_De algunos efectos maravillosos de vientos en partes de Indias._
Gran saber sería explicar por menudo los efectos admirables que hacen
diversos vientos en diversas partes, y dar razon de tales obras. Hay
vientos que naturalmente enturbian el agua de la mar, y la ponen
verdinegra; otros la ponen clara como un espejo. Unos alegran de
suyo y recrean, otros entristecen y ahogan. Los que crian gusanos
de seda tienen gran cuenta con cerrar las ventanas cuando corren
esos vendavales; y cuando corren los contrarios, las abren; y por
cierta experiencia hallan, que con los unos se les muere su ganado,
ó desmedra, con los otros se mejora, y engorda. Y aun en sí mismo lo
probará el que advirtiere en ello, que hacen notables impresiones y
mudanzas en la disposicion del cuerpo las variedades de vientos que
andan, mayormente en las partes afectas ó indispuestas, y tanto mas,
cuanto son delicadas. La Escritura[131] llama á un viento, abrasador;
y á otro le llama, viento de rocío suave. Y no es maravilla, que en
las yerbas, y en los animales, y hombres se sientan tan notables
efectos del viento, pues en el mismo hierro, que es el mas duro de
los metales, se sienten visiblemente. En diversas partes de Indias vi
rejas de hierro molidas y deshechas, y que apretando el hierro entre
los dedos se desmenuzaba, como si fuera heno ó paja seca; y todo
esto causado de solo el viento, que todo lo gastaba y corrompia sin
remedio. Pero dejando otros efectos grandes y maravillosos, solamente
quiero referir dos: uno, que con dar angustias mas que de muerte, no
daña: otro, que sin sentirse corta la vida. El marearse los hombres
que comienzan á navegar, es cosa muy ordinaria; y si como lo es tanto
y tan sabido su poco daño, no se supiera, pensáran los hombres que
era aquél el mal de muerte, segun corta, congoja, y aflige el tiempo
que dura, con fuertes bascas de estómago, y dolor de cabeza, y otros
mil accidentes molestos. Este tan conocido y usado efecto hace en los
hombres la novedad del aire de la mar, porque aunque es así que el
movimiento del navío, y sus vaivenes hacen mucho al caso para marearse
más ó menos, y asímismo la infeccion y mal olor de cosas de naves; pero
la propia y radical causa es el aire y bahos del mar, lo cual extraña
tanto el cuerpo y el estómago que no está hecho á ello, que se altera
y congoja terriblemente, porque el aire en fin es con el que vivimos
y respiramos, y le metemos en las mismas entrañas, y las bañamos con
él. Y así no hay cosa que mas presto, ni mas poderosamente altere,
que la mudanza del aire que respiramos, como se ve en los que mueren
de peste. Y que sea el aire de la mar el principal movedor de aquella
extraña indisposicion y náusea, pruébase con muchas experiencias.
Una es, que corriendo cierto aire de la mar fuerte, acaece marearse
los que están en tierra, como á mí me ha acaecido á veces. Otra, que
cuanto mas se entra en mar, y se apartan de tierra, mas se marean.
Otra, que yendo cubiertos de alguna Isla, en embocando aire de gruesa
mar, se siente mucho mas aquel accidente: aunque no se niega, que el
movimiento y agitacion tambien causa mareamiento, pues vemos que hay
hombres que pasando rios en barcas, se marean, y otros que sienten lo
mismo andando en carros, ó coches, segun son las diversas complexiones
de estómago: como al contrario hay otros, que por gruesas mares que
haga, no saben jamás qué es marearse. Pero en fin, llano y averiguado
negocio es, que el aire de la mar causa de ordinario ese efecto en los
que de nuevo entran en ella. He querido decir todo esto para declarar
un efecto extraño que hace en ciertas tierras de Indias el aire ó
viento que corre, que es marearse los hombres con él, no menos, sino
mucho mas que en la mar. Algunos lo tienen por fábula, y otros dicen
que es encarecimiento esto: yo diré lo que pasó por mí. Hay en el Perú
una sierra altísima, que llaman Pariacaca; yo habia oído decir esta
mudanza que causaba, y iba preparado lo mejor que pude, conforme á
los documentos que dan allá los que llaman Vaquianos ó prácticos; y
con toda mi preparacion, cuando subí las escaleras, que llaman, que
es lo mas alto de aquella sierra, cuasi súbito me dió una congoja tan
mortal, que estuve con pensamientos de arrojarme de la cabalgadura en
el suelo; y porque aunque íbamos muchos, cada uno apresuraba el paso,
sin aguardar compañero, por salir presto de aquel mal parage, solo me
hallé con un Indio, al cual le rogué me ayudase á tener en la bestia.
Y con esto luego tantas arcadas y vómitos, que pensé dar el alma,
porque tras la comida y flemas, cólera y mas cólera, y una amarilla,
y otra verde, llegué á echar sangre, de la violencia que el estómago
sentía. Finalmente digo, que si aquello durara, entendiera ser cierto
el morir, mas no duró sino obra de tres ó cuatro horas, hasta que
bajamos bien abajo, y llegamos á temple mas conveniente, donde todos
los compañeros, que serian catorce ó quince, estaban muy fatigados,
algunos caminando pedian confesion, pensando realmente morir. Otros se
apeaban, y de vómitos y cámaras estaban perdidos: á algunos me dijeron,
que les habia sucedido acabar la vida de aquel accidente. Otro ví yo,
que se echaba en el suelo, y daba gritos del rabioso dolor que le habia
causado la pasada de Pariacaca. Pero lo ordinario es no hacer daño de
importancia, sino aquel fastidio y disgusto penoso que da mientras
dura. Y no es solamente aquel paso de la sierra Pariacaca el que hace
este efecto, sino toda aquella cordillera, que corre á la larga mas de
quinientas leguas, y por donde quiera que se pase, se siente aquella
extraña destemplaza, aunque en unas partes mas que en otras, y mucho
mas á los que suben de la costa de la mar á la sierra, que no en los
que vuelven de la sierra á los llanos. Yo la pasé fuera de Pariacaca,
tambien por los Lucanas y Soras, y en otra parte por los Collaguas, y
en otra por los Cabanas; finalmente, por cuatro partes diferentes en
diversas idas y venidas, y siempre en aquel parage sentí la alteracion
y mareamiento, que he dicho, aunque en ninguna tanto como en la primera
vez de Pariacaca. La misma experiencia tienen los demás que la han
probado. Que la causa de esta destemplanza y alteracion tan extraña
sea el viento ó aire que allí reina, no hay duda ninguna, porque todo
el remedio (y lo es muy grande) que hallan es, en taparse cuanto
pueden oídos, y narices, y boca, y abrigarse de ropa especialmente
el estómago. Porque el aire es tan sutil y penetrativo, que pasa las
entrañas; y no solo los hombres sienten aquella congoja, pero tambien
las bestias, que á veces se encalman de suerte, que no hay espuelas
que basten á moverlas. Tengo para mi, que aquel parage es uno de los
lugares de la tierra que hay en el mundo mas alto; porque es cosa
inmensa lo que se sube, que á mi parecer los puertos nevados de España,
y los Pirineos y Alpes de Italia, son como casas ordinarias respecto de
torres altas; y así me persuado que el elemento de el aire está allí
tan sutil y delicado, que no se proporciona á la respiracion humana,
que le requiere mas grueso y mas templado; y esa creo es la causa de
alterar tan fuertemente el estómago, y descomponer todo el sugeto.
Los puertos nevados, ó sierras de Europa, que yo he visto, bien que
tienen aire frio, que da pena, y obliga á abrigarse muy bien; pero ese
frio no quita la gana del comer, antes la provoca; ni causa vómitos, ni
arcadas en el estómago, sino dolor en los pies, ó manos; finalmente,
es exterior su operacion; mas el de Indias, que digo, sin dar pena á
manos, ni pies, ni parte exterior, revuelve las entrañas. Y lo que es
mas de admirar, acaece haber muy gentiles soles, y calor en el mismo
parage; por donde me persuado, que el daño se recibe de la cualidad
del aire que se aspira y respira, por ser sutilísimo y delicadísimo, y
su frio no tan sensible, como penetrativo. De ordinario es despoblada
aquella cordillera, sin pueblos, ni habitacion humana, que aun para
los pasageros apenas hay tambos, ó chozas donde guarecerse de noche.
Tampoco se crian animales buenos, ni malos, sino son vicuñas, cuya
propiedad es extraña, como se dirá en su lugar. Está muchas veces la
yerba quemada y negra del aire que digo. Dura el despoblado de veinte
á treinta leguas de traviesa, y en largo, como he dicho, corre mas de
quinientas. Hay otros despoblados, ó desiertos, ó páramos, que llaman
en el Perú Punas, porque vengamos á lo segundo que prometimos, donde
la cualidad del aire sin sentir corta los cuerpos y vidas humanas. En
tiempos pasados caminaban los Españoles del Perú al Reino de Chile
por la sierra, ahora se va de ordinario por mar, y algunas veces por
la costa, que aunque es trabajoso y molestísimo camino, no tiene el
peligro que el otro camino de la sierra, en el cual hay unas llanadas,
donde al pasar perecieron muchos hombres, y otros escaparon con gran
ventura; pero algunos de ellos mancos, ó lisiados. Da allí un airecillo
no recio, y penetra de suerte, que caen muertos cuasi sin sentirlo,
ó se les caen cortados de los pies y manos dedos, que es cosa que
parece fabulosa, y no lo es, sino verdadera historia. Yo conocí, y
traté mucho al General Gerónimo Costilla, antiguo poblador del Cuzco,
al cual le faltaban tres ó cuatro dedos de los pies, que pasando por
aquel despoblado á Chile, se le cayeron, porque penetrados de aquel
airecillo, cuando los fué á mirar, estaban muertos, y como se cae una
manzana anublada del árbol, se cayeron ellos mismos, sin dar dolor, ni
pesadumbre. Referia el sobredicho Capitan, que de un buen ejército, que
habia pasado los años antes, despues de descubierto aquel Reino por
Almagro, gran parte habia quedado allí muerta, y que vió los cuerpos
tendidos por allí, y sin ningun olor malo, ni corrupcion. Y aun añadia
otra cosa extraña, que hallaron vivo un muchacho, y preguntado cómo
habia vivido, dijo, que escondiéndose en no sé qué chocilla, de donde
salia á cortar con un cuchillejo de la carne de un rocín muerto, y así
se habia sustentado largo tiempo; y que no sé cuantos compañeros que
se mantenian de aquella suerte, ya se habian acabado todos, cayéndose
un dia uno, y otro dia otro amortecidos, y que él no queria ya, sino
acabar allí como los demás, porque no sentia en sí disposicion para ir
á parte ninguna, ni gustar de nada. La misma relacion oí á otros, y
entre ellos, á uno que era de la Compañia, y siendo seglar habia pasado
por allí. Cosa maravillosa es la cualidad de aquel aire frio, para
matar, y juntamente para conservar los cuerpos muertos sin corrupcion.
Lo mismo me refirió un Religioso grave, Dominico, y Prelado de su
Orden, que lo habia él visto, pasando por aquellos despoblados; y aun
me contó, que siéndole forzoso hacer noche allí para ampararse del
vientecillo, que digo que corre en aquel parage tan mortal, no hallando
otra cosa á manos, juntó cantidad de aquellos cuerpos muertos que habia
al derredor, é hizo de ellos una como paredilla por cabecera de su
cama; y así durmió, dándole la vida los muertos. Sin duda es un género
de frio aquél, tan penetrativo, que apaga el calor vital, y corta su
influencia; y por ser juntamente sequísimo, no corrompe, ni pudre los
cuerpos muertos, porque la corrupcion procede de calor y humedad.
Cuanto á otro género de aire, que se siente sonar debajo de la tierra,
y causa temblores y terremotos, mas en Indias que en otras partes,
decirse ha cuando se trate de las cualidades de la tierra de Indias.
Por ahora contentarnos hemos con lo dicho de los vientos y aires, y
pasaremos á lo que se ofrece considerar del agua.