#Virgo potens#.
Lázaro quedó dentro de la casa de Álava durante los breves y angustiosos
momentos que duró la tentativa de lucha entre el pueblo y la tropa.
Sentían desde allí el rumor popular, y por instantes creyeron que había
llegado la última hora de todos ellos. El objeto que allí reunía á los
ilustres personajes era tratar de los medios que podían emplearse para
impedir las frecuentes conspiraciones de Palacio. Pueden burlarse las
cábalas de un partido, de dos; pero contra las del Soberano, símbolo de
legalidad, ¿qué fuerza puede tener un Ministerio? Si hay algo más
terrible que la anarquía, son las camarillas. Contra esto no hay arma
eficaz, á no ser el arma de un regicida. No podemos asegurar si en
aquellas reuniones se trató de poner en práctica el artículo de la
Constitución; idea que después, con gran escándalo de Europa, se realizó
en las Cortes de Sevilla del año 23. Pero sí podemos asegurar que
aquellos hombres se ocuparon, con la aflicción y desaliento que era
natural, de los rumores de intervención francesa, de las relaciones
secretas de Fernando con Luis XVIII, y, por último, del ejército de
observación puesto por el Gobierno francés en la frontera con el
pretexto de cordón sanitario.
Volvamos á nuestro cuento. Cuando terminó el peligro y se alejó la
multitud, la mayor parte de las personas permanecieron en la
huerta, subiendo á la casa tan sólo los tres que habían de figurar
en el reconocimiento ordenado por la autoridad. Todo se arregló de
modo que en el parte del capitán general que había de publicarse
al día siguiente, no figurara la existencia de reunión secreta ni
cosa parecida.
Al amanecer se fueron todos custodiados por la tropa y con mucho sigilo.
Lázaro, sin que nadie le custodiara, se fué á la calle del Humilladero.
Clara, que había tenido noticia del alboroto de aquella noche, estaba en
la mayor inquietud. A cada ruido que sonaba en la calle se incorporaba
con grande agitación y sobresalto. Decíale Pascuala mil cosas divertidas
para distraerla, y á cada momento le contaba las estratagemas que tuvo
que poner en juego para que su Pascual no se echara á la calle, teniendo
que encerrarle en la casa y esconderle la escopeta en lo más profundo
del sótano. El tabernero, que en realidad era un hombre pacífico, viendo
que le cerraban la puerta y le impedían ir á cubrirse de gloria en las
calles, se bebió lo mejor de su comercio, y sin hacer alborotos, porque
también eran pacíficas las monas que cogía, se tendió en el banco y
empezó á roncar de tal modo, que parecía su voz una burla durmiente del
ronquido popular que sonaba en las calles.
Esperó Clara toda la noche con mortal inquietud; pasó una hora y otra
hora, y rezó todas las oraciones que sabía, sin olvidar las que le había
enseñado doña Paulita. Su buen amigo no volvió hasta la mañana. Cuando
ella vió que no estaba herido, que no le faltaba ningún brazo, ni media
cabeza, ni tenía en el pecho ningún tremendo, sangriento agujero, como
ella había soñado con horror, se quedó tranquila y en extremo contenta.
--¡Si vieras lo que he hecho esta noche!--dijo Lázaro, sentándose
fatigado y sin aliento junto al lecho.--He salvado la vida á más de
veinte personas, los hombres más esclarecidos de España. Iban á ser
villanamente asesinados esta noche.
--¡Jesús!--exclamó Pascuala, llevándose las manos á la cabeza.--¡Qué me
alegro de que mi Pascual no hubiera salido! Si sale, me lo asesinan.
--Una infernal maquinación estaba preparada para matarlos en un sitio
en que estaban reunidos. Todo por ese hombre malvado ... ¡Si vieras
qué tumulto!
--¡Ah, no salgas, por Dios!--dijo Clara.
--Es preciso salir. Sé que tratan de prender á mi tío, que tratan de
hacerle justicia. Lo merece, es cierto; pero yo que hice cuanto pude
para impedir la realización de sus inicuos planes, trataré también de
salvarle á él. Es hermano de mi madre. Si avisándole que tratan de
prenderle se salva, y no le aviso, mi conducta es criminal. Es un
infame, con vergüenza lo confieso; pero si no impido su persecución y su
muerte, tendré remordimientos toda mi vida.
La huérfana no pudo resistir un sentimiento de lástima y piedad hacia
aquel hombre excéntrico que, sin dejar de ser su tirano, había sido su
protector y el amparo de su niñez.
--Sí, sí; ve--dijo.--¡Pobre hombre! ¿Qué ha hecho? Pero no vayas tú; ¿no
podrías mandarle un recado?
--Yo mismo debo ir. Volveré pronto; no temas nada. ¿Qué me puede
suceder?
--¡Ay, Dios mío! Todavía me parece que siento aquellos gritos de anoche
... ¿Y si se enfada contigo y te riñe?
--¿Quién?
--¡Él! Ese hombre, que debe estar más rabioso que nunca.
--No me importa. Hoy será la última vez que le vea.
--¿Y si vas á la casa y encuentras á las dos señoras, y doña Salomé te
dice algo que te ofenda, y te habla de mi diciendo que soy incorregible?
--Si me dice algo que me ofenda, me importará poco; pero si me habla de
ti, pienso que será la última vez que se atreva á pronunciar tu nombre.
--¿Y si descubren que estoy aquí y vienen las tres á atormentarme
diciéndome que soy muy mal educada? ¡Oh!, si las veo entrar, me muero.
--No vendrán--indicó Lázaro sonriendo.--Y si vienen, estaré yo aquí.
--Ve entonces--dijo Clara con una melancolía que detuvo al aragonés un
momento y quebrantó un poco su resolución irrevocable.
--Adiós ... es preciso. Volveré pronto.
No quiso esperar más tiempo; salió y dirigióse á la inquisición de la
calle de Belén. Las ocho serían cuando entró en casa de las
nobilísimas damas. Paz y Salomé no estaban allí, porque habían salido
á buscar casa. Cuando la devota abrió la puerta y vió á Lázaro, su
sorpresa y su turbación fueron tales, que permaneció buen rato sin
decirle palabra, mirándole bien, como si creyera que aquella imagen
era el efecto de una visión.
--¡Ah!--exclamó, cerrando la puerta, una vez que Lázaro estaba
dentro.--Yo creí que no le vería á usted más.
Sintió el joven un alivio cuando supo que las dos arpías estaban fuera.
Doña Paulita le inspiraba respeto y gratitud, pues no había oído jamás
la menor recriminación en su boca, ni Clara le había dicho que tuviera
queja ninguna de ella. El recuerdo de la escena y diálogos misteriosos
ocurridos algunas noches antes, le puso muy pensativo. Sin saber por
qué, cuando se vió solo en aquella casa sombría, en compañía de aquella
mujer pálida, con la vista extraviada y el rostro enflaquecido por tres
días de delirio y calentura; cuando notó sus ligeras convulsiones, su
agitada respiración, su mirada viva, sin saber por qué, lo repetimos,
tuvo miedo.
--¿Está mi tío?--preguntó.--Tengo que verle.
--No está; desde ayer no parece.
--¡Qué contrariedad! Tengo que verle hoy mismo.
--Tal vez venga á la hora de comer.
--No quisiera esperar; he de verle antes. Además, yo no como aquí; yo no
vuelvo acá, señora ... Ahora me despido de usted para no volver más.
Doña Paulita se quedó mirando al joven como si oyera de sus labios la
cosa más inverosímil y más absurda.
--¡Para no volver!--dijo cerrando los ojos.--No, no lo puedo creer; no
es cierto.
---Sí, señora; es cierto. Yo no puedo estar en esta casa ni un día más.
Adiós, señora.
--Lázaro--murmuró la devota, asiéndose al brazo derecho del joven como
un náufrago que encuentra una tabla en momentos desesperados.--¡Usted se
va ... se va! Y yo me quedo aquí para siempre. ¡Oh!, quiero morirme mil
veces primero.
El joven estaba confundido. Aterrábale la actitud dolorida de la mujer
mística, sus labios trémulos y secos, la expresión de su rostro, que
anunciaba la más grande desesperación.
--Yo soy una muerta, yo no vivo--dijo ella.--Yo no puedo vivir de esta
manera ... Ya le dije á usted que no era santa, y ¡cuán cierto es! Hace
tiempo que me he transformado ... Puedo nacer á la verdadera vida, puedo
salvarme, puedo salvar mi alma, que va á sucumbir si permanezco de este
modo. Yo espero vivir.... Al ver que usted tardaba, la esperanza comenzó
á faltarme; pero usted ha venido. ¿No puedo creer que Dios me lo ha
enviado? Hay cosas que nosotras no podemos decir; pero yo las digo,
porque me siento destrozada interiormente. Ha llegado para mí el momento
de dejar una ficción que me mata; yo no sé fingir. Creí que Dios me
reservaba para una vida ejemplar, de continua devoción y tranquilidad;
pero Dios se ha burlado de mi, me ha engañado, me ha hecho ver que la
virtud con que yo estaba tan orgullosa no era otra cosa que una farsa, y
aquella aparente perfección un desvarío. Yo no había vivido aún, ni me
había conocido. No puedo estar más aquí; porque esto sería prolongar
este engaño, que antes fué mi mayor placer y ahora mi mayor martirio.
--Señora--dijo Lázaro, que comprendió al fin toda la profundidad del
nuevo carácter de la devota, y vió claro en lo que antes era para él un
misterio.--No se agite usted sin razón. Sea usted libre y no sacrifique
su felicidad á exigencias de familia. Las dos señoras que viven con
usted son muy intransigentes.
Quería el joven evadirse, con esta salida, de la contestación enojosa
que las palabras y la actitud de la santa parecían exigir.
--No me importa su carácter--dijo ésta.--Yo las quiero, son mis
parientas y compañeras de toda mi vida. Después que yo tome una
resolución irrevocable, poco me importa lo que ellas puedan decir ó
hacer. Yo estoy decidida, Lázaro.
Y en vano buscaban sus ojos en el semblante del joven indicios de los
sentimientos que con tanta ansiedad le pedía. El hacía esfuerzos por
permanecer inmutable ante aquella santa mujer, agitada por las
alternativas de un arrebato místico; y no sabiendo qué decir, dió un
paso hacia la puerta.
--No--dijo la devota, deteniéndole con más fuerza. ¿Marcharse usted? ¡Qué
idea! ¿Qué va á ser de mi? ¡Sola para siempre! La muerte lenta que me
espera es peor que si ahora mismo me matara usted ... ¡Y decía que era
agradecido! Usted es la misma ingratitud. Siempre lo he creído. Hay
personas que no merecen recibir la más ligera prueba de afecto. Usted es
uno de ésos. Y, sin embargo, por una fatalidad que nos cuesta tantas
lágrimas, siempre van dirigidos los más grandes tesoros de amor á las
personas que menos los merecen.
--No, por Dios; no me llame usted ingrato respondió Lázaro, viendo que
era ya imposible evadirse á las declaraciones que la teóloga exigía de
un modo tan apremiante.--Yo no soy ingrato, y menos con usted, que tan
bondadosa ha sido conmigo.
--Si usted olvidara eso, sería el más infame de los hombres. A pesar de
todo, siempre creí que no era usted tan malo como decían. Usted será
bueno; la felicidad hace buenas á las personas. Yo también espero serlo
... ¡Ah! ¿No sabe usted en qué he pensado? He tenido estos días llena la
cabeza con unas ideas ... No lo puedo contar. ¿Sabe usted? Pienso que
estoy destinada á largos días de paz y felicidad, de que disfrutará
alguien conmigo.
--¿Qué es eso?--preguntó Lázaro, algo tranquilizado por la esperanza de
que aquella nueva idea apartaría la conversación del fastidioso tema por
que había empezado.
--Es--continuó la santa con una amabilidad forzada que la hacía más
lúgubre,--es que yo he pensado que no puede existir perfección mayor que
la que ofrece la vida doméstica con todos los deberes, todos los goces,
todos los dolores que en sí lleva la familia. ¡Ay!, meditando sobre esto
he comprendido la esterilidad de mis rosarios, de mis rezos. ¿Qué estado
puede igualarse por su dignidad y nobleza al estado de la esposa, de
cuya solicitud penden tantas felicidades, la vida de tantos seres?
--Efectivamente, señora--dijo Lázaro muy confuso;--eso es cierto. Pero
las personas que, como usted, se elevan tanto por la meditación y la
abstracción; que se libran de las flaquezas humanas por su fortaleza,
son mucho más perfectas.
--¿Perfectas? ¡Qué loco es usted! ¿Y qué ha dicho usted de flaquezas?
¿Llama usted flaquezas á la verdad de nuestra naturaleza, que se
manifiestan como Dios las ha criado?
El aturdimiento del joven no tuvo límites.
--Aspirar á hacer la felicidad--continuó ella--de muchos seres por el
amor y los lazos de la familia, ¿es eso lo que usted llama flaquezas?
--No, señora; eso no.
--¡Oh! Usted se va á asustar de lo que le voy á decir. No lo creerá
usted; es inconcebible.
Lázaro, que creía ya que doña Paulita Porreño no podía decir nada más
inconcebible, tembló ante la promesa de nuevas y más extrañas
confidencias.
--Para realizar la felicidad y la paz con que yo he soñado, no basta el
amor; es decir, que para evitar mil irregularidades y disgustos es
necesaria además otra cosa. Cuando en la vida ocurren dificultades, el
mutuo amor se ve diariamente acibarado. Tiembla el uno por el otro;
tiemblan los dos por los hijos; la felicidad se ve comprometida á cada
instante; asusta el día de mañana; se tienen remordimientos de haberse
unido. Yo he comprendido esto á fuerza de imitación, y también me parece
que lo he leído en no sé qué libro.
--Es verdad, señora; yo comprendo lo que usted quiere decir--observó
Lázaro, admirado de tanta sabiduría.
--Pues yo voy á decir á usted una cosa que le sorprenderá mucho,
Lázaro--dijo Paulita, dirigiendo hacia el joven toda la melancolía y el
suave interés de su mirada. Voy á decirle á usted una cosa que le
sorprenderá sobremanera: yo soy rica.
Efectivamente, Lázaro se quedó absorto.
--Sí--continuó ella,--yo soy rica. Usted se maravilla. Conociendo la
vida que llevamos ... Este es un secreto que sólo confío á quien debo
confiarlo: á usted, única persona que ... El uso que yo pienso hacer de
esa riqueza, ya usted lo ha comprendido. Yo no debo hacer declaraciones
innecesarias. Nosotros nos hemos comprendido, hemos confundido nuestros
propósitos en uno sólo, ¿no es verdad?
--Sí, señora--dijo Lázaro, por contestar de algún modo á aquella
profundísima y grave pregunta.
--Yo soy rica. Hace poco hubiera dejado perder mi fortuna sin cuidado
ninguno. Siempre he despreciado todo eso. Pero hoy no; hoy pienso en ese
tesoro como un medio de vida. Para mí nada quiero; pero los hombres que
tienen ambición necesitan todo eso. Lo necesitamos, ¿no es cierto?
Lázaro, después de un momento de angustiosa vacilación, dijo otra vez:
--Si, señora.
--Era yo muy niña--continuó la dama;--había muerto mi tío; reinaba en
la casa la mayor desolación; nos preparábamos á mudar de habitación; ya
éramos pobres. Mi tía y mi prima estaban llorando; pero al mismo tiempo
muy ocupadas en la mudanza y en recoger los pocos muebles que nos
quedaron después del embargo. En un viejo reclinatorio de nogal había
hecho yo un altar, donde rezaba mucho. Teníalo cerrado por las noches,
y al abrirlo por las mañanas, al ver mis santos y mis imágenes, me
parecía tener allí un pedazo de cielo. Aquel día fué muy triste para
mí, porque tuve que desclavar mi altar del sitio donde estaba, y muchos
santos se me rompieron, dejando en el mueble el pedazo por donde
estaban pegados. En esta operación sentí que cedía bajo mi mano la
tabla del fondo, y quedaba descubierto un hueco. En este hueco había
una cajita muy bella de madera labrada. Traté de abrirla y la abrí sin
esfuerzo: estaba llena de dinero, casi todo en onzas muy antiguas.
Cerré la caja; ajusté la tabla que cubría el hueco, dejándola
cuidadosamente como estaba, y me callé. Trajeron el mueble á esta casa,
y en mi cuarto ha estado hasta hoy. Al principio miré aquello como un
juguete, como una reliquia. De noche, en el silencio de esta casa, lo
abría, contemplando con estupor las hermosas monedas que dentro había.
Varias veces traté de revelarlo; pero me detenía un recelo
supersticioso. A veces soñaba con fundar algún día una obra piadosa. No
he tocado nunca aquel dinero, y á pesar de la estrechez con que hemos
vivido, jamás me atreví á gastar ni un solo doblón. Me parecía que
debía guardar aquello para otros dias, que yo esperaba sin saber
por qué. Por instinto lo conservaba intacto, aunque pensaba que jamás
cambiaría de estado. El tesoro existe en el mismo sitio en que lo
encontré. Ha llegado el momento de usarlo para las necesidades de
nuestra vida. Es mío; ¿puedo dudarlo? Pertenecía á alguno de mis
parientes, que lo depositó allí para tenerlo seguro. A mí me pertenece
ahora; á mí, que lo encontré. Daré, sin embargo, la mitad á mi prima y
á mi tía, y si me acusan de no haberlo mostrado antes, les diré que, á
no haberlo conservado, me sería hoy imposible labrar las felicidades
que pienso labrar, y dar á mi vida y á la vida de otros la expansión
que necesitan. Lázaro no quiso agravar la situación, y repitió:
--Sí, señora.
La devota entró en su cuarto y volvió al poco rato con una cajita que
mostró al joven, diciendo cariñosamente:
--Aquí está. Es mía, es nuestra.
Y al decir esto se acercó á él con la caja, sostenida en las dos manos y
apoyada en el seno. La caja tocaba al pecho de Lázaro, y éste sentía el
empuje con tanta fuerza, que, por no caer, tuvo que dar un paso atrás y
extender los brazos hasta tocar los hombros de la santa.
--Hace usted bien--dijo el aragonés.--¿De qué sirve guardar ese dinero,
que puede ser útil á usted y á otros?
--Si--contestó Paulita con efusión.--Es nuestro. Ya no sabía Lázaro qué
partido tomar. Se decidió á concluir de una vez aquella penosa
situación.
--Señora--dijo,--yo me retiro. Es preciso que me retire....
--Sí--contesta ella,--y yo también. Vamos. Nos iremos juntos.
--¡Usted, señora, usted...!--exclamó Lázaro descompuesto.
--Sí, los dos. Vamos.
--Señora, usted delira. Eso es imposible.
--¡Imposible, imposible! No podemos quedarnos aquí.
--Es preciso que nos separemos, señora. Otra cosa sería una
inconveniencia y una desgracia tal vez.
--¿Qué dices?--balbuceó la santa con extravío. Su aspecto en aquellos
momentos infundía temor. Asemejábase á los enfermos atacados de
epilepsia cuando están á punto de caer en un angustioso paroxismo. Una
contracción, producida, al parecer, por el hábito de la sonrisa; una
tensión violenta de los párpados, como quien expresa el último grado del
asombro; palidez mortal, interrumpida por súbitas inflamaciones de
rubor; voz semejante á un quejido fatigoso y animada de repente con
vibración desentonada, eran los caracteres de su dolencia, próxima á
llegar al período de mayor exacerbación.
--¿Qué dices?--repitió después de una pausa.
--Usted está enferma, muy enferma, señora--dijo Lázaro, que empezó á
creer que doña Paulita deliraba ó estaba loca.
La mujer mística sonrió de un modo inefable mirando al cielo y
estrechando contra su pecho la caja del tesoro, como si fuera la persona
del mismo Lázaro. Después tomó al joven por el brazo, y atrayéndole
suavemente, dijo:
--Vamos, no entraremos más en este sepulcro.
--Usted no debe salir, no puede salir. ¿Qué dirán esas señoras? Cálmese
usted, por Dios, y reflexione....
--Vamos.
--¿Adonde hemos de ir? ¡Los dos! ¿No ve usted que eso es imposible?
¿Para qué? ¿Para qué nos vamos juntos?
Al oír esto, la devota se conmovió de pies á cabeza. Como si toda la
pasión acumulada y oculta en tantos años brotara en ella de una vez con
violenta sacudida, exclamó con fuerza:
--¡Necio!, ¿no ves que te adoro?
Lázaro quedó petrificado. La dama había hablado con toda la expresión de
la verdad humana; se había revelado en un solo esfuerzo y del modo más
categórico. Aquella violenta confesión la dejó postrada y sin aliento,
como si con sus palabras exhalara la mitad del alma. Lázaro le dijo con
mucha vehemencia:
--No lo merezco, señora. Yo soy muy inferior á usted; yo soy un
miserable, indigno de esa pasión. Pero no puedo estar aquí más. Ahora
más que nunca es mi deber declarar que soy el más malvado de todos los
hombres si no me aparto de aquí al instante. Obstáculos terribles que yo
no puedo ni podré nunca vencer se oponen á que yo manifieste nunca otra
cosa. Separémonos para siempre; otra cosa es imposible, imposible,
imposible....
Dijo esto con mucha energía, y se disponía á marcharse. La devota hizo
un gesto angustioso, cual si quisiera hablar. Parecía que después de lo
que dijo había quedado muda. Al fin pudo proferir estas palabras:
--Ven ... oye ... vamos....
--¡Jamás, señora, jamás!--exclamó el joven, dirigiéndose hacia la
puerta.
La devota inclinó la cabeza, agitó los brazos, soltando la caja; se
doblegó después de vacilar un momento, retrocediendo y avanzando; dió
un grito y cayó al suelo. Su cuerpo hizo retemblar el piso; las monedas
se esparcieron en derredor suyo; movió repetidas veces la cabeza,
afectada, al parecer, de un profundo dolor interno; llevóse ambas manos
al pecho, crispando los dedos, y al fin quedó quieta, sin más
movimiento que las expansiones violentas de su pecho, sacudido por una
respiración fuerte y ruidosa. Acudió Lázaro á levantarla con presteza,
y en el mismo momento se oyó el ruido de una llave y entraron muy
tranquilas Salomé y María de la Paz.
Júzgese lo extraño de aquella aparición y de aquella escena: Paulita,
tendida, con los síntomas de un grave accidente; Lázaro, demudado y
confuso; gran cantidad de monedas de oro, cosa desconocida en aquella
casa, derramadas con abandono por el suelo, y las dos arpías en la
puerta, mirándose como dos espectros.
El primer objeto que atrajo las miradas de Salomé fué el oro esparcido;
su primer movimiento fué lanzarse sobre él y empezar á recoger las
monedas, arrodillada en el suelo. Paz miró á Lázaro, se puso lívida de
miedo; miró á la devota, se llenó de ira, dió algunos pasos, y
recobrando la majestad de su carácter, preguntó:
--¿Qué es esto?
--Señora--dijo Lázaro, procurando dominar su situación,--un triste
suceso ... Doña Paulita está muy enferma ... Le ha dado un
accidente. Estábamos hablando.... ¡qué conflicto! Ahora mismo, ahora
mismo ha caído.
--¿Pero ese dinero...?--dijo Paz.
--Es suyo.
--¡Suyo!--exclamó la arpía con codicia.
Y volviéndose á Salomé, que recogía el oro, añadió:
--Dámelo, dámelo; yo he de guardar eso.
--Yo lo guardaré.
--¿Pero de dónde ha sacado ella ese dinero?--dijo la otra.
Lo tenía hace mucho tiempo contestó Lázaro, procurando, mientras las
Porreñas se ocupaban del oro, prestar algún alivio á la pobre enferma.
Paz, de rodillas, recogía monedas; Salomé, de rodillas, recogía también;
pero la gruesa, con su pesada mano, no igualaba en presteza á la
nerviosa, que iba más ligera y cogía dos piezas en lo que su tía
atrapaba una. Salomé parecía una loca. La mano izquierda de Paz, cuando
recibía de la derecha una nueva onza ó doblón, se cerraba, apretando los
robustos dedos y aferrándose sobre el oro con la firmeza y el ajuste de
una máquina. Al fin iban desapareciendo del suelo las áureas piezas.
Quedaban cuatro, tres, dos; quedaba una. Las manos de entrambas Porreñas
se lanzaron con presteza brutal sobre la última, y cayeron una sobre
otra, aplastándose allí mutuamente en repetidos golpes. Las dos ruinas
se miraron: parece que se querían tragar mutuamente. ¿Cuál de los dos
caracteres vencería al otro? Paz estaba hinchada de cólera, de orgullo;
estaba amoratada, apoplética. Salomé estaba amarilla y jadeante de
rencor, envidia y ansiedad. Sus labios, entreabiertos, mostraban los
blancos y finísimos dientes, como si quisiera infundir miedo á su rival
con aquella arma. Las dos estaban de rodillas y apoyadas en las manos, y
en aquella actitud, semejante en algo á la de las esfinges, las dos
arpías, revelando con intempestivo vigor sus encontradas pasiones, eran
como bestias feroces. Después de un rato de silencio, en que todas las
fuerzas de la envidia humana se midieron de una mirada con todas las
fuerzas del orgullo, la pantera dijo á la foca:
--¡Esto es mío!
--¡Tuyo! ¿Qué dices, imbécil? Esto es mío: era de mi padre ... Yo sé que
lo había guardado en alguna parte; pero no sabía yo dónde estaba.
--¡Vanidosa!--dijo Salomé, adelantando un brazo y una pierna.--Tu
nos has sumergido en la pobreza; tú tenías escondido este dinero.
¡Qué infamia!
--¡Hipócrita!--exclamó Paz retrocediendo,--quítate de mi presencia.
Dame ese dinero; no nos robes otra vez. Esto es mío.
--Era de mi padre: yo lo heredo. ¿Qué tienes tú que ver con esto? Dame
ese dinero.
Paz vió á Salomé cerca de sí. Alzó su brazo derecho y sacudió con
poderoso empuje la mano contra la cara de su sobrina, dándole un bofetón
tan fuerte, que ésta cayó al suelo como herida por una maza. Pero se
irguió sobre sus piernas, vació en el bolsillo las monedas que tenía en
la mano, se retiró un poco, como los carnívoros cuando van á dar el
salto, y se abalanzó hacia su tía. Antes que ésta pudiera defenderse,
los diez dedos puntiagudos y como acerados de su contraria estaban sobre
su cara, pegados cual si tuvieran un gancho en cada falange. Clavó las
uñas con frenesí en las carnosas mejillas y tiró después, dejando ocho
surcos sangrientos en la faz augusta de la vanidosa. Lanzó ésta un grito
de dolor. Lázaro tuvo que intervenir, y mientras levantaba del suelo á
Paz, recogió la nerviosa todas las monedas que su rival dejó caer en el
combate; se envolvió en un manto con presteza convulsa, y apretándose el
bolsillo, salió corriendo de la sala, tomó la escalera, descendió por
ella y huyó.
Lázaro no quiso presenciar más tiempo aquella escena. Vomitaba la vieja
su ira contra él, le decía las mayores injurias, le llamaba cobarde,
mandándole perseguir á su sobrina. El joven no podía resistir más el
horror que le inspiraba aquella casa maldita. Miró á la devota, que
permanecía aún sin movimiento, y afligido por la sin igual desventura de
mujer tan infeliz, salió de la casa.