_Selv._ ¡Válame el poderoso Dios! ¿qué será esto? ¿por ventura no
estaba yo agora en el reino de mi señora, lleno de su gracia y
gozando de su soberana gloria? ¿pues, cómo me hallo en mi lecho? sin
duda que con algun fingido ensueño he sido engañado; bien será me
certifique de segunda persona. ¡Mozos, mozos!
_Risd._ ¿Qué mandas, señor?
_Selv._ Dime, Risdeño, por tu fe, ¿dónde he yo estado esta noche?
_Risd._ El cuerpo, señor, á do se halla al presente, mas del alma no
sé cosa.
_Selv._ Pues dime, necio, viviendo yo, ¿pueden hacer divorcio entre
sí?
_Risd._ No sé, pregúntaselo á Sant Agustin, que dice que el amador
tiene su ánima en donde ama.
_Selv._ Agora verdaderamente creo que de cierto yo no soy Selvago,
que en Isabela está convertido y en ella vive; mas yo soy su efigies
y cuerpo, y así no fué vano lo que poco há entre sueños imaginaba;
mas dime, ¿qué hora piensas que sea?
_Risd._ Despues de la salida de la luminaria en quantidad mayor del
firmamento, puede dos veces el cinocéfalo haber urinado.
_Selv._ ¿Qué has dicho, que no te he bien entendido?
_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿No sabes la propiedad del cinocéfalo, que
tiene apariencia de mona?
_Selv._ No, mas di quál es.
_Risd._ De urinar de hora en hora tan por nivel, que sobrepuja al
más concertado relox que ser pueda, por obrar en él naturaleza, y
por esto habiendo urinado, como dixe, dos veces despues de la venida
del sol, que es la mayor lumbre del cielo, por causa que es ciento y
veinte y cinco veces mayor que la tierra, serán las seis del dia.
_Selv._ Gracioso estás con tus poesías á mí, que estoy la soga á
la garganta; dame aquel laud y salte á la puerta de la sala, y si
vieres á Flerinardo, ó á otro de su parte, entrarás á me lo decir
luégo.
_Risd._ Señor, así lo haré. ¡Oh santo Dios, y qué soberana gracia
tiene este hombre en quanto mano pone, y cómo constriñe el
instrumento que en sus manos tiene á que de su pena y dolor sea
participante! De cierto que si el famoso Orfeo y el dulce Orion
con el estimado Anfion al presente fueran vivos, con ser los más
excelentes músicos que la antigüedad tiene en memoria, en ninguna
manera con esto se podian igualar, que de verdad mi sentido tiene
elevado en oir los altos y baxos, cercas y léxos de las sonoras
cuerdas, ordenando á sus tiempos con suave melodía unos pequeños
descuidos que, con mayor cuidado, los ánimos de los circunstantes en
ella eleva. Ya me parece que su voz hace muestras de querer, con su
alta armonía, las fantasías y diferencias del instrumento matizar;
que, segun otras veces he visto, no ménos las apacibles gargantas,
los delicados sonidos de la voz mostráran bien gustosas, que los
ligeros dedos, los confusos redobles con suave dulzura han ordenado;
mas ¿quién es esta fantasma ó estantigua que con Escalion viene? ¿Por
ventura el fuerte Enéas, en él convertido, con la anciana Sibilla,
quieren en los infiernos, donde Selvago pena entrar la segunda vez?
Pues ténganse por dicho que no han de pasar tan livianamente como
piensan en mi barca, pues el ramo de oro no les fué concedido.
_Esc._ Amigo Risdeño, estés en buena hora, ¿qué hace tu señor Selvago?
_Risd._ Señor Escalion, vos seais bien venido, y si en lo que mi
señor entiende quereis saber, allegaos á la puerta de aquella sala y
seréis en vuestra pregunta satisfecho.
_Esc._ Dime, por tu fe, ¿es él el que tañe?
_Risd._ No otro.
_Esc._ Por tu vejez, madre, que gocemos un poco de la música, que
tiempo nos queda, pues no es ella de perder.
_Dol._ Sea, hijo, como quieres, que, por mi verdad, el sentido me
tiene allá robado, que, mal pecado, como la armonía y dulzura de la
música representa y sabe á la celestial gloria, y yo, en lo último de
mi vida esté, no puede hacer ménos de poner mi juicio por algun tanto
en lo que tan presto para siempre tiene de gozar.
_Esc._ Así quiera Dios, madre, y que allá todos nos veamos.
_Dol._ Harto, hijo, es de pusilánimo y miserable el que piensa de no
verse allá y tiene en ello muerta su esperanza, mas callemos algun
tanto, y del todo de la música podrémos gozar, que comienza nueva y
alta materia.
_Selv._
A los montes de Parnaso,
A caza va mi cuidado,
Vestido de ropas verdes
Que la esperanza le ha dado;
De canes, que son servicios,
Viene todo rodeado,
Los monteros pensamientos
Vienen cerca de su lado;
En una cueva metida,
Lugar solo y apartado,
Descubierto han una cierva,
Tras ella todos han dado;
Las cornetas de gemidos
Fuertemente han resonado,
El cuidado y un montero
Los primeros han llegado;
La cierva, sin tener miedo,
Muy constante se ha mostrado,
Los perros se parten della,
Que tocalla no han osado,
Porque, con sola su vista,
Los ha muy mal espantado.
Ellos estando en aquesto,
Un caballero ha llegado,
Armado de ricas armas,
Con señales de morado;
En su mano trae blandiendo
Un dardo bien afilado,
Que, como al cuidado vido,
Con soberbia le ha hablado:
Por tu muy gran osadía
De mí serás maltratado;
Diciendo estas palabras
El venablo le ha tirado,
Por medio del corazon
De parte á parte le ha pasado:
No contento con aquesto,
A la cueva le ha llevado,
Échale fuertes prisiones,
Do le dexa encarcelado.
_Dol._ Por mi salud, hijo mio, que me semeja que en la gloria de
la melodía del ángel Sant Miguel he gozado el tiempo, que aquí con
vosotros oyendo á Selvago he tenido.
_Esc._ Por la cruel remembranza de Megera, madre, que tienes la
mayor razon del mundo; mas, pues lo ha ya dexado, entremos si fueres
servida.
_Risd._ Escalion, mira, una palabra al oido.
_Esc._ Di lo que quisieres.
_Risd._ Quiero que me digas de qué cimenterio ó soterraño has sacado
esta semejanza de la suegra de Barrabás, que contigo viene.
_Esc._ Calla en mal hora, no digas tal, que si lo sabe será gran
daño, que ésta sola basta á dar la medicina más conveniente á la
peligrosa enfermedad de tu señor.
_Risd._ Pues dime, ¿es, por ventura, el espíritu de Galeno, que
fuiste por él al otro mundo para este negocio?
_Esc._ Otra vez á doce, anda con nosotros, que presto sabrás de su
venida, y quién sea, y no burles de quien te puede dañar, que muy
fácil, por su arte, puede saber lo que della dixiste.
_Risd._ Ya, ya, á fe de gentil hombre, que sé ya todo el caso, que tú
debes haber sacado del ciminterio del Cármen el cuerpo de Celestina,
que este dia falleció, y como allí tan presto se consume y come la
carne, no hallaste sino los huesos que traes contigo; digo esto, si
fué verdad, que murió de la caida del andamio de su casa, y no se
estuvo, como la otra vez, escondida tras el artesa.
_Esc._ Bien dicen que quien mucho habla pocas veces acierta; mas no
sé qué de tí me piense, que así quieres con tus pesadas palabras en
són de gran poder á tu señor quitarle el remedio que le viene. Por
tanto, yo te ruego que tus palabras cesen y vayas á decir á Selvago
cómo estamos aquí.
_Risd._ Agora, que yo iré, no tomes pasion con lo que burlando se
dice. ¿Señor, señor? Escalion, el criado de Flerinardo, y una dueña,
están allí fuera, que te quieren hablar, si les das licencia.
_Selv._ Di que entren, mal mirado, que yo dello primero te avisé.
_Dol._ ¡Oh mi hijo y buen señor! vos esteis muy en buen hora, en
buena fe; mas decidme, yo os ruego, ¿qué enfermedad es la vuestra,
que á tal hora teneis el aposento de los tales por morada?
_Selv._ Madre mia, tu venida sea para mí tan buena como la de Judit
con la cabeza de Holoférnes á los afligidos ciudadanos; pídote que me
perdones si no te fago el acatamiento á tu persona debido, pues mi
poca salud es en ello la causa.
_Dol._ ¿Y qué dolencia es la vuestra, hijo? que, por mi salud, segun
de vuestro rostro concibo, no puede faltar sino que de regalo sea.
_Selv._ Mi señora, sabe que para en eso fuiste llamada; por tanto,
siéntate, reposa un poco, que toda mi fatiga te será descubierta,
donde, si en tí en alguna manera remedio se hallase, no sólo á un
enfermo darás la vida, que es asaz buena obra, mas áun mi persona
y bienes en tu poder serán puestos, quedándote aún con esto en muy
grande deuda.
_Dol._ Pues, señor, no ceses en me lo decir, que si hiciere al caso,
aunque mi poder sea poco, sólo por lo que tu persona merece, junto
con la vida en tu servicio sacrificaré.
_Selv._ ¡Oh madre mia, y cómo me eres agradable! Cierto si por obra
cumples lo que de palabra has profesado, con mi vida no te podré
gratificar; por tanto, has de saber que mi vida sin ella se ve por
ser del todo muerta y de sí apartada y en ajeno poderío crudamente
captiva, lo que en la vista de Isabela, hija de Polibio, en un
instante de tiempo se ordenó.
_Dol._ Al cabo estoy, señor; á buen entendedor pocas palabras.
_Selv._ Pues, madre, ¿qué conjeturas tienes en esto? ¿parécete grande
la dolencia, ó carece de remedio?
_Dol._ De ser grande no pongo duda, mas sábete que para todo hay
remedio sino para la muerte.
_Selv._ Pues ¿cómo piensas hacer esta caridad?
_Dol._ Yo te diré: tú tienes pujamiento de sangre, por tanto paréceme
que alguna sangría será necesaria.
_Selv._ ¿Quieres decir, madre, que dineros lo pueden hacer todo?
_Dol._ Parece que me viste el juego.
_Selv._ ¿Pues será menester otra cosa?
_Dol._ Sí, tres en número.
_Selv._ ¿Quáles son?
_Dol._ Las que el Gran Capitan al arzobispo mozárabe señaló, cuando
la guerra de Orán ordenaba.
_Selv._ Di, pues, ¿qué fué lo primero?
_Dol._ Dineros.
_Selv._ ¿Lo segundo?
_Dol._ Dineros.
_Selv._ Bien te entiendo; di qué fué otra cosa.
_Dol._ Dineros.
_Selv._ Pues quanto en eso no se perderá cosa, que hartos dineros hay.
_Dol._ Pues tuya es Isabela.
_Selv._ Mira lo que dices.
_Dol._ No creas que la vejez caduca el sentido me haya robado, como
las otras esteriores potencias, que de cierto no es así, pues ella y
la necesidad en gran manera le han limado y polido, á que fácilmente,
por conjeturas en el principio, los fines ciertos y verdaderos
inquira; por tanto callen barbas y hablen cartas, que es lo que más
hace al caso, y verás quién es la vieja Dolosina, y cómo sus promesas
no son falsas.
_Selv._ Risdeño, toma esta llave y sácame un portacartas que verás en
aquel cofre.
_Risd._ Señor, vesle aquí.
_Selv._ Madre mia, toma estas cincuenta doblas en señal de que lo
restante es tuyo, si verdaderas fueren en todo tus palabras.
_Dol._ Téngotelo en merced, señor, éstas, con las diez que ayer con
Escalion me enviaste, que en el hacer de las mercedes has mirado el
mucho valor de quien las da, y no el poco merecimiento de á quien se
conceden.
_Selv._ Madre señora, mucho vales, y á más te soy obligado por tus
agradables promesas.
_Dol._ Agora, mi buen señor, yo me quiero partir para con más
brevedad concluir el negocio.
_Selv._ Madre mia, merced recebiré, que si en su presencia te vieres
y te hiciere al caso, esta letra le des de mi parte.
_Dol._ Mi buen señor, yo lo cumpliré bien, aunque poco hace al caso;
mira si me mandas otra cosa.
_Selv._ Que el ángel bueno te guie en esta jornada; mira si tienes
necesidad de alguno de mis criados que te acompañen hasta la posada.
_Dol._ No hay necesidad, señor, que quien me truxo tomará este
trabajo.
_Selv._ Escalion, hermano, ruégote, si allá no fueres necesario, que
des luégo la vuelta, que tengo de haber cierto negocio contigo.
_Esc._ Yo cumpliré vuestro mandado, señor Selvago.
_Selv._ Madre señora, al Criador de todas las cosas te encomiendo.
_Dol._ Él quede, señor, en tu compañía; no tomes pena demasiada, ten
buena esperanza en el suceso, que en manos está el pandero que le
sabrá tañer.
_Selv._ Con esa esperanza sustentaré la vida.