XVIII

Domingo había terminado su relato. Se detuvo después de estas últimas

palabras, pronunciadas con la precipitación de un hombre que se

apresura, y aquella expresión de pudor entristecido que sigue

generalmente a las expansiones demasiado íntimas. Lo que semejantes

confidencias debieron costarle a una conciencia sombría y por tan largo

tiempo cerrada, adivinábalo yo y se lo agradecía con un ademán conmovido

al cual sólo respondía él con una inclinación de cabeza. Había abierto

la carta de Oliverio cuya fúnebre despedida presidía, por decir así, a

esta relación y estaba de pie, los ojos vueltos a la ventana en la cual

se encuadraba un tranquilo horizonte de llanura y de aguas. Permaneció

así algún tiempo guardando embarazoso silencio que no quise romper.

Estaba pálido, su fisonomía ligeramente alterada por el cansancio o

rejuvenecida por los resplandores apasionados de otra época, recobraba

poco a poco su edad, su expresión peculiar y su aspecto de gran

serenidad. El día avanzaba a medida que la paz de los recuerdos se

establecía también en su rostro. Las sombras iban invadiendo el interior

polvoriento y ahogado de la pequeña habitación en donde se terminaba

aquella larga serie de evocaciones de las cuales más de una había sido

dolorosa. De las inscripciones de la pared ya no se distinguía casi

nada. La imagen interior lo mismo que la anterior palidecían al mismo

tiempo como si todo aquel pasado resucitado por casualidad volviese a

entrar en el mismo instante y para no volver a salir, en el vago

desvanecimiento de la noche y del olvido.

Las voces de los labradores que pasaban a lo largo de las paredes del

parque nos sacaron a los dos de un apuro real, la duda de callar o

reanudar una conversación truncada.

--He aquí la hora de bajar--dijo Domingo, y le seguí hasta la granja en

la cual todas las tardes a aquella misma hora tenía cuidados de

vigilancia que llenar.

Los bueyes volvían del trabajo y aquél era el momento en que la granja

se animaba. Uncidos por dos o tres parejas, porque a causa de la pesadez

de las tierras mojadas se hacía necesario triplicar las yuntas, llegaban

arrastrando el timón del arado, el hocico hinchado y húmedo, los cuernos

bajos, las fauces agitadas, con barro hasta en el vientre. Los animales

de reserva que no habían trabajado aquel día, mugían en los establos

esperando la llegada de sus activos compañeros. Más allá el rebaño de

ovejas, ya encerrado, se removía en el corral, los caballos piafaban y

relinchaban al sentir que el forraje caía en las escalerillas por encima

de los pesebres.

Los trabajadores se alinearon junto al amo, las cabezas descubiertas y

con aspecto cansado.

Domingo inquirió minuciosamente si algunos instrumentos de labranza de

nueva aplicación habían dado los resultados que se esperaba; después dio

sus órdenes para el día siguiente; las multiplicó, sobre todo, con

referencia a las semillas, y comprendí que no todo el grano cuya

distribución señalaba, estaba destinado a sus propios campos: había

mucho perdido, adelantos que hacía o limosnas.

Tomadas estas precauciones, me llevó a la terraza. El tiempo había

aclarado. La alternativa de sol y lluvia y la temperatura notablemente

dulce, aunque habíamos pasado ya la mitad del mes de noviembre, eran muy

apropiadas para alegrar los espíritus vinculados al campo por todo

género de intereses. La jornada, muy nebulosa al mediodía, terminaba en

una tarde de oro. Los niños jugaban en el parque mientras la señora de

Bray iba y venía por el paseo que conducía al bosque vigilándolos de

cerca. Se perseguían a través de las espesuras, con gritos que imitaban

los de quiméricos animales y los más a propósito para asustarlos. Los

mirlos, esos pájaros que se hacen oír los últimos en aquella hora

avanzada les contestaban con sus silbidos extraños y entrecortados,

semejantes a ruidosas carcajadas. Un resto de luz solar alumbraba

débilmente el largo emparrado; los pámpanos ya muy ralos dibujaban sobre

el cielo muy pálido multitud de recortes agudos y algunos ratones de

campo que merodeaban con grandes precauciones a lo largo de los tirantes

del emparrado, desgranaban los pocos racimos de uva marchita que habían

quedado olvidados por los recolectores. Aquel tranquilo declinar de un

día nebuloso, precursor de otros más serenos, la seguridad del cielo que

se despejaba y se embellecía, aquella alegría de los niños para animar

el parque ya casi despojado de hojas y de verdor, una madre confiada y

feliz sirviendo de vínculo de unión del padre con los hijos, este último

grave, llena la mente de pensamientos, confortado, recorriendo a paso

lento la rica y fecunda alameda cubierta de parra, aquella abundancia en

medio de aquella paz, aquel colmo del deber en la felicidad, todo, en

fin, lo que estaba en torno de nosotros constituía, después de nuestra

conversación, un desenlace tan noble, tan legítimo, tan evidente, que

conmovido le tomé el brazo a Domingo y se lo apreté aún más

afectuosamente que de costumbre.

--Sí--me dijo,--amigo mío. He llegado. Pero usted sabe a qué precio y

con cuánta seguridad, lo está usted viendo.

Había en su mente un movimiento de ideas que continuaba; y como si

hubiese querido explicarse más claramente con respecto a las

resoluciones, que por otra parte de por sí se manifestaban, continuó,

lentamente y con un tono completamente distinto:

--Muchos años han transcurrido desde el día que volví a mi rincón. Si

alguien no ha olvidado los sucesos que le he relatado, nadie por lo

menos los recuerda. El silencio que el alejamiento y el tiempo han

acarreado imponiéndolo para siempre, entre ciertas personas de esta

historia, les ha permitido considerarse mutuamente perdonados,

rehabilitados y felices. Oliverio es el único, quiero suponerlo, que se

ha obstinado hasta última hora en sus sistemas y en sus preocupaciones.

Había señalado, ya lo recordará usted, el enemigo mortal a quien temía

más que a ningún otro: puede decirse que ha sucumbido en un duelo con el

fastidio.

--¿Y Agustín-?--le pregunté.

--Es el solo sobreviviente de mis mejores amigos. Está al final de su

carrera. Ha llegado en línea recta como rudo andarín al término de un

largo y difícil viaje. No es un grande hombre, es una gran voluntad. Es

hoy punto de mira y ejemplo de muchos contemporáneos y es cosa rara una

tal honradez, llegando bastante alto para dar a la buena gente ganas de

imitarle. En cuanto a mí--continuó Domingo, he seguido, demasiado

tarde, con menos mérito, menos valor, pero con igual fortuna, el ejemplo

que ese corazón sólido me había dado casi en el comienzo de su vida.

Había comenzado por el reposo en las afecciones, sin turbulencias y ha

terminado lo mismo que empezó. Pero llevo yo en mi nueva existencia un

sentimiento que él nunca ha conocido: el de expiar una antigua vida

ciertamente nociva y rescatarme de errores de los cuales me considero

aún hoy responsable, porque entiendo que, entre todas las mujeres

igualmente respetables, hay una solidaridad instintiva, de derechos, de

honor y de virtudes. Por lo que mira a la resolución de retirarme del

mundo jamás me he arrepentido de ella. Un hombre que emprende la

retirada antes de los treinta años y en ella persiste, atestigua con

bastante franqueza que no había nacido para la vida pública ni para las

pasiones. No creo, sin embargo, que la vida de actividad reducida que

llevo, sea un mal punto de vista para juzgar a los hombres en

movimiento. Advierto que el tiempo ha hecho justicia, en provecho de mis

opiniones, respecto de muchas apariencias que antes hubieran podido

causarme la sombra de una duda y como he verificado la mayor parte de

mis suposiciones, es así mismo posible que también hubiese confirmado

algunas de mis amarguras. Recuerdo haber sido severo para los demás a

una edad en que consideraba que debía serlo mucho para conmigo mismo.

Cada generación, más incierta, que sigue a generaciones ya fatigadas,

cada gran talento que muere sin descendencia, son señales en que se

reconoce, dicen, un rebajamiento en la temperatura moral de un país. He

oído decir que no hay grandes esperanzas que fundar sobre una época en

que las ambiciones tienen tantos móviles y tan pocas excusas, en que se

toma comúnmente lo vitalicio por durable, en que todo el mundo se queja

de la rareza de las obras, en que nadie osa confesar la rareza de los

hombres...

--¿Y si la cosa fuera verdad?--le dije.

--Estaría dispuesto a creerla, pero nada digo sobre ese punto como sobre

otros muchos. No corresponde a un desertor decirles ¡fuera! a los

innumerables valientes que luchan allí mismo en donde él no supo

mantenerse. Por otra parte, se trata de mí, de mí solo, y para acabar

con el principal personaje de este cuento, le diré a usted que mi vida

comienza. Nunca es demasiado tarde, porque si una obra cuesta largo

tiempo hacerla, un buen ejemplo se da muy pronto. Tengo la afición y la

ciencia de la tierra, escaso amor propio que le ruego me perdone.

Fertilizaré mis campos mejor que supe hacerlo con mi espíritu, con menos

costo, menos angustias, y más utilidad para el mayor provecho de todos

los que me rodean. A punto he estado de mezclar la inevitable prosa de

todas las naturalezas inferiores con producciones que no admitían ningún

elemento vulgar. Hoy, muy felizmente para los placeres de mi espíritu,

que no está gastado, me será permitido introducir alguna semilla de

imaginación en esta buena prosa de la agricultura y...

Buscaba una palabra que expresara modestamente el espíritu de su nueva

misión.

--¿Y de la beneficencia?--le dije.

--Sea, acepto la palabra para la señora de Bray, porque eso le

corresponde exclusivamente.

En aquel momento la señora de Bray llegaba acompañada de los niños

sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio

durante el cual, como al final de una sinfonía que expira en un sin fin

de pequeños acordes, no se oía más que el cuchicheo de los mirlos que

charlaban mucho, pero ya no reían.

Pocos días después de aquella conversación que me había hecho penetrar

hasta la intimidad de un espíritu en el cual era la originalidad más

real haber seguido estrictamente la antigua máxima de conocerse a sí

mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles.

Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape,

pequeño, nervioso con todo el exterior, la fisonomía, la madurez y la

previsión de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves

hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto

revelaba costumbres elevadas de situación, de mundo y de rango. Examinó

severamente lo que se veía del castillo, el emparrado, un rincón del

parque, alzó los ojos hasta las torrecillas y se volvió para contemplar

las pequeñas ventanas del antiguo departamento de Domingo.

Domingo llegó a la terraza: se reconocieron.

--¡Ah, qué sorpresa, mi amigo tan querido!--dijo Domingo avanzando hacia

el visitante, las dos manos cordialmente abiertas.

--Buenos días, de Bray--dijo éste con el acento puro y franco de un

hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la

vida.

Era Agustín.

Fiebre de amor (Dominique) · 第 22 / 23 题