La Nela cerró sus conchas para estar más sola. Sigámosla; penetremos en
su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia.
Habiendo carecido absolutamente de instrucción en su edad primera;
habiendo carecido también de las sugestiones cariñosas que enderezan el
espíritu de un modo seguro al conocimiento de ciertas verdades, habíase
formado Marianela en su imaginación poderosa un orden de ideas muy
singular, una teogonía extravagante y un modo rarísimo de apreciar las
causas y los efectos de las cosas. La idea de Teodoro Golfín era exacta
al comparar el espíritu de Nela con los pueblos primitivos. Como en
éstos, dominaba en ella el sentimiento y la fascinación de lo
maravilloso; creía en poderes sobrenaturales, distintos del único y
grandioso Dios, y veía en los objetos de la Naturaleza personalidades
vagas que no carecían de modos de comunicación con los hombres.
A pesar de esto, la Nela no ignoraba completamente el Evangelio. Jamás
le fue bien enseñado; pero había oído hablar de él. Veía que la gente
iba a una ceremonia que llamaban misa, tenía idea de un sacrificio
sublime; mas sus nociones no pasaban de aquí. Habíase acostumbrado a
respetar, en virtud de un sentimentalismo contagioso, al Dios
crucificado; sabía que aquello debía besarse; sabía además algunas
oraciones aprendidas de rutina; sabía que todo aquello que no se poseía
debía pedirse a Dios; pero nada más. El horrible abandono en que había
estado su inteligencia hasta el tiempo de su amistad con el señorito de
Penáguilas era causa de esto. Y la amistad con aquel ser extraordinario,
que desde su oscuridad exploraba con el valiente ojo de su pensamiento
infatigable los problemas de la vida, había llegado tarde. En el
espíritu de la Nela estaba ya petrificado lo que podremos llamar su
filosofía, hechura de ella misma, un no sé qué de paganismo y de
sentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos añadir que María, a
pesar de vivir tan fuera del elemento común en que todos vivimos,
mostraba casi siempre buen sentido y sabía apreciar sesudamente las
cosas de la vida, como se ha visto en los consejos que daba a Celipín.
La grandísima valía de su alma explica esto.
La más notable tendencia de su espíritu era la que la impulsaba con
secreta pasión a amar la hermosura física, donde quiera que se
encontrase. No hay nada más natural, tratándose de un ser criado en
soledad profunda bajo el punto de vista de la sociedad y de la ciencia,
y en comunicación abierta y constante, en trato familiar, digámoslo así,
con la Naturaleza, poblada de bellezas imponentes o graciosas, llena de
luz y colores, de murmullos elocuentes y de formas diversas. Pero
Marianela había mezclado con su admiración el culto, y siguiendo una
ley, propia también del estado primitivo, había personificado todas las
bellezas que adoraba en una sola, ideal y con forma humana. Esta belleza
era la Virgen María, adquisición hecha por ella en los dominios del
Evangelio, que tan imperfectamente poseía. La Virgen María no habría
sido para ella el ideal más querido, si a sus perfecciones morales no
reuniera todas las hermosuras, guapezas y donaires del orden físico, si
no tuviera una cara noblemente hechicera y seductora, un semblante
humano y divino al mismo tiempo, que a ella le parecía resumen y cifra
de toda la luz del mundo, de toda la melancolía y paz sabrosa de la
noche, de la música de los arroyos, de la gracia y elegancia de todas
las flores, de la frescura del rocío, de los suaves quejidos del viento,
de la inmaculada nieve de las montañas, del cariñoso mirar de las
estrellas y de la pomposa majestad de las nubes cuando gravemente
discurren por la inmensidad del cielo.
La persona de Dios representábasele terrible y ceñuda, más propia para
infundir respeto que cariño. Todo lo bueno venía de la Virgen María, y a
la Virgen debía pedirse todo lo que han menester las criaturas. Dios
reñía y ella sonreía. Dios castigaba y ella perdonaba. No es esta última
idea tan rara para que llame la atención. Casi rige en absoluto a las
clases menesterosas y rurales de nuestro país.
También es común en éstas, cuando se junta un gran abandono a una gran
fantasía, la fusión que hacía la Nela entre las bellezas de la
Naturaleza y aquella figura encantadora que resume en sí casi todos los
elementos estéticos de la idea cristiana. Si a la soledad en que vivía
la Nela hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron;
si su apartamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismo
habría sido entonces completo habría adorado la Luna, los bosques, el
fuego, los arroyos, el sol.
Esta era la Nela que se crió en Socartes, y así llegó a los quince años.
Desde esta fecha su amistad con Pablo y sus frecuentes coloquios con
quien poseía tantas y tan buenas nociones, modificaron algo su modo de
pensar; pero la base de sus ideas no sufrió alteración. Continuaba dando
a la hermosura física cierta soberanía augusta; seguía llena de
supersticiones y adorando en la Santísima Virgen como un compendio de
todas las bellezas naturales; haciendo de esta persona la ley moral, y
rematando su sistema con las más extrañas ideas respecto a la muerte y
la vida futura.
Encerrándose en sus conchas, Marianela habló así:
--Madre de Dios y mía, ¿por qué no me hiciste hermosa? ¿Por qué cuando
mi madre me tuvo no me miraste desde arriba?... Mientras más me miro más
fea me encuentro. ¿Para qué estoy yo en el mundo?, ¿para qué sirvo?, ¿a
quién puedo interesar?, a uno solo, Señora y madre mía, a uno solo que
me quiere porque no me ve. ¿Qué será de mí cuando me vea y deje de
quererme?... porque ¿cómo es posible que me quiera viendo este cuerpo
chico, esta figurilla de pájaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia,
esta nariz picuda, este pelo descolorido, esta persona mía que no sirve
sino para que todo el mundo le dé con el pie. ¿Quién es la Nela? Nadie.
La Nela sólo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelve
a mí y me ve, caigo muerta... Él es el único para quien la Nela no es
menos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios a
sus novias, como Dios manda que se quieran las personas.... Señora madre
mía, ya que vas a hacer el milagro de darle vista, hazme hermosa a mí o
mátame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie más
que para uno solo.... ¿Siento yo que recobre la vista? No, eso no, eso
no. Yo quiero que vea. Daré mis ojos porque él vea con los suyos; daré
mi vida toda. Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen.
¡Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me
vea, no. Antes que consentir que me vea, ¡Madre mía!, me enterraré viva;
me arrojaré al río.... Sí, sí; que se trague la tierra mi fealdad. Yo no
debía haber nacido....
Y luego, dando una vuelta en la cesta, proseguía:
--Mi corazón es todo para él. Este cieguito que ha tenido el antojo de
quererme mucho, es para mí lo primero del mundo después de la Virgen
María. ¡Oh! ¡Si yo fuese grande y hermosa; si tuviera el talle, la cara
y el tamaño... sobre todo el tamaño de otras mujeres; si yo pudiese
llegar a ser señora y componerme!... ¡Ay!, entonces mi mayor delicia
sería que sus ojos se recrearan en mí... Si yo fuera como las demás,
siquiera como Mariuca... ¡qué pronto buscaría el modo de instruirme, de
afinarme, de ser una señora!... ¡Oh! ¡Madre y reina mía, lo único que
tengo me lo vas a quitar!... ¿Para qué permitiste que le quisiera yo y
que él me quisiera a mí? Esto no debió ser así:
Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por el
sueño:
--¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a
la pobre Nela que no es nada.... Quiéreme mucho.... Déjame darte un beso
en tu preciosísima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires...
ciérralos, así, así.
-XIV-