_Selv._ Aderézame, Risdeño, ese lecho en que este mi fatigado cuerpo
el último descanso reciba.
_Risd._ Señor, ya por obra he cumplido lo que de palabra mandaste;
mas dime, yo te ruego, qué es lo que en tí sientes, pues en són de
doliente usas de sus previlegios.
_Selv._ Siento tanto, que mi sentido en sentirlo sin sentir queda.
_Risd._ Di, ¿es enfermedad del cuerpo?
_Selv._ No, mas poca sanidad del ánima.
_Risd._ Por ahí anda Isabela.
_Selv._ Pues dime, adivino malicioso, ¿cómo sabes lo que has hablado?
_Risd._ Donoso estás, por mi fe, como si yo no estuviera presente
quando con ella platicaste.
_Selv._ Sin dubda, ya no me acordaba; mas ruégote me digas, pues te
picas de sabido, ¿qué conjeturas de su meneo concebiste?
_Risd._ Buenas.
_Selv._ ¿Cómo no me parecieron á mí tales?
_Risd._ Puede ser, porque los á tí semejantes los favores que les
dan no creen, y por el contrario, el disfavor sin que se les dé le
reciben; dígolo por causa que sentí de Isabela, que no le pesaba en
que le declarabas tu pena, que es buena señal para tu parte.
_Selv._ Dime, ¿no vistes cómo contorneó la fenestra y se fué?
_Risd._ Allá voy, no me vuelvas las palabras, que si bien lo miras,
no se entró por tu causa, pues con buen semblante hasta el fin oyó
tus razones.
_Selv._ ¿Pues por qué crees que lo hiciese?
_Risd._ Alguna cosa le constriñó en ello, lo que se vido claramente
en que primero volvió su cabeza que el cuerpo hiciese muestra de se
ir; y despues de entrada no contorneó la fenestra sin que pasase
algun tiempo primero, y por tanto no conviene, pues eres discreto,
que tales extremos muestres sin causa, que no desde el lecho la has
de servir, sino padeciendo en pié trabajos y fatigas por su causa.
Y pues lo que te digo vees ser así, esfuérzate, que, como dice el
refran, visto hemos acuchillados, que podrá ser que otro dia ganes lo
que hoy piensas haber perdido.
_Selv._ ¡Oh, cómo con razon dicen que el sano dice al doliente: Dios
te dé salud! Pues hágote saber que más mal hay que parece. Dime,
¿tú no sabes que mi gran amigo Flerinardo pena por ella y que me
descubrió á mí su secreto, y que conforme á ley de amistad yo he
caido en crímen de traicion?
_Risd._ No mires en eso, señor, que más obligado eres á tí que no á
otro.
_Selv._ Siendo yo de tu estado y condicion no fuera mucho; mas en
el ilustre y magnífico caballero no se consiente, porque no sólo su
vida ha de apartar de mácula, mas su fama de pensamiento della, que
si bien miras, más se parece en el buen paño la raza que en el no
tal, y que tanto en quanto yo y los de mi estado á los del vuestro
sobrepujamos, tanto somos más obligados á librar de mácula nuestra
fama y honra, y de la misma manera alguna cosa en nosotros sería
pecado, que en vosotros no tendría dél especie, por lo qual á mí
conviene con alegre voluntad rescebir la temerosa muerte ántes que mi
famoso linaje reciba algun peligro en su limpieza; una cosa te ruego
por la crianza que en tí he fecho, que el caso á todos hasta despues
de mi muerte tengas celado, que sin dubda pienso que su venida no
puede tardar, segun lo que mi atribulado cuerpo siente y mi afligido
espíritu padece.
_Risd._ Señor, Dios lo hará mejor que vuestro entendimiento en
sí concibe; mas agora mirad lo que conviene, que á vuestra madre
Funebra, y hermana veo acá venir.
_Funebra._ Hijo mio, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentís?
¿qué mal es el vuestro, que mi ánima, despues de lo saber, ningun
descanso ha tenido? Por vuestra vida, mi amor, que me lo digais, que
si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima lo padezco, por causa
de ser vos en quien mi vida, despues de la muerte de vuestro padre,
está pendiente.
_Selv._ Señora mia, grave mal es el que siento, y mayor por ignorar
la causa; pídoos, porque no me seais causa de mayor pena, que vos no
la tomeis, que siendo Dios servido, yo cobraré salud cumplida.
_Fun._ Así plega á su infinita bondad, que con la muerte de vuestro
padre sea contento y no me dé otro semejante azote con la vuestra.
_Ros._ Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida
con razon os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes,
no sería pequeña la merced que de vos recebiria, porque no sólo
tendríades en mí quien en igual grado que vos vuestro mal sintiese,
mas en ello hasta la muerte trabajaria, buscando la medicina en
vuestra pena más conviniente.
_Selv._ Mi querida hermana, bien de poco entendimiento sería yo si
á vuestras consolatorias razones negase, pudiendo, su convenible
respuesta; mas hágoos cierta que para lo que decis en mí falta el
poder de manifestarlo, por ser del todo en ello ignorante; aunque
os hago saber que de tal manera lo podria rodear fortuna, que en
vuestras manos mi vida ó muerte estuviese. Mas empero al presente,
como he dicho, tan poca razon de mi dolencia os puedo dar, como
grande sinrazon sería, sabiéndola, querérosla encubrir.
_Ros._ Pues tal es, señor, vuestro propósito, no os quiero en esto
dar más enojo, sino rogar al Criador de todas las cosas que aquella
sanidad os envie que más os conviene, porque mi señora madre, de tal
hijo, y yo de tan buen hermano, pudiésemos enteramente gozar.
_Selv._ Ansí, mi señora, os ruego yo, que gran pena me sería dexar
en tal tiempo su postrimera edad en pena y vuestra agradable juventud
en angustia.
_Risd._ Señor Selvago, tu gran amigo Flerinardo te viene á visitar,
que sabiendo tu mala disposicion, un punto no se detuvo.
_Selv._ ¡Oh poderoso Dios, que mi fin llega! ¡Ay, ay!
_Ros._ Señor mio, señor mio; ¡ay desventurada de mí, mi hermano y mi
señor muerto!
_Fun._ ¡Oh, la más triste y desdichada de las nacidas! ¡y no revienta
madre que tal pudo ver!
_Risd._ Mirad, señora Rosiana, que puede ser desmayo; rocialde el
rostro y tornará en sí.
_Ros._ Muestra esta redoma; triste fué mi nacimiento, que su rostro
no da señal en tales experiencias.
_Risd._ ¿No veis, señora, cómo dixe verdad, que ya vuelve en su
sentido?
_Selv._ ¡Oh querida hermana! ¿por qué no dexastes á mi penosa vida
que del todo se acabára, porque sus fatigas hicieran lo mesmo?
_Risd._ Señora Rosiana, usad del mesmo remedio con vuestra madre, que
no ménos es necesario para su vida.
_Fun._ ¡Ay, ay, desventurada mujer, que de tal hijo ha de ser privada!
_Ros._ Mi señora, sabed que no es lo que pensais, que ya está muy
mejorado.
_Fler._ ¿Qué es esto, señor Selvago? ¿es por ventura regalo? ¿hoy
no estabádes en toda buena disposicion? ¡Válame el poderoso Dios, y
qué trocado estais en tan poco tiempo! por mi verdad, que á dubda lo
tuviera si por esperiencia no lo hobiera visto.
_Selv._ En eso verés, señor Flerinardo, qué sentirá el espíritu de
dentro, quando tales señales el cuerpo de fuera muestra.
_Fler._ ¡Cómo! ¿y no sabrémos vuestra enfermedad qué sea?
_Selv._ No he sentido otra cosa sino que en este instante me
sobrevino un tal desmayo en el corazon, que á pocas fuera de me
quitar la vida.
_Fler._ ¿Pues agora qué tal os sentis?
_Selv._ Mejor, gracias se den al omnipotente Dios, que todo lo ordena.
_Fler._ Mi señor, no temais, que placerá al que habeis dicho que del
todo vuestra mejoría se cumpla.
_Selv._ Ansí le plega á su divina clemencia.
_Fun._ Mi hijo, ¿querés alguna cosa á mí ó á vuestra hermana, que nos
vamos á nuestro aposento?
_Selv._ Mi señora, no otra cosa sino que no tengais pena, que Dios es
piadoso y concederá en vuestras plegarias.
_Fun._ Él lo tenga por bien por quien él es.
_Ros._ Señor hermano, Dios os cumpla la mejoría, como todos habemos
menester.
_Selv._ Mi querida hermana, en vuestras oraciones me encomiendo.
_Ros._ Deso podés, mi señor, estar seguro, que aunque indigna, gran
parte de la noche presente pienso de gastar en mi oratorio.
_Selv._ Con esa confianza pienso del todo ser guarecido.