#Amor que se extingue.#
Los amores de Raimundo estaban presos por un hilo. En los últimos
tiempos, Clementina, enteramente embargada por su anhelo de triunfo y
venganza, apenas hacía caso de él. Veíanse a menudo, porque el joven no
dejaba de frecuentar la casa; pero sus citas amorosas eran cada día más
raras. Cuando aquél se quejaba tímidamente de su abandono, la dama se
disculpaba con los celos de Escosura. Por más que hacía no lograba
convencer a éste de que se hallaban rotas sus antiguas relaciones; la
vigilaba con disimulo, espiaba sus pasos; el día menos pensado
averiguaría la verdad. "Ya ves, el engaño sería muy feo: tendría razón
para ponerse furioso".
El pobre Raimundo estaba tan perdido que aceptaba como buenas estas
razones o aparentaba aceptarlas. En medio de aquella abyección vivía
feliz forjándose la ilusión de que su ídolo le prefería, le amaba en el
fondo del alma; que sólo mantenía relaciones con el ministro por el
interés del pleito. Contribuía a conservarle en ella el que de vez en
cuando Clementina, por arrancarse quizá momentáneamente a sus afanes y
enojos, le escribía una cartita diciéndole: "Hoy a las cuatro", o bien:
"Vé por la tarde a la Casa de Campo". Y en estas entrevistas, acometida
de súbito capricho, recordando las primeras y gozosas etapas de su amor,
se mostraba tierna y cariñosa, le juraba eterna fidelidad. ¡Oh, Dios!
¡qué infinita, qué celestial felicidad experimentaba el joven entomólogo
oyendo tales juramentos de aquellos labios adorados!
Pero toda felicidad es breve en este mundo. La de él, brevísima. Al día
siguiente de aquel deliquio amoroso, encontraba a su dueño frío como el
mármol, displicente, y, lo que es peor, en largas y reservadas pláticas
con Escosura allá por los rincones del salón. Creía inocentemente que al
terminar el pleito cambiaría su suerte, que Clementina, no necesitando
ya al ministro, volvería de nuevo a ser enteramente suya, sin aquel
odioso reparto que le entristecía aún más que le avergonzaba. Sus
esperanzas se desvanecieron como el humo. Terminóse el pleito del modo
más feliz para ella; y no obstante, lejos de despedir a su amante
oficial, cada día se mostraba hacia él más respetuosa y enamorada.
Cierta mañana, dos meses después de haberse fallado el litigio, recibió
un billetito que decía: "Voy esta tarde a las dos". Le dió un salto el
corazón. Hacía más de quince días que su adorada no parecía por el
entresuelito del Caballero de Gracia. A la una ya estaba aguardándola. Y
en cuanto la columbró de lejos, corrió a abrirla con la misma emoción
que si fuese una reina y con mucha mayor ternura. Mostróse ella
reconocida, afectuosa; recibió con agrado sus vivas y apasionadas
caricias.
Al cabo de una hora, hallándose los dos sentados en el pequeño sofá
donde tantos coloquios amorosos habían pasado, ella le dirigió una larga
mirada compasiva y le dijo con sonrisa triste:
--¿Sabes una cosa, Mundo?... Que hoy es el último día que nos vemos así
solos y juntos.
El joven la miró con estupor, sin comprender, o sin querer comprender.
--Sí; ... no puedo continuar manteniendo estas relaciones secretas
contigo.... Escosura ya está advertido y se ha ofendido mucho con
razón.... Además, me parece feo el tener dos amantes.... Eso queda para
Lola Madariaga. Hasta ahora he pasado por ello porque comprendo que me
has querido y que me quieres mucho.... Yo también te he demostrado
siempre amor verdadero. No puedes quejarte. Si a algún hombre he querido
de corazón es a ti.... La prueba de ello es lo que han durado nuestras
relaciones.... Pero nada es eterno en el mundo.... Puesto que ya
nuestros amores están desde hace tiempo medio deshechos (porque el amor
es exclusivo y no admite repartos), lo mejor es que lo rompamos por
completo... Así como así me voy haciendo vieja, Mundo.... Tú eres un
muchacho. Si yo no diese la voz de separación, tarde o temprano la
darías tú. Esta es la vida.... Hoy, todavía me encontrarás bonita: son
las últimas llamaradas. Necesito despedirme de las muchas locuras que
hemos hecho.... Pero siempre las recordaré con placer, te lo juro.... Tú
reprensentarás en mi vida, tal vez la época más feliz... Seamos de aquí
en adelante buenos amigos. Tendría un placer inmenso en poder serte
útil, en que me debieses algún favor de importancia, ya que te debo yo
tantos momentos de dicha...
El joven escuchó todas estas infamias inmóvil, atónito. Una densa
palidez iba cubriendo sus facciones.
--¿Pero hablas de veras?--concluyó por preguntar con voz temblorosa.
--Sí, querido, sí; hablo de veras--respondió la dama con la misma
sonrisa triste y protectora.
--¡Eso no puede ser!... ¡no puede ser!--profirió él con energía,
levantándose del asiento y mirándola colérico y espantado al mismo
tiempo.
Aquella mirada bastó para remover la soberbia de Clementina.
--¡Vaya si puede ser!--replicó en tonillo irónico que resultaba en
aquella ocasión de una crueldad feroz.
Quedó helado. Permaneció en pie unos instantes mirándola con indefinible
expresión de angustia y terror: por fin se dejó caer a sus pies
exclamando con las manos cruzadas:
--¡Oh, por Dios, no me mates! ¡no me mates!
El semblante de Clementina se dulcificó y la voz también.
--Vamos, no seas niño, Mundo.... Levántate.... Tenía que suceder.... Tú
hallarás mujeres que valgan mucho más que yo....
Pero el joven se había abrazado a sus rodillas con fuerza y se las
besaba con transportes frenéticos, y lo mismo los pies, sacudido su
cuerpo por los sollozos.
--¡Esto es horrible! ¡es horrible!--repetía--. ¿Qué te hice para que así
me mates?
Vamos, Mundo, vamos.... Arriba.... Seamos formales--decía ella
dulcemente, acariciándole los cabellos--. ¿No comprendes que es
ridículo?
--¡Qué me importa el ridículo!--replicaba el desgraciado entre sollozos,
con el rostro pegado a la seda de su vestido--. Por ti me pondría en
ridículo delante del mundo entero.
Clementina hacía esfuerzos por calmarle, pero sin apiadarse. No hay
fiera más cruel que una mujer hastiada. Le dejó desahogarse un rato, y
cuando le vió más sosegado, se levantó del sofá.
--Te agradezco muchísimo ese sentimiento, Mundo.... Yo también he tenido
que luchar bastante tiempo con mi corazón para resolverme a separarme de
ti....
--¡Mientes!--dijo él de rodillas aún, con los codos apoyados sobre el
sofá--. Si me hubieses querido no serías tan cruel, ¡tan infame!
La dama permaneció un instante silenciosa mirándole por la espalda con
ojos irritados. Al fin, venciendo la compasión, dijo:
--Te perdono esas groserías por el estado de exaltación en que te
hallas. Por mucho que me injuries no lograrás que deje de recordarte
siempre con cariño.... Algún día cuando tú ya me hayas olvidado por
completo, todavía tu imagen y los dichosos momentos que hemos pasado
juntos estarán grabados en mi corazón.... Pero ahora conviene
formalizarse--añadió cambiando de tono--. Concluyamos de un modo digno,
Raimundo.... Me vas a hacer el favor de tomar un coche, ir a tu casa y
traer todas las cartas que te he dirigido para que las quememos. Yo no
conservo ninguna tuya. Ya sabes que las rompo en cuanto las recibo.
Raimundo no se movió. Después de esperar unos momentos, Clementina se
acercó a él por detrás, se inclinó silenciosamente y le puso las dos
manos en las mejillas, diciéndole con acento dulce:
--¡Retonto! ¿no hay más mujeres que yo en el mundo?
Raimundo se estremeció al contacto de aquellas manos delicadas. Volvióse
bruscamente y apoderándose de ellas las besó repetidas veces con
frenesí, las llevó a su corazón, las puso sobre su frente.
--No, Clementina, no; no hay más mujeres que tú ... o si las hay, yo no
lo sé, ni quiero saberlo.... Pero ¿es cierto eso que me has dicho?...
¿Es verdad que ya no me quieres?
Y su mirada húmeda se alzaba con tal expresión de angustia, que ella,
sonriendo confusa, se vió obligada a mentir.
--Yo no te he dicho que no te quería ... sino que conviene que cortemos
nuestras relaciones.
--¡Es igual!
--¡No, chiquillo, no! no es igual.... Puedo quererte, y sin embargo, por
circunstancias especiales, no convenir que tenga contigo entrevistas
secretas.... No todo lo que uno quiere se puede hacer en el mundo....
Y se perdió en un laberinto de razones especiosas, de cuya falsedad ella
misma se daba cuenta turbándose un poco al decirlas. Daba vueltas a unas
mismas ideas, vulgarísimas todas, supliendo la fuerza y el peso de que
carecían con lo vivo y exagerado de los ademanes.
Raimundo no la escuchaba. Al cabo de unos momentos se levantó
bruscamente, se enjugó las lágrimas y salió de la estancia sin decir
palabra. Clementina le miró alejarse con sorpresa.
--Te aguardo--le gritó cuando ya estaba en el pasillo.
Veinte minutos después se presentó de nuevo con un paquete entre las
manos.
--Aquí tienes las cartas--dijo con aparente tranquilidad.
Su voz estaba alterada. Una palidez densa cubría su semblante.
Clementina le dirigió una penetrante mirada de curiosidad donde se
pintaba asimismo la inquietud. Pero dominándose le dijo con naturalidad:
--Muchas gracias, Mundo. Ahora las quemaremos si te parece.... Iremos a
la cocina....
El joven no replicó. Se dirigieron a esta pieza del cuarto fría y
desmantelada, porque nadie la usaba, y Clementina colocó por su mano el
paquete sobre el fogón. Mas de repente, cuando ya tenía entre los dedos
el fósforo encendido que el joven le había dado, se detuvo. Quedó
suspensa un instante y dijo sonriendo:
--¡Sabes que esto es muy prosaico! ¡Quemar mis cartas de amor en un
fogón! ¡Uf!... Me parece que debemos concluir con ellas de un modo más
poético.... ¿Quieres que nos vayamos a quemarlas al campo?... De este
modo daremos juntos un último paseo; nos despediremos dignamente.
--Como gustes--articuló el joven en voz apenas perceptible.
--Bueno, ve a buscar un coche.
--Lo tengo abajo.
--Salgamos entonces.
Volvió a coger el paquete Raimundo. Ambos dejaron aquel cuartito donde
nunca más habían de reunirse. Montaron en coche y éste les condujo
camino de las Ventas del Espíritu Santo. Era una tarde de primavera,
nublada y fresca. Clementina había echado los cierres de las
ventanillas para no ser vista de algún conocido; pero en cuanto salieron
de la Puerta de Alcalá pidió Raimundo que los bajase; por cierto con tan
poca oportunidad, que en aquel momento cruzó a su lado una carretela
abierta donde iban Pepe Castro y Esperancita Calderón, recién casados.
No tuvo tiempo más que para echarse hacia atrás y llevar una mano a la
cara. Quedóle la duda de si la habían reconocido.
Raimundo, a costa de grandes esfuerzos, había conseguido dominarse, pero
sólo a medias. Clementina hacía lo posible por distraerle. Le hablaba,
como una buena amiga, de asuntos indiferentes, de sus conocidos, dando
por supuesto que seguiría frecuentando su casa. Cuando pasaron Castro y
su mujer, emprendió una conversación animada acerca de ellos.
--Ya ves, Mundo; sucedió lo que yo decía. No hace tres meses que se han
casado y ya andan a la greña Pepe y su suegro por cuestión de la
dote.... Nadie conoce a Calderón mejor que yo.... Si no lo entierran
pronto, los pobres se han de ver muy apurados, porque lo que es dinero
han de tardar en sacárselo....
Raimundo respondía a sus observaciones, afectando serenidad; pero su voz
tenía un timbre especial que la dama no dejaba de advertir. Parecía que
llegaba húmeda, como si hubiese atravesado una región de lágrimas.
Al fin, en un paraje que vieron más solitario, hicieron parar el coche y
se bajaron.
--Aguárdenos usted aquí. Vamos a dar un paseo--dijo Raimundo al cochero.
Mas creyendo observar cierta inquietud en los ojos del auriga, se volvió
a los pocos pasos, sacó un billete de cinco duros y se lo entregó
diciendo:
Ya me dará usted la vuelta. Hasta luego.
Abandonaron la carretera y se pusieron a caminar por los campos áridos y
tristes del Este de Madrid. El terreno ofrecía leves ondulaciones y se
extendía rojizo y desierto, cortando a lo lejos el horizonte con una
raya bien pura. Ni un árbol, ni una casa. Los finos zapatos de
Clementina se hundían en la tierra y quedaban manchados. Caminaban
silenciosos. Raimundo ya no tenía fuerzas para hablar. Ella también se
sintió dominada por la tristeza de la situación, a la cual ayudaba la
del paisaje, y tuvo la delicadeza de no desplegar los labios. De vez en
cuando volvía la cabeza para cerciorarse de si podían ser vistos desde
la carretera. Cuando se convenció de que estaban bastante lejos se
detuvo.
--¿Para qué andar más?... ¿No te parece buen sitio?
Raimundo se detuvo también y no respondió. Dejó caer el paquete al suelo
y dirigió la vista a lo lejos, a los confines del horizonte. Clementina
deshizo el paquete. Después de echar una ojeada de curiosidad a sus
cartas, esmeradamente conservadas en los sobres, hizo con ellas un
montoncito. Aguardó un instante a que Raimundo volviese la cabeza, y
viendo que no lo hacía, le dijo:
--Dame un fósforo.
El joven sacó el fósforo y se lo entregó encendido, con el mismo
silencio. Volvió de nuevo la cabeza y siguió mirando fijamente el
horizonte, mientras Clementina pegaba fuego al montón de cartas y las
veía arder poco a poco. Tardaron algunos momentos en consumirse:
necesitaba arreglar con sus manos enguantadas el montoncito para que el
fuego no se apagase. De vez en cuando dirigía una mirada entre inquieta
y compasiva a su amante, que se mantenía inmóvil y atento como un marino
que contempla el cariz de la mar.
Cuando no quedaron más que las cenizas negras, Clementina, que estaba en
cuclillas, se alzó. Estuvo un momento indecisa sin atreverse a turbar la
profunda distracción de Raimundo. Al fin, pasando por su hermoso rostro
una ráfaga de ternura, después de mirar rápidamente a todos lados, se
acercó a él, le pasó un brazo por la espalda y le dijo con acento
cariñoso:
--Y ahora que estamos solos por última vez y que nadie nos ve, ¿no nos
despediremos de un modo más efusivo?
--¿Cómo quieres que nos despidamos?--respondió él mirándola y haciendo
un esfuerzo supremo para sonreír.
--¡Así!--replicó la dama vivamente.
Y al mismo tiempo le echó los brazos al cuello y le cubrió el rostro de
fuertes y apasionados besos.
Raimundo se estremeció. Dejóse besar por algunos instantes como un
cuerpo inerte. Al fin, doblándosele las piernas, exclamó con acento
desgarrador:
--¡Oh, Clementina, me estás matando!
Y cayó al suelo privado de sentido. El susto de ella fué grande. No
había nadie que la auxiliase. No había siquiera agua. Alzó la cabeza del
joven, la puso sobre su regazo, le dió aire con su sombrero y le hizo
oler un pomito con perfume que traía. Al cabo de pocos minutos abrió los
ojos: no tardó en ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza.
Clementina se mostraba con él afectuosa y compasiva. Cuando vió que
estaba ya sereno y en disposición de marchar, se cogió a su brazo y le
dijo:
--Vamos.
Y procuró distraerle, mientras caminaban, hablándole de una _sauterie_
que proyectaba y a la cual le pedía con insistencia que no dejase de
asistir.
--Y lo mismo los sábados ¿verdad? Cuidado con abandonarme. Uno es uno y
otro es otro.... Tú serás en mi casa el amigo de siempre, y en mi
corazón ocuparás, mientras viva, un lugar de preferencia.
Raimundo se contentaba con sonreír forzadamente.
Así llegaron otra vez al sitio donde estaba el coche. Dentro, la dama
siguió locuaz. El, a medida que se acercaban a Madrid, se iba poniendo
más pálido. Ya no sonreía.
Viéndole de tal modo, con la desesperación impresa en el semblante,
Clementina dejó al cabo de hablarle en aquel tono. Movida de piedad
comenzó de nuevo a besarle cariñosamente. Pero él rechazó sus caricias;
la apartó con suavidad diciendo:
--¡Déjame! ¡déjame!... Así me haces más daño.
Dos lágrimas asomaron a sus pupilas y estuvieron largo rato allí
detenidas. Al fin se volvieron otra vez, sin caer, al sitio misterioso
de donde brotan.
El coche llegó a la Puerta de Alcalá. Clementina lo hizo detener delante
de la calle de Serrano.
--Conviene que te bajes aquí. Estás cerca de tu casa.
Raimundo, sin decir palabra, abrió la portezuela.
--Hasta el sábado, Mundo.... No dejes de ir.... Ya sabes que te espero.
Al mismo tiempo le apretó la mano con fuerza.
Raimundo, sin mirarla, murmuró secamente:
--Adiós.
Se bajó de un salto, y la dama le vió alejarse con paso vacilante de
beodo sin volver la vista atrás.