El capitán, después de tomar el café, pareció reanimarse; me miró con

atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente:

--Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el

que desapareció.

--¡Usted es Juan de Aguirre!

--Sí.

--¿Mi tío?

--El mismo.

--¡Y por qué no habérmelo dicho antes!

El viejo me miró con cierta sorpresa. Sin duda no esperaba mi pregunta,

ni mi rápido asentimiento a sus palabras. Luego, dijo:

--Creí que tu madre y tú me hubierais considerado como un impostor....

Mi estado civil no está claro, no podría fácilmente identificar mi

personalidad.

--¿Y qué?

--Se hubiera averiguado de dónde venía y tu madre hubiera tenido un

disgusto.... Tu abuela sabía que yo estaba aquí.

--Yo también sospechaba que usted vivía.

--¿Sí?

--Sí. Un tal Iriberri, capitán de barco, me dijo dónde debía usted de

estar.

--Iriberri, Francisco Iriberri, que mandaba el _Fénix_, un barco

negrero.... Sí, lo recuerdo.... Dejemos eso, si quieres.... He sido un

hombre desgraciado, no criminal; puedes creerlo. Ligero, imprudente,

violento; pero no malo. Antes de que se me nuble la inteligencia por

completo, tengo que hacerte dos encargos: uno, que entregues este sobre

a Juan Machín, el minero. Entrégaselo un año después de mi muerte, o

antes, si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro. El otro

encargo es que protejas en lo que puedas a mi hija, que va a quedar

desamparada. ¿Has comprendido?

--Sí.

--¿Tienes inconveniente en jurar que cumplirás mis encargos?

--Ninguno.

--Pues bien. ¿Juras que reconocerás como pariente a mi hija María de

Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecerás con todos tus

medios?

--Sí, lo juro.

--¿Juras que entregarás esta carta a Juan Machín, el minero, dentro de

un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?

--Lo juro.

--¡Oh, gracias; gracias! ¡No es que pudiera dudar de una simple promesa

tuya, pero así estoy más tranquilo. Toma el sobre. Guárdalo.

Yo guardé el sobre en el bolsillo interior de la americana.

--¿Quiere usted algo más?--le pregunté.

--No, nada más. ¿Cómo te llamas, sobrino?

--Santiago.

--¡Ah! _Shanti_. Así se llamaba también mi padre. Haz el favor de decir

a mi hija que venga.

Llamé, y se presentó la muchacha rubia, ¡mi prima! Tenía los cabellos

despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia; en sus ojos se

leía una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.

--Ven, Mary--dijo el viejo capitán--. Da la mano a este caballero. Es

primo hermano tuyo. Será para ti un amigo, un defensor cuando yo falte.

La muchacha sollozó al oír esto.

--Dale la mano--siguió diciendo mi tío--; tiene la cara franca, y aunque

no le conozco apenas, creo que puedes fiarte de él.

--Sí, yo también lo creo--dije yo.

La muchacha miraba a su padre y me miraba a mí con honda amargura.

Alargó su mano, pequeña y callosa, que estreché un momento en la mía.

--Bueno--murmuró el viejo--, no quiero retenerte más, Shanti.

¡Adiós!--y me tendió los brazos y me estrechó en ellos débilmente. Salí

del cuarto y bajé con Mary al raso del caserío.

--Si puedo servir a usted en algo, dígamelo usted--advertí a mi prima.

--Hoy no necesito nada. Cuando necesite....

--Entonces, hábleme usted sin ningún reparo.

--Así lo haré. ¡Muchas gracias!

--Adiós, Mary.

--Adiós.

En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo. Lo sostuvo de

la brida para que yo pudiese montar, y me dijo:

--No necesitará usted guía, ¿eh?

--No.

--El caballo sabe el camino; le dejará a usted en la herrería de

Aspillaga.

--Muy bien.

La noche había aclarado; la luna, en creciente, aparecía envuelta en

nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar. El viento bramaba

furioso. Círculos de espuma fosforescente brillaban sobre las olas.

Como me había dicho Allen, el caballo sabía el camino y tuve que

refrenarlo para que no partiera al galope. Llegué rápidamente a la

herrería, y de allí, a pie, volví a mi casa.

No sabía qué decir a mi madre; quizá le iba a producir una gran emoción

hablándole de que su hermano vivía a poca distandia de ella, enfermo,

casi moribundo.

Cuando entré en mi cuarto, mi madre, aun despierta, me preguntó desde la

cama:

--¿Te ha ocurrido algo?

--No, nada.

--¿Te has mojado?

--No.

--¿Pasa algo importante?

--No; mañana te to diré.

Guardé en el cajón de la mesa, bajo llave, la carta que me había dado mi

tío para Machín; luego me acosté; pero por más que quise dormir, no pude

conseguirlo.

Al día siguiente conté a mi madre la escena de la noche anterior en

Bisusalde, y no sé si dudó de la veracidad de lo dicho por su presunto

hermano, o si creyó que querría quitarnos parte de la herencia; el caso

fué que mi madre no se conmovió tanto como yo creía, y hasta se me

figuró que le pareció mal que yo me comprometiese a ayudar a mi prima.

Después he visto claramente que las madres lo reconcentran todo en el

interés de los hijos y desconfían de lo que puede perjudicarles.

Yo no dudaba: tenía la evidencia de que el viejo era Juan de Aguirre y

de que Mary era mi prima.

[Ilustración]

VIII

URBISTONDO Y SU FAMILIA

Durante algún tiempo fuí casi todos los días a la casa de la playa. Mi

tío marchaba cada vez peor. El médico vaticinaba el final para un breve

plazo.

Varias veces pregunté a Mary si tenía algún proyecto para el porvenir.

Ella me dijo que podría dar lecciones de inglés a los muchachos de

Elguea y seguir viviendo allá; pero yo le advertí que esto era

imposible.

--¿Por qué?

--Porque no, criatura. ¿Cómo le van a tener respeto muchachos de su

misma edad o mayores que usted? No puede ser.

--¿Y si les enseño el inglés tan bien como otro profesor?

Aunque así sea. No iría nadie, o, mejor dicho, irían muchos; pero no a

aprender el inglés, sino a hacerle a usted el amor.

Ella quedó pensativa.

--¿Y si me pusiera a coser y a hacer trajes para las señoras?

--¿Pero sabe usted algo de eso?

--No, pero aprenderé.

--Quizá fuera práctico.

Yo le ofrecí pagarle todo lo que necesitara, aunque dudaba mucho del

éxito. El mismo día escribió a Bayona y a París pidiendo católogos y

periódicos de modas.

Mi madre, que desde el principio que le hablé de Mary sintió por ella

antipatía, se informó, y obtuvo malos informes; según le dijo una mujer

de Izarte, la chica llevaba una vida salvaje, corría por las peñas,

andaba tirando piedras, y muchas veces había ido con la hija del

torrero, una muchacha igualmente salvaje, a pescar calamares.

Yo intenté convencer a mi madre de que Mary no tenía edad para

reflexionar; si había ido a pescar calamares con la hija del torrero,

probablemente no sería por capricho, sino más bien por necesidad. Mi

madre no se convenció, y me dió a entender que, si la chica se quedaba

huérfana, no estaba dispuesta a recogerla.

--¿Aunque se pruebe que es tu sobrina?

--Si se prueba eso, la llevaremos a un colegio.

Unos días después de esta conversación encontré a Mary en su casa, con

la hija del torrero, la muchacha amiga suya, con la que iba a pescar

detrás del Izarra.

Esta muchacha se llamaba Genoveva; pero todo el mundo la decía

_Quenoveva_, y ella estaba convencida de que así se pronunciaba su

nombre.

Quenoveva me fué muy simpática. Era fuerte, valiente, tímida, tostada

por el sol y por el aire del mar, con las cejas un poco juntas. Aquel

día estaba vestida de fiesta: llevaba una blusa clara, una falda azul,

medias rojas y alpargatas blancas.

Cualquier cosa la confundía y la turbaba. Me pareció ser una excelente

amiga para Mary y que la tenía mucho afecto.

Mary me dijo que ellas iban al faro.

--Si quieren ustedes, las acompañaré.

--Bueno.

Pasamos los tres por el arenal y salimos a la punta del Faro. Me chocó

que Mary hablase el vascuence tan bien. Parecía una aldeana que no

hubiese salido del pueblo. Nos acercamos a la casa del torrero; de

pronto Quenoveva comenzó a gritar como un hombre, y corrió a la

barandilla del faro, donde había visto a uno de sus hermanos inclinado

hacia afuera.

Mary me miró, para ver, sin duda, el efecto que me hacían los exabruptos

de su amiga.

La casa del torrero y el faro formaban un solo edificio, asentado sobre

una plataforma cortada en las rocas. Bajamos a la vivienda por una

escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados.

Una porción de chiquillos, que andaban chillando y riñendo, se nos

acercaron.

El torrero era viudo, y Quenoveva dirigía a sus ocho hermanos como a un

rebaño, a fuerza de gritos furiosos.

Quenoveva nos pasó a Mary y a mí al despacho del torrero, lo mejor de la

casa, y cerró la puerta para que la prole de chicos y chicas no se nos

amontonara encima.

--¡Un señorito!--decían aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad

inmensa.

Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitín, que al verse

preso y en presencia mía empezó a llorar y patear, con tal rabia, que

tuvo que dejarlo.

--El torrero tarda--le dije yo a Mary.

--Como está cojo....

--¡Ah! ¿Es cojo?

--Sí.

Esperamos en el despacho. En la pared había un mapamundi, el plano del

faro, en papel azul, clavado con tachuelas; un cronómetro y un

barómetro. Sobre la mesa se veía un barquito que, sin duda, el torrero

estaba tallando con un cortaplumas.

Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y

entró el torrero, Juan Urbistondo. Urbistondo era un tipo

extraordinario, un viejo lobo de mar.

Tendría cerca de sesenta años, la cara curtida, la expresión simpática,

la nariz roja, que brillaba entre la barba, inculta, como una rosa entre

el follaje. Hablamos largo rato, y yo quedé verdaderamente asombrado.

Era un hombre de una fe tan absurda en sí mismo y en sus fuerzas, que se

sentía capaz de emprenderlo todo. Ni la más ligera duda ni la más

pequeña desconfianza enturbiaba su convencimiento. A esta confianza unía

una sencillez y una falta tan absoluta de malicia, que le dejaban a uno

perplejo. Sólo el mar puede producir tipos semejantes.

El faro de las Ánimas era de última clase; alguna persona de influencia

de Elguea había conseguido que le llevaran allí a Urbistondo; pero éste

creía que el mundo entero dependía de su linterna. Le parecía también un

asunto trascendental y complicadísimo encender la lámpara de petróleo y

ponerle la chimenea.

Urbistondo subía las escaleras de caracol de la torre, convencido de su

sacerdocio, de la trascendencia de su misión. También le parecía una

ciencia profunda y hermética la de conocer las indicaciones del

barómetro y del termómetro. El poseía, por encima de todos los

barómetros del mundo, su pierna. Me explicó cómo se la amputaron, a

consecuencia de haberle destrozado el pie una barrica, y no supe si

horrorizarme o reírme cuando contaba que al operarle, como el muñón que

le quedaba se le gangrenaba, le tuvieron que cortar la pierna dos o tres

veces en rodajas, como si fuera una merluza.

Al día siguiente, en la relojería, me enteré de la vida del torrero y de

su gran odio.

Urbistondo había sido capitán, durante mucho tiempo, de un paquebot de

la carrera Bilbao-Liverpool. La casa armadora, a la que le quedaban

algunos barcos de vela viejos, los reemplazó por barcos de vapor.

Urbistondo no creía en el vapor; le parecía que gastar carbón, pudiendo

navegar a vela, era una estupidez, y cuando veía que soplaba un buen

viento, creyendo hacer un obsequio a la Compañía, mandaba apagar los

fuegos, largaba las velas y se lanzaba a navegar como Dios manda. La

Compañía recomendó a Urbistondo que no se metiese a favorecerla; pero el

capitán, con aquella admirable confianza que tenía en sus facultades

intelectuales, no hizo caso. Creía deber suyo no perjudicar a nadie, y

el director de la casa lo sacó del barco y lo llevó al almacén, donde le

ocurrió el percance de la pierna.

El torrero tenía muy poco sueldo para alimentar nueve hijos, y los dos

mayores trabajaban en el pueblo como aprendices. Urbistondo pescaba

desde el faro con un aparejo que le habían regalado, y vendía su pesca;

la Quenoveva también era pescadora; iba con alguno de sus hermanos, en

lancha, a coger calamares.

La familia era muy graciosa y simpática; el viejo Urbistondo nos enseñó

la casa; luego me llevó a la torre. Me preguntó allí, confidencialmente,

cómo estaba el padre de Mary, y al decirle que no andaba bien y que no

sabía qué iba a ser de aquella muchacha, me dijo:

--¡Eh!, cuidado, compañero. Si Mary tiene que salir de Bisusalde, que

venga aquí. Esta casa, como si fuera suya. Se le dejará un cuarto para

ella, y Quenoveva la atenderá.

--Pero, hombre, Urbistondo, usted tiene mucha gente.

--Nada, Shanti. No hay más que hablar. Que venga aquí.

Yo le di las gracias a este hombre, de una generosidad tan absurda, que

con poco sueldo y nueve hijos todavía quería cargarse con una persona

más, y, al ver su insistencia, accedí; el faro podría ser un buen

recurso para Mary, al menos al principio.

Nos despedimos del torrero, acompañé a mi prima a casa y volví a Lúzaro.

IX

EL DEVOCIONARIO DE ALLEN

La enfermedad de mi tío Aguirre seguía aproximándose al desenlace. Se

acercaba para mí el día de la marcha; el tiempo de licencia concluía; de

Cádiz me mandaban recados urgentes. Aquello de pasarme cuatro o cinco

años seguidos en el mar, me parecía muy duro.

Mi madre se lamentaba al mismo tiempo de que tuviese que ir y de que

perdiese una plaza tan buena.

No sabía a quién dirigirme, y se me ocurrió, medio en serio, medio en

broma, ir a consultar a Quenoveva. Una mañana me acerqué al faro de las

Ánimas. Al asomarme a la plataforma vi a uno de los chicos del torrero y

le pregunté:

--¿Está tu hermana?

--¿Quién, Quenoveva?

--Sí.

--Aquí está.

Bajé, y me encontré a la muchacha, despeinada, con las piernas desnudas,

envuelta en una falda hecha jirones. Estaba lavando. Al verme, se

levantó avergonzada; yo la tranquilicé y le expliqué a lo que iba. Le

dije que la derrota de mi barco era tan larga, que tendría que estar dos

o tres años sin venir a Lúzaro y sin ver a Mary. No me gustaba dejar a

la muchacha sola, y a ella, que era su amiga, le pedía consejo, le

preguntaba qué debía hacer.

Quenoveva me escuchó con gran atención para no perder palabra.

Era partidaria de que dejara esta derrota larga y me embarcara en algún

vapor de la travesía Bilbao-Liverpool. Su padre podría escribir al

director de la Compañía donde antes había navegado.

Me pareció un buen consejo, y hablé a Urbistondo para que escribiera

inmediatamente. El hombre quedó muy satisfecho de poder demostrar su

influencia.

Avisé a Cádiz, diciendo que me encontraba enfermo y que abandonaba mi

cargo de capitán de la fragata, y esperé los acontecimientos. Mi madre

encontraba que dejar la derrota de Cádiz a Filipinas para ir a Liverpool

era bajar de categoría; pero a mí no me han preocupado gran cosa las

categorías.

[Ilustración]

A principios de febrero, una mañana, Mary me mandó un recado urgente

diciéndome que fuera a Bisusalde lo más pronto posible. Me vestí, tomé

el caballo de Aspillaga y, al trote, me fuí a la casa de la playa. Mi

tío Juan había muerto.

En la casa estaban Mary, el criado viejo, Quenoveva y Urbistondo. Me

enteré de lo que se necesitaba. Había que mandar construir un ataúd en

Lúzaro. El entierro lo harían al día siguiente en Izarte.

Enviamos a un hombre a que encargara el ataúd al carpintero, y

Urbistondo y yo nos quedamos en la casa.

Me sorprendió bastante ver al médico de Elguea, que allí mismo sobre la

mesa extendió la partida de defunción del muerto, a nombre de Tristán

Ugarte, de profesión marino.

Me chocó, pero no dije nada. Por la noche velamos el cadáver Urbistondo,

el criado y yo, y por la mañana lo enterramos en el pequeño cementerio

de la aldea.

Al día siguiente Mary fué a instalarse al faro, y Allen, el criado

viejo, marchó a vivir a la venta de Izarte.

Unos días después, Allen se presentó en mi casa con una pretensión

extraña. Traía un devocionario en la mano.

--Su tío de usted y yo--me dijo con mucho misterio--sabíamos dónde hay

un tesoro escondido.

--¡Hombre!--exclamé yo.

--Sí. Está en la costa de África, y en este libro viene la indicación.

--¿En el devocionario?

--Sí.

--¿Y qué quiere usted que yo haga?

--Primero leer lo que dice en el libro; después, si usted quiere, puede

asociarse a mí.

--Respecto a leer, no tengo inconveniente. Lo que no me explico es por

qué no lo lee usted.

--Es que la indicación está en vascuence, y no comprendo bien el

sentido.

--Bueno, vamos a verlo.

Tomé el devocionario, escrito en inglés, y vi que varias letras estaban

marcadas con lápiz.

--Hay que unir todas las letras señaladas--me dijo el viejo.

Tomé un papel, fuí uniendo las letras y apareció al final esta serie de

palabras en vascuence:

Nun ibayean, costatic urruti amabost

milla, N. zazpi O. Gaztelu zarra. Elefantearen

beguitic beiratuaz bi arrien tartean,

arri sorrotzaren arquitzendanari milla baten

erdi ibayaren ondoan. Iraillareco ogueitazazpi

garren egunean arratzaldeco lau orduaren itzalean.

Lo que, traducido literalmente, quería decir:

A quince millas de la costa, en el río

Nun, Norte 7 grados Oeste. Castillo viejo.

Visual del ojo del elefante entre dos piedras

a la peña afilada que hay a media

milla cerca del río. En la sombra de las

cuatro de la tarde del día 27 de Septiembre.

Le di la traducción a Allen, quien me preguntó:

--¿Usted quiere venir conmigo?

--¿Adónde?

--Al África, por el tesoro escondido.

--Hombre, yo no puedo, no tengo medios....

No quise decirle que me parecía una fantasía absurda esta historia del

tesoro.

--¿De manera que usted me cede sus derechos?

--En absoluto.

--Está bien.

Allen se despidió de mí, y pocos días más tarde desapareció del pueblo.

X

LA CUEVA DE LA SERPIENTE

Una semana después, mi prima me comunicó su pensamiento de trasladarse a

Lúzaro.

Volví a insistir con mi madre para que recogiese a la huérfana, pero

ella se negó en redondo. No creía que fuera su sobrina, sino la hija de

un aventurero; sabe Dios de quién.

Entonces fuí a ver a Cashilda, la mujer de Recalde, e hice un convenio

con ella de pagarle un tanto por tener en su casa a Mary, siempre que la

muchacha se portara bien.

De Bilbao habían contestado a Urbistondo aceptando mi ofrecimiento. Iba

a tener barco que mandar.

Fuí a buscar a Mary para traerla a Lúzaro y presentarla en casa de la

mujer de Recalde. Era el día de Nochebuena. Llevaba en un estuchito

forrado de raso un anillo de oro con unas perlas para Quenoveva, que me

había costado ocho duros, y en un paquete unos juguetes para los chicos

de Urbistondo.

Quenoveva palideció y se ruborizó de alegría al recibir la sortija;

respecto a los juguetes, Urbistondo opinó que para el primer día bastaba

con que los chicos los vieran únicamente; si no, los iban a romper.

Me despedí de Urbistondo y de su familia, y Mary y yo nos dirigimos a

Lúzaro por el Izarra. Ella marchaba al mismo paso que yo, con una

agilidad de campesina; en sus miradas se expresaba alternativamente la

timidez, la audacia y el enfado. El día estaba gris, el mar lleno de

bruma; el viento silbaba entre los árboles, agitando las hojas rojizas

de las hayas que aun quedaban en las ramas y las copas negruzcas de los

pinos. Grandes gotas de agua sonaban en la hojarasca seca.

Mary estaba enfurruñada.

--¿Qué le pasa a usted?--la dije.

--Nada.

--No, algo le pasa. ¿Está usted incomodada conmigo?

--Sí.

--¿Por qué?

--¡A mí no me ha traído usted anillo!--me dijo, dolorida.

--No importa; le compraré otro más bonito.

--No, no; yo lo quiero igual que el de Quenoveva.

--Pues como el de Quenoveva.

--Además--añadió con la voz preñada de lágrimas--, su madre de usted no

me quiere.... Ha dicho que yo soy una chica mala ... que ando tirando

piedras. Su madre de usted no me quiere ... usted tampoco. Sólo mi padre

me quería y yo voy a reunirme con él.

Y la chica, en un momento de arrebato, se acercó al acantilado con

intención de tirarse al mar; yo la cogí de un brazo y la retiré de allí.

--Mary--la dije agarrándola enérgicamente y zarandeándola con furia--.

¡Cuidado con hacer necedades!

La muchacha comenzó a sollozar con inmensa amargura. La dejé que llorase

largo rato, haciéndome el incomodado, y después, ofreciéndole la mano,

le dije:

--Vamos, Mary, que empieza a llover.

Ella puso entre la mía su mano pequeña y callosa, y comenzamos a subir

el Izarra. Ibamos escalando el monte, deprisa, huyendo del agua. Llovía

cada vez más fuerte, cuando llegamos cerca de la cueva de la

_Egan-suguia._

--Entremos aquí--dijo Mary, que, después de las lágrimas, había quedado

sonriente y de buen humor.

--Ahí, mi querida Mary--le dije yo--, hay, según dicen, una gran

serpiente con alas, con garras de buitre y cara de mujer, que se llama

_Egan-suguia._

--¿Y qué hace?

--Envenena con el aliento y se come a los chicos.

--¿Quién la ha visto?

--Creo que nadie la ha visto.

--¿Y usted la tiene miedo?

--Yo, no.

--Pues vamos a entrar en su casa.

--Vamos.

Entramos en la cueva. No estaba, como en mi tiempo, llena de malezas,

sino completamente limpia; en el fondo había una cama de paja, de algún

pastor.

--¿Dónde estás, _Egan-suguia?_--dijo Mary--. Ven, que queremos hablarte

y darte las gracias porque nos prestas tu casa. ¡No aparece!

--Estará haciendo algún recado--repliqué yo--. Quizá se haya perdido por

el monte o ande buscando un paraguas por las calles de Lúzaro.

--¡Pobrecita! ¡En una cueva así debe tener mucho frío! Yo no creo que

esa _Egan-suguia_ sea tan mala como dicen. Si se comiera los niños, aquí

estarían los huesos, y no hay nada.

--Es que tiene el estómago fuerte y la pícara de ella se los traga.

Ahora, Mary, ¿qué hacemos? ¿Quiere usted que vaya a Lúzaro y venga con

un paraguas?

--No; sentémonos. Ya pasará la lluvia.

--¿Y qué vamos a hacer?

--Hablaremos.

Nos sentamos en el suelo.

Mary me preguntó adónde iba a llevarla; le dije quién era la mujer de

Recalde y cómo vivía; luego me interrogó acerca de lo que pensaba hacer

yo; le expliqué cómo tenía que embarcarme, lo que ganaba, cuándo

volvería, todo.

Hablamos muy seriamente largo rato. Al cabo de algún tiempo cesó de

llover y salimos de la cueva.

--¡Gracias, _Egan-suguia!_ ¡Muchas gracias!--dijo Mary--. ¡No es verdad

que comes a los chicos; eres muy buena y prestas tu casa a los que van

por el monte! Adiós!

Llegamos a Lúzaro y llevé a Mary a casa de Recalde. Ella estaba

tranquila, pensaba que tendría que trabajar pronto. En cambio, mi

inquietud era grande. Comprendía que estaba enamorado. Mary, casi niña;

yo, casi viejo, y teniendo que ausentarme continuamente. Mis amores

comenzaban mal.

[Ilustración]

LIBRO CUARTO

LA URCA HOLANDESA. «EL DRAGÓN»

I

EL CAPITÁN DE LA «DAMA ZURI»

De la Compañía de vapores de Bilbao a Liverpool, pasé a otra de

tras-atlánticos de la línea de Burdeos a Buenos Aires. El corto tiempo

que tenía licencia lo aprovechaba para llegar a Lúzaro y ver a mi madre

y a Mary.

Mary iba acomodándose a la vida sedentaria, y comenzaba a trabajar de

modista. Nos escribíamos en todos los correos; yo la llamaba a ella «mi

querida Mary», y ella «mi querido Shanti». Muchas veces me decía en

broma: La _Egan-suguia_ nos protege. Yo no le había dicho claramente que

estaba enamorado de ella y que aspiraba a hacerla mi mujer.

Mi madre sabía que el médico de Elguea había certificado la muerte de su

presunto hermano a nombre de Tristán de Ugarte, y quería creer que el

parentesco con el capitán de Bisusalde era un engaño. A pesar de esto,

como la conducta de Mary en casa de Cashilda era buena, comenzaba a

sentir por la muchacha cierta simpatía.

Yo tenía que vivir desesperado en el vapor. Cumplía los deberes de mi

cargo como un autómata. Mis pensamientos estaban en Lúzaro.

Solía encerrarme en mi camarote, teniendo su retrato delante de los

ojos. ¡Qué largos me parecían estos días de navegación! ¡Qué horrible

este cielo azul de los trópicos!

A la vuelta de mi viaje, cuando perdía de vista por las noches la Cruz

del Sur y comenzaba a divisar la Estrella Polar y las dos Osas, me

sentía tranquilo.

Al acercarnos a Europa, al oír las sirenas de los vapores dando sus

largos alaridos, experimentaba una alegría infinita. Si tenía ocasión

propicia, al llegar a Burdeos tomaba un vapor, aunque no fuese más que

para pasar un día en Lúzaro. Si no, me quedaba en el barco, escribiendo

a Mary.

* * * * *

La cuestión del nombre de mi tío Juan de Aguirre, que a veces me

preocupaba, se aclaró en Burdeos. Un viejo marino retirado, que tenía

una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tío Juan, me dio

nuevos datos acerca del padre de Mary.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 9 / 20 段