#La tragedia de los Gracos.#
Luego que sintieron alejarse á sus perseguidores, los amigos subieron.
Allí vivía el poeta clásico.
--¿Tienes que cenar?--le preguntó el Doctrino.
--Un magnífico festín--contestó el poeta.--Un cuarterón de queso
manchego y una botella de Cariñena. Mandaremos por unos buñuelos á la
taberna de la esquina.
Lázaro tenía un hambre espantosa. Desde las nueve de la mañana no había
probado cosa ninguna, y el cansancio del camino, los esfuerzos mentales
y la gran fatiga moral de aquella noche le habían rendido hasta el punto
de que no podía tenerse. Subió con los demás, sin fuerzas para emprender
á aquella hora el viaje á casa de su tío. La comitiva, guiada por el
poeta clásico, se internó en la escalera.
No hay viaje al polo Norte que ofrezca más peligros que una escalera
angosta de casa madrileña cuando la obscuridad más completa reina en
ella. Comenzáis dando tumbos aquí y allí; de repente tropezáis con la
pared: chocáis con una puerta, y el ruido alarma á la vecindad. Dais con
el sombrero en un candil que, aunque extinguido por falta de aceite,
tiene lo bastante para poneros como nuevos. Y todo esto es llevadero
cuando no se encuentra al truhán que baja ó al galán que sube, cuando no
sentís el retintín de la ganzúa que intenta abrir una puerta, cuando no
resbaláis en las substancias depositadas por los gatos sobre los
escalones, cuando no tropezáis con la amorosa conjunción de dos
estrellas que pelan la pava en el último tramo.
Por fin la expedición llegó á las regiones boreales de la casa, á la
elevada zona en que el poeta había hecho su nido. Tocaron, y abierta la
puerta, nuestros amigos se encontraron frente á frente de una mujer que,
con soñolientos ojos y rostro avinagrado, alzaba la mano sosteniendo un
candil, próximo á imitar la sabía conducta de los de la escalera. Este
candil comunicó su luz á otro mejor acondicionado que había en el cuarto
donde entraron los cuatro jóvenes. La dama echó el cerrojo á la puerta
de la escalera, y dando las buenas noches con entonación de un responso,
se fué. No había andado cuatro pasos cuando volvió, y arrebujándose bien
en su manto, con honestos y recatados ademanes, dijo:
--Por Dios, don Ramón, no hagan ustedes ruido, que está alborotada la
vecindad con la algarabía que se arma aquí todas las noches. Porque, ya
ve usted ... Una es comidilla de las gentes de abajo. La encajera ha ido
diciendo que esto era una taberna, y que no se podía vivir en esta casa.
Ya ven ustedes ... como una es mujer de opinión....
La señora que tan celosa se mostraba de la opinión de su casa era doña
Leoncia Iturriabeytia, vizcaína, como es fácil conocer por su apellido;
patrona de aquel establecimiento, mujer de bien, como de cuarenta años
mal contados, de buen aspecto, robustas formas, alta estatura cara
redonda y carácter bonachón y más que sencillo.
--Señora, déjenos usted en paz--le contestó Javier.--Si viniera don Gil
con nosotros, no se incomodaría usted.
--Vaya, ya empieza usted con sus bromas, don Javier.
--¿Y cuándo se casa usted doña Leoncia?
--¿Yo casarme? ¿Yo?--dijo doña Leoncia con mal disimulada satisfacción.
--Pues sepa usted que se lleva un buen mozo. Don Gil es hombre que hará
carrera ... está en buena edad....
Una carcajada de los otros dos y una sonrisa forzada de la patrona
acogieron aquellas palabras. La vizcaína tenía un pretendiente, y éste
era don Gil Carrascosa, aquel individuo que fué lego, abate
covachuelista y cuanto hay que ser. Corrían por la vecindad rumores
alarmantes respecto á la existencia de cierta buena concordia, parecida
á la familiaridad, entre el poeta clásico y doña Leoncia, la vizcaína.
No penetremos en lo sagrado de estos clásicos y patroniles secretos.
Doña Leoncia notó la presencia de un desconocido, y quiso darse tono. Se
puso seria, y reprendió á los estudiantes por su poca formalidad.
Después hizo un pomposo ademán, algunas cortesías, y se marchó.
--Adiós Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope--dijo cuando la vió fuera
el poeta, que gustaba mucho de aplicarle aquellos nombres heroicos.
Poco después de esta despedida se sintieron ronquidos muy broncos y
prolongados. Era Ariadna, Antígone, Sofonisba, Penélope, que dormía en
el interior. ¡Cuán felices son las semidiosas!
Javier y el Doctrino tomaron en competencia posesión de la cama. Lázaro
se acomodó lo mejor que pudo en una silla de tres pies y medio, y el
poeta continuó en pie haciendo los honores del sotabanco. Del cajón de
la cómoda sacó un pedazo de queso envuelto en un papel, que se había
hecho transparente. Un cuchillo, una botella y un plato, en que había
panecillo y medio, salieron de otro rincón, y el festín fué preparado en
la mesa, para lo cual se hizo preciso apartar á un lado dos tragedias en
verso heroico, un retrato de mujer roído de ratones, un ejemplar de la
Constitución, un tintero de cuerno y una babucha, dentro de la cual
había unas tijeras, una caja de obleas y medio tomo del teatro de
Crebillon.
El cuarto aquel era curioso. La cama se ostentaba lo más horizontal que
le era posible sobre dos banquillos, cuyas tablas sostenían un jergón de
tan tortuosa superficie, que el durmiente rodaba en él de cima en cima
antes de poder conciliar el sueño. Una estera de esparto, finísima en
los tiempos de Carlos III, cubría las dos terceras partes del piso,
siendo inútiles todos los esfuerzos de doña Leoncia para estirarla hasta
cubrir lo que faltaba. Inmenso baúl alternaba con la cama, y á juzgar
por lo corroído del cuero y la suciedad acumulada entre él y la pared,
los ratones habían tomado por su cuenta la empresa de colonizar aquel
recinto. Adornaban las paredes algunos cuadros: el más notable era un
trabajo de pluma hecho por el tío del cuñado del abuelo de la vizcaína,
que había sido insigne calígrafo, y toda la lámina estaba llena de
rasgos, líneas, letras raras, rúbricas y floreos de pluma, trabajo
ilegible por ser tan excelente. Por otro lado pendía de la pared un
cuadrito de marco ex-dorado, que encerraba las habilidades juveniles de
la abuela de doña Leoncia, bordadora de lo más fino. Al lado de estos
monumentos de familia estaban un par de figurines del Directorio y una
Virgen del Pilar, simplemente pegada en la pared con cuatro obleas.
Ramón echaba vino en un vaso que iba corriendo de mano en mano; el queso
fué distribuido, y el pan desapareció en poco tiempo. Lázaro no se
mostraba parco en comer, porque la verdad era que tenía buen apetito y
se sentía desfallecer por momentos.
--Vamos, Ramoncillo--dijo el Doctrino--léenos un poco de esa tragedia
para llorar, que llamas _Petra_.
--¿Qué Petra ni Petra?--replicó el poeta.--No seas bárbaro: _Fedra_
querrás decir.--Lo mismo me da Fedra que Pancrasia.
--Ya he dejado ese asunto ... eso no es nuevo. Ahora lo que conviene es
un asunto patriótico.--Eso me gusta.
--Al fin me decidí por los gracos.... Amigos, qué hombres eran aquellos!
--A ver--dijo el Doctrino.--Léenos algo de esos grajos. Debe ser
cosa graciosa.
--Pero ven acá, loco--dijo Javier:--¿por qué no haces una tragedia de
cosas del día en que salgan hombres como éstos de ahora?
--No seas tonto--dijo el poeta riendo con la mayor buena fe:--ahora no
hay héroes.
--Majadero, ¿pues cómo llamas á Churruca, á Alvarez y á Daoiz?
--Sí; pero eso son héroes de casaca.
Ramón tenía talento y facultades de poeta; pero había nacido en una
época funesta para las letras. El frío clasicismo agostaba en flor los
ingenios, que educados en la retórica francesa, y siguiendo los
principios del prosaico Montiano, del rígido Luzán, del insoportable
Hermosilla, no atinaban á utilizar los elementos poéticos que en aquel
tiempo nuestra sociedad les ofrecía.
El pueblo, alimentador de los teatros, no comprendía el alto ditirambo
de griegos y romanos; y al mismo tiempo, ningún poeta acercaba á poner
héroes españoles en la escena. Nasarre en tanto llamaba bárbaro á
Calderón, y _La vida es sueño_ no era más que delirio. Aquella
restauración clásica fué fecunda para la comedia, porque produjo á
Moratín hijo. Pero el drama, la fábula patética que retrata las grandes
conmociones del alma, y pinta los más visibles caracteres de la
sociedad, no existía entonces.
Se hacían algunas tragedias, obras pálidas y sin vida, porque no eran
animadas por la inspiración nacional, ni nuestro pueblo vivía en ellas,
ni nuestros héroes tampoco. "Ya sabemos lo que son esos héroes tiesos,
acartonados, de las tragedias clásicas: siempre los mismos. No se
concibe el amor á la libertad sin _Bruto_, ni el odio al imperio sin
_Cinna_. ¿Cómo puede haber pasión sin Fedra, y fatalidad sin _Edipo_, y
parricidio sin _Orestes_ y rebelión sin _Prometeo_, y amor á la
independencia sin _Persas_? En tiempo de nuestro amigo Ramón, los
jóvenes creían esto; y había algunas personas graves que encontraban á
Crebillon más inspirado que Lope, y Rotrou más grande que Moreto."
El poeta de que hablamos escribió su correspondiente _Alceste_, con
algún acto de un _Bellerofonte_ y varias escenas de tragedia bíblica,
también de cajón entonces. Tuvo una inspiración después, y quiso dejar
tan trillado camino. Ideó un _Subieski_, un _Solimán,_ un _Arnoldo de
Brescia_, y, por último, un _Padilla_; pero no bien había escrito
algunos versos, retrocedió por miedo á la antigüedad, y se fijó en los
_Gracos._ Dió principio á la obra, y la remató poco antes de las escenas
que estamos refiriendo.
Ya le tenemos sentado sobre la mesa, con el manuscrito en la mano y
alumbrado por el candilejo. El Doctrino y Javier se disputaban la causa
con nuevo furor, y Lázaro, que estaba sentado en la silla, había cedido
al cansancio, y apoyado en la misma cama, esperaba la primera escena de
los Gracos.
Javier tosió, y leyó las listas de los personajes de la tragedia,
seguida de la retahila de tribunos, lictores, centuriones, patricios,
pueblo, esclavos. Después relató la decoración, que era la plaza
pública, sitio de confidencias, de citas, de discursos, de secretos, de
escándalos, de juicios, de todo. Luego empezó el acto. Salía el _tribuno
primero,_ y le decía al _tribuno segundo_ si había visto á Cayo; el
tribuno segundo le contestaba al _tribuno primero_ que no; pero después
venía el _tribuno tercero_ y decía á los dos anteriores que Cayo estaba
en casa del sacerdote Ennio Sofronio, y que después vendría á confiarles
sus planes en la plaza pública. Estos se van, y saliendo el _hombre del
pueblo primero_, le dice al _hombre del pueblo segundo_ que el pan está
caro, y que los pobres se están comiendo los codos de hambre, lo cual
exaspera al _hombre del pueblo tercero_, que jura por Neptuno y el hijo
de Maya que aquello no ha de quedar así. Cada uno se va por donde ha
venido, y sale después Cornelia, que se pregunta por qué estará tan
agitado; triste Cayo; dice que rehusó las _viandas ricas de opulenta
mesa_, para irse á vagar silencioso y abstraído por la margen que baña
_del lento Tíber la corriente undosa_. Pero pronto viene á sacarla de
dudas el mismo Cayo en persona, que, alarmado por unas palabras que le
dijo el _tribuno tercero_ allá entre bastidores, viene á dar con su
madre y le manda que escuche y tiemble, con cuyo mandato Cornelia se
hace toda oídos y se pone á temblar como un azogado. Cayo le dice que los
dioses le ayudarán en su empresa, con lo cual la otra se tranquiliza y
se le quita el tembloreo. También dice que antes de faltar á su
propósito se tragará el Averno á la tierra; beberá el ciervo _(de
capital ramaje)_ la mar salobre, y se criará la carpa en las crestas
del más alto cerro de Trinacria. Después de estos desahogos, cae el
telón, y cada uno se va por donde ha venido.
Pero ya cuando Cayo hacía estos juramentos, cerró los ojos el Doctrino,
poco preocupado de que el Averno se tragara á Italia, y comenzó á roncar
suavemente como un dios holgazán. El poeta no notó este incidente, y
entró en el acto segundo; pero al llegar al delicado punto en que
Cornelia le refiere á su confidente el sueño que ha tenido, empezó
Javier á hacer lo mismo, y se durmió también. Y allá, cuando el poeta se
internaba en los laberintos del acto tercero; cuando el senador Rufo
Pompilio se le sube á las barbas al senador Sexto Lucio Flaco (el cual,
sea dicho de paso, no miraba con malos ojos á la matrona Cornelia,
aunque era dueña un poco madura); cuando todo esto pasaba, Lázaro, que
había resistido por cortesía, no pudo más, y acomodándose en la silla y
en el borde de la cama, dió algunas cabezadas, y se durmió también
olímpicamente, comenzando á soñar dormido, que era cuando menos soñaba.
El poeta concluyó el tercer acto, en que había un motín; y antes de
empezar la lectura del cuarto, miró en torno suyo y vió aquella escena
de desolación. "Dormidos. Oh dioses!" exclamó, penetrado aún del
espíritu clásico.
Pero era natural. ¿Quién soporta una tragedia con plaza pública,
verdadero almacén de endecasílabos? ¿Quién soporta una tan grande ración
de clasicismo á aquellas horas, después de oír veinte discursos, después
de haber cenado?
Aún faltaba algo. El candilejo, que sin duda era también poco amante de
lo clásico y estaba empalagado de tanto endecasílabo, no quiso alumbrar
más tiempo la plaza pública, y se apagó. Ramón cerró á obscuras su
manuscrito; comprendió que lo mejor que podía hacer era imitar á sus
amigos; bajó de la mesa, tomó la capa, se envolvió en ella, y tendióse
de largo sobre el bendito suelo. Poco después estaba tan profundamente
dormido como los demás. Así terminó la tragedia de los Gracos. Nos ha
sido imposible averiguar si al fin el senador Bufo Pompilio dió al
senador Sexto Lucio Flaco el bofetón que deseaba.