Después de la derrota, parten los atenienses de su campamento para ir
por tierra a las villas y lugares de Sicilia que seguían su partido.
Pasada esta batalla naval tan áspera y cruel, en la cual hubo gran
número de barcos tomados y destrozados, y muchos muertos de ambas
partes, los siracusanos y sus aliados, habida la victoria, recogieron
sus despojos y los muertos, volvieron a la ciudad y levantaron trofeo
en señal de triunfo.
Los atenienses estaban tan turbados de los males que habían visto y
veían delante de sus ojos, que no se acordaban de pedir sus muertos
ni de recoger sus despojos, sino que solamente pensaban en cómo se
podrían salvar y partir aquella misma noche. Había entre ellos diversas
opiniones, porque Demóstenes era de parecer que se embarcasen en los
buques que les habían quedado y partiesen al rayar el alba, saliendo
por el mismo puerto si pudiesen salvarse, y también porque tenían mayor
número de barcos que los enemigos, pues se acercaban a sesenta, y los
contrarios no contaban cincuenta.
Nicias estaba de acuerdo con Demóstenes; mas cuando determinaron
realizar el proyecto, los marineros no quisieron entrar en las naves
por el pavor que tenían del combate pasado en que fueron vencidos,
pareciéndoles que de ninguna manera podían ser vencedores en adelante,
por lo que les fue necesario mudar de propósito, y todos de un acuerdo
determinaron salvarse por tierra.
El siracusano Hermócrates, teniendo sospecha, y pensando que sería
muy gran daño para los suyos que un ejército tan numeroso fuese por
tierra y se rehiciese en algún lugar de Sicilia, desde donde después
renovase la guerra, fue derecho a los gobernadores de la ciudad y les
dijo que parasen mientes aquella noche en la partida de los atenienses,
representándoles por muchas razones los daños y peligros que les podían
ocurrir en adelante si les dejaban irse.
Opinaba Hermócrates que toda la gente que había en la ciudad para tomar
las armas, así de los de la tierra como de los aliados, fuese a tomar
los pasos por donde los atenienses se podían salvar.
Todos aprobaban este consejo de Hermócrates, pareciéndoles que decía
verdad, mas consideraban que la gente estaba muy cansada del combate
del día anterior, y quería descansar, por lo cual con gran trabajo
obedecerían lo que les fuese mandado por sus capitanes.
Además, al día siguiente se celebraba una fiesta a Hércules, en la
cual tenían dispuestos grandes sacrificios para darle gracias por
la victoria pasada, y muchos querían festejar y regocijar aquel día
comiendo y bebiendo, por lo que nada sería más difícil que persuadirles
se pusiesen en armas. Por esta razón no estuvieron de acuerdo con el
parecer de Hermócrates.
Viendo Hermócrates que en manera alguna lograba convencerles, y
considerando que los enemigos podían aquella noche, reparándose, tomar
los pasos de los montes que eran muy fuertes, ideó esta astucia. Envió
algunos de a caballo con orden de que marchasen hasta llegar cerca de
los alojamientos de los atenienses, de suerte que les pudiesen oír,
y fingiendo ser algunos de la ciudad que seguían el partido de los
atenienses, porque había muchos de estos que avisaban a Nicias de la
situación de las cosas de los siracusanos, llamaran a algunos de los de
Nicias y les dijeran que aconsejaran a este no moviese aquella noche
el campamento si quería hacer bien sus cosas, porque los siracusanos
tenían tomados los pasos, de manera que correría peligro si saliese de
noche, porque no podría llevar su gente en orden, pero que al amanecer
le será fácil ir en orden de batalla con su gente para apoderarse de
los pasos más a su salvo.
Estas palabras las comunicaron los que las habían oído a los capitanes
y jefes del ejército, quienes pensando que no había engaño ninguno
determinaron pasar allí aquella noche y también el día siguiente.
Ordenaron pues al ejército que todos se apercibiesen para partir de
allí dentro de dos días, sin llevar consigo cosa alguna, sino solo
aquello que les fuese necesario para el uso de sus personas.
Entretanto Gilipo y los siracusanos enviaron a tomar los sitios por
donde creían que los atenienses habían de pasar, y principalmente los
de los ríos, y pusieron en ellos su gente de guarda.
Por otra parte los de la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves
de los atenienses y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses
habían determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las
llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que se lo pudiese
impedir.
Pasado esto, Nicias y Demóstenes dispusieron las cosas necesarias como
mejor les pareció, y partieron el cuarto día después de la batalla,
que fue una partida muy triste para todos, no solamente porque
habían perdido sus barcos y con ellos una tan grande esperanza como
tenían al principio de sujetar toda aquella tierra, encontrándose en
tanto peligro para ellos y para su ciudad, sino también porque les
era doloroso a cada uno ver y sentir que dejaban su campo y bagaje,
lastimando sus corazones el pensar en los muertos que quedaban tendidos
en el campo y sin sepultura. Cuando encontraban algún deudo o amigo
experimentaban gran dolor y miedo, y mayor compasión tenían de los
heridos y enfermos que dejaban, por considerarles más desventurados que
a los muertos; y los enfermos y heridos tristes y miserables, viendo
partir a los otros lloraban y plañían, y llamando a los suyos por sus
nombres les rogaban que los llevasen consigo.
Cuando veían algunos de sus parientes y amigos seguían en pos de
ellos, deteniéndoles cuanto podían, y cuando les faltaban las fuerzas
para seguir más trecho se ponían a llorar, blasfemaban de ellos y les
maldecían porque los dejaban. Todo el campo estaba lleno de lágrimas
y llanto y por ello la partida se retardaba más, aunque considerando
los males que habían sufrido, y los que temían pudieran ocurrirles en
adelante, estaban en gran apuro y cuidado, mucho más que mostraban en
los semblantes.
Además de estar todos tristes y turbados se culpaban y reprendían unos
a otros, no de otra manera que gente que huyese de una ciudad muy
grande tomada por fuerza de armas. Porque es cierto que la multitud de
los que partían llegaba a cerca de cuarenta mil, y cada uno de estos
llevaba consigo las cosas necesarias que podía para su provisión.
La gente de guerra, así de a pie como de a caballo, llevaba cada uno
sus vituallas debajo de sus armas, cosa en ellos desacostumbrada, los
unos por no fiarse, y los otros por falta de mozos y criados: porque
muchos de estos se habían pasado a los enemigos, algunos antes de la
batalla, y la mayor parte después.
Los mantenimientos que tenían no eran bastantes ni suficientes para
la necesidad presente, porque se habían gastado casi todos en el
campamento.
Aunque en otro tiempo y lugar, semejantes derrotas son tolerables en
cierta manera por ser iguales así a los unos como a los otros, cuando
no van acompañadas de otras desventuras, empero a estos les era tanto
más grave y dura cuanto más consideraban la gloria y honra que habían
tenido antes, y la miseria y desventura en que habían caído.
Esta novedad tan grande ocurrió entonces al ejército de los griegos,
forzado a partir por temor de ser vencido y sujetado por aquellos a
quien habían ido a sojuzgar.
Partieron los atenienses de sus tierras con cantos y plegarias y ahora
partían con voces muy contrarias, convertidos en soldados de a pie
los que antes eran marineros, entendiendo al presente de las cosas
necesarias para la guerra por tierra en vez de las de mar. Por el gran
peligro en que se veían soportaban todas estas cosas.
Entonces Nicias, viendo a los del ejército desmayados, como quien bien
lo entendía, les alentaba y consolaba con estas razones:
«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y compañeros de
guerra, conviene tener buen ánimo y esperanza en el estado que nos
vemos, considerando que otros muchos se han salvado y escapado de
mayores males y peligros.
»No hay por qué quejarse demasiado de vosotros mismos ni por la
adversidad y desventura pasadas, ni por la vergüenza y afrenta que, sin
merecerlo, habéis padecido, pues si miráis a mí, no me veréis mejor
librado que cualquiera de vosotros, ni en las fuerzas del cuerpo, por
estar como me veis flaco y enfermo de mi dolencia, ni en bienes y
recursos, pues hasta aquí estaba muy bien provisto de todas las cosas
necesarias para la vida, y al presente me veo tan falto de medios como
el más insignificante de todo el ejército.
»Y verdaderamente yo he hecho todos los sacrificios legítimos y debidos
a los dioses y usado de toda justicia y bondad con los hombres, que
solo esto me da esfuerzo y osadía para tener buena esperanza en las
cosas venideras.
»Pero os veo muy turbados y miedosos, más de lo que conviene a la
dignidad de vuestras honras y personas, por las desventuras y males
presentes, los cuales acaso se podrán aliviar y disminuir en adelante,
porque nuestros enemigos han gozado de muchas venturas y prosperidades,
y si por odio o ira de algún dios vinimos aquí a hacer la guerra, ya
hemos sufrido pena bastante para aplacarle.
»Hemos visto antes de ahora algunas gentes que iban a hacer guerra a
los otros en su tierra, y cumpliendo enteramente su deber, según la
manera y costumbre de los hombres, no por eso han dejado de sufrir
y padecer males intolerables. Por esto es de creer que de aquí en
adelante los mismos dioses nos serán más benignos y favorables, pues
a la verdad, somos más dignos y merecedores de alcanzar de ellos
misericordia y piedad que no odio y venganza.
»Así, pues, en adelante, parad mientes en vuestras fuerzas, en como
vais armados, cuán gran número sois y cuán bien puestos en orden,
y no tengáis miedo ni temor, pues donde quiera que llegarais sois
bastantes para llenar una ciudad tal y tan buena, que ninguna otra de
Sicilia dejará de recibiros fácilmente por fuerza o de grado, y una vez
recibidos, no os podrán lanzar fácilmente.
»Guardad y procurad hacer vuestro camino seguro con el mejor orden
que pudiereis y a toda diligencia, sin pensar en otra cosa sino en
que en cualquier parte o lugar donde fuereis obligados a pelear, si
alcanzarais la victoria, allí será vuestra patria y ciudad y vuestros
muros.
»Nos será forzoso caminar de noche y de día sin parar, por la falta que
tenemos de provisiones, y cuando lleguemos a algún lugar de Sicilia de
los que tenían nuestro partido, estaremos seguros, porque estos, por
temor a los siracusanos, necesariamente habrán de permanecer en nuestra
amistad y alianza, cuanto más que ya les hemos enviado mensaje para que
nos salgan delante con vituallas y provisiones.
»Finalmente, tened entendido, amigos y compañeros, que os es necesario
mostraros buenos y esforzados, porque de otra manera no hallaréis
lugar ninguno en toda esta tierra donde os podáis salvar siendo viles
y cobardes. Y si esta vez os podéis escapar de los enemigos, los que
de vosotros no son atenienses, volveréis muy pronto a ver las cosas
que vosotros tanto deseabais, y los que sois atenienses de nación,
levantaréis la honra y dignidad de vuestra ciudad por muy caída que
esté, porque los hombres son la ciudad y no los muros, ni menos las
naves sin hombres.»
Cuando Nicias animó con estas razones a los suyos, iba por el ejército
de una parte a otra, y si acaso veía alguno fuera de las filas, le
metía en ellas. Lo mismo hacía Demóstenes el otro capitán con los
suyos, y marchaban todos en orden en un escuadrón cuadrado, a saber:
Nicias, con los suyos, delante, de vanguardia, y Demóstenes, con los
suyos, en la retaguardia, y en medio el bagaje y la otra gente que en
gran número no era de pelea.