--¿Las encontraste?--le preguntó la sobrina de Coletilla con curiosidad
y cierto temor.
--Sí--contestó él sonriendo al recordar la escena de las monedas, que
refirió después sin omitir el extraño incidente de doña Paulita.
Oyó Clara con mucho interés este último punto, y después dijo con
tristeza:
--Ya lo sabía.
--¿Cómo? ¿Ella te ha dicho algo?
--No; pero lo he conocido, me lo habla figurado. Tenía una sospecha ...
Aquella mujer es muy rara. ¡Si vieras qué miedo me daba cuando se ponía
á orar, quedándose mucho tiempo quieta é insensible, como si estuviera
muerta! Se ponía de rodillas, miraba al techo, y así estaba dos ó tres
horas sin moverse, y hasta parecía que no respiraba. La tocaba yo, y
nada; la llamaba, y no respondía. Por fin, después de mucho tiempo,
daba un suspiro y volvía en si.
--¿Y eso le pasaba con frecuencia?
--Si; muchas veces.
--Hay una enfermedad--dijo Lázaro--que llaman la catalepsia, y consiste
en un paroxismo, durante el cual la persona pierde el movimiento y el
habla, quedándose como muerta. Dicen que una de las causas que motivan
esta enfermedad es el misticismo religioso y el hábito de los éxtasis
y visiones.
--Eso será lo que tiene. ¡Pobre Paulita!
Aquella noche estaban los dos en el mismo cuarto, sentados junto á una
escasa lumbre. Clara se había levantado completamente restablecida.
Lázaro revolvía en su imaginación los peregrinos incidentes de los días
anteriores. Los dos estaban muy tristes; se comunicaban mirándose su
tristeza, y callaban. Tal vez pensaban en planes para lo futuro; quizás
ella estaba inquieta por la situación difícil en que uno y otro se
encontraban. Entonces entró Pascuala y dijo:
--¡Qué miedo! Desde el anochecer están paseándose por delante de la
puerta unos hombres. Esta tarde vinieron también. ¡Qué fachas! A veces
se paran á mirar _pa_ dentro, y me temo que si viene Pascual y los ve se
va á armar una ... ¡porque tiene un genio! ... se creerá que vienen por
mi ... porque como es una así ... tan guapetona ...
--Cierre usted la puerta.
--Ya cerré.
Clara se quedó pálida como un difunto. Ya le parecía que por ventanas y
puertas entraba una horda de facinerosos armados de puñales, pistolas,
cuerdas y otros instrumentos horribles.
--Cierra bien. Apaga esa luz. ¿Si se irán á entrar por esa
ventana?--dijo señalando un tragaluz por donde el gato, que tanto
respeto inspiraba al señor de Batilo, entraba con dificultad. Aquel
tragaluz daba á un patio perteneciente á la misma casa.
Batilo, que sin duda entendió lo del peligro en que los jóvenes se
hallaban, y quería probar que, aunque misántropo, era un perro
resuelto á todo, ladró en un tono que quería decir: "Nada hay que
temer mientras esté yo."
Un poco más tarde, Clara, que miraba con recelo aquel tragaluz
maldecido, se estremeció con horrible sacudimiento, dió un grito muy
agudo y sus ojos expresaron el pavor más grande.
--¿Qué tienes, qué hay?--dijo Lázaro con sobresalto. Clara, tal vez
dominada por el miedo, había creído ver instantáneamente en el tragaluz
los ojos vivos, la nariz puntiaguda de Elías Orejón, su tirano y
protector.
--¿Eres tonta?--le dijo Lázaro.--¿No ves que eso es efecto del miedo?
El miró y examinó atentamente: no había nadie. Salieron al patio, que
estaba lleno de escombros y de leña, y tampoco vieron nada.
Indudablemente había sido efecto del miedo.
El día siguiente pasó sin ningún suceso notable, y al anochecer llegó
Bozmediano. Lázaro, desde que le vió entrar, conoció que no estaba
tranquilo.
--¿Qué hay?
--Mucho peligro. Le acechan á usted. Yo he venido acompañado, por temor
de tener algún encuentro. Pero no tema usted. He traído bastante gente y
estamos seguros. Ahora mismo se van á marchar ustedes.
--¿Y saldremos ahora mismo?--dijo Clara con alegría, esperando no ver
más aquel tragaluz y dejar para siempre á Madrid.
--Sí, ahora mismo. Ya les he preparado un coche para que vayan de aquí á
Torrejón, donde tengo yo una casa. Allí pueden descansar hasta pasado
mañana, que pasa por allí una diligencia para Alcalá, y de Alcalá pueden
dirigirse á Aragón cuando quieran.
--¿Y cuándo llegaremos á Torrejón?
--Antes de que amanezca. Van ustedes en un coche de mi casa y con gente
de mi confianza. No tienen nada que temer: buenas mulas y buena
compañía. En Torrejón están ustedes seguros ... Aquí ... no lo creo. Es
preciso salir de esta casa y de Madrid inmediatamente.
--Pues vamos--dijo Lázaro con resolución.--No perdamos tiempo.
Rápidamente se prepararon uno y otro.
--¿No hay una puerta que dé á otra calle?--preguntó Bozmediano á
Pascuala.
--Sí, señor; pero hay que pasar por la casa del carbonero, que tiene
salida á la otra calle.
--Bien; por ahí saldremos. El coche espera en las afueras del portillo
de Gilimón. Los hombres que yo he traído están en la tienda. Que entren,
y saldremos todos por esa otra calle.
Pocos momentos después salían todos, incluso el perro de las
Porreñas, á quien Clara no quiso abandonar. Despidiéronse los
viajeros de Pascuala, y se dirigieron, acompañados de Bozmediano y
su gente, al portillo de Gilimón. Muy aprisa, por no dar lugar á que
algún curioso los descubriera, subieron al coche. El cochero y su
zagal iban en el pescante; un criado, hombre fuerte, armado de fusil,
iba dentro con Lázaro y Clara. Despidiólos Bozmediano muy
cordialmente y un tanto conmovido, y partió el coche por la ronda
para tomar la carretera de Aragón.
Tantas precauciones no eran inútiles, y es seguro que sin ellas habrían
tenido los fugitivos un mal encuentro, y quizás alguna desventurada
aventura que hubiera desviado las cosas del buen camino que llevaban. La
inquietud de Lázaro y los sustos de Clara no concluyeron hasta más allá
de Alcalá; y había realmente motivo para ello, porque el jurar de
Coletilla contra su sobrino era tal (según informes adquiridos por el
autor), que había jurado quitarle la vida. Pero Dios lo dispuso de otra
manera, y llevó sanos y contentos á la villa aragonesa á los dos
principales personajes de esta verídica historia, los cuales, una vez
descansados del viaje y repuestos del susto, no pensaron más que en
casarse; acertada idea que á toda persona en aquellas circunstancias se
le hubiera ocurrido. En ningún apunte de los que el autor ha tenido á la
vista para su trabajo consta el día en que se casaron; pero está probado
que no esperaron mucho tiempo, y que tuvieron venturosa sucesión. De
esto son pruebas evidentes varios mocetones que, años adelante, vieron
Bozmediano y el autor en un viaje que hicieron á un lugar de Aragón para
asuntos que no vienen al caso.
Cómo se acomodó Lázaro en su pueblo y qué medios de subsistencia pudo
allegar, es cosa larga de contar. Baste decir que renunció por completo,
inducido á ello por su mujer y por sus propios escarmientos, á los
ruidosos éxitos de Madrid y á las lides políticas. Tuvo el raro talento
de sofocar su naciente ambición y confinarse en su pueblo, buscando en
una vida obscura, pacífica, laboriosa y honrada la satisfacción de los
más legítimos deseos del hombre. Ni él ni su intachable esposa se
arrepintieron de esto en el transcurso de su larga vida. Así, en tan
dilatado período, el nombre de nuestro amigo, que había estado en
candidatura, digámoslo así, para entrar en la celebridad, no figuró en
la _Guía Oficial_, ni en listas de funcionarios, ni en corporaciones, ni
en juntas, ni en nada que pudiera hacerle traspasar las fronteras de
aquel reducido término de Ateca. Con paciencia y trabajo fué
alimentando la exigua propiedad de sus mayores, y llegó á ser hombre de
posición desahogada.
Así me lo ha contado Bozmediano, de quien recibí también noticias muy
interesantes de los demás personajes de esta historia. Especial deseo
tenía yo de saber algo de Coletilla; y un día que la suerte me deparó
un buen encuentro con don Claudio y sacamos á colación los sucesos que
referidos quedan, me vino á las mientes Coletilla, y hablamos
largamente de él.
--Ya el demonio se lo llevó--me dijo mi amigo.--Parece que aquel hombre
excéntrico recibió el más horrible castigo que, dado su carácter, podría
recibir. El Rey le despreció después del triunfo de 1824. Un día se
empeñaba Elías en ver al Rey; venía de la facción; había luchado por el
absolutismo como semejante hombre podía luchar por semejante causa.
Fernando, entre cuyos vicios descollaba la ingratitud, mandó salir
expresamente al lacayo del último de sus ayudas de cámara con orden
terminante de apalear á Coletilla dondequiera que le encontrase. Bajó el
lacayo y vapuleó al realista. Así pagan los tiranuelos. Después de este
lance, el fanático se puso malo. Dijeron algunos que se había dejado
morir de hambre; otros que se había vuelto loco; otros, y esto parece lo
más cierto, que le mató una profunda hipocondría.
--Y las señoras de Porreño, ¿qué fué de ellas?--le pregunté.
--Nada he podido averiguar de doña Salomé contestó.--Creo que ha
desaparecido de Madrid. Doña María de la Paz Jesús estaba en Segovia,
donde tenía una casa de huéspedes. Respecto á doña Paulita, sí he tenido
muchas noticias.
--¡Qué singular pasión la suya!
--Sí; después empezó á padecer ataques muy frecuentes de catalepsia. En
cuanto á su pasión, hay que reconocer que el recogimiento de su vida y
la circunstancia de haberse formado un carácter ficticio, influyeron en
aquella explosión repentina. Habíase educado en la vida devota, y la
condición mundana de nuestra naturaleza no se reveló en ella en edad
oportuna á causa de las anomalías de la juventud. Fué una niña hasta los
treinta años; y creo que hubiera sido una excelente mujer, adornada de
todas las prendas de lealtad y delicadeza que deben adornar á una
esposa, si aquella perfección engañosa, hija de una falsa educación, no
torciera en ella su verdadero carácter. Repitiendo lo que ella decía,
aunque modificándolo para no proferir una blasfemia, podemos asegurar
que la Naturaleza, no Dios, se burló de ella.
Poco después de las últimas escenas de esta historia se retiró á un
convento, y allí tenía opinión de santa, á lo cual contribuyó mucho la
catalepsia. Creyéronla muerta varias veces, y hasta trataron de
enterrarla en una ocasión; mas durante las exequias volvió en sí,
pronunciando un nombre que interpretaron todas las monjas como una señal
de santidad, pues entendían que repetía las palabras de Jesús: _Lázaro,
despierta_. Indudablemente era una santa. Ocho teólogos lo probaron con
ochocientos silogismos. Su vida era ejemplar, su trato tristísimo; oraba
mucho, y se dormía, se quedaba en éxtasis casi todos los días. Uno de
estos éxtasis fué tan largo, que las monjas sospecharon que no saldría
de él. Así fué, en efecto: no volvió en sí. Pero las monjas, por no
exponerse á un nuevo chasco, esperaron lo más posible, y al fin se
decidieron á enterrarla, seguras de que estaba bien muerta.
Madrid, 1867-68.
#FIN DE "LA FONTANA DE ORO"#