--¿Ciego de nacimiento?--dijo Golfín con vivo interés que no era sólo
inspirado por la compasión.
--Sí, señor, de nacimiento--repuso el ciego con naturalidad. No conozco
el mundo más que por el pensamiento, el tacto y el oído. He podido
comprender que la parte más maravillosa del universo es esa que me está
vedada. Yo sé que los ojos de los demás no son como estos míos, sino que
por sí conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario,
que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo.
--Quién sabe...--manifestó Teodoro--¿pero qué es esto que veo, amigo
mío, qué sorprendente espectáculo es este?
El viajero, que había andado algunos pasos junto a su guía, se detuvo
asombrado de la fantástica perspectiva que se ofrecía ante sus ojos.
Hallábase en un lugar hondo, semejante al cráter de un volcán, de suelo
irregular, de paredes más irregulares aún. En los bordes y en el centro
de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engañoso
claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres
disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos
desperezándose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las
que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas,
inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso
tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y
atajado por la muerte. Parecía la petrificación de una orgía de
gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus
desproporcionadas cabezas habían quedado fijos como las inalterables
actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el ámbito del
supuesto cráter era un silencio que daba miedo. Creeríase que mil voces
y aullidos habían quedado también hechos piedra, y piedra eran desde
siglos de siglos.
--¿En dónde estamos, buen amigo?--dijo Golfín--. Esto es una pesadilla.
--Esta zona de la mina se llama la Terrible--repuso el ciego indiferente
al estupor de su compañero de camino--. Ha estado en explotación hasta
que hace dos años se agotó el mineral de calamina. Hoy los trabajos se
hacen en otras zonas que hay más arriba. Lo que a usted le maravilla son
los bloques de piedra que llaman cretácea y de arcilla ferruginosa
endurecida que han quedado después de sacado el mineral. Dicen que esto
presenta un golpe de vista sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo
de nada de eso entiendo.
--Espectáculo asombroso, sí--dijo el forastero deteniéndose en
contemplarlo--, pero que a mí antes me causa espanto que placer, porque
lo asocio al recuerdo de mis neuralgias. ¿Sabe usted lo que me parece?
Me parece que estoy viajando por el interior de un cerebro atacado de
violentísima jaqueca. Estas figuras son como las formas perceptibles que
afecta el dolor cefalálgico, confundiéndose con los terroríficos bultos
y sombrajos que engendra la fiebre.
--¡Choto, Choto, aquí!--dijo el ciego--. Caballero, mucho cuidado ahora,
que vamos a entrar en una galería.
En efecto, Golfín vio que el ciego, tocando el suelo con su palo, se
dirigía hacia una puertecilla estrecha, cuyo marco eran tres gruesas
vigas.
El perro entró primero olfateando la negra cavidad. Siguole el ciego con
la impavidez de quien vive en perpetuas tinieblas. Teodoro fue detrás,
no sin experimentar cierta repugnancia instintiva hacia la importuna
excursión bajo la tierra.
--Es pasmoso--dijo--que usted entre y salga por aquí sin tropiezo.
--Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aquí
se siente frío; abríguese usted si tiene con qué. No tardaremos mucho en
salir.
Iba palpando con su mano derecha la pared, formada de vigas
perpendiculares. Después dijo:
--Cuide usted de no tropezar en los carriles que hay en el suelo. Por
aquí se arrastra el mineral de las pertenencias de arriba. ¿Tiene usted
frío?
--Diga usted, buen amigo--interrogó el doctor festivamente--. ¿Está
usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasadizo es un
esófago. Somos pobres bichos que hemos caído en el estómago de un gran
insectívoro. ¿Y usted, joven, se pasea mucho por estas amenidades?
--Mucho paseo por aquí a todas horas, y me agrada extraordinariamente.
Ya hemos entrado en la parte más seca. Esto es arena pura.... Ahora
vuelve la piedra.... Aquí hay filtraciones de agua sulfurosa; por aquí
una capa de tierra, en que se encuentran conchitas de piedra.... También
hay capas de pizarra: esto llaman esquistos.... ¿Oye usted cómo canta el
sapo? Ya estamos cerca de la boca. Allí se pone ese holgazán todas las
noches. Le conozco; tiene una voz ronca y pausada.
--¿Quién, el sapo?
--Sí, señor. Ya nos acercamos al fin.
--En efecto; allá veo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la
boca.
Cuando salieron, el primer accidente que hirió los sentidos del doctor,
fue el canto melancólico que había oído antes. Oyolo también el ciego;
volviose bruscamente y dijo sonriendo con placer y orgullo:
--¿La oye usted?
--Antes oí esa voz y me agradó sobremanera. ¿Quién es la que canta?...
En vez de contestar, el ciego se detuvo, y dando al viento la voz con
toda la fuerza de sus pulmones, gritó:
--¡Nela!... ¡Nela!
Ecos sonorosos, próximos los unos, lejanos otros, repitieron aquel
nombre.
El ciego, poniéndose las manos en la boca en forma de bocina, gritó:
--No vengas, que voy allá. ¡Espérame en la herrería... en la herrería!
Después, volviéndose al doctor, le dijo:
--La Nela es una muchacha que me acompaña; es mi lazarillo. Al anochecer
volvíamos juntos del prado grande... hacía un poco de fresco. Como mi
padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaña
de Romolinos, y la Nela corrió a mi casa a buscarme el gabán. Al poco
rato de estar en la cabaña, acordeme de que un amigo había quedado en
esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y salí con
Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontré a usted.... Pronto
llegaremos a la herrería. Allí nos separaremos, porque mi padre se enoja
cuando entro tarde en casa, y ella le acompañará a usted hasta las
oficinas.
--Muchas gracias, amigo mío.
El túnel les había conducido a un segundo espacio más singular que el
anterior. Era una profunda grieta abierta en el terreno, a semejanza de
las que resultan de un cataclismo; pero no había sido abierta por las
palpitaciones fogosas del planeta, sino por el laborioso azadón del
minero. Parecía el interior de un gran buque náufrago, tendido sobre la
playa, y a quien las olas hubieran quebrado por la mitad, doblándole en
un ángulo obtuso. Hasta se podían ver sus descarnados costillajes, cuyas
puntas coronaban en desigual fila una de las alturas. En la concavidad
panzuda distinguíanse grandes piedras, como restos de carga maltratados
por las olas; y era tal la fuerza pictórica del claro-oscuro de la luna,
que Golfín creyó ver, entre mil despojos de cosas náuticas, cadáveres
medio devorados por los peces, momias, esqueletos, todo muerto, dormido,
semi-descompuesto y profundamente tranquilo, cual si por mucho tiempo
morara en la inmensa sepultura del mar.
La ilusión fue completa cuando sintió rumor de agua, un chasquido
semejante al de las olas mansas cuando juegan en los huecos de una peña
o azotan el esqueleto de un buque náufrago.
--Por aquí hay agua--dijo a su compañero.
--Ese ruido que usted siente--replicó el ciego deteniéndose--y que
parece... ¿cómo lo diré? ¿no es verdad que parece ruido de gárgaras,
como el que hacemos cuando nos curamos la garganta?
--Exactamente. ¿Y dónde está ese buche de agua? ¿Es algún arroyo que
pasa?
--No, señor. Aquí, a la izquierda, hay una loma. Detrás de ella se abre
una gran boca, una sima, un abismo cuyo fin no se sabe. Se llama la
Trascava. Algunos creen que va a dar al mar por junto a Ficóbriga. Otros
dicen que por el fondo de él corre un río que está siempre dando vueltas
y más vueltas, como una rueda, sin salir nunca fuera. Yo me figuro que
será como un molino. Algunos dicen que hay allá abajo un resoplido de
aire que sale de las entrañas de la tierra, como cuando silbamos, el
cual resoplido de aire choca contra un chorro de agua, se ponen a reñir,
se engrescan, se enfurecen y producen ese hervidero que oímos de fuera.
--¿Y nadie ha bajado a esa sima?
--No se puede bajar sino de una manera.
--¿Cómo?
--Arrojándose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es
lástima, porque nos hubieran dicho qué pasaba allá dentro. La boca de
esa caverna hállase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos años
los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la
peña, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca
principal. Esta hendidura debe comunicar con las galerías de allá
dentro, donde está el resoplido que sube y el chorro que baja. De día
podrá usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las
piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cómodo
asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo
nos sentamos allí muy a menudo a oír cómo resuena la voz del abismo. Y
efectivamente, señor, parece que nos hablan al oído. La Nela dice y jura
que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he
oído palabras; pero sí un murmullo como soliloquio o meditación, que a
veces parece triste, a veces alegre, a veces colérico, a veces burlón.
--Pues yo no oigo sino ruido de gárgaras--dijo el doctor riendo.
--Así parece desde aquí... Pero no nos retardemos, que es tarde.
Prepárese usted a pasar otra galería.
--¿Otra?
--Sí, señor. Y ésta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay después
un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galerías que
después quedaron abandonadas, y aquello está como Dios quiere. Choto,
adelante.
Choto se metió por un agujero, como hurón que persigue al conejo, y
siguiéronle el doctor y su guía, que tentaba con su palo el tortuoso,
estrecho y lóbrego camino. Nunca el sentido del tacto había tenido más
delicadeza y finura, prolongándose desde la epidermis humana hasta un
pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva,
después ángulos y más ángulos, siempre entre las dos paredes de tablones
húmedos y medio podridos.
--¿Sabe usted a lo que me parece esto?--dijo el doctor, conociendo que
los símiles agradaban a su guía--. Pues se me parece a los pensamientos
del hombre perverso. Parece que somos la intuición del malo, cuando
penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.
Creyó Golfín que se había expresado en lenguaje poco inteligible para el
ciego; mas éste probole lo contrario, diciendo:
--Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galerías
deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aquí cierta
conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aquí como usted
por la calle más ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire
y otras la humedad excesiva, preferiría estos lugares subterráneos a
todos los demás lugares que conozco.
--Esto es la idea de la meditación.
--Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por
donde voy, y por él corren mis ideas desarrollándose magníficamente.
--¡Oh! ¡cuán lamentable cosa es no haber visto nunca la bóveda azul del
cielo en pleno día!--exclamó el doctor con espontaneidad suma--. Dígame
usted, ¿este conducto donde las ideas de usted se desarrollan
magníficamente, no se acaba nunca?
--Ya, ya pronto estaremos fuera.... ¿Dice usted que la bóveda del
cielo...? ¡Ah! Ya me figuro que será una concavidad armoniosa, a la cual
parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.
Al decir esto, salieron; Golfín, respirando con placer y fuerza, como el
que acaba de soltar un gran peso, exclamó mirando al cielo:
--Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca
me habéis parecido más lindas que en este instante.
--Al pasar--dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra--he
cogido este pedazo de caliza cristalizada; ¿sostendrá usted que estos
cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien
pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a mí me
lo parece.
Diciéndolo, desmenuzaba los cristales.
--Amigo querido--dijo Golfín con emoción y lástima--es verdaderamente
triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atención
del hombre, mientras esté suspendido sobre nuestras cabezas el infinito
rebaño de maravillosas luces que llenan la bóveda del cielo.
El ciego volvió su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:
--¿Es verdad que existís, estrellas?
--Dios es inmensamente grande y misericordioso--observó Golfín, poniendo
su mano sobre el hombro de su acompañante--. Quién sabe, quién sabe,
amigo mío.... Se han visto, se ven todos los días casos muy raros.
Mientras esto decía, le miraba de cerca, tratando de examinar a la
escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el
ciego volvía sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.
--No tengo esperanza--murmuró.
Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato,
iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las
escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura
vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la
vertiente.
--Aquí a la izquierda--dijo el ciego--está mi casa. Allá arriba... ¿sabe
usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de
Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el
terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre
miles de millones sin saberlo.
Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña,
una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.
--Nela, Nela--dijo el ciego--. ¿Me traes el abrigo?
--Aquí está--repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.
--¿Ésta es la que cantaba?... ¿Sabes que tienes una preciosa voz?
--¡Oh!--exclamó el ciego con candoroso acento de encomio--canta
admirablemente--. Ahora, Mariquilla, vas a acompañar a este caballero
hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre
que baja a buscarme. Me reñirá de seguro.... ¡Allá voy, allá voy!
--Retírese usted pronto, amigo--dijo Golfín estrechándole la mano--. El
aire es fresco y puede hacerle daño. Muchas gracias por la compañía.
Espero que seremos amigos, porque estaré aquí algún tiempo.... Yo soy
hermano de Carlos Golfín, el ingeniero de estas minas.
--¡Ah!... ya.... D. Carlos es muy amigo de mi padre y mío: le espera a
usted desde ayer.
--Llegué esta tarde a la estación de Villamojada... dijéronme que
Socartes estaba cerca y que podía venirme a pie. Como me gusta ver el
paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre
adelante, eché a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted
cómo me perdí... pero no hay mal que por bien no venga... le he conocido
a usted y seremos amigos, quizás muy amigos.... Vaya, adiós; a casa
pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta señora Nela tendrá
la bondad de acompañarme.
--De aquí a las oficinas no hay más que un cuarto de hora de camino...
poca cosa.... Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar
el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la vía... y con la
humedad, la tierra está como jabón.... Adiós, caballero y amigo mío.
Buenas noches.
Subió por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaños
estaban reforzados con vigas. Golfín siguió adelante, guiado por la
Nela. Lo que hablaron ¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso, se lo
daremos.
-III-