#No llega el esperado.--Llegada de un importuno.#
De todos los procedimientos que el espíritu emplea para atormentarse á
sí mismo, el más terrible es esperar. Contra esto no hay remedio.
Parece que ha de ser fácil resolverse á no esperar, apartar la
imaginación de la cosa esperada, y vivir sólo en un punto de la vida, en
un momento del tiempo, sin esa dolorosa aspiración á lo venidero que
desquicia el ser, sacándole de su centro.
Cuando se espera lo que ha de llegar las horas son siglos; cuando se
espera lo que debió llegar, las horas vuelan como segundos. Clara estaba
á la hora de las diez con el alma suspensa, trémula y atenta, llena de
inquietud y zozobra. Pasa de las diez, y el viajero no viene; el reloj
vuela de las once á las doce, y de las doce á la una. Pascuala tenía
mucho miedo, porque el ruido de gentes que en la calle se sentía
aumentaba á cada hora. Las dos estaban sentadas en el cuarto interior, y
no decían cosa ninguna, ni la criada contaba aquellos cuentos de las
ninfas y el dragoncillo, que había aprendido en su pueblo, ni la
huérfana se reía con la franca expansión y natural sencillez de su
carácter. Ambas estaban muy silenciosas: se miraban con ansiedad cuando
algún ruido se sentía en la escalera; y al cerciorarse de que no era lo
que aguardaban, caían la una en su abatimiento indiferente, la otra en
su calmosa, melancólica y disimulada agitación.
Clara, á la madrugada, entró en el período de las conjeturas; forma con
que el espíritu se da todos los tormentos imaginables. ¿Qué le había
pasado? ¿Volcaría el coche? ¿le habrían salido ladrones con aquellos
tremendos trabucos que pintan en las estampas? ¿Habría desistido del
viaje? ¿Tendría tal vez amores con alguna muchacha del pueblo? ¿Le
detendría alguna partida de realistas? Todo le ocurría menos lo cierto.
En estos momentos fácil es tranquilizarse teniendo un poco de serenidad;
pero nadie la tiene, y una ceguera profunda sustituye á la normal
lucidez del entendimiento. Basta razonar en calma y decir: "¿No ha
venido? Se habrá detenido casualmente. Mañana vendrá." Pero en vez de
hacer este lógico razonamiento, lo que generalmente se piensa es esto:
"¿No ha venido? Pues se ha muerto: le mataron."
Luego la noche contribuye á este tormento; la noche, que á todo da
formas horribles, lo mismo á las cosas materiales que á las visiones
internas. Clara, que no había podido ni podía dormir, no cesaba de
percibir informes, bultos, sangre, obscuridad, repentinamente opuesta á
una gran luz que alumbra horrores. Da calentura esa situación.
Impaciencia febril se apodera de la sangre que se agita y circula, como
si la rapidez de su marcha acelerase la llegada de lo que se espera.
Esta contrariedad de nuestro deseo es más terrible, porque es lenta, sin
límites. Delante no se ve sino la eternidad. No vienen á la mente las
modificaciones que puede traer el próximo día. Aquella noche y aquella
soledad parece que no han de tener fin.
Las primeras luces del día no hicieron, sin embargo, otra cosa que
aumentar su tristeza. ¡Ayer! ¡Desde ayer le había estado esperando!
Deseaba salir fuera y correr, preguntando á todos por el desventurado
joven. Abrió el balcón, miró á la calle, creyendo que iba á verle pasar,
y examinó á todos los transeúntes. Entonces le llamó la atención una
persona que, fija en la esquina, la miraba con tenacidad. Segura de que
no era él volvió la cara, y no se cuidó más de aquella persona.
Cerró el balcón, porque sentía fatiga y mucha necesidad irresistible de
dormir. Fué á su cuarto, y sentada en una silla, recostó la cabeza sobre
la cama. Pero en vez de dormir empezó á cavilar con tanto desvarío y
agitación como durante la noche. Elías tampoco había vuelto. ¿Qué sería
de él? ¡Oh, qué luz! Tal vez le había encontrado y estarían juntos en
alguna parte.
En esto entró Pascuala que venía de la calle. La alcarreña se acercó á
Clara, adornando la redonda y vasta fachada de su cara con
impertinente sonrisa.
--¿Sabe usted lo que ha _pasao_?
--¿Qué? ¿qué hay?--dijo Clara con interés.
--Que aquel caballerito del otro día ... pues ... el señor militar ...
me paró en la esquina.
--¿Y á mí qué me importa eso?
--Que dice que viene acá.
--¡Jesús, acá! ¿Y á qué viene acá? Estamos solas.
--Pues es un caballero muy cumplido.
--¿Si? Pues no me he fijado.
--¿No le vió usted el otro día aquí ... cuando el señor vino malo?
--Sí: parecía una buena persona. ¿Pero á qué quiere volver aquí?
--Usted bien se lo malicia. ¡Ah, qué picarona es usted! En aquel momento
sonaron en el bolsillo de Pascuala las pesetas que el militar le había
dado. Después se sintieron pasos en la escalera y sonó muy débilmente la
campanilla.
--Es él--dijo la alcarreña.
Y antes que Clara pudiera impedírselo, la moza corrió, abrió la puerta,
y el militar, que ya conocemos, entró en el pasillo, se descubrió con
respeto y se acercó á Clara.
--¿A quién buscaba usted?--dijo Clara.--No está: ha salido.
--Sí está, no ha salido,--contestó el militar con aplomo.
--¿Quién? ¿Pero á quién buscaba usted?
--Fácil es comprender que no busco á ese viejo, cuyo trato aleja en vez
de atraer á las personas.
--¿Pero qué quiere decir? ¿á qué viene usted?--le preguntó Clara con
ligera expresión de alarma.--Estoy sola, váyase usted.
--Por lo mismo no me voy.
--Si usted no se va, llamaré, gritaré,--dijo Clara, resuelta sin duda á
hacer lo que decía.
--Entonces reñiremos,--afirmó el militar con sonrisa de amistosa
franqueza, que desarmó en parte el enojo de Clara.
--¡Por Dios, que va á llegar! ¿Pero quién es usted? ¿A qué viene usted
aquí? ¿Quién le ha dado licencia para entrar? Usted es el que vino el
otro día con él. Ya le reconozco; pero no entiendo á qué viene hoy.
¡Pascuala, Pascuala!
--No me mire usted como enemigo. Mi entrada ha sido singular; pero no
soy un ladrón ni un asesino. Vengo como amigo: traigo paz y amistad. No
tenga usted miedo, Clara. Vengo como amigo. Ya nos conocemos de un solo
día, cuando vine aquí sosteniendo á ese pobre señor.
--¡Oh! y ahora puede venir--dijo Clara alarmada. Márchese usted, por
Dios. Yo no le conozco, ni me importa todo eso que me ha dicho. Si
él llega....
--Lo que menos me importa es ese viejo--contestó el militar.--Antes me
interesaba un poco. Creí que era de usted pariente, su esposo tal vez.
Pero después he sabido que es un tiranuelo que vive para martiriza á una
pobre huérfana, que se muere da melancolía encerrada aquí. No puedo
ver con indiferencia que una persona tan guapa, tan amable, tan digna de
ser feliz, pase la vida en poder de esa fiera.
--¡Oh! Pues yo estoy bien así. Le agradezco á usted su bondad--contestó
Clara;--pero no es necesaria. Váyase usted, por Dios.
--No me iré, no--dijo el militar, exaltándose un poco. Hace algunos días
que me preocupa la idea de los martirios que usted debe sufrir. Siento
un deseo muy grande de libertarla á usted de ese maniático, y creo que
realizaré este propósito. He pasado por ahí cien veces al día y me ha
dado horror el aspecto sombrío de esta casa, sepulcro en vida de tan
bella criatura. Usted se reirá de mí, lo comprendo. Le parecerá extraño
este interés que tomo por una persona á quien sólo he visto una vez;
pero de este misterio no hay que hablar ahora. Lo que importa es que
usted se decida á hacer lo que yo le aconseje. Sepa usted que he jurado
no permitir que muera aquí de hastío y soledad. Estoy seguro de que
usted, que con tanta sencillez me comunicó la única vez que nos vimos
parte de sus desventuras, tendrá hoy la confianza que necesito, sabrá
apreciar la nobleza de mis propósitos y no se opondrá á que se realicen.
Clara no sabía qué contestar. Estaba confundida al ver el generoso y
fraternal interés que tenía por ella una persona á quien había visto tan
poco. Esto hubiera llenado de orgullo á otra mujer; pero Clara era muy
modesta, y ante aquella manifestación afectuosa no tuvo más que gratitud
y vergüenza. Nunca creyó merecer aquello.
--Yo lo agradezco mucho, señor--dijo;--pero....
La verdad es que no podía decirle que era feliz y que deseaba continuar
aquel género de vida. Era cierto lo que el militar decía. Era imposible
vivir en compañía de aquella fiera. ¿Pero acaso no esperaba su salvación
de otra persona? Esta idea la indujo á rechazar con más energía las
ofertas que aquél le hacía.
--Usted no conoce á la persona con quien vive--continuó el
militar.--Usted no le conoce, yo sí: ya me he informado de su carácter y
de sus ideas. No sólo es un hombre extravagante é intratable, sino un
fanático sin corazón, un hombre feroz, de perversos instintos y cálculos
terribles. No: usted no puede seguir más tiempo en manos de ese hombre,
que no es su pariente, ni su amigo: que se llama su protector, para
hacer de usted una víctima de su orgullo brutal.
Clara comprendió, por la vehemencia con que el joven hablaba, que era
cierto su interés, y conoció también que la pintura que del viejo hacía
no era exagerada. El desconocido obraba con la mayor nobleza, sinceridad
y buena fe. Era uno de esos caracteres inclinados á las aventuras
difíciles y que implicaban la salvación peligrosa de los que sufrían. Su
espíritu caballeresco, su corazón inclinado al bien, hallaron en aquel
suceso un motivo de ocupación, y dedicó toda su actividad á la
realización del más generoso propósito. Además, un sentimiento bastante
enérgico de simpatía hacia aquella pobre huérfana, le impulsaba á
proceder con tanta diligencia. Más adelante conoceremos el nombre y los
hechos de este noble, caballero.
--Pero no esté usted más tiempo aquí--dijo Clara.--¿Cómo quiere usted
convencerme de que se interesa por mí, si precisamente estando aquí me
prueba lo contrario? Si él viene y le encuentra en la casa....
--No dirá nada. Ese hombre es tan miserable, que no le importa ni la
felicidad ni el honor de usted: todo lo mirará con indiferencia. A usted
no le queda más amparo que yo.
La huérfana, al oír estas palabras sintió un frío en el alma. El momento
en que eran dichas hacía que parecieran una gran verdad. Su único,
legítimo y verdadero amigo no vendría. Ya no le quedaba más amparo que
el de un advenedizo.
--Nada más que yo; pero es bastante--continuó el joven con afectada
voz.--Siga usted el plan que yo le marque: no haga usted caso de ese
viejo. Yo seré para usted todo lo que puede ser un hombre de corazón y
honradez. Tenga usted en mí la confianza que se tiene en lo que nos ha
de salvar.... Y ahora, Clara, me voy. Pero no tardaré en volver á dar
mis órdenes á la pobre prisionera, cuya felicidad pende de mí. ¡Qué
orgullo siento en esto! Yo estaré siempre alerta. Si le ocurre á usted
una nueva desventura, no necesita avisarme. Yo me hallaré aquí para
socorrerla y animarla. No le queda á usted más amparo que yo. Piénselo
usted bien. Adiós.
La decisión de aquel hombre desconocido, insinuado tan novelescamente en
los secretos de la casa, era muy firme. Se había propuesto emprender una
aventura generosa, á que le inclinaban al mismo tiempo un sentimiento de
simpatía, y el deseo inveterado en él, de hacer bien.
Si había un poco de egoísmo en él, después lo veremos. Ya se marchaba,
cuando Pascuala salió de la cocina asustada, y dijo:
--¡El amo!
--No abras--dijo Clara temerosa.--Espera: escóndase usted.
Pero Elías, que tenía llave, no necesitaba que le abrieran para entrar.
--No importa--dijo el militar, que trataba de serenar á Clara.
Coletilla abrió y entró. Venía cabizbajo y abstraído. Dió algunos pasos
por el corredor sin ver al intruso; mas al llegar al extremo, notó aquel
bulto, alzó la cabeza, y vió al joven, que se inclinaba ante él con
mucho respeto.