IV

Una gran satisfacción para su vanidad vino a unirse a los numerosos

motivos que hacían que Gallardo sintiérase orgulloso de su persona.

Cuando hablaba con el marqués de Moraima contemplábalo con un cariño

casi filial. Aquel señor vestido como un hombre del campo, rudo centauro

de zajones y fuerte garrocha, era un ilustre personaje que podía

cubrirse el pecho de bandas y cruces y vestir en el palacio de los reyes

una casaca llena de bordados con una llave de oro cosida a un faldón.

Sus más remotos ascendientes habían llegado a Sevilla con el monarca que

expulsó a los moros, recibiendo como premio de sus hazañas inmensos

territorios quitados al enemigo, restos de los cuales eran las vastas

llanuras en las que pacían actualmente los toros del marqués. Sus

abuelos más próximos habían sido amigos y consejeros de los monarcas,

gastando en el fausto de la corte una gran porción de su patrimonio. Y

este gran señor bondadoso y franco, que guardaba en la llaneza de su

vida campesina la distinción de su ilustre ascendencia, era para

Gallardo algo así como un pariente próximo.

El hijo del remendón enorgullecíase lo mismo que si hubiese entrado a

formar parte de la noble familia. El marqués de Moraima era su tío; y

aunque no pudiera confesarlo públicamente ni el parentesco fuese

legítimo, consolábase pensando en el dominio que ejercía él sobre una

hembra de la familia, gracias a unos amoríos que parecían reírse de

todas las leyes y prejuicios de raza. Primos suyos eran también, y

parientes en grado más o menos cercano, todos aquellos señoritos que

antes le acogían con la familiaridad un tanto desdeñosa con que los

aficionados de rango hablan a los toreros, y a los que ahora comenzaba

él a tratar como si fuesen sus iguales.

Acostumbrado a que doña Sol hablase de ellos con la familiaridad del

parentesco, Gallardo creía vejatorio para su persona no tratarlos con

igual confianza.

Su vida y sus costumbres habían cambiado. Entraba poco en los cafés de

la calle de las Sierpes, donde se reunían los aficionados. Eran buenas

gentes, sencillas y entusiastas, pero de poca importancia: pequeños

comerciantes, obreros que se habían convertido en patronos, modestos

empleados, vagos sin profesión que vivían milagrosamente de ocultos

expedientes, sin otro oficio conocido que hablar de toros.

Pasaba Gallardo ante los ventanales de los cafés, saludando a sus

entusiastas, que le respondían con grandes manoteos para que entrase.

«Ahora güervo.» Y no volvía, pues se metía en una sociedad de la misma

calle, un club aristocrático, con domésticos de calzón corto, imponente

decoración gótica y servicios de plata sobre la mesa.

El hijo de la señora Angustias conmovíase con una sensación de vanidad

cada vez que pasaba entre los criados, erguidos militarmente dentro de

sus fracs negros, y un servidor imponente como un magistrado, con cadena

de plata al cuello, pretendía tomarle el sombrero y el bastón. Daba

gusto rozarse con tanta gente distinguida. Los jóvenes, hundidos en

altos sitiales de drama romántico, hablaban de caballos y mujeres y

llevaban la cuenta de cuantos desafíos se realizaban en España, pues

todos eran hombres de honor quisquilloso y obligatoria valentía. En un

salón interior se tiraba a las armas; en otro se jugaba desde las

primeras horas de la tarde hasta después de salido el sol. Toleraban a

Gallardo como una originalidad del club, porque era torero «decente»,

vestía bien, gastaba dinero y tenía buenas relaciones.

--Es muy ilustrado--decían los socios con gran aplomo, reconociendo que

sabía tanto como ellos.

La personalidad de don José el apoderado, simpática y bien emparentada,

servía de garantía al torero en esta nueva existencia. Además, Gallardo,

con su malicia de antiguo chicuelo de la calle, sabía hacerse querer de

esta juventud brillante, en la que encontraba los parientes a docenas.

Jugaba mucho. Era el medio mejor para estar en contacto con su nueva

familia, estrechando las relaciones. Jugaba y perdía, con la mala suerte

de un hombre afortunado en otras empresas. Pasaba las noches en la «sala

del crimen», como llamaban a la pieza del juego, y rara vez conseguía

ganar. Su mala suerte era motivo de vanidad para el club.

--Anoche llevó paliza el _Gallardo_--decían los socios--. Lo menos

perdió once mil pesetas.

A este prestigio de «punto» de fuerza, así como la serenidad con que

abandonaba el dinero, hacía que le respetasen sus nuevos amigos, viendo

en él un firme sostenedor del juego de la sociedad.

La nueva pasión se apoderó rápidamente del espada. Domináronle las

emociones del juego, hasta el punto de hacerle olvidar algunas veces a

la gran señora, que era para él lo más interesante del mundo. ¡Jugar

con lo mejor de Sevilla! ¡Verse tratado como un igual por los señoritos,

con la fraternidad que crean los préstamos de dinero y las emociones

comunes!... Una noche se desprendió de golpe sobre la mesa verde una

gran lámpara de globos eléctricos que iluminaba la pieza. Hubo

obscuridad y barullo, pero en esta confusión sonó imperiosa la voz de

Gallardo.

--¡Carma, señores! Aquí no ha pasao na. Continúa la partida. Que traigan

velas.

Y la partida continuó, admirándole los compañeros de juego por su

enérgica oratoria más aún que por los toros que mataba.

Los amigos del apoderado preguntábanle sobre las pérdidas de Gallardo.

Se iba a arruinar; lo que ganaba en los toros se lo comería el juego.

Pero don José sonreía desdeñoso, pluralizando la gloria de su matador.

--Para este año tenemos más corridas que nadie. Nos vamos a cansar de

matar toros y ganar dinero... Dejad que el niño se divierta. Para eso

trabaja y es quien es... ¡El primer hombre del mundo!

Consideraba don José como una gloria más de su ídolo el que la gente

admirase la serenidad con que perdía el dinero. Un matador no podía ser

igual a los demás hombres, que andan a vueltas con los céntimos. Por

algo ganaba lo que quería.

Además, satisfacíale como un triunfo propio, como algo que era obra

suya, el verle metido en un Círculo donde no todos podían entrar.

--Es el hombre del día--decía con aire agresivo a los que criticaban las

nuevas costumbres de Gallardo--. No va con granujas ni se mete en

tabernas, como otros matadores. ¿Y qué hay con eso? Es el torero de la

aristocracia, porque quiere y puede... Lo demás son envidias.

En su nueva existencia, Gallardo no sólo frecuentaba el club, sino que

algunas tardes se metía en la sociedad de los _Cuarenta y cinco_. Era a

modo de un Senado de la tauromaquia. Los toreros no encontraban fácil

acceso en sus salones, quedando así en libertad los respetables próceres

de la afición para emitir sus doctrinas.

Durante la primavera y el verano reuníanse los _Cuarenta y cinco_ en el

vestíbulo de la sociedad y parte de la calle, sentados en sillones de

junco, a esperar los telegramas de las corridas. Creían poco en las

opiniones de la prensa; además, necesitaban conocer las noticias antes

de que saliesen en los periódicos. Llegaban a la caída de la tarde

telegramas de todos los lugares de la Península donde se había celebrado

corrida, y los socios, luego de escuchar su lectura con religiosa

gravedad, discutían, levantando suposiciones sobre el laconismo

telegráfico.

Era una función que les llenaba de orgullo, elevándolos sobre los demás

mortales, esta de permanecer tranquilamente sentados a la puerta de la

sociedad tomando el fresco y saber de una manera cierta, sin

exageraciones interesadas, lo que había ocurrido aquella tarde en la

Plaza de Toros de Bilbao, en la de la Coruña, la de Barcelona o la de

Valencia, las orejas que había alcanzado un matador, las silbas que se

había llevado otro, mientras sus conciudadanos vivían en la más triste

de las ignorancias y paseaban por las calles teniendo que aguardar la

noche con la salida de los periódicos. Cuando «había hule» y llegaba un

telegrama anunciando la terrible cogida de un torero de la tierra, la

emoción y la solidaridad patriótica ablandaban a los respetables

senadores, hasta el punto de participar a cualquier transeúnte amigo el

importante secreto. La noticia circulaba instantáneamente por los cafés

de la calle de las Sierpes, y nadie la ponía en duda. Era un telegrama

recibido en los _Cuarenta y cinco_.

El apoderado de Gallardo, con su entusiasmo agresivo y ruidoso, turbaba

la gravedad social; pero le toleraban por ser antiguo amigo, y acababan

riendo de «sus cosas». Les era imposible a aquellas personas sesudas

discutir tranquilamente con don José sobre el mérito de los toreros.

Muchas veces, al hablar de Gallardo, «un chico valiente pero con poco

arte», miraban temerosos hacia la puerta.

--Que viene Pepe--decían, y la conversación quedaba rota.

Entraba Pepe agitando sobre su cabeza el papel de un telegrama.

--¿Tienen ustedes noticias de Santander?... Aquí están: Gallardo, dos

estocadas dos toros, y en el segundo la oreja. Nada; lo que yo digo: ¡el

primer hombre del mundo!

El telegrama de los _Cuarenta y cinco_ era distinto muchas veces, pero

el apoderado apenas pasaba por él una mirada de desprecio, estallando en

ruidosa protesta.

--¡Mentira! ¡Todo envidia! Mi papel es el que vale. Aquí lo que hay es

rabia porque mi niño quita muchos moños.

Y los socios acababan riendo de don José, llevándose un dedo a la frente

para indicarle su locura, bromeando sobre el primer hombre del mundo y

su gracioso apoderado.

Poco a poco, como inaudito privilegio, consiguió introducir a Gallardo

en la sociedad. Llegaba el torero con el pretexto de buscar a su

apoderado, y acababa sentándose entre aquellos señores, muchos de los

cuales no eran amigos suyos y habían escogido «su matador» entre los

espadas rivales.

La decoración de la casa social tenía «carácter», como decía don José:

altos zócalos de azulejos árabes, y en las paredes, de inmaculada

nitidez, vistosos carteles anunciadores de antiguas corridas, cabezas

disecadas de toros famosos por el número de caballos que mataron o por

haber herido a un torero célebre, capotes de lujo y estoques regalados

por ciertos espadas al «cortarse la coleta» retirándose de la profesión.

Los criados, vestidos de frac, servían a los señores en trajes de campo

o despechugados durante las calurosas tardes de verano. En Semana Santa

y otras grandes fiestas de Sevilla, cuando ilustres aficionados de toda

España se presentaban a saludar a los _Cuarenta y cinco_, la servidumbre

iba de calzón corto y peluca blanca, con librea roja y amarilla. De esta

guisa, como lacayos de casa real, servían las bateas de manzanilla a los

ricos señores, algunos de los cuales habían suprimido la corbata.

Por las tardes, al presentarse el decano, el ilustre marqués de Moraima,

los socios formaban círculo en profundos sillones, y el famoso ganadero

ocupaba un asiento más alto que los otros, a modo de trono, desde el

cual presidía la conversación. Comenzaban siempre hablando del tiempo.

Eran en su mayor parte ganaderos y ricos labradores, que vivían

pendientes de las necesidades de la tierra y las variaciones del cielo.

El marqués exponía las observaciones de su sabiduría, adquirida en

interminables cabalgadas por la llanura andaluza, desierta, inmensa, de

dilatados horizontes, como un mar de tierra, en el que eran los toros a

modo de adormecidos tiburones que marchaban lentamente entre las oleadas

de hierbajos. Siempre veía en la calle, al dirigirse al Círculo, un

papelito movido por el viento, y esto le servía de base para sus

predicciones. La sequía, cruel calamidad de las llanuras andaluzas, les

hacía discurrir tardes enteras; y cuando, después de largas semanas de

expectación, el cielo encapotado soltaba algunas gotas gruesas y

calientes, los grandes señores campesinos sonreían gozosos, frotándose

las manos, y el marqués decía sentenciosamente, mirando los anchos

redondeles que mojaban la acera:

--¡La gloria e Dió!... Ca gota de esas es una monea de sinco duros.

Cuando el tiempo no les preocupaba, eran las reses el objeto de su

conversación, y especialmente los toros, de los que hablaban con

ternura, como si estuviesen ligados a ellos por un parentesco de raza.

Los ganaderos escuchaban con respeto las opiniones del marqués,

reconociendo el prestigio de su fortuna superior. Los simples

aficionados que no salían de la ciudad admiraban su pericia de criador

de reses bravas. ¡Lo que sabía aquel hombre!... Mostrábase convencido de

la grandeza de sus funciones al hablar de los cuidados que exigen los

toros. De cada diez becerros, ocho o nueve eran destinados a la carne,

luego de tentarlos para apreciar su fiereza. Sólo uno o dos que se

mostraban ante el hierro de la garrocha bravucones y acometedores

pasaban a ser considerados como animales de lidia, viviendo aparte, con

toda clase de cuidados. ¡Y qué cuidados!...

--Una ganaería de toros bravos--decía el marqués--no debe ser negosio.

Es un lujo. Le dan a uno por un toro de corrías cuatro o sinco veses más

que por un buey de carnicería... ¡pero lo que cuesta!

Había que cuidarlo a todas horas, preocuparse de los pastos y las aguas,

trasladarlo de un sitio a otro con los cambios de temperatura.

Cada toro costaba más que el mantenimiento de una familia. Y cuando

estaba ya en sazón, había que cuidarlo hasta el último momento, para que

no se desgraciase y se presentara en el redondel honrando la divisa de

la ganadería que ondeaba en su cuello.

El marqués, en ciertas plazas, había llegado a pelearse con empresarios

y autoridades, negándose a dar sus reses porque la banda de música

estaba colocada sobre los toriles. El ruido de los instrumentos aturdía

a los nobles animales, quitándoles bravura y serenidad cuando salían a

la plaza.

--Son lo mismo que nosotros--decía con ternura--. Sólo les farta el

habla... ¡Qué digo como nosotros! Los hay que valen más que una persona.

Y hablaba de _Lobito_, un toro viejo, un cabestro, asegurando que no lo

vendería aunque le diesen por él Sevilla entera con su Giralda. Apenas

llegaba galopando por las vastas dehesas a la vista de la torada en que

vivía esta joya, bastábale un grito para llamar su atención.

«¡_Lobito_!...» Y _Lobito_, abandonando a sus compañeros, venía al

encuentro del marqués, mojando con su hocico bondadoso las botas del

jinete, y eso que era un animal de gran poder y le tenían miedo los

demás de la torada.

Desmontábase el ganadero, y sacando de las alforjas un pedazo de

chocolate, se lo daba a _Lobito_, que movía agradecido el testuz, armado

de unos cuernos descomunales. Con un brazo apoyado en el cuello del

cabestro, avanzaba el marqués, metiéndose tranquilamente en el grupo de

toros, que se agitaban inquietos y feroces por la presencia del hombre.

No había cuidado. _Lobito_ marchaba como un perro, cubriendo al amo con

su cuerpo, y miraba a todas partes, queriendo imponer respeto a los

compañeros con sus ojos inflamados. Si alguno, más audaz, se acercaba a

olisquear al marqués, encontrábase con los amenazantes cuernos del

cabestro. Si varios se unían con pesada torpeza, impidiéndoles el paso,

_Lobito_ metía entre ellos el armado testuz, abriéndose calle.

Un gesto de entusiasmo y de ternura conmovía los labios afeitados del

marqués y las blancas patillas al recordar los altos hechos de algunos

animales salidos de sus dehesas.

--¡El toro!... ¡El animá más noble der mundo! Si los hombres se le

paresiesen, mejor andaría too. Ahí tienen ustés al pobre _Coronel_. ¿Se

acuerdan de aquella alhaja?

Y señalaba una gran fotografía con lujoso marco, que le representaba a

él en traje de monte, mucho más joven, rodeado de varias niñas vestidas

de blanco, y sentados todos en el centro de una pradera sobre un montón

negruzco, a un extremo del cual se destacaban unos cuernos. Este banco

obscuro e informe, de agudo dorso, era _Coronel_. Grandote y bravucón

para los compañeros de torada, mostrábase de una servidumbre cariñosa

con el amo y su familia. Era como esos mastines feroces con los

extraños, a los cuales los niños de la casa tiran de la cola y las

orejas, aguantando con ronquidos de bondad todas sus diabluras. El

marqués llevaba junto a él a sus hijas, que eran de corta edad, y el

animal olisqueaba las blancas faldillas de las pequeñas, agarradas

temerosamente a las piernas de su padre, hasta que, con la repentina

audacia de la niñez, acababan rascándole el hocico. «¡Echate,

_Coronel_!» _Coronel_ descansaba sobre sus patas dobladas, y la familia

sentábase en sus costillares, agitados por el ru-ru de fuelle de su

poderosa respiración...

Un día, después de muchas vacilaciones, lo vendió el marqués para la

plaza de Pamplona, y asistió a la corrida. El de Moraima conmovíase

recordando el suceso; sus ojos se ponían mates con el empañamiento de la

emoción. No había visto en su vida toro como aquel. Salió a la arena

guapamente y se quedó plantado en mitad de ella, con el asombro de la

luz después de la lobreguez del toril y del bullicio de miles de

personas luego del silencio de los corrales. Pero así que le pinchó un

picador, pareció llenar la plaza entera con su grandiosa bravura.

--No hubo para él ni hombres, ni cabayos, ni na. En un momento tumbó

toos los jamelgos, enviando por el aire a los piqueros. Los peones

corrían; la plaza era un herraero. El público pedía más cabayos, y

_Coronel_, en los medios, esperaba que se acercase alguien, pa yevárselo

por delante. No se verá na como aquéyo, de nobleza y de poer. Bastaba

que lo citasen pa que acudiese, entrando con una nobleza y un arranque

que gorvía loco al público. Cuando tocaron a matar, con catorce puyazos

que yevaba en el cuerpo y las banderiyas completas, estaba tan guapo y

tan valiente como si no hubiese salió de la dehesa. Entonces...

El ganadero, al llegar a este punto, deteníase siempre, para afirmar su

voz, que se hacía trémula.

Entonces... el marqués de Moraima, que estaba en un palco, se vio, sin

saber cómo, detrás de la barrera, entre los mozos, que corrían con la

agitación de la accidentada lidia, y cerca del maestro, que preparaba su

muleta con cierta calma, como queriendo retardar el momento de verse

frente a frente con un animal de tanto poder. «_¡Coronel!_», gritó el

marqués sacando medio cuerpo fuera de la barrera y golpeando las tablas

con las manos.

El animal no se movía, pero levantaba la cabeza con estos gritos,

lejanos recuerdos de un país que no volvería a ver. «_¡Coronel!_» Hasta

que, volviendo la cabeza, vio a un hombre que le llamaba desde la

barrera, y le acometió en línea recta. Pero en mitad de la carrera

refrenó el paso y se aproximó lentamente, hasta tocar con sus cuernos

los brazos tendidos hacia él. Llegaba con el pescuezo barnizado de rojo

por los hilillos de sangre que se escapaban de los palos hincados en su

cuello y los desgarrones de la piel, en los cuales quedaba al

descubierto el músculo azul. «_¡Coronel!_ ¡Hijo mío!...» Y el toro, como

si comprendiese estas explosiones de ternura, alzaba el hocico, mojando

con su baba las patillas del ganadero. «¿Por qué me has traído aquí?»,

parecían decir sus ojos fieros inyectados de sangre. Y el marqués, sin

saber lo que hacía, besó varias veces las narices de la bestia, húmedas

por los bufidos rabiosos.

«¡Que no lo maten!», gritó una buena alma en los tendidos; y como si

estas palabras reflejaran el pensamiento de todo el público, una

explosión de voces conmovió la plaza, al mismo tiempo que millares de

pañuelos aleteaban en los tendidos como bandas de palomas. «¡Que no lo

maten!» En aquel instante, la muchedumbre, movida por confusa ternura,

despreciaba su propia diversión, aborrecía al torero con su traje

vistoso y su heroicidad inútil, admiraba el valor de la bestia, y

sentíase inferior a ella, reconociendo que, entre tantos miles de

racionales, la nobleza y la sensibilidad estaban representadas por el

pobre animal.

--Me lo yevé--decía conmovido el marqués--. Le degorví al empresario sus

dos mil pesetas. Mi hasienda entera le hubiese dao. Al mes de pastar en

la dehesa ya no le quedaban ni señales en el morriyo... Quise que aquel

valiente muriese de viejo; pero los buenos no prosperan en este mundo.

Un toro marrajo, que no era capaz de mirarlo de frente, lo mató a

traisión de una corná.

El marqués y sus compañeros en la crianza de reses pasaban rápidamente

de esta ternura con las bestias al orgullo que les infundía su fiereza.

Había que ver el desprecio con que hablaban de los enemigos de las

corridas, de los que vociferan contra este arte en nombre de la

protección a los animales. ¡Disparates de extranjeros! ¡Errores de

ignorantes, que sólo distinguen a los animales por los cuernos, y

consideran lo mismo a un buey de matadero que a un toro de corrida! El

toro español era una fiera: la fiera más valerosa del mundo. Y hacían

memoria de los numerosos combates entre toros y temibles felinos,

seguidos siempre del triunfo ruidoso de la fiera nacional.

El marqués reía al acordarse de otra de sus bestias. Preparaban en una

plaza el combate de un toro con un león y un tigre de cierto domador

famoso, y el ganadero envió a _Barrabás_, animal perverso al que tenía

aparte en la dehesa, pues andaba a cornadas con los compañeros y llevaba

muertas muchas reses.

--También vi yo eso--decía el de Moraima--. Una gran jaula de jierro en

medio del reondel, y _Barrabás_ en ella. Le suertan primero el león, y

el mardito animal, aprovechándose de la farta de malicia del toro, sarta

sobre su cuarto trasero y empieza a desgarrarlo con las uñas y los

dientes. Brincaba _Barrabás_ hecho una furia para despegárselo y tenerlo

ante los cuernos, que es donde está la defensa. Por fin, en una de sus

regüertas, consiguió echarse por delante al león, enganchándole, y

¡cabayeros!... ¡lo mismo que una pelota! Se lo pasó de pitón a pitón un

buen rato, zarandeándolo como un dominguiyo, hasta que al fin, como si

lo despreciase, lo arrojó a un lao, y ayí permaneció el que yaman «rey

de los animales» hecho un oviyo, quejándose como un gato al que han dao

un palo... Le suertan aluego el tigre, y la cosa fue más corta. Apenas

asomó la jeta, lo enganchó _Barrabás_, echándolo por alto, y después de

bien zarandeao fue al rincón, como el otro, enroscándose y haciéndose el

chiquito... Y aquel _Barrabás_, que era un guasón de mala sangre, se

paseó, hizo sus necesidades sobre las dos fieras, y cuando los domadores

las sacaron no tuvieron bastante con una espuerta de serrín, pues el

mieo las había hecho sortar too lo que yevaban en el cuerpo.

En los _Cuarenta y cinco_, estos recuerdos provocaban siempre grandes

risas. ¡El toro español!... ¡Fierecitas a él!... Y había en sus gozosas

exclamaciones una expresión de orgullo nacional, como si el arrogante

valor de la fiera española significase igualmente la superioridad de la

tierra y de la raza sobre el resto del mundo.

Cuando Gallardo comenzó a frecuentar la sociedad, un nuevo motivo de

conversación interrumpía las interminables discusiones sobre toros y

labores del campo.

En los _Cuarenta y cinco_, lo mismo que en toda Sevilla, se hablaba del

_Plumitas_, un bandido célebre por sus audacias, al que cada día

proporcionaban nueva fama los esfuerzos inútiles de los perseguidores.

Relataban los periódicos sus genialidades como si fuese un personaje

nacional; sufría el gobierno interpelaciones en las Cortes, prometiendo

una captura pronta, que jamás llegaba; concentrábase la Guardia civil,

movilizándose un verdadero ejército para su persecución, mientras el

_Plumitas_, siempre solo, sin más auxiliares que su carabina y su jaca

andariega, deslizábase como un fantasma por entre los que le iban a los

alcances, les hacía frente cuando no eran muchos, tendiendo alguno sin

vida, y era reverenciado y ayudado por los pobres del campo, tristes

siervos de la enorme propiedad, que veían en el bandido un vengador de

los hambrientos, un justiciero pronto y cruel, a modo de los antiguos

jueces armados de punta en blanco de la caballería andante. Exigía

dinero a los ricos, y con gestos de actor que se ve contemplado por

inmenso público, socorría de vez en cuando a una pobre vieja, a un

jornalero cargado de familia. Estas generosidades eran agrandadas por

los comentarios de la muchedumbre rural, que tenía a todas horas el

nombre de _Plumitas_ en los labios, pero era ciega y muda cuando

preguntaban por él los soldados del orden.

Pasaba de una provincia a otra con la facilidad de un buen conocedor del

terreno, y los propietarios de Sevilla y Córdoba contribuían por igual a

su sostenimiento. Transcurrían semanas enteras sin que se hablase del

bandido, y repentinamente se presentaba en un cortijo o hacía su entrada

en un pueblo, despreciando el peligro.

En los _Cuarenta y cinco_ se tenían noticias directas de él, lo mismo

que si fuese un matador de toros.

--El _Plumitas_ estuvo anteayer en mi cortijo--decía un rico labrador--.

El mayoral le dio treinta duros, y se fue luego de almorzar.

Toleraban pacientemente esta contribución, y no comunicaban las noticias

mas que a los amigos. Una denuncia representaba declaraciones y toda

clase de molestias. ¿Para qué?... La Guardia civil perseguía inútilmente

al bandido, y al enfadarse éste con los denunciantes, los bienes

quedaban a merced de su venganza, sin protección alguna.

El marqués hablaba del _Plumitas_ y sus hazañas sin escándalo alguno,

sonriendo, como si se tratase de una calamidad natural e inevitable.

--Son probes muchachos que han tenío una desgracia y se van ar campo. Mi

padre (que en paz descanse) conoció al famoso José María y almorzó con

él dos veces. Yo me he tropezao con muchos de menos fama, pero que

anduvieron por ahí haciendo maldades. Son lo mismo que los toros: gente

noblota y simple. Sólo acometen cuando los pinchan, creciéndose con el

castigo.

El había dado orden en sus cortijos y en todas las chozas de pastores de

sus vastos territorios para que entregasen al _Plumitas_ lo que pidiese;

y según contaban mayorales y vaqueros, el bandido, con su antiguo

respeto de hombre del campo por los amos buenos y generosos, hablaba los

mayores elogios de él, ofreciéndose a matar si alguien ofendía al «zeñó

marqué» en lo más mínimo. ¡Pobre mozo! Por una miseria, que era lo que

solicitaba al presentarse cansado y hambriento, no valía la pena de

irritarlo, atrayéndose su venganza.

El ganadero, que galopaba solo por las llanuras donde pacían sus toros,

tenía la sospecha de haberse cruzado varias veces con el _Plumitas_, sin

conocerlo. Debía ser alguno de aquellos jinetes de pobre aspecto que

encontraba en la soledad del campo, sin ningún pueblo en el horizonte, y

que se llevaban la mano al mugriento sombrero, diciendo con respetuosa

llaneza:

--Vaya usté con Dió, zeñó marqué.

El de Moraima, al hablar del _Plumitas_, fijábase algunas veces en

Gallardo, el cual, con una vehemencia de neófito, indignábase contra las

autoridades porque no sabían proteger la propiedad.

--El mejó día se te presenta en _La Rinconá_, chiquiyo--decía el marqués

con su grave sorna andaluza.

--¡Mardita sea!... Pues no me hace gracia, zeñó marqué. ¡Hombre! ¿y pa

eso paga uno tanta contribución?...

No; no le hacía gracia tropezarse con aquel bandido en sus excursiones a

_La Rinconada_. El era un valiente matando toros, y en la plaza se

olvidaba de la vida; pero estos profesionales de matar hombres le

inspiraban la inquietud de lo desconocido.

Su familia estaba en el cortijo. La señora Angustias amaba la existencia

campestre, después de una vida transcurrida en la miseria de los

tugurios urbanos. Carmen también gustaba de la vida del campo. Su

carácter de mujer hacendosa la impulsaba a ver de cerca los trabajos del

cortijo, gozando las dulzuras de la posesión al apreciar sus extensas

propiedades. Además, los niños del talabartero, aquellos sobrinos que

suplían cerca de ella el vacío de la infecundidad, necesitaban para su

salud el aire del campo.

Gallardo había enviado a su familia a vivir en el cortijo por algún

tiempo, prometiendo unirse a ella, pero retardaba el viaje con toda

clase de pretextos. Vivía en su casa de la ciudad, sin otra compañía que

la de _Garabato_, llevando una existencia de soltero, que le permitía

completa libertad en las relaciones con doña Sol.

Creía aquella época la mejor de su vida. Algunas veces llegaba a

olvidarse de la existencia de _La Rinconada_ y de sus habitantes.

Montados en briosos caballos, salían doña Sol y él, con los mismos

trajes que el día en que se conocieron, unas veces solos y otras en

compañía de don José, que parecía amortiguar con su presencia el

escándalo de las gentes ante esta exhibición. Iban a ver toros en las

dehesas próximas a Sevilla, a tentar becerros en las vacadas del

marqués, y doña Sol, entusiasta del peligro, enardecíase cuando un toro

joven, en vez de huir, revolvíase contra ella sintiéndose picado por la

garrocha, y la acometía, teniendo que acudir Gallardo en su auxilio.

Otras veces dirigíanse a la estación del Empalme, si se anunciaba algún

encajonamiento de toros para las plazas que daban corridas

extraordinarias a fines de invierno.

Doña Sol examinaba curiosamente este lugar, el más importante centro de

exportación de la industria taurina. Eran extensos corrales inmediatos a

la vía férrea. Enormes cajones de madera gris montados sobre ruedas y

con dos puertas levadizas alineábanse a docenas, aguardando la buena

época de las expediciones, o sea las corridas del verano.

Estos cajones habían viajado por toda la Península llevando en su

interior un toro bravo hasta una plaza lejana y volviendo de vacío, para

alojar en sus entrañas otro y otro.

El engaño ideado por el hombre, la astuta destreza humana, conseguían

manejar fácilmente, como una mercancía, a estas fieras habituadas a la

libertad del campo. Llegaban los toros que habían de ser expedidos en el

tren galopando por una ancha y polvorienta carretera entre dos

alambrados de agudas puntas. Venían de lejanas dehesas, y al llegar al

Empalme, sus conductores les hacían emprender una carrera desaforada,

para engañarlos mejor en el ímpetu de la velocidad.

Delante marchaban a todo galope de sus caballos los mayorales y pastores

con la pica al hombro, y tras ellos corrían los prudentes cabestros,

cubriendo a los conductores con sus astas enormes de reses viejas. A

continuación trotaban los toros bravos, las fieras destinadas a la

muerte, marchando «bien arropadas», o lo que es lo mismo, rodeadas de

toros mansos que evitaban se apartasen del camino, y de fuertes vaqueros

que corrían honda en mano, prontos a saludar con una pedrada certera al

par de cuernos que se separase del grupo.

Al llegar a los corrales, los jinetes delanteros se apartaban, quedando

fuera de la puerta, y todo el tropel de toros, avalancha de polvo,

patadas, bufidos y cencerreos, metíase en el recinto con ímpetu

arrollador, cerrándose prontamente las vallas sobre el rabo del último

animal. Gentes a horcajadas en los muros o asomadas a unas galerías los

azuzaban con sus gritos o agitando los sombreros. Atravesaban el primer

corral sin darse cuenta de su encierro, como si corriesen aún en campo

libre. Los cabestros, aleccionados por la experiencia y obedientes a los

pastores, quedábanse a un lado apenas atravesaban la puerta, dejando

pasar tranquilamente el torbellino de toros que corría detrás bufando

sobre su cuarto trasero. Estos sólo se detenían, con asombro e

incertidumbre, en el segundo corral, viendo ante ellos la pared y

encontrando, al revolverse, la puerta cerrada.

Comenzaba entonces el encajonamiento. Uno a uno eran dirigidos los

toros, con tremolar de trapos, gritos y golpes de garrocha, hacia una

callejuela, en mitad de la cual estaba colocado el cajón de viaje con

las dos puertas levantadas. Era a modo de un pequeño túnel, al extremo

del cual se veía el espacio libre de otros corrales, con hierba en el

suelo y cabestros que paseaban placenteramente: una ficción de la lejana

dehesa, que atraía a la fiera.

Avanzaba ésta lentamente por el callejón, como si husmease el peligro,

temiendo poner sus pies en la suave rampa de madera que corregía la

altura del encierro montado sobre ruedas. Adivinaba el toro un peligro

en este pequeño túnel que se presentaba ante él como paso obligado.

Sentía en su parte trasera los continuos pinchazos que le soltaban desde

las galerías, obligándolo a avanzar; veía ante él dos filas de gentes

asomadas a los balconajes, las cuales le excitaban con sus manoteos y

silbidos. Del techo del cajón, donde se ocultaban los carpinteros,

prontos a dejar caer las compuertas, pendía un trapo rojo, agitándose en

el rectángulo de luz encuadrado por la salida del cajón. Los pinchazos,

los gritos, el bulto informe que danzaba ante sus ojos como desafiándole

y la vista de sus tranquilos compañeros que pastaban al final del

pasadizo, acababan por decidirle. Tomaba carrera para atravesar el

pequeño túnel, hacía temblar con su peso la rampa de tablas, pero apenas

entraba en aquél, caía la compuerta delantera, y antes de que pudiese

retroceder escurríase también la de detrás.

Sonaba el fuerte herraje de los cierres, y la bestia se veía sumida en

la obscuridad y el silencio, prisionera en un pequeño espacio donde sólo

le era posible acostarse sobre sus patas. Por una trapa del techo caían

sobre ella brazadas de forraje, empujaban los mozos el calabozo

ambulante sobre sus pequeñas ruedas, llevándolo al cercano ferrocarril,

e inmediatamente otro cajón era colocado en el pasadizo, repitiéndose el

engaño, hasta que quedaban listos para emprender el viaje todos los

animales de la corrida.

Doña Sol admiraba, con su entusiasmo hambriento de «color», estos

procedimientos de la gran industria nacional, y quería imitar a los

mayorales y vaqueros. Gustábale la vida al aire libre, galopando por las

inmensas llanuras seguidas de agudos cuernos y huesudas testas que

podían dar la muerte con sólo un leve movimiento. Bullía en su alma la

afición al pastoreo que todos llevamos en nosotros como herencia

ancestral de remotos ascendientes, en la época en que el hombre, no

sabiendo explotar las entrañas de la tierra, vivía de reunir a las

bestias, sustentándose de sus despojos. Ser pastor, pero pastor de

fieras, era para doña Sol la más interesante y heroica de las

profesiones.

Gallardo, desvanecida la primera embriaguez de su buena suerte,

contemplaba asombrado a la dama en las horas de mayor intimidad,

preguntándose si serían iguales todas las señoras del gran mundo.

Sus caprichos, sus veleidades de carácter, le tenían aturdido. No se

atrevía a tutearla: no, eso no. Nunca lo había incitado ella a tal

familiaridad, y una vez que quiso él intentarlo, torpe la lengua y

trémula la voz, vio en sus ojos de dorado resplandor tal expresión de

extrañeza, que retrocedió avergonzado, volviendo al antiguo tratamiento.

Ella, en cambio, le hablaba de tú, lo mismo que los grandes señores

amigos del torero; pero esto sólo era en la intimidad, pues cuando tenía

que escribirle una breve carta avisándole que no pasase por su casa por

tener que salir con sus parientes, le trataba de usted, y no había en su

estilo otras expresiones de afecto que las fríamente corteses que se

dedican a un amigo de clase inferior.

--¡Esa gachí!...--murmuraba Gallardo, descorazonado--. Paese que ha

vivío siempre con granujas que enseñaban sus cartas a too er mundo, y

tié mieo. Cualquiera diría que no me cree cabayero porque soy un mataor.

Otras originalidades de la gran señora traían enfurruñado y triste al

torero. A lo mejor, al presentarse en su casa, uno de aquellos criados

que parecían grandes señores venidos a menos le cerraba el paso

fríamente: «La señora no está. La señora ha salido.» Y él adivinaba que

era mentira, presintiendo a doña Sol a corta distancia de él, al otro

lado de puertas y cortinajes. Sin duda se cansaba, sentía una aversión

repentina hacia él, y próximo el momento de la visita, daba orden a los

criados para que no le recibiesen.

--¡Vaya, se acabó el carbón!--decíase el espada al retirarse--. Ya no

güervo más. Esta gachí no se divierte conmigo.

Y cuando volvía, avergonzábase de haber creído en la posibilidad de no

ver más a doña Sol. Le recibía tendiéndole los brazos, estrujándolo

entre sus blancas y firmes durezas de hembra belicosa, la boca algo

torcida por una crispación de deseo, los ojos agrandados y vagos, con

una luz extraña que parecía reflejar mentales desarreglos.

--¿Por qué te perfumas?--protestaba ella, como si percibiese los más

repugnantes hedores--. Es una cosa indigna de ti... Yo quiero que huelas

a toro, que huelas a caballo... ¡Qué olores tan ricos! ¿No te gustan?...

¡Di que sí, Juanín, bestia de Dios, animal mío!

Gallardo, una noche, en la dulce penumbra del dormitorio de doña Sol,

sintió cierto miedo oyéndola hablar y viendo sus ojos.

--Tengo deseos de correr a cuatro patas. Quisiera ser toro y que tú te

pusieras delante de mí, estoque en mano. ¡Flojas cornadas ibas a

llevarte! ¡Aquí... aquí!

Y con los puños cerrados, a los que comunicaba su nerviosidad una nueva

fuerza, marcaba terribles golpes en el busto del torero, cubierto sólo

con una elástica de seda. Gallardo se echaba atrás, no queriendo

confesar que una mujer podía hacerle daño.

--No; toro no. Ahora quisiera ser perro... un perro de pastor, con unos

colmillos así de largos, y salirte al camino y ladrarte. «¿Ven ustedes

ese fachendoso que mata fieras y que el público dice que es muy

valiente? Pues ¡me lo como! ¡Me lo como así! ¡Haam!»

Y con histérica delectación clavó sus dientes en un brazo del torero,

martirizando su hinchado bíceps. El espada lanzó una blasfemia, a

impulsos del dolor, desasiéndose de aquella mujer hermosa y semidesnuda,

con la cabeza erizada de serpientes de oro, como una bacante ebria.

Doña Sol pareció despertar.

--¡Pobrecito! Le han hecho daño. ¡Y he sido yo!... ¡yo, que a veces

estoy loca! Déjame que te bese el mordisco, para curártelo. Déjame que

te bese todas esas cicatrices tan monas. ¡Pobre de mi brutito, que le

han hecho pupa!

Y la hermosa furia volvíase humilde y tierna, arrullando al torero con

gestos de gata.

Gallardo, que entendía el amor a la antigua usanza, con intimidades

iguales a las de la vida matrimonial, jamás consiguió pasar una noche

entera en casa de doña Sol. Cuando creía sometida a la hembra en fuerza

de amorosas generosidades, estallaba la orden imperiosa, el despego de

la repugnancia física.

--Márchate. Necesito estar sola. Ya sabes que no puedo aguantarte. Ni a

ti ni a nadie. ¡Los hombres! ¡qué asco!...

Y Gallardo emprendía la fuga humillado y triste por los caprichos de

esta mujer incomprensible.

Una tarde, el torero, viéndola inclinada a las confidencias, sintió

curiosidad por su pasado, queriendo conocer a los reyes y los grandes

personajes que, al decir de la gente, habían transcurrido por la

existencia de doña Sol.

Esta respondió a su curiosidad con una mirada fría de sus ojos claros.

--¿Y a ti qué te importa eso?... ¿Tienes, acaso, celos?... Y aunque

fuese verdad, ¿qué?...

Permaneció silenciosa largo rato, con la mirada vaga: su mirada de

locura, acompañada siempre de pensamientos absurdos.

--Tú debes haber pegado a las mujeres--dijo mirándole con curiosidad--.

No lo niegues. ¡Si eso me interesa mucho!... A tu mujer, no; sé que es

muy buena. Quiero decir a las otras mujeres, a todas esas que tratáis

los toreros: a las hembras que aman con más furia cuanto más las

golpean. ¿No? ¿De veras que no has pegado nunca?

Gallardo protestaba con una dignidad de hombre valeroso, incapaz de

maltratar a los que no fuesen fuertes como él. Doña Sol mostraba cierta

decepción ante sus explicaciones.

--Un día me has de pegar. Quiero saber lo que es eso--dijo con

resolución.

Pero se entenebreció su gesto, se juntaron sus cejas, y un fulgor

azulado animó el polvillo de oro de sus pupilas.

--No, bruto mío; no me hagas caso: no lo intentes. Saldrías perdiendo.

El consejo era justo, y Gallardo tuvo ocasión de acordarse de él. Un

día, en momentos de intimidad, bastó una caricia algo ruda de sus manos

de luchador para despertar la furia de aquella mujer que atraía al

hombre y lo odiaba al mismo tiempo. «¡Toma!» Y su diestra, cerrada y

dura como una maza, dio un golpe de abajo arriba en la mandíbula del

espada, con una seguridad que parecía obedecer a determinadas reglas de

esgrima.

Gallardo quedó aturdido por el dolor y la vergüenza, mientras la dama,

como si comprendiese lo extemporáneo de su agresión, intentaba

justificarla con una fría hostilidad.

--Es para que aprendas. Yo sé lo que sois vosotros los toreros. Me

dejaría atropellar una vez, y acabarías zurrándome todos los días, como

a una gitana de Triana... Bien está lo hecho. Hay que conservar las

distancias.

Una tarde, al principio de la primavera, volvían los dos de una tienta

de becerros en una dehesa del marqués. Este, con un grupo de jinetes,

marchaba por la carretera.

Doña Sol, seguida del espada, metió su caballo por las praderas,

gozándose en la blanda impresión que comunicaba el almohadillado de la

hierba a las patas de las cabalgaduras.

El sol agonizante teñía de suave carmesí el verde de la llanura,

espolvoreado de blanco y amarillo por las flores silvestres. Sobre esta

extensión, en la que todos los colores tomaban un tono rojizo de lejano

incendio, marcábanse las sombras de los caballos y los jinetes estrechas

y prolongadas. Las garrochas que llevaban al hombro eran tan gigantescas

en la sombra, que su línea obscura perdíase en el horizonte. A un lado

brillaba el curso del río como una lámina de acero enrojecida medio

oculta entre hierbas.

Doña Sol miró a Gallardo con ojos imperiosos.

--Cógeme de la cintura.

El espada obedeció, y así marcharon, con los caballos juntos, unidos los

dos jinetes del talle arriba. La dama contemplaba sus sombras

confundidas avanzando sobre la mágica luz de la pradera, con el cabeceo

de una lenta marcha.

--Parece que vivimos en otro mundo--murmuró--, un mundo de leyenda: algo

así como las praderas que se ven en los tapices. Una escena de libros de

caballerías: el paladín y la amazona que viajan juntos con la lanza al

hombro, enamorados y en busca de aventuras y peligros. Pero tú no

entiendes de esto, bestia de mi alma. ¿Verdad que no me comprendes?

El torero sonrió, mostrando sus dientes sanos y fuertes, de luminosa

blancura. Ella, como atraída por su ruda ignorancia, aumentó el contacto

de los cuerpos, dejando caer la cabeza sobre uno de sus hombros y

estremeciéndose con el cosquilleo de la respiración de Gallardo en los

músculos de su cuello.

Así caminaron en silencio. Doña Sol parecía adormecida en el hombro del

torero. De pronto se abrieron sus ojos, brillando en ellos la expresión

extraña que era precursora de las más raras preguntas.

--Di: ¿no has matado nunca a un hombre?

Gallardo se agitó, llegando en su asombro a despegarse de doña Sol.

¡Quién! ¿él?... Nunca. Era un buen muchacho, que había seguido su

carrera sin hacer daño a nadie. Apenas si se había peleado con los

camaradas de las capeas cuando se quedaban con los cuartos por ser más

fuertes. Unas cuantas bofetadas en ciertas disputas con los compañeros

de profesión; un botellazo en un café: estas eran todas sus hazañas. Le

inspiraba un respeto invencible la vida de las personas. Los toros eran

otra cosa.

--¿De suerte, que no has tenido nunca ganas de matar a un hombre?... ¡Y

yo que creía que los toreros...!

Se ocultó el sol, perdió la pradera su fantástica iluminación, se apagó

el río, y la dama vio obscuro y vulgar el paisaje de tapiz que tanto

había admirado. Los otros jinetes marchaban lejos, y ella espoleó su

caballo para unirse al grupo, sin decir una palabra al espada, como si

no se diese cuenta de que la seguía.

En las fiestas de Semana Santa volvió a la ciudad la familia de

Gallardo. El espada toreaba en la corrida de Pascua. Era la primera vez

que iba a matar en presencia de doña Sol después que la conocía, y esto

preocupábale, haciendo que dudase de sus fuerzas.

Además, no podía torear en Sevilla sin sentir cierta emoción. Aceptaba

un fracaso en cualquier plaza de España, pensando que no volvería a ella

en mucho tiempo; ¡pero en su tierra, donde estaban sus mayores

enemigos!...

--A ver si te luces--decía el apoderado--. Piensa en los que te van a

ver. Quiero que quedes como el primer hombre del mundo.

El sábado de Gloria se verificó a altas horas de la noche el encierro de

las reses destinadas a la corrida, y doña Sol quiso asistir como piquero

a esta operación, que ofrecía el encanto de realizarse en la sombra.

Los toros habían de ser conducidos desde la dehesa de Tablada a los

corrales de la plaza.

Gallardo no asistió, a pesar de sus deseos de acompañar a doña Sol. Se

opuso el apoderado, alegando lo necesario que le era descansar, para

encontrarse fresco y vigoroso en la tarde siguiente. A media noche, el

camino que conduce de la dehesa a la plaza estaba animado como una

feria. En las quintas iluminábanse las ventanas, pasando por ellas

sombras agarradas, moviéndose con el contoneo del baile al son de los

pianos. En las ventas, las puertas rojas extendían un rectángulo de luz

sobre el suelo obscuro, y en su interior sonaban gritos, risas, rasgueo

de guitarras, choques de cristales, adivinándose que circulaba el vino

en abundancia.

Cerca de la una de la madrugada pasó por la carretera un jinete con

menudo trote. Era el «aviso», un rudo pastor que se detenía ante las

ventas y las casas iluminadas, anunciando que el encierro iba a pasar

antes de un cuarto de hora, para que apagasen las luces y quedara todo

en silencio.

Este mandato en nombre de la fiesta nacional era obedecido con más

presteza que una orden de la autoridad. Quedaban a obscuras las casas,

confundiendo su blancura con la lóbrega masa de los árboles; callaban

las gentes, agrupándose invisibles tras las verjas, empalizadas y

alambrados, con el silencio del que aguarda algo extraordinario. En los

paseos inmediatos al río extinguíanse uno a uno los faroles de gas

conforme avanzaba el pastor dando gritos anunciadores del encierro.

Permaneció todo en silencio. Arriba, sobre las masas de la arboleda,

centelleaban los astros en la densa calma del espacio; abajo, a ras de

tierra, notábase un leve movimiento, un susurro contenido, como si en

la sombra se revolviesen enjambres de insectos. La espera pareció

larguísima, hasta que en el fresco silencio sonaron muy lejanos los

graves tintineos de unos cencerros. ¡Ya venían! ¡Iban a llegar!...

Aumentó el estruendo de los cobres, acompañado de un galopar confuso que

hacía estremecerse el suelo. Pasaron al principio algunos jinetes, que

parecían gigantescos en la obscuridad, a todo correr de sus caballos,

con la lanza baja. Eran los pastores. Luego, un grupo de garrochistas de

afición, entre los cuales galopaba doña Sol, palpitante por esta carrera

loca al través de las sombras, en la cual un paso en falso de la

cabalgadura, una caída, significaba la muerte por aplastamiento bajo las

duras patas del feroz rebaño que venía detrás, ciego en su desaforada

carrera.

Sonaron furiosos los cencerros; las bocas abiertas de los espectadores,

ocultos en la obscuridad, tragaron varios golpes de polvo, y pasó como

una pesadilla el rebaño feroz, monstruos informes de la noche, que

trotaban, pesados y ágiles a la vez, estremeciendo sus moles de carne,

dando horrorosos bufidos, corneando a las sombras, asustados e irritados

al mismo tiempo por los gritos de los zagales que los seguían a pie y

por el galopar de los jinetes que cerraban la marcha acosándolos con sus

picas.

El tránsito de esta tropa pesada y ruidosa duró sólo un instante. Ya no

quedaba más que ver... La muchedumbre, satisfecha de este espectáculo

fugaz después de larga espera, salía de sus escondrijos, y muchos

entusiastas rompían a correr detrás del ganado, con la esperanza de ver

su entrada en los corrales.

Al llegar cerca de la plaza echábanse a un lado los jinetes, dejando

paso libre a las bestias, y éstas, con el impulso de su carrera y la

rutina de seguir a los cabestros, metíanse en «la manga», callejón

formado de empalizadas que las conducía a los corrales.

Los garrochistas de afición felicitábanse por el buen éxito del

encierro. El ganado había venido «bien arropao», sin que un solo toro se

distrajese ni apartase, dando que hacer a piqueros y peones. Eran

animales de buena casta: lo mejorcito de la ganadería del marqués. Al

día siguiente, si los maestros tenían vergüenza torera, iban a verse

grandes cosas... Y con la esperanza de una buena fiesta, fueron

retirándose jinetes y peones. Una hora después quedaban completamente

solitarios los alrededores de la plaza, confundiéndose ésta en la

obscuridad y guardando en sus entrañas las bestias feroces, que,

tranquilas en el corral, volvían a reanudar el último sueño de su

existencia.

A la mañana siguiente, Juan Gallardo se levantó temprano. Había dormido

mal, con una inquietud que poblaba su sueño de pesadillas.

¡Que no le diesen a él corridas en Sevilla! En otras poblaciones vivía

como un soltero, olvidado momentáneamente de la familia, en una

habitación de hotel completamente extraña, que «no le decía» nada, pues

nada tenía suyo. Pero vestirse el traje de lidia en su propio

dormitorio, encontrando en sillas y mesas objetos que le recordaban a

Carmen; salir hacia el peligro de aquella casa que había él levantado y

contenía lo más íntimo de su existencia, le desconcertaba e infundía

igual zozobra que si fuese por primera vez a matar un toro. Además,

sentía el miedo a los compatriotas, con los cuales debía vivir siempre,

y cuya opinión era más importante para él que los aplausos del resto de

España. ¡Ay, el terrible momento de la salida, cuando, vestido por

_Garabato_ con el traje de luces, bajaba al patio silencioso! Los

sobrinillos venían a él intimidados por los adornos brillantes de su

vestidura, tocándolos con admiración, sin atreverse a hablar; la

bigotuda de su hermana le daba un beso con gesto de terror, como si

fuese a morir; la mamita se ocultaba en los cuartos más obscuros. No; no

quería verle, sentíase enferma. Carmen mostrábase animosa, muy pálida,

apretando los labios, azulados por la emoción, moviendo nerviosamente

las pestañas para mantenerse serena; y cuando le veía ya en el

vestíbulo, llevábase de pronto el pañuelo a los ojos, estremecido el

cuerpo por las bascas de suspiros y llantos que no lograban salir, y su

hermana y otras mujeres tenían que sostenerla para que no viniese al

suelo.

Era para acobardar hasta al propio Roger de Flor de que hablaba su

cuñado.

--¡Mardita sea!... ¡Vamos, hombre--decía Gallardo--, que ni por too el

oro der mundo torearía uno en Seviya, si no fuese por el aquel de dar

gusto a los paisanos y que no digan los sinvergüenzas que tengo mieo a

los públicos de la tierra!

Al levantarse, anduvo el espada por la casa con un cigarrillo en la

boca, desperezándose para probar si sus membrudos brazos conservaban su

agilidad. Tomó en la cocina una copa de Cazalla, y vio a la mamita,

siempre diligente a pesar de sus años y sus carnes, moviéndose cerca de

los fogones, tratando con maternal vigilancia a las criadas,

disponiéndolo todo para el buen gobierno de la casa.

Gallardo salió al patio, fresco, luminoso. Los pájaros canturreaban en

el silencio matinal, saltando en sus jaulas doradas. Un chorro de sol

descendía hasta las losas de mármol. Era un triángulo de oro que

envolvía en su base la orla de hojas verdes de la fuente y el agua del

tazón, burbujeante a impulsos de las redondas boquitas de unos peces

rojos.

El espada vio casi tendida en el suelo a una mujer vestida de negro,

con el cubo al lado, moviendo un trapo sobre las losas de mármol, que

parecían resucitar sus colores bajo la húmeda caricia. La mujer levantó

la cabeza.

--Güenos días, señó Juan--dijo con la familiaridad cariñosa que inspira

todo héroe popular.

Y clavó en él con admiración la mirada de un ojo único. El otro perdíase

bajo un oleaje de arrugas concéntricas que parecían afluir a la cuenca

negruzca y hundida.

El señor Juan no contestó. Con nervioso impulso corrió a la cocina,

llamando a la señora Angustias.

--Pero mamita, ¿quién es esa mujer, esa tuerta roía que está lavando er

patio?

--¡Quién ha de sé, hijo!... Una probe. La asistenta se ha puesto mala, y

he llamao a esa infeliz, que está cargá de hijos.

El torero mostrábase inquieto, con una expresión en la mirada de zozobra

y de miedo. ¡Maldita sea! ¡Toros en Sevilla, y para colmo, la primera

persona que se echaba a la cara... una tuerta! Vamos, hombre, que lo que

le pasaba a él no le ocurría a nadie. Aquello no podía ser de peor pata.

¿Era que deseaban su muerte?...

Y la pobre mamita, aterrada por los tétricos pronósticos del torero y su

vehemente enfado, intentaba sincerarse. ¿Cómo iba ella a pensar en eso?

Era una pobre que necesitaba ganarse una peseta para los pequeños. Había

que tener buen corazón y dar gracias a Dios porque se había acordado de

ellos, librándolos de miserias iguales.

Gallardo acabó por tranquilizarse con estas palabras; el recuerdo de las

antiguas privaciones le hizo ser tolerante con la pobre mujer. Bueno;

que se quedase la tuerta, y que ocurriese lo que Dios quisiera.

Y atravesando el patio casi de espaldas para no encontrarse con el ojo

temible de aquella hembra de mal agüero, el matador fue a refugiarse en

su despacho, inmediato al vestíbulo.

Las paredes blancas, chapadas de azulejos árabes hasta la altura de un

hombre, estaban adornadas con prospectos de corridas de toros impresos

en sedas de diversos colores. Diplomas con vistosos títulos de

asociaciones benéficas recordaban las corridas en que Gallardo había

toreado gratuitamente para los pobres. Innumerables retratos del

diestro, de pie, sentado, con la capa tendida o entrando a matar,

atestiguaban el cuidado con que los periódicos reproducían los gestos y

diversas actitudes del grande hombre. Sobre la puerta veíase un retrato

de Carmen puesta de mantilla blanca, que hacía resaltar más aún la

negrura de sus ojos, y con un golpe de claveles en la obscura cabellera.

En el testero opuesto, sobre el sillón de la mesa-escritorio, parecía

presidir el aspecto ordenado de la pieza una enorme cabeza de toro

negro, con ojos de vidrio, narices brillantes de barniz, una mancha de

pelos blancos en la frente y unos cuernos enormes, de fino remate, con

una claridad marfileña en su base, que gradualmente iba obscureciéndose,

hasta tomar la densidad de la tinta en las puntas agudísimas. _Potaje_

el picador prorrumpía en imágenes poéticas de las suyas al contemplar la

enorme astamenta de aquel animal. Eran tan grandes y tan separados sus

cuernos, que un mirlo podía cantar en la punta de uno de ellos sin que

le oyesen desde el otro.

Gallardo se sentó junto a la mesa, elegante y llena de bronces, sin

encontrar en su superficie otra incorrección que el polvo de varios

días. La escribanía, de tamaño colosal, con dos caballos metálicos,

tenía el tintero blanco y limpio. Los vistosos palilleros, rematados

por cabezas de perro, carecían de plumas. El grande hombre no necesitaba

escribir. Don José, su apoderado, corría con todos los contratos y demás

documentos profesionales, y él echaba las firmas, lentas y complicadas,

en una mesilla del club de la calle de las Sierpes.

A un lado estaba la librería: un armario de roble con los cristales

siempre cerrados, viéndose al través de ellos las imponentes filas de

volúmenes, respetables por su tamaño y su brillantez.

Cuando don José comenzó a titular a su matador «el torero de la

aristocracia», sintió Gallardo la necesidad de corresponder a esta

distinción instruyéndose, para que sus poderosos amigos no rieran de su

ignorancia, como les ocurría con otros compañeros de profesión. Un día

entró en una librería con aire resuelto.

--Envíeme usté tres mil pesetas de libros.

Y como el librero quedara indeciso, cual si no le comprendiese, el

torero afirmó enérgicamente:

--Libros, ¿me entiende usté?... Libros de los más grandes; y si no le

paece mal, que tengan doraos.

Gallardo estaba satisfecho del aspecto de su biblioteca. Cuando hablaban

en el club de algo que no llegaba a entender, sonreía con expresión de

inteligencia, diciéndose:

--Eso debe estar en arguno de los libros que tengo en er despacho.

Una tarde de lluvia, en que estaba malucho de salud, vagando por la casa

sin saber qué hacer, acabó por abrir el armario con una emoción

sacerdotal y tiró de un volumen, el más grande, como si fuese un dios

misterioso extraído de su santuario. Renunció a leer a los primeros

renglones, y comenzó a pasar hojas, deleitándose con alegría infantil en

la contemplación de las láminas: leones, elefantes, caballos de salvaje

crin y ojos de fuego, asnos a fajas de colores, como si los hubiesen

pintado con arreglo a falsilla... El torero avanzaba descuidado por el

camino de la sabiduría, hasta que tropezó con los pintarrajeados anillos

de una serpiente. ¡Huy! ¡La _bicha_, la fatídica _bicha_! Y

convulsivamente cerró los dedos centrales de su mano, avanzando el

índice y el meñique en forma de cuernos, para conjurar la mala suerte.

Quiso seguir, pero todas las láminas representaban horrorosos reptiles,

y acabó por cerrar el libro con manos trémulas y devolverlo al armario,

murmurando: «¡Lagarto! ¡lagarto!» para desvanecer la impresión de este

mal encuentro.

La llave de la librería andaba desde entonces por los cajones de la

mesa, revuelta con impresos y cartas viejas, sin que nadie se acordase

de ella. El espada no sentía la necesidad de leer. Cuando sus

entusiastas llegaban con algún periódico taurino que «venía ardiendo»,

lo que significaba siempre ataques para sus rivales de profesión,

Gallardo lo daba a leer a su cuñado o a Carmen, y escuchaba con sonrisa

beatífica, mascullando el puro.

--¡Eso está güeno! Pero ¡qué plumita de oro tienen esos niños!...

Cuando los papeles «venían ardiendo» contra Gallardo, nadie se los leía,

y el espada hablaba con desprecio de los que escriben sobre toreo y son

incapaces de dar un mal capotazo en el redondel.

Este encierro en el despacho sólo sirvió para aumentar sus inquietudes

de aquella mañana. Quedose contemplando, sin saber por qué, la testa del

toro, y el recuerdo más penoso de su vida profesional acudió a su

memoria. Era una satisfacción de vencedor tener en su despacho, visible

a todas horas, la cabeza de aquella mala bestia. ¡Lo que le había hecho

sudar en la plaza de Zaragoza! Gallardo creía a aquel toro con tanto

saber como una persona. Inmóvil y con ojos de malicia diabólica,

esperaba a que el espada se acercase, sin dejarse engañar por el trapo

rojo, tirándole siempre al cuerpo. Los estoques iban por el aire, sin

lograr herirle, despedidos por los cabezazos. El público se

impacientaba, silbando e insultando al matador; éste iba detrás del

toro, siguiéndole en sus movimientos de un lado a otro de la plaza,

sabiendo que si entraba a matar derechamente sería él el muerto; hasta

que, al fin, sudoroso y fatigado, aprovechó una ocasión para acabar con

él por medio de un golletazo traidor, entre el escándalo de la

muchedumbre, que arrojaba botellas y naranjas. ¡Una vergüenza este

recuerdo!... Gallardo acabó por creer de tan mal agüero como el

encuentro con la tuerta el permanecer en el despacho contemplando la

testa de aquel bicho fatal.

--¡Mardito seas tú y el roío der amo que te crió! ¡Así se güerva veneno

la hierba que coman toos los de tu raza!...

_Garabato_ vino a avisarle que en el patio le esperaban unos amigos.

Eran aficionados entusiastas: los partidarios que venían a visitarle en

días de corrida. El espada olvidó instantáneamente todas sus

preocupaciones, y salió sonriente, la cabeza atrás, el ademán arrogante,

como si fuesen enemigos personalísimos aquellos toros que le esperaban

en la plaza y deseara verse cuanto antes frente a ellos, echándolos a

rodar con su certero estoque.

Comió poco y solo, como todos los días de corrida, y cuando comenzó a

vestirse desaparecieron las mujeres. ¡Ay, cómo odiaban ellas los trajes

luminosos guardados cuidadosamente en fundas de tela, vistosas

herramientas con que se había fabricado el bienestar de la familia!...

La despedida fue, como otras veces, desconcertante y anonadadora para

Gallardo. La fuga de las mujeres para no verle partir; la dolorosa

entereza de Carmen, que se esforzaba por mantenerse serena,

acompañándole hasta la puerta; la curiosidad asombrada de los

sobrinillos, todo irritaba al torero, arrogante y bravucón al ver

llegada la hora del peligro.

--¡Ni que me yevasen a la horca! ¡Vaya, hasta luego! Tranquiliá, que no

pasará na.

Y montó en el carruaje, abriéndose paso entre los vecinos y curiosos

agrupados frente a la casa, los cuales deseaban mucha suerte al señor

Juan.

Para la familia era más angustiosa la tarde cuando el espada toreaba en

Sevilla. No tenían la resignación de otras veces, que les hacía aguardar

pacientemente el anochecer con la llegada del telegrama. Aquí el peligro

desarrollábase cerca, y esto despertaba el ansia de noticias, deseando

saber la marcha de la corrida a cada cuarto de hora.

El talabartero, vestido como un señor, buen terno de lanilla clara y

sedoso fieltro blanco, se ofrecía a las mujeres para enviar noticias,

aunque estaba furioso contra la grosería de su ilustre cuñado. ¡Ni

siquiera le había ofrecido un asiento en el coche de la cuadrilla para

llevarlo a la plaza! A la terminación de cada toro que matase Juan

enviaría razón de lo ocurrido con un chicuelo de los que pululaban en

torno de la plaza.

La corrida fue un éxito ruidoso para Gallardo. Al entrar en el redondel

y escuchar los aplausos de la muchedumbre, el espada se imaginó haber

crecido.

Conocía el suelo que pisaba: le era familiar; lo creía suyo. La arena de

los redondeles ejercía cierta influencia en su ánimo supersticioso.

Recordaba las amplias plazas de Valencia y Barcelona, con su suelo

blancuzco; la arena obscura de las plazas del Norte y la tierra rojiza

del gran circo de Madrid. La arena de Sevilla era distinta de las otras:

arena del Guadalquivir, de un amarillo subido, como si fuese pintura

pulverizada. Cuando los caballos destripados soltaban su sangre sobre

ella como un cántaro que se desfonda de golpe, Gallardo pensaba en los

colores de la bandera nacional, los mismos que ondeaban en el tejado del

circo.

Las plazas, con sus diversas arquitecturas, también influían en la

imaginación del torero, agitada por las fantasmagorías de la inquietud.

Eran circos de construcción más o menos reciente, unos de estilo romano,

otros árabes, con la banalidad de las iglesias nuevas, donde todo parece

vacío y sin color. La plaza de Sevilla era la catedral llena de

recuerdos, animada por el roce de varias generaciones, con su portada de

otro siglo--del tiempo en que los hombres llevaban peluca blanca--y su

redondel de ocre que habían pisado los héroes más estupendos. Allí los

gloriosos inventores de las suertes difíciles, los perfeccionadores del

arte, los campeones macizos de la escuela rondeña, con su toreo reposado

y correcto; los maestros ágiles y alegres de la escuela sevillana, con

sus juegos y movilidades que arrebatan al público... y allí él, que en

aquella tarde, embriagado por los aplausos, por el sol, por el bullicio

y por la vista de una mantilla blanca y un pecho azul que avanzaban

sobre la barandilla de un palco, sentíase capaz de las mayores audacias.

Gallardo pareció llenar el redondel con su movilidad y su atrevimiento,

ansioso de vencer a todos los compañeros y que los aplausos fueran sólo

para él. Nunca le habían visto tan grande los entusiastas. El apoderado,

a cada una de sus proezas, gritaba puesto de pie, increpando a

invisibles enemigos ocultos en las masas del tendido: «¡A ver quién se

atreve a decir algo!... ¡El primer hombre del mundo!...»

El segundo toro que había de matar Gallardo lo llevó el _Nacional_, por

orden suya, con hábiles capotazos, hasta el pie del palco donde estaba

el traje azul y la mantilla blanca. Junto a doña Sol mostrábase el

marqués con dos de sus hijas.

Anduvo Gallardo junto a la barrera con la espada y la muleta en una

mano, seguido por las miradas de la muchedumbre, y al llegar frente al

palco se cuadró, quitándose la montera. Iba a brindar su toro a la

sobrina del marqués de Moraima. Muchos sonreían con expresión maliciosa.

«¡Olé los niños con suerte!» Dio media vuelta, arrojando la montera al

terminar el brindis, y esperó al toro, que le traían los peones con el

engaño del capote. En muy corto espacio, procurando que la fiera no se

alejase de este sitio, realizó el espada su faena. Quería matar bajo los

ojos de doña Sol; que ésta le viese de cerca desafiando el peligro. Cada

pase de muleta iba acompañado de exclamaciones de entusiasmo y gritos de

inquietud. Las astas pasaban junto a su pecho; parecía imposible que

saliese sin sangre de las acometidas del toro. De pronto se cuadró, con

el estoque en línea avanzada, y antes de que el público pudiera

manifestar sus opiniones con gritos y consejos, lanzose veloz sobre la

fiera, formando un solo cuerpo por algunos instantes el animal y el

hombre.

Cuando el espada se despegó del toro, quedando inmóvil, corrió éste con

paso inseguro, bramadoras las narices, la lengua pendiente entre los

labios y el rojo puño del estoque apenas visible en lo alto del

ensangrentado cuello. Cayó a los pocos pasos, y el público púsose de pie

a un tiempo, como si formase una sola pieza y lo moviese un resorte

poderoso, estallando la granizada de los aplausos y la furia de las

aclamaciones. ¡No había un valiente en el mundo igual a Gallardo!...

¿Habría sentido miedo alguna vez aquel mozo?...

El espada saludó ante el palco abriendo los brazos con el estoque y la

muleta, mientras las manos de doña Sol, enguantadas de blanco, chocaban

con la fiebre del aplauso.

Luego, un objeto rodó de espectador en espectador desde el palco hasta

la barrera. Era un pañuelo de la dama, el mismo que llevaba en la mano,

oloroso y diminuto rectángulo de batista y blondas, metido en una

sortija de brillantes que regalaba al torero a cambio de su brindis.

Volvieron a estallar los aplausos con motivo de este regalo, y la

atención del público, fija hasta entonces en el matador, se distrajo,

volviendo muchos la espalda al redondel para mirar a doña Sol, elogiando

su belleza a gritos, con la familiaridad de la galantería andaluza. Un

pequeño triángulo peludo y todavía caliente subió de mano en mano desde

la barrera al palco. Era una oreja del toro, que enviaba el matador como

testimonio de su brindis.

Al terminar la fiesta se había esparcido ya por la ciudad la noticia del

gran éxito de Gallardo. Cuando el espada llegó a su casa le esperaban

los vecinos frente a la puerta, aplaudiéndole como si realmente hubiesen

presenciado la corrida.

El talabartero, olvidando su enfado con el espada, admiraba a éste, más

que por sus éxitos toreros, por sus valiosas relaciones de amistad.

Tenía puesto el ojo hacía tiempo a cierto empleo, y no dudaba de

conseguirlo ahora que su cuñado era amigo de lo mejor de Sevilla.

--Enséñales la sortija. Mia, Encarnación, qué regalito. ¡Ni er propio

Roger de Flor!

Y la sortija pasaba entre las manos de las mujeres, admirándola éstas

con exclamaciones de entusiasmo. Sólo Carmen hizo una mueca al verla.

«Sí; muy bonita.» Y la pasó a su cuñada con presteza, como si le

quemase las manos.

Después de esta corrida empezó para Gallardo la temporada de los viajes.

Tenía más ajustes que en ninguno de los años anteriores. Luego de las

corridas de Madrid debía torear en todas las plazas de España. Su

apoderado estudiaba los horarios de los ferrocarriles, entregándose a

interminables cálculos que habían de servir de guía a su matador.

Gallardo marchaba de éxito en éxito. Nunca se había sentido tan animoso.

Parecía que llevaba dentro de él una nueva fuerza. Antes de las corridas

acometíanle dudas crueles, incertidumbres semejantes al miedo, que no

había conocido en su mala época, cuando empezaba a crearse un nombre;

pero apenas se veía en la arena desvanecíanse estos temores y mostraba

una audacia bárbara, acompañada siempre de buen éxito.

Sangre y arena · 第 5 / 13 题