_Que el cielo es redondo por todas partes, y se
mueve en torno de sí mismo._
Mas viniendo á nuestro propósito, no hay duda sino que lo que el
Aristóteles y los demás Peripatéticos, juntamente con los Estóicos,
sintieron[12], cuanto á ser el Cielo todo de figura redonda, y moverse
circularmente y en torno, es puntualmente tanta verdad, que la vemos
con nuestros ojos los que vivimos en el Perú; harto más manifiesta
por la experiencia, de lo que nos pudiera ser por cualquiera razón
y demostración Filosófica. Porque para saber que el Cielo es todo
redondo, y que ciñe y rodea por todas partes la tierra, y no poner
duda en ello, basta mirar desde este emisferio aquella parte y región
del Cielo, que da vuelta á la tierra, la cual los Antiguos jamás
vieron. Basta haber visto y notado ambos á dos polos, en que el Cielo
se revuelve como en sus quicios, digo el polo Artico y Septentrional,
que ven los de Europa, y estotro Antártico ó Austral (de que duda
Agustino)[13], cuando pasada la línea equinoccial trocamos el norte
con el sur acá en el Perú. Basta finalmente haber corrido navegando
más de sesenta grados de norte á sur, cuarenta de la una banda de la
línea, y veintitres de la otra banda; dejando por ahora el testimonio
de otros que han navegado en mucha más altura, y llegado á casi
sesenta grados al sur. ¿Quién dirá que la nao Victoria, digna cierto
de perpétua memoria, no ganó la victoria y triunfo de la redondéz del
mundo, y no menos de aquel tan vano vacío, y caos infinito que ponían
los otros Filósofos debajo de la tierra, pues dió vuelta al mundo, y
rodeó la inmensidad del gran Océano? ¿A quién no le parecerá que con
este hecho mostró, que toda la grandeza de la tierra, por mayor que se
pinte, está sujeta á los pies de un hombre, pues la pudo medir? Así
que, sin duda, es el Cielo de redonda y perfecta figura; y la tierra
abrazándose con el agua, hacen un globo ó bola cabal, que resulta
de los dos elementos, y tiene sus términos y límites, su redondéz y
grandeza. Lo cual se puede bastantemente probar y demostrar por razones
de Filosofía y de Astrología, y dejando aparte aquellas sútiles, que se
alegan comunmente de que al cuerpo más perfecto, (cual es el Cielo),
se le debe la más perfecta figura, que sin duda es la redonda: de que
el movimiento circular no puede ser igual y firme, si hace esquina
en alguna parte, y se tuerce, como es forzoso, si el Sol y Luna y
Estrellas no dan vuelta redonda al mundo. Mas dejando ésto aparte,
como digo, paréceme á mí, que sola la Luna debe bastar en este caso,
como testigo fiel en el Cielo; pues entonces solamente se obscurece
y padece eclipse, cuando acaece ponérsele la redondéz de la tierra
ex-diámetro entre ella y el Sol, y así estorvar el paso á los rayos
del Sol; lo cual, cierto no podría ser si no estuviese la tierra en
medio del mundo, rodeada de todas partes de los orbes celestes. Aunque
tampoco ha faltado quien ponga duda si el resplandor de la Luna se le
comunica de la luz del Sol[14]. Mas ya esto es demasiado dudar, pues
no se puede hallar otra causa razonable de los eclipses, y de los
llenos y cuartos de Luna, sino la comunicación del resplandor del Sol.
También si lo miramos, veremos que la noche ninguna otra cosa es sino
la obscuridad causada de la sombra de la tierra, por pasársele el Sol
á otra banda. Pues si el Sol no pasa por la otra parte de la tierra,
sino que al tiempo de ponerse se torna haciendo esquina y torciendo, lo
cual forzoso ha de conceder el que dice, que el Cielo no es redondo,
sino que como un plato, cubre la haz de la tierra; síguese claramente,
que no podrá hacer la diferencia que vemos de los días y noches, que en
unas regiones del mundo son largos, y breves á sus tiempos, y en otras
son perpétuamente iguales. Lo que el Santo Doctor Agustino escribe[15]
en los libros de _Genesi ad litteram_, que se pueden salvar bien
todas las oposiciones, y conversiones, y elevaciones, y caímientos,
y cualesquiera otros aspectos y disposiciones de los planetas y
estrellas, con que entendamos que se mueven ellas, estándose el Cielo
mismo quedo y sin moverse, bien fácil se me hace á mi de entenderlo,
y se le hará á cualquiera, como haya licencia de fingir lo que se nos
antojare. Porque si ponemos por caso, que cada estrella y planeta es
un cuerpo por sí, y que le menea y lleva un Angel, al modo que llevó á
Abacúch, á Babilonia[16]: ¿quién será tan ciego, que no vea que todas
las diversidades que parecen de aspectos en los planetas y estrellas,
podrán proceder de la diversidad del movimiento que el que las mueve
voluntariamente les da? Empero no da lugar la buena razón á que el
espacio y región por donde se fingen andar ó volar las estrellas
deje de ser elementar y corruptible, pues se divide y aparta cuando
ellas pasan, que cierto no pasan por vacuo; y si la región en que las
estrellas y planetas se mueven, es corruptible, también ciertamente
lo han de ser ellas de su naturaleza, y por el consiguiente se han de
mudar y alterar, y en fin acabar. Porque naturalmente lo contenido no
es más durable que su continente. Decir, pues, que aquellos cuerpos
celestes son corruptibles, ni viene con lo que la Escritura dice en el
Salmo[17], que los hizo Dios para siempre, ni aun tampoco dice bien con
el órden y conservación de este Universo. Digo más, que para confirmar
esta verdad de que los mismos Cielos son los que se mueven, y en ellos
las estrellas andan en torno, podemos alegar con los ojos, pues vemos
manifiestamente, que no solo se mueven las estrellas, sino partes y
regiones enteras del Cielo: no hablo solo de las partes lúcidas, y
resplandecientes, como es la que llaman vía láctea, que nuestro vulgar
dice camino de Santiago, sino mucho más digo esto por otras partes
obscuras y negras que hay en el Cielo. Porque realmente vemos en él
unas como manchas, que son muy notables, las cuales jamás me acuerdo
haber echado de ver en el Cielo cuando estaba en Europa; y acá en este
otro emisferio las he visto muy manifiestas. Son estas manchas de color
y forma que la parte de la luna eclipsada, y parecénsele en aquella
negrura y sombrío. Andan pegadas á las mismas estrellas, y siempre
de un mismo tenor y tamaño, como con experiencia clarísima lo hemos
advertido y mirado. A alguno, por ventura, le parecerá cosa nueva, y
preguntará, ¿de qué pueda proceder tal género de manchas en el Cielo?
Yo cierto no alcanzo hasta ahora más de pensar, que cómo la galajia ó
vía láctea, dicen los Filósofos, que resulta de ser partes del Cielo
más densas y opacas, y que por eso reciben más luz, así también por el
contrario hay otras partes muy raras y muy diáfanas ó transparentes, y
como reciben menos luz, parecen partes más negras. Sea ésta, ó no sea
ésta la causa (que causa cierta no puedo afirmarla), á lo menos en el
hecho que haya las dichas manchas en el Cielo, y que sin discrepar se
menean con el mismo compás que las estrellas, es experiencia certísima,
y de propósito muchas veces considerada. Infiérese de todo lo dicho,
que sin duda ninguna los Cielos encierran en sí de todas partes la
tierra, moviéndose siempre al derredor de ella, sin que haya para qué
poner ésto más en cuestión.