
_Cec._ Por mi salud, señora, que tal no sea, sino que hemos de saber
en qué mundo vivimos, y reir un poco con sus necedades, pues se puede
hacer tan á nuestro salvo.
_Isab._ Haz tú lo que por bien tuvieres, mas yo lavo en ello mis
manos; mas mira á todo esto no sea recepta de purga, como dixo la
vieja, y te quedes soplando las manos, tu gozo en el pozo, con la
miel en los labios.
_Cec._ Anda, señora, que no es noramaza, que toda la sangre de
alteracion se me habia ido á la servilla: mas oye si te parece, pues
á tí viene dirigida, y si algun paso lamentable en ella vieres, mira
que con lágrimas y sospiros le solenices, porque así conviene, y es
precepto en la ley de bien amar.
_Isab._ Anda en mal hora, ó la rompe, ó acaba ya.
_Cec._ Agora oye:
_Carta._
«Si fuerza en la mia hubiese para la que de tu parte me viene,
seráfica dea, en alguna manera relatar, no sólo mi rabiosa
fatiga en ello recibiria contento, mas á tu grande piedad y
benivolencia, acerca de ella, mostrarie en alguna manera su sér;
mas ¡ay de mí! que ni la pena que por tí padezco consiente, por
ser tal, en papel ser esculpida, ni ya que lo fuese de tí, ni
de ninguno de los mortales por lo mesmo le serie dado crédito,
porque todas quantas veces el radiante Febo, su lucida corona del
Oriente en nuestra Europa nos demuestra, en fénix convertido,
en fuegos por mí mismo fabricados, soy deshecho, tornando en el
instante á renacer; porque la pena siendo perdurable, infinito
sea su tormento. No dexo de recebir, mi dea, algun pequeño
consuelo por tan á la clara haberte mi propósito declarado,
aunque por otra parte considerando la cruda respuesta, por ser
ninguna, que por tí me fué dada, en más y mayor descontento es
convertido; de donde una tal desesperacion á mis sentidos se
demuestra, que la vida tienen por pena, y la muerte les sería muy
agradable vida, la que, último y postrer medio de descanso en
mi trabajosa cuita deseo que fuese, y sin duda será, si tú, mi
preclara dea, no truxeres el saludable letuario de tu soberana
gracia al en tí convertido Selvago, y por tí crudamente de la
vida excluido.»
_Isab._ ¡Ay de mí! la más sin ventura doncella de las nacidas, y ¿qué
oigo? ¿Y es verdad que de parte de mi Selvago me viene este mensaje?
Muestra, muestra, Cecilia, ese bienaventurado papel, aunque en muy
fortunado tiempo llegado, seré en ello bien certificada para que la
pena, que tan bien he merecido en dar tal pago á quien tanto bien me
traia, en mí execute.
_Cec._ Mira, señora, que no me parecen bien los extremos que
muestras, pues más con razon habias de tomar gozo con tal
acaescimiento, que por él demostrar tanta tristeza.
_Isab._ ¡Ay desventurada yo, que áun esto es poco, pues tan
desaconsejada he sido con quien toda mi gloria en su poder tiene!
dime tú, ¿no ves quánta razon tengo para salir de sentido, pues por
mi poco saber, no ménos que de mi muerte he sido causa, si Selvago
de lo que con su mensajero pase es sabidor? pues es cierto que de hoy
más de mí no tendrá cura, habiendo una vez á él y otra á su carta con
tanta esquiveza tratado.
_Cec._ Señora Isabela, ántes en eso vives engañada, porque la
condicion de los hombres es tal, que aquello que les es negado con
mayor eficacia procuran, y lo que fácilmente les conceden, muy
presto dellos es olvidado; quanto más que siendo, como es, Selvago
bien entendido, sabiendo el caso por entero, ántes por él te dará
gracias, que, como dices, se apartará de su propósito, porque si
tú apaciblemente á la vieja y su mensaje recibieras ignorando la
parte, no sólo de liviana fueras ultrajada, mas áun de inconstante
amadora adquirieras renombre; pues la fe á su verdadero amor debida,
recibiendo mensaje ignorando ser suyo, del todo era falsada.
_Isab._ Por verdad, hermana Cecilia, gran consolacion y deleite de
tus palabras me viene, que sin ellas fuera imposible remediar mi
vida; mas pídote por el amor y fidelidad que me eres deudora, pues
en lo uno tan bien has razonado, que en lo que de aquí resulta me
aconsejes, para que si algo por mi ignorancia se ha perdido, con tu
mucha discrecion se recupere, y yo, del crudo tormento que padezco,
algun remedio reciba.
_Cec._ No dexo de conocer, mi señora, ser gran presuncion la mia en
ponerse á dar parecer á quien á mí y á muchos otros le puede dar,
mas porque no parezca que tu mandamiento recuso, cumpliré lo que por
tí me es mandado; digo, pues, que, sin más detenimiento, á tu ama
Valera mandes llamar, la qual venida, ella dará algun medio como te
reconcilies con aquesta vieja que con el mensaje aquí vino, que yo
sé que las dos tienen en sí gran amistad; porque, si no me engaño,
aunque con hábito de mendicante venía disfrazada, es Dolosina, la
famosa alcagüeta, que tales ensayos hace para más á su salvo ordenar
sus tratos.
_Isab._ Bien me parece, Cecilia, lo que has dicho; por tanto, por mi
amor, que tú recibas el trabajo en llegarte á su posada á la llamar.
_Cec._ Señora, en todo cumpliré tu mandamiento; por tanto á Dios
quedes, que yo voy.
_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que no tardes, y vé en buen hora.