El patriarca de Aldeacorba

--Ya la están ordeñando--dijo antes de saludarles--. Supongo que todos

tomarán leche. ¿Cómo va ese valor, doña Sofía?... ¿Y usted, D.

Teodoro?... ¡Buena carga se ha echado a cuestas! ¿Qué tiene María

Canela?... una patita mala. ¿De cuándo acá gastamos esos mimos?

Entraron todos en el patio de la casa. Oíanse los graves mugidos de las

vacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al grato

aroma campesino del heno que los mozos subían al pajar, recreaba

dulcemente los sentidos y el ánimo.

El médico sentó a la Nela en un banco de piedra, y ella, paralizada por

el respeto, no se atrevía a hacer movimiento alguno y miraba a su

bienhechor con asombro.

--¿En dónde está Pablo?--preguntó el ingeniero.

--Acaba de bajar a la huerta--replicó el señor de Penáguilas, ofreciendo

una rústica silla a Sofía--. Mira, Nela, ve y acompáñale.

--No, no quiero que ande todavía--objetó Teodoro, deteniéndola--. Además

va a tomar leche con nosotros.

--¿No quiere usted ver a mi hijo esta tarde?--preguntó el señor de

Penáguilas.

--Con el examen de ayer me basta--replicó Golfín--. Puede hacerse la

operación.

--¿Con éxito?

--¡Ah! ¡Con éxito!... eso no se puede decir. ¡Cuán gran placer sería

para mí dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo de usted posee una

inteligencia de primer orden, una fantasía superior, una bondad

exquisita. Su absoluto desconocimiento del mundo visible hace resaltar

más aquellas grandiosas cualidades... se nos presentan solas,

admirablemente sencillas, con todo el candor y el encanto de las grandes

creaciones de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres.

En él todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Es

como un yacimiento colosal, como el mármol en las canteras.... No conoce

la realidad... vive la vida interior, la vida de ilusión pura.... ¡Oh!

¡Si pudiéramos darle vista!... A veces me digo: «si al darle la vista le

convertiremos de ángel en hombre...» Problema y duda tenemos aquí...

Pero hagámosle hombre; ese es el deber de la ciencia; traigámosle del

mundo de las ilusiones a la esfera de la realidad, y entonces, dado su

poderoso pensar, será verdaderamente inteligente y discreto; entonces

sus ideas serán exactas y tendrá el don precioso de apreciar en su

verdadero valor todas las cosas.

Sacaron los vasos de leche blanca, espumosa, tibia, rebosando de los

bordes con hirviente oleada. Ofreció Penáguilas el primero a Sofía, y

los caballeros se apoderaron de los otros dos. Teodoro Golfín dio el

suyo a la Nela, que abrumada de vergüenza se negaba a tomarlo.

--Vamos, mujer--dijo Sofía--no seas mal criada: toma lo que te dan.

--Otro vaso para el Sr. D. Teodoro--dijo D. Francisco al criado.

Oyose enseguida el rumorcillo de los menudos chorros que salían de la

estrujada ubre.

--Y tendrá la apreciación justa de todas las cosas--dijo D. Francisco,

repitiendo esta frase del doctor, la cual había hecho no poca impresión

en su espíritu--. Ha dicho usted, señor D. Teodoro, una cosa admirable.

Y ya que de esto hablamos, quiero confiarle las inquietudes que hace

días tengo. Sentareme también.

Acomodose D. Francisco en un banco que a la mano tenía. Teodoro, Carlos

y Sofía se habían sentado en sillas traídas de la casa, y la Nela

continuaba en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le había

dejado un bigotillo blanco en su labio superior.

--Pues decía, Sr. D. Teodoro, que hace días me tiene inquieto el estado

de exaltación en que se halla mi hijo: yo lo atribuyo a la esperanza que

le hemos dado.... Pero hay más, hay más. Ya sabe usted que acostumbro

leerle diversos libros. Creo que ha enardecido demasiado su pensamiento

con mis lecturas, y que se ha desarrollado en él una cantidad de ideas

superior a la capacidad del cerebro de un hombre que no ve. No sé si me

explico bien.

--Perfectamente.

--Sus cavilaciones no acaban nunca. Yo me asombro de oírle y del meollo

y agudeza de sus discursos. Creo que su sabiduría está llena de mil

errores por la falta de método y por el desconocimiento del mundo

visible.

--No puede ser de otra manera.

--Pero lo más raro es que, arrastrado por su imaginación potente, la

cual es como un Hércules atado con cadenas dentro de un calabozo y que

forcejea por romper hierros y muros....

--Muy bien, muy bien dicho.

--Su imaginación, digo, no puede contenerse en la oscuridad de sus

sentidos, y viene a este nuestro mundo de luz y quiere suplir con sus

atrevidas creaciones la falta de sentido de la vista. Pablo posee un

espíritu de indagación asombroso; pero este espíritu de investigación es

un valiente pájaro con las alas rotas. Hace días que está delirante, no

duerme, y su afán de saber raya en locura. Quiere que a todas horas le

lea libros nuevos, y a cada pausa hace las observaciones más agudas con

una mezcla de candor que me hace reír. Afirma y sostiene grandes

absurdos, y vaya usted a contradecirle.... Temo mucho que se me vuelva

maniático; que se desquicie su cerebro.... ¡Si viera usted cuán triste y

caviloso se me pone a veces!... Y coge un tema, y dale que le darás, no

lo suelta en una semana. Hace días que no sale de un tema tan gracioso

como original. Ha dado en sostener que la Nela es bonita.

Oyéronse risas, y la Nela se quedó como púrpura.

--¡Que la Nela es bonita!--exclamó Teodoro cariñosamente--. Pues sí que

lo es.

--Ya lo creo, y ahora que tiene su bigote blanco--dijo Sofía.

--Pues sí que es guapa--repitió Teodoro, tomándole la cara--. Sofía,

dame tu pañuelo.... Vamos, fuera ese bigote.

Teodoro devolvió a Sofía su pañuelo después de afeitar a la Nela. Díjole

a esta D. Francisco que fuese a acompañar al ciego, y cojeando entró en

la casa.

--Y cuando le contradigo--añadió el señor de Aldeacorba--mi hijo me

contesta que el don de la vista quizás altere en mí ¡qué disparate más

gracioso!, la verdad de las cosas.

--No le contradiga usted y suspenda por ahora absolutamente las

lecturas. Durante algunos días ha de adoptar un régimen de tranquilidad

absoluta. Hay que tratar al cerebro con grandes miramientos antes de

emprender una operación de esta clase.

--Si Dios quiere que mi hijo vea--dijo el señor de Penáguilas con

fervor--le tendré a usted por el más grande, por el más benéfico de los

hombres. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida: esa sombra

negra ha hecho tristes mis días, entenebreciéndome el bienestar material

que poseo. Soy rico: ¿de qué me sirven mis riquezas? Nada de lo que él

no pueda ver es agradable para mí. Hace un mes he recibido la noticia de

haber heredado una gran fortuna... ya sabe usted, Sr. D. Carlos, que mi

primo Faustino ha muerto en Matamoros. No tiene hijos; le heredamos mi

hermano Manuel y yo.... Esto es echar margaritas a puercos, y no lo digo

por mi hermano, que tiene una hija preciosa ya casadera; dígolo por este

miserable que no puede hacer disfrutar a su único hijo las delicias

honradas de una buena posición.

Siguió a estas palabras un largo silencio, sólo interrumpido por el

cariñoso mugido de las vacas en el cercano establo.

--Para él--añadió el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza--no

existe el goce del trabajo, que es el primero de todos los goces. No

conociendo las bellezas de la Naturaleza, ¿qué significan para él la

amenidad del campo ni las delicias de la agricultura? Yo no sé cómo Dios

ha podido privar a un ser humano de admirar una res gorda, un árbol

cuajado de peras, un prado verde, y de ver apilados los frutos de la

tierra y de repartir su jornal a los trabajadores y de leer en el cielo

el tiempo que ha de venir. Para él no existe más vida que una cavilación

febril. Su vida solitaria ni aun tendrá el consuelo de la familia,

porque cuando yo me muera ¿qué familia tendrá el pobre ciego? Ni él

querrá casarse, ni habrá mujer de punto que con él se despose, a pesar

de sus riquezas, ni yo le aconsejaré tampoco que tome estado. Así es que

cuando el señor D. Teodoro me ha dado esperanza... he visto el cielo

abierto; he visto una especie de Paraíso en la tierra... he visto un

joven y alegre y sencillo matrimonio; he visto ángeles, nietecillos

alrededor de mí; he visto mi sepultura embellecida con las flores de la

infancia, con las tiernas caricias que aun después de mi última hora

subsistirán acompañándome debajo de la tierra.... Ustedes no comprenden

esto; no saben que mi hermano Manuel, que es más bueno que el buen pan,

luego que ha tenido noticia de mis esperanzas, ha empezado a hacer

cálculos y más cálculos.... Vean ustedes lo que me dice... (Sacó varias

cartas que revolvió breve rato sin dar con la que buscaba)... En

resumidas cuentas, él está loco de contento, y me ha dicho: «Casaré a mi

Florentina con tu Pablito, y aquí tienes colocado a interés compuesto el

medio millón de pesos del primo Faustino...» Me parece que veo a Manolo

frotándose las manos y dando zancajos como es su costumbre cuando tiene

una idea feliz. Les espero a él y a su hija de un momento a otro: vienen

a pasar conmigo el 4 de octubre y a ver en qué para esta tentativa de

dar luz a mi hijo....

Iba avanzando mansamente la noche y los cuatro personajes rodeábanse de

una sombra apacible. La casa empezaba a humear, anunciando la grata cena

de aldea. El patriarca, que parecía la expresión humana de aquella

tranquilidad melancólica, volvió a tomar la palabra, diciendo:

--La felicidad de mi hermano y la mía dependen de que yo tenga un hijo

que ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre de

Dios, como la Virgen María Inmaculada según la pintan cuando viene el

ángel a decirle: «el Señor es contigo...» Mi ciego no servirá para el

caso... pero mi hijo Pablo con vista será la realidad de todos mis

sueños y la bendición de Dios entrando en mi casa.

Callaron todos, hondamente impresionados por la relación tan patética

como sencilla del bondadoso padre. Este llevó a sus ojos la mano basta y

ruda, endurecida por el arado, y se limpió una lágrima:

--¿Qué dices tú a eso, Teodoro?--preguntó Carlos a su hermano.

--No digo más sino que he examinado a conciencia este caso, y que no

encuentro motivos suficientes para decir: «no tiene cura», como han

dicho los médicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo no

aseguro la curación; pero no la creo imposible. El examen catóptrico que

hice ayer no me indica lesión retiniana ni alteración de los nervios de

la visión. Si la retina está bien, todo se reduce a quitar de en medio

un tabique importuno.... El cristalino, volviéndose opaco y a veces duro

como piedra, es el que nos hace estas picardías. Si todos los órganos

desempeñaran su papel como les está mandado.... Pero allí, en esa

república del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian....

--De modo que todo queda reducido a una simple catarata congénita--dijo

el patriarca con afán.

--¡Oh, no, señor; si fuera eso sólo, seríamos felices! Bastaba decretar

la cesantía de ese funcionario que tan mal cumple su obligación.... Le

mandan que dé paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, se

altera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo más, Sr.

D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos la

mano en ella. Pero de todo eso me río yo, si cuando tome posesión de ese

ojo por tanto tiempo dormido, entro en él y encuentro la coroides y la

retina en buen estado. Si por el contrario después que aparte el

cristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recién conquistado, y

me encuentro con una amaurosis total.... Si fuera incompleta, habríamos

ganado mucho; pero si es general.... Contra la muerte del aparato

nervioso de la visión no podemos nada. Nos está prohibido meternos en

las honduras de la vida.... ¿Qué hemos de hacer? Paciencia. El caso

presente ha llamado extraordinariamente mi atención: hay síntomas de que

los aposentos interiores no están mal. Su Majestad la retina se halla

quizás dispuesta a recibir los rayos lumínicos que se le quieran

presentar. Su Alteza el humor vítreo probablemente no tendrá novedad. Si

la larguísima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algo

de glaucoma... una especie de tristeza... ya trataremos de arreglarle.

Todo estará muy bien allá en la cámara regia.... Pero pienso otra cosa.

La fisura y la catarata permiten comúnmente que entre un poco de

claridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hecho

cavilar.... Verdad es que las capas corticales están muy opacas... los

obstáculos que halla la luz son muy fuertes.... Allá veremos, D.

Francisco. ¿Tiene usted valor?

--¿Valor? ¡Que si tengo valor!--exclamó don Francisco con cierto

énfasis.

--Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente....

--¿Cuál?

--Que su hijo de usted sufra una operación dolorosa, y después se quede

tan ciego como antes.... Yo dije a usted: «La imposibilidad no está

demostrada, ¿hago la operación?»

--Y yo respondí, y ahora respondo: «Hágase la operación, y cúmplase la

voluntad de Dios. Adelante.»

--¡Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.

Levantose D. Francisco y estrechó entre sus dos manos la de Teodoro, tan

parecida a la zarpa de un león.

--En este clima la operación puede hacerse en los primeros días de

Octubre--dijo Golfín--. Mañana fijaremos el tratamiento a que debe

sujetarse el paciente.... Y nos vamos, que se siente fresco en estas

alturas.

Penáguilas ofreció a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estos

aceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quiso

llevar consigo, y también salió D. Francisco para hacerles compañía

hasta el establecimiento.

Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobre

cosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras a

las cosechas del país. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviose

a la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vista

fija en el suelo. Pensaba en los terribles días de ansiedad y de

esperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el camino

encontró a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. La

luna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca subía delante de él

quebrándose en los peldaños y haciendo como unos dobleces que saltaban

de escalón en escalón. El perro iba a su lado. No teniendo D. Francisco

otro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijo

así:

--Choto, ¿qué sucederá?

-XII-

Marianela(#17340) · 第 16 / 28 题