CAPÍTULO PRIMERO

#La Carrera de San Jerónimo en 1821#.

Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, la

villa de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo de

ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se

alzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían á la

calle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todas

las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza

estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el

pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, añadido á la lista

de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era

otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y

señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel

que la etiqueta le prescribía.

Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en que

ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no

existía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación de

puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,

ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento á la villa entera; hacía de

sus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó ruidosa locura; turbaba

con un solo grito la calma de aquel que se llamó el _Deseado_ por una

burla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto á las

puertas de Palacio, de la casa de Villa ó de la iglesia de Doña María

de Aragón, donde las Cortes estaban.

Años de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,

incómoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid

aquel lugarón fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas

jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los

asuntos políticos, la enaltecían, sobremanera. Era, además, el foro de

la legislación constituyente de aquella época, y la cátedra en que la

juventud más brillante de España ejercía con elocuencia la enseñanza del

nuevo derecho.

A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenía un aspecto muy

desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la más

concreta expresión artística de la cultura matritense. Inmutable en su

grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos había asistido al

tumulto de Oropesa y al motín de Esquilache, presidía ahora el

espectáculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que

siempre convergía á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.

Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Felipe,

capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en el húmedo

escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público más

plebeyo, comprendería cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veían

nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que una

gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde que

existe, lo abandonaban á la caída de la tarde para dirigirse á la

Carrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmediatas. Aquel público

iba á los clubs, á las reuniones patrióticas, á _La Fontana de Oro_, al

_Grande Oriente_, á _Lorencini_, á la _Cruz de Malta_. En los grupos

sobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su mirada

protectora, parecían ser tenidos en grande estima por los demás.

Aparentaban querer imponer silencio á la multitud; otras veces,

extendiendo los brazos en cruz, volvíanse atrás como quien pide

atención: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo

muy grande ó presunción no pequeña.

La mayor porte se dirigía á la Carrera. Es porque allí estaba el club

más concurrido, el más agitado, el más popular de los clubs: _La Fontana

Se Oro_. Ya entraremos también en el café revolucionario. Antes

crucemos, desde el Buen Suceso á los Italianos, esta alegre y animada

Carrera de los Padres Jerónimos, que era entonces lo que es hoy y lo

que será siempre: la calle más concurrida de la capital.

Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está formada por

viviendas particulares, no podéis comprender lo que era entonces una vía

pública ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres ó

cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que

proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredón del

Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroída tapia del

Buen Suceso por otro. Más allá formaban en línea de batalla las monjas

de Pinto; por encima de la tapia, que servía de prolongación al

convento, se veían las copas de los cipreses plantados junto á las

tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridícula

entonces que hoy, y más abajo, en lo más rápido del declive, el Espíritu

Santo, que después fué Congreso de los Diputados.

Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo más bajo de

la calle se veía la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su

ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardín á un lado y su

fundación piadosa á otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y

Gonzagas; más acá los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Híjar,

que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica,

distintivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para catas

particulares, para tiendas y sitios públicos la tercera parte de la

calle: esto es lo que describiremos con más detención, porque es

importante dar á conocer el gran escenario donde tendrán lugar algunos

importantes hechos de esta historia.

Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se

hallaba un gran pórtico, entrada de una antiquísima casa que, á pesar de

su escudo decorativo, grabado en la clave del balcón, era en aquel

tiempo una casa de vecindad en que vivían hasta media docena de honradas

familias. Su noble origen era indudable; pero fué adquirida no sabemos

cómo por la comunidad vecina, que la alquiló para atender á sus

necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por

él las enormes carrozas de su primitivo señor, tenía su establecimiento

un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo

portal, un poco más adentro, estaban los almacenes de quincalla de un

hermano de dicho memorialista, que había venido de Ocafia á la Corte

para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres

menguados cajoncillos, en que había algunos paquetes de peines, unas

cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios

con cruces y medallones de estaño.

La parte de la izquierda, y especialmente el rincón contiguo á la

puerta, era un lugar en que el público ejercía un incontestable derecho

de servidumbre. Era un centro urinario: la secreción pública había

trocado aquel rincón en foco de inmundicia, y especialmente por las

noches la ofrenda líquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su

hermano hacían propósito firme de abandonar el local. En vano se

amonestaba al público con terribles pragmáticas de policía urbana,

promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El público no

renunciaba por esto á su costumbre, y de seguro lo habrían pasado mal

los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la

libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,

según la feliz expresión de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en

la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.

Enfrente de este portal clásico había una puertecilla, y por los dos

yelmos de Mambrino, labrados en finísimo metal del Alcaraz y

suspendidos á un lado y otro, se venía en conocimiento de que aquello

era una barbería. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este

establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de

sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas dignas

de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser

afeitado, y la otra una dama á quien sangraban en un pie, mucho más

notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro

Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de

los más recalcitrantes. Allí se discutía, se hablaba del Rey, de las

Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oiríais allí la

peroración contundente del oficial primero y más antiguo, mozo que se

decía pariente de Poilier, el mártir de la libertad. Al compás de la

navaja se recitaban versos amenizados con agudezas políticas; y las

voces _camarilla, coletilla, trágala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_,

formaban el fondo de la conversación. Pero lo más notable de la barbería

más notable de Madrid, era su dueño, Gaspar Calleja (se había quitado el

Don después de 1820), héroe de la revolución, y uno de los mayores

enemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo decía él.

Más lejos estaba la tienda de géneros de unos irlandeses establecidos

aquí desde el siglo pasado. Vendían, juntamente con el raso y el

organdí, encajes flamencos y catalanes, alepín para chalecos, ante para

pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y

_carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patrón

era un irlandés gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda

como un queso de Flandes. Tenía fama de ser un servilón de á folio,

pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del país,

y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban á

disimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban al irlandés, en

que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando ó Amalia, la

Alteza de _mi tío el doctor_ ó de don Carlos, el buen comerciante dejaba

apresuradamente su vara y su escritorio para correr á la puerta,

asomándose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de

ternura y adhesión. Pero esto pasaba, y el irlandés volvía á su habitual

tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigían.

Cerca de la tienda del irlandés se abría la puerta de una librería, en

cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja

algunos libros, tales como la _Historia de España_, por Duchesne; las

novelas de Voltaire, traducidas por autor anónimo; _Las noches_ de

Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que

gozaba de gran popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,

Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de las flores

y la _Guía del comadrón_, completaban el repertorio.

Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una

tienda de perfumería y de bisutería con algunos objetos de caza, de

tocador y de encina, que todo esto formaban comercio común en aquellos

días. Por entre los botes de pomadas y cosméticos; por entre las cajas

de alfileres y juguetes, se descubría el perfil arqueológico de una

vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Más

allá había otra tienda obscura, estrecha y casi subterránea en que se

vendían papel, tinta y cosas de escritorio, amén de algún braguero ú

otro aparato ortopédico de singular forma. En la puerta pendía colgado

de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo más profundo y más

lóbrego de la tienda lucían como los ojos de un lechuzo en el recinto de

una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,

gran jefe de aquel gran comercio.

Enfrente había una tienda de comestibles; pero de comestibles

aristocráticos. Existía allí un horno célebre, que asaba por Navidades

más de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de

perdices y de liebres no tenía rival; sus pasteles eran celebérrimos,

y nada igualaba á los lechoncillos asados que salían de aquel gran

laboratorio. En días de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargar

los principales platos á casa de _Perico el Mahonés_ (así le

llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se

vendían en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y

mantecadas de Astorga.

No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,

las lanas, las madejas y cintas de doña Ambrosia (antes de 1820 la

llamaban la tía Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el

exterior de su tienda parecía la boca escénica de un teatro de aldea.

Por aquí colgaba á guisa de pendón, una pieza de lanilla encarnada; por

allí un ceñidor de majo; más allá ostentaba una madeja sus innumerables

hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto

pendía algún camisolín, infantiles trajes de mameluco, cenefas de

percal, sartas de pañuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,

una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla

y perpendicular á ella, servía de muestra principal. En el interior todo

era armonía y buen gusto; en el trípode del centro tenían poderoso

cimiento las caderas de doña Ambrosia, y más arriba se ostentaba el

pecho ciclópeo y corpulento busto de la misma. Era española rancia,

manchega y natural de Quintanar de la Orden, por más señas; señora de

muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,

cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto después de

grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo más

exagerado.

Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos

respectivos, constituían la decoración de la calle; había además una

decoración movible y pintoresca, formada por el gentío que en todas

direcciones cruzaba, como hoy, por aquél sitio. Entonces los trajes eran

singularísimos. ¿Quién podría describir hoy la oscilación de aquellos

puntiagudos faldones de casaca? ¿Y aquellos sombreros de felpa con el

ala retorcida y la copa aguda como pilón de azúcar? ¿Se comprenden hoy

los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban

marcando con impertinente retintín el paso del individuo? Pues ¿y las

botas á la _farolé_ y las mangas de jamón, que serían el último grado de

la ridiculez, si no existieran los tupés hiperbólicos, que asimilaban

perfectamente la cabeza de un cristiano á la de un guacamayo?

El gremio cocheril exhibía allí también sus más característicos

individuos. Lo menos veinte veces al día pasaban por esta calle las

carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivían. Estas carrozas,

que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componían

de una especie de navío de línea, colocado sobre una armazón de hierro;

esta armazón se movía con la pausada y solemne revolución de cuatro

ruedas, que no tenían velocidad más que para recoger el fango del piso y

arrojarlo sobre la gente de á pie. El vehículo era un inmenso cajón: los

de los días gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo común

las paredes de los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, con

finísimas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profundo de

aquel antro se veía el nobilísimo perfil de algún prócer esclarecido, ó

de alguna vieja esclarecidamente fea. Detrás de esta máquina, clavados

en pie sobre una tabla, y asidos á pesadas borlas, iban dos grandes

levitones que, en unión de dos enormes sombreros, servían para

patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbólicas de la

etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el

cochero, que en pesadez y gordura tenía por únicos rivales á las mulas,

aunque éstas solían ser más racionales que él.

Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana calesa ó galera, el

carromato tirado por una reata de bestias escuálidas; y entre todo esto

el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su

cuba, el prendero con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en la

cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sartén.

Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la

mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada á un

local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta

gente. Aquélla es la célebre _Fontana de Oro, café y fonda_, según el

cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud

ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración,

ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oír su aplauso

irreflexivo. Allí se había constituido un club, el más célebre é

influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados

de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país;

muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello

principio que entonces predicaban.

Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jóvenes fueron

en años posteriores. Nuestra historia no pasa más acá de 1821. Entonces

una democracia nacida en los trastornos de la revolución y alzamiento

nacional, fundaba el moderno criterio político, que en cincuenta años se

ha ido difícilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto

los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomó sobre sí la gran

tarea de formar y educar la opinión que hasta entonces no existía. Los

clubs, que comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestra de la

discusión científica, salieron del círculo de sus funciones propias

aspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los gobiernos é

imponerse á la nación. En este terreno fué fácil que las personalidades

sucedieran á los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que

es peor, que la venalidad, cáncer de la política, corrompiera los

caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta

invasión. El absolutismo, disfrazado con la máscara de la más abominable

demagogia, socavó los clubs, los dominó y vendiólos al fin. Es que la

juventud de 1820, llena de fe y de valor, fué demasiado crédula ó

demasiado generosa. O no conoció la falacia de sus supuestos amigos, ó

conociéndola, creyó posible vencerles con armas nobles, con la

persuasión y la propaganda.

Una sociedad decrépita, pero conservando aún esa tenacidad

incontrastable que distingue á algunos viejos, sostenía encarnizada

guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada á la posesión del

porvenir. En este libro asistiremos á algunos de sus encuentros.

Sigamos nuestra narración. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_;

salían los tenderos á las puertas; el barbero Calleja, que se hacía

llamar _ciudadano Calleja_, estaba también en su puerta pasando una

navaja, y contemplando el club y á sus parroquianos con una mirada

presuntuosa, que quería decir: "si yo fuera allá...."

Algunas personas se acercaron á la barbería formando corro alrededor del

maestro. Uno llegó muy presuroso, y preguntó:

"¿Qué hay? ¿Ocurre algo?"

Era el recién venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos

que parecen viejos ó jóvenes, según la fuerza de la luz ó la expresión

que dan al semblante.

Su estatura era pequeña, y tenía la cabeza casi inmediatamente adherida

al tronco, sin más cuello que el necesario para no ser enteramente

jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las

manos sobre él con movimiento de cariñosa conservación. Sus ojos eran

medio cerrados y pequeños, pero muy vivos, formando armoniosa simetría

con sus labios delgados, largos y elásticos, que en los momentos más

ardorosos de la conversación avanzaban formando un tubo acústico que

daba á su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,

había en este personaje no sé qué de frailuno. Su cabeza parecía hecha

pura la redondez del cerquillo, y ancho gabán que envolvía su cuerpo,

más que gabán, parecía un hábito. Tenía la voz muy destemplada y acre;

pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.

Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y

Carrascosa de apellido; educáronle los frailes agustinos de Móstoles, y

ya estaba dispuesto para profesar, cuando se marchó del convento,

dejando á los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo

logró, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812

perdió el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardiente

liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el

favorito Alagón le proporcionaron un destino de covachuelista con diez

mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la

Constitución por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el

punto de llegar á alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar

pandilla con los más exaltados. Cuando tengamos ocasión de penetrar en

la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta

aventura con una beldad quintañona de la calle de la Gorguera, y

sabremos también los malos ratos que con este motivo le hizo pasar

cierto estudiantillo, poeta clásico, autor de la nunca bien ponderada

tragedia de los Gracos.

"¿Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesión

extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un

Ministerio exaltado, porque el que está no nos gusta. Tendremos discurso

de Alcalá Galiano.

--Aquel andaluz feo...

--Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdón ni tregua

para los enemigos de la libertad. ¿Qué quieren esos espíritus obscuros,

esos...?_ Y por aquí seguía con un pico de oro....

--Ya les dará que hacer--observó Carrascosa--¡Qué elocuencia! ¡Qué

talento el de ese muchacho!

--Pues yo, señor don Gil--manifestó Calleja,--respetando la opinión de

usted, para mi tan competente, diré...."

Y aquí tosió dos veces, emitió un par de gruñidos por vía de proemio,

y continuó:

"Diré que, aunque admiro como el que más las dotes del joven Alcalá

Galiano, prefiero á Romero Alpuente, porque es más expresivo, más

fuerte, más ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por

ejemplo, aquello de ¡_al que quiera hierro, hierro_! y aquello de ¡_no

buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; búscanle en los

maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo á

usted que es un....

--Pues yo--contestó el ex abate,--aunque admiro también á Romero

Alpuente, prefiero á Alcalá Galiano, porque es más exacto, más

razonador....

--Se engaña usted, amigo Carrascosa. No me compare usted á ese hombre

con el mío; que todos los oradores de España no llegan al zancajo de

Romero Alpuente. Pues ¿y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando decía:

¡_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman

rey..._! ¡Ah! Si es mucha boca aquella."

Calleja repetía estos trozos de discurso con mucho énfasis y afectación.

Recordaba la mitad de lo que oía, y al llegar la ocasión comenzaba á

desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclándolo todo y haciendo de

distintos fragmentos una homilía substancial y disparatada. Se nos

olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y

obeso; pero aunque parecía hecho expresamente por la Naturaleza para

patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y

un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa

oírle declamar los retazos de discursos que aprendía en la _Fontana_.

Pues no estamos conformes--contestó Carrascosa, accionando con mucho

aplomo,--porque ¿qué tiene que ver esa elocuencia con la de Alcalá, el

cual es hombre que, cuando dice "allá voy", le levanta á uno los pies

del suelo?

--Es verdad--dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, que

debía de ser torero, á juzgar por su traje y la trenza que en el cogote

tenía;--es verdad. Cuando Alcalá embiste á los tiranos y se empieza á

calentar.... Pues no fué mal puyazo el que le metió el otro día á la

Inquisición. Pero, sobre todo, lo que más me gusta es cuando empieza

bajito y después va subiendo, subiendo la voz.... Les digo á ustedes que

es el espada de los _oraores_.

--Señores--afirmó Calleja,--repito que todos esos son unos muñecos al

lado de Romero Alpuente. ¡Cómo puso á los frailes hace dos noches! ¿A

que no saben ustedes lo que les dijo? ¿A que no saben...? Ni al mismo

demonio se le ocurre.... Pues los llamó.... _¡sepulcros blanqueados!_...

Miren qué mollera de hombre....

--No se empeñe usted, Calleja--refunfuñó el ex covachuelista con alguna

impertinencia.

--Pero venga usted acá, señor don Gil--dijo Calleja, haciendo todo lo

posible por engrosar la voz.--¡Si sabré yo quién es Alcalá Galiano y los

puntillos que calzan todos ellos! ¡A mí con esas! Yo, que les calo á

todos desde que les veo, y no tengo más que oírles decir _castañas_ para

saber de qué palo están hechos....

--Creo, señor don Gaspar, que está usted muy equivocado, y no sé por qué

se cree usted tan competente,--indicó Carrascosa en tono muy grave.

--¿Pues no he de serlo? ¡Yo, que paso las noches oyéndoles á todos, no

saber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, no

son más que ingenios de ración y equitación.

--Es verdad también que Romero Alpuente no es ningún rana--dijo otro de

los presentes.

--¿Cómo rana?--exclamó, animándose, Calleja.--¡Que le sobra talento por

los tejados!... Y á usted, señor Carrascosa, ¿quién le ha dicho que yo

no soy competente? ¿Quién es usted para saberlo?

--¿Que quién soy? ¿Y usted qué entiende de discursos?

--Vamos, señor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo á usted que

le tengo por un ignorante lleno de presunción.

--Respete usted, señor Calleja--exclamó don Gil un poco

conmovido;--respete usted á los que por sus estudios están en el caso

de... Yo... yo soy graduado en cánones en la Complutense.

--Cánones, ya. Eso es cosa de latín. ¿Qué tiene que ver eso con la

política? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezas

ramplonas y de cuatro suelas.

--Usted es el que no debe meterse en ellas--exclamó Carrascosa sin

poderse contener;--y el tiempo que le dejan libre las barbas de sus

parroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa.

--Oiga usted, señor pedante complutense, canonista, teatino, ó lo que

sea, váyase á mondar patatas al convento de Móstoles, donde estará más

en su lugar que aquí.

--Caballero--dijo Carrascosa, poniéndose de color de un tomate y mirando

á todos lados para pedir auxilio, porque aunque tenía al barbero por lo

que era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachón de

ocho pies.

--Y ahora que recuerdo--añadió con desdén el rapista,--no me ha pagado

usted las sanguijuelas que llevó para esa señora de la cal é de la

Gorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real.

--¿También me llama usted estafador? Mejor haría el ciudadano Calleja

en acordarse de los diez y nueve reales que le prestó mi primo, el

que tiene la pollería en la calle Mayor; reales que le ha pagado como

mi abuela.

--Vamos, que tú y el pollero sois los dos del mismo estambre.

--Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico Sardina el día

de la merienda en Migas Calientes.

--¿La guitarrilla, eh? ¿Dice usted que yo le robé una guitarrilla?

Vamos, no me venga usted á mí con indirectas...--contestó el barbero,

queriendo parecer sereno.

--Véngase usted aquí con pamplinas: si no le conoceremos, señor

_Callejón angosto_.

--Anda, que te quedaste con la colecta el día de San Antón. ¡Catorce

pesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza para

que te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivas

al Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste un

ramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, he

sido siempre liberal, sí, señores. Liberal aunque barbero; que yo no soy

cualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal como

cualquiera. Pero miren á estos realistones: ahora han cambiado de

casaca. Después que con sus delaciones tenían las cárceles atarugadas de

gente; se agarran á la Constitución, y ya están en campaña como toro en

plaza, dando vivas á la libertad.

--Señor Calleja, usted es un insolente.

--¡Servilón!

Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época, Cuando se

pronunciaba, no había remedio: era preciso reñir.

Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento y

cultivo de las barbas de la mitad del género humano se alzaba en la

mano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandecía en lo alto,

próximo á caer sobre el indefenso cráneo del que fué lego, abate y

covachuelista, cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendo

que iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de la

Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer de

Calleja, la cual, desconcertada y trémula al ver desde el rincón de su

tienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dejó con rapidez

la labor, echó en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales

pechos se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el mal

encubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa de una

muerte segura.

Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo.

Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que era

tan gigantesca como él, le sostenía el brazo; el pobre Gil, mudo y

petrificado de espanto. Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba la

dama, era de formas colosales y bastas; pero tenía en aquellos momentos

cierta majestad en su actitud, la cual recordada á Minerva en el momento

de detener la mano de Aquiles, pronta á desnudar el terrible acero

clásico. El Agamenón de la Covachuela ofrecía un aspecto poco académico

en verdad.

"Ciudadano Calleja--dijo aquella señora en tono muy reposado,--no

emplees tus armas contra ese pelón, que se pudre á todo podrir:

guárdalas para los tiranos."

Calleja cerró, pues, la navaja, y la guardó para los tiranos.

Don Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que quisieron

impedir una catástrofe; y poco después, el grupo que allí se había

formado quedaba disuelto.

La amazona cerró la puerta, y dentro continuó su perorata interrumpida.

No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras el

muchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente había

perdido. Basto decir, para que se comprenda lo que valía doña Teresa

Burguillos, que sabía leer, aunque con muchas dificultades, hallándose

expuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza de mascullones

podía enterarse de algunos discursos escritos, reteniéndolos en la

memoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conducta

de su esposo, se había hecho una gran política, y que era muy entusiasta

de Riego y de Quiroga, aunque más que los _hombres de sable_ le gustaban

los _hombres de palabra_, llegando hasta decir que no conocía caballero

más galantemente discreto que _Paco_ (así mismo) Martínez de La Rosa. Es

casi seguro que manifestó deseos de tener delante al _bárbaro Elio_ para

clavarle sus tijeras en el corazón. Penetremos ahora en la _Fontana_.

La Fontana de Oro · 第 6 / 52 题