Nuestra inclinación aventurera, en la cual latía ya la inquietud atávica

del vasco, pudo aumentarse más oyendo las narraciones de Yurrumendi el

piloto, el viejo y fantástico Yurrumendi, amigo y contertulio de

Zelayeta padre.

Eustasio Yurrumendi había viajado mucho; pero era un hombre quimérico a

quien sus fantasías turbaban la cabeza. Todos tenemos un conjunto de

mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza

de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.

Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen

abultado, las manos grandísimas, siempre metidas en los bolsillos de los

pantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los

ataba.

Tenía una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortas

y los ojos pequeños y brillantes. Vestía muy limpio; en verano, unos

trajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempre

desteñidos; y en invierno, una chaqueta de paño negro, fuerte, que debía

de estar calafateada como una gabarra. Llevaba una gorra de punto con

una borla en medio. Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja;

fumaba mucho en pipa, andaba tambaleándose y llevaba un anillo de oro en

la oreja.

Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero;

navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisión por

sospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlántico le

conocía desde Islandia y las islas de Lofoden, hasta el Cabo de Buena

Esperanza y el de Hornos. Sabía lo que son las tempestades del Pacífico

y los tifones del mar de las Indias.

Yurrumendi había visto mucho; pero más que lo que había visto, le

gustaba contar lo que había imaginado.

A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.

Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques,

praderas, desiertos, montañas, volcanes, islas madrepóricas, barcos

sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de

aire.

A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.

[Ilustración]

--Algunas veces--decía--el mar se levanta como una pared, y en medio se

ve un agujero como si estuviera lleno de perlas. Hay quien dice que, si

se mete uno por ese agujero, se puede andar como por tierra.

--¿Y adónde lleva ese agujero?--preguntaba alguno con ansiedad.

--Eso no se puede decir aunque se sepa--contestaba seriamente

Yurrumendi--; pero hay quien asegura que dentro se ve una mujer.

--Alguna sirena--decía el padre de Zelayeta, con ironía.

--¡Quién sabe lo que será!--replicaba el viejo marino.

Siempre que Yurrumendi hablaba de sí mismo, lo hacía como si se tratara

de un extraño, en tercera persona. Así decía: Entonces Yurrumendi

comprendió.... Entonces Yurrumendi dijo tal cosa.

Parecía que sentía ciertas dudas sobre su personalidad.

Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria. Era el inventor más grande

de quimeras que he conocido. Según él, detrás del monte Izarra, un poco

más lejos de Frayburu, había en el mar una sima sin fondo. Muchas veces,

él echó el escandallo; pero nunca dió con arena ni con roca. Se le decía

que su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que,

aunque fuera de cien millas, no se encontraría el fondo.

Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él no

quería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y

sobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre,

entrando en ella, salía, si es que salía, como loco. Tales cosas se

presenciaban allí. Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales

y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los

ojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.

Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se

sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor

candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas

de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba:

_¿Onentzaro begui gorri

Nun arrapatu dec array hori?_

(¿Onentzaro, el de los ojos encarnados, dónde has cogido ese pez?)

Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar la

pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad:

_Bart arratzean amaiquetan

Zurriyolaco arroquetan._

(Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.)

No sé a punto fijo en qué categoría colocaba Yurrumendi a su gigante de

los ojos encarnados; pero creo que no le consideraba a la altura de la

_Egan suguia_, la gran serpiente alada del Izarra, con sus alas de

buitre, su cara siniestra de vieja y su aliento infeccioso.

Nos hablaba, también, Yurrumendi de esos pulpos gigantescos con sus

inmensos tentáculos, que pueden hacer naufragar una fragata; del mar de

los Sargazos, en donde se navega por tierra, por verdadera tierra, que

se abre para dejar pasar un buque; de los países donde nievan plumas; de

los delfines, que tienen esa extraña simpatía mal explicada por los

hombres; de las sentimentales ballenas, cuya desgracia es pensar que la

humanidad estima más su aceite que su melancólico corazón; de los mil

enanos jorobados y extravagantes de las costas de Noruega; de las

serpientes de mar que persiguen, aullando, a los barcos; de la araña del

Kraken, en el pino de Portland, en Inglaterra, y de ese monstruo

terrible del Maëlstrom, cuyas fauces sorben el mar y tragan las

imprudentes naves haciéndolas desaparecer en sus gigantescas entrañas.

También le daba mucha importancia a la _Curcushada_ (los cuernos de la

luna), que creía que tenía una gran relación con la vida de los hombres.

Otro de los motivos favoritos de Yurrumendi era la descripción de la

isla del Fuego, en donde él había estado alguna vez. En la cumbre de

esta montaña inaccesible arde un fuego intermitente que se enciende de

noche y se apaga de día.

Alguno pensaba que quizá se trataba de un volcán cuyas llamas no se

pueden ver a la luz del sol; pero Yurrumendi aseguraba que esta hoguera

la hacían todas las noches las almas de los marineros del célebre pirata

Kidd, que guardan allí un inmenso tesoro escondido.

Otra de las cosas más interesantes que algunos llegaban a ver en el mar,

según Yurrumendi, era un buque fantasma, tripulado por un capitán

holandés. Este perdido, borracho, blasfemador y cínico pirata, anda, con

un equipaje de canallas, haciendo fechorías por el mar. Si el maldito

holandés se acerca al barco de uno, el vino se agria; el agua se

enturbia; la carne se pudre. Si le envía a uno una carta, ya puede no

leerla, porque se vuelve loco inmediatamente, tales absurdos y mentiras

dice.

Yurrumendi contaba que sólo una vez había visto, a lo lejos, al maldito

holandés; pero, afortunadamente, no se le había acercado.

Otras veces, el viejo marino nos contaba una serie de crueldades

horribles: piratas que mandaban cortar la lengua o las manos a los que

caían en su poder; otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en

una jaula y con los ojos vaciados. Nos hacía temblar, pero le oíamos.

Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el niño, que goza

obscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie.

Casi siempre, al hablar de las piraterías y de las brutalidades de los

barcos negreros, Yurrumendi solía recordar una canción en vascuence.

--Esta canción--solía decir--la cantaba Gastibeltza, un piloto paisano

nuestro, de un barco negrero en donde yo estuve de grumete. Gastibeltza

solía cantarla cuando dábamos vuelta al cabrestante para levantar el

ancla, o cuando se izaba algún fardo.

--¿Cómo era la canción?--le decíamos nosotros, aunque la sabíamos de

memoria--. ¡Cántela usted!

Y él cantaba con su voz ronca de marino, formada por los fríos, las

nieblas, el alcohol y el humo de la pipa:

Ateraquiyoc

Emanaquiyoc

Aurreco orri

Elduaquiyoc

Orra! Orra!

Cinzaliyoc

Itsastarra oh! oh!

Balesaquiyoc.

Lo que quería decir en castellano: «Sácale! Dale! A ese de adelante,

agárrale. Ahí está, ahí esta, cuélgale, marinero, oh! oh! Puedes estar

satisfecho.»

Nadie cantaba esta canción como Yurrumendi; al oírla, yo me figuraba una

tripulación de piratas al abordaje, trepando por las escalas de un

barco, con el cuchillo entre los dientes.

Para Zelayeta y para mí, los relatos de Yurrumendi fueron una

revelación. Estábamos decididos; seríamos piratas, y después de

aventuras sin fin, de desvalijar navíos y bergantines, y burlarnos de

los cruceros ingleses; después de realizar el tesoro de viejas onzas

mejicanas y piedras preciosas, que tendríamos en una isla desierta,

volveríamos a Lúzaro a contar, como Yurrumendi, nuestras hazañas. Si por

si acaso teníamos loro, para que no nos denunciase, como contaba la

_Iñure,_ le ataríamos una piedra al cuello y lo tiraríamos al mar.

Zelayeta hizo el plano de la casa que construiríamos fuera del pueblo,

en un alto, cuando volviéramos a Lúzaro.

En aquella época, Yurrumendi era nuestro modelo; solíamos andar, como

él, balanceándonos con las piernas dobladas y los puños cerrados, y

fumábamos en pipa, aunque yo, por mi parte, a los dos chupadas no podía

con el mareo.

Cuando nuestro amigo, el viejo lobo de mar, estaba más alegre que de

ordinario, contaba cuentos. Sus cuentos no se diferenciaban gran cosa de

las historias que él tenía por verdaderas.

Pero entre ellos había uno a quien él daba infinitas variantes.

[Ilustración]

El asunto se reducía a un marinero, buena persona, aunque un poco

borracho, que se encontraba con un viejo mendigo zarrapastroso y sucio.

El mendigo pedía, humildemente, un ligero favor, el marinero se lo

hacía, y el viejo resultaba nada menos que San Pedro, que en

agradecimiento concedía al marinero un don.

Este don variaba en los diferentes cuentos: en unos era una bolsa, de

donde salía todo lo que se deseaba con decir unas cuantas frases

sacramentales; en otros, una semilla maravillosa que plantada se

convertía en poco tiempo en un árbol, de tal naturaleza, que daba madera

para diez o doce fragatas y otros tantos bergantines, y todavía sobraba.

Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios,

documentar sus narraciones con una exactitud matemática, y así decía:

«Una vez, en Liverpool, en la taberna del Dragón Rojo....» O si no: «Nos

encontrábamos en el Atlántico, a la altura de Cabo Verde....»

Cuando se trataba de un barco, siempre tenía que explicar con detalles

la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.

Últimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la

_Curcushada_, en combinación con la vejez y con el alcohol, le

trastornaron un poco. Yo, que, de muchacho, tenía cierto ascendiente

sobre él, intentaba convencerle de que debía tomar aquel mundo

fantástico como real, si quería, pero sin darle demasiada importancia.

El solía replicarme, de una manera solemne:

--Shanti, tú sabes más que nosotros, porque has estudiado; pero otros de

más edad y de más saber que yo han visto estas cosas.

--Es verdad--decía algún viejo amigo suyo.

¡Pobre Yurrumendi! Daría cualquier cosa por verle en la tienda de poleas

de Zelayeta o en el Guezurrechape de Cay luce, contando sus cuentos;

pero los años no pasan en balde, y hace ya mucho tiempo que Yurrumendi

duerme el sueño eterno en el Camposanto de Lúzaro.

X

LAS INDIGNACIONES DE SHACU

Recalde, Zelayeta y yo ingresamos en la Escuela de Náutica. Hubiéramos

preferido ir, como los chicos del muelle, a pescar con algún viejo

marinero: pero no podíamos. Eramos víctimas de nuestra posición elevada.

Si queríamos ser marinos de altura, teníamos que estudiar, y, para

nosotros, el ser pilotos de derrota constituía una gran superioridad.

Afortunadamente, después del curso con don Gregorio Azurmendi, que nos

explicaba matemáticas vestido de frac y corbata blanca, llegaron las

vacaciones de verano. Yo no podía hacer grandes escapadas, porque estaba

vigilado; pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con un

pescador, fuera de las puntas. Mi madre se alarmaba tanto, que me

quitaba todos los alientos.

--No se qué vas a hacer cuando me embarque--le decía.

--Entonces, ya veremos.

Como tenía tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayeta

y yo comprar un barco de juguete para ver cómo se hacían las maniobras,

y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro constructor de

aquella clase de barquitos. Los chicos le considerábamos a Caracas como

un ingeniero naval admirable, y pensábamos que lo mismo que un modelo

haría una fragata.

Caracas tenía su tienda en la punta del muelle; un agujero negro,

socavado en la muralla, donde vendía alquitrán, sebo, barricas, clavos,

maderas embreadas, redes y anzuelos de todas clases. Adornaba el fondo

de esta covacha un gran mascarón de proa, pintado y dorado, de algún

barco antiguo.

Caracas, además de comerciante, era carpintero; de tarde en tarde tenía

que hacer algún modelo de barco de vela, para colgarlo en la iglesia de

un pueblo próximo, y, cuando estaba concluído y pintado, los pescadores

amigos desfilaban por el rincón aquel, para ver la obra maestra. También

hacía modelos para algunos marinos como ex voto. Sabido es que el llevar

un modelo a una ermita es una forma de aplacar a la divinidad.

El hermano de Caracas había sido hasta su muerte uno de los hombres más

trapisondistas del pueblo; algunos aseguraban que había dejado más de

media docena de viudas en diferentes puntos de España y de América, y

una porción de herencias fabulosas en su testamento, herencias que no

existían más que en su acalorada imaginación.

En la cueva de Caracas solían estar a todas horas, de tertulia, un

borracho, que se llamaba Joshepe Tiñacu, y un tipo mediotonto, de blusa

azul y de gorro rojo, que vigilaba las lanchas, apodado Shacu.

Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes, al ir

a ver cuándo concluía Caracas nuestro barco.

Joshepe Tiñacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasan

la vida en el puerto con las manos en los bolsillos. Muy de tarde en

tarde se embarcaba y volvía pronto a Lúzaro. Continuamente andaba de

taberna en taberna y de sidrería en sidrería. Cuando estaba borracho

hacía tales dibujos por las calles, que, como decía Yurrumendi, sólo por

verle marchar trompicando, se le podía convidar a vino.

Al llegar Joshepe Tiñacu a casa, se paraba, y, con voz suave e

insinuante, solía decir a su mujer:

--Anthoni, saca el disco.

La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho, entonces,

entraba en su casa.

Cuando Caracas concluyó nuestro barco, fuimos, Zelayeta y yo, a la rampa

del muelle, lo pusimos en el agua, y el barco, como si estuviera

cansado, se tendió suavemente y se le mojaron las velas.

Por más arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote el

barco construído por Caracas. Como decorativo, lo era; para aparecer

colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien; pero no andaba en

el agua.

Así son muchas de nuestras cosas.

Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a

prestarnos una chanela de Zapiain, el relojero y corredor de comercio.

Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el _Cachalote_.

Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento;

pero luego le cogíamos la lancha sin decirle nada. Mientras veía que

entrábamos en el bote, hacía como que no se fijaba; pero cuando

pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se

ponía a gritar con todas sus fuerzas:

--¡Dejad esa lancha, granujas!

Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecido

gritaba:

--¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.

Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía:

--Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!

Y a él le entraba tal desesperación, que pateaba, tiraba el gorro rojo

al suelo, y casi comenzaba a llorar de rabia.

Con el _Cachalote_ no andábamos más que por el puerto y por la ría; no

nos atrevíamos a cruzar la barra en una lancha tan ligera, porque una

ola un poco más fuerte podía tumbarla.

Si el puerto no tenía nada que ver, en cambio la ría era muy bonita. Una

de las orillas la formaba un arenal fangoso, en donde estaba el

astillero de Shempelar. En la marea baja, en este arenal se pescaban

anguilas, y constantemente había una serie de barcas negras, en hilera.

La otra orilla era agreste, rocosa; mostraba entre las peñas y

matorrales cuevas en donde, según la tradición popular se guardaban

armas cuando la guerra de la Independencia. Nosotros, Zelayeta, Recalde

y yo, encontramos en una un gran cañón de bronce; pero hicimos los tres

juramento de no comunicar a nadie nuestro hallazgo.

Un poco más lejos, antes de la primera presa, había poéticos rincones

llenos de espadañas y de saúcos, y una pequeña gruta por donde brotaba

un manantial.

Al volver de nuestras expediciones, a Shacu se le había pasado la

rabieta. Únicamente alguna vez nos recomendó, en tono de malhumor, que

no volviéramos a coger el _Cachalote_. Al domingo siguiente se lo

volvíamos a robar.

Un día nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos el

miedo y entrábamos y salíamos del puerto con el _Cachalote_, aunque

hubiera mucho oleaje.

[Ilustración]

[Ilustración]

XI

EL NAUFRAGIO DEL «STELLA MARIS»

Una mañana de otoño, tendría yo entonces catorce o quince años, vino

Recalde, antes de entrar en clase en la Escuela de Náutica, y nos llamó

a Zelayeta y a mí.

Una goleta acababa de encallar detrás del monte Izarra, cerca de las

rocas de Frayburu.

Recalde el Bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrón,

llamado Zurbelcha, habían salido en una trincadura para recoger a los

náufragos. Decidimos, Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase, y,

corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre.

Hacía un tiempo obscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratada

se destacaba en el horizonte; el viento soplaba con furia, llevando en

sus ráfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban rápidamente

por el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olas

batían allí abajo haciendo estremecerse el monte. La niebla iba

ocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida claridad

que parecía irradiar de las aguas.

Contemplábamos atentos el telón gris de la bruma. De pronto, tras de un

golpe furioso de viento, salió el sol, iluminando con una luz cadavérica

el mar lleno de espuma y de color de barro.

Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que

intentaba acercarse a la goleta encallada.

--¿Es tu padre el que va de patrón?--le pregunté yo a Recalde.

--No, es Zurbelcha--me dijo él.

Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba el

remo que hacía de timón, era el práctico que conocía mejor la costa y

los arrecifes.

Un movimiento a destiempo, y la lancha se estrellaría entre las rocas.

Zurbelcha tenía los nervios de acero, y una precisión de algo

matemático. Los remos se hundían y se levantaban rítmicamente; a veces

los remeros daban una pasada para atrás, con el objeto de no avanzar,

sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espuma

ocultaban, durante algún tiempo, a aquellos valientes.

En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban y

gritaban. El viento nos trajo sus voces.

La lancha se fué acercando al costado de la goleta, estuvo sólo un

momento junto a ella, y se desasió violentamente del casco del buque

perdido y se hundió entre las espumas. Los dos hombres y la mujer

desaparecieron de la cubierta.

Creímos que la trincadura había desaparecido en el mar. Esperamos con

ansiedad, registrando el horizonte con la mirada. Allá estaban; los

vimos entre la niebla. Zurbelcha seguía inclinado sobre su remo y la

lancha avanzaba hacia el puerto.

Quedaba otra dificultud: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yo

llegamos a la punta del muelle en este momento. El atalayero, desde las

rocas, fué dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha

pasó sin dificultad.

Poco después los náufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres,

uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra; el otro,

pequeño y moreno. La mujer llevaba un niño en brazos.

Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendió con ellos. Eran

bretones, no hablaban más que su idioma y algo de francés.

La goleta se llamaba _Stella Maris_, y era de la matrícula de Quimper.

No pudieron explicar lo que había pasado con los demás marineros. Sin

duda la tripulación del barco, dándose cuenta del peligro antes que el

capitán, se apoderó del bote, que chocó con algún arrecife y se fué a

pique.

Días después, pasado el temporal, se intentó sacar de los escollos al

_Stella Maris;_ pero fué imposible. La quilla estaba hincada entre los

peñascos de Frayburu, y no hubo manera de arrancarla de allí y de poner

el barco a flote.

Los prácticos desistieron de la empresa, y aconsejaron al capitán bretón

que aprovechara la carga y abandonara lo demás.

Así se hizo; cuando mejoró el tiempo unos cuantos hombres descargaron el

barco y lo desmantelaron. Quince días después, el cabo de miqueletes del

puerto de la carretera de Elguea participó al comandante de Lúzaro que

en la peña llamada _Leizazpicua_ encontraron el cadáver de un hombre de

unos cuarenta años de edad, arrojado por las olas.

Vestía el cadáver, traje de marinero, compuesto de elástica de lana de

punto y pantalón y chaleco con botones amarillos. Aparecía calzado sólo

en el pie derecho; le faltaba la mano del mismo lado y tenía el rostro

carcomido. Sentí verlo, porque después, durante mucho tiempo, se me

venía su imagen a la memoria.

XII

NUESTRA GRAN AVENTURA

Cuando vi que el _Stella Maris_ quedaba abandonado, se me ocurrió el

proyecto de ir hasta él y reconocerlo. Tenía la ilusión de que, por una

casualidad, pudiese quedar a flote. Al exponer mi plan a Zelayeta y a

Recalde les produjo a los dos entusiasmo y asombro.

Decidimos esperar a que cesaran las lluvias; tuvimos que aguardar todo

el invierno. Las fantasías que edificamos sobre el _Stella Maris_ no

tenían fin, lo pondríamos a flote, llevaríamos a bordo el cañón

enterrado en la cueva próxima al río, y nos alejaríamos de Lúzaro

disparando cañonazos.

Un día de marzo, sábado por la tarde, de buen tiempo, fijamos para el

domingo siguiente nuestra expedición.

Yo advertí por la noche a mi madre que íbamos los amigos a Elguea, y que

no volveríamos hasta la noche.

El domingo, al amanecer, me levanté de la cama, me vestí y me dirigí de

prisa hacia el pueblo. Recalde y Zelayeta me esperaban en el muelle.

Zelayeta dijo que quizá fuera mejor dejar la expedición para otro día,

porque el cielo estaba obscuro y la mar algo picada; pero Recalde afirmó

que aclararía.

Ya decididos, compramos queso, pan y una botella de vino en el

_Guezurrechape_ del muelle; bajamos al rincón de _Cay erdi_ donde

guardaba sus lanchas Shacu; desatamos el _Cachalote_ y nos lanzamos al

mar. Llevábamos un ancla pequeña de cuatro uñas, atada a una cuerda, y

un achicador consistente en una pala de madera para sacar agua.

Iríamos dos remando y uno en el timón, y nos reemplazaríamos para

descansar. Salimos del puerto; el horizonte se presentaba nublado, con

algunos agujeros, en cuyo fondo brillaba el azul del cielo; pasamos la

barra en nuestro _Cachalote_, que bailaba sobre las olas como un

cetáceo jovial, y comenzamos a doblar el Izarra a larga distancia de los

arrecifes.

Yo me acordaba de las fantasías de Yurrumendi acerca de la sima que hay

en aquel sitio en el mar, y me veía bajando al insondable abismo con una

velocidad de veinticinco millas por minuto.

A pesar de las seguridades de Recalde, el cielo no aclaraba; por el

contrario, iba quedando más turbio, más gris; había pocas traineras y

lanchas de pesca fuera del puerto.

El viento soplaba con fuerza, en ráfagas violentas; las olas batían las

rocas del Izarra produciendo un estruendo espantoso y llenándolas de

espuma.

Pasamos por delante de Frayburu, la peña grande, negra, la hermana mayor

de las rocas del Izarra, que desde el mar parece un torreón en ruinas.

Comenzamos a acercarnos al _Stella Maris_. El aspecto de la goleta con

los mástiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en el

corazón, era triste, lastimoso.

Las inquietudes de Shanti Andia · 第 3 / 20 段