Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia

tanto me preocupó; pero un día iba en una de esas canoas que cruzan la

bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman _guilalos_, cuando

entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un

bergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó:

--¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?

--No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.

--¿Juan de Aguirre y Lazcano?

--El mismo. Era mi tío carnal.

--¿Qué se hizo de él?

--Debió morir. Yo he asistido a su funeral.

--¿Cuánto tiempo hará de eso?

--Pues, hará cerca de veinte años.

--No puede ser. Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía,

y estaba, según me dijeron, en Ilo-Ilo.

--No creo que fuera él; me parece imposible.

--Yo no le he visto--repuso el capitán--, pero he conocido gente que ha

hablado con él.

--Podría ser una persona del mismo nombre.

--¿Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de piloto

en el mismo barco?... Muy raro tenía que ser.

--Sí, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito a

su madre.

El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convenciera

y añadió con indiferencia:

--Hace veinte años que no le escribo yo a mi mujer, y probablemente

creerá que me he muerto.

Me despedí de este paisano, que sin duda no era un caso muy

significativo de ternura matrimonial; le conté la conversación a mi

segundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes, pilotos y

contramaestres vascongados. Varios nos confirmaron que, efectivamente,

habían oído hablar hacía unos quince años de un Juan de Aguirre,

propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitán de la

corbeta _Mari Galante_, Francisco Iriberri, a quien encontramos en una

de esas calmas del Océano Índico, al sur de Madagascar, me dió otros

datos.

Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el

pelo rubio y los ojos ribeteados. Después he sabido que Iriberri fué uno

de los capitanes más audaces de su tiempo.

Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendo

el comercio de negros y de chinos hasta que fué apresada su urca por un

crucero inglés. Iriberri me dijo que la urca en donde navegó mi tío se

llamaba _El Dragón_ y que era de una Sociedad franco-holandesa, y me dió

tales detalles, que quedé convencido. Según él, mi tío, si no se había

escapado o no había muerto, seguiría en presidio.

Su final lo desconocía, pero era indudable que mi tío, después de andar

en algún barco negrero o pirata, había sido preso.

Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y ésta no hubiese tenido

inconveniente en declarar que su hijo vivía. Encontrándose en presidio,

se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.

Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación con

temporales y borrascas, llegamos a Cádiz.

Llevaba cinco años de mar. Tenía veintiocho. Estaba cansado. Recogí las

cartas en el correo, y en la primera que leí mi madre me decía que la

abuela había muerto. Era conveniente que fuese a Lúzaro, para arreglar

las cuestiones de la herencia.

Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de un

compañero que quería llevarme en su barco hasta Bilbao, y tomé la

diligencia para Madrid.

Estuve una semana en la corte, y el primer día, al llegar al Prado, vi

en un coche a Dolorcitas con su marido. Él quizá no me conoció, pero

ella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.

Era una estupidez, pero aquel ademán desdeñoso me hizo mucho efecto.

Más melancólico de lo que había llegado, salí de Madrid; pasé por Burgos

y Vitoria, y de aquí, tomando un coche y dejando otro, llegué a Lúzaro.

Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mi

tía Úrsula y mi madre.

Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi tía Úrsula, sintiendo

cierta veleidad mística, había manifestado el deseo de entrar en el

convento de Santa Clara, y mi madre no quería para vivir la antigua casa

solariega, decidieron alquilarla.

Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan,

registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papeles

viejos.

Quería aclarar el enigma de la vida de mi tío, de quien se contaban

tantas historias, y que me volvía otra vez a preocupar.

Registrando los armarios, encontré un daguerrotipo en cristal, hecho en

París. Pregunté a mi madre si conocía al retratado, y me dijo que era su

hermano Juan, pero tan raro, que casi no le conocía. Nunca había visto

aquel retrato.

En un paquete de cartas amarillas leí una firmada _Juan_. En ella se

acusaba recibo de una cantidad no pequeña y se decía que enviaba su

daguerrotipo, hecho por un fotógrafo de París.

No cabía duda que la carta era de mi tío. Estaba escrita desde un pueblo

de Bretaña y fechada diez años después de que en Lúzaro se celebrara el

entierro. Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su familia y

yo, de chico, asistimos a su funeral.

[Ilustración]

LIBRO TERCERO

LA VUELTA AL HOGAR

I

LA HERIDA

Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejados

rojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellas

en hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.

Después de las lluvias abundantes, las casas están desteñidas, las

calles limpias; la carretera descarnada, con las piedras al descubierto.

El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es más diáfano,

más puro.

En el jardín del convento próximo, dos monjas de toca blanca han estado

mirándome y hablando entre ellas. ¡Qué idea más rara deben formarse de

un marino estas pobres mujeres que no han salido jamás fuera de las

tapias de su huerta.

Enfrente veo las casas solariegas contempladas por mí en la infancia,

tristes, viejas, negras. Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela,

convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, con

las ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos

con corchos y anzuelos. Ahí siguen todas esas viejas casas bien

agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de

pedruscos. Están siempre igualmente tristes, igualmente severas,

durmiendo, envueltas en la bruma.

¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos!

¡Qué existencias más inmóviles!

Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me

figura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.

¡Qué quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan estático; al

menos, cambia de color en las estaciones. Las casas, no; así estarían

hace doscientos años, así están hoy.

Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre,

ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y

chillona:

¡A babor! ¡A estribor!

Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un

niño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y un

melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los

acontecimientos me han escamoteado la vida.

Algunas veces me miro en el espejo y, al verme viejo y cambiado, me digo

a mí mismo:

--¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fué.

Han pasado muchos años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir,

andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión de

acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado un

poco de calor y de abrigo, he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.

Navegando, he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son

largos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan,

vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento

en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el

alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el

camino andado parece una vía Apia sembrada de tumbas.

La _Iñure_ ha muerto: ya no la oiré contar historias supersticiosas; la

cerora ha muerto: ya no le haré las hostias, como antes; el atalayero

también ha muerto: ya no le veré, en el extremo del muelle, levantando

sus gallardetes. Ya, ni Caracas hará sus barcos, ni Yurrumendi hablará

de los piratas, ni Joshepe Tiñacu irá haciendo eses por las calles.

Todos han desaparecido. No he debido salir de aquí, o no he debido

volver aquí.

Extraña existencia la mía y la de los hombres andariegos. En una época,

todos son acontecimientos; en otra, todos son comentarios a los hechos

pasados.

La primera impresión, al llegar Lúzaro, fué un gran asombro, al ver lo

insignificante de los muelles, de la ciudad, del río. ¡Me parecía tan

pequeño, tan desierto, tan triste! Me había figurado grande la entrada

del puerto; hermoso, el río; anchos, los muelles, y al verlos quedé

asombrado; me parecieron de juguete.

--No vale la pena de vivir aquí--me dije al llegar.

Y ahora, ¡absurdo cambio de opinión!, me digo muchas veces:

--No vale la pena de vivir fuera de aquí.

Hace un mes no quería pensar en quedarme en Lúzaro; me parecía una

locura cambiar esas horas de indolencia y ensueño de los días de

navegación, por la vida de un pueblecillo triste, aburrido, lleno de

preocupaciones y de mezquindades. Ahora me espanta la idea de volver a

mi barco, de hundirme en el ajetreo contínuo del acontecimiento. Toda la

vida de a bordo se va alejando de mí; me parece una cosa vaga y sin

realidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionando

a las cosas viejas; me paso las horas muertas contemplando, desde el

balcón, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles aspectos

antes no vistos por mí.

Me levanto todos los días muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cómo

se aligera la niebla y sube por el monte Izarra, y comienza a brotar la

ciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta oír el

cacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en el

camino.

Cuando hace buen tiempo salgo por las mañanas y recorro el pueblo.

Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho y

artesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas y

tortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatro

tandas de escaleras; otras están cubiertas y son pasadizos en zig-zags.

Al amanecer, por las callejuelas estrechas, sólo se ve alguna mujer,

corriendo de puerta en puerta, golpeándolas violentamente, para avisar a

los pescadores. Las golondrinas pasan rasando el suelo, persiguiéndose y

chillando....

Los días de lluvia Lúzaro me gusta más. Esa tristeza monótona del tiempo

gris no me molesta. Es para mí como un recuerdo amable de los días

infantiles.

Acostumbrado al horizonte violento de los trópicos, a esos cielos

nublados y brillantes de las zonas en donde reinan los vientos alisios,

estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobre

mi alma, como en una tierra seca, refrescándola y dándole alegría.

Muchas veces me paso el tiempo en el balcón viendo cómo la carretera se

llena de charcos y se ennegrecen las casas.

De noche, el ruido de la lluvia, esa canción del agua, es como un rumor

que acompaña resonando en los tejados y en los cristales; ritmo olvidado

vuelto a recordar.

Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en un

barreño, hace un ruido metálico.

Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta y todo me

entristece.

Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantial

cegado que ahora tornó a brotar.

No sé por qué parecen llenas de magia melancólica las cosas pasadas; no

se lo explica uno bien; se recuerda claramente que en aquellos días no

era uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y, sin

embargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielo

tener un azul más puro y más espléndido.

Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros

recuerdos fueran eternas; pero nuestra existencia no representa nada en

la corriente tumultuosa de los acontecimientos. Allí teníamos un

amigo..., en aquel rincón fuimos felices..., nuestra felicidad o nuestra

amistad tienen poca importancia.

Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se me

escapara en un momento de desmayo. La inanidad de las cosas me conturba;

la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espíritu fuera como el

ruiseñor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como la

alondra, que levanta su vuelo en la desolación de los campos, y no el

pájaro herido que se viene a tierra velozmente....

[Ilustración]

II

LÚZARO Y SU FORMACIÓN

Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lúzaro, no hubiera tenido una idea

clara de cómo es. Los recuerdos de la infancia me daban datos falsos;

esto amplificado, aquello disminuído, y entre una cosa y otra grandes

lagunas.

Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mi

pueblo, seguramente mi descripción se parecería muy poco, o quizá nada,

al original. Lúzaro es un pueblo bonito, obscuro, como todos los pueblos

del Cantábrico; pero de los menos sombríos. A un hombre del norte de

Europa le debe dar la impresión de una villa andaluza.

Muy templado, muy protegido del noroeste, Lúzaro tiene una vegetación

exuberante. Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escaleras

de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbas

carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertas

hay inmensas magnolias, naranjos y limoneros.

Yo encuentro a mi pueblo algo de Cádiz, de un Cádiz pequeño, melancólico

y negro, menos suave y más rudo. Lúzaro tiene una salida al mar bastante

estrecha y una playa de arena muy movediza.

El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de _Cay

luce_ avanza mucho; va paralelamente al barrio de pescadores, y termina

en el Rompeolas. El Rompeolas es hermoso; se ensancha en forma de

explanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalaya

nueva, en cuya pared suelen jugar los chicos a la pelota. Desde allí se

disfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contra

las olas.

Como en todos los pueblos de pescadores, en Lúzaro se ven lanchas en los

sitios más extraños e inverosímiles: en una calle en cuesta,

interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla de

una casa.

La ría de Lúzaro es pequeña, pero muy romántica; sobre ella se tiende un

puente de un solo arco, por donde pasa la carretera de Elguea. Una de

las orillas de esta ría es rocosa, accidentada; la otra es un fangal

negruzco. Sobre este fangal, desde hace años, según algunos, siglos,

está instalado un astillero. Antes, en él se construían fragatas y

bergantines; hoy sólo se hacen lanchas y alguna goletilla de poco

tonelaje.

El actual dueño del astillero es Shempelar. El astillero no es muy

complicado; consta solamente de dos barracas negras, formadas por

maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.

Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajo

nuevo, Shempelar disfruta; saca sus compases y allí se está, dibujando

las piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta qué tal

va la obra, dirá que mal, porque Shempelar es un _dilettanti_ del

pesimismo.

Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de

ribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando las

tablas, barrenándolas y armando después las costillas. El esqueleto del

barco se va cubriendo, la obra marcha; Shempelar, interiormente

entusiasmado con su obra, anda muy fosco, riñendo a todo el mundo. Los

calafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a golpes

de martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias,

gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrán,

que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con virutas y

pedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrán con los

candiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos en

el fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo el mundo

dice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzos

maravillosos para demostrarse a sí mismo que tiene motivos, motivos

graves, motivos serios para estar profundamente incomodado.

Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos;

pero mi paseo constante no es hacia el río, sino hacia el muelle; veo

cómo pescan en _Cay luce_, y cómo van entrando las barcas de bonito y

las goletas de cabotaje; oigo, riendo, las riñas en vascuence de las

mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la

prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio

algunas palabras con los pescadores.

En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y

saborearlo todo, he pasado más de un mes sin hacer mucho caso de visitas

y de prácticas sociales.

Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense,

haciendo ella misma una porción de guisos complicados y de postres

clásicos del país.

--Esto te gustaba mucho antes--me dice.

--¿De veras?

--Sí.

--Pues ahora también me gusta.

Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain,

el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueño del _Cachalote_. La

relojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense. Allí se

ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de

las cuestiones más debatidas ha sido la formación de Lúzaro.

Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casi

exclusivamente al río, que fué, dice él, abriéndose paso lentamente,

disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Según Garmendia,

Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son más que

restos de la disgregación de las rocas; los núcleos fuertes resistieron

a la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos;

los débiles se han disuelto en arena.

Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamente

a la influencia de la Gran Corriente del Golfo o _Gulf Stream_.

El _Gulf Stream_, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó el

mayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa con

oblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España,

dos corrientes: una la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que al

subir por las costas de Francia se llama corriente de Rennell, y que

luego se incorpora al _Gulf Stream_; otra la corriente que baja hacia el

África y se llama corriente de Guinea.

La corriente costera se mete en las grandes curvas que hace la costa, y

después en las ensenadas y bahías, y lleva, además, restos orgánicos que

se depositan en las playas.

Para el capitán Socoa, esta corriente, y sólo ella, ha producido el

boquete de Lúzaro. La predilección de Socoa por el _Gulf Stream_ se

explica porque viajó continuamente por el Golfo de Méjico y pudo

apreciar la violencia de la corriente que parte de aquel punto y que es

como el horno que calienta las costas del noroeste de Europa.

Otro piloto antiguo, también contertulio de la relojería, aseguraba que

los arenales de Legorreta están formados por el viento.

Discutían los tres para demostrar que sólo lo que cada uno de ellos

decía era la verdad, y me preguntaron mi opinión.

--Creo que los tres tienen ustedes parte de razón--dije yo--. El río,

como dice el farmacéutico, fué, sin duda, el que abrió las tierras

blandas hasta llegar al mar y hacer un boquete; la corriente costera

vino después a ensancharlo, a redondearlo y a formar una ensenada;

luego, el viento del noroeste, que sigue al _Gulf Stream y_ que es el

semillero de todos los temporales del Cantábrico, fué echando las arenas

hacia Legorreta.

Por dar una opinión tan sensata y desapasionada, fuí calificado de

pancista y de pastelero.

Si hubiese sido ya antropólogo entonces el hijo de Recalde, hubiera

encontrado, probablemente, que todos ellos tenían la cabeza redonda y

que por eso eran tan absolutistas y violentos.

III

LA TERTULIA DE LA RELOJERÍA

Mi madre quería que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tenía

destinada la hija de un propietario de _Lúzaro,_ más vieja que yo,

feúcha, flacucha y mística. Yo, la verdad, no estaba muy decidido.

Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de

sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias,

que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la

candidata de mi madre, no me sonreía. Mayormente, las mujeres de Lúzaro,

a pesar de su dulzura, tienen bastante afición a hacer su voluntad. Como

son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas

les ha dado decisión y energía, y las ha acostumbrado a no obedecer a

nadie.

Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más

humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo

cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus

respectivos esposos, todos los días del año.

El caso de mi amigo Recalde, padre del actual antropólogo, que me

contaron en la relojería, me pareció sintomático.

Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más

atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la

hija del confitero de la plaza, muñequita con los ojos azules, muy

modosita y formal. Todo el almíbar, todo el cabello de ángel de la

tienda de su padre se le había comunicado a ella.

Recalde era un déspota: decidido, audaz, acostumbrado a mandar como se

manda en un barco, no podía soportar que nadie le contrariase. Se casó,

pasó la luna de miel; la Cashilda tuvo un niño, el antropólogo; Recalde

estuvo luego navegando tres años, y volvió a su hogar a pasar una

temporada.

El primer día, al volver a su casa, quiso ser fino:

--¿Qué hay? ¿Ha pasado algo?--le preguntó a su mujer.

--Nada. Estamos todos bien.

--¿Ha habido muertos en el pueblo?

--Si; don Fulano, don Zutano. La señora de Tal ha estado enferma.

Recalde escuchó las noticias, y después preguntó:

--¿A qué hora se cena aquí?

--A las ocho.

--Pues hay que cenar a las siete.

La Cashilda no replicó.

Recalde creía que el verdadero orden en una casa consistía en ponerla a

la altura de un barco.

Al día siguiente Recalde fué a su casa a las siete, y pidió la cena.

--No está la cena--le dijo su mujer.

--¿Cómo que no está la cena? Ayer mandé que para las siete estuviera la

cena.

--Sí; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene

que estar con el niño.

--Pues se le despide a la chica.

--No se le puede despedir a la chica.

--¿Por qué?

--Porque me la ha recomendado la hermana de don Benigno, el vicario, y

es de confianza.

--Bueno; pues mañana, haga la cena la muchacha o la hagas tú, se ha de

cenar a las sietes.

Al día siguiente, la cena estaba a las ocho. Recalde rompió dos o tres

platos, dió puñetazos en la mesa, pero no consiguió que se cenara a las

siete, y cuando la Cashilda le convenció de que allí se hacía únicamente

su voluntad, y que no había ningún capitán ni piloto que le mandara a

ella, para remachar el clavo acabó diciendo a su marido:

--Aquí se cena todos los días a las ocho, ¿sabes, chiquito? Y si no te

conviene, lo que puedes hacer es marcharte; puedes ir otra vez a

navegar.

Y la Cashilda, mientras decía esto, le miraba a Recalde sonriendo, con

sus ojos azules.

Recalde, el terrible Recalde, comprendió que allí no estaba en su barco,

y se fué a navegar. Este caso ocurrido con mi camarada, ejemplo de la

energía femenina luzarense, no me inducía a casarme, ni aun con la

espiritual Barbarita. Me contaron el proceso de este conflicto familiar

entre Recalde y la Cashilda, en la relojería de Zapiain, que era el

mentidero de las personas pudientes del pueblo. Mi tío, el viejo Irizar,

fué el que me llevó allí. Todavía no se había fundado el casino de

Lúzaro, que, después de una época de pedantería y de esplendor, quedó

reducido a una reunión soñolienta de indianos y de marinos retirados.

En la relojería me enteré de cuanto pasaba en el pueblo. Casi todos los

contertulios eran carlistas y fanáticos; yo no lo era; pero allí pasaba

el rato enterándome de las vidas ajenas, y me entretenía. Mi norma era

no discutir cuestiones de política ni de religión.

El que por las trazas debía de ser liberal, mucho más aún de lo que se

mostraba en público, era el boticario Garmendia. No le convenía

desenmascararse por completo; pero, en el fondo, no tenía ideas

religiosas.

Garmendia no se atrevía a mostrarse francamente volteriano, y procedía

en la conversación con insidia, por frases sueltas, por observaciones al

parecer cándidas.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 7 / 20 段