Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias

nobiliarias, y resultó cosa no muy rara entre vascongados, que teníamos

un apellido común.

--Debemos ser parientes--dijo ella.

--Es muy posible--repuse yo.

--Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú,

porque a mí me pareces todavía un chiquillo.

Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegraría de esta

confianza por su parte.

Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hija

de doña Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años,

preciosa. Don Ciriaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte

de Versalles. Dolorcitas se parecía a su madre; pero era más pequeña de

estatura, de ojos más negros y de tez algo más morena. Tenía una gran

movilidad en la expresión y mucha gracia hablando.

¿Habrá que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho un

tonto? No, no es necesario. Me encontraba en la edad del pavo, no había

tratado a ninguna mujer y era naturalmente tímido.

Doña Hortensia dijo al criado:

--Dígale al señor que le esperamos para almorzar.

Media hora después vino don Matías Cepeda y fué presentado a él. El

señor Cepeda no era un hombre simpático ni mucho menos; tenía la cara

dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto y

cerdoso.

Con don Ciriaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser

ocurrente; a mí no me miró. Sin duda, el no tener cincuenta años, para

don Matías era una impertinencia.

Solamente me dirigió una frase, y ésta me escoció:

--Ten cuidado--me dijo--, porque aquí, en Cádiz, te van a tomar el pelo.

Después de almorzar, don Matías y don Ciriaco se retiraron para hablar

de negocios, y doña Hortensia y Dolorcitas quisieron enseñarme la casa.

Esto halagaba su vanidad.

La casa era enorme. Se traslucía allí un verdadero delirio de grandezas:

el suelo era de mármol, los salones vastísimos, con techos pintados e

historiados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran otras

habitaciones. En los testeros se veían espejos de toda la pared, y en

los pasillos se levantaban estatuas y fuentes de alabastro.

Yo entonces aun no había visto nada, no podía comprender la diferencia

que existe entre la ostentación lujosa y el buen gusto, y quedé

maravillado.

Después de recorrer la casa subimos la azotea y estuvimos contemplando

la bahía de Cádiz, inundada de sol, llena de fragatas, de bergantines y

de goletas.

Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa María, Rota y

Puerto Real.

Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don Ciriaco. Después vinieron

unas cuantas amigas de Dolorcitas. Yo estuve hablando con doña

Hortensia, que se mostró muy amable conmigo.

A media tarde don Ciriaco me llamó.

--Vamos, Shanti--me dijo.

El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y días de fiesta

estaba invitado a comer allá. Si no iba, preguntarían por mí y me

llevarían a la fuerza.

Me despedí de todos, y salí con don Ciriaco, entusiasmado. El viejo

capitán me llevó a un colmado de la misma calle de la Aduana, llamó al

dueño, un montañés amigo suyo, y le recomendó una comida escogida, una

comida para gente que comprende lo trascendental de la misión de

engullir. El dueño del colmado y don Ciriaco discutieron detalladamente

los platos, las salsas y los vinos.

--Necesito una hora para preparar todo eso--dijo el montañés.

--Muy bien--contestó el capitán--. Le concedemos a usted la hora.

--Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.

--No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla de

Sanlúcar y unas aceitunas.

Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don Ciriaco:

--Mira, pilotín; te he presentado a Hortensia y a don Matías, porque te

pueden servir.

--¡Muchas gracias!--repuse yo.

--Espérate. Aquí tienes que quedarte durante un año; no conoces a nadie

y es conveniente que, en caso de necesidad, puedas dirigirte a alguien;

pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a qué

atenerte.

--¡Demonio! Tiene historia.

--Tú verás. Hortensia es vizcaína, de un pueblo próximo a Bilbao. Su

padre era un contramaestre a quien llamaban el Griego. Probablemente lo

sería; algún aventurero que llegó al pueblo y se casó. La bella

Hortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con un

cualquiera. Después de todo hacía bien. En esto, un amigo mío, Fermín

Menchaca, capitán de barco metido a comerciante en Cádiz, fué al pueblo,

donde acababa de morir su padre, que era patrón de una lancha; vio a

Hortensia y se enamoró de ella. Menchaca no estaba dispuesto a casarse,

ni tampoco a dejar a Hortensia. La llenó de regalos y de joyas. Ella

dijo que no a todo. O su mujer o nada. Menchaca prometió hacerla su

mujer y Hortensia cedió. En el momento del matrimonio, Menchaca, que era

voluble, se escapó del pueblo, dejando a Hortensia embarazada.

La muchacha, nada tímida, al ver su abandono, vendió las joyas que le

había regalado el amante y se presentó con su hija en Cádiz. Menchaca

estaba en Filipinas; Hortensia fué a Filipinas, encontró a Menchaca y le

obligó a casarse con ella.

Menchaca era un hombre exaltado, brutal, atrevido, con ideas geniales,

capaz de cosas buenas y de cosas malas. Menchaca no era un hombre

completo; creía como en un artículo de fe en esa simpleza de que a las

mujeres no hay que tomarlas en serio. Te lo dice un viejo, y un viejo

solterón que ha adorado a las mujeres; Shanti, no creas nada de lo que

digan ellas, y menos lo que te digan de ellas. No creas que una mujer

es, por serlo, débil o tímida o poco inteligente. El sexo es una

indicación muy vaga y las variaciones son infinitas. Si quieres saber

cómo es una mujer, primeramente no te enamores de ella; después

estúdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien ... te pasará que

ya no te importará nada por ella.

--Trataré de seguir su consejo.

--Si puedes, pilotín; si puedes.... Como iba diciendo, a pesar de que

Menchaca tenía medios de comprobar que Hortensia era un carácter, no

quiso verlo ni reconocerlo. Menchaca se había asociado con este don

Matías Cepeda que has visto; asociación extraña desde el punto de vista

del carácter, porque Menchaca era un hombre atrevido y lleno de

iniciativas, y, por el contrario, Cepeda es el tipo vulgar del

comerciante escamón que va marchando rutinariamente sobre seguro. Cepeda

es un asturiano que vino aquí sin un cuarto y hoy tiene una gran

fortuna.

--Pues eso, don Ciriaco, no me parece de tontos.

--¿Pero tú sabes por qué medio ha hecho Cepeda su fortuna?

--No.

--Pues con su físico.

--¿Con su físico? Tiene gracia.

--Sí, con su físico. Tú dirás que no es un Adonis; pero la fealdad en un

hombre no es casi nunca un obstáculo. Cepeda llegó a Cádiz, de sus

montañas de Asturias, y entró de dependiente en un gran almacén de

azúcar, de café y de cacao de la calle de la Aduana; luego se casó con

la dueña, y ésta, al morir, le instituyó heredero único, con lo que

quedó viudo y riquísimo.

Cepeda era naturalmente tímido con su dinero; Menchaca le impulsó a los

negocios y los dos ganaron millones. El uno completaba al otro. Menchaca

era el hombre de iniciativa y de brío, el que concebía los proyectos;

Cepeda resolvía los detalles y las dificultades prácticas.

Menchaca, cuando se instaló en Cádiz, tuvo la veleidad de poner casa a

una muchacha de Puerto Real, y de pasear con ella en coche y regalarla

trajes y joyas.

Entonces fué cuando se comenzó a hablar de que Hortensia se entendía con

el socio de su marido, con Cepeda. Yo nunca lo creí. Menchaca era, como

te he dicho, un exaltado, casi un loco, y al oír que su mujer le

engañaba se enamoró de ella nuevamente. Menchaca ya era viejo. Tendría

cerca de cincuenta años, y un hombre de cincuenta años que se enamora es

como el caballo de un coche simón que se desboca. Menchaca abandonó a la

muchacha de Puerto Real y comenzó a vigilar a su mujer.

Ella estaba ofendida profundamente; él, celoso y sombrío, no quiso pedir

explicaciones ni reconocer su culpa, considerando este reconocimiento

como un agravio a su dignidad; una palabra a tiempo hubiera reconciliado

a los esposos; pero ninguno de ellos quiso pronunciarla. La hostilidad

entre los dos se hizo cada vez mayor. Comían separados y no se veían ni

se dirigían la palabra.

En esto, estaban concluyendo en Portsmouth una fragata para la Sociedad

Vasco-Andaluza; no le faltaba más que algunos detalles. Menchaca fué a

Inglaterra a recogerla. No sé si sabrás que, cuando se construye un

buque, se hace un libro o cuaderno que se entrega por el constructor al

primer oficial que lo manda.

--Sí, lo sé. Se llama _pliego de historia_, y en él se anotan cuantas

circunstancias se han observado en la construcción.

--Exacto. Pues cuando le entregaron el _pliego de historia_ del barco y

leyó el nombre, Menchaca estuvo a punto de tener una congestión.

--¡Demonio! ¿Cómo se llamaba el barco?

--La _Bella Vizcaína._

--¿Nuestra fragata?

--La misma, pilotín, la misma. Y alguien encontró que la sirena del

mascarón de proa tenía las facciones de la hermosa Hortensia.

--¡Bah!

--Fantasías que se inventan. Menchaca desde entonces quedó más sombrío

que nunca. No era posible que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquella

idea de bautizar así el barco, con el fin de mortificar a su socio. El

pensamiento partió seguramente de ella.

La situación del matrimonio seguía difícil y sin mejorar, cuando un día

Menchaca, jugando con unas pistolas, no se sabe si inadvertida o

intencionadamente, se pegó un tiro en la sien y cayó muerto.

Al año Hortensia celebró su matrimonio con don Matías Cepeda; compraron

la casa de la calle de la Aduana y la arreglaron.

Esas son cosas de todos los tiempos--concluyó diciendo don Ciriaco

filosóficamente--, que han pasado, que pasan y que pasarán. Te he

contado la historia de Hortensia para que sepas qué clase de mujer es, y

para que no digas sin querer delante de ella alguna inconveniencia.

Comentamos los hechos y después hicimos honor a la cena, que fué

exquisita.

Don Ciriaco pensaba zarpar al día siguiente; yo quise acompañarle hasta

el barco; pero él no lo permitió.

--Tú vete a estudiar a San Fernando--me dijo--. No pasará mucho tiempo

en que seas tú el que te vayas y yo el que me quede. ¡Adiós, Shanti!

--Adiós.

Nos abrazamos, él se metió en el bote y desapareció.

III

DOLORES DE VANIDAD

El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doña

Hortensia, por las calles de Cádiz. Iba con el corazón en un puño. Temía

que me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hija

Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.

Estaban preparándose para ir a misa, y yo las acompañé hasta una iglesia

próxima. A la vuelta dimos un paseo por la calle Ancha y la plaza de

Mina, y volvimos a casa.

El encuentro con don Matías me preocupaba. Aquella estúpida insinuación

del señor Cepeda de que se burlarían de mí me intranquilizaba. Era muy

suspicaz, como todos los hombres tímidos, y estaba siempre en guardia,

creyendo ver ofensas en cualquier cosa.

Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como con

cierto alarde de no darme importancia.

--Este joven insignificante para mí no existe--era lo que parecía querer

dar a entender aquel señor.

Don Matías era, aunque no de una manera ostensible, mi adversario. Hacía

como si no me notara, por mi insignificancia; pero yo, a través de su

aire indiferente, le sentía hostil. Tenía sobre mí la ventaja de hablar

castellano bien, y se valía de ella para humillarme. Es una idea

estólida y mezquina, muy frecuente en España, creer que se demuestra

superioridad burlándose de una persona ingenua con frases de doble

sentido que dejan estupefacto al que ignora su significado. Don Matías

demostraba así su superioridad.

Yo, al caer en uno de estos lazos burdos, me confundía, y don Matías

soltaba la carcajada. Entonces, ya turbado, no sabía qué hacer y miraba

desde el amo de la casa hasta los criados como a enemigos que querían

humillarme.

Es ridículo y absurdo cómo en la juventud se sufre por necedades sin

importancia.

Don Matías y yo nos sentíamos como tipos de distinta raza. El no debía

notar en mí suficiente respeto, y el que yo me permitiese tener opinión

acerca de las cosas le producía una mezcla de cólera y de asombro que

ahora me hubiera parecido cómica. El señor Cepeda no podía discurrir,

razonar con libertad; no contaba con el suficiente número de ideas para

comparar y obtener juicios propios; verdad es que a la mayoría de la

gente le pasa lo mismo.

Para suplir esta falta de ideas, don Matías se refugiaba en las

anécdotas. En su cabeza, cada idea tosca y primitiva lleva como

atornillada una serie de cuentos y de chistes.

--Eso no es así--decía, por ejemplo, al exponer yo una opinión

cualquiera--, y te contestaré con lo que dijo Periquito Sánchez a don

Juan Martínez en Cádiz, en el año de 27....

Y don Matías seguía así con una velocidad de galápago, hasta contar una

anécdota de una vulgaridad aplastante.

Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, no

era, ni mucho menos, un modelo de discreción, y a veces tenía salidas de

patán que le regocijaban muchísimo. En el fondo estaba sorprendido de

verse a sí mismo tan alto; había hecho esfuerzos para convencerse de que

su caudal, que no dependía más que de un matrimonio afortunado y de la

suerte, era obra de su talento y de su perseverancia.

Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y,

en el fondo, inmoral. Toda rutina le parecía santa, el precedente la

mejor razón. Don Matías tenía sus manías; por ejemplo, ir siempre tarde

a comer para demostrar que los muchos trabajos no le permitían ser

puntual.

Don Matías solía estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando no

andaba por el almacén, por entre hileras de sacos y de cajas, dando

órdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.

El dependiente principal, que le conocía bien, un jerezano muy chistoso,

decía del señor Cepeda que se pasaba el tiempo cortando papeles para

llevarlos al retrete, o haciendo punta a los lápices lo más despacio

posible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado.

Hasta en eso era mezquino, porque hacía las puntas de los lápices cortas

y cortaba los papeles pequeños. Roñoso para todo, era hombre de rumbo

para los gastos de la casa y de la bella Hortensia. Tenía el sentimiento

del comerciante rico que considera a la mujer como el mejor medio de

lucirse.

En la apariencia, don Matías era un hombre respetabilísimo, serio, de

ideas profundas; en el fondo era un pobre majadero, un caso de

pedantería y de vanidad grotescas. A Dolorcitas la trataba secamente, no

por ser su hijastra y no su hija, sino porque consideraba que ése era su

papel de hombre de negocios.

Aquel solemne y majestuoso idiota creía que, para ser marido y padre a

la inglesa, tenía que mostrarse frío con su mujer y su hija.

Esa tendencia anglómana que se ha desarrollado en algunos pueblos

andaluces, no me resulta. Los ingleses, que en general son tiesos y

formales, tienen la ventaja de su tiesura y de su formalidad; pero estos

anglómanos del Mediodía, con su mezcla de tiesura y de mandanga, me

parecen bastante cómicos.

Dolorcitas, como era natural, no tenía mucho cariño por su padrastro.

Don Matías varias veces le prometió llevarla al teatro, y luego, para

demostrar su autoridad sin duda, hacía como que se olvidaba de su

promesa y dejaba a la muchacha llorando.

Todos los domingos, después de almorzar, don Matías, con su levita, sus

guantes, su sombrero de copa y sus botas siempre crujientes, se marchaba

al Casino Moderado, y no volvía hasta el anochecer.

Nos quedábamos de sobremesa doña Hortensia, Dolorcitas y yo. Dolorcitas

y yo jugábamos como chicos, recorríamos la casa, subíamos a la azotea,

íbamos al miramar.

La señora Presentación, una vieja muy graciosa y gesticuladora, a quien

yo no entendía nada de cuanto hablaba, solía venir a avisar a la

señorita Dolores, que alguna de sus amigas acababa de llegar.

Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba:

ellas jugaban conmigo. Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con una

amiga suya, María Jesús; debían ser algo como el juego de un oso con dos

monitas.

Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidad

vertiginosa; yo, en cambio, marchaba como una gabarra cargada hasta el

tope. No he podido hablar nunca el castellano rápidamente, y entonces,

menos. Además, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso con

esa respetable y honesta señora que se llama la Gramática.

Las dos chiquillas charlaban haciendo monerías y gestos expresivos.

Dolorcitas, a pesar de ser hija de vascongados, era tan aguda y tan

redicha como una gaditana.

Después de María Jesús, que solía llegar la primera, venían a la casa

otras chicas y chicos de la misma edad. Entonces yo me sumía en el

mutismo; ¿para qué hablar, si por cada palabra mía ellos soltaban diez o

doce?

Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad en

esto; yo comprendía, al oír aquellos muchachos, que no sólo no sabía el

castellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me sentía otra

cosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu,

más concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todo

expansión, palabras y muecas. Mi humildad me inducía a creerme un

salvaje entre civilizados.

Mi timidez me hacía pasar unos momentos horribles; una palabra, un

gesto, cualquier cosa bastaba para que la sangre me subiese a la cara.

Dolorcitas sonreía al verme turbado. Veía que sufría y se alegraba. Era

la crueldad natural de la mujer.

Luego, más tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sino

que le gustaba darme celos. Yo estaba enamorado. ¿Enamorado? Realmente

no sé si estaba enamorado, pero sí que pensaba en Dolorcitas a todas

horas, con una mezcla de angustia y de cólera.

Si ella hubiese hablado un día con un joven y otro día con otro sin

hacer caso de mí, quizá no me hubiera hecho efecto; pero veía que sus

coqueterías me las dedicaba expresamente con intención de mortificarme,

y esto me sublevaba.

En general, el amor es eso, sobre todo en las personas muy jóvenes, que

no tienen preocupaciones espirituales; un instinto más cercano a la

crueldad y al odio que al afecto tranquilo.

A veces, huyendo de la coquetería y de los desdenes mortificantes de

Dolorcitas, pretextaba una ocupación cualquiera y me marchaba de casa de

don Matías. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué saturación de fastidio! ¡Qué

amargura interior!

El sol brillaba en las calles desiertas, el cielo estaba azul, el mar,

tranquilo. ¿Qué hacer? El mundo entero me parecía inútil. El disgusto de

uno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otro

a gusto de uno, todo caía sobre mí con una pesadumbre de plomo.

En alguna ocasión que Dolorcitas vió en mí la decisión firme de

marcharme y no volver por su casa, se sintió de nuevo cariñosa conmigo.

Yo no me atrevía a reprocharle su coquetería claramente, pero sí le dije

varias veces que comprendía que no tuviera simpatía por mí, porque yo

era más tosco que ella, y ella me contestó que yo le _gutaba azí_. Le

gustaba así para mortificarme.

Las tardes del domingo solíamos ir a la Alameda de Apodaca, Dolorcitas y

alguna amiga suya; ellas muy elegantes, yo de marinerito.

Desde cerca de la Maestranza contemplábamos la bahía de Cádiz, tan azul;

allá lejos, Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseríos blancos;

luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta el

Puerto de Santa María, y en el fondo, los montes de Jerez y de

Grazalema, violáceos al anochecer, con una línea recortada y extraña en

el horizonte.

Veíamos la entrada de alguna fragata o de algún bergantín que venía con

el atoaje. Luego, al avanzar la tarde, nos dirigíamos a casa por la

muralla dando la vuelta a una punta que, si no recuerdo mal, se llama de

San Felipe.

Veíamos las baterías con sus cañones, avanzábamos por el adarve a mirar

por los huecos de las almenas. Tardábamos todo lo más posible en entrar

en casa. Al llegar a la Aduana comenzaba a obscurecer.

En las torres blancas de las casas próximas a la muralla quedaban aún

resplandores de sol. Echábamos una última mirada a la bahía.

El mar, como un lago azul, se rizaba apenas por el viento; en los barcos

comenzaban a brillar las luces, y en el puerto resplandecía una fila de

faroles; el cielo de otoño, un cielo azul y rosa, sin una nube, iba

obscureciendo. Las luces de San Fernando comenzaban a reflejarse en el

agua, y la esfera del reloj del Ayuntamiento de Cádiz se iluminaba y se

destacaba en el cielo pálido.

Muchas veces, desde aquel sitio de la muralla, oíamos las lentas

campanadas del _Ángelus._

Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta próxima y me marchaba

a San Fernando con el espíritu angustiado y lleno de una extraña

amargura.

[Ilustración]

IV

LA PALMERA Y EL PINO

Algunas veces he oído referirse a una poesía de un poeta alemán, creo

que de Enrique Heine, en donde un pino del Norte suspira por ser una

palmera del trópico.

Este símbolo podía representar la situación espiritual mía en aquella

época lejana en que estudiaba en San Fernando. Hoy, cosa extraña, no me

gusta nada el Mediodía, y tampoco me entusiasman las palmeras, que son,

indudablemente, decorativas, pero que tienen aspecto de algo artificial.

En el tiempo de que hablo era yo el pino que aspira a transformarse en

palmera. Hubiese querido hablar con abandono y ligereza, saber hacer

chistes y comparaciones y echármelas de Tenorio. Hasta se me ocurrió

abandonar el mar y hacerme comerciante, o por lo menos empleado.

Ya no pensaba en islas desiertas ni en hacer de Robinsón; mis ideales

eran otros. Quería transformarme en un andaluz flamenco, en un andaluz

agitanado. Entrar en una de esas tiendas de montañés a tomar pescado

frito y a beber vino blanco, ver cómo patea sobre una mesa una

muchachita pálida y expresiva, con ojeras moradas y piel de color de

lagarto; tener el gran placer de estar palmoteando una noche entera,

mientras un galafate del muelle canta una canción de la _maresita_

muerta y el _simenterio_; oír a un chatillo, con los tufos sobre las

orejas y el calañés hacia la nariz, rasgueando la guitarra; ver a un

hombre gordo contoneándose marcando el trasero y moviendo las nalguitas,

y hacer coro a la gente que grita: _¡Olé!_ y _¡Ay tu mare!_ y _¡Ezo él;_

ésas eran mis aspiraciones.

Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el

vocablo; me parece que una persona que ve en las palabras, no su

significado, sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; pero

entonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.

Entonces hubiera querido ser tan discreto, tan conceptuoso y tan

alambicado como todos mis conocimientos.

Leí las novelas de Fernán Caballero, que tenían mucha fama; no me

gustaron nada, pero me convencí de que me debían gustar. Las he vuelto a

leer después, y me han parecido una cosa bonita, pero mezquina. Me dan

la impresión de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentro

de él no se pueden estirar las piernas sin tropezar en algo.

Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la España del siglo

XIX por cultivar la mezquindad. En libros, en dramas y en toda clase de

escritos se ha exaltado con fruición la más estúpida y fría mezquindad,

como la única virtud del hombre.

En aquellos tiempos era demasiado tímido para pensar así, no porque no

lo creyese en el fondo, sino porque no tenía confianza en mí mismo para

afirmar mis ideas categóricamente.

El no saber vivir como los demás me producía una sorda cólera, una

indignación frenética.

Me sentía como una rueda de reloj suelta que no engrana con otra.

La verdad es que si la civilización era lo que creía don Matías Cepeda:

tener un almacén de cacao y de azúcar y otro almacén de chistes y de

frasecitas, yo no llevaba camino de civilizado.

A veces me daban ganas de dar un puntapié a aquella gente, que después

de todo no me servía para nada, y mandar a paseo a don Matías, a su

mujer, a la niña y a todos sus amigos y amigas.

Yo no comprendía que había en mí una exuberancia de vida, un deseo de

acción; no veía que alternaba con gente orgánica y moralmente

encanijada; que yo necesitaba hacer algo, gastar la energía, vivir.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 5 / 20 段