#Las tres ruinas.#
Las tres señoras de Porreño y Venegas vivían en una humilde casa de la
calle de Belén: esta casa constaba de dos pisos altos, y aunque vieja no
tenía mal aspecto, gracias á una reciente revocación. No había en la
puerta escudo alguno, ni empresa heráldica, ni portero con galones en
el zaguán, ni en el patio cuadra de alazanes, ni cochera con carroza
nacarada, ni ostentosa litera. Pero si en el exterior ni en la entrada
no se encontraba cosa alguna que revelase el altísimo origen de sus
habitadores, en el interior, por el contrario, había mil objetos que
inspiraban á la vez curiosidad y respeto.
Es el caso que en la ruina de la familia, en aquella profana liquidación
y en aquel bochornoso embargo que sucedió á la muerte del Marqués, pudo
salvarse una parte de los muebles de la antigua casa (que estaba en la
calle del Sacramento), y fueron transportados á la nueva y triste
habitación, acomodándolos allí como mejor fué posible. Estos muebles
ocupaban las dos terceras partes de la casa y casi todo el piso segundo,
que también era de ellas. Les fué imposible entregar á la deshonra de
una almoneda aquellos monumentos hereditarios, testigos de tantas
grandezas y desventuras tantas.
En el pasillo ó antesala, que era bastante espacioso, habían puesto un
pesado armario de roble ennegrecido, con columnas salomónicas, gruesas
chapas de metal blanco en las cerraduras y bisagras, y en lo alto un
óvalo con el escudo de la casa de Porreño y Venegas, el cual escudo
consistía en seis bandas rojas en la parte superior, y en la inferior
tres veneros relucientes sobre plata y verde, además de una cabeza de
sarraceno, circuído todo con una cadena y un lema que decía: _En la
Puente de Lebrija peresci con Lope Díaz._ (No nos detendremos en la
explicación de este sapientísimo lema, que aludía sin duda á la muerte
del primer Porreño en alguna de las expediciones de Alfonso VIII en
Andalucía.)
Las paredes de la misma antesala estaban todas cubiertas con los
retratos de quince generaciones de Porreños, que formaban la histórica
galería de familia. Por un lado se veía á un antiguo prócer del tiempo
del Rey nuestro señor don Felipe III, con la cara escuálida, largo y
atusado bigote, barba puntiaguda, gorguera de tres filas de canjilones,
vestido negro con sendos golpes de pasamanería, cruz de Calatrava,
espada de rica empuñadura, escarcela y cadena de la Orden teutónica; á
su lado una dama de talle estirado y rígido, traje acuchillado; gran
faldellín bordado de plata y oro, y también enorme gorguera, cuyos
blancos y simétricos pliegues rodeaban el rostro como una aureola de
encaje. Por otro lado, descollaban las pelucas blancas, las enfocas
bordadas y las camisas de chorrera; allí una dama con un perrito que
enderezaba airosamente el rabo; acullá una vieja con un peinado de dos
ó tres pisos, fortaleza de moños, plumas y arracadas; en fin, la galería
era un museo de trajes y tocados, desde los más sencillos y airosos
basta los más complicados y extravagantes.
Algunos de estos venerandos cuadros estaban agujereados en la cara;
otros habían perdido el color, y todos estaban sucios, corroídos y
cubiertos con ese polvo clásico que tanto aman los anticuarios. En las
habitaciones donde dormían, comían y trabajaban las tres damas, apenas
era posible andar á causa de los muebles seculares con que estaban
ocupadas. En la alcoba había una cama de matrimonio, que no parecía sino
una catedral. Cuatro voluminosas columnas sostenían el techo, del cual
pendían cortinas de damasco, cuyos colores primitivos se habían resuelto
en un gris claro con abundantes rozaduras y algún disimulado y
vergonzante remiendo; en otro cuarto se veían dos papeleras de talla con
innumerables divisiones, adornadas de pequeñas figuras decorativas é
incrustaciones de marfil y carey. Sobre una de ellas había un San
Antonio muy viejo y carcomido, con un vestido flamante y una vara de
flores de reciente hechura. Frente á esto, y en unos que fueron vistosos
marcos de palo-santo, se veían ciertos dibujos chinescos, regalo que
hizo al sexto Porreño (1548) su primo el príncipe de Antillano, que fué
con los portugueses á la India. Al lado de esto se hallaban unos vasos
mejicanos con estrambóticas pinturas y enrevesados signos, que no
parecían sino cosa de herejía. Según tradición, conservada en la
familia, estos vasos, traídos del Perú por el séptimo Porreño, almirante
y consejero del rey (1603), fueron mirados al principio con gran recelo
por la devota esposa de aquel señor, que creyendo fuesen cosa diabólica
y hecha por las artes del demonio, como indicaban aquellos cabalísticos
y no comprendidos signos, resolvió echarlos al fuego; y si no lo hizo
fué porque se opuso el octavo Porreño (1832), el mismo que fué después
consejero de Indias y gran sumiller del señor rey don Felipe IV. Junto á
la cama campeaba un sillón de vaqueta chaveteado, testigo mudo del
pasado de tres siglos. Sobre aquel cuero perdurable se habían sentado
los gregüescos acairelados de un gentil hombre de la casa del Emperador;
recibió tal vez las gentiles posaderas de algún padre provincial, amigo
de la casa; quizás sostuvo los flacos muslos de algún familiar del Santo
Oficio en los buenos tiempos de Carlos II, y, por último había sido
honroso pedestal de aquellas humanidades que llevan un rabo en el
occipucio y aparecían constantemente aforradas en la chupa y ensartadas
en el espadín.
No lejos de este monumento se encontraban dos ó tres arcones, de esos
que tienen cerraduras semejantes á las de las puertas de una fortaleza,
y eran verdaderas fortalezas, donde se depositaban los patacones, y
donde se sepultaba la vajilla, la plata de familia, las alhajas y joyas
de gran precio; pero ya no habla, en sus antros ningún tesoro, á no ser
dos ó tres docenas de pesos que dentro de un calcetín guardaba doña Paz
para los gastos de la casa. Encima de estos muebles se veían roperos sin
ropa, jaulas sin pájaros, y arrinconado en la pared, un biombo de cuatro
dobleces, mueble que, entre los demás, tenía no sé qué de alborozado y
juvenil. Eran sus dibujos del gusto francos que la dinastía había traído
á España; y en los cinco lienzos que lo formaban, había amanerados
grupos de pastoras discretas y pastores con peluca al estilo de Watteau,
género que hoy ha pasado á los abanicos.
También existe (y si mal no recordamos estaba en la sala) un reloj de la
misma época con su correspondiente fauno dorado; pero este reloj, que en
los buenos tiempos de los Porreños había sido una maravilla de
precisión, estaba parado y marcaba las doce de la noche del 31 de
Diciembre de 1800, último año del siglo pasado, en que se paró para no
volver á andar más, lo cual no dejaba de ser significativo en semejante
casa. Desde dicha noche se detuvo, y no hubo medio de hacerle andar un
segundo más. El reloj, como sus amas, no quiso entrar en este siglo.
Un lienzo místico de pura escuela toledana ocupaba el centro de la sala
al lado del décimo cuarto Porreño (padre feliz de doña Paz), pintado por
Vanlóo. Este gran cuadro representaba, si no nos engaña la memoria, el
triunfo del Rosario, y era un agregado de pequeñas composiciones
dispuestas en elipse, un cada una de las cuales estaba un retrato de un
fraile dominico, principiando por _Vicenzius_ y acabando por
_Hyacinthus_. En el centro estaba la Virgen con Santo Domingo,
arrodillado; y no tenía más defecto sino que en el sitio donde el pintor
había puesto la cabeza del santo, puso la humedad un agujero muy profano
y feo. Pero á pesar de esto, el lienzo era el _Sancta Sanctorum_ de la
casa, y representaba los sentimientos y creencias da todos los Porreños,
desde el que pereció en Andalucía con Lope Díaz, hasta las tres ruinosas
damas, que en la época de nuestra historia quedaban para muestra de lo
que son las glorias mundanas.
En el cuarto de la devota ... (lo describimos de oídas, porque ningún
mortal masculino pudo jamás entrar en él) había una Santa Librada,
imagen de quien era especial devoto y fiel ahijado el tercer Porreño
(1465). Con los años se le había roto la cabeza; pero doña Paulita tuvo
buen cuidado de pegársela con un enorme pedazo de cera, si bien quedó la
santa tan cuellitorcida, que daba lástima. Junto á la cama (pudoroso y
casto mueble que nombramos con respeto) estaba el reclinatorio, al cual
no se acercaban ni sus tías. Sobre él se erguía un hermoso Cristo de
marfil, desfigurado por un faldellín de raso blanco, bordado de
lentejuelas, y una cinta anchísima y un amplio lazo que de los pies le
colgaba. El reclinatorio era una bella obra de talla del siglo XVI; pero
un carpintero del XIX le había añadido para componerlo varios listones
de pino, dignos de un barril de aceitunas. El cojín donde las rodillas
de la santa se clavaban por espacio de cuatro horas todas las noches era
tan viejo, que su origen se perdía en la obscuridad de los tiempos; su
color era indefinible: la lana se salía á prisa por sus grandes roturas.
Todas estas reliquias, recuerdo de pasadas glorias, de instituciones, de
personas, de días pasados, tenían un aspecto respetable y solemne. Al
entrar en aquella casa y ver aquellos objetos deteriorados por el
tiempo, bellos aún en su miseria, el visitador se sentía sobrecogido de
estupor y veneración. Pero las reliquias, las ruinas que más impresión
producían, eran las tres damas nobles y deterioradas que allí vivían, y
que en el momento de nuestra historia, correspondiente á este capítulo,
estaban sentadas en la sala, puestas en fila. María de la Paz, la más
vieja, en el centro; las otras dos á los lados. Una de ellas tenía en la
mano un libro de horas, otra cosía, la tercera bordaba con hilo de plata
un pequeño roponcillo de seda, que sin duda se destinaba á abrigar las
carnes de algún santo de palo. Las tres, colocadas con simetría,
silenciosas y tranquilamente ensimismadas en su oración ó su trabajo,
ofrecían un cuadro sombrío, glacial, lúgubre. Describiremos los
principales rasgos de esta trinidad ilustre.
María de la Paz (quitémosla el doña, porque supimos casualmente que le
agradaba verse despojada de aquel tratamiento), hermana menor del
Marqués de Porreño, era una mujer de esas que pueden hacer creer que
tienen cuarenta años, teniendo realmente más de cincuenta. Era alta,
gruesa y robusta, de cara redonda y pecho abultado, que se hacia más
ostensible por el singular empeño de ceñirse á la altura usada en tiempo
de María Luisa. Su rostro, perfectamente esferoidal, descansaba sin más
intermedio sobre el busto; y su pelo, negro aún por una condescendencia
de los años, y partido en dos zonas sobre la frente, le tapaba entrambas
orejas, recogiéndose atrás. Su nariz era pequeña y amoratada; su boca
más pequeña aún y tan redonda, que parecía un botón encarnado; los ojos
no muy grandes, la barba prominente, los dientes agudos, y uno de ellos
le asomaba siempre cuando más cerrados tenía los labios. De la
extremidad visible de sus orejas pendían dos enormes herretes de
filigrana, que parecían dos pesos destinados á mantener en equilibrio
aquella cabeza. En el siniestro lado tenía una grande y muy negra
verruga, que asemejaba un exvoto puesto en el altar de su cara por la
piedad de un católico. El cuerpo formaba gran armonía con el rostro; y
en sus manos pequeñas, coloradas y gordas, resplandecían muchos anillos,
en los que los brillantes habían sido hábilmente trocados por piedras
falsas. Echemos un velo sobre estas lástimas.
Salomé era un tipo enteramente contrario. Así como la figura de Paz no
tenía nada de aristocrático, la de ésta era de esas que la rutina ó la
moda califican, cuando son bellas, de aristocráticas. Era alta y flaca,
flaca como un espectro. Su rostro amarillo había sido en tiempo de
Carlos IV un óvalo muy bello; después era una cosa oblonga que medía una
cuarta desde la raíz del pelo á la barba; su cutis, que había sido
finísimo jaspe, era ya papel de un título de ejecutoria, y los años
estaban trazados en él con arrugas tan rasgueadas que parecían la
complicada rúbrica de un escribano. No se sabe cuántos años habían
firmado sobre aquel rostro. Las cejas arqueadas y grandes eran
delicadísimas: en otro tiempo tuvieron suave ondulación; pero ya se
recogían, se dilataban y contraían como dos culebras. Debajo se abrían
sus grandes ojos, cuyos párpados ennegrecidos, cálidos, venenosos y casi
transparentes, se abatían como dos compuertas cuando Salomé quería
expresar su desdén, que era cosa muy común. La nariz era afilada y tan
flaca y huesosa, que los espejuelos, que solía usar, se le resbalaban
por falta de cosa blanda en que agarrarse, viéndose la señora en la
precisión de sujetárselos atrás con una cinta. Y, por último, para que
esta efigie fuera más singular, adornaban airosamente su labio superior
unos vellos negros que habían sido agraciado bozo y eran ya un bigotillo
barbiponiente, con el cual formaban simetría dos ó tres pelos
arraigados bajo la barba, apéndices de una longitud y lozanía que
envidiara cualquier moscovita.
El despecho crónico había dado á este rostro un mohín repulsivo y una
siniestra contracción que se avenía muy bien con las formas de la
figura y su atavío. Desaparecían los cabellos bajo un tocado de
tristísimo aspecto, y el cuello, que fué comparado al del cisne por un
poeta quejumbrón del tiempo de Comella, era ya delgado, sinuoso y
escueto. Marcábanse en él los huesos, los tendones y las venas,
formando como un manojo de cuerdas; y cuando hablaba alterándose un
poco, aquellas mal cubiertas piezas anatómicas se movían y aguaban como
las varas de un telar. Debajo de toda esta máquina se extendía en
angosta superficie el seno de la dama, cuyas formas al exterior no
podría apreciar en la época de nuestra historia el más experimentado
geómetra, y más abajo la otra máquina de su talle y cuerpo, inaccesible
también á la inducción; máquina que á fuerza de ataques nerviosos había
llegado á la más completa morosidad. Cubríala un luengo traje negro.
Entre los pliegues de un vastísimo pañuelo del mismo color, se
destacaban dos manos blancas, finísimas, de un contorno y suavidad
admirables. Pero no eran las manos la única cosa bella que se advertía
en aquella ruina, no: tenía otra cosa mil veces más bella que las
manos, y eran los dientes, que, salvados del general desastre, se
conservaban hermosísimos, con perfecta regularidad, esmalte brillante é
intachable forma. Oh, los dientes de aquella señora eran divinos: sólo
ellos recordaban el antiguo esplendor; y cuando aquel vestigio se
sonreía (cosa muy rara); cuando dejaba ver, contrastando con lo
desapacible del rostro, las dos filas de dientes de incomparable
hermosura, parecía que la belleza, la felicidad y la juventud se
asomaban á su boca, ó que una luz aclaraba aquel rostro apagado.
Doña Paulita (nunca pudo quitarse ni el _doña_ ni el diminutivo) no se
parecía en nada ni á su tía ni á su prima. Era una santa, una santita.
Sus ademanes estaban en armonía con su carácter, de tal modo, que verla
y sentir ganas de rezarle un Padrenuestro era una misma cosa. Miraba
constantemente al suelo, y su voz tenía un timbre nasal é impertinente
como el de un monaguillo constipado. Cuando hablaba, cosa frecuente, lo
hacía en ese tono que generalmente se llama de carretilla, como dicen
los chicos la lección; en el tono en que se recitan las letanías y los
gozos. Examinando atentamente su figura, se observaba que la expresión
mística que en toda ella resplandecía, era más bien debida á un hábito
de contracciones y movimientos, que á natural y congénita forma. No se
crea por eso que era hipócrita, no: era una verdadera santa, una santa
por convicción y por fervor.
Tenía el rostro compungido y desapacible, pálido y ojeroso, áspera y
morena la tez, con el circuito de los ojos como si acabara de llorar;
las cejas muy negras y pobladas; la boca un poco grande y con cierta
gracia innata, casi desfigurada por el mohín compungido de sus labios,
hechos á la modulación silenciosa de palabras santas.
El que fuera digno de gozar el singular privilegio de ser mirado por
ella, habría advertido en sus ojos la inalterable fijeza, la expresión
glacial, que son el primer distintivo de los ojos de un santo de palo.
Pero había momentos, y de esto sólo el autor de este libro puede ser
testigo; había momentos, decimos, en que las pupilas de la santa
irradiaban una luz y un calor extraordinarios. Y es que, sin duda, el
alma abrasada en amor divino se manifiesta siempre de un modo misterioso
y con síntomas que el observador superficial no puede apreciar.
Su vestido era recatado y monjil, no siendo posible certificar que bajo
sus tocas hubiera algo parecido á una cabellera, aunque nos atrevemos á
asegurar que la tenía, y muy hermosa. Su estatura no pasaba de mediana,
y á pesar de la modestia, poca elegancia, y ninguna presunción con que
vestía, era indudable que un mundano topógrafo, llamado á medir las
formas de aquella santa, no se hubiera encontrado con tanta falta de
datos como en presencia de su ilustre prima la acartonada Marta Salomé.
Conocida esta trinidad ilustre, conviene recordar algunos antecedentes
históricos. Allá por los años de 1790, los Porreños eran muy ricos,
tenían gran boato y gozaban de mucha preponderancia en la Corte.
Entonces Paz tenía diez y nueve años, y era tan fresca, robusta y
coloradota, que un poeta de aquel tiempo la comparó á Juno. Decían sus
primas por lo bajo que era muy orgullosa, y su padre el decimocuarto
de los Porreños, aseguraba que no había príncipe ni duque que fuera
digno de aquella flor. Estuvo arreglado su casamiento con un joven de
la ilustre casa de Gaytán de Ayala; pero aconteció que el tal no gustó
de Juno, y la boda fué un sueño. Es imposible pintar el dolor que tuvo
la infeliz cuando María Luisa, hallándose una noche en casa de la
duquesa de Chinchón, se permitió hacer, con su acostumbrada malicia,
algunas apreciaciones un poco picantes sobre la gordura y redondez de
nuestra diosa.
Esto no fué, sin embargo, obstáculo para que, pasados cuatro meses, se
ajustaran las bodas de Paz con un caballero irlandés que estaba en la
embajada inglesa. Pero el diablo, que no duerme, hizo que ocurrieran á
última hora algunas dificultades: el decimocuarto Parreño era cristiano
muy viejo y muy temeroso de Dios; y cierto fraile de la Merced, que
frecuentaba la casa y tomaba allí el chocolate todas las noches, dió en
probar, con la autoridad de San Anselmo y Orígenes, que aquel
caballerito irlandés era hereje y poco menos que judío. Alarmóse la
susceptible conciencia del Marqués, y después de echarle un sermón
consolatorio á Paz, ésta se quedó sin marido, con la triste
circunstancia de que se ponía cada vez más gorda, y ni bajándose el
talle podía disimular aquel mal. Por último, en Diciembre de 1795, Paz
se casó con un pariente viejo y fastidioso, que cometió el singular
despropósito de morirse á los siete días de casado, dejando á su mujer
más gruesa, pero no en cinta. Por la rama femenina los Porreños se
quedaron sin sucesión, lo cual hacía que el viejo Marqués, en sus
accesos de melancolía, se pusiera á llorar como un niño, presagiando el
triste fin y acabamiento de su gloriosa casa.
Entonces murió el viejo: heredóle su hijo don Baltasar, padre de Salomé;
y con ésta, cuya belleza era notable, había formado el padre proyectos
matrimoniales que remediaran la ruina que ya le amenazaba. El pleito
comenzaba á aparecer formidable, siniestro, terrible, como un monstruo
de múltiples miembros; habíase apoderado de la casa, la estrechaba, la
devoraba, la consumía. Un pleito es un incendio; pero más terrible,
porque es más lento. La casa ilustre comenzaba á desmoronarse: era
inútil que le quisieran poner un puntal aquí, otro allá; la casa se
venía al suelo, porque el monstruo terrible no cesaba en su actividad
destructora. Lo único que logró don Baltasar fué disimular su ruina.
Nadie creía que aquella casa poderosa estaba devorada por los
acreedores. Sólo Elías Orejón, que gozaba sin sueldo de las
preeminencias de intendente, lo sabía. Don Baltasar fundaba su esperanza
en Salomé, cuyo peinado de canastillo había seguramente gustado mucho al
joven Duque de X..., que buscaba esposa en la tertulia de la citada
Duquesa de Chinchón.
Salomé era entonces una Sílfide. Ninguna le igualaba en esbeltez y
delicadeza: vestía con suma gracia y sencillez, y bailaba el minueto da
una manera tan sutil y ligera, que aparecía del modo menos terrestre
que es posible en la figura humana.
El Duque se enamoró de ella como un loco: hizo que uno de los más
enfadosos poetas de aquel tiempo escribieran unas estrofas amatorias,
que el joven apasionado deslizó suavemente en la mano de Salomé á la
salida de un baile. Sentimos no tener á mano estas estrofas, porque son
un documento notable y digno de ser conocido. En prosa neta contestó la
joven; pero no fué menos expresivo su estilo. Hicieron amistades; de las
amistades pasaron al galanteo, y del galanteo al proyecto de boda. Don
Baltasar creyó en el afianzamiento de su casa; pero se llevó un terrible
chasco. De repente los Duques de X ... se opusieron al casamiento de su
hijo; Salomé estuvo siete días en cama con dolor de muelas; su padre oyó
con sumisión la homilía que el fraile le espetó por vía de consuelo, y
Elías Orejón le leyó en seguida unas terribles cuentas, que le hicieron
el efecto de un tósigo.
La joven empezó entonces á enflaquecer. Por un amigo de la casa hemos
sabido que antes que el peinado de canastillo impresionara tan
enérgicamente al joven Duque, había indicios para creer que á Salomé no
le era del todo indiferente un teniente de húsares del Rey, que medía la
calle del Sacramento lo menos cien veces al día. Es también seguro que
Salomé pasaba muchas noches llorando, y que en aquel asunto
intervinieron el fraile y el Marqués. El teniente fué mandado al Perú, y
no se supo nada más de él.
Es imposible expresar lo que sufrió la pobre alma de la joven Porreño
con el terrible golpe del rompimiento de la boda. Ella esperaba no sé
qué de aquel enlace. ¡Misterios femeninos! Lloró por el teniente y rabió
por el Duquesito. Desde aquellos días principió á advertirse en ella la
modificación que la llevó al estado en que la conocemos. La displicencia
atrabiliaria, el desdén amargo, la impasibilidad indiferente aparecieron
entonces, y se apoderaron por último, de su espíritu por completo. Llegó
con los años á ser la persona más desapacible y de trato más fastidioso
que pudiera concebirse, ella que había tenido un carácter tan flexible,
un trato tan amable, una manera de insinuarse tan suave y halagüeña.
No así doña Paulita, que siempre había encontrado consuelos en la
religión. Desde niña había sido reputada como un ángel; no hacía más que
rezar y cantar á estilo de coro, remedando lo que oía en las Carboneras.
Los domingos decía misa en un pequeño altar, que ella misma había
formado, y también predicaba desde lo alto de una mesa con gran regodeo
de toda la servidumbre, que acudía para oírla desde los cuatro polos de
la casa. Ya más grandecita, manifestaba un vehemente horror á los saraos
y á los teatros; lo único que pudo agradarla un poco fué una función de
toros, á que la llevó su padre, gran aficionado. Solamente iba doña
Paulita al teatro cuando se representaba algún auto en la Cruz por
fiestas de Corpus, pero siempre iba con permiso de su confesor.
Entrada en los diez y ocho años, oyó con horror las proposiciones del
decimoquinto Porreño, su tío, para que se casara.
--Yo--dijo,--ó seré hija de Jesucristo, ó viviré en mi casa, ausente del
mundo, buscando en ella un baluarte contra el demonio.
--Bien, hija mía: si es éste tu gusto--dijo el tío,--sea. Creció con los
años su devoción, pero no hipócrita, sino devoción verdadera, legítimo
fervor cristiano. Tenía grandes visiones, y en llegando la Cuaresma se
disciplinaba, y decían los criados que en las altas horas de la noche
sentían los azotes que se daba. En la época de la decadencia, cuando
vivían en la calle de Belén, visitaba todos los días á las vecinas
monjas de Góngora, conversando con ellas largas horas. Con ellas
consultaba sus visiones y contravisiones, relatando sus deliquios y
arrebatos de amor divino. Otros días llegaba muy apurada para contarles
cómo había sentido unas terribles tentaciones, y que bebiendo vinagre se
le habían quitado.
Así pasaba los días en sabroso comercio con lo desconocido, lo mismo en
la época de su apogeo que en la de su decadencia.
Estos tres ángeles caídos llevaban una vida monótona y triste. Su casa
era la casa del fastidio. Parecía que las tres se fastidiaban de las
tres, y cada una de las demás.
Nos hemos olvidado de otro importante inquilino. Era un delicado
ejemplar de la raza canina, un perrito que representaba en la casa el
elemento irracional. Mas en este ser no se veían nunca la inquietud y
alborozo propios de su edad y de su raza; antes, por el contrario, era
tan melancólico como sus amas. En los tiempos do prosperidad había en
la casa muchos perros: dos falderos, un pachón y seis ó siete lebreles,
que acompañaban al decimocuarto Porreño cuando iba á cazar á su dehesa
de Sanchidrián.... Con la ruina de la casa desaparecieron los canes:
unos por muerte, otros porque el destino, implacable con la familia,
alejó de ella á sus más leales amigos. Mas en su decadencia, las tres
damas no podían pasarse sin perro: y es fama que un día, viniendo doña
Paz de visitar á sus amigas las Carboneras, al pasar por la Puerta del
Sol, vió á un hombre que vendía unos falderillos de pocos días.
Acercóse con emoción y cierta vergüenza, pagó uno con ocho cuartos y se
lo llevó bajo el manto.
Instalado el perro en la casa, Salomé le puso nombre, y recordando las
lucubraciones mitológicas y pastoriles de los poetas que en el tiempo
de la Chinchón la obsequiaban con sus versos, le puso el nombre clásico
de Batilo.
Este desventurado ser se hallaba en el momento de nuestra descripción
echado á los pies de María de la Paz, semejando en su actitud á los
perros ó cachorrillos que duermen el sueño del mármol inerte á los pies
de la estatua yacente de un sepulcro.
Las de Porreño se levantaban á las siete de la mañana, tomaban un
chocolate del más barato, y se iban á las Góngoras. Oían tres misas y
parte de una cuarta. Si era domingo confesaban, y después volvían á
casa, quedándose generalmente doña Paulita en el locutorio á hablar de
las llagas de San Francisco. A la una comían (no tenían criada) una olla
decente _con menos de vaca que de carnero_, y algunos platos
condimentados por el instinto (no educación) culinario de María de la
Paz, que consideraba como la última de las humillaciones la de entrar en
la cocina. Después hacían labor. Una vez al año visitaban á cierta
condesa vieja que las conservaba alguna amistad á pesar de la desgracia.
Llegada la noche, rezaban _á trío_ por espacio de dos horas, y después
se acostaban. Al sumergirse en aquellas camas arquitectónicas,
verdaderos monumentos de otros tiempos, los tres vestigios de la familia
insigne de Porreño, vivos exóticamente en nuestros días, parecía que se
hastiaban del mundo de hoy y se volvían á su siglo.
Concluyamos: la más inalterable armonía reinaba aparentemente entre
ellas. Parecían no tener más que un pensamiento y una voluntad. La
unción de Paulita se comunicaba á las otras dos, y la misantropía amarga
de Salomé se repetía igualmente en las demás. La alegría, el dolor, las
alteraciones de la pasión y del sentimiento no se conocían en aquella
región del fastidio. La unidad de aquella trinidad era un misterio. En
los momentos normales de la vida las tres no eran más que una: lo
antiguo manifestado en un triángulo equilátero; el hastío representado
en tres modos distintos, pero uno en esencia.