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[Illustration]

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

ES PROPIEDAD.--Reservados todos los derechos de reproducción, traducción

y adaptación.

Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.

I

Como en todos los días de corrida, Juan Gallardo almorzó temprano. Un

pedazo de carne asada fue su único plato. Vino, ni probarlo: la botella

permaneció intacta ante él. Había que conservarse sereno. Bebió dos

tazas de café negro y espeso, y encendió un cigarro enorme, quedando con

los codos en la mesa y la mandíbula apoyada en las manos, mirando con

ojos soñolientos a los huéspedes que poco a poco ocupaban el comedor.

Hacía algunos años, desde que le dieron «la alternativa» en la Plaza de

Toros de Madrid, que venía a alojarse en el mismo hotel de la calle de

Alcalá, donde los dueños le trataban como si fuese de la familia, y

mozos de comedor, porteros, pinches de cocina y viejas camareras le

adoraban como una gloria del establecimiento. Allí también había

permanecido muchos días--envuelto en trapos, en un ambiente denso

cargado de olor de yodoformo y humo de cigarros--a consecuencia de dos

cogidas; pero este mal recuerdo no le impresionaba. En sus

supersticiones de meridional sometido a continuos peligros, pensaba que

este hotel era «de buena sombra» y nada malo le ocurriría en él.

Percances del oficio; rasgones en el traje o en la carne; pero nada de

caer para siempre, como habían caído otros camaradas, cuyo recuerdo

turbaba sus mejores horas.

Gustaba en los días de corrida, después del temprano almuerzo, de

quedarse en el comedor contemplando el movimiento de viajeros: gentes

extranjeras o de lejanas provincias, rostros indiferentes que pasaban

junto a él sin mirarle y luego volvíanse curiosos al saber por los

criados que aquel buen mozo de cara afeitada y ojos negros, vestido como

un señorito, era Juan Gallardo, al que todos llamaban familiarmente el

_Gallardo_, famoso matador de toros. En este ambiente de curiosidad

distraía la penosa espera hasta la hora de ir a la plaza. ¡Qué tiempo

tan largo! Estas horas de incertidumbre, en las que vagos temores

parecían emerger del fondo de su ánimo, haciéndole dudar de sí mismo,

eran las más amargas de la profesión. No quería salir a la calle,

pensando en las fatigas de la corrida y en la precisión de mantenerse

descansado y ágil; no podía entretenerse en la mesa, por la necesidad de

comer pronto y poco para llegar a la plaza sin las pesadeces de la

digestión.

Permanecía en la cabecera de la mesa con la cara entre las manos y una

nube de perfumado humo ante los ojos, girando éstos de vez en cuando con

cierta fatuidad para mirar a algunas señoras que contemplaban con

interés al famoso torero.

Su orgullo de ídolo de las muchedumbres creía adivinar elogios y halagos

en estas miradas. Le encontraban guapo y elegante. Y olvidando sus

preocupaciones, con el instinto de todo hombre acostumbrado a adoptar

una postura soberbia ante el público, erguíase, sacudía con las uñas la

ceniza del cigarro caída sobre sus mangas y arreglábase la sortija que

llenaba toda la falange de uno de sus dedos, con un brillante enorme

envuelto en nimbo de colores, cual si ardiesen con mágica combustión sus

claras entrañas de gota de agua.

Sus ojos paseábanse satisfechos sobre su persona, admirando el terno de

corte elegante, la gorra con la que andaba por el hotel caída en una

silla cercana, la fina cadena de oro que cortaba la parte alta del

chaleco de bolsillo a bolsillo, la perla de la corbata, que parecía

iluminar con lechosa luz el tono moreno de su rostro, y los zapatos de

piel de Rusia dejando al descubierto, entre su garganta y la boca del

recogido pantalón, unos calcetines de seda calada y bordada como las

medias de una cocota.

Un ambiente de perfumes ingleses suaves y vagorosos, esparcidos con

profusión, emanaba de sus ropas y de las ondulaciones de su cabello

negro y brillante, que Gallardo se atusaba sobre las sienes, adoptando

una postura triunfadora ante la femenil curiosidad. Para torero no

estaba mal. Sentíase satisfecho de su persona. ¡Otro más distinguido y

con mayor «ángel» para las mujeres!...

Pero de pronto reaparecían sus preocupaciones, apagábase el brillo de

sus ojos, y volvía a sumir la barba en las manos, chupando tenazmente el

cigarro, con la mirada perdida en la nube de tabaco. Pensaba

codiciosamente en la hora del anochecer, deseando que viniese cuanto

antes; en la vuelta de la plaza, sudoroso y fatigado, pero con la

alegría del peligro vencido, los apetitos despiertos, una ansia loca de

placer y la certeza de varios días de seguridad y descanso. Si Dios le

protegía cual otras veces, iba a comer con el apetito de sus tiempos de

hambre, se emborracharía un poco, iría en busca de cierta muchacha que

cantaba en un _music-hall_, y a la que había visto en otro viaje, sin

poder frecuentar su amistad. Con esta vida de continuo movimiento de

un lado a otro de la Península, no quedaba tiempo para nada.

Fueron entrando en el comedor amigos entusiastas que antes de ir a

almorzar a sus casas deseaban ver al diestro. Eran viejos aficionados,

ansiosos de figurar en una bandería y tener un ídolo, que habían hecho

del joven Gallardo «su matador» y le daban sabios consejos, recordando a

cada paso su antigua adoración por _Lagartijo_ o por _Frascuelo_.

Hablaban de tú al espada con protectora familiaridad, y éste les

respondía anteponiendo el _don_ a sus nombres, con la tradicional

separación de clases que existe aún entre el torero, surgido del

subsuelo social, y sus admiradores. El entusiasmo de aquellas gentes iba

unido a remotas memorias, para hacer sentir al joven diestro la

superioridad de los años y de la experiencia. Hablaban de la «plaza

vieja» de Madrid, donde sólo se conocieron toros y toreros de «verdad»;

y aproximándose a los tiempos presentes, temblaban de emoción recordando

al «negro». Este «negro» era _Frascuelo_.

--¡Si hubieses visto aquéllo!... Pero entonces tú y los de tu época

estabais mamando o no habíais nacido.

Otros entusiastas iban entrando en el comedor, con mísero pelaje y cara

famélica: revisteros obscuros en periódicos que sólo conocían los

lidiadores a quienes se dirigían sus elogios y censuras; gentes de

problemática profesión, que aparecían apenas circulaba la noticia de la

llegada de Gallardo, asediándolo con elogios y peticiones de billetes.

El común entusiasmo confundíales con los otros señores, grandes

comerciantes o funcionarios públicos, que discutían con ellos

acaloradamente las cosas del toreo, sin sentirse intimidados por su

aspecto de pedigüeños.

Todos, al ver al espada, le abrazaban o le estrechaban la mano, con

acompañamiento de preguntas y exclamaciones.

--Juanillo... ¿cómo sigue Carmen?

--Güena, grasias.

--¿Y la mamita? ¿La señora Angustias?

--Tan famosa, grasias. Está en _La Rinconá_.

--¿Y tu hermana y los sobrinillos?

--Sin noveá, grasias.

--¿Y el mamarracho de tu cuñado?

--Güeno también. Tan hablador como siempre.

--¿Y de familia nueva? ¿No hay esperanza?

--Na... Ni esto.

Hacía crujir una uña entre sus dientes con enérgica expresión negativa,

y luego iba devolviendo sus preguntas al recién llegado, cuya vida

ignoraba más allá de sus aficiones al toreo.

--¿Y la familia de usté, güena también?... Vaya, me alegro. Siéntese y

tome argo.

Luego preguntaba por el aspecto de los toros que iban a lidiarse dentro

de unas horas, pues todos estos amigos venían de la plaza de presenciar

el apartado y enchiqueramiento de las bestias; y con una curiosidad

profesional pedía noticias del Café Inglés, donde se reunían muchos

aficionados.

Era la primera corrida de la temporada de primavera, y los entusiastas

de Gallardo mostraban grandes esperanzas, haciendo memoria de las

reseñas que habían leído en los periódicos narrando sus triunfos

recientes en otras plazas de España. Era el torero que tenía más

contratas. Desde la corrida de Pascua de Resurrección en Sevilla--la

primera importante del año taurino--que andaba Gallardo de plaza en

plaza matando toros. Después, al llegar Agosto y Septiembre, tendría que

pasar las noches en el tren y las tardes en los redondeles, sin tiempo

para descansar. Su apoderado de Sevilla andaba loco, asediado por cartas

y telegramas, no sabiendo cómo armonizar tanta petición de contratas

con las exigencias del tiempo.

La tarde anterior había toreado en Ciudad Real, y vestido aún con el

traje de luces metiose en el tren, para llegar por la mañana a Madrid.

Una noche casi en claro, durmiendo a ratos, encogido en el pedazo de

asiento que le dejaron los pasajeros apretándose para dar algún descanso

a aquel hombre que al día siguiente iba a exponer su vida.

Los entusiastas admiraban su resistencia física y el coraje temerario

con que se lanzaba sobre los toros en el momento de matar.

--Vamos a ver qué haces esta tarde--decían con su fervor de creyentes--.

La afición espera mucho de ti. Vas a quitar muchos moños... A ver si

estás tan bueno como en Sevilla.

Fueron despidiéndose los admiradores, para almorzar en sus casas y

llegar temprano a la corrida. Gallardo, viéndose solo, se dispuso a

subir a su cuarto, a impulsos de la movilidad nerviosa que le dominaba.

Un hombre llevando dos niños de la mano transpuso la mampara de

cristales del comedor, sin prestar atención a las preguntas de los

criados. Sonreía seráficamente al ver al torero, y avanzaba tirando de

los pequeños, fijos los ojos en él, sin percatarse de dónde ponía los

pies. Gallardo le reconoció.

--¿Cómo está usté, compare?

Y a continuación todas las preguntas de costumbre para enterarse de si

la familia estaba buena. Luego, el hombre se volvió a sus hijos,

diciéndoles con gravedad:

--Ahí le tenéis. ¿No estáis preguntando siempre por él?... Lo mismo que

en los retratos.

Y los dos pequeños contemplaron religiosamente al héroe tantas veces

visto en las estampas que adornaban las habitaciones de su pobre casa:

ser sobrenatural, cuyas hazañas y riquezas fueron su primera admiración

al darse cuenta de las cosas de la vida.

--Juanillo, bésale la mano al padrino.

El más pequeño de los niños chocó contra la diestra del torero un hocico

rojo, recién frotado por la madre con motivo de la visita. Gallardo le

acarició la cabeza con distracción. Uno de los muchos ahijados que tenía

en España. Los entusiastas le obligaban a ser padrino de pila de sus

hijos, creyendo asegurar de este modo su porvenir. Exhibirse de bautizo

en bautizo era una de las consecuencias de su gloria. Este ahijado le

traía el recuerdo de su mala época, cuando empezaba la carrera,

guardando al padre cierta gratitud por la fe que había puesto en él

cuando todos le discutían.

--¿Y los negocios, compare?--preguntó Gallardo--. ¿Marchan mejor?

El aficionado torció el gesto. Iba viviendo gracias a sus corretajes en

el mercado de la plaza de la Cebada: viviendo nada más. Gallardo miró

compasivamente su triste pelaje de pobre endomingado.

--Usté querrá ver la corría, ¿eh, compare?... Suba a mi cuarto y que le

dé _Garabato_ una entrada... ¡Adiós, güen mozo!... Pa que os compréis

una cosilla.

Y al mismo tiempo que el ahijado le besaba de nuevo la diestra, el

matador entregó con la otra mano a los dos muchachos un par de duros. El

padre tiró de la prole con excusas de agradecimiento, no acertando a

expresar en sus confusas razones si el entusiasmo era por el regalo a

los niños o por el billete para la corrida que iba a entregarle el

criado del diestro.

Gallardo dejó transcurrir algún tiempo, para no encontrarse en su cuarto

con el entusiasta y sus hijos. Luego miró el reloj. ¡La una! ¡Cuánto

tiempo faltaba para la corrida!...

Al salir del comedor y dirigirse a la escalera, una mujer envuelta en un

mantón viejo salió de la portería del hotel, cerrándole el paso con

resuelta familiaridad, sin hacer caso de las protestas de los

dependientes.

--¡Juaniyo!... ¡Juan! ¿No me conoses?... Soy la _Caracola_, la señá

Dolores, la mare del probesito _Lechuguero_.

Gallardo sonrió a la vieja, negruzca, pequeña y arrugada, con unos ojos

intensos de brasa, ojos de bruja, habladora y vehemente. Al mismo

tiempo, adivinando la finalidad de toda su palabrería, se llevó una mano

al chaleco.

--¡Miserias, hijo! ¡Probezas y agonías!... Denque supe que toreabas hoy,

me dije: «Vamos a ver a Juaniyo, que no habrá olvidao a la mare de su

probesito compañero...» Pero ¡qué guapo estás, gitano! Así se van las

mujeres toítas detrás de ti, condenao... Yo, muy mal, hijo. Ni camisa

yevo. Entoavía no ha entrao hoy por mi boca mas que un poco de Cazaya.

Me tienen por lástima en casa de la _Pepona_, que es de allá... de la

tierra. Una casa muy decente: de a cinco duros. Ven por allí, que te

apresian de veras. Peino a las chicas y hago recaos a los señores...

¡Ay, si viviera mi probe hijo! ¿Te acuerdas de Pepiyo?... ¿Te acuerdas

de la tarde en que murió?...

Gallardo, luego de poner un duro en su seca mano, pugnaba por huir de

esta charla, que comenzaba a temblar con estremecimientos de llanto.

¡Maldita bruja! ¡Venir a recordarle en día de corrida al pobre

_Lechuguero_, camarada de los primeros años, al que había visto morir

casi instantáneamente de una cornada en el corazón en la plaza de

Lebrija, cuando los dos toreaban como novilleros! ¡Vieja de peor

sombra!... La empujó, y ella, pasando del enternecimiento a la alegría

con una inconsciencia de pájaro, prorrumpió en requiebros entusiastas a

los mozos valientes, a los buenos toreros que se llevan el dinero de los

públicos y el corazón de las hembras.

--¡La reina de las Españas te mereces, hermoso!... Ya pué tener los

ojiyos bien abiertos la señá Carmen. El mejor día te roba una gachí y no

te degüerve... ¿No me darías un billete pa esta tarde, Juaniyo? ¡Con las

ganas que tengo de verte matá, resalao!...

Los gritos de la vieja y sus entusiastas arrumacos, haciendo reír a los

empleados del hotel, rompieron la severa consigna que retenía en la

puerta de la calle a un grupo de curiosos y pedigüeños, atraídos por la

presencia del torero. Atropellando mansamente a los criados, se coló en

el vestíbulo una irrupción de mendigos, de vagos y de vendedores de

periódicos.

Los pilluelos, con los paquetes de impresos bajo un brazo, se quitaban

la gorra, saludando con entusiástica familiaridad.

--¡El _Gallardo_!¡Olé el _Gallardo_!... ¡Vivan los hombres!

Los más audaces le cogían una mano, se la estrechaban fuertemente y la

agitaban en todas direcciones, deseosos de prolongar lo más posible este

contacto con el grande hombre nacional, al que habían visto retratado en

los papeles públicos. Luego, para hacer partícipes de esta gloria a los

compañeros, les invitaban rudamente.

--¡Chócale la mano! No se enfada. ¡Si es de lo más simpático!...

Y les faltaba poco, en su respeto, para arrodillarse ante el matador.

Otros curiosos, de barba descuidada, vestidos con ropas viejas que

habían sido elegantes en su origen, movían los rotos zapatos en torno

del ídolo e inclinaban hacia él sus sombreros grasientos, hablándole en

voz baja, llamándole «don Juan», para diferenciarse de la entusiasta e

irreverente golfería. Al hablarle de sus miserias solicitaban una

limosna, o, más audaces, le pedían, en nombre de su afición, un billete

para la corrida, con el propósito de revenderlo inmediatamente.

Gallardo se defendió riendo de esta avalancha que le empujaba y oprimía,

sin que bastasen a libertarle los dependientes del hotel, intimidados

por el respeto que inspira la popularidad. Rebuscó en todos sus

bolsillos hasta dejarlos limpios, distribuyendo a ciegas las piezas de

plata entre las manos ávidas y en alto.

--Ya no hay más. ¡Se acabó el carbón!... ¡Dejadme, guasones!

Fingiéndose enfadado por esta popularidad que le halagaba, abriose paso

con un impulso de sus músculos de atleta, y se salvó escalera arriba,

saltando los peldaños con agilidad de lidiador, mientras los criados,

libres ya de respetos, barrían a empujones el grupo hacia la calle.

Pasó Gallardo ante el cuarto que ocupaba _Garabato_, y vio a su criado

por la puerta entreabierta, entre maletas y cajas, preparando el traje

para la corrida.

Al encontrarse solo en su pieza, sintió que se desvanecía

instantáneamente la alegre excitación causada por la avalancha de

admiradores. Llegaban los malos momentos de los días de corrida; la

incertidumbre de las últimas horas antes de marchar a la plaza. ¡Toros

de Miura, y el público de Madrid!... El peligro, que visto de cerca

parecía embriagarle, acrecentando su audacia, angustiábale ahora, al

quedar solo, como algo sobrenatural, pavoroso por su misma

incertidumbre.

Sentíase anonadado, como si de pronto cayesen sobre él las fatigas de

la mala noche anterior. Tuvo deseos de tenderse en una de las camas que

ocupaban el fondo de la habitación, pero otra vez la inquietud por lo

que le aguardaba, incierto y misterioso, desvaneció su somnolencia.

Anduvo inquieto por la habitación y encendió otro habano en los restos

del que acababa de consumir.

¿Cómo sería para él la temporada de Madrid que iba a comenzar? ¿Qué

dirían sus enemigos? ¿Cómo quedarían los rivales de profesión?...

Llevaba muertos muchos miuras: al fin unos toros como los demás; pero

pensaba en los camaradas caídos en el redondel, casi todos víctimas de

los animales de esta ganadería. ¡Dichosos miuras! Por algo él y los

otros espadas ponían en sus contratas mil pesetas más cuando habían de

lidiar este ganado.

Siguió vagando por la habitación con paso nervioso. Deteníase para

contemplar estúpidamente objetos conocidos que pertenecían a su

equipaje, y después se dejaba caer en un sillón, como si le acometiese

repentina flojedad. Varias veces miró su reloj. Aún no eran las dos.

¡Con qué lentitud pasaba el tiempo!

Deseaba, como un remedio para sus nervios, que llegase cuanto antes la

hora de vestirse y marchar a la plaza. La gente, el ruido, la curiosidad

popular, el deseo de mostrarse sereno y alegre ante la admiración

pública, y sobre todo la cercanía del peligro real y corpóreo, borraban

instantáneamente esta angustia del aislamiento, en la cual, el espada,

viéndose sin el auxilio de las excitaciones externas, se encontraba con

algo semejante al miedo.

La necesidad de distraerse le hizo rebuscar en el bolsillo interior de

su americana, sacando junto con la cartera un sobrecito que despedía

suave e intenso perfume. De pie junto a una ventana, por la que entraba

la turbia claridad de un patio interior, contempló el sobre que le

habían entregado al llegar al hotel, admirando la elegancia de los

caracteres en que estaba escrita la dirección, finos y esbeltos.

Luego sacó el pliego, aspirando con deleite su perfume indefinible. ¡Oh!

Las personas de alto nacimiento y que han viajado mucho, ¡cómo revelan

su señorío inimitable hasta en los menores detalles!...

Gallardo, como si llevase en su cuerpo el acre hedor de miseria de los

primeros años, se perfumaba con una abundancia escandalosa. Sus enemigos

se burlaban del atlético mocetón, llegando en su apasionamiento a

calumniar la integridad de su sexo. Los admiradores sonreían ante esta

debilidad, pero muchas veces tenían que volver la cara, como mareados

por el excesivo olor del diestro. Toda una perfumería le acompañaba en

sus viajes, y las esencias más femeniles ungían su cuerpo al descender a

la arena, entre caballos muertos, tripajes sueltos y boñigas revueltas

con sangre. Ciertas cocotas entusiastas, a las que conoció en un viaje a

las plazas del Sur de Francia, le habían dado el secreto de mezclas y

combinaciones de extraños perfumes; pero ¡aquella esencia de la carta,

que era la misma de la persona que la había escrito! ¡aquel olor

misterioso, fino e indefinible, que no podía imitarse, que parecía

emanar del aristocrático cuerpo, y que él llamaba «olor de señora»!...

Leyó y releyó la carta con una sonrisa beatífica, de deleite y de

orgullo. No era gran cosa: media docena de renglones; un saludo desde

Sevilla, deseándole mucha suerte en Madrid; una felicitación anticipada

por sus triunfos. Podía extraviarse la tal carta sin compromiso alguno

para la mujer que la firmaba. «Amigo Gallardo» al principio, con una

letra elegante que parecía cosquillear los ojos del torero, y al final

«su amiga Sol»; todo en un estilo fríamente amistoso, tratándole de

usted, con un amable tono de superioridad, como si las palabras no

fuesen de igual a igual y descendiesen misericordiosas desde lo alto.

El torero, al contemplar la carta con su adoración de hombre del pueblo

poco versado en la lectura, no podía evitar cierto sentimiento de

molestia, como si se viese despreciado.

--¡Esta gachí!--murmuró--. ¡Esta mujer!... No hay quien la desmonte.

¡Mia tú que hablarme de usté!... ¡Usté! ¡Y a mí!...

Pero los buenos recuerdos le hicieron sonreír satisfecho. El estilo frío

era para las cartas: costumbres de gran señora, preocupaciones de dama

que había corrido mucho mundo. Su molestia se trocaba en admiración.

--¡Lo que sabe esta mujer! ¡Vaya un bicho de cuidao!...

Y en su sonrisa asomaba una satisfacción profesional, un orgullo de

domador que, al apreciar la fuerza de la fiera vencida, alaba su propia

gloria.

Mientras Gallardo admiraba la carta, entraba y salía su criado

_Garabato_ llevando ropas y cajas, que dejaba sobre una cama.

Era un mozo silencioso en sus movimientos y ágil de manos, que parecía

no reparar en la presencia del matador. Hacía algunos años que

acompañaba al diestro en todas sus correrías como «mozo de estoques».

Había comenzado en Sevilla toreando en las capeas al mismo tiempo que

Gallardo; pero los malos golpes estaban reservados para él, así como los

adelantos y la gloria para su compañero. Pequeño, negruzco y de pobre

musculatura, una cicatriz tortuosa y mal unida cortaba cual blancuzco

garabato su cara arrugada y flácida de viejo. Era una cornada que le

había dejado casi muerto en la plaza de un pueblo, y a esta herida atroz

había que añadir otras que desfiguraban las partes ocultas de su

cuerpo.

Por milagro salió con vida de sus aficiones de lidiador; y lo más cruel

era que las gentes reían de sus desgracias, encontrando un placer en

verle pateado y destrozado por los toros. Al fin, su torpeza testaruda

cedió ante la desgracia, conformándose con ser el acompañante, el criado

de confianza de su antiguo camarada. Era el más ferviente admirador de

Gallardo, aunque abusaba de las confianzas de la intimidad,

permitiéndose advertencias y críticas. De encontrarse él en la piel del

maestro, lo hubiese hecho mejor en ciertos momentos. Los amigos de

Gallardo hallaban motivos de risa en las ambiciones fracasadas del mozo

de estoques, pero él no prestaba atención a las burlas. ¿Renunciar a los

toros?... Jamás. Para que no se extinguiese del todo la memoria de su

pasado, peinábase el recio pelo en brillantes tufos sobre las orejas y

conservaba luengo en el occipucio el sagrado mechón, la coleta de los

tiempos juveniles, signo profesional que le distinguía de los otros

mortales.

Cuando Gallardo se enfadaba con él, su cólera ruidosa de impulsivo

amenazaba siempre a este adorno capilar.

--¿Y tú gastas coleta, sinvergüensa?... Te voy a cortá ese rabo de rata,

¡desahogao! ¡maleta!

_Garabato_ acogía con resignación estas amenazas, pero se vengaba de

ellas encerrándose en un silencio de hombre superior, contestando con

encogimientos de hombros a la alegría del maestro cuando éste, al volver

de la plaza en una tarde feliz, preguntaba con satisfacción infantil:

--¿Qué te ha paresío? ¿Verdá que estuve güeno?

De la camaradería juvenil guardaba el privilegio de tutear al amo. No

podía hablar de otro modo al maestro; pero el tú iba acompañado de un

gesto grave, de una expresión de ingenuo respeto. Su familiaridad era

semejante a la de los antiguos escuderos con los buscadores de

aventuras.

Torero desde el cuello al cogote, el resto de su persona tenía a la vez

de sastre y ayuda de cámara. Vestido con un terno de paño inglés, regalo

del señor, llevaba las solapas cubiertas de alfileres e imperdibles y

clavadas en una manga varias agujas enhebradas. Sus manos secas y

obscuras tenían una suavidad femenil para manejar y arreglar los

objetos.

Cuando hubo colocado sobre la cama todo lo necesario para la vestimenta

del maestro, pasó revista a los numerosos objetos, convenciéndose de que

nada faltaba. Luego se plantó en el centro del cuarto, y sin mirar a

Gallardo, como si hablase consigo mismo, dijo con voz bronca y cerrado

acento:

--¡Las dó!

Gallardo levantó la cabeza nerviosamente, como si no se hubiese

percatado hasta entonces de la presencia de su criado. Guardó la carta

en el bolsillo y aproximose con cierta pereza hacia el fondo del cuarto,

como si quisiera retardar el momento de vestirse.

--¿Está too?...

Pero de pronto, su cara pálida se coloreó con un gesto violento. Sus

ojos se abrieron desmesuradamente, como si acabase de sufrir el choque

de una sorpresa pavorosa.

--¿Qué traje has sacao?

_Garabato_ señaló a la cama, pero antes de que pudiese hablar, la cólera

del maestro cayó sobre él, ruidosa y terrible.

--¡Mardita sea! Pero ¿es que no sabes na de las cosas del ofisio? ¿Es

que vienes de segar?... Corría en Madrid, toros de Miura, y me pones el

traje rojo, el mismo que llevaba el pobre Manuel el _Espartero_... ¡Ni

que fueras mi enemigo, so sinvergüensa! ¡Paece como que deseas mi

muerte, malaje!

Y su cólera agrandábase así como iba considerando la enormidad de este

descuido, que equivalía a un reto a la mala suerte. ¡Torear en Madrid

con traje rojo después de lo pasado!... Chispeaban sus ojos con fuego

hostil, como si acabase de recibir un ataque traicionero; se coloreaban

sus córneas, y parecía próximo a caer sobre el pobre _Garabato_ con sus

rudas manazas de matador.

Un discreto golpe en la puerta del cuarto cortó esta escena.

--Adelante.

Entró un joven vestido de claro, con roja corbata, y llevando el fieltro

cordobés en una mano ensortijada de gruesos brillantes. Gallardo le

reconoció al momento, con esa facilidad que tienen para recordar los

rostros cuantos viven sujetos a las muchedumbres.

Pasó, de golpe, de la cólera a una amabilidad sonriente, como si

experimentase dulce sorpresa con la visita. Era un amigo de Bilbao, un

aficionado entusiasta, partidario de su gloria. Esto era todo lo que

podía recordar. ¿Pero el nombre? ¡Conocía a tantos! ¿Cómo se llamaba?...

Lo único que sabía ciertamente era que debía tutearle, pues entre los

dos existía una antigua amistad.

--Siéntate. ¡Qué sorpresa! ¿Cuándo has venío? ¿La familia güena?

Y el admirador se sentó, con la satisfacción de un devoto que entra en

el santuario del ídolo, dispuesto a no moverse de allí hasta el último

instante, recreándose al recibir el tuteo del maestro, y llamándole Juan

a cada dos palabras, para que muebles, paredes y cuantos pasasen por el

inmediato corredor pudieran enterarse de su intimidad con el grande

hombre. Había llegado por la mañana de Bilbao, y regresaba al día

siguiente. Un viaje nada más que para ver a Gallardo. Había leído sus

grandes éxitos: bien empezaba la temporada. La tarde sería buena. Por la

mañana había estado en el apartado, fijándose en un bicho retinto, que

indudablemente daría mucho juego en manos de Gallardo...

Pero el maestro cortó con cierta precipitación estas profecías del

aficionado.

--Con permiso, dispénsame; ahora mismo güervo.

Y salió del cuarto, dirigiéndose a una puertecilla sin número, en el

fondo del pasillo.

--¿Qué traje pongo?--preguntó _Garabato_ con voz que aún parecía más

bronca por el deseo de mostrarse sumiso.

--El verde, el tabaco, el azul, el que te dé la gana.

Y Gallardo desapareció tras la puertecilla, mientras el servidor,

viéndose libre de su presencia, sonreía con malicia vengadora. Conocía

este rápido escape al llegar el momento de vestirse. La «meada del

miedo», según decían los del oficio. Y su sonrisa expresaba satisfacción

al ver una vez más que los grandes hombres del arte, los valientes,

sufrían las angustias de una doble necesidad, producto de la emoción, lo

mismo que él en los tiempos que descendía a los redondeles de los

pueblos.

Mucho rato después, cuando volvió Gallardo a su pieza, resignado a no

sufrir necesidades dentro de su traje de lidia, encontró a un nuevo

visitante. Era el doctor Ruiz, médico popular, que llevaba treinta años

firmando los partes facultativos de todas las cogidas y curando a

cuantos toreros caían heridos en la plaza de Madrid.

Gallardo le admiraba, teniéndole por el más alto representante de la

ciencia universal, al mismo tiempo que se permitía cariñosas bromas

sobre su carácter bondadoso y el descuido de su persona. Su admiración

era la misma del populacho, que sólo reconoce la sabiduría de un hombre

mal pergeñado y con rarezas de carácter que le diferencien de los demás.

Era de baja estatura y prominente abdomen, la cara ancha, la nariz algo

aplastada, y una barba en collar, de un blanco sucio y amarillento, todo

lo cual le daba lejana semejanza con la cabeza de Sócrates. Al estar de

pie, su vientre abultado y flácido parecía moverse con las palabras

dentro del amplio chaleco; al sentarse, subíasele esta parte de su

organismo sobre el flaco pecho. Las ropas, manchadas y viejas a poco de

usarlas, parecían flotar como prendas ajenas sobre su cuerpo inarmónico,

obeso en las partes dedicadas a la digestión y pobre en las destinadas

al movimiento.

--Es un bendito--decía Gallardo--. Un sabio... un chiflao, güeno como el

pan, y que nunca tendrá una peseta... Da lo que tiene y toma lo que

quieren darle.

Dos grandes pasiones animaban su vida: la revolución y los toros; una

revolución vaga y tremenda que había de venir, no dejando en Europa nada

de lo existente; un republicanismo anarquista que no se tomaba la pena

de explicar, y sólo era claro en sus negaciones exterminadoras. Los

toreros le hablaban como a un padre; él los tuteaba a todos, y bastaba

un telegrama llegado de cualquier punto extremo de la Península, para

que al momento el buen doctor tomase el tren y fuese a curar la cornada

recibida por uno de sus «chicos», sin más esperanza de recompensa que lo

que buenamente quisieran darle.

Al ver a Gallardo después de larga ausencia, lo abrazó, estrujando su

flácido abdomen contra aquel cuerpo que parecía de bronce. ¡Olé los

buenos mozos! Encontraba al espada mejor que nunca.

--¿Y cómo va eso de la República, doctó? ¿Cuándo viene?--preguntó

Gallardo con sorna andaluza--. El _Nacional_ dice que ya está al caer;

que será un día de estos.

--¿Y a ti qué te importa, guasón? Deja en paz al pobre _Nacional_. Más

le valdría banderillear mejor. A ti lo que debe interesarte es seguir

matando toros como el mismísimo Dios... ¡Buena tardecita se prepara! Me

han dicho que el ganado...

Pero al llegar aquí, el joven que había visto el apartado y deseaba dar

noticias interrumpió al doctor para hablar de un toro retinto que «le

había dado en el ojo», y del que esperaba las mayores proezas. Los dos

hombres, que habían permanecido largo rato solos en el cuarto y

silenciosos después de saludarse, quedaron frente a frente, y Gallardo

creyó necesaria una presentación. Pero ¿cómo se llamaría aquel amigo al

que hablaba de tú?... Se rascó la cabeza, frunciendo las cejas con

expresión reflexiva; pero su indecisión fue corta.

--Oye, tú: ¿cómo es tu grasia? Perdona... ya ves, ¡con tanta gente!...

El joven ahogó bajo una sonrisa de aprobación su desencanto al verse

olvidado del maestro y dio su nombre. Gallardo, al oírle, sintió que el

pasado venía de golpe a su memoria, y reparó el olvido añadiendo tras el

nombre: «rico minero de Bilbao». Luego presentó al «famoso doctor Ruiz»;

y los dos hombres, como si se conociesen toda la vida, unidos por el

entusiasmo de la común afición, comenzaron a charlar sobre el ganado de

la tarde.

--Siéntense ustés--dijo Gallardo señalando un sofá en el fondo de la

habitación--. Ahí no estorban. Hablen y no se ocupen de mí. Voy a

vestirme. ¡Me paece que entre hombres!...

Y se despojó de su traje, quedando en ropas interiores. Sentado en una

silla, en medio del arco que separaba el saloncito de la alcoba, se

entregó en manos de _Garabato_, el cual había abierto un saco de cuero

de Rusia, sacando de él un neceser casi femenil para el aseo del

maestro.

A pesar de que éste iba cuidadosamente afeitado, volvió a enjabonarle la

cara y a pasar la navaja por sus mejillas con la celeridad del que está

habituado a una misma faena diariamente. Luego de lavarse, volvió

Gallardo a ocupar su asiento. El criado inundó su pelo de brillantina y

esencias, peinándolo en bucles sobre la frente y las sienes; después

emprendió el arreglo del signo profesional: la sagrada coleta.

Peinó con cierto respeto el largo mechón que coronaba el occipucio del

maestro, lo trenzó, e interrumpiendo la operación, lo fijó con dos

horquillas en lo alto de la cabeza, dejando su arreglo definitivo para

más adelante. Había que ocuparse ahora de los pies, y despojó al

lidiador de sus calcetines, dejándole sin más ropas que una camiseta y

unos calzones de punto de seda.

La recia musculatura de Gallardo marcábase bajo estas ropas con

vigorosas hinchazones. Una oquedad en un muslo delataba la profunda

cicatriz, la carne desaparecida bajo una cornada. Sobre la piel morena

de los brazos marcábanse con manchas blancas los vestigios de antiguos

golpes. El pecho, obscuro y limpio de vello, estaba cruzado por dos

líneas irregulares y violáceas, que eran también recuerdo de sangrientos

lances. En un tobillo, la carne tenía un tinte violáceo, con una

depresión redonda, como si hubiese servido de molde a una moneda. Aquel

organismo de combate exhalaba un olor de carne limpia y brava mezclado

con fuertes perfumes de mujer.

_Garabato_, con un brazo lleno de algodones y blancos vendajes, se

arrodilló a los pies del maestro.

--Lo mismo que los antiguos gladiadores--dijo el doctor Ruiz,

interrumpiendo su conversación con el bilbaíno--. Estás hecho un romano,

Juan.

--La edá, doctó--contestó el espada con cierta melancolía--. Nos hacemos

viejos. Cuando yo peleaba con los toros y con el hambre no necesitaba de

esto, y tenía pies de hierro en las capeas.

_Garabato_ introdujo entre los dedos del maestro pequeñas vedijas de

algodón; luego cubrió las plantas y la parte superior de los pies con

una planchuela de esta blanda envoltura, y tirando de las vendas comenzó

a envolverlos en apretadas espirales, lo mismo que aparecen envueltas

las antiguas momias. Para fijar esta operación, echó mano de las agujas

enhebradas que llevaba en una manga y cosió minuciosamente los extremos

de los vendajes.

Gallardo golpeó el suelo con los pies apretados, que parecían más firmes

dentro de su blanda envoltura. Sentíalos en este encierro fuertes y

ágiles. El criado se los introdujo en altas medias que le llegaban a

mitad del muslo, gruesas y flexibles como polainas, única defensa de las

piernas bajo la seda del traje de lidia.

--Cuida de las arrugas... Mira, _Garabato_, que no me gusta yevar

bolsas.

Y él mismo, puesto de pie, intentaba verse por las dos caras en un

espejo cercano, agachándose para pasar las manos por las piernas y

borrar las arrugas. Sobre las medias blancas _Garabato_ introdujo las de

seda color rosa, las únicas que quedaban visibles en el traje de torero.

Luego, Gallardo metió sus pies en las zapatillas, escogiéndolas entre

varios pares que _Garabato_ había puesto sobre un cofre, todas con la

suela blanca, completamente nuevas.

Ahora comenzaba realmente la tarea de vestirse. El criado le ofreció los

calzones de lidia cogidos por sus extremos: dos pernales de seda color

tabaco con pesados bordados de oro en sus costuras. Gallardo se

introdujo en ellos, quedando pendientes sobre sus pies los gruesos

cordones que cerraban las extremidades, rematados por borlajes de oro.

Estos cordones, que apretaban el calzón por debajo de la rodilla,

congestionando la pierna con un vigor artificial, se llamaban los

«machos».

Gallardo recomendó a su criado que apretase sin miedo, hinchando al

mismo tiempo los músculos de sus piernas. Esta operación era una de las

más importantes. Un matador debe llevar bien apretados los «machos». Y

_Garabato_, con ágil presteza, dejó convertidos en pequeños colgantes

los cordones enrollados e invisibles bajo los extremos del calzón.

El maestro se metió en la fina camisa de batista que le ofrecía el

criado, con rizadas guirindolas en la pechera, suave y transparente como

una prenda femenil. _Garabato_, luego de abrocharla, hizo el nudo de la

larga corbata, que descendía como una línea roja, partiendo la pechera,

hasta perderse en el talle del calzón. Quedaba lo más complicado de la

vestimenta, la faja, una banda de seda de más de cuatro metros, que

parecía llenar toda la habitación, manejándola _Garabato_ con la

maestría de la costumbre.

El espada fue a colocarse junto a sus amigos, al otro lado del cuarto, y

fijó en su cintura uno de los extremos.

--A ver: mucha atención--dijo a su criado--. Que haiga su poquiyo de

habiliá.

Y dando vueltas lentamente sobre sus talones, fue aproximándose al

criado, mientras la faja, sostenida por éste, se arrollaba a su cintura

en curvas regulares, que iban dando al talle mayor esbeltez. _Garabato_,

con rápidos movimientos de mano, cambiaba la posición de la banda de

seda. En unas vueltas la faja se arrollaba doblada, en otras

completamente abierta, y toda ella ajustábase al talle del matador,

lisa y como de una pieza, sin arrugas ni salientes. En el curso del

viaje rotatorio, Gallardo, escrupuloso y descontentadizo en el arreglo

de su persona, detenía su movimiento de traslación para retroceder dos o

tres vueltas, rectificando el trabajo.

--No está bien--decía con mal humor--. ¡Mardita sea!... ¡Pon cuidao,

_Garabato_!

Después de muchos altos en el viaje, Gallardo llegó al final, llevando

en la cintura toda la pieza de seda. El ágil mozo había cosido y puesto

imperdibles y alfileres en todo el cuerpo del maestro, convirtiendo sus

vestiduras en una sola pieza. Para salir de ellas debía recurrir el

torero a las tijeras y a manos extrañas. No podría despojarse de una

sola de sus prendas hasta volver al hotel, a no ser que lo hiciese un

toro en plena plaza y acabasen de desnudarlo en la enfermería.

Sentose Gallardo otra vez y _Garabato_ la emprendió con la coleta,

librándola del sostén de las horquillas y uniéndola a la moña, falso

rabo con negra escarapela que recordaba la antigua redecilla de los

primeros tiempos del toreo.

El maestro, como si quisiera retardar el momento de encerrarse

definitivamente en el traje, desperezábase, pedía a _Garabato_ el

cigarro que había abandonado sobre la mesita de noche, preguntaba la

hora, creyendo que todos los relojes iban adelantados.

--Aún es pronto... Entoavía no han yegao los chicos... No me gusta ir

temprano a la plaza. ¡Le dan a uno cada lata cuando está allí

esperando!...

Un criado del hotel anunció que esperaba abajo el carruaje con la

cuadrilla.

Era la hora. No había pretexto para retardar el momento de la partida.

Se puso sobre la faja el chaleco de borlaje de oro, y encima de éste la

chaquetilla, una pieza deslumbrante, de enormes realces, pesada cual una

armadura y fulguradora de luz como un ascua. La seda color de tabaco

sólo quedaba visible en la parte interna de los brazos y en dos

triángulos de la espalda. Casi toda la pieza desaparecía bajo la gruesa

capa de muletillas y bordados de oro formando flores con piedras de

color en sus corolas. Las hombreras eran pesadísimos bloques de áureo

bordado, de las que pendían arambeles del mismo metal. El oro se

prolongaba hasta en los bordes de la pieza, formando compactas franjas

que se estremecían a cada paso. En la boca dorada de los bolsillos

asomaban las puntas de dos pañuelos de seda, rojos como la corbata y la

faja.

--La montera.

_Garabato_ sacó con gran cuidado de una caja ovalada la montera de

lidia, negra y rizosa, con sus dos borlas pendientes a modo de orejas de

pasamanería. Gallardo se cubrió con ella, cuidando de que la moña

quedase al descubierto, pendiendo simétricamente sobre la espalda.

--El capote.

De encima de una silla cogió _Garabato_ el capote llamado de paseo, la

capa de gala, un manto principesco de seda del mismo color que el traje

y tan cargado como éste de bordados de oro. Gallardo se lo puso sobre un

hombro y se miró al espejo, satisfecho de sus preparativos. No estaba

mal... ¡A la plaza!

Sus dos amigos se despidieron apresuradamente, para tomar un coche y

seguirle. _Garabato_ se metió bajo un brazo un gran lío de trapos rojos,

por cuyos extremos asomaban las empuñaduras y conteras de varias

espadas.

Al descender Gallardo al vestíbulo del hotel, vio la calle ocupada por

numeroso y bullente gentío, como si acabase de ocurrir un gran suceso.

Además, llegó hasta él el zumbido de la muchedumbre que permanecía

oculta más allá del rectángulo de la puerta.

Acudió el dueño del hotel y toda su familia con las manos tendidas, como

si le despidieran para un largo viaje.

--¡Mucha suerte! ¡Que le vaya a usted bien!

Los criados, suprimiendo las distancias a impulsos del entusiasmo y la

emoción, también le estrechaban la diestra.

--¡Buena suerte, don Juan!

Y él volvíase a todos lados sonriente, sin dar importancia a la cara de

espanto de las señoras del hotel.

--Grasias, muchas grasias. Hasta luego.

Era otro. Desde que se había puesto sobre un hombro su capa

deslumbrante, una sonrisa desenfadada iluminaba su rostro. Estaba

pálido, con una palidez sudorosa semejante a la de los enfermos; pero

reía, satisfecho de vivir y de marchar hacia el público, adoptando su

nueva actitud con la facilidad instintiva del que necesita un gesto para

mostrarse ante la muchedumbre.

Contoneábase con arrogancia, chupando el puro que llevaba en la mano

izquierda; movía las caderas al andar bajo su hermosa capa, pisando

fuerte, con una petulancia de buen mozo.

--¡Vaya, cabayeros... dejen ustés paso! Muchas grasias, muchas grasias.

Y procuraba librar su traje de sucios contactos al abrirse camino entre

una muchedumbre de gentes mal vestidas y entusiastas que se agolpaban a

la puerta del hotel. No tenían dinero para ir a la corrida, pero

aprovechaban la ocasión de dar la mano al famoso Gallardo o tocar

siquiera algo de su traje.

Junto a la acera aguardaba un coche tirado por cuatro mulas

vistosamente enjaezadas con borlajes y cascabeles. _Garabato_ se había

izado ya en el pescante con su lío de muletas y espadas. En el interior

estaban tres toreros con la capa sobre las rodillas, vistiendo trajes de

colores vistosos, bordados con igual profusión que el del maestro, pero

sólo de plata.

Gallardo, entre empellones de la ovación popular, teniendo que

defenderse con los codos de las ávidas manos, llegó al estribo del

carruaje, siendo ayudado en su ascensión por un entusiasmo que le

acariciaba el dorso con violentos contactos.

--Buenas tardes, cabayeros--dijo brevemente a los de su cuadrilla.

Se sentó atrás, junto al estribo, para que todos pudieran contemplarle,

y sonrió, contestando con movimientos de cabeza a los gritos de algunas

mujeres desarrapadas y al corto aplauso que iniciaron los chicuelos

vendedores de periódicos.

El carruaje arrancó con todo el ímpetu de las valientes mulas, llenando

la calle de alegre cascabeleo. La muchedumbre se abría para dejar paso a

las bestias, pero muchos se abalanzaron al carruaje como si quisieran

caer bajo sus ruedas. Agitábanse sombreros y bastones: un

estremecimiento de entusiasmo corrió por el gentío; uno de esos

contagios que agitan y enloquecen a las masas en ciertas horas, haciendo

gritar a todos sin saber por qué:

--¡Olé los hombres valientes!... ¡Viva España!

Gallardo, siempre pálido y risueño, saludaba, repitiendo «muchas

grasias», conmovido por el contagio del entusiasmo popular y orgulloso

de su valer, que unía su nombre al de la patria.

Una manga de «golfos» y greñudas chicuelas siguió al coche a todo correr

de sus piernas, como si al final de la loca carrera les esperase algo

extraordinario.

Desde una hora antes, la calle de Alcalá era a modo de un río de

carruajes entre dos orillas de apretados peatones que marchaban hacia el

exterior de la ciudad. Todos los vehículos, antiguos y modernos,

figuraban en esa emigración pasajera, revuelta y ruidosa: desde la

antigua diligencia, salida a luz como un anacronismo, hasta el

automóvil. Los tranvías pasaban atestados, con racimos de gente

desbordando de sus estribos. Los ómnibus cargaban pasajeros en la

esquina de la calle de Sevilla, mientras en lo alto voceaba el

conductor: «¡A la plaza! ¡a la plaza!» Trotaban con alegre cascabeleo

las mulas emborladas tirando de carruajes descubiertos con mujeres

puestas de mantilla blanca y encendidas flores; a cada instante sonaba

una exclamación de espanto viendo salir incólume, con agilidad simiesca,

de entre las ruedas de un carruaje, algún chicuelo que pasaba a saltos

de una acera a otra, desafiando la veloz corriente de vehículos. Gruñían

las trompas de los automóviles; gritaban los cocheros; pregonaban los

vendedores de papeles la hoja con la estampa e historia de los toros que

iban a lidiarse, o los retratos y biografías de los toreros famosos, y

de vez en cuando una explosión de curiosidad hinchaba el sordo zumbido

de la muchedumbre. Entre los obscuros jinetes de la Guardia municipal

pasaban vistosos caballeros sobre flacos y míseros rocines, con las

piernas enfundadas de amarillo, doradas chaquetas y anchos sombreros de

castor con gruesa borla a guisa de escarapela. Eran los picadores, rudos

jinetes de aspecto montaraz, llevando encogido a la grupa, tras la alta

silla moruna, una especie de diablo vestido de rojo, el «mono sabio», el

servidor que había conducido la cabalgadura hasta su casa.

Las cuadrillas pasaban en coches abiertos, y los bordados de los

toreros, reflejando la luz de la tarde, parecían deslumbrar a la

muchedumbre, excitando su entusiasmo. «Ese es Fuentes.» «Ese es el

_Bomba_.» Y las gentes, satisfechas de la identificación, seguían con

mirada ávida el alejamiento de los carruajes, como si fuese a ocurrir

algo y temiesen llegar tarde.

Desde lo alto de la calle de Alcalá veíase la ancha vía en toda

rectitud, blanca de sol, con filas de árboles que verdeaban al soplo de

la primavera, los balcones negros de gentío y la calzada sólo visible a

trechos bajo el hormigueo de la muchedumbre y el rodar de los coches

descendiendo a la Cibeles. En este punto elevábase otra vez la cuesta,

entre arboledas y grandes edificios, y cerraba la perspectiva, como un

arco triunfal, la puerta de Alcalá, destacando su perforada mole blanca

sobre el espacio azul, en el que flotaban, cual cisnes solitarios,

algunas vedijas de nubes.

Gallardo iba silencioso en su asiento, contestando al gentío con una

sonrisa inmóvil. Después del saludo a los banderilleros no había hablado

palabra. Ellos también estaban silenciosos y pálidos, con la ansiedad de

lo desconocido. Al verse entre toreros, dejaban a un lado, por inútiles,

las gallardías necesarias ante el público.

Una misteriosa influencia parecía avisar a la muchedumbre el paso de la

última cuadrilla que iba hacia la plaza. Los pilluelos que corrían tras

el coche aclamando a Gallardo habían quedado rezagados, deshaciéndose el

grupo entre los carruajes; pero a pesar de esto, las gentes volvían la

cabeza, como si adivinasen a sus espaldas la proximidad del célebre

torero, y detenían el paso, alineándose en el borde de la acera para

verle mejor.

En los coches que rodaban delante volvían sus cabezas las mujeres, como

avisadas por el cascabeleo de las mulas trotadoras. Un rugido informe

salía de ciertos grupos que detenían el paso en las aceras. Debían ser

exclamaciones entusiastas. Algunos agitaban los sombreros; otros

enarbolaban garrotes, moviéndolos como si saludasen.

Gallardo contestaba a todos con su sonrisa de mueca, pero parecía no

darse cuenta, en su preocupación, de estos saludos. A su lado iba el

_Nacional_, el peón de confianza, un banderillero, mayor que él en diez

años, hombretón rudo, de unidas cejas y gesto grave. Era famoso entre la

gente del oficio por su bondad, su hombría de bien y sus entusiasmos

políticos.

--Juan, no te quejarás de Madrí--dijo el _Nacional_--.Te has hecho con

el público.

Pero Gallardo, como si no le oyese y deseara exteriorizar los

pensamientos que le preocupaban, contestó:

--Me da er corasón que esta tarde va a haber argo.

Al llegar a la Cibeles se detuvo el coche. Venía un gran entierro por el

Prado, camino de la Castellana, cortando la avalancha de carruajes de la

calle de Alcalá.

Gallardo púsose aún más pálido, contemplando con ojos azorados el paso

de la cruz y el desfile de los sacerdotes, que rompieron a cantar

gravemente, al mismo tiempo que miraban, unos con aversión, otros con

envidia, a toda esa gente olvidada de Dios que corría a divertirse.

El espada se apresuró a quitarse la montera, imitándole sus

banderilleros, menos el _Nacional_.

--Pero ¡mardita sea!--gritó Gallardo--. ¡Descúbrete, condenao!

Le miraba furioso, como si fuese a pegarle, convencido por una confusa

intuición de que esta rebeldía iba a atraer sobre él las mayores

desgracias.

--Güeno, me la quito--dijo el _Nacional_ con una fosquedad de niño

contrariado, luego que vio alejarse la cruz--. Me la quito... pero es al

muerto.

Permanecieron detenidos mucho tiempo para dejar pasar al largo cortejo.

--¡Mala pata!--murmuró Gallardo con voz temblona de cólera--. ¿A quién

se le ocurre traer un entierro por el camino de la plaza?... ¡Mardita

sea! ¡Cuando digo que hoy pasa argo!

El _Nacional_ sonrió, encogiéndose de hombros.

--Superstisiones y fanatismos... Dios u la Naturaleza no se ocupan de

esas cosas.

Estas palabras, que irritaron aún más a Gallardo, desvanecieron la grave

preocupación de los otros toreros, los cuales comenzaron a burlarse del

compañero, como en todas las ocasiones en que sacaba a colación su frase

favorita «Dios u la Naturaleza».

Al quedar libre el paso, el carruaje emprendió una marcha veloz a todo

correr de sus mulas, pasando entre los otros vehículos que afluían a la

plaza. Al llegar a ésta, torció a la izquierda, dirigiéndose a la puerta

llamada de Caballerizas, que daba a los corrales y a las cuadras,

teniendo que marchar a paso lento entre el compacto gentío. Otra ovación

a Gallardo cuando descendió del coche, seguido de sus banderilleros.

Manotazos y empellones para salvar su traje de sucios contactos;

sonrisas de saludo; ocultaciones de la diestra, que todos querían

estrechar.

--¡Paso, cabayeros! ¡Muchas grasias!

El amplio corral entre el cuerpo de la plaza y el muro de las

dependencias estaba lleno de público que antes de ocupar sus asientos

quería ver de cerca a los toreros. Sobre las cabezas del gentío emergían

a caballo los picadores y los alguaciles con sus trajes del siglo XVII.

A un lado del corral alzábanse edificios de ladrillo de un solo piso,

con parras sobre las puertas y tiestos de flores en las ventanas: un

pequeño pueblo de oficinas, talleres, caballerizas y casas en las que

vivían los mozos de cuadra, los carpinteros y demás servidores del

circo.

El diestro avanzó trabajosamente entre los grupos. Su nombre pasaba de

boca en boca con exclamaciones de entusiasmo.

--¡Gallardo!... ¡Ya está ahí el _Gallardo_! ¡Olé! ¡Viva España!

Y él, entregado por completo al culto del público, avanzaba

contoneándose, sereno cual un dios, alegre y satisfecho, como si

asistiese a una fiesta en su honor.

Dos brazos se arrollaron a su cuello, al mismo tiempo que asaltaba su

olfato un fuerte hedor de vino.

--¡Cachondo!... ¡Gracioso! ¡Vivan los mozos valientes!

Era un señor de buen aspecto, un burgués que había almorzado con sus

amigos y huía de la risueña vigilancia de éstos, que le observaban a

pocos pasos de distancia. Reclinó su cabeza en el hombro del espada, y

así permaneció, como si en tal posición fuese a dormirse de entusiasmo.

Los empujones de Gallardo y los tirones de los amigos libraron al espada

de este abrazo interminable. El borracho, al verse separado de su ídolo,

rompió en gritos de entusiasmo. ¡Olé los hombres! Que vinieran allí

todas las naciones del mundo a admirar a toreros como aquél y a morirse

de envidia.

--Tendrán barcos... tendrán dinero... pero ¡todo mentira! Ni tienen

toros ni mozos como éste, que le arrastran de valiente que es... ¡Olé mi

niño! ¡Viva mi tierra!

Gallardo atravesó una gran sala pintada de cal, sin mueble alguno, donde

estaban sus compañeros de profesión rodeados de grupos entusiastas.

Luego se abrió paso entre el gentío que obstruía una puerta, y entró en

una pieza estrecha y obscura, en cuyo fondo brillaban luces. Era la

capilla. Un viejo cuadro representando la llamada Virgen de la Paloma

ocupaba el frente del altar. Sobre la mesa ardían cuatro velas. Unos

ramos de flores de trapo apolillábanse polvorientos en búcaros de loza

ordinaria.

La capilla estaba llena de gente. Los aficionados de clase humilde

amontonábanse dentro de ella para ver de cerca los grandes hombres.

Manteníanse en la obscuridad con la cabeza descubierta, unos acurrucados

en las primeras filas, otros subidos en sillas y bancos, vueltos en su

mayoría de espaldas a la Virgen y mirando ávidamente a la puerta para

lanzar un nombre apenas columbraban el brillo de un traje de luces.

Los banderilleros y picadores, pobres diablos que iban a exponer su vida

lo mismo que los maestros, apenas levantaban con su presencia un leve

murmullo. Sólo los aficionados fervorosos conocían sus apodos.

De pronto, un prolongado zumbido, un nombre repitiéndose de boca en

boca:

--¡Fuentes!... ¡Ese es el _Fuentes_!

Y el elegante torero, con su esbelta gentileza, suelta la capa sobre el

hombro, avanzó hasta el altar, doblando una rodilla con elegancia

teatral, reflejándose las luces en el blanco de sus ojos gitanescos,

echando atrás la figura recogida, graciosa y ágil. Luego de hecha su

oración y de persignarse se levantó, marchando de espaldas hasta la

puerta, sin perder de vista la imagen, como un tenor que se retira

saludando al público.

Gallardo era más simple en sus emociones. Entró montera en mano, la capa

recogida, contoneándose con no menos arrogancia; pero al verse ante la

imagen puso las dos rodillas en tierra, entregándose a su oración, sin

acordarse de los centenares de ojos fijos en él. Su alma de cristiano

simple estremecíase con el miedo y los remordimientos. Pidió protección

con el fervor de los hombres sencillos que viven en continuo peligro y

creen en toda clase de influencias adversas y protecciones

sobrenaturales. Por primera vez en todo el día, pensó en su mujer y en

su madre. ¡La pobre Carmen, allá en Sevilla, esperando el telegrama! ¡La

señora Angustias, tranquila con sus gallinas, en el cortijo de _La

Rinconada_, sin saber ciertamente dónde toreaba su hijo!... ¡Y él con el

terrible presentimiento de que aquella tarde iba a ocurrirle algo!...

¡Virgen de la Paloma! Un poco de protección. El sería bueno, olvidaría

«lo otro», viviría como Dios manda.

Y fortalecido su espíritu supersticioso con este arrepentimiento inútil,

salió de la capilla, emocionado aún, con los ojos turbios, sin ver a la

gente que le obstruía el paso.

Fuera, en la pieza donde esperaban los toreros, le saludó un señor

afeitado, vestido con un traje negro que parecía llevar con cierta

torpeza.

--¡Mala pata!--murmuró el torero, siguiendo adelante--. ¡Cuando digo que

hoy pasa argo!...

Era el capellán de la plaza, un entusiasta de la tauromaquia, que

llegaba con los Santos Oleos bajo la chaqueta. Venía del barrio de la

Prosperidad, escoltado por un vecino que le servía de sacristán a cambio

de un asiento para ver la corrida. Años enteros llevaba discutiendo con

una parroquia del interior de Madrid que alegaba mejor derecho para

monopolizar el servicio religioso de la plaza. Los días de corrida

tomaba un coche de punto, que pagaba la empresa, metíase bajo la

americana el vaso sagrado, escogía por turno entre sus amigos y

protegidos uno a quien agraciar con el asiento destinado al sacristán, y

emprendía la marcha a la plaza, donde le guardaban dos sitios de

delantera junto a las puertas del toril.

El sacerdote entró en la capilla con aire de propietario,

escandalizándose de la actitud del público: todos con la cabeza

descubierta, pero hablando en voz alta, y algunos hasta fumando.

--Caballeros, que esto no es un café. Hagan el favor de salir. La

corrida va a empezar.

Este aviso fue lo que generalizó la dispersión, mientras el sacerdote

sacaba los Oleos ocultos, guardándolos en una caja de madera pintada. El

también, apenas hubo ocultado el sacro depósito, salió corriendo, para

ocupar su sitio en la plaza antes de la salida de la cuadrilla.

La muchedumbre había desaparecido. En el corral sólo se veían hombres

vestidos de seda y bordados, jinetes amarillos con grandes castoreños,

alguaciles a caballo, y los mozos de servicio con sus trajes de oro y

azul.

En la puerta llamada de Caballos, bajo un arco que daba salida a la

plaza, formábanse los toreros con la prontitud de la costumbre: los

maestros al frente; luego los banderilleros, guardando anchos espacios;

y tras ellos, en pleno corral, pateaba la retaguardia, el escuadrón

férreo y montaraz de los picadores, oliendo a cuero recalentado y a

boñiga, sobre caballos esqueléticos que llevaban vendado un ojo. Como

impedimenta de este ejército, agitábanse en último término las trincas

de mulillas destinadas al arrastre, inquietos y vigorosos animales de

limpio pelaje, cubiertos con armaduras de borlas y cascabeles, y

llevando en sus colleras la ondeante bandera nacional.

En el fondo del arco, sobre las vallas de madera que lo obstruían a

medias, abríase un medio punto azul y luminoso, dejando visible un

pedazo de cielo, el tejado de la plaza y una sección de graderío con la

multitud compacta y hormigueante, en la que parecían palpitar, cual

mosquitos de colores, los abanicos y los papeles.

Un soplo formidable, la respiración de un pulmón inmenso, entraba por

esta galería. Un zumbido armónico llegaba hasta allí con las

ondulaciones del aire, haciendo presentir cierta música lejana, más bien

adivinada que oída.

En los bordes del arco asomaban cabezas, muchas cabezas: las de los

espectadores de los bancos inmediatos, avanzando curiosas para ver

cuanto antes a los héroes.

Gallardo se colocó en fila con los otros dos espadas, cambiándose entre

ellos una grave inclinación de cabeza. No hablaban; no sonreían. Cada

cual pensaba en sí mismo, dejando volar la imaginación lejos de allí, o

no pensaba en nada, con ese vacío intelectual producto de la emoción.

Exteriorizaban sus preocupaciones en el arreglo del capote, que no daban

nunca por terminado, dejándolo suelto sobre un hombro, arrollando los

extremos en torno de la cintura y procurando que por debajo de este

embudo de vivos colores surgiesen, ágiles y gallardas, las piernas

enfundadas en seda y oro. Todas las caras estaban pálidas, pero no con

palidez mate, sino brillante y lívida, con el sudoroso barniz de la

emoción. Pensaban en la arena, invisible en aquellos momentos, sintiendo

el irresistible pavor de las cosas que ocurren al otro lado de un muro,

el temor de lo que no se ve, el peligro confuso que se anuncia sin

presentarse. ¿Cómo acabaría la tarde?

A espaldas de las cuadrillas sonó el trotar de dos caballos que venían

por debajo de las arcadas exteriores de la plaza. Eran los alguaciles,

con sus ferreruelos negros y sombreros de teja rematados por plumajes

rojos y amarillos. Acababan de hacer el despejo del redondel, dejándolo

limpio de curiosos, y venían a ponerse al frente de las cuadrillas,

sirviéndolas de batidores.

Las puertas del arco se abrieron completamente, así como las de la

barrera situada frente a ellas. Apareció el extenso redondel, la

verdadera plaza, el espacio circular de arena donde iba a realizarse la

tragedia de la tarde para emoción y regocijo de catorce mil personas. El

zumbido armónico y confuso se agrandó ahora, convirtiéndose en música

alegre y bizarra, marcha triunfal de ruidosos cobres, que hacía mover

los brazos marcialmente y contonearse las caderas... ¡Adelante los

buenos mozos!

Y los lidiadores, parpadeando bajo la violenta transición, pasaron de la

sombra a la luz, del silencio de la tranquila galería al bramar del

circo, en cuyo graderío agitábase la muchedumbre con oleajes de

curiosidad, poniéndose todos en pie para ver mejor.

Avanzaban los toreros súbitamente empequeñecidos al pisar la arena por

la grandeza de la perspectiva. Eran como muñequillos brillantes, de

cuyos bordados sacaba el sol reflejos de iris. Sus graciosos movimientos

enardecían a la gente con un entusiasmo igual al del niño ante un

juguete maravilloso. La loca ráfaga que agita a las muchedumbres,

estremeciendo sus nervios dorsales y erizando su piel sin saber

ciertamente por qué, conmovió la plaza entera. Aplaudía la gente,

gritaban los más entusiastas y nerviosos, rugía la música, y en medio de

este estruendo, que iba esparciéndose por ambos lados, desde la puerta

de salida hasta la presidencia, avanzaban las cuadrillas con una

lentitud solemne, compensando lo corto del paso con el gentil braceo y

el movimiento de los cuerpos. En el redondel de éter azul suspendido

sobre la plaza aleteaban palomas blancas, como asustadas por el bramido

que se escapaba de este cráter de ladrillo.

Los lidiadores sentíanse otros al avanzar sobre la arena. Exponían la

vida por algo más que el dinero. Sus incertidumbres y terrores ante lo

desconocido los habían dejado más allá de las vallas. Ya pisaban el

redondel; ya estaban frente al público: llegaba la realidad. Y las

ansias de gloria de sus almas bárbaras y sencillas, el deseo de

sobreponerse a los camaradas, el orgullo de su fuerza y su destreza, les

cegaba, haciéndoles olvidar temores e infundiéndoles una audacia brutal.

Gallardo se había transfigurado. Erguíase al andar, queriendo ser más

alto; movíase con una arrogancia de conquistador; miraba a todos lados

con aire triunfal, como si sus dos compañeros no existiesen. Todo era

suyo: la plaza y el público. Sentíase capaz de matar cuantos toros

existiesen a aquellas horas en las dehesas de Andalucía y de Castilla.

Todos los aplausos eran para él, estaba seguro de ello. Los miles de

ojos femeniles sombreados por mantillas blancas en palcos y barreras

sólo se fijaban en su persona, no le cabía duda. El público le adoraba;

y al avanzar, sonriendo con petulancia, como si toda la ovación fuese

dirigida a su persona, pasaba revista a los tendidos del graderío,

sabiendo dónde se agolpaban los mayores núcleos de sus partidarios y

queriendo ignorar dónde se congregaban los amigos de los otros.

Saludaron al presidente montera en mano, y el brillante desfile se

deshizo, esparciéndose peones y jinetes. Después, mientras un alguacil

recogía en su sombrero la llave arrojada por el presidente, Gallardo se

dirigió hacia el tendido donde estaban sus mayores entusiastas, dándoles

el capote de lujo para que lo guardasen. La hermosa capa, agarrada por

varias manos, fue extendida en el borde de la valla como si fuese un

pendón, símbolo sagrado de bandería.

Los partidarios más entusiastas, puestos de pie y agitando manos y

bastones, saludaban al matador, manifestando sus esperanzas. ¡A ver cómo

se portaba el niño de Sevilla!...

Y él, apoyado en la barrera, sonreía satisfecho de su fuerza, repitiendo

a todos:

--Muchas grasias. Se hará lo que se puea.

No sólo los entusiastas mostrábanse esperanzados al verle. Toda la gente

fijábase en él, aguardando hondas emociones. Era un torero que prometía

«hule», según expresión de los aficionados; y el tal hule era el de las

camas de la enfermería.

Todos creían que estaba destinado a morir en la plaza de una cornada, y

esto mismo hacía que le aplaudiesen con entusiasmo homicida, con un

interés bárbaro, semejante al del misántropo que seguía a un domador a

todas partes esperando el momento de verle devorado por sus fieras.

Gallardo reíase de los antiguos aficionados, graves doctores de la

tauromaquia que juzgan imposible un percance mientras el torero se

ajuste a las reglas del arte. ¡Las reglas!... El las ignoraba, y no

tenía empeño en conocerlas. Valor y audacia eran lo necesario para

vencer. Y casi a ciegas, sin más guía que la temeridad ni otro apoyo que

el de sus facultades corporales, había hecho una carrera rápida,

asombrando al público hasta el paroxismo, aturdiéndolo con su valentía

de loco.

No había ido, como otros matadores, por sus pasos contados, sirviendo

largos años de peón y banderillero al lado de los maestros. Los cuernos

de los toros no le daban miedo. «Peores cornás da el hambre.» Lo

importante era subir de prisa, y el público le había visto comenzar como

espada, logrando en pocos años una inmensa popularidad.

Le admiraban por lo mismo que tenían su desgracia como cierta.

Enardecíase el público con infame entusiasmo ante la ceguera con que

desafiaba a la muerte. Tenía para él las mismas atenciones y cuidados

que obtiene un reo en capilla. Este torero no era de los que se

reservan: lo daba todo, incluso la vida. Valía el dinero que costaba. Y

la muchedumbre, con la bestialidad de los que presencian el peligro en

lugar seguro, admiraba y azuzaba al héroe. Los prudentes torcían el

gesto ante sus proezas; le creían un suicida con suerte, y murmuraban:

«¡Mientras dure!...»

Sonaron timbales y clarines, y salió el primer toro. Gallardo,

sosteniendo en un brazo su capote de faena sin adorno alguno, permanecía

cerca de la barrera, junto al tendido de sus partidarios, en una

inmovilidad desdeñosa, creyendo que toda la plaza tenía los ojos puestos

en su persona. Aquel toro era para otro. Ya daría señales de existencia

cuando llegasen los suyos. Pero los aplausos a los lances de capa de los

compañeros le sacaron de esta inmovilidad, y a pesar de sus propósitos,

se fue al toro, realizando varias suertes en las que era más la audacia

que la maestría. La plaza entera le aplaudió, a impulsos de la

predilección que sentía por su atrevimiento.

Cuando Fuentes mató el primer toro y fue hacia la presidencia saludando

a la multitud, Gallardo palideció aún más, como si toda muestra de

agrado que no fuese para él equivaliera a un olvido injurioso. Ahora

llegaba su turno: iban a verse grandes cosas. No sabía ciertamente qué

podrían ser, pero estaba dispuesto a asustar al público.

Apenas salió el segundo toro, Gallardo, con su movilidad y su deseo de

lucirse, pareció llenar toda la plaza. Su capote estaba siempre cerca de

los hocicos de la bestia. Un picador de su cuadrilla, el llamado

_Potaje_, fue derribado del caballo, quedando al descubierto junto a los

cuernos, y el maestro, agarrado a la cola de la fiera, tiró con hercúlea

fuerza, obligándola a girar hasta que el jinete quedó a salvo. El

público aplaudió entusiasmado.

Al llegar la suerte de banderillas, Gallardo quedó entre barreras

esperando el toque para matar. El _Nacional_, con los palos en la mano,

citaba al toro en el centro de la plaza. Nada de graciosos movimientos

ni de arrogantes audacias. «Cuestión de ganarse el pan.» Allá en Sevilla

había cuatro pequeños que si moría él no encontrarían otro padre.

Cumplir con el deber y nada más: clavar sus banderillas como un

jornalero de la tauromaquia, sin desear ovaciones y evitando silbidos.

Cuando dejó puesto el par, unos aplaudieron en el vasto graderío y otros

increparon al banderillero con tono zumbón, aludiendo a sus ideas.

--¡Menos política y «arrimarse» más!

Y el _Nacional_, engañado por la distancia, al oír estos gritos

contestaba sonriendo, como su maestro:

--Muchas grasias, muchas grasias.

Cuando Gallardo saltó de nuevo a la arena al sonar las trompetas y

timbales que anunciaban la última suerte, la muchedumbre se agitó con

zumbido de emoción. Este matador era el suyo. Iba a verse lo bueno.

Tomó la muleta de manos de _Garabato_, que se la ofrecía plegada desde

dentro de la barrera, tiró del estoque que igualmente le presentaba su

criado, y con menudos pasos fue a plantarse frente a la presidencia,

llevando la montera en una mano. Todos tendían el pescuezo, devorando

con los ojos al ídolo, pero nadie oyó el brindis. La arrogante figura de

esbelto talle, con el tronco echado atrás para dar mayor fuerza a sus

palabras, produjo en la muchedumbre el mismo efecto que la arenga más

elocuente. Al terminar su peroración con una media vuelta, arrojando la

montera al suelo, el entusiasmo estalló ruidoso. ¡Olé el niño de

Sevilla! ¡Ahora iba a verse la verdad!... Y los espectadores se miraban

unos a otros, prometiéndose mudamente sucesos estupendos. Un

estremecimiento corrió por las filas del graderío, como en presencia de

algo sublime.

El silencio profundo de las grandes emociones cayó de pronto sobre la

muchedumbre, cual si la plaza hubiese quedado vacía. La vida de tantos

miles de personas estaba condensada en los ojos. Nadie parecía respirar.

Gallardo avanzó hacia el toro lentamente, llevando la muleta apoyada en

el vientre como una bandera y agitando en la otra mano la espada con un

movimiento de péndulo que acompañaba su paso.

Al volver un instante la cabeza, vio que le seguían el _Nacional_ y otro

de su cuadrilla con el capote al brazo para ayudarle.

--¡Fuera too er mundo!

Sonó su voz en el silencio de la plaza, llegando hasta los últimos

bancos, y un estallido de admiración lo contestó... «¡Fuera too er

mundo!...» ¡Había dicho fuera todo el mundo!... ¡Qué hombre!

Llegó completamente solo junto a la fiera, e instantáneamente se hizo

otra vez el silencio. Calmosamente deshizo su muleta, la extendió,

avanzando así algunos pasos, hasta pegarse casi al hocico del toro,

aturdido y asombrado por la audacia del hombre.

El público no se atrevía a hablar ni a respirar siquiera, pero en sus

ojos brillaba la admiración. ¡Qué mozo! ¡Se iba a los mismísimos

cuernos!... Golpeó impacientemente la arena con un pie, incitando a la

fiera para que acometiese, y la masa enorme de carne, con sus agudas

defensas, cayó mugiente sobre él. La muleta pasó sobre los cuernos, y

éstos rozaron las borlas y caireles del traje del matador, que siguió

firme en su sitio, sin otro movimiento que echar atrás el busto. Un

rugido de la muchedumbre contestó a este pase de muleta. ¡Olé!...

Se revolvió la fiera, acometiendo otra vez al hombre y a su trapo, y

volvió a repetirse el pase, con igual rugido del público. El toro, cada

vez más furioso por el engaño, acometía al lidiador, y éste repetía los

pases de muleta, moviéndose en un limitado espacio de terreno,

enardecido por la proximidad del peligro y las exclamaciones admirativas

de la muchedumbre, que parecían embriagarle.

Gallardo sentía junto a él los bufidos de la fiera; llegaban a su

diestra y a su rostro los hálitos húmedos de su baba. Familiarizado por

el contacto, miraba al bruto como a un buen amigo que iba a dejarse

matar para contribuir a su gloria.

Quedose inmóvil el toro algunos instantes, como cansado de este juego,

mirando con ojos de sombría reflexión al hombre y al trapo rojo,

sospechando en su obscuro pensamiento la existencia de un engaño que, de

acometida en acometida, le empujaba hacia la muerte.

Gallardo sintió la corazonada de sus mejores éxitos. ¡Ahora!... Lió la

muleta con un movimiento circular de su mano izquierda, dejándola

arrollada en torno del palo, y elevó la diestra a la altura de sus ojos,

quedando con la espada inclinada hacia la cerviz de la fiera. La

muchedumbre se agitó con movimiento de protesta y escándalo.

--¡No te tires!...--gritaron miles de voces--. ¡No... no!

Era demasiado pronto. El toro no estaba bien colocado: iba a arrancarse

y a cogerlo. Movíase fuera de todas las reglas del arte. Pero ¿qué le

importaban las reglas ni la vida a aquel desesperado?...

De pronto se echó con la espada por delante, al mismo tiempo que la

fiera caía sobre él. Fue un encontronazo brutal, salvaje. Por un

instante, hombre y bestia formaron una sola masa, y así marcharon juntos

algunos pasos, sin poder distinguirse quién era el vencedor: el hombre

con un brazo y parte del cuerpo metido entre los dos cuernos; la bestia

bajando la cabeza y pugnando por atrapar con sus defensas el monigote de

oro y colores, que parecía escurrirse.

Por fin se deshizo el grupo, la muleta quedó en el suelo como un harapo,

y el lidiador, libres las manos, salió tambaleándose por el impulso del

choque, hasta que algunos pasos más allá recobró el equilibrio. Su traje

estaba en desorden; la corbata flotaba fuera del chaleco, enganchada y

rota por uno de los cuernos.

El toro siguió su carrera con la velocidad del primer impulso. Sobre su

ancho cuello apenas se destacaba la roja empuñadura del estoque, hundido

hasta la cruz. De pronto, el animal se detuvo en su carrera, agitándose

con doloroso movimiento de cortesía; dobló las patas delanteras, inclinó

la cabeza hasta tocar la arena con su hocico mugiente, y acabó por

acostarse con estremecimientos agónicos...

Pareció que se derrumbaba la plaza, que los ladrillos chocaban unos con

otros, que la multitud iba a huir presa de pánico, según se ponía en

pie, pálida, trémula, gesticulando y braceando. ¡Muerto!... ¡Qué

estocada! Todos habían creído, durante un segundo, enganchado en los

cuernos al matador; todos daban por seguro verle caer ensangrentado

sobre la arena; y al contemplarle de pie, aturdido aún por el choque,

pero sonriente, la sorpresa y el asombro aumentaban el entusiasmo.

--¡Qué bruto!--gritaban en los tendidos, no encontrando nada más justo

para expresar su admiración--.¡Qué bárbaro!

Y los sombreros volaban a la arena, y un redoble gigantesco de aplausos,

semejante a una lluvia de granizo, corría de tendido en tendido conforme

avanzaba el matador por el redondel, siguiendo el contorno de la

barrera, hasta llegar frente a la presidencia.

La ovación estalló estruendosa cuando Gallardo, abriendo los brazos,

saludó al presidente. Todos gritaban, reclamando para el diestro los

honores de la maestría. Debían darle la oreja. Nunca tan justa esta

distinción. Estocadas como aquella se veían pocas. Y el entusiasmo aún

fue mayor cuando un mozo de la plaza le entregó un triángulo obscuro,

peludo y sangriento: la punta de una de las orejas de la fiera.

Estaba ya en el redondel el tercer toro y duraba aún la ovación a

Gallardo, como si el público no hubiese salido de su asombro, como si

todo lo que pudiera ocurrir en el resto de la corrida careciese de

valor.

Los otros toreros, pálidos de envidia profesional, se esforzaban por

atraerse la atención del público. Sonaban los aplausos, pero eran flojos

y desmayados después de las anteriores ovaciones. El público estaba

quebrantado por el delirio de su entusiasmo, y atendía distraídamente a

los lances que se desarrollaban en el redondel. Se entablaban vehementes

discusiones de grada a grada. Los devotos de otros matadores, serenos ya

y libres del arrebato que los había arrastrado a todos, rectificaban su

espontáneo movimiento, discutiendo a Gallardo. Muy valiente, muy

atrevido, un suicida; pero aquello no era arte. Y los entusiastas del

ídolo, los más vehementes y brutales, que admiraban su audacia a

impulsos del propio carácter, indignábanse, con la cólera del creyente

que ve puestos en duda los milagros de su santo.

Cortábase la atención del público con incidentes obscuros que agitaban

las gradas. De pronto movíase la gente en una sección del tendido:

poníanse los espectadores en pie, volviendo la espalda al redondel;

arremolinábanse sobre las cabezas brazos y bastones. El resto de la

muchedumbre dejaba de mirar a la arena, fijándose en el sitio de la

agitación y en los grandes números pintados en la valla de la

contrabarrera que marcaban las diferentes secciones del graderío.

--¡Bronca en el 3!--gritaban alegremente--.¡Ahora riñen en el 5!

Siguiendo el impulso contagioso de las muchedumbres, todos se agitaban y

se ponían en pie, queriendo ver por encima de las cabezas de los

vecinos, sin poder distinguir otra cosa que la lenta ascensión de los

policías, los cuales, abriéndose paso de grada en grada, llegaban al

grupo en cuyo seno se desarrollaba la reyerta.

--¡Sentarse!--gritaban los más prudentes, privados de la vista del

redondel, donde seguían trabajando los toreros.

Poco a poco se calmaban las oleadas de la muchedumbre; las filas de

cabezas tomaban su anterior regularidad, siguiendo las líneas circulares

de los bancos, y continuaba la corrida. Pero el público parecía con los

nervios excitados, y su estado de ánimo manifestábase con una injusta

animosidad contra ciertos lidiadores o un silencio desdeñoso.

El público, estragado por la gran emoción de poco antes, encontraba

insípidos todos los lances. Entretenía su fastidio comiendo y bebiendo.

Los vendedores de la plaza iban entre barreras, arrojando con pasmosa

habilidad los artículos que les pedían. Las naranjas volaban como rojas

pelotas hasta lo más alto del tendido, yendo de la mano del vendedor a

las del público en línea recta, como si un hilo tirase de ellas.

Destapábanse botellas de bebidas gaseosas. El oro líquido de los vinos

andaluces brillaba en los vasos.

Circuló por el graderío un movimiento de curiosidad. Fuentes iba a

banderillear su toro, y todos esperaban algo extraordinario de habilidad

y de gracia. Avanzó solo a los medios de la plaza con las banderillas en

una mano, sereno, tranquilo, marchando lentamente, como si fuese a

comenzar un juego. El toro seguía sus movimientos con ojos curiosos,

asombrado de ver ante él un hombre solo, después de la anterior baraúnda

de capotes extendidos, picas crueles clavadas en su morrillo y jacos que

venían a colocarse cerca de los cuernos, como ofreciéndose a su empuje.

El hombre hipnotizaba a la bestia. Se aproximaba hasta tocar su testuz

con la punta de las banderillas; corría después con menudo paso, y el

toro iba tras él, como si lo hubiera convencido, llevándoselo al extremo

opuesto de la plaza. El animal parecía amaestrado por el lidiador, le

obedecía en todos sus movimientos, hasta que éste, dando por terminado

el juego, abría sus brazos con una banderilla en cada mano, erguía sobre

las puntas de los pies su cuerpo esbelto y menudo, y marchaba hacia el

toro con majestuosa tranquilidad, clavando los palos de colores en el

cuello de la sorprendida fiera.

Por tres veces realizó la suerte, entre las aclamaciones del público.

Los que se tenían por inteligentes desquitábanse ahora de la explosión

de entusiasmo provocada por Gallardo. ¡Esto era ser torero! ¡Esto era

arte puro!...

Gallardo, de pie junto a la barrera, limpiábase el sudor del rostro con

una toalla que le ofrecía _Garabato_. Después bebió agua, volviendo la

espalda al redondel para no ver las proezas de su compañero. Fuera de la

plaza estimaba a sus rivales, con la fraternidad que establece el

peligro; pero así que pisaba la arena todos eran enemigos, y sus

triunfos le dolían como ofensas. Ahora, el entusiasmo del público

parecíale un robo que disminuía su gran triunfo.

Cuando salió el quinto toro, que era para él, se lanzó a la arena

ansioso de asombrar al público con sus proezas.

Así que caía un picador, tendía él la capa y se llevaba el toro al otro

extremo del redondel, aturdiéndolo con una serie de capotazos, hasta

que, turbada la fiera, quedábase inmóvil. Entonces Gallardo la tocaba el

hocico con un pie, o quitándose la montera la depositaba entre sus

cuernos. Otras veces abusaba de la estupefacción del animal,

presentándole el vientre con audaz reto, o se arrodillaba a corta

distancia, faltándole poco para acostarse bajo sus hocicos.

Los viejos aficionados protestaban sordamente. ¡Monerías! ¡payasadas que

no se hubieran tolerado en otros tiempos!... Pero tenían que callarse,

abrumados por el griterío del público.

Cuando sonó el toque de banderillas, la gente quedó en suspenso al ver

que Gallardo quitaba sus palos al _Nacional_ y con ellos se dirigía

hacia la fiera. Hubo una exclamación de protesta. ¡Banderillear él!...

Todos conocían su flojedad en tal suerte. Esta quedaba para los que

habían hecho su carrera paso a paso, para los que habían sido

banderilleros muchos años al lado de sus maestros antes de llegar a

matadores; y Gallardo había comenzado por el final, matando toros desde

que salió a la plaza.

--¡No! ¡no!--clamaba la muchedumbre.

El doctor Ruiz gritó y manoteó desde la contrabarrera:

--¡Deja eso, niño! Tú sólo sabes la verdad... ¡Matar!

Pero Gallardo despreciaba al público y era sordo a sus protestas cuando

sentía el impulso de la audacia. En medio del griterío se fue rectamente

al toro, y sin que éste se moviese, ¡zas! le clavó las banderillas. El

par quedó fuera de sitio, torpemente prendido, y uno de los palos se

cayó con el movimiento de sorpresa de la bestia. Pero esto no importaba.

Con la debilidad que las muchedumbres sienten siempre por sus ídolos,

excusando y justificando sus defectos, todo el público celebraba risueño

esta audacia. El, cada vez más atrevido, tomó otras banderillas y las

clavó, desoyendo las protestas de la gente, que temía por su vida. Luego

repitió la suerte por tercera vez, siempre con torpeza, pero con tal

arrojo, que lo que en otro hubiese provocado silbidos fue acogido con

grandes explosiones admirativas. ¡Qué hombre! ¡Cómo ayudaba la suerte a

aquel atrevido!...

Quedó el toro con sólo cuatro banderillas de las seis, y éstas tan

flojas, que la bestia parecía no sentir el castigo.

--Está muy entero--gritaban los aficionados en los tendidos aludiendo al

toro, mientras Gallardo, empuñando estoque y muleta, con la montera

puesta, marchaba hacia él, arrogante y tranquilo, confiando en su buena

estrella.

--¡Fuera toos!--gritó otra vez.

Al adivinar que alguien se mantenía cerca de él, no atendiendo sus

órdenes, volvió la cabeza. El _Fuentes_ estaba a pocos pasos. Le había

seguido con el capote al brazo, fingiendo distracción, pero pronto a

acudir en su auxilio, como si presintiese una desgracia.

--Déjeme usté, Antonio--dijo Gallardo con una expresión colérica y

respetuosa a la vez, como si hablase a un hermano mayor.

Y era tal su gesto, que Fuentes levantó los hombros cual si repeliese

toda responsabilidad, y le volvió la espalda, aloyándose poco a poco,

con la certeza de ser necesario de un momento a otro.

Gallardo extendió su trapo en la misma cabeza de la fiera, y ésta le

acometió. Un pase. «¡Olé!», rugieron los entusiastas. Pero el animal se

revolvió prontamente, cayendo de nuevo sobre el matador con un violento

golpe de cabeza que arrancó la muleta de sus manos. Al verse desarmado y

acosado, tuvo que correr hacia la barrera; pero en el mismo instante el

capote de Fuentes distrajo al animal. Gallardo, que adivinó en su fuga

la súbita inmovilidad del toro, no saltó la barrera: se sentó en el

estribo y así permaneció algunos instantes, contemplando a su enemigo a

pocos pasos. La derrota acabó en aplausos por este alarde de serenidad.

Recogió Gallardo muleta y estoque, arregló cuidadosamente el trapo rojo,

y otra vez fue a colocarse ante la cabeza de la fiera, pero con menos

serenidad, dominado por una cólera homicida, por el deseo de matar

cuanto antes a aquel animal que le había hecho huir a la vista de miles

de admiradores.

Apenas dio un pase creyó llegado el momento decisivo, y se cuadró, con

la muleta baja, llevándose la empuñadura del estoque junto a los ojos.

El público protestaba otra vez, temiendo por su vida.

--¡No te tires! ¡No!... ¡Aaay!

Fue una exclamación de horror que conmovió a toda la plaza; un espasmo

que hizo poner de pie a la muchedumbre, con los ojos agrandados,

mientras las mujeres se tapaban la cara o se agarraban convulsas al

brazo más cercano.

Al tirarse el matador, su espada dio en hueso, y retardado en el

movimiento de salida por este obstáculo, había sido alcanzado por uno de

los cuernos. Gallardo quedó enganchado por la mitad del cuerpo; y aquel

buen mozo, fuerte y membrudo, con toda su pesadumbre, viose zarandeado

al extremo de un asta cual mísero maniquí, hasta que la poderosa bestia,

con un cabezazo, lo expulsó a algunos metros de distancia, cayendo el

torero pesadamente en la arena, abiertos los remos, como una rana

vestida de seda y oro.

--¡Lo ha matado! ¡Una cornada en el vientre!--gritaban en los tendidos.

Pero Gallardo se levantó entre las capas y los hombres que acudieron a

cubrirle y salvarle. Sonreía; se tentaba el cuerpo; levantaba después

los hombros para indicar al público que no tenía nada. El porrazo nada

más y la faja hecha trizas. El cuerno sólo había penetrado en esta

envoltura de seda fuerte.

Volvió a coger los «trastos de matar», pero ya nadie quiso sentarse,

adivinando que el lance iba a ser breve y terrible. Gallardo marchó

hacia la fiera con su ceguedad de impulsivo, como si no creyese en el

poder de sus cuernos luego de salir ileso: dispuesto a matar o a morir,

pero inmediatamente, sin retrasos ni precauciones. ¡O el toro o él! Veía

rojo, cual si sus ojos estuviesen inyectados de sangre. Escuchaba, como

algo lejano que venía de otro mundo, el vocerío de la muchedumbre

aconsejándole serenidad.

Dio sólo dos pases, ayudado por un capote que se mantenía a su lado, y

de pronto, con celeridad de ensueño, como un muelle que se suelta del

afianzador, lanzose sobre el toro, dándole una estocada que sus

admiradores llamaban de relámpago. Metió tanto el brazo, que al salirse

de entre los cuernos todavía le alcanzó el roce de uno de éstos,

enviándolo tambaleante a algunos pasos; pero quedó en pie, y la bestia,

tras loca carrera, fue a caer en el extremo opuesto de la plaza,

quedando con las piernas dobladas y el testuz junto a la arena, hasta

que llegó el puntillero para rematarla.

El público pareció delirar de entusiasmo. ¡Hermosa corrida! Estaba ahíto

de emociones. Aquel Gallardo no robaba el dinero: correspondía con

exceso al precio de la entrada. Los aficionados iban a tener materia

para hablar tres días en sus tertulias de café. ¡Qué valiente! ¡Qué

bárbaro!... Y los más entusiastas, con una fiebre belicosa, miraban a

todos lados como si buscasen enemigos.

--¡El primer matador del mundo!... Y aquí estoy yo, para el que diga lo

contrario.

El resto de la corrida apenas llamó la atención. Todo parecía desabrido

y gris tras las audacias de Gallardo.

Cuando cayó en la arena el último toro, una oleada de muchachos, de

aficionados populares, de aprendices de torero, invadió el redondel.

Rodearon a Gallardo, siguiéndole en su marcha desde la presidencia a la

puerta de salida. Le empujaban, queriendo todos estrechar su mano, tocar

su traje, y al fin, los más vehementes, sin hacer caso de las manotadas

del _Nacional_ y los otros banderilleros, agarraron al maestro por las

piernas y lo subieron en hombros, llevándolo así por el redondel y las

galerías hasta las afueras de la plaza.

Gallardo, quitándose la montera, saludaba a los grupos que aplaudían su

paso. Envuelto en su capote de lujo, se dejaba llevar como una

divinidad, inmóvil y erguido sobre la corriente de sombreros cordobeses

y gorras madrileñas, de la que salían aclamaciones de entusiasmo.

Cuando se vio en el carruaje, calle de Alcalá abajo, saludado por la

muchedumbre que no había presenciado la corrida, pero estaba ya enterada

de sus triunfos, una sonrisa de orgullo, de satisfacción en las propias

fuerzas, iluminó su rostro sudoroso, en el que perduraba la palidez de

la emoción.

El _Nacional_, conmovido aún por la cogida del maestro y su tremendo

batacazo, quería saber si sentía dolores y si era asunto de llamar al

doctor Ruiz.

--Na: una caricia na más... A mí no hay toro que me mate.

Pero como si en medio de su orgullo surgiese el recuerdo de las pasadas

debilidades y creyera ver en los ojos del _Nacional_ una expresión

irónica, añadió:

--Son cosas que me dan antes de ir a la plaza... Argo así como los

vapores de las mujeres. Pero tú llevas razón, Sebastián. ¿Cómo dices?...

Dios u la Naturaleza, eso es: Dios u la Naturaleza no tieen por qué

meterse en estas cosas del toreo. Ca uno sale como puede, con su

habilidad o su coraje, sin que le valgan recomendaciones de la tierra ni

del cielo... Tú tiees talento, Sebastián: tú debías de haber estudiao

una carrera.

Y en el optimismo de su alegría, miraba al banderillero como un sabio,

sin acordarse de las burlas con que había acogido siempre sus

enrevesadas razones.

Al llegar al alojamiento encontró en el vestíbulo a muchos admiradores

deseosos de abrazarle. Hablaban de sus hazañas con tales hipérboles, que

parecían distintas, exageradas y desfiguradas por los comentarios en el

corto trayecto de la plaza al hotel.

Arriba encontró su habitación llena de amigos, señores que le tuteaban,

e imitando el habla rústica de la gente del campo, pastores y ganaderos,

le decían golpeándole los hombros:

--Has estao mu güeno... ¡Pero mu güeno!

Gallardo se libró de esta acogida entusiasta saliéndose al corredor con

_Garabato_.

--Ve a poner el telegrama a casa. Ya lo sabes: «Sin noveá.»

_Garabato_ se excusó. Tenía que ayudar al maestro a desnudarse. Los del

hotel se encargarían de enviar el despacho.

--No; quiero que seas tú. Yo esperaré... Debes poné otro telegrama. Ya

sabes pa quién es: pa aquella señora, pa doña Zol. También «Sin noveá».

Sangre y arena · 第 2 / 13 题