La disolución del matrimonio de la reina con don Alfonso de Aragón
había privado a este príncipe de todo derecho a la corona de Castilla;
pero creyéndose ofendido como hombre y como rey, no quiso desistir
de su empresa ni entrar en negociaciones de paz, a pesar de cuantos
esfuerzos hizo para ello el conde de Candespina. Terminado pues el
invierno, entró en Castilla con un ejército infinitamente superior
al que doña Urraca pudo poner en campaña. La habilidad de don Gómez
prolongó algún tiempo la guerra con el cuidado que tuvo en evitar
toda acción general: mas al cabo le fue imposible hacerlo en las
inmediaciones de Sepúlveda.
La batalla se dio precisamente en el campo de Espina, que era de
donde don Gómez tomaba su título, y el mando de la primera línea
se le confió al conde don Pedro de Lara, quien a pesar de todo lo
acaecido tuvo bastante maña e influjo para conseguirlo, tal vez con
la sana intención de rehabilitar su fama. Mas apenas los veteranos de
don Alfonso cargaron a las tropas que mandaba, se puso en vergonzosa
fuga, siguiéndole todos sus soldados. Resultó de esto lo que no podía
menos de suceder: los fugitivos de la primera línea desordenaron los
escuadrones de la segunda. El espanto se apoderó de casi todos los
ánimos. «¡Traición!», gritaban unos; «¡Sálvese el que pueda!», otros:
todos huían, y huían en vano, porque su propia precipitación los
entregaba a sus enemigos, que hicieron en ellos una horrible carnicería.
En medio de aquel desorden general permanecía sin embargo organizado
un escuadrón todo compuesto de caballeros, que en torno del estandarte
del conde de Candespina, que ostentaba una águila negra en campo
amarillo, y capitaneados por él, resistían al poder de los aragoneses.
Para llegar hasta aquellos campeones era preciso salvar un parapeto que
de los cadáveres de sus enemigos habían hecho; y sería necesaria la
pluma de Homero para pintar las hazañas que vio aquel día memorable.
Sin embargo, todo su valor fue inútil: los tiros de los ballesteros
aragoneses y la multitud de los hombres de armas que caían sobre
ellos continuamente acabaron por reducir de tal modo su número que el
conde, Hernando, don Diego López y Millán se llegaron a ver solos. Don
Alfonso, admirado de tanta valentía, quiso otorgarles la vida si se
le rendían; mas como lo rehusasen, mandó que se les matara. Millán
cayó el primero, siguiole López, y a este el valeroso don Gómez.
Hernando, asido el estandarte con la una mano y esgrimiendo con la
otra su temible espada, sacrificó a más de veinte a su furor antes de
que llegaran a herirle; pero un soldado, de un golpe con el hacha de
armas le cortó el brazo izquierdo. No por esto desmayó, pues cogiendo
entre sus dientes el paño de la bandera, continuó peleando, y no cayó
hasta que de otro golpe perdió el brazo derecho. Entonces los soldados
acabaron de matarle, y dio fin aquel modelo de los amigos y espejo de
los valientes.
Leonor fue a unirse con Zulema en su convento: ambas lloraban juntas
las irreparables pérdidas que habían hecho, y ambas murieron fieles a
la virtud.
En cuanto a doña Urraca y Lara, el resto de su vida política pertenece
a la historia, y el lector curioso puede acudir a ella.
Del público y las circunstancias depende que con el tiempo llegue a
dar a luz las aventuras secretas de doña Urraca y don Pedro de Lara,
que según creo deben hallarse en unos antiguos manuscritos de la misma
biblioteca, de donde he sacado la historia que precede; la cual plegue
a Dios sea del agrado de todos.
[Ilustración]