tripulación, que era enemiga de la otra; pero, al fin, se pudieron
arreglar estas diferencias y yo me encargué del mando de _El Dragón._
Mi plan era llegar a Europa, entregar el barco a los armadores y volver
a España.
Marchando por el Pacífico, hacia el sur, nos encontramos con un barco
desmantelado que nos hizo señales y nos preguntó si llevábamos médico.
Le dijimos que no, y lo único que pudimos darles fué agua y té.
Al día siguiente teníamos el vómito negro en el barco. Alguno encontró
en el cuarto del médico un frasco con polvos de quina. Hicimos una
poción para los enfermos. De veinte atacados se nos murieron ocho.
Ugarte tuvo la humorada de sublevar algunos marineros estando el barco
atacado de fiebres. Quería que cambiásemos de nombre a _El Dragón_ y nos
dedicáramos a la piratería por el Pacífico.
Tuve que arrestar a aquel loco.
Después de una travesía larga y llena de peripecias, llegamos frente al
Estrecho de Magallanes; pero como no teníamos viento favorable, decidí
bajar y doblar el Cabo de Hornos.
Pasamos por el Cabo Deseado y el de la Desolación, con un frío muy
intenso y tiempo claro; pero al llegar a la altura de la isla de
Wollaston se nos echó encima una bruma densísima, que no se quitó en una
porción de días.
La prudencia nos aconsejaba detenernos, pero yo seguí. Varias veces
estuvimos a punto de chocar con grandes bloques de hielo que venían
flotando. Estos bancos de hielo nos servían para hacer la aguada.
Recalamos un día en la bahía de Nassau, y sin esperar a que mejorara el
tiempo, seguimos adelante. La tripulación estaba aniquilada, los
marineros trabajaban como febricitantes; yo temía que, de descansar, se
apoderara de ellos la atonía y pereciéramos todos en aquellos parajes
inhospitalarios.
Con tiempos horribles y borrascas salimos de la bahía de Nassau,
atravesamos el Estrecho de _Le Maire_; y en medio de una tormenta de
nieve llegamos al puerto Cook de la isla de los Estados.
Pocos sitios más tétricos que aquél. El puerto era un fiordo flanqueado
por montañas altísimas, con rocas desnudas y siniestras; el suelo,
fangoso e inculto. A pesar de que la tripulación quería descansar allí,
yo decidí seguir adelante hasta recalar en la bahía de la Soledad de las
islas Malvinas.
Aquí pudimos reponernos, y cuando la tripulación ya se encontró con
fuerzas, nos pusimos en derrota, camino de Europa.
A la altura de San Vicente, un barco de guerra inglés nos dió caza dos
veces, y a la última nos destrozó la arboladura de _El Dragón_ a
cañonazos. Huimos en la ballenera, y creo que al cocinero y a algún otro
se le ocurrió apoderarse de los cofres de Zaldumbide y llevarlos con
nosotros. Cuando huíamos, _El Dragón_ se hundió. Después Ugarte se
jactaba de haber hecho en el casco un boquete. No sé si esto fué verdad.
Si no hubiera sido por la carga del tesoro de Zaldumbide, hubiésemos
desembarcado en seguida en una de las islas de Cabo Verde; pero con
aquella impedimenta me pareció peligroso tocar en tierra. Comenzamos a
navegar con rumbo al norte, hacia las Canarias. Decidimos, de común
acuerdo, acercarnos a la costa africana y enterrar los cofres.
Entramos por el río Nun y exploramos sus orillas. Junto al mar, dunas de
arena blanca, formadas por el viento, reflejaban el sol, hasta dejarle a
uno ciego. Después comenzaban a verse zarzas, _callistris_ y algunas
piteras. A unas quince millas de la costa encontramos unas ruinas; quizá
eran restos de una de las torres que Diego García de Herrera levantó,
por orden del rey de España, cerca de la costa. No me parecía prudente
enterrar allí los cofres, y busqué otro punto mejor. Todas aquellas
lomas y montículos del río, formados de arena, probablemente cambiarían
de posición y de forma al impulso del viento del Sahara. Era necesario
encontrar jalones más firmes.
Me acerqué a un muro del castillo, que tenía grabado un elefante, y,
siguiendo la visual del ojo, vi que entre dos grandes bloques de piedra
se veía en aquella hora la sombra de una peña afilada, colocada a
orillas del río. El vértice de la sombra caía en aquel momento al pie de
un árbol de argán. Aquél me pareció el sitio mejor para enterrar los
cofres.
Fijé el lugar, y como era muy posible que nos dieran caza y
encontrándonos un papel así nos lo quitaran, traduje la indicación al
vascuence, y, mientras esperábamos que acabaran de enterrar el tesoro,
Allen, por mi consejo, fue marcando en un devocionario las letras que
componían los datos puestos en vasco.
Los marineros se habían entendido con unos moros para cambiarles un
rifle de los que llevábamos por dos corderos; pero los moros, en vez de
cumplir el pacto, nos atacaron y nos mataron varios hombres.
Salimos de allá perseguidos por los moros, y nos lanzamos al mar. Nos
cogió un temporal deshecho. No podíamos navegar; las olas enormes nos
inundaban la ballenera; teníamos que sacar el agua con las gorras; la
espuma nos azotaba la cara y el viento nos apagaba el farol cuando
queríamos ver la brújula, y nos dejaba sordos.
Luchamos durante dos días con la lluvia, y a la mañana del tercero vimos
la isla de Lanzarote como una nube.
Creíamos encontrar la salvación, cuando un buque inglés de guerra nos
capturó y nos llevo al navío que días antes nos había dado caza.
Eramos sospechosos de piratería. Sabido es que las leyes contra los
piratas son muy severas. El pirata está fuera del derecho de gentes, y
la ley inglesa le condena a ser colgado por el cuello, hasta que
sobrevenga la muerte.
El navío inglés se llamaba _El Argonauta_. El médico de este barco era
una excelente persona; no tuve ningún inconveniente en contarle mi vida,
sin ocultarle nada. El dió de mí buenos informes e influyó, seguramente,
para que no me colgaran de una verga.
Durante la travesía de las Canarias a Plymonth me trataron bien los
ingleses. Ugarte era el que se encargaba de hacerme la vida odiosa,
recriminándome por no haber seguido su consejo cuando navegábamos por el
Pacífico.
III
EL PONTÓN
Llegamos a tierra y nos condujeron delante de los jueces. Aparecimos en
el banquillo todos los tripulantes de _El Dragón._ El no haber resistido
y el quedar los hechos obscuros nos salvó de ser ahorcados.
Si el juicio hubiera sido como los ordinarios, quizá hubiéramos quedado
libres; pero nos juzgaron tan sumariamente, que no pudimos defendernos.
Fuimos condenados a la deportación en distintos presidios y pontones:
los jefes a diez años, los marineros a cinco.
No a todos nos enviaron al mismo punto. Los marineros fueron conducidos
a presidios del interior y a los pontones próximos a Portsmouth y
Chathan. A nosotros nos destinaron a un pontón del norte.
Embarcamos en un _cutter_ que se llamaba _Flyng Fish_ (el Pez Volador).
Ugarte, Nissen, el timonel, Old Sam, el contramaestre, el irlandés
Allen, que quiso venir conmigo por amistad, y otros prisioneros
franceses. Al salir de Plymouth, Old Sam se tiró al agua. No se le vio
durante algún tiempo. Los soldados dispararon a todos los sitios que les
indicaron. No quise ver aquella horrible caza. Al día siguiente, al
anochecer, se detuvo el _Flying Fish_ y una barca vino a acercársele.
Bajamos, con las esposas en las muñecas, y nos sentamos en la barca.
Venía custodiándonos un oficial con varios soldados.
Perdimos de vista el _Pez Volador_, y fuimos avanzando hacia tierra. No
se veía más que la entrada de un río entre la niebla espesísima. En
medio de la bruma de un cielo polar se destacaban promontorios
avanzados, grises, sin vegetación, y hacia tierra pantanos negros, por
encima de cuyas aguas inmóviles volaban nubes de pájaros.
Todavía seguía el crepúsculo cuando nos acercamos al pontón. El barco,
desmantelado y sin palos, se destacaba como una mancha, obscura entre el
cielo gris y el mar del mismo color. De cerca, el viejo navío parecía un
arca de Noé, sujeta por amarras y cadenas; era altísimo, de tres pisos,
como un tejado; por sus chimeneas salían columnas negras de humo. En el
mascarón de proa se destacaba una figura de Neptuno.
[Ilustración]
Por todas partes, alrededor, dominaba igual color neutro, triste; las
aguas amarillentas se confundían en la penumbra con el cielo.
Nunca he sentido mayor melancolía.
Pasamos por delante del coronamiento de popa, que tenía tres pisos
fuera del agua, con galerías y ventanas recargadas de adornos barrocos.
La parte más alta del coronamiento de popa estaría lo menos a treinta
pies sobre el agua, y de ella colgaba un gran farol, que brillaba en el
ambiente gris del anochecer.
El pontón era un viejo navío de la época de Trafalgar. Se llamaba el
_Neptuno._
Al llegar a la cubierta estuvimos esperando durante una hora larga y
fría. Me mandaron quitarme la ropa. Obedecí y me dieron unos pantalones
raídos, un chaleco viejo y una chaqueta con un número grande en la
espalda. Tenía el propósito decidido de no protestar de nada, y eso me
sirvió, porque algunos de nuestros compañeros, entre ellos Ugarte,
además del despojo, tuvieron que sufrir el encierro.
Cuando me encontré con Allen sobre cubierta, los dos vestidos de
pontoneros, nos miramos atentamente y nos dimos la mano. Juramos no
separarnos jamás.
Allí tenía uno que vivir diez años. ¡Una vida! Tenían que pasar
primaveras, veranos e inviernos en aquella cárcel flotante, siempre a la
vista de un mar gris, de unos pantanos llenos de fango, sin más
comunicación con el mundo exterior que el ruido de las olas y el grito
áspero de las gaviotas y de los patos salvajes.
La vida en el pontón era horrible; apenas teníamos sitio donde
revolvernos; a proa se alojaban los soldados de guardia, y a popa, los
oficiales. La población pontonera vivía entre la galería baja y la
barraca hecha sobre cubierta, vigilada por unos y otros.
Difícil era acostumbrarse a vivir allí, pero todo se consigue a fuerza
de energía y de perseverancia.
Estoy convencido de que los primeros días no enfermé por un esfuerzo
extraordinario de la voluntad. Constantemente estaba febril, mi cabeza
ardía; de noche no podía dormir y caía en un estado de abatimiento
profundo. Al amanecer, a la hora de diana, me levantaba con las ropas
húmedas y el pelo mojado; sentía dolores en todas las articulaciones y
una gran postración.
A pesar de esto, mi voluntad no cedía; yo la encontraba fuerte y tensa,
dispuesta a cualquier esfuerzo. Tomé una poción de quina, y a los quince
días había recobrado la salud.
A los confinados en los pontones se les trataba como a presidiarios. En
caso de rebeldía se les mandaba azotar, se les ponían cadenas o se les
llevaba al calabozo, el _black hole_ (agujero negro), en donde se les
tenía a pan y agua.
Casi todos los reclusos tenían palomas, pájaros, ardillas y otra porción
de animales domesticados. Cada cual buscaba el entretenimiento más en
armonía con sus gustos e inclinaciones.
Había un capitán negrero inglés que, según nos contó él mismo, cuando
los negros se le sublevaban los ataba a la boca de los cañones y
disparaba. Este capitán, cuando le cazaron, iba recogiendo negros,
metiéndolos en barricas y echándolos al agua. Tan brutal energúmeno se
conmovía pensando en un conejo al que había domesticado.
Ugarte y un marsellés nos fastidiaban con frecuencia, Ugarte era el
eterno descontento; la mala alimentación, la humedad, el frío, todas las
molestias naturales en una cárcel de aquel género, le tenían fuera de
sí, y sus protestas no le servían más que para estar encadenado y en el
calabozo.
A mí me acusaba de adulador y de vil porque no protestaba. No le podía
convencer de que una protesta que no sirve más que para que a uno le
castiguen nuevamente, es una necedad.
El marsellés, que se llamaba, no sé si de nombre o de apodo, Tiboulen,
era, por otro estilo, un hombre molesto.
Lo que en Ugarte era dignidad vidriosa, en Tiboulen era patriotismo y
odio a los ingleses. El marsellés tenía esa amargura y esa personalidad
de los mediterráneos excesiva, aparatosa, unida al patriotismo petulante
y exaltado de los franceses.
Tiboulen no era un hombre violento y malo como Ugarte; estando solo era
razonable, pero cuando tenía público se volvía loco. Tiboulen necesitaba
que se ocuparan de él con cualquier motivo, y reñía con los compañeros
de prisión y dirigía mil ridiculas amenazas a los carceleros.
Esta clase de hombres, que viven únicamente para la galería, producen
alternativamente cólera y desprecio. A veces yo deseaba que arrancaran
la piel a golpes a semejante idiota; otras me daba lástima verle
entregado sin defensa a la brutalidad de sus verdugos.
A Tiboulen y a Ugarte los llevaron a otra cuadrilla y nos dejaron en
paz.
Los primeros meses, Allen y yo nos dedicamos a estudiar sistemáticamente
todas las formas y posibilidades de fugarse.
Era muy difícil; las aberturas tenían fuertes hierros, las puertas,
pesados cerrojos. Alrededor del barco corría una galería baja, a flor de
agua, con las ventanas tan próximas una a otra, que era imposible que
pasara nadie ni nada por delante sin que lo vieran los centinelas.
Siempre había gran vigilancia en esta galería, y las rondas circulaban
por ella cada cuarto de hora.
Además, como flotaban otros pontones en esta entrada del mar, unos se
vigilaban a otros, y varias lanchas con gente armada recorrían las
proximidades de los viejos navíos, de noche.
Por las conversaciones de los demás compañeros, pude enterarme de que en
el pontón funcionaba una logia masónica llamada Fe y Libertad, que
tenía agentes para relacionarse con los presos de los demás pontones, y
no sólo con los presos, sino también con algunos oficiales de la
guarnición.
Allen y yo expusimos deseos de ingresar en la logia, y después de hacer
nuestras pruebas, pasamos a ser hermanos. El venerable era un viejo
pirata griego, cuya historia era una serie de horrores.
Por esta masonería pudimos enterarnos de algunos datos interesantes para
una posible evasión. La ría donde se encontraba nuestro pontón era como
un gran lago, de más de una legua de ancho. Había en ella tres pontones,
y el nuestro estaba en medio.
La distancia desde el _Neptuno_ a tierra era, aproximadamente, de dos
millas.
Un peligro mucho mayor que el del mar, en caso de evasión, lo
constituían los pantanos fangosos de la costa, de más de cien metros de
ancho. Según se decía, era tan imposible atravesarlos andando como
nadando.
La mayoría de los evadidos habían quedado en ellos sin poder avanzar,
sirviendo de pasto a los cuervos y a las aves de rapiña que se cebaban
en los cadáveres putrefactos.
En aquellos pantanos negros y siniestros que de noche exhalaban fuegos
fatuos habían desaparecido muchos de los escapados de los barcos
prisiones.
En vista de que no había posibilidad de evadirse, me dediqué a estudiar
matemáticas. La recomendación del médico de _El Argonauta_ seguía siendo
eficaz para mí, y, gracias a ella, el comandante me prestó varios libros
de geometría, de álgebra y de física. A éstos añadió una Biblia.
Allen, que era un católico fanático, me recomendó varias veces que no la
leyera.
Como los presos estaban aburridos de su inacción, cada cual buscaba el
mejor modo de entretenerse. Yo me dediqué a darles lecciones de
matemáticas, y llegué a ganar algún dinero. Por la noche, a pesar de que
estaba prohibido tener luz, yo leía; guardaba los trozos de tocino que
daban en el rancho, les ponía una mecha con un poco de estopa y me
servían para alumbrarme.
La indiferencia que sentía por todo, unida a una filosofía estoica que
iba adquiriendo, me ayudaban a soportar las penalidades tranquilo y sin
cólera. Además, tenía la esperanza de que, pasados dos o tres años, me
llevarían a una colonia penitenciaria, donde la vida sería más
soportable.
Varias veces quise enseñar matemáticas a Allen, pero no quería.
Prefería, acompañándose de un acordeón que no le abandonaba, cantar
canciones sentimentales de su país.
[Ilustración]
IV
LA EVASIÓN
Al año conocía yo a toda la gente pontonera.
Había algunos viejos confinados que tenían una industria curiosa.
Consistía ésta en hacer un agujero en el pontón y vendérselo al que
pagara más. Estos agujeros debían salir entre el nivel del agua y la
galería baja, lugar vigilado de noche y de día.
Ugarte, que se estaba pasando la mayor parte del tiempo en el calabozo,
me dijo que me enterara de quién podría hacer un agujero para escaparnos
nosotros. Tenía dinero, y pagaría lo que fuese.
Un marinero holandés de la tripulación de _El Especulador_, un barco
pirata que dió mucho que hablar en su tiempo, entabló negociaciones con
él, y se comprometió a cederle una mina después de terminada. Ugarte
comenzó a mostrarse más dócil con la esperanza de la fuga.
El holandés hizo parte de su galería; pero a la mitad del trabajo un
vigilante encontró la mina, y hubo que suspender la obra.
Ugarte, después de esta tentativa frustrada, ya no me dejó vivir en paz.
Todos los días me exponía uno o dos proyectos. La idea de la evasión le
obsesionaba; gracias a aquella idea fija podía estar tranquilo.
Yo comenzaba a acostumbrarme a la vida del pontón. La posibilidad de
quedar en el pantano para servir de pasto a los cuervos no me seducía.
Ugarte estaba enfermo, irritado por los castigos, y me excitaba
preguntándome si es que tenía miedo.
Yo traté de convencerle de que había que conservar la energía para los
momentos graves, sin malgastarla estúpidamente en rabiar por cosas
fútiles; además, le advertí que la condición indispensable para que
aceptase un plan de fuga era el que fuese sencillo. La única garantía
del éxito era la sencillez.
Nos asociamos Ugarte, Allen y yo. Discutimos varios días un plan, hasta
que llegamos a aceptar uno. Consistía éste en hacer un agujero en el
muro de la barraca donde dormíamos, para salir a cubierta. De aquí había
que subir a la toldilla, que ocupaba casi la mitad posterior del barco,
descolgarnos por las galerías de la cámara del comandante con una
cuerda, y echarnos al mar.
Yo puse como condición previa que no nos defendiéramos ni matáramos a
nadie. Era tan difícil salir del pontón, ganar la costa y salvarse, que
había que pensar que teníamos cien probabilidades contra una de volver.
Comenzamos los preparativos, Ugarte había recibido dinero y estaba
dispuesto a pagar.
Por mediación de nuestra masonería nos trajeron unas limas, una sierra,
una brújula de bolsillo y manojos de cáñamo para hacer cuerda.
Dormíamos todos en hamacas. Era en invierno, y quedamos los tres
convenidos en permanecer con la cabeza tapada, como si tuviéramos frío.
La idea era ir acostumbrando al _master_, cuando hacía la requisa, a que
nos viera en una misma posición, y hacerle creer, en días sucesivos, que
nos dormíamos en seguida.
También convinimos en no hablarnos delante de gente. Para que no chocase
su cambio de conducta, le aconsejé a Ugarte que fingiera de cuando en
cuando alguna cólera violenta.
El día de Nochebuena comenzamos a hacer el boquete. Ibamos labrando por
la noche cuatro ranuras en forma de cuadro, que al terminar el trabajo
se cubrían con alquitrán. Se trataba de horadar la pared de tal modo,
que el pedazo arrancado fuera como un tapón, que al ponerlo no se notara
que había agujero.
Tardamos bastantes días en terminarlo. Cuando estuvo acabado, Allen se
sentó varias veces en la parte de afuera de la pared agujereada por
nosotros a tocar el acordeón, y con el dedo untado en alquitrán fué
tapando las rendijas que podían verse.
Ya hecho este primer camino, discutimos entre los tres una cuestión
importante: la manera de cruzar el pantano de la orilla. Por él, según
decían, era tan imposible andar como nadar. Allen dijo que podíamos
hacer unas a modo de suelas anchas para los pies, y al llegar a los
pantanos sujetarlas como unas sandalias y buscar la parte más dura del
cieno.
Aceptada la idea, decidimos fabricarlas con unas tablas finas. Allen
pidió al _master_ madera para hacer dos cajas, una para él y otra para
mí, para guardar nuestros efectos. La madera costó un dineral, porque
los caprichos de los presos se pagaban. El dinero de Ugarte quedó
reducido a unas pocas monedas. No se desconfió de la petición, y Allen
hizo seis tablas delgadas, aunque bastante resistentes, que guardaba con
autorización de un vigilante en la toldilla de popa. Estas tablas tenían
pie y medio de ancho por tres de largo, y llevaban en medio agujeros
disimulados con cera para sujetarlas a los pies.
Terminados los preparativos, nos dedicamos a esperar un día obscuro. La
luna comenzaba a menguar, pero aún las noches eran bastante claras.
A medida que el momento se acercaba, me sentía intranquilo y febril. No
soy cobarde; pero al mirar desde la borda aquella agua espumosa y gris,
al pensar que era indispensable lanzarse a ella, me daba el vértigo y se
me encogía el corazón.
En esto, un sábado, pocos días después de Reyes, Allen vio en la costa,
a gran distancia, con un catalejo de uno de los pontoneros, un botecillo
atado a una punta, sin duda dejado por algún cazador de patos salvajes.
El bote estaba más allá de los pantanos.
Nos decidimos e hicimos nuestros últimos preparativos; cada uno llevaría
su ropa, una lima y cuatro o cinco chelines en una bolsa, todo envuelto
en un trozo de tela impermeable, formando un paquete, atado a la
espalda.
Las lías pequeñas para sujetarnos al pie las sandalias de madera las
llevaríamos, mientras íbamos nadando, atadas al cuello.
La cuerda grande la tendríamos que dejar abandonada en la barandilla del
coronamiento de popa.
La noche fijada para la evasión fué la del domingo.
Nuestros vecinos sabían el proyecto, y esperaban ver el resultado, como
en una función de teatro.
La guardia entró y nos pasó lista, como siempre, antes de acostarnos;
después, era la costumbre que volviese el _master_ con algunos
guardianes y mirase si todos estábamos en nuestras hamacas.
Pasada la lista, nos desnudamos Allen, Ugarte y yo, e hicimos líos con
la ropa y los envolvimos en la tela impermeable. Luego cogimos del
colgador las ropas de otros reclusos y las metimos en nuestras hamacas.
Dejamos las gorras poco más o menos como los demás días, y cuando entró
el _master_ nos echamos en el suelo los tres, abrimos el boquete,
pasamos primero los fardeles con las ropas y luego nosotros, como por
una gatera, y salimos a cubierta. Cerramos el boquete. Hacía un frío
terrible. El centinela, a nuestro lado, gritó: _All is vell_ (todo va
bien).
La noche no estaba del todo obscura; había una vaga niebla rojiza.
Agachados, corriendo por cerca de la borda, nos fuimos acercando hasta
saltar a la toldilla de popa, que cogía casi toda la mitad del barco.
Estuvimos allí esperando hasta ver si éramos descubiertos. Yo estaba
temblando de frío.
--Tome usted; frótese usted--me dijo, en voz baja, Allen dándome un
trozo de sebo.
Comencé a frotarme con aquello, y él me embadurnó la espalda. Con esta
capa de grasa desapareció el frío. Ugarte y Allen hicieron lo mismo.
--¿Y las maderas para los pies?--dije yo.
--Aquí, a un lado, las tengo--me contestó Allen.
Esperamos a que terminaran de hacer la requisa. Si se habían dado cuenta
de nuestra falta, era una locura intentar nada.
Salió el _master_ y su tropa, como de ordinario. Se renovaron los
centinelas. No habían notado nuestra desaparición. Era el momento de
obrar.
Allen corrió por la toldilla y vino al poco rato, deslizándose con
nuestras sandalias de madera. _All is vell_ (todo va bien), podíamos
decir también nosotros.
Avanzamos por el techo de la toldilla sin hacer el menor ruido. De allí
teníamos que saltar a la galería redonda del coronamiento de popa,
adonde daban los balcones de la cámara del comandante. De aquélla era
necesario descender a otro balcón corrido más bajo y menos saliente.
Desde una a otra barandilla había una altura de doce pies.
Si atábamos la cuerda en la galería alta, podríamos bajar a la otra.
Pero ¿cómo desatarla después para seguir bajando hasta el mar? La cuerda
en dos dobles no bastaba. Queríamos entrar en el agua sin ruido que
pudiera llamar la atención del centinela.
A los lados de la popa del pontón, en las aristas, había chaflanes con
vidrieras llenas de adornos barrocos.
A esta clase de chaflanes llamaban en los navíos antiguos los jardines.
No había manera de pasar por encima de ellos.
--Dame la lima--me dijo Ugarte.