llevado por uno de sus movimientos de rabia y de envidia, escribió al
capitán Sandow, diciéndole que yo iba entablando amistades con su hija,
que los tres éramos piratas, que veníamos escapados de los pontones.
El capitán Sandow me llamó y le conté lo que nos había pasado, sin
ocultarle nada. Como comprendí su disgusto, por su aspecto de malhumor,
le dije: --No tenga usted cuidado, hoy mismo nos iremos. --Lo
celebraré--me contestó--, no por usted, sino por no ver al denunciador.
Después de haberle prometido que nos iríamos en seguida, no comprendía
bien su malhumor; pero, por lo que dijo Allen al día siguiente, me lo
expliqué. Le había interrogado a él sobre lo que yo le conté, y, al
cerciorarse de que era verdad, se sintió humillado, porque sus aventuras
eran completamente vulgares en comparación de las nuestras.
VII
EL ODIO ESTALLA
Avisé a Allen y a Ugarte que nos teníamos que marchar. --¿Y por
qué?--preguntó Ugarte, echándoselas de sorprendido. --Por nada. Por
algún bien intencionado que le ha dicho a Sandow qué clase de gente
somos nosotros y de dónde venimos. --¿Y quién será?--me preguntó él.
--Eso lo sabes tú mejor que nadie--le contesté yo, en castellano. Allen
nos oía, suponiendo la mala acción de Ugarte. --No sé qué quieres decir
con eso--murmuró Ugarte; y, viendo que yo no replicaba, añadió
cínicamente--: La verdad es que la cartita te ha reventado. --¡Hombre!
¡Claro! --¿Y qué te ha dicho el capitán? --Me ha dicho que le dan asco
los denunciadores, y que por eso sólo nos debemos ir.
Ugarte palideció. Y Allen, que había comprendido todo, exclamó: --¡Ah!
¿Es él el que nos ha denunciado? --Tú no te metas en lo que no te
importa, ¡animal!
El irlandés prorrumpió en insultos, y yo impedí que se lanzara sobre
Ugarte.
La última noche que pasamos en casa de Sandow, yo escribí una larga
carta a Ana. Dormíamos los tres huéspedes del capitán en la biblioteca;
Ugarte y Allen se habían tendido en sus camastros, pero estaban
despiertos.
Cuando terminé de escribir, salí de la biblioteca, metí la carta en un
libro, llamé a la criada y le encargué que diera aquello a la hija del
capitán. Temía que, al volver, me iba a encontrar a Uguarte y a Allen
luchando a brazo partido.
No pudimos dormir ninguno de los tres; Allen estaba indignado contra
Ugarte. Antes de amanecer, salimos de casa, sin despedirnos de nadie.
Hacía un día frío; tomamos la carretera y fuimos marchando por la
costa, azotados por una lluvia menuda.
Allen y Ugarte no querían hablarse. Para no tener relación el uno con el
otro, Ugarte me hablaba en castellano y Allen en inglés.
--¡Que por un canalla miserable tengamos que andar así!--murmuraba
Allen, entre dientes.
Por la noche, mojados hasta los huesos, encontramos un albergue, medio
taberna, medio cabaña, que se llamaba el _Reposo del Cazador_. Era una
choza, con las paredes y el tejado cubiertos por completo de hiedra, con
dos ventanas con cortinillas rojas, iluminadas por la luz interior.
Parecía aquella cabaña la cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con
sus dos ojos encarnados.
Aunque nos faltaba poco para el pueblo, decidimos quedarnos allá. Nos
sentamos a una mesa y pedimos de cenar. Ugarte se puso a burlarse del
capitán Sandow y de su hija. Al principio me indignó; pero luego me
produjo lástima y desprecio, comprendiendo que estaba en uno de sus
arrebatos de locura, de insensatez. Ya tanto me dijo y me insultó, que
le pregunté con sorna:
--¿Qué te he hecho yo para que me odies así?
--Me estorbas--gritó él--. Uno de los dos sobramos en el mundo.
Y en el paroxismo de la cólera empezó a insultarme con furia, a decirme
que estaba deseando que me muriera, porque era su bestia negra.
Allen, desencajado, pálido de rabia, exclamó:
--Yo no lo aguantaría.
--¿Qué te mezclas tú? ¡Canalla! ¡Miserable!--gritó Ugarte.
Y, en su furor, sacó una de las limas de las sacadas del pontón, que aun
llevaba, e hirió al irlandés en la mejilla.
Este, de pronto, se levantó, cogió el banco en donde estaba sentado, lo
alzó en el aire y le dio a Ugarte tal golpe en la cabeza, que lo dejó
muerto.
Después Allen, como loco, siguió golpeando el cadáver, la mesa, con una
furia de elefante herido, hasta que rompió el banco y se quedó con un
trozo de madera en la mano, contemplándolo como un sonámbulo que
despierta; luego lo tiró al suelo, y comenzó a llorar. Toda la gente de
la taberna había presenciado el hecho, y estaba de parte de Allen.
--Vamos--le dije yo--. Hay que huir.
--No, no. ¿Para qué?
Me quedé a su lado. La herida que tenía en la cara era leve.
--Usted, sí. Vayase. Escápese usted--me dijo Allen.
--No, no le abandono.
--Hay testigos aquí de lo que ha pasado. Vayase usted. Si se escapa me
puede usted servir mejor desde fuera de la cárcel que de dentro. Tome
usted el dinero que me queda. Si llega usted a Francia, escriba usted a
la criada vieja de casa de Sandow. Salí de la taberna y eché a correr
por el camino; el viento contrario me impedía avanzar, un viento húmedo
cargado con efluvios de mar. Oí voces de lejos de gente que pasaba.
Quizá era la policía, avisada; me escondí a un lado de la carretera.
Luego seguí corriendo hasta llegar a la ciudad: entré en una callejuela.
El viento silbaba en las encrucijadas, ladraban los perros, comenzaba a
llover a chaparrón. Decidí entrar en la primera fonda o posada que me
saliera al paso. La primera que encontré fue una que tenía una enseña
con un caballo. Se llamaba así: _El Caballo Blanco_. Era de estas fondas
tranquilas, poco frecuentadas, que hay en las islas británicas, que
tienen un carácter de limpieza y respetabilidad.
Una muchacha muy vivaracha me preguntó si había cenado; le dije que sí,
me llevó a un cuarto, y vino poco después, con un gran calentador, a
templar la cama.
Caía un verdadero diluvio.
--Le voy a pagar a usted--le dije a la muchacha--, porque voy a salir de
casa muy temprano.
--Como usted quiera.
--¿Estará la puerta abierta desde por la mañana?
--Sí. Siempre suele estar abierta.
Le pagué lo que me dijo y me acosté. Seguía lloviendo; el agua azotaba
los cristales, el viento silbaba furioso, dando unas notas de tiple
extraordinarias. Me metí en la cama y me dormí al momento. Me desperté
antes del amanecer con un sobresalto. Me asomé a la ventana; no llovía;
me vestí rápidamente y bajé las escaleras. La puerta no estaba abierta;
Pensé si alguien habría advertido en la casa que la cerrasen aquella
noche; quizá la cerraron por el viento.
Me asomé a la ventana. La altura no era grande. Salté a la calle.
Encontrándome solo, sin la compañía de Allen y de Ugarte, me sentía más
enérgico y con mayor miedo de ser preso. Todo, antes de volver al
pontón. El recuerdo de aquellos promontorios negruzcos, del mar gris, de
los pantanos fangosos, me horrorizaba.
Pasé la noche en el campo, y a la mañana siguiente, al salir el sol,
entré en el puerto de Wexford. Había una goleta que iba a Saint-Malô.
Hablé con el capitán para que me llevara, y tuve que vencer su
resistencia. Le di el dinero que tenía y prometí pagarle más al llegar a
Francia.
El capitán era una especie de oso de mal humor.
Hicimos un viaje horrible, con tiempo malísimo y mar borrascoso. El
capitán, sin duda, no tenía por costumbre ocuparse del barco, y se metió
en su camarote a intoxicarse con _whisky_. A la hora, apareció borracho,
con la nariz roja y balbuceando, y en vista del temporal, intentó
cambiar de rumbo y marchar a refugiarse a Inglaterra.
Yo le convencí de que era un absurdo.
El hombre, que no tenía las ideas muy claras, hizo lo que le decía, y
llegamos a Saint-Malô.
Inmediatamente escribí a Ana Sandow contándole lo ocurrido después de
salir de su casa e interesándole por el pobre Allen.
Al cabo de algún tiempo recibí carta suya y un recorte de periódico, en
donde se contaba la muerte de Ugarte en una venta próxima a Wexford,
llamada el _Reposo del Cazador_.
El muerto aparecía con el nombre de Juan de Aguirre, y yo, de quien se
ignoraba el paradero, como Tristán de Ugarte.
Por lo que me contaba Ana, Allen se encontraba en situación favorable;
todos los testigos habían declarado a su favor; el ser el muerto un
aventurero extranjero, y él una persona del país, le favorecía también
mucho.
Como toda esta zona francesa de Normandfa y de Bretaña tiene su
principal comercio con Inglaterra, y a mí no me convenían los aires de
la pérfida Albión, tardé mucho en encontrar empleo, hasta que lo hallé
en un almacén del Havre.
Mi vida tenía un fin, un entusiasmo: había una mujer que pensaba en mí.
Les escribía constantemente a ella y a Allen, y a éste le enviaba parte
de mi sueldo.
Allen pasó poco tiempo preso. Cuando salió fue a ver a Ana. El capitán
Sandow estaba cada vez más brutal y más despótico con su hija. Allen se
concertó con ella, y un día, con gran asombro por mi parte, les vi a los
dos venir hacia mi casa.
Ana y yo nos casamos y tuvimos una niña, Mary.
Entonces, pensando en mi hija, quise enterarme de lo que pasaba en
Lúzaro, y escribí a mi madre, y ella me comunicó cómo se me había creído
muerto y se habían celebrado mis funerales.
Mi vida con Ana hubiera sido feliz; pero mi mujer tenía poca salud.
Aquella delicada criatura, tan sencilla, tan ingenua, murió en mis
brazos después de lenta agonía.
La recuerdo siempre en la casa sombría de su padre, y a su recuerdo uno
el de la Diana Vernon de Walter Scott. Al mismo tiempo que la conocí leí
la obra del novelista escocés, y no puedo pensar en mi querida muerta
sin recordar la figura literaria del gran escritor.
Cuando ella murió me decidí a dejar Francia y a volver a Lúzaro con mi
hija y con Allen, que no quería separarse de mí.
Esta ha sido mi vida. Errores, faltas, he cometido. ¿Quién no los
comete?...
* * * * *
Esto decía el manuscrito de mi tío Juan de Aguirre.
VIII
PATRICIO ALLEN Y EL TESORO DE ZALDUMBIDE
Un día de otoño, al anochecer, se presentaron en Lúzaro, en la posada de
Chiquierdi, dos extranjeros de aspecto sospechoso.
Bajaron de las diligencias, entraron en la cocina de la posada, y,
mientras cenaban, preguntaron con gran interés por don Santiago Andía.
La posadera les dijo que hacía mucho tiempo que yo no vivía en Lúzaro,
sino en Izarte, y al saberlo se informaron de la distancia a que se
hallaba nuestra aldea del pueblo.
A la mañana siguiente, el cartero, al traer el periódico, me dio estos
datos, y me dijo que aquellos hombres me buscaban. Les esperé, un tanto
intrigado, y poco antes del mediodía les vi acercarse a mi casa.
Uno de ellos era alto, rojo, pesado; el otro, pequeño, de pelo negro y
ojos vivos. Los contemplé por entre las cortinillas de mi cuarto. Al
primer golpe de vista no me pareció gente de mala catadura.
Llamaron, y la criada les hizo pasar a mi cuarto.
El alto y grueso parecía un poco turbado; el otro, sonriendo con una
sonrisa insinuante, me dijo en castellano, con acento andaluz:
--¿Podría usted escucharnos media hora?
--Sí, señor, con mucho gusto. Hagan el favor de sentarse.
--¡Gracias!--contestó el bajito, y añadió en inglés, dirigiéndose a su
compañero--: Siéntese usted, Smiles.
Se sentron los dos.
--¿No es usted español?--le pregunté al moreno.
No, soy inglés. He nacido en Gibraltar. Soy un escorpión de roca, como
nos llaman en Inglaterra a los del Peñón. Me llamo Small, Ricardo
Small. Mi padre era inglés, mi madre, gaditana; por eso hablo
regularmente el español.
--Regularmente, no, muy bien; bastante mejor que yo.
--¡Muchas gracias! Le explicaré en las menos palabras posibles el asunto
que nos trae aquí. Hasta hace unos meses vivía en Liverpool
humildemente, estaba de empleado en un almacén e iba a casarme, cuando
conocí a un viejo irlandés, hermano de la madre de mi novia. Este
irlandés se llamaba Patricio Allen.
--¡Patricio Allen!--exclamé yo--. ¡El que ha vivido tanto tiempo aquí!
El mismo. Allen llegó a casa de su hermana y contó la historia del
tesoro del capitán Zaldumbide; dijo cómo usted le había dado la
indicación exacta del lugar, que estaba escrita en vasco en un
devocionario. Desde aquel día, la casa de mi novia se transformó; mi
novia, sus hermanos, la familia entera no veía más que millones por
todas partes. Me encargaron de buscar un socio capitalista que pusiera
los medios necesarios para ir adonde está el tesoro; y yo encontré al
señor Smiles.
--¡Presente!--dijo el hombre alto y rojo, llevándose la mano a la cabeza
y haciendo un saludo militar.
--Bueno. Cállese usted--replicó el joven moreno--. Como decía, encontré
al señor Smiles, que tenía un _saloom bar_ en Liverpool. El señor Smiles
traspasó su establecimiento, yo abandoné mi empleo, y, en compañía de
Allen, los tres bien armadas, fuimos a Las Palmas. Aquí alquilamos una
goleta, con tripulación y todo, y nos dirigimos al río Nun. El patrón de
la goleta tenía la orden de esperarnos durante una semana cerca de la
desembocadura del río, y, en el caso de que no apareciéramos, volver
durante seis meses en el período de luna llena. Abandonamos la goleta, y
en un bote remontamos el río, hasta llegar frente a las ruinas de una
fortaleza que se levantaba en un cerro. Dejamos el bote atado a un árbol
de la orilla, y escondiéndonos entre las peñas con grandes precauciones,
subimos el cerro, hasta llegar al castillo arruinado. No nos habíamos
topado con nadie. Por lo que dijo Allen, teníamos que encontrar entre
aquellas paredes un muro en donde estuviera esculpido un elefante. El
primero que lo vio fui yo.
--Ahí está--grité.
Allen se acercó al muro, se puso de espaldas a él y sacó un pequeño
anteojo de bolsillo. Estábamos Smiles y yo mirándole con ansia, cuando
vimos que dos hombres blancos se arrastraban por detrás de un muro a
observar lo que hacía Allen. Al ver que nos habíamos dado cuenta de su
espionaje, los hombres se abalanzaron sobre nosotros, y tras ellos diez
o doce moros que estaban escondidos. No tuvimos tiempo de hacer uso de
nuestras armas, y quedamos prisioneros.
[Ilustración]
Por lo que dijo Allen, los dos blancos eran, uno, Ryp Timmermans, el
cocinero de _El Dragón,_ y el otro, un marinero holandés llamado van
Stein. Ambos llevaban más de un año buscando el tesoro, pero no daban
con él. Habían pasado por allí varios de los antiguos tripulantes de _El
Dragón,_ habían hecho excavaciones en todos los montículos de la orilla
del río, sin encontrar los cofres de Zaldumbide.
Ryp y van Stein, más tenaces, se quedaron allá; renegaron de su
religión, y, convertidos al mahometismo, se casaron con moras, y eran los
jefes de un aduar establecido en un pequeño oasis con unos cuantos pozos
salobres, un bosquecillo de palmeras y acacias espinosas y arganes.
Los dos renegados y los moros nos llevaron a Smiles, Allen y a mí
prisioneros a su aduar. Era éste un conjunto de cabañas miserables,
hechas con palos, piedras y barro, cubiertas unas con hierbas y otras
con un tejido especial formado por pelo de camello o de cabra. Nos
encerraron en una choza, y Ryp y van Stein Stein nos comenzaron a
interrogar. Smiles y yo dijimos la verdad: que nos habían dicho que allí
había un tesoro y que habíamos ido a buscarlo.
Ryp suponía que teníamos algunos datos, y nos aseguró que, mientras no
dijéramos lo que sabíamos, no saldríamos de allá. Allen estaba dispuesto
a callar. Smiles y yo nada podíamos decir, porque nada sabíamos.
Estuvimos en aquella barraca un mes; nos daban de comer un poco de pan,
pescado salado, leche y miel.
Los moros del aduar eran la mayoría salvajes; mestizos de negros. Allí
unicamente trabajaban las mujeres. Aquellos bigardos se pasaban la vida
con un fusil al hombro, charlando. Ellas cultivaban la tierra y metían
las cosechas en silos, ahumaban y secaban carne y pescado, fabricaban
anzuelos y flechas.
Los hombres únicamente cazaban, pastoreaban las cabras y compraban y
vendían pieles curtidas, jaiques, azufre, camellos y bueyes.
Casi todos los años, en cierta época, se internaban tierra adentro y
hacían una expedición de un par de meses para robar negros susús. Al
llegar a una aldea negra, la rodeaban durante la noche, y a una señal
dada comenzaban a tirar tiros y a dar gritos. Los desdichados negros se
asustaban, echaban a correr y los moros los iban cogiendo como conejos.
Estos negros, formados en caravanas, los vendían a los comerciantes de
esclavos, que los llevabau a Fez, Marrakesh y Tafilete.
Era difícil comprender cómo Ryp y van Stein habían llegado a dominar a
aquellos bandidos moros, crueles y cobardes; pero la verdad es que los
tenían en un puño. Los moros nos hubieran hecho pedazos con mucho gusto,
pero Ryp nos protegió. El cocinero supuso que Allen tenía la indicación
exacta de dónde se encontraba el tesoro, y mandó registrarle; pero no se
le encontró nada. Entonces quiso pactar con él y convinieron en que, si
Allen encontraba los cofres enterrados, se hicieran dos partes: una para
ellos, otra para nosotros.
Allen, tan pronto decía que sí como decía que no. Había llegado a dar
más importancia al tesoro que a su vida.
--¿Quieres que te diga dónde está el tesoro, para quedarte con él y
luego matarme?--solía decir por la noche--. No, hijo mío, no.
Nosotros, Smiles y yo, le decíamos que se entendiera con Ryp; yo, por mi
parte, estaba deseando salir de allí, aunque fuera con las manos vacías.
Allen no quería.
Un día nos dijo que sí, que estaba dispuesto a decir dónde estaba el
tesoro. Llamó a Ryp y quedamos de acuerdo en ir todos a la orilla del
río, escoltados por diez moros armados. Llegamos a la arruinada
fortaleza, y Allen exigió que le dejaran solo. Estuvo un cuarto de hora,
y después se encaminó hacia el río, y apoyándose en una piedra de la
orilla, dijo: «Aquí está». No acababa de decir esto cuando van Stein le
disparó un pistoletazo a boca de jarro y lo dejó muerto.
Smiles y yo echamos a correr, temiendo que siguieran con nosotros. Ryp,
van Stein y los moros se pusieron a cavar furiosamente, mientras
nosotros nos alejábamos corriendo por la orilla del río. Llegamos
rendidos cerca del mar, y nos encontramos en un arenal inmenso, formado
por dunas que el viento levantaba y deshacía. Nos guarecimos los dos en
una grieta de la arena y estuvimos así escondidos horas y horas, con el
oído atento.
De pronto, en la calma de la tarde, oímos voces. Eran Ryp y van Stein.
--¿No se ve a nadie?--preguntaba Ryp.
--A nadie.
--Habrán atravesado el río, quizá.
--Y, después de todo, ¿qué nos importa por ellos?--dijo van Stein.
--¡Qué nos importa!--replicó el otro--. A mí no me chocaría nada que el
moreno sepa dónde está el tesoro.
Smiles y yo oímos la conversación; al dejar de distinguirse las dos
voces, Smiles me dijo:
--No han encontrado nada.
--Es indudable.
No supe si alegrarme o entristecerme; no habiendo encontrado el tesoro,
nos buscarían con más ahinco. Al hacerse de noche salimos de nuestro
escondrijo, y, metiéndonos en la arena hasta la cintura, avanzamos por
la playa. ¿Con qué objeto? No teníamos ninguno. De pronto, Smiles
exclamó:
--¡Maldición! La luna llena. Nos van a descubrir.
Efectivamente, la luna salió, iluminando la playa con una fuerza tal que
se veían todos los montículos y piedras.
Yo, en aquel momento, me acordé de que el patrón de la goleta alquilada
en Canarias se había comprometido a acercarse a la desembocadura del río
todos los meses en el plenilunio. Todavía estábamos en el quinto mes. Si
había cumplido su palabra y la goleta estaba allá, podíamos darnos por
salvados. Smiles y yo, saltando por encima de aquella arena movediza,
llegamos a la desembocadura del río.
Allá estaba la goleta; sin duda se disponía a partir.
--¡Socorro! ¡Socorro!--gritamos Smiles y yo desesperadamente, uniendo
nuestras voces.
Al principio no nos debieron oír; después vimos a la luz de la luna que
el barco se acercaba a nosotros con las velas desplegadas.
La gente de Ryp debió darse cuenta de nuestros gritos y comenzó a
dispararnos. Smiles y yo nos echamos al agua y, nadando, llegamos a
coger la goleta.
Cuando yo me encontré sobre cubierta, prometí no volver a aquel maldito
paraje. Llegamos a las Canarias, y de las Canarias a Liverpool. Yo
pensaba que con la relación de nuestras fatigas y con la muerte de
Allen, la familia de mi novia se habría curado del deseo de encontrar
tesoros, pero fue todo lo contrario.
--Tienes que ir--me decía mi futura suegra--a ver a ese español, a que
te diga dónde está el tesoro de Zaldumbide. Y a eso venimos. Usted
pónganos sus condiciones.
--Yo, ninguna. Soy rico, no tengo necesidad de nada. Les daré la
indicación. Sólo deseo que tengan ustedes mejor suerte.
--Sin embargo....
--Nada, nada.
Les di la indicación, traducida del devocionario de Allen, y se fueron,
después de darme las gracias efusivamente.
* * * * *
Un año después recibí una carta del joven Small y un paquete pequeño:
«El tesoro nos ha dado mala suerte--decía--. Fuimos al Nun con una tropa
de quince hombres armados. Al ver que descubríamos las cajas enterradas
y nos las llevábamos, Ryp y los suyos nos atacaron a la desesperada. En
la refriega, Smiles y Ryp murieron; van Stein quedó malherido y dos de
nuestros hombres cayeron prisioneros. Yo cogí una fiebre y no me he
curado todavía de ella.»
En el paquete venían dos grandes perlas que Small me enviaba. Me
repugnaba quedarme con ellas; no quise enseñarlas a mi mujer, y,
subiendo al Izarra, las eché al mar.
--Servirán--pensé--para que se adorne alguna ondina de aquellas
conocidas por Yurrumendi.
EPILOGO
Han pasado muchos años de vida normal, tanquila, sin más incidentes que
los cotidianos.
Juan Machín no ha aparecido. Quizá anda perdido por los mares; quizá
también ha ido a buscar algún tesoro en un rincón del planeta.
Como guardando la tradición de la familia, es él el Aguirre inquieto que
se pierde por el mundo.
¿Vive? ¿No vive? ¿Volverá? No lo sé. Confieso que al principio no
hubiese querido que volviera; hoy, sí, me alegraría de verle y de
estrechar su mano.
Respecto de mí, siento un poco de vergüenza al decir que soy feliz, muy
feliz. Es verdad que no lo he merecido, pero así es.
Cuando pienso en mi mujer, me acuerdo también de Diana Vernon; pero no
tengo que recordarla como mi tío Juan de Aguirre, ni como el héroe de
Walter Scott, muerta, sino que la veo viva, a mi lado. Hoy, con sus
cincuenta años y los cabellos grises, me parece más encantadora que
nunca.
Mi madre vive ya constantemente en nuestra casa de Izarte. Le gusta
estar siempre en la cocina hablando con las muchachas y con mis hijas,
echando leña al fuego y murmurando contra mi mujer.
En el fondo se entienden las dos perfectamente; pero mi madre tiene que
reñir un poco, acusa a mi mujer de mandona y de que siempre quiere hacer
su voluntad.
Todos mis hijos han sido mecidos en los brazos de su abuela, y dentro de
poco podrá mi madre mecer a su biznieto.
Yo cada día me siento más indolente y más distraído. Muchas mañanas, con
el buen tiempo, me levanto muy temprano y sigo el camino abandonado,
escuchando el rumor de los campos. Los pájaros cantan en las enramadas,
el sol se derrama brillante por la tierra.
Al volver me detengo a contemplar mi casa, sobre el jardinillo que le
sirve de pedestal. En el balcón de madera brillan los geranios rojos; en
el huerto, algunos girasoles levantan sus grandes flores sobre sus
tallos. Subo la escalera y me asomo al balcón. Las vacas pastan en
nuestro prado; mis chicos suelen seguirlas protegidos del sol por
grandes sombreros de paja. Enfrente veo las casas desparramadas de
Izarte, que parecen de juguete, echando humo por la chimenea, y a lo
lejos los montes.
Mi mujer sabe que algunas veces necesito vagabundar un poco, y me deja.
Antes me solía acompañar en mis paseos, y algunas veces, al ver aparecer
el lucero de la tarde, recitó esa poesía de Ossian, que hemos leído los
dos en un ejemplar de Ana Sandow, y que empieza así:
«Estrella del crepúsculo, que resplandeces soberbia en Oriente, que
asomas tu radiante faz por entre las nubes y te paseas majestuosa sobre
la colina..., ¿qué miras a través del follaje?»
Yo le solía escuchar con las lágrimas en los ojos. Aquellos cantos de
Ossian me parecían admirables. Hoy mi mujer tiene demasiadas cosas en
qué ocuparse para corretear por el campo. Nuestro clan va aumentando y
ella es la administradora. Yo le digo que es el buen tirano, la
dictadora inteligente, la representación del gobierno ideal para los
perezosos.
Yo soy el vagabundo de la familia.