Domingo había terminado su relato. Se detuvo después de estas últimas
palabras, pronunciadas con la precipitación de un hombre que se
apresura, y aquella expresión de pudor entristecido que sigue
generalmente a las expansiones demasiado íntimas. Lo que semejantes
confidencias debieron costarle a una conciencia sombría y por tan largo
tiempo cerrada, adivinábalo yo y se lo agradecía con un ademán conmovido
al cual sólo respondía él con una inclinación de cabeza. Había abierto
la carta de Oliverio cuya fúnebre despedida presidía, por decir así, a
esta relación y estaba de pie, los ojos vueltos a la ventana en la cual
se encuadraba un tranquilo horizonte de llanura y de aguas. Permaneció
así algún tiempo guardando embarazoso silencio que no quise romper.
Estaba pálido, su fisonomía ligeramente alterada por el cansancio o
rejuvenecida por los resplandores apasionados de otra época, recobraba
poco a poco su edad, su expresión peculiar y su aspecto de gran
serenidad. El día avanzaba a medida que la paz de los recuerdos se
establecía también en su rostro. Las sombras iban invadiendo el interior
polvoriento y ahogado de la pequeña habitación en donde se terminaba
aquella larga serie de evocaciones de las cuales más de una había sido
dolorosa. De las inscripciones de la pared ya no se distinguía casi
nada. La imagen interior lo mismo que la anterior palidecían al mismo
tiempo como si todo aquel pasado resucitado por casualidad volviese a
entrar en el mismo instante y para no volver a salir, en el vago
desvanecimiento de la noche y del olvido.
Las voces de los labradores que pasaban a lo largo de las paredes del
parque nos sacaron a los dos de un apuro real, la duda de callar o
reanudar una conversación truncada.
--He aquí la hora de bajar--dijo Domingo, y le seguí hasta la granja en
la cual todas las tardes a aquella misma hora tenía cuidados de
vigilancia que llenar.
Los bueyes volvían del trabajo y aquél era el momento en que la granja
se animaba. Uncidos por dos o tres parejas, porque a causa de la pesadez
de las tierras mojadas se hacía necesario triplicar las yuntas, llegaban
arrastrando el timón del arado, el hocico hinchado y húmedo, los cuernos
bajos, las fauces agitadas, con barro hasta en el vientre. Los animales
de reserva que no habían trabajado aquel día, mugían en los establos
esperando la llegada de sus activos compañeros. Más allá el rebaño de
ovejas, ya encerrado, se removía en el corral, los caballos piafaban y
relinchaban al sentir que el forraje caía en las escalerillas por encima
de los pesebres.
Los trabajadores se alinearon junto al amo, las cabezas descubiertas y
con aspecto cansado.
Domingo inquirió minuciosamente si algunos instrumentos de labranza de
nueva aplicación habían dado los resultados que se esperaba; después dio
sus órdenes para el día siguiente; las multiplicó, sobre todo, con
referencia a las semillas, y comprendí que no todo el grano cuya
distribución señalaba, estaba destinado a sus propios campos: había
mucho perdido, adelantos que hacía o limosnas.
Tomadas estas precauciones, me llevó a la terraza. El tiempo había
aclarado. La alternativa de sol y lluvia y la temperatura notablemente
dulce, aunque habíamos pasado ya la mitad del mes de noviembre, eran muy
apropiadas para alegrar los espíritus vinculados al campo por todo
género de intereses. La jornada, muy nebulosa al mediodía, terminaba en
una tarde de oro. Los niños jugaban en el parque mientras la señora de
Bray iba y venía por el paseo que conducía al bosque vigilándolos de
cerca. Se perseguían a través de las espesuras, con gritos que imitaban
los de quiméricos animales y los más a propósito para asustarlos. Los
mirlos, esos pájaros que se hacen oír los últimos en aquella hora
avanzada les contestaban con sus silbidos extraños y entrecortados,
semejantes a ruidosas carcajadas. Un resto de luz solar alumbraba
débilmente el largo emparrado; los pámpanos ya muy ralos dibujaban sobre
el cielo muy pálido multitud de recortes agudos y algunos ratones de
campo que merodeaban con grandes precauciones a lo largo de los tirantes
del emparrado, desgranaban los pocos racimos de uva marchita que habían
quedado olvidados por los recolectores. Aquel tranquilo declinar de un
día nebuloso, precursor de otros más serenos, la seguridad del cielo que
se despejaba y se embellecía, aquella alegría de los niños para animar
el parque ya casi despojado de hojas y de verdor, una madre confiada y
feliz sirviendo de vínculo de unión del padre con los hijos, este último
grave, llena la mente de pensamientos, confortado, recorriendo a paso
lento la rica y fecunda alameda cubierta de parra, aquella abundancia en
medio de aquella paz, aquel colmo del deber en la felicidad, todo, en
fin, lo que estaba en torno de nosotros constituía, después de nuestra
conversación, un desenlace tan noble, tan legítimo, tan evidente, que
conmovido le tomé el brazo a Domingo y se lo apreté aún más
afectuosamente que de costumbre.
--Sí--me dijo,--amigo mío. He llegado. Pero usted sabe a qué precio y
con cuánta seguridad, lo está usted viendo.
Había en su mente un movimiento de ideas que continuaba; y como si
hubiese querido explicarse más claramente con respecto a las
resoluciones, que por otra parte de por sí se manifestaban, continuó,
lentamente y con un tono completamente distinto:
--Muchos años han transcurrido desde el día que volví a mi rincón. Si
alguien no ha olvidado los sucesos que le he relatado, nadie por lo
menos los recuerda. El silencio que el alejamiento y el tiempo han
acarreado imponiéndolo para siempre, entre ciertas personas de esta
historia, les ha permitido considerarse mutuamente perdonados,
rehabilitados y felices. Oliverio es el único, quiero suponerlo, que se
ha obstinado hasta última hora en sus sistemas y en sus preocupaciones.
Había señalado, ya lo recordará usted, el enemigo mortal a quien temía
más que a ningún otro: puede decirse que ha sucumbido en un duelo con el
fastidio.
--¿Y Agustín-?--le pregunté.
--Es el solo sobreviviente de mis mejores amigos. Está al final de su
carrera. Ha llegado en línea recta como rudo andarín al término de un
largo y difícil viaje. No es un grande hombre, es una gran voluntad. Es
hoy punto de mira y ejemplo de muchos contemporáneos y es cosa rara una
tal honradez, llegando bastante alto para dar a la buena gente ganas de
imitarle. En cuanto a mí--continuó Domingo, he seguido, demasiado
tarde, con menos mérito, menos valor, pero con igual fortuna, el ejemplo
que ese corazón sólido me había dado casi en el comienzo de su vida.
Había comenzado por el reposo en las afecciones, sin turbulencias y ha
terminado lo mismo que empezó. Pero llevo yo en mi nueva existencia un
sentimiento que él nunca ha conocido: el de expiar una antigua vida
ciertamente nociva y rescatarme de errores de los cuales me considero
aún hoy responsable, porque entiendo que, entre todas las mujeres
igualmente respetables, hay una solidaridad instintiva, de derechos, de
honor y de virtudes. Por lo que mira a la resolución de retirarme del
mundo jamás me he arrepentido de ella. Un hombre que emprende la
retirada antes de los treinta años y en ella persiste, atestigua con
bastante franqueza que no había nacido para la vida pública ni para las
pasiones. No creo, sin embargo, que la vida de actividad reducida que
llevo, sea un mal punto de vista para juzgar a los hombres en
movimiento. Advierto que el tiempo ha hecho justicia, en provecho de mis
opiniones, respecto de muchas apariencias que antes hubieran podido
causarme la sombra de una duda y como he verificado la mayor parte de
mis suposiciones, es así mismo posible que también hubiese confirmado
algunas de mis amarguras. Recuerdo haber sido severo para los demás a
una edad en que consideraba que debía serlo mucho para conmigo mismo.
Cada generación, más incierta, que sigue a generaciones ya fatigadas,
cada gran talento que muere sin descendencia, son señales en que se
reconoce, dicen, un rebajamiento en la temperatura moral de un país. He
oído decir que no hay grandes esperanzas que fundar sobre una época en
que las ambiciones tienen tantos móviles y tan pocas excusas, en que se
toma comúnmente lo vitalicio por durable, en que todo el mundo se queja
de la rareza de las obras, en que nadie osa confesar la rareza de los
hombres...
--¿Y si la cosa fuera verdad?--le dije.
--Estaría dispuesto a creerla, pero nada digo sobre ese punto como sobre
otros muchos. No corresponde a un desertor decirles ¡fuera! a los
innumerables valientes que luchan allí mismo en donde él no supo
mantenerse. Por otra parte, se trata de mí, de mí solo, y para acabar
con el principal personaje de este cuento, le diré a usted que mi vida
comienza. Nunca es demasiado tarde, porque si una obra cuesta largo
tiempo hacerla, un buen ejemplo se da muy pronto. Tengo la afición y la
ciencia de la tierra, escaso amor propio que le ruego me perdone.
Fertilizaré mis campos mejor que supe hacerlo con mi espíritu, con menos
costo, menos angustias, y más utilidad para el mayor provecho de todos
los que me rodean. A punto he estado de mezclar la inevitable prosa de
todas las naturalezas inferiores con producciones que no admitían ningún
elemento vulgar. Hoy, muy felizmente para los placeres de mi espíritu,
que no está gastado, me será permitido introducir alguna semilla de
imaginación en esta buena prosa de la agricultura y...
Buscaba una palabra que expresara modestamente el espíritu de su nueva
misión.
--¿Y de la beneficencia?--le dije.
--Sea, acepto la palabra para la señora de Bray, porque eso le
corresponde exclusivamente.
En aquel momento la señora de Bray llegaba acompañada de los niños
sofocados, empapados de sudor. Hubo un instante de completo silencio
durante el cual, como al final de una sinfonía que expira en un sin fin
de pequeños acordes, no se oía más que el cuchicheo de los mirlos que
charlaban mucho, pero ya no reían.
Pocos días después de aquella conversación que me había hecho penetrar
hasta la intimidad de un espíritu en el cual era la originalidad más
real haber seguido estrictamente la antigua máxima de conocerse a sí
mismo, una silla de posta se detuvo en el patio de Trembles.
Apeose de ella un hombre de cabello escaso, gris y cortado al rape,
pequeño, nervioso con todo el exterior, la fisonomía, la madurez y la
previsión de un hombre poco ordinario y preocupado de asuntos graves
hasta en viaje. Perfectamente vestido, por otra parte, su aspecto
revelaba costumbres elevadas de situación, de mundo y de rango. Examinó
severamente lo que se veía del castillo, el emparrado, un rincón del
parque, alzó los ojos hasta las torrecillas y se volvió para contemplar
las pequeñas ventanas del antiguo departamento de Domingo.
Domingo llegó a la terraza: se reconocieron.
--¡Ah, qué sorpresa, mi amigo tan querido!--dijo Domingo avanzando hacia
el visitante, las dos manos cordialmente abiertas.
--Buenos días, de Bray--dijo éste con el acento puro y franco de un
hombre a quien la verdad parece haber refrescado los labios toda la
vida.
Era Agustín.