Habían descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada del
bosque que hay más allá de Saldeoro. Detuviéronse entre un grupo de
viejos nogales, cuyos troncos y raíces formaban en el suelo una serie de
escalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse,
que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corría un
hilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigado
cuerpo en un estanquillo que servía de depósito para alimentar el chorro
de que se abastecían los vecinos. Enfrente el suelo se deprimía poco a
poco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas de
bosques y caseríos, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidad
vagabunda centenares de reses. En el último término dos lejanos y
orgullosos cerros que eran límite de la tierra, dejaban ver en un largo
segmento azul purísimo del mar. Era un paisaje cuya contemplación
revelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.
Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo en
el borde del estanque. Alzaba la derecha mano para coger las ramas que
descendían hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con el
mover de las hojas, un rayo de sol.
--¿Qué haces, Nela?--dijo el muchacho después de una pausa, no sintiendo
ni los pasos, ni la voz, ni la respiración de su compañera--. ¿Qué
haces? ¿Dónde estás?
--Aquí--replicó la Nela, tocándole el hombro--. Estaba mirando el mar.
--¡Ah! ¿Está muy lejos?
--Allá se ve por los cerros de Ficóbriga.
--Grande, grandísimo, tan grande, que se estará mirando todo un día sin
acabarlo de ver, ¿no es eso?
--No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le
pegas una mordida a un pan.
--Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del
mar, por causa de la sencillez que hay en él.... Oye, Nela, lo que voy a
decirte.... ¿Pero qué haces?
La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspendía y
balanceaba graciosamente.
--Aquí estoy, señorito mío. Estaba pensando que por qué no nos daría
Dios a nosotras las personas alas para volar como los pájaros. ¡Qué cosa
más bonita que hacer _zas_, y remontarnos y ponernos de un vuelo en
aquel pico que está allá entre Ficóbriga y el mar!...
--Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que
vuela más que todos los pájaros, porque llega hasta el mismo Dios....
Dime tú, ¿para qué querría yo alas de pájaro, si Dios me hubiera negado
el pensamiento?
--Pues a mí me gustaría tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te
cogería en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo más
alto de las nubes.
El ciego alargó su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.
--Siéntate junto a mí. ¿No estás cansada?
--Un poquitín--replicó ella, sentándose y apoyando su cabeza con
infantil confianza en el hombro de su amo.
--Respiras fuerte, Nelilla; tú estás muy cansada. Es de tanto volar....
Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hiciste
recordar una cosa que mi padre me leyó anoche. Ya sabes que desde la
edad en que tuve uso de razón, acostumbra mi padre leerme todas las
noches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y de
entretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mi
vida toda. Diome el Señor, para compensarme de la ceguera, una memoria
feliz, y gracias a ella he sacado algún provecho de las lecturas; pues
aunque éstas han sido sin método, yo al fin y al cabo he logrado poner
algún orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. ¡Qué
delicias tan grandes las mías al entender el orden admirable del
Universo, el concertado rodar de los astros, el giro de los átomos
pequeñitos, y después las leyes, más admirable aún, que gobiernan
nuestra alma! También me ha recreado mucho la historia, que es un cuento
verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora;
resultando, hija mía, que siempre han hecho las mismas maldades y las
mismas tonterías, aunque no han cesado de mejorarse, acercándose todo lo
posible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que sólo posee Dios.
Por último, me ha leído mi padre cosas sutiles y un poco hondas para ser
penetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita en
ellas. Es lectura que a él no le agrada, por no comprenderla, y que a mí
me ha cansado también unas veces, deleitándome otras. Pero no hay duda
que cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esas
materias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos,
sobre la razón de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, y
enseñan la esencia de todas las cosas.
La Nela parecía no comprender ni una sola palabra de lo que su amigo
decía; pero atendía profundamente abriendo la boca. Para apoderarse de
aquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abría el pico como
el pájaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.
--Pues bien--añadió él--anoche leyó mi padre unas páginas sobre la
belleza. Hablaba el autor de la belleza, y decía que era el resplandor
de la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tan
bien traídos y pensados, que daba gusto oírlos.
--Ese libro--dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia--no será como
uno que tiene padre Centeno, que llaman... _Las mil y no sé cuántas
noches_.
--No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto... ¿no entenderás
esto de la belleza ideal?... tampoco lo entiendes... porque has de saber
que hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningún
sentido.
--Como, por ejemplo, la Virgen María--interrumpió la Nela--a quien no
vemos ni tocamos, porque las imágenes no son ella misma, sino su
retrato.
--Estás en lo cierto: así es. Pensando en esto, mi padre cerró el libro,
y él decía una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo:
«Desgraciadamente tú no puedes comprenderla». Yo sostuve que sí; dije
que no había más que una sola belleza y que esa había de servir para
todo.
La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, había cogido de las manos de
su amigo las flores, y combinaba sus risueños colores.
--Yo tenía una idea sobre esto--añadió el ciego con mucha energía--una
idea con la cual estoy encariñado desde hace algunos meses. Sí, lo
sostengo, lo sostengo.... No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo
le dije a mi padre: «Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que
contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela». Mi padre se
echó a reír y me dijo que sí.
La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breve
instante de terror y ansiedad, creyó que el ciego la estaba _mirando_.
--Sí, tú eres la belleza más acabada que puede imaginarse--añadió Pablo
con calor--. ¿Cómo podría suceder que tu bondad, tu inocencia, tu
candor, tu gracia, tu imaginación, tu alma celestial y cariñosa que ha
sido capaz de alegrar mis tristes días; cómo podría suceder, cómo, que
no estuviese representada en la misma hermosura?... Nela, Nela--añadió
balbuciente y con afán--. ¿No es verdad que eres muy bonita?
La Nela calló. Instintivamente se había llevado las manos a la cabeza,
enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que había
cogido antes en la pradera.
--¿No respondes?... Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no
serías tan repreciosa como eres. Faltaría la lógica de las bellezas, y
eso no puede ser. ¿No respondes?...
--Yo...--murmuró la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado--no
sé... dicen que cuando niña era muy bonita.... Ahora....
--Y ahora también.
María, en su extraordinaria confusión, pudo hablar así:
--Ahora... ya sabes tú que las personas dicen muchas tonterías... se
equivocan también... a veces el que tiene más ojos ve menos.
--¡Oh! ¡Qué bien dicho! Ven acá: dame un abrazo.
La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entre
sus cabellos una como guirnalda de florecillas, sintió vivos deseos de
observar el efecto de aquel atavío en el claro cristal del agua. Por
primera vez desde que vivía se sintió presumida. Apoyándose en sus
manos, asomose al estanque.
--¿Qué haces, Mariquilla?
--Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo--replicó con la
mayor inocencia, delatando su presunción.
--Tú no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ángeles que rodean el
trono de Dios.
El alma del ciego llenábase de entusiasmo y fervor.
--El agua se ha puesto a temblar--dijo la Nela--y no me veo bien,
señorito. Ella tiembla como yo. Ya está más tranquila, ya no se
mueve.... Me estoy mirando... ahora.
--¡Qué linda eres! Ven acá, niña mía--añadió el ciego, extendiendo sus
brazos.
--¡Linda yo!--dijo ella llena de confusión y ansiedad--. Pues esa que
veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay también muchos
que no saben ver.
--Sí, muchos.
--¡Si yo me vistiese como se visten otras!...--exclamó la Nela con
orgullo.
--Te vestirás.
--¿Y ese libro dice que yo soy bonita?--preguntó la Nela apelando a
todos los recursos de convicción.
--Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable--exclamó el ciego, llevado
de su ardiente fantasía.
--Puede ser--observó la Nela, apartándose de su espejo pensativa y no
muy satisfecha--que los hombres sean muy brutos y no comprendan las
cosas como son.
--La humanidad está sujeta a mil errores.
--Así lo creo--dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con las
palabras de su amigo--. ¿Por qué han de reírse de mí?
--¡Oh!, miserable condición de los hombres--exclamó el ciego, arrastrado
al absurdo por su delirante entendimiento--. El don de la vista puede
causar grandes extravíos... aparta a los hombres de la posesión de la
verdad absoluta... y la verdad absoluta dice que tú eres hermosa,
hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan lo
contrario, y les desmentiré... Váyanse ellos a paseo con sus formas.
No... la forma no puede ser la máscara de Satanás puesta ante la faz de
Dios. ¡Ah!, ¡menguados!, ¡a cuántos desvaríos os conducen vuestros ojos!
Nela, Nela, ven acá, quiero tenerte junto a mí y abrazar tu preciosa
cabeza.
María corrió a arrojarse en los brazos de su amigo.
--Chiquilla bonita--exclamó este, estrechándola de un modo delirante
contra su pecho--¡te quiero con toda mi alma!
La Nela no dijo nada. En su corazón lleno de casta ternura, se
desbordaban los sentimientos más hermosos. El joven, palpitante y
conturbado, la abrazó más fuerte diciéndole al oído:
--Te quiero más que a mi vida. Ángel de Dios, quiéreme o me muero.
María se soltó de los brazos de Pablo, y este cayó en profunda
meditación. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, la
impulsaba a mirarse en el espejo del agua. Deslizándose suavemente llegó
al borde, y vio allá sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con los
ojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no sin
gracia, el cabello escaso y la movible fisonomía de pájaro. Alargó su
cuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo halló deplorablemente
desairado. Las flores que tenía en la cabeza se cayeron al agua,
haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hija
de la Canela sintió como si arrancaran su corazón de raíz, y cayó hacia
atrás murmurando:
--¡Madre de Dios!, ¡qué feísima soy!
--¿Qué dices, Nela? Me parece que he oído tu voz.
--No decía nada, niño mío.... Estaba pensando... sí, pensaba que ya es
hora de volver a tu casa. Pronto será hora de comer.
--Sí, vamos, comerás conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la
mano, no quiero que te separes de mí.
Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penáguilas estaba en el patio,
acompañado de dos caballeros. Marianela reconoció al ingeniero de las
minas y al individuo que se había extraviado en la _Terrible_ la noche
anterior.
--Aquí están--dijo--el señor ingeniero y su hermano, el caballero de
anoche.
Miraban los tres hombres con visible interés al ciego que se acercaba.
--Hace rato que te estamos esperando, hijo mío--dijo el padre tomando a
su hijo de la mano y presentándole al doctor.
--Entremos--dijo el ingeniero.
--¡Benditos sean los hombres sabios y caritativos!--exclamó el padre,
mirando a Teodoro--. Pasen ustedes, señores. Que sea bendito el instante
en que ustedes entran en mi casa.
--Veamos este caso--murmuró Golfín.
Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvió hacia
Mariquilla, que se había quedado en medio del patio inmóvil y asombrada,
y le dijo con bondad:
--Mira, Nela, más vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.
Y luego, como viese que no se marchaba, añadió:
--Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dará alguna chuchería.
-VIII-