#Un momento de calma#.
Bozmediano y Lázaro hablaron poco por el camino. Al llegar á la casa de
Pascual, serían las diez de la mañana, lo primero que vieron fué á
Pascuala fregando vasos. Preguntáronle si había venido Clara á su casa,
y ella contestó:
--Anoche, si, señor; después de media noche vino. Pero ya reconozco al
caballerito sobrino de mi amo, que estuvo allá á preguntarme por su tío.
--¡Gracias á Dios!--exclamó éste.--¡Qué suerte hemos tenido!
--La pobre llegó esta mañana y se desmayó--dijo Pascuala.--Está, muy
malita; todavía no ha hablado palabra, si no es _pa_ delirar. Vino que
no se podía tener, toda mojada, temblando de frío, y las lágrimas le
corrían por la cara abajo.
--¿Dónde está?
--Allí, en mi alcoba y en mi cama. Pascual se quedó en el desván y yo
en el suelo, al lado de ella. Está muy malita: empezó á dar unas
manotadas y á decir que venían volando unas ... ¿cómo dijo? "Las tres,
las tres volando", decía, y así estuvo hasta hace una hora, que calló y
se quedó dormida.
Los dos jóvenes pasaron adentro, y cuando la tabernera abrió un poco la
ventana para que entrara alguna luz, pudieron ver acostada en el lecho
aquella agraciada figura, en cuyo semblante extenuado y pálido se
pintaban los síntomas de una postración y un malestar muy grandes.
Dormía, y la violenta posición de su cabeza indicaba que antes del sueño
la había atormentado uno de esos letargos dolorosos en que el cuerpo
obedece con bruscos movimientos á todos los delirios de la mente
enferma. Pascuala cogió entre sus manos la cabeza de la joven y la
colocó con menos molestia; la entró uno de los brazos, que colgaba fuera
de las sábanas; arregló éstas y las almohadas, y cerró un poco más la
ventana, por que no entrara más claridad que la necesaria para no estar
á obscuras.
--Usted ya no sale de aquí--dijo Bozmediano á Lázaro.
--No--replicó éste, preocupado y contemplando á la enferma tan de cerca,
que sentía su respiración agitada y difícil como si un pequeño volcán
existiera entre las sábanas.
--Creo que, al despertar, despertará con el delirio. Usted debe quedarse
aquí hasta ver en qué para esto--indicó Bozmediano;--yo me marcho. Si me
ve, creo que mi presencia no será lo que más la tranquilice. Mañana le
espero á usted en mi casa sin falta: tenemos que hablar.
Lázaro no contestó. Si su susceptible desconfianza no se había extirpado
completamente, en aquellos momentos no podía pensar en tan delicado
asunto. Experimentaba emoción muy grande para detenerse en dudas crueles
y rencores poco generosos, que un alma elevada deja siempre á un lado al
contemplar los grandes infortunios.
Cuando Claudio se marchó, Lázaro se sentó junto al lecho, y allí estuvo
mucho tiempo inmóvil mirando á la enferma, estatua que contemplaba otra
estatua, casi tan pálido como ella, esperando á cada expansión del
aliento que despertara, observando con la atención moribunda de amante
la oscilación de aquella vida comprometida en una crisis. Por fin Clara
se movió, pronunciando algunas voces mal articuladas. El joven pudo
distinguir claramente: "¡Señora, por Dios!..." Después agitó una de sus
manos como quien quiere retirar algo, y por fin abrió los ojos. Se
apartó los cabellos que en desorden le cubrían la cara; tuvo un gran
rato la mano ante los ojos, y la apartó después. Sus ojos se clavaron en
la persona que tenía delante, y por mucho tiempo permaneció mirándole,
cual si no tuviera conocimiento de lo que veía, ó como si su sorpresa
fuera tal que no pudiera creer lo que estaba viendo. Después extendió el
brazo lentamente hacia él y le nombró con voz muy débil.
--¿No sabes por qué estoy aquí?--dijo Lázaro conmovido.--Me parece que
no nos hemos visto desde mi pueblo. Aún no creo que hayas podido estar
en aquella maldita casa.
--¿En qué casa?--dijo Clara, como afectada de profunda confusión.
--Allí, en casa de esas mujeres--contestó él con tristeza, recordando
los dolores de aquella vivienda.
--¡Ay!--exclamó Clara.--Yo no quiero volver; quiero morirme aquí antes
que volver. Estoy en casa de Pascuala, ¿no?
Al decir esto, reconocía el sitio con ansiosa mirada.
--Sí; ya no estás, ya no estamos allí--dijo él, acercándose más.
--No volveré, no me llevarán. ¿No es verdad? Tú no volverás tampoco.
--¡Qué he de volver! Si aquella casa ha sido más terrible para mi que el
infierno mismo. La detesto, y detesto á los que la habitan. Allí he
padecido en una sola noche más que en toda mi vida. Ya no vuelvo, no.
Clara pareció escuchar esto con mucha atención; después le estuvo
mirando fijamente por largo rato con cierto asombro.
--¿Por qué me miras así?--preguntó Lázaro.
La huérfana tardó en responder; pero al fin, con voz lenta y
cariñosa, dijo:
--¿Hace mucho tiempo que no te he visto?
--No hace tanto. Me viste una tarde: el domingo.
--Sí ... ya me acuerdo. ¡Qué día! ¿Sabes que me echaron porque decían
que había entrado un hombre en la casa? ¿Sabes? ... ¡Qué malas son!
--¿Y no entró?
--Sí entró, sí ... ¿pero yo qué culpa tenía? Ellas dicen que entró por
mí. ¡Qué malas son!
--¿Y no entró por ti?
--¿Por mi?--contestó Clara con la voz entrecortada y muy
débil.--¿Por mi?
Después se detuvo como recordando, y dijo:
--Sí, por mi. El me dijo que iba á sacarme de allí, que quería hacerme
feliz. Me dió mucho miedo.
Decía todo esto con una vaguedad que indicaba cuán débiles estaban sus
facultades mentales.
--Me dió mucho miedo--continuó;--aún me parece que le estoy viendo. Al
principio pensé que me iba á matar; pero ... no me mató. Dijo que me
quería llevar consigo; que él me quería ver feliz ... Me había escrito
una carta.
--¿Una carta?--dijo Lázaro vivamente.
--Si; me la dió aquel viejo feo, feo, feo....
--¿Dónde está la carta?
--¿La carta ... la carta...? No sé. Yo la tenía en el bolsillo.
--¿Dónde está tu ropa?
--No sé ... La carta ... ¡Ah!, ya me acuerdo ... la rompí toda, y la
hice unos pedacitos muy chicos, muy chicos.
--¿Por qué la has roto? ... dijo Lázaro, deplorando no tener aquel
documento.--¿Y no recuerdas haberme visto á mi aquella tarde?
--Si, sí; sí lo recuerdo--contestó, mostrando que nunca había olvidado
tal cosa. Entraste muy enfadado. Yo estuve llorando toda la noche.
Después me dió un mareo en la cabeza ... Yo creí que me iba á morir, y
me alegré.
La melancólica serenidad que había en estas declaraciones conmovió á
Lázaro de tal modo, que no se atrevía á preguntar más, porque herir la
delicadeza de aquel ángel le parecía crueldad sin ejemplo. Aún quiso
hacer la última pregunta de este modo:
--¿Y qué te dije aquella tarde?
--¿Qué me dijiste? ... Eso sí que se me ha olvidado ... No, ya lo
recuerdo: me dijiste....
Aquí se detuvo; sin duda le faltó el habla ó el entendimiento. Tenía los
ojos húmedos, y se apartaba otra vez el cabello que le cubría parte de
la frente. Lázaro se sintió humillado. Casi le avergonzaba la cruel y
brusca acusación que su conducta en aquella tarde memorable había hecho
á la inocencia. No había prescindido aún enteramente de la ley social
que exige pruebas positivas para la aclaración de ciertos hechos; pero
aun poseyendo aquella susceptibilidad irreflexiva, no podía resistir á
la fuerza de persuasión que en las respuestas de la huérfana había. En
su corazón no cabía, no era posible que cupiera la duda, después de
oírla; y si la voz de un demonio atormentador resonaba internamente para
recordarle el deber social de no darse por satisfecho, él parecería como
que aplazaba para más tarde la investigación de la evidencia en aquel
asunto, abandonándose por entonces á la efusión consoladora del afecto
que sentía tan vivo como antes.
--No me expliques más--dijo Lázaro, viéndola llorar.--Veo que aquellos
demonios tienen la culpa de todo. ¡Maldito sea quien te llevó allá!
Ellas te han calumniado, estoy seguro de ello. Siempre estaban hablando
de faltas cometidas, de pecados ... y qué sé yo. Lo mismo decían de mi.
Las dos aseguraban que yo era un malvado, y que había cometido no sé qué
crimen. Esto me admiraba, porque yo no había cometido ninguna falta
grave. Lo mismo juzgué de ti. Tú eras la víctima de su rigor, de su
suspicacia, de su disciplina, como ellas decían.
--Yo no las quiero ver más--decía Clara;--anoche las estuve viendo toda
la noche en sueños. Me parecía que doña Salomé estaba revoloteando
encima de mi, mostrándome sus ojos rencorosos y sus uñas terribles; me
parecía que doña Paz estaba detrás de la cama, y que de tiempo en tiempo
sacaba el brazo para abofetearme. Estuve temblando y envuelta en mis
sábanas para no verlas; pero siempre las veía. ¡Qué feas son!
--Tranquilízate dijo Lázaro, viendo en el tono de su amiga los síntomas
de un nuevo delirio. Ya no volverás á casa de esas fieras. Yo estoy
aquí; tú te has creído abandonada, mientras yo existía. No sé si tengo
la culpa de, esto; si la tengo, descuida, que sabré remediarlo. ¡Y yo
que no he vivido sino por ti, que te he tenido por guía y por
inspiración de todos mis actos! Bien te dije, cuando nos conocimos, que
Dios nos había puesto en camino de encontrarnos para que no nos
separáramos nunca. Adondequiera que he ido te he llevado siempre en mi
corazón y en mi cabeza, creyendo por ti y esperando por ti. Desde que
nos conocimos no hemos cesado de estar juntos, de caminar juntos por la
senda de la vida, á lo menos en lo que á mí corresponde. Cuando vine á
Madrid, aunque no nos vimos inmediatamente, no di un paso por estas
calles que no fuera dado hacia ti. Me prendieron por una ligereza mía,
que no fué ningún crimen, como decían aquellas mujeres; y si soporté
aquel contratiempo, si no me suicidé estrellándome la cabeza contra los
muros de la cárcel, fué porque en la obscuridad me parecía siempre que
te estaba mirando en un rincón, en pie, con el rostro sereno, como es tu
costumbre. Yo no he podido, después que te conozco, pensar nada futuro
sin que á mis ideas acompañara la idea de tu persona como parte de mí
mismo. No he podido pensar en la adquisición de alguna cosa, de algún
objeto, de alguna felicidad, sin que pensara en que tú disfrutarías de
todo eso antes que yo. No he tenido desgracia alguna ni pérdida sin
figurarme que estabas á mi lado llorando conmigo. Si he aspirado á
alguna hora feliz, siempre he tenido presente que nuestras dos vidas
llegarían juntas á esa hora. No he podido concebir que uno de los dos
existiera solo en el mundo: esto me ha parecido siempre imposible.
¿Sabes que ahora me parece que fué ayer cuando saliste de mi casa para
volver aquí? Y lo que ha pasado después yo quiero borrarlo de mis
recuerdos. Aborrezco estos días como se aborrece una pesadilla. ¿Tú no
me has dicho también que aborreces aquella casa y aquella gente? Y lo
creo. No puedo acostumbrarme á la idea de que pensemos de distinta
manera. Si yo llegara á creer de una manera evidente que no me querías,
no sé cómo podría vivir; y si aún vivo después de aquella tarde, es
porque la duda me ha dado vida, duda en que ya no quiero pensar: la he
tenido como un deber, me la impuse yo mismo; pero ya rechazo esta
tiranía. Cuando te he visto, me parece que ha retrocedido el tiempo.
Dudar de ti se me figura un crimen; y si lo he cometido, no te pido
perdón, porque sé que ya me lo has perdonado.
Durante esta expansiva manifestación, le escuchaba la enferma con una
especie de trastorno. Al fin lloraba con tan deshecho llanto como si en
aquel momento y con aquellas lágrimas se desahogaran los dolores de toda
su vida, desde el incidente del pajarito en casa de la madre Angustias
hasta la escena de la expulsión en casa de las Porreñas.
El joven no quiso menoscabar con una palabra más la elocuencia de
aquellas lágrimas. El calor y la pulsación precipitada de la mano de
Clara, que tenía entre las suyas, le indicaron que la fiebre aumentaba,
tal vez por la agitación de aquel diálogo, en que él había puesto toda
su elocuencia, y ella toda su sinceridad.
--Es preciso cuidarte mucho--dijo Lázaro.
--Sí--contestó ella;--quiero vivir.