PRÓLOGO

Hay quien cree, y pudiera ser con fundamento, que esta obra es una

lamentable, lamentabilísima equivocación de su autor.

El capricho ó la impaciencia, tan mal consejero el uno como la otra,

han debido de dictarle esta novela ó lo que fuere, pues no nos

atrevemos á clasificarla. No se sabe bien qué es lo que en ella se

ha propuesto el autor y tal es la raíz de los más de sus defectos.

Diríase que perturbado tal vez por malas lecturas y obsesionado por

ciertos deseos poco meditados, se ha propuesto ser extravagante á toda

costa, decir cosas raras, y lo que es aún peor, desahogar bilis y malos

humores. Late en el fondo de esta obra, en efecto, cierto espíritu

agresivo y descontentadizo.

Es la presente novela una mezcla absurda de bufonadas, chocarrerías

y disparates, con alguna que otra delicadeza anegada en un flujo de

conceptismo. Diríase que el autor, no atreviéndose á expresar por

propia cuenta ciertos desatinos, adopta el cómodo artificio de ponerlos

en boca de personajes grotescos y absurdos, soltando así en broma lo

que acaso piensa en serio. Es, de todos modos, un procedimiento nada

recomendable, aunque muy socorrido.

A muchos parecerá esta novela un ataque, no á las ridiculeces á que

lleva la ciencia mal entendida y la manía pedagógica sacada de su justo

punto, sino un ataque á la ciencia y á la pedagogía mismas, y preciso

es confesar que si no ha sido tal la intención del autor--pues nos

resistimos á creerlo en un hombre de ciencia y pedagogo--nada ha hecho

por lo menos para mostrárnoslo.

Parece fatalmente arrastrado por el funesto prurito de perturbar al

lector más que de divertirle y sobre todo de burlarse de los que no

comprenden la burla. No sabemos bien por qué un hombre serio en su

conducta, que ocupa una posición y que ni hace ni dice nada que se

salga de los términos corrientes y ordinarios, padece de una morbosa

manía contra las personas graves y aborrece tanto á los que no se salen

nunca de su papel y adoptan siempre un continente severo. Acostumbra

decir que todo hombre grave es por debajo tonto de capirote, y no tiene

razón en esto.

Esta su manía de atribuir más á tontería que á maldad las mezquindades

humanas acusa una cualidad de que debe curarse. Parece imposible que

un hombre que lee, según nuestros informes, con alguna asiduidad los

Evangelios no haya meditado más en el versillo 22 del capítulo V del

Evangelio de San Mateo.

Mas repetimos que el defecto más grave que á esta obra puede

señalársele es que no se sabe á punto fijo qué es lo que en ella se

propone su autor, pues nos resistimos á creer que no se proponga más

que hacer reir á unos y escandalizar á otros.

Perjudícale en gran manera la aversión que al dictado de sabio tiene

y el empeño ridículo que pone en que no se lo apliquen. No acertamos

á explicarnos por qué le molesta tanto ese tan honroso nombre, como

no acertamos á explicarnos el que escribiendo con tanta frecuencia y

siendo profesor de literatura griega ponga tanto cuidado en no escribir

nunca de semejante literatura. ¿Será que la conoce mal y teme mostrar

su flaqueza en aquello de que oficialmente es maestro? No sabremos

decirlo.

Otra manía tiene que le daña también mucho, y es la manía contra la

literatura española. Tan mal la conoce ó con tal suma de prejuicios la

estudia--si es que la estudia--que suele decir que es la literatura

española el más claro espejo de la vulgaridad y la ramplonería y

que el espíritu que en ella se refleja es un espíritu ahito del más

embrutecedor sentido común. Y á la vez que siente aversión hacia la

literatura española siéntela, y no menor, hacia la francesa, y cuando

el espíritu de una y otra se fusionan, surge algo que para él se

simboliza en Moratín. Cuando de Moratín habla--le hemos oído hablar

de él varias veces--pierde los estribos y no reconoce mesura alguna.

«Moratín es un abismo de vulgaridad y de insignificancia--le hemos oído

decir,--sus obras son el más insípido manjar que puede darse; ni tiene

sentimiento, ni imaginación, ni inteligencia; es frío, no ha ideado ni

una sola metáfora nueva, no piensa más que con el pensamiento de todo

el mundo; es sencillamente un caso de imbecilidad por sentido común.»

No sabemos que haya escritor á quien aborrezca más que á éste no siendo

á Jenofonte. ¿Qué le habrá hecho Jenofonte?

Sí, esta es la cuestión: ¿qué le habrá hecho Jenofonte? Y puede

ampliarse preguntando qué le habrán hecho Moratín y qué la literatura

española y la francesa, y hasta el mismo espíritu español qué es lo

que le habrá hecho. Porque lo primero que de un escritor debe exigirse

es que tenga respeto á su público y le trate lealmente, y la verdad, á

las veces se exterioriza de tal modo en sus escritos el autor de esta

novela, que nos parece no llega su respeto al público que le lee al

punto que debiera llegar, y esto es imperdonable. El público tiene

ante todos los demás y sobre todos los demás el indisputable derecho

de saber cuándo se le habla en broma y cuándo en serio, si bien es

cierto que le divierte el que se le hable con cierta seriedad fingida

ó con cierta fingida broma, según los casos. Ocasiones hay en que un

lector suspicaz pudiera creer que no se propone nuestro autor otra cosa

sino que sus lectores digan: «Esto ya pasa de la raya... este hombre

quiere tomarnos el pelo.» Y tal propósito, si le hubiere, es en verdad

intolerable.

Todas estas y otras aberraciones de su espíritu, que por no recargar

este juicio pasamos en silencio, le han llevado al señor Unamuno á

producir una obra como esta, que es, lo repetimos, una lamentable,

lamentabilísima equivocación.

Obsérvese en primer lugar que los caracteres están desdibujados, que

son muñecos que el autor pasea por el escenario mientras él habla. El

don Avito nos hace sufrir una decepción, pues cuando todo hace suponer

que impondrá un severo régimen pedagógico á su hijo, nos encontramos

con que es un pobre imbécil que le tupe de cosas de libros, pero

dejándole hacer, y que se entrega al don Fulgencio, sin advertir las

mixtificaciones de éste. De Marina más vale no hablar; el autor no sabe

hacer mujeres, no lo ha sabido nunca.

De buena gana nos detendríamos en analizar al don Fulgencio, que es

acaso la clave de la novela, pero el autor mismo nos lo ha descubierto,

descubriendo á la par otras cosas que mejor estarían ocultas, cuando en

la última entrevista que el grotesco filósofo tiene con Apolodoro le

habla del erostratismo.

Poco hemos de decir del estilo. No más sino que peca de seco y á las

veces de descuidado, y que eso de escribir el relato en presente

siempre no pasa de ser un artificio que afortunadamente no tendrá

éxito. Lo que sí hemos de hacer notar es que después de las prédicas

del autor por esas revistas y periódicos en pro de la reforma ó

revolución de la lengua castellana, escribe ésta lo más llana y

lisamente posible, y si no la hace más castiza es porque no puede.

En el fondo hay que reconocer que no tiene el sentido de la lengua,

efecto sin duda de lo escaso y turbio que es su sentido estético.

Diríase que considera á la lengua como un mero instrumento, sin otro

valor propio que el de su utilidad, y que como el personaje de esta

su novela, echa de menos la expresión algébrica. Vese su preocupación

por dar á cada vocablo un sentido bien determinado y concreto, huyendo

de toda sinonimia, de hacer una lengua precisa, suene como sonare.

Realmente hay que hacerle la justicia de reconocer que cuando resulta

oscuro no es por defecto de expresión ni de lenguaje, sino por cierto

retorcimiento conceptista y por un vituperable empeño de decir cosas

que se salgan de lo vulgar.

* * * * *

A pesar de todo lo que acabamos de decir, parécenos que es esta una

obra digna de detenida atención y que hay en ella elementos y partes

que la hacen recomendable. Y no precisamente por lo que el autor ha

querido poner en ella, sino por lo que á pesar suyo no ha podido dejar

de poner. Es casi seguro que lo valioso de esta novela es lo que en

ella tiene por poco menos que desdeñable su autor, siendo en cambio

de lamentar la inclusión de todo aquello otro en que parece haberse

esmerado más éste.

Antójasenos que por debajo de todas las bufonadas y chocarrerías, no

siempre del mejor gusto, se delata el culto que, mal que le pese,

rinde á la ciencia y á la pedagogía el autor de esta obra. Si de tal

modo se revuelve contra el intelectualismo es porque le padece como

pocos españoles puedan padecerlo. Llegamos á sospechar que empeñado en

corregirse se burla de sí mismo.

Mas es este un terreno delicadísimo y en él no queremos entrar.

* * * * *

Antes de terminar este prólogo, cúmplenos hacer una manifestación,

para satisfacer con ella un deseo del autor. Cuando éste se dispuso á

dar al público su obra, á pesar de los consejos que de ello pretendían

disuadirle, preocupóse ante todo del tamaño y forma que había de dar al

libro, pues nos manifiesta que da gran importancia á este punto.

Dice, en efecto, que hallándose el verano pasado en Bilbao, su pueblo

nativo, y en una librería donde tiene consignados ejemplares de su

novela _Paz en la Guerra_ y de sus _Tres Ensayos_, le manifestó el

librero que cuando volviese á publicar otro libro se cuidara mucho

de su volumen y condiciones materiales, procurando que, á poder ser,

tengan sus obras todas un mismo tamaño. A cuyo respecto le contó el

librero lo que con uno de sus clientes le había ocurrido.

Fué el caso que un sujeto le había pedido en varias ocasiones las obras

completas de Galdós, Pereda, Valera, Palacio Valdés y otros escritores

de fama y éxito, y se las había servido. Pidióle luego las de Picón, y

cuando llegaron éstas torció el cliente el gesto y les puso mala cara

porque no eran todas de un mismo volumen, sino unas más largas y otras

más anchas.

--¿Y cómo voy á encuadernar como «Obras completas de D. Jacinto Octavio

Picón» si presentan tanta diversidad de tamaños?

El librero, como se trataba de un buen cliente, se ofreció en su

obsequio á quedarse con ellas, y así se acordó, no llevándose el

cliente más que dos ó tres, las que más le interesaban, ó sean las

iguales en tamaño y forma. Y comentando luego el sucedido, decía el

librero al señor Unamuno que procurara que sus libros todos fueran

uniformes, pues así los vendería mejor.

Porque es indudable que hay quienes compran los libros para leerlos,

y son los menos, y hay quienes los compran para formar con ellos

biblioteca, y son los más. Y en una biblioteca está feo que los

libros de un autor, que han de aparecer juntos, no puedan alinearse

en perfecta formación y sin ningún saliente, ni hacia arriba ni hacia

adelante.

Mas como por ahora no publica el señor Unamuno más que para lectores

y no para bibliófilos, parécennos de poca importancia sus escrúpulos,

y que debe dejar esas importantes consideraciones para cuando dé á

la estampa su colección de «Obras completas», que nos complacemos en

creer no ha de tardar mucho en hacerlo. Entonces publicará para las

bibliotecas; por ahora debe contentarse con publicar para los lectores.

El mismo autor está conforme con estas consideraciones y le es

indiferente, por ahora, el tamaño y demás condiciones materiales en

que ha de aparecer su libro. Tal vez influya en esto, como en su

estilo, cierto desdén, no bien justificado sin duda, hacia las formas

exteriores.

* * * * *

Hechas tales manifestaciones, invitamos al lector á que entre en la

lectura de una obra de la que ha de sacar algún deleite y creemos que

también algún provecho.

I

Hipótesis más ó menos plausibles, pero nada más que hipótesis al cabo,

es todo lo que se nos ofrece respecto al cómo, cuándo, dónde, por qué

y para qué ha nacido Avito Carrascal. Hombre del porvenir, jamás habla

de su pasado, y pues él no lo hace de propia cuenta, respetaremos su

secreto. Sus razones tendrá cuando así lo ha olvidado.

Preséntasenos en el escenario de nuestra historia como joven entusiasta

de todo progreso y enamorado de la sociología. Vive en casa de

huéspedes, ayudando con sus sabias disertaciones de sobremesa, y aun de

entre platos, la digestión de sus compañeros de alojamiento.

Vive Carrascal de sus rentas y ha llevado á cima, á la chita callando,

sin que nadie de ello se percate, un hercúleo trabajo, cual es el de

enderezar con la reflexión todo instinto y hacer que sea en él todo

científico. Anda por mecánica, digiere por química y se hace cortar el

traje por geometría proyectiva. Es lo que él dice á menudo: «sólo la

ciencia es maestra de la vida» y piensa luego: «¿no es la vida maestra

de la ciencia?»

Mas su fuerte está en la pedagogía sociológica:

--Será la flor de nuestro siglo--dice de sobremesa, mientras casca unas

nueces, á Sinforiano, su admirador;--nadie sabe lo que con ella podrá

hacerse...

--Hay quien cree que llegará á hacerse hombres en retorta, por síntesis

químico-orgánica--se atreve á insinuar Sinforiano, que está matriculado

en ciencias naturales.

--No digo que no, porque el hombre que ha hecho los dioses á su imagen

y semejanza, es capaz de todo; pero lo indudable es que llegará á

hacerse genios mediante la pedagogía sociológica, y el día en que todos

los hombres sean genios...--engúllese una nuez.

--¡Pero qué teorías, don Avito!--prorrumpe, sin poder contenerse, el

matriculado en ciencias naturales.

--¿Usted sabe, Sinforiano amigo, cómo hacen su reina las abejas?

--No, todavía no hemos llegado á eso...

--Entonces no sé si debo... porque el método...

--¡Oh, sí, sí, don Avito, sí! ¡qué teorías! ¡qué teorías!

--Pues es el caso que cogen un huevecillo cualquiera de hembra, uno

cualquiera, uno como los demás, fíjese bien en esto, Sinforiano, un

vulgar huevecillo de hembra, y mediante un trato especial y régimen de

distinción, alimentando á la larva con _pasta real_ ó regia, mediante

una acertada pedagogía abejil, ó, si hemos de hablar técnicamente,

melisagogía, sacan de él la reina...

--¡Qué teorías! ¡oh, qué teorías!

--No, amigo Sinforiano, no; son hechos. Y lo que hacen las abejas con

sus larvas, ¿por qué no hemos de hacer con nuestros hijos los hombres?

Tómese un niño, un niño cualquiera, con tal que sea niño y no niña...

--Me permite usted, don Avito--y ante el silencio del teorizante,

prosigue Sinforiano:--¿por qué ha de ser precisamente niño?

--¿Y por qué ha de salir la reina precisamente de hembra? En la especie

humana el genio ha de ser por fuerza masculino.

--¡Qué teorías!

--Tómese un niño cualquiera, digo, tómesele desde su estado

embrionario, aplíquesele la pedagogía sociológica y saldrá un genio. El

genio se hace, diga el refrán lo que quiera; sí, se hace... se hace...

y ¿qué no se hace? Y lo demostraré...

Y ante el silencio de Sinforiano, que mira y calla, añade Carrascal

rompiendo una nuez:

--¿Que cómo lo demostraré? ¿Cómo? ¡Pues... con hechos!

--¡Oh, los hechos!--suspira Sinforiano.

--¡Los hechos...!--repercute Carrascal, y quedan ambos mirando á la

patrona, que pasa con un flan para el Delegado, que come aparte, en su

cuarto.

--¿Están buenas las nueces?--les pregunta doña Tomasa.

--El hecho es que las más de ellas están huecas--contesta Carrascal.

--No puede ser, don Avito, porque son recientes y de veinticuatro

perras celemín...

--No puede ser, señora doña Tomasa, ¡pero es!--responde con energía

Carrascal.

Y así que ha despejado el campo doña Tomasa, yéndose envuelta en su

prosaico vaho de cocina, Avito continúa:

--Con hechos, sí, amigo Sinforiano, ¡con hechos!

--¡Oh, los hechos!

--Tiempo hace que maduro un vasto plan para llevar á la práctica mis

teorías, aplicando mi pedagogía sociológica _in tabula rasa_...

--¿Se va á hacer maestro?

--Algo más hondo.

--¿Más hondo?

--¡Más hondo, sí, voy á hacerme padre!

«¿Se hace uno padre ó le hacen tal?» piensa el matriculado en ciencias

naturales, traduciéndolo en esta frase:

--Qué teorías, don Avito, ¡oh, qué teorías!

Y se levantan de la mesa, para madurar su plan el uno, para estudiar el

otro la lección del día siguiente. Porque Sinforiano, como buen chico

que es, se lleva siempre una lección por delante y unas cuantas por

detrás.

Medita, en efecto, Carrascal buscar mujer á él y á su obra adecuada,

y con ella casarse para tener de ella un hijo en quien implantar

su sistema de pedagogía sociológica y hacerle genio. Por amor á la

pedagogía va á casarse deductivamente.

Porque es de saber, antes de proseguir nuestro relato, que los

matrimonios pueden ser inductivos ó deductivos. Ocurre, en efecto, con

harta frecuencia, que rodando por el mundo se encuentra el hombre con

un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las

cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le

meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no

halla mejor medio de salir á flote que no sea haciendo suyo el garboso

cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que le tiene.

He aquí un matrimonio inductivo. En otros casos acontece que al llegar

á cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le

falta, y sintiendo que no está bien que esté el hombre solo, se echa á

buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por

sensación de carencia se le revela. Busca mujer entonces y con ella se

casa en matrimonio deductivo. Todo lo cual equivale á decir que, ó ya

precede la novia á la idea de casarse, conduciéndonos aquélla á ésta, ó

ya el propósito del casorio nos lleva á la novia. Y el matrimonio del

futuro padre del genio tiene que ser, ¡claro está!, deductivo.

Y como un hombre moderno, por mucho que en la pedagogía sociológica

crea, no puede dejar de creer en la ley de la herencia, cavila noche

y día Avito acerca del temperamento, idiosincrasia y carácter que su

colaboradora ha de tener. Porque eso de que el huevecillo del futuro

genio haya de ser un huevecillo como los demás, está bien en teoría,

como postulado y punto de arranque de nuestra pedagogía, para los

matriculados en ciencias, pero... ¿hemos de despreciar el instinto? A

buscar, pues, novia.

Sentado ante su mesa, bien arrebujadas las piernas en una manta que

imita una piel, y en largas horas de meditación fecunda, ha trazado

Avito en unas cuantas cuartillas los caracteres antropológicos,

fisiológicos, psíquicos y sociológicos que la futura madre del futuro

genio ha de tener. Y tales caracteres en ninguna encarnan mejor que en

Leoncia Carbajosa, sólida muchacha dólico-rubia, de color sano, amplias

caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo, buen apetito

y mejores fuerzas digestivas, instrucción variada, pensar libre de

nieblas místicas, voz de contralto y regular dote. Avito ha puesto sus

ojos en los de ella, por si éstos le dicen algo; pero Leoncia, á fuer

de futura madre de genio futuro, no responde más que con la boca, y eso

cuando se la pregunta.

Decidido á la conquista de Leoncia, pónese Avito á redactar con tiento

y medida eso que se llama carta de declaración. La cual no cabe

sea, ¡naturalmente! centón de esas encendidas frases que el amoroso

instinto dicta, sino reposados argumentos que de la científica teoría

del matrimonio derivan. Y del matrimonio mirado á luz sociológica.

Doce horas, en seis noches consecutivas, le cuesta el documento. Y no

es la cosa para menos, porque cuando al rodar de los años se estudie

al genio obtenido por pedagogía, pieza de escogido estudio habrá de

ser, sin duda, la _Carta Magna_ que de preludio le sirve. Escríbela,

por lo tanto, Avito para la posteridad, á través de Leoncia, la

dólico-rubia de anchas caderas. Es todo un informe amoroso; allí, con

la precisa hoja de parra, las ineludibles necesidades orgánicas, allí

psicología del amor sexual al alcance de las Leoncias Carbajosas y

de la posteridad á que resumen, con el genio de la especie y demás

metafísicas, allí la ley de Malthus, allí la tendencia sociológica á

la monogamia, y allí, en fin, el problema de la prole. Cuajado todo

ello en un sutil tejido en que se le suelta á la imaginación su parte,

haciéndole ver, cual tentador señuelo, allá, en gloriosa lontananza,

al espléndido genio. Lee y relee el expediente, corrigiéndolo á

cada lectura, se lo recita tomándose de posteridad, y cuando lo ha

visto bueno saca de él copia y se guarda la pieza original esperando

coyuntura propicia de que á la interesada se le traslade. Quiere antes

prepararla para que sea menos brusca la emoción que le cause y el

efecto útil mayor.

Dirígese Avito á casa de Leoncia á iniciar el advenimiento del genio.

* * * * *

--No hagas caso, Leoncia, esas son cosas de mi hermano, y á un hombre

que como mi hermano tiene cosas, se le oye como quien oye llover...

--Es que como empiezo á padecer de reuma, me gusta poco el oir llover...

--¡Don Avito Carrascal!--anuncia la criada en este punto.

--¿Le conoces?--pregunta Leoncia á Marina.

--De oídas tan sólo...

--Pues merece que te le presente.

Y así que al entrar don Avito ha saludado á Leoncia, ésta:

--Avito Carrascal, mi buen amigo... Marina del Valle, mi casi hermana...

--¿Del Valle?--mormojea Avito mientras acariciando en el bolsillo el

amoroso informe, se dice: «¿pero qué es esto? ¿qué es esto que me pasa?

¿qué me pasa? ¿dónde he tratado yo mucho á esta muchacha? ¡pero si no

la he visto hasta hoy! ¿qué es esto?»

--¡Hermoso día!--exclama Leoncia.

--Es que estamos ya en primavera, Leoncia--dice Marina.

--¡Exactísima observación! Ayer equinoccio... Sin embargo, la savia

de los vegetales...--y se detiene Avito al ver que los tersos ojazos

de Marina se orientan á los suyos y que desplegando la boca se pone á

oirle con todo el cuerpo y con el alma entera.

«Pero ¿qué tendré hoy--se dice el futuro padre del genio,--qué me

pasará que no acierto á ligar dos ideas? ¿Se me rebelará la bestia?»

Marina, en tanto, parece esperar lo de la savia de los vegetales;

vésele el ritmo del pecho, y en sus cabellos de azabache se tiende á

descansar la luz cernida por los visillos.

--La savia de los vegetales--prosigue Carrascal--hace tiempo que ha

dado botones de flores...

--¿Le gustan á usted las flores?--le pregunta Leoncia.

--¿Cómo estudiar botánica sin ellas?

Marina, apartando sus ojos de Avito, los vuelve sonrientes á Leoncia

y al hombre luego, como quien dice: ¡tiene gracia! Y al observarlo

Carrascal oye una voz que en su interior le dice: «¡alma primitiva,

protoplasmática, virginal! ¡corazón inconciente!» á la vez que su

corazón, conciente y todo, empieza á acelerar su martilleo.

--Usted debe de saber muchas cosas, señor Carrascal.

--¿Por qué, mi señora doña Marina?

--Porque mi hermano cuando hay algo así, muy enrevesado, dice: ¡á

Carrascal con eso!

--¿Su hermano?

--Sí, Fructuoso del Valle.

«¡Pobre muchacha!--piensa Avito--tan hermosa y en poder aún de ese...»

y dice:

--Oh, no, es favor que don Fructuoso quiere hacerme y que tal vez me

hace, porque eso de saber muchas cosas...--y se atasca.

«¿Qué cosas sabes tú, Avito Carrascal, qué cosas sabes frente á esos

tersos ojazos cándidos que empiezan á decirte lo que no se sabe ni se

sabrá jamás?»

Leoncia barrunta algo y hasta adivina qué. No es este Avito el Avito de

otras veces, dueño siempre de sí y de su palabra, en el decir afluente

y preciso, firme y exacto en el pensar. Tiene en la punta de la lengua

esta pregunta: «pero ¿qué le pasa á usted hoy, Avito?»; mas coligiendo

que no de paso sino de queda es lo que Avito siente, tira á abreviar la

visita.

«Y ¿qué me hago de la exposición matrimoniesca?--piensa Avito.--A

preparar su recepción vine... ¡habrá que pensarlo más despacio...!»

Se levanta para retirarse y las dos mujeres se levantan también. Y como

si una planta frondosa y aromática se desplegase de pronto siente Avito

en el ámbito del alma perfumada frescura. Le da la mano... y esto ¿qué

es? ¿cómo se llama? ¡sí! ¿cómo se llama?

«¿Es que me he vuelto tonto?--dícese Avito ya en la calle;--¡buena

manera de preparar á la futura madre del genio! ¿qué pensará de mí?» Y

llegado á casa: «¿Qué es lo que me ha pasado? ¿cómo se llama? sí, ¿cómo

se llama? porque aquí está el nudo de la cuestión, en cómo se llame.

Durmamos, durmiendo es como se digieren estas impresiones... ¡Tengo

para mí que ha entrado en juego el Inconciente... démosle su parte...

á dormir!» Mete el amoroso informe bajo la almohada y se acuesta. Al

despertar sabe ya de cierto que está enamorado de Marina; háselo dicho

el sueño. Desde las excelsas cimas de la deducción se ha despeñado á

los profundos abismos inductivos.

* * * * *

Y se abre la única batalla que hasta hoy ha empeñado Avito en su

conciencia. Es en ésta un terremoto; agítansele ondulantes las oscuras

entrañas espirituales; el elemento plutoniano del alma amenaza destruir

la secular labor de la neptuniana ciencia, tal como así lo concibe, en

geológica metáfora, el mismo Carrascal, escenario trágico del combate.

«Ha entrado en juego el Inconciente», se dice á cada paso.

Leoncia, la deductiva, la dólico-rubia de sano color, anchas caderas,

turgente y levantado pecho, mirar tranquilo y buen apetito, de una

parte, de la parte de encima, en las aguas de la ciencia envuelta, y

de otra parte Marina, la inductiva, por misteriosa ley de contraste

braqui-morena, sueño hecho carne, con algo de viviente arbusto en su

encarnadura y de arbusto revestido de fragantes flores, surgiendo

esplendorosa de entre los fuegos del instinto, cual retama en un volcán.

Al poco agua y fuego vuelven, como de costumbre, á soldar un pacto;

redúcese parte de aquélla á nube, apágase parte de éste. Empiezan á

chalanear ciencia é instinto ahora que Avito ha vuelto á ver, como por

acaso, á Marina y ha vuelto á departir con ella. El amoroso instinto

de Carrascal se dispone á obedecer á la ciencia del teorizante; mas

es indicándole antes en silencio, al oído y á oscuras, lo que ha de

mandarle.

«El genio ¿no es tan hijo de la naturaleza como del arte?--se dice

Avito;--¿no es la naturaleza hecha arte, lo que equivale á decir que

es el arte hecho naturaleza? ¿no es el feliz consorcio de la reflexión

con el instinto, instinto reflexivo á la par que reflexión instintiva?»

Démosle, pues--así piensa esto, en primera persona del plural del

presente de subjuntivo, ó de imperativo si se quiere,--démosle su parte

de naturaleza, de instinto, de inconciencia; no hay forma sin materia.

El arte, la reflexión, la conciencia, la forma lo seré yo, y ella,

Marina, será la naturaleza, el instinto, la inconciencia, la materia.

Y ¡qué naturaleza! ¡qué instinto! ¡qué materia!... ¡qué materia sobre

todo...!--le dicen las corrientes plutonianas con su lenguaje de

sacudidas del corazón--¡qué materia! Yo la trabajaré, como las aguas

á la tierra, la surcaré, le daré forma, seré su artífice. ¡Cállate!

¡cállate!--le dice á una voz de su interior que le murmura: «mira,

Avito, que caes... que caes, Avito... que caes... eso es el señuelo...

así no se llega al genio... que caes...» ¡Cállate!--Y termina en esta

conclusión: ¡Marina es materia prima de genio, forma de él yo! ¿Pues

qué? ¿la belleza física nada quiere decir? Los verdaderos genios, los

de verdad, han debido de ser hijos de mujeres guapas, y si la historia

lo negare ó es que el supuesto genio no es tal ó es que no se fijaron

bien en su madre.

¿Y el informe amoroso? ¿Lo entenderá acaso la braqui-morena plutoniana?

Oh, el instinto adivina lo que no entiende. Y recuerda Avito haber

contemplado con qué atención observaba una vez una gata á un conejillo

de Indias inoculado de tifoidea y la apacible familiaridad con que las

aves del cielo se posan en los hilos del telégrafo, lejos de los lirios

del campo. Cosa decidida, pues; el documento redactado para Leoncia

irá, tal como lo está, á Marina.

* * * * *

Al acabar Marina de leerlo y mientras le danza el corazón, se dice,

sin querer, con su hermano: «¡á Carrascal con esto!» Y luego: «¡qué

Carrascal este, Dios mío, qué Carrascal! ¡acordarse de mí!» Va en

seguida, sin quererlo también, á mirarse al espejo, en el que se

encuentra con sus propios ojos que le dicen lo que no se sabe ni

se sabrá jamás. «¡Oh, qué Carrascal! sí, está á la altura de su

reputación, no hay duda. Y no es feo, no, no es feo, pero yo... Y tiene

unas ideas... qué idea, qué idea esta de pretenderme, y de pretenderme

así...»

Y ahora, cual avecilla del cielo posada en los alambres telegráficos,

lejos de los lirios del campo, se dice: «¿ineludibles necesidades

orgánicas...--súbesele el rubor á las mejillas--genio de la especie...

ley de Malthus... matriarcado... matriarcado?... ¡matriarcado!...

tendencia social á la monogamia... matrimonio y patrimonio... genio

del porvenir... pedagogía sociológica... Y ¿cómo le digo que no? ¡Con

qué cara le digo que no, yo, pobre de mí, Marina del Valle, á todo

un don Avito Carrascal! Alguno había de ser, éste ú otro... pero don

Avito... ¡don Avito Carrascal! ¿Cómo le digo que no? ¿Cómo se hace

eso? Si viviera mi madre para aconsejarme... ¡pero Fructuoso, nada más

que Fructuoso!» Al recordar á su hermano una ráfaga de aire frío le

vuelve á la realidad, porque Fructuoso del Valle, tratante en granos

y presidente del comité lopecista, es un saco del más barato sentido

común.

Al recibir Carrascal carta de Marina, en que acepta ésta las relaciones

que aquél le ha propuesto, se dice: «¡la ha copiado de algún manual!»

y se satisface. ¿No es el copiar lo propio del instinto, de la

naturaleza, de la materia? La carta dirá lo que quiera, ¿pero los

ojos...? ¡Oh, los ojos! Estos sí que al copiarlo todo no copian nada;

son absolutamente originales, con clásica originalidad, que de plagios

se mantiene.

Procúranse una entrevista en que Avito se propone estar masculino,

dominador, cual cumple á la ciencia, y domeñar á la materia al punto.

--Me hace usted mucho honor, don Avito...

--¿Usted? ¿don? háblame de tú, ¡Marina!

--Como no tengo costumbre...

--Las costumbres se hacen; el hábito empieza por la adaptación; un

fenómeno repetido...

--¡Ay, por Dios!

--¿Qué te pasa?

--¡Lo del fenómeno!

--¿Pero qué?

--No hable de fenómenos, que tuve un hermanito fenómeno y parece que

estoy viendo aquellos ojos que querían salírsele y aquella cabeza ¡qué

cabeza, Dios mío! no hable de fenómenos...

--¡Oh la ignorancia, lo que es la ignorancia! fenómeno es...

--No, no, nada de fenómenos... y menos repetidos...

--¡Pero qué ojos, Marina, qué ojos!--y en su interior añade:

«¡cállate!» á la voz que le murmura: «que caes, Avito... que caes...

que la ciencia marra...»

--Pero no se ría si digo algo...

--Yo no me río cuando se trata de algo serio, y nosotros, Marina,

tratamos ahora de lo más serio que hay en el mundo.

--Es verdad--agrega Marina con profunda convicción y maquinalmente, con

la convicción de una máquina.

--Y tan verdad como es. Se trata, Marina, no ya de decidir de nuestra

suerte, sino de la suerte de las futuras generaciones acaso...

Se pone la Materia tan grave que al abrir los ojos hace vacilar á la

Forma.

--La suerte de las futuras generaciones, digo... ¿Sabes tú, Marina,

cómo hacen las abejas su reina?--y se le acerca.

--No entiendo de esas cosas... Si no me lo dice...

--Háblame de tú, Marina, te lo repito; háblame de tú. Deja ese

impersonal porque aquí es todo personal, personalísimo.

--Pues... pues... no sé...--pónese como la grana--si no me lo dices...

--¿Pero no, qué te importa lo que hagan las abejas, amor mío?--y luego

á la voz interior: «¡cállate!» y se detiene.

«¿Amor mío?» ¿Quién ha dicho eso? ¿Qué es eso de «amor mío?» El genio

de la especie ¡oh! el Inconciente.

--El genio de la especie...--continúa Avito.

--¡Qué ideas, Carrascal, qué ideas!

--¿Carrascal? No me gustan las mujeres que llaman á sus maridos por el

apellido.

Al oir lo de marido y mujer se le encienden las mejillas á Marina, y

encendido Avito por ello se le acerca más y le pone una mano sobre la

cadera, de modo que la Materia quema y la Forma arde.

--¿Ideas? ¡mi idea eres tú, Marina!

--¡Oh por Dios, Avito, por Dios!--y le esquiva.

--¿Por Dios? ¿Dios?... bueno... sí... todo es cuestión de entenderlo...

Acabarás por hacerme creer en él--y lanzando un «¡cállate!» á la voz

interior que le dice: «que marra la ciencia... que caes, Avito...»,

coge á la Materia en brazos y la aprieta contra el pecho.

--Déjeme, por Dios, déjeme... déjame... mi hermano...

--¿Quién? ¿Fructuoso?

--Lo mejor será acabar pronto, Avito.

--Querrás decir empezar pronto, Marina.

--Como quieras.

--Sí, empezar pronto como quiera. Y ahora ven, sellemos el pacto.

--¿Qué es eso?

--Ven, ven, y lo verás.

La coge ahora de nuevo, la aprieta en los brazos y le pega en la boca

un beso, de los que quedan. Y así, sujeta, sofocada la pobre, con el

corazón alborotado, dícele él:

--Tú... tú... Marina... tú...

--Ay, por Dios, Avito, ay... por Dios...--y cierra los ojos.

También Avito los cierra un momento, y sólo se oye el latir de los

corazones. Y la voz interior le dice á Carrascal: «el corazón humano,

esta bomba impelente y absorbente, batiendo normalmente, suministra en

un día un trabajo de cerca de 20.000 kilográmetros, capaz de elevar

20.000 kilos á un metro...» Y en voz alta, como enajenado:

--Bomba impelente...

--Ay, por Dios, Avito... no... no...

--Tú... tú... vamos, tú... Mira que hasta tanto no te suelto...

Los labios de la pobre Materia rozan la nariz de la Forma y ahora ésta,

ansiosa de su complemento, busca con su formal boca la boca material y

ambas bocas se mezclan. Y al punto se alzan la Ciencia y la Conciencia,

adustas y severas, y se separan avergonzados los futuros padres del

genio, mientras sonríe la Pedagogía sociológica desde la región de las

ideas puras.

* * * * *

Al saberlo Fructuoso se queda un rato mirando á su hermana, sonríe y da

unas vueltas por la estancia.

--¡Pero mujer, con don Avito Carrascal!...

--Con alguno había de ser...

--¡Claro! ¡pero... con Carrascal!

--¿Tienes algo que oponer?

--¿Oponer? yo no.

«¡Con Carrascal!--piensa--¡cuñado de don Avito! ¡psé! Como marido tal

vez lo haga bien... Fortuna... tiene... gastador no es... lo demás la

familia lo trae consigo... Y después de todo, para lo que ella vale...»

Todo esto pasa por la mente de Fructuoso que como saco de sentido común

es profundamente egoísta, por ser el egoísmo el sentido común moral.

--¿Oponerme? ¡Dios me libre! ¡Cásate con quien quieras, siempre que sea

persona honrada y que pueda mantenerte sin necesitar de tu dote, aunque

sea con don Avito!

«¡Qué bruto!» se dice en su corazón Marina, que aun sin saberlo, ve en

el matrimonio una manera de libertarse del tratante en granos.

Para Carrascal llega la segunda batalla, la de si habrá de casarse por

lo religioso, transigiendo con el mundo. Acude á la sociología y ésta

le convence á transigir.

Y he aquí cómo se unen la Materia y la Forma en indisoluble lazo.

Amor y Pedagogía · 第 7 / 41 题