--A la cárcel con ella--dijo uno de los presentes.
--¿Dónde has tomado ese lío, muchacha?
La joven se repuso un poco, y con voz tenue, dijo:
--Es mío.
--¿Qué es suyo?--dijo una de las mujeres.--Si la vi yo correr como una
_desalación._ Apuesto á que lo cogió en la casa del número 15.
--No, que venía de más abajo--dijo otra.
--Apuesto que es de casa de la _sa_ Nicolasa, la pupilera de ahí
enfrente--dijo otra mujer.
--Usted miente, señora--dijo un hombre alto, que parecía ser persona del
toreo, á juzgar por su vestido y el rabicoleto que tenía en la
nuca.--Usted miente: esta señora no ha salido de casa de la pupilera, ni
del número 16; venía de más abajo.
--¡Miren ese pelele!--gritó la mujer.--¿_Poz_ no dice que yo miento?
--Usted miente, señora. Esa muchacha no ha _robao naa_, que venía de
abajo, y corrió porque la venían siguiendo esos lechuguinos. Yo lo he
_oservao_, y si hay alguno que me desmienta, aquí estoy yo, que soy un
hombrera _pa_ otro hombre.
--Tanta bulla _pa naa_--dijo, soltando á Clara, el que la tenía asida.
--Pues que si lo ha robado, si no lo ha robado ... Cuando yo digo una
cosa.... Si estuviera aquí mi Blas, se vería si hay un hombre _pa_ otro
hombre--murmuró, volviendo la espalda, la promovedora de aquel alboroto.
--Vamos, señores, aquí no se ha _robao naa_--dijo el majo con
decisión.--Aquí están ustedes de más. Largo el camino.
El público (llamémosle así) encontró muy convincentes las últimas
razones del hombre de los toros, y aún más las insinuaciones que hizo
con un tremendo palo de puño de plomo que llevaba en la mano, y empezó
á desfilar.
---Vamos, prendita, no tenga usted miedo--dijo el hombre del rabicoleto,
cuando se quedó solo con Clara.--Venga usted conmigo, y no tenga reparo,
que yo soy un hombre _pa_ otro hombre. ¿Pero se _pué_ saber á dónde iba
la personita? Yo la llevaré á usted, porque soy un hombre _pa_....
--Voy á la calle del Humilladero.
--Del Humilla ... ¿que?
--Del Humilladero.
--Ya sé ... ¿pero _pa_ qué va usted tan lejos? Si usted se echa á
andar ahora, llegara allí _pasao_ mañana por la noche. Con que no tenga
usted prisa....
--Sí, señor, tengo prisa; y aunque esté lejos, he de ir en seguida
¿Quiere usted hacerme el favor de decirme por dónde debo ir?
--_Miste_: coge usted esta calleja arriba, siempre _pa_ arriba ... pero
yo la voy á llevar á usted. Aunque, _pa_ decir verdad, más valía que se
viniera conmigo. ¡Ay! ¡Jesús, qué guapa es usted! _Poz_ no había
reparado ... Venga usted.
--No puedo detenerme, _señor caballero_--dijo Clara con mucho
miedo.--Dígame dónde está esa calle, y yo me iré sola.
--¡Sola! ¿Y yo podía ser tan becerro que la iba á dejar ir sola por esas
calles, esta noche que hay _rivolución_...? Bueno soy yo _pa_ ... Venga
usted conmigo. Le _igo_ que no lo pasará mal: yo conozco aquí cerca un
_colmao_ donde hacen unas magras que....
Diciendo esto, el torero tomó á Clara por un brazo y quiso internarla
por la calle del Lobo.
--Suélteme usted, caballero--dijo Clara desasiéndose:--tengo que hacer;
por Dios, suélteme usted.
--Pues es lo _mesmo_ que un puerco-espín. ¡Bah! Si es usted muy guapa
para ser tan picona. Le _igo_ que ... Pero, en fin, yo la acompañaré á
esa calle.
--No: dígame usted por dónde debo ir. Yo iré sola.
--¿Sola? si hay _rivolución. ¿_Pa_ que le peguen á usted un tiro y me la
_ejen_ frita en _mitá_ la calle?...
--Yo quiero ir sola--dijo ella separándole.
La compañía y la solicitud impertinente de aquel hombre le inspiraba
mucha desconfianza. Su intento era huir de él y preguntar á otro. Pero
aunque avivó mucho el paso, él seguía siempre á su lado diciéndole mil
cosas. Un incidente feliz (algo feliz había de pasar aquella noche) vino
á librar á Clara de aquel moscón. Iban por la plazuela de Santa Ana,
cuando sintieron detrás gritos de mujer. El majo no volvió la cara; pero
tuvo buen cuidado de embozarse bien en su capa para no ser conocido.
--_Arrastrao, endino_--dijo la mujer, que era alta, gruesa hombruna y
con voz aterradora y aguardentosa.--Espera, espera, que te voy á sentar
los cinco en esa cara de documento.
Al decir esto, tiro al majo de la capa, y con mano más pesada que una
maza de batán, cogió á Clara por un brazo y la detuvo.
--Si no fuera porque está aquí esta señora--dijo el chulo, cuadrándose
ante la jamona--ahora _mesmo_ te volvía las narices al revés.
--¡_Arrastrao_!--dijo la maja cuadrándose y moviendo la cabeza--¿tengo
yo cara de cabrona? ¿Te _paece_ que por una cara de escoba como esta voy
yo á consentir?...
--¡Calla!--exclamó el otro--ó te _ejo_ sin piernas.
--Mira, Juan Mortaja, que voy á sacarle los ojos á esta rabuja si ahora
_mesmo_ no vienes conmigo. ¿Le parece á usted que á una mujer como yo se
la...? Juan Mortaja, cuando _igo_ que vamos á tener que....
--No haga usted caso--dijo el torero, dirigiéndose á Clara, que estaba
sin aliento, oprimida por la mano de la jamona, como la tórtola en las
garras del gavilán--No haga usted caso, niña, que ésta suele rezarle un
Padre nuestro á _san cuartillo_.
--_¡Reendino!_--exclamó con trágico furor la maja, soltando á Clara y
echando rápidamente mano á la cintura, de la cual sacó una navaja, que
esgrimió con el donaire y la presteza de un matutero.
--¡Saco _e_ demonios!--dijo el otro, enarbolando el palo.
No sabemos cómo concluyó la pendencia, porque hemos de seguir á Clara; y
ésta, en cuanto se vió libre de la zarpa de la dama de Juan Mortaja, se
escapó ligeramente, y á buen paso, seguida siempre de Batilo, llegó á la
plazuela del Ángel. La desventurada no sabía ya qué partido tomar; se
horrorizaba al pensar que entre los miles de habitantes de este enjambre
no había uno que le dijera el nombre de la calle donde estaba el único
asilo que podía acojer á la huérfana abandonada, sola, injuriada, medio
muerta de miedo y dolor. Creyó que Dios la abandonaba ó que no había
Dios; que su destino la obligaba á optar entre la inquisición espantosa
de las dos Porreñas, y aquel abandono, aquel vagar por un desierto,
repelida por todos ó solicitada por la depravación ó el vicio.
Se decidió á hacer otra tentativa. Detúvose ante un hombre que, con un
farol y un gancho, revolvía escombros, y le hizo su pregunta.
--¿La calle del Humilladero?--dijo el trapero, incorporándose y
haciendo con el gancho ciertos movimientos semejantes á los que hace
con su varilla un director de orquesta.--Esa calle está ... Voy á darle
á usted una receta para que la encuentre en seguida. Pues eche usted á
andar ... y vaya mirando con atención los letreros de todas las calles.
¿Sabe usted leer?
--Sí, señor--dijo Clara.
--Pues cuando usted vea un letrero que diga así: "calle del
Humilladero", allí _mesmo_ es.
El trapero se quedó muy satisfecho de su apotegma, y volviendo á
inclinarse, enterró su gancho investigador en el montón de inmundicia
que delante tenía. Clara se retiró muy angustiada; y principiando á
perder ya el conocimiento exacto de su desventura, hallábase próxima á
entrar en ese período de atonía que precede á las grandes enajenaciones.
Dirigió de nuevo mentales súplicas á Dios y á la Virgen para que la
sacaran de aquella situación; y aún rezaba, cuando vió llegarse hacia
ella á una persona que le inspiró mucha confianza. Dió algunos pasos
hacia aquella persona, que era un clérigo de más que mediana edad, gordo
y pequeño. Venía con su rosario en la mano y la vista fija en el suelo.
La huérfana respiró con tranquilidad, porque aquel personaje venerable
que tenía ante sí debía de ser un santo varón, de esos cuyo fin en la
tierra es consolar á los afligidos y ayudar á los débiles.