_Que la Sagrada Escritura nos da á entender, que
la tierra está en medio del mundo._
Y aunque á Procopio Gáceo y á otros de su opinión les parezca que es
contrario á la divina Escritura poner la tierra en medio del mundo,
y hacer el Cielo todo redondo; mas en la verdad esta no solo no es
doctrina contraria, sino antes muy conforme á lo que las letras
sagradas nos enseñan. Porque dejando aparte que la misma Escritura[18]
usa de este término muchas veces: _la redondez de la tierra_, y que en
otra parte apunta, que todo cuanto hay corporal es rodeado del Cielo,
y como abarcado de su redondez; á lo menos aquello del Eclesiastés[19]
o se puede dejar de tener por muy claro, donde dice: «Nace el Sol y
pónese, y vuélvese á su lugar, y allí tornando á nacer da vuelta por
el medio día, y tuércese hácia el norte: rodeando todas las cosas
anda el espíritu al derredor, y vuélvese á sus mismos cercos. En este
lugar dice la paráfrasis y exposición de Gregorio el Neocesariense ó
el Nacianceno: El Sol habiendo corrido toda la tierra vuélvese, como
en torno, hasta su mismo término y punto. Esto que dice Salomón y
declara Gregorio, cierto no podía ser, si alguna parte de la tierra
dejase de estar rodeada del Cielo. Y así lo entiende San Gerónimo[20],
escribiendo sobre la Epístola á los Efesios, de esta manera: Los mas
comunmente afirman, conformándose con el Eclesiastés, que el Cielo es
redondo, y que se mueve en torno, á manera de bola. Y es cosa llana,
que ninguna figura redonda tiene latitud, ni longitud, ni altura, ni
profundo, porque es por todas partes igual y pareja, &. Luego, según
San Gerónimo, lo que los más sienten del Cielo que es redondo, no solo
no es contrario á la Escritura, pero muy conforme con ella. Pues San
Basilio[21] y S. Ambrosio, que de ordinario le sigue en los libros
llamados Hexamerón, aunque se muestran un poco dudosos en este punto,
al fin, más se inclinan á conceder la redondez del mundo. Verdad es,
que con la quinta substancia que Aristóteles atribuye al Cielo, no
está bien San Ambrosio[22]. Del lugar de la tierra y de su firmeza,
es cosa cierto de ver, cuan galanamente y con cuanta gracia habla la
divina Escritura, para causarnos gran admiración, y no menor gusto,
de aquella inefable Potencia y Sabiduría del Criador. Porque en una
parte nos refiere Dios[23] que él fue el que estableció las columnas
que sustentan la tierra, dándonos á entender, como bien declara San
Ambrosio[24], que el peso inmenso de toda la tierra le sustentan las
manos del divino Poder, que así usa la Escritura[25] nombrar columnas
del Cielo y de la tierra, no cierto las del otro Atlante, que fingieron
los Poétas, sino otras propias de la palabra eterna de Dios, que con su
virtud sostiene Cielos y tierra[26]. Mas en otro lugar la misma divina
Escritura[27], para significarnos como la tierra está pegada y por
gran parte rodeada del elemento del agua, dice galanamente: Que asentó
Dios la tierra sobre las aguas; y en otro lugar: que fundó la redondez
de la tierra sobre la mar. Y aunque San Agustín[28] no quiere que se
saque de este lugar, como sentencia de Fé, que la tierra y agua hacen
un globo en medio del mundo, y así pretende dar otra exposición á las
sobredichas palabras del Salmo; pero el sentido llano sin duda es el
que está dicho, que es darnos á entender, que no hay para qué imaginar
otros cimientos, ni estrivos de la tierra, sino el agua, la cual con
ser tan facil y mudable, la hace la sabiduría del supremo Artífice,
que sostenga y encierre aquesta inmensa máquina de la tierra. Y dícese
estár la tierra fundada y sostenida sobre las aguas y sobre el mar,
siendo verdad, que antes la tierra está debajo del agua, que no sobre
el agua, porque á nuestra imaginación y pensamiento lo que está de la
otra banda de la tierra que habitamos, nos parece que está debajo de
la tierra; y así el mar y aguas que ciñen la tierra por la otra parte,
imaginamos que están debajo, y la tierra encima de ellas. Pero la
verdad es, que lo que es propiamente debajo, siempre es lo que está más
en medio del universo. Mas habla la Escritura conforme á nuestro modo
de imaginar y hablar. Preguntará alguno, pues la tierra está sobre las
aguas, según la Escritura, ¿las mismas aguas sobre qué estarán, ó qué
apoyo tendrán? Y si la tierra y agua hacen una bola redonda, ¿toda ésta
tan terrible máquina, dónde se podrá sostener?
A eso satisface en otra parte la divina Escritura[29], causando mayor
admiración del poder del Criador: Extiende, dice, al Aquilón sobre
vacío, y tiene colgada la tierra sobre no nada. Cierto galanamente lo
dijo; porque realmente parece que está colgada sobre no nada la máquina
de la tierra y agua, cuando se figura estar en medio del aire, como
en efecto está. Esta maravilla, de que tanto se admiran los hombres,
aún la encarece más Dios preguntando al mismo Job[30]: ¿Quién echó
los cordeles para la fábrica de la tierra? díme si lo has pensado ¿ó
en qué cimiento están aseguradas sus basas? Finalmente, para que se
acabase de entender la traza de este maravilloso edificio del mundo,
el Profeta David, gran alabador y cantor de las obras de Dios, en un
Salmo[31] que hizo á este propósito, dice así: Tu que fundaste la
tierra sobre su misma estabilidad y firmeza, sin que bambalee ni se
trastorne para siempre jamás. Quiere decir, la causa porque estando
la tierra puesta en medio del aire no se cae, ni bambalea, es porque
tiene seguros fundamentos de su natural estabilidad, la cual le dió su
sapientísimo Criador para que en sí misma se sustente, sin que haya
menester otros apoyos ni estrivos. Aquí, pues, se engaña la imaginación
humana, buscando otros cimientos á la tierra, y procede el engaño de
medir las obras divinas con las humanas. Así que no hay que temer, por
más que parezca que esta tan gran máquina cuelga del aire, que se caiga
ó trastorne, que no se trastornará, como dijo el Salmo[32] para siempre
jamás. Con razón, por cierto, David, después de haber contemplado y
cantado tan maravillosas obras de Dios, añade: Gozarse há el Señor en
sus obras; y después: ¡Oh qué engrandecidas son tus obras, Señor! bien
parece que salieron todas de tu saber. Yo cierto, si he de decir lo que
pasa, digo, que diversas veces que he peregrinado, pasando esos grandes
golfos del mar Océano, y caminando por estotras regiones de tierras
tan extrañas, poniéndome á mirar y considerar la grandeza y extrañeza
de estas obras de Dios, no podía dejar de sentir admirable gusto, con
la consideración de aquella soberana sabiduria y grandeza del Hacedor,
que reluce en éstas sus obras tanto, que en comparación de ésto, todos
los palacios de los Reyes, y todas las invenciones humanas me parecen
poquedad y vileza. ¡O cuántas veces se me venía al pensamiento y á la
boca aquello del Salmo[33]: Gran recreación me habéis, Señor, dado con
vuestras obras, y no dejaré de regocijarme en mirar las hechuras de
vuestras manos! Realmente tienen las obras de la divina arte un no sé
qué de gracia y primor como escondido y secreto, con que miradas una
y otra y muchas veces, causan siempre un nuevo gusto. Al revés de las
obras humanas, que aunque estén fabricadas con mucho artificio, en
haciendo costumbre de mirarse, no se tienen en nada, y aun cuasi causan
enfado. Sean jardines muy amenos, sean palacios y templos galanísimos,
sean alcazares de soberbio edificio, sean pinturas, ó tallas, ó piedras
de exquisita invención y labor, tengan todo el primor posible, es cosa
cierta y averiguada, que en mirándose dos ó tres veces, apenas hay
poner los ojos con atención, sino que luego se divierten á mirar otras
cosas, como hartos de aquella vista. Mas la mar, si la miráis, ó poneis
los ojos en un peñasco alto, que sale acullá con extrañeza, ó el campo
cuando está vestido de su natural verdura y flores, ó el raudal de un
río que corre furioso, y está sin cesar batiendo las peñas, y como
bramando en su combate; y finalmente, cualesquiera obras de naturaleza,
por más veces que se miren, siempre causan nueva recreación, y jamás
enfada su vista, que parece, sin duda, que son como un combite copioso
y magnífico de la divina Sabiduría, que allí de callada, sin cansar
jamás, apacienta y deleita nuestra consideración.