--¿Qué decía usted?--preguntó Daniel.

DE CARNE Y HUESO

EDUARDO ZAMACOIS

DE CARNE Y HUESO

(CUENTOS)

[Illustration: colofón]

BARCELONA

CASA EDITORIAL SOPENA

Provenza, 95

Imp. y estereotípia de la casa editorial Sopena.--BARCELONA

INTRODUCCIÓN

Los astrónomos, al lanzar una mirada escrutadora á las profundidades del

espacio, vieron que la Divinidad se empequeñecía y reculaba

indefinidamente ante el poderoso objetivo de los telescopios, como los

histólogos, analizando los elementos atómicos de los tejidos,

desesperaron de poner jamás al alcance de sus escalpelos el espíritu

humano: los astrónomos dudaron de Dios cuando el telescopio fracasó en

el cielo, y los médicos dudaron del alma cuando el microscopio

descompuso el nervio sin descubrir la X devorante de la vida; y es que

el alma es la eterna quimera del individuo, como Dios es la quimera

irresoluble del Cosmos.

Si es verdad, como dice Moleschott, que la inteligencia es un movimiento

de la materia y que el hombre, como ser pensante, es producto de sus

sentidos; y si es cierto, como afirma Taine, que «el pensamiento y la

virtud son productos como el vitriolo y el azúcar,» ¿qué resta del

espíritu, esa inmortal mariposuela voladora que la consoladora filosofía

mística supone aleteando á través de las inmensidades siderales, en

busca de su castigo ó de su salvación perdurable, después del último

convulsivo estertor de la carne agonizante?...

Nada...

El alma no está en el vientre, como suponían los cartesianos, ni en la

sangre, ni en el cerebro, y los que antiguamente se denominaron

fenómenos psíquicos, son manifestaciones de la materia; vibraciones

magnéticas de la carne omnipotente que ama, que desea, que sufre...

Eso es lo que la ciencia halló en el hombre: huesos que se mueven

obedeciendo á órdenes musculares, y músculos que se contraen bajo el

imperio de los nervios, que vibran sensaciones... ¡Materia, en fin, por

todas partes! Materia que impresiona, materia que vibra, que se contrae

y que obedece con la pasividad de lo inerte...

Y eso son los hombres: figurillas de barro; tristes polichinelas de

carne y hueso, galvanizados unas veces por el amor, que les une; otras

por el odio, que les separa; ó por la codicia, que les consume, ó por

sus ilusiones ó sus desesperanzas... pero rindiendo siempre pleito

vasallaje á la sensación, el inexplicable resorte propulsor de la vida.

Por eso titulo esta colección de artículos, así: De carne y hueso.

En estos cuentos, escritos al correr de la pluma en noches de trabajo

mortal, he procurado describir matices diversos del complicado ramillete

de las pasiones, y siempre, aun en el fondo de lo más metafísico y

conceptuoso, encontré la huella de la sensación omnipotente, uniendo al

espíritu y á la materia con cadena de eslabones inrompibles. Por todas

partes ví lo mismo: huesos, sangre, carne y nervios... Pero el alma, la

feliz mariposuela de la inmortalidad, no la he visto nunca...

¡Ah!... ¡Y si yo pudiese expresar cuánto he sufrido al convencerme de

que sólo hay en nosotros carne y huesos...

ODIO MORTAL

--No seas testaruda, Julia, y satisface mi curiosidad sin ambajes ni

pleguerías retóricas importunas. ¿Por qué tus cartas las secas con

ceniza y no con arenilla azul ó roja, que es el color emblemático de las

pasiones ardientes?...

Ella se encogió de hombros.

--Es un capricho.

--Capricho del cual debes corregirte--repuso Daniel Montoro entre

seriote y risueño;--porque yo hago con tus cartas lo que Werther con las

de Carlota; besarlas... y me hace poquísima gracia mancharme los labios

de ceniza. ¿Por qué ensucias con esa basura los pliegues de tus

billetitos perfumados?...

Hubo un momento de silencio; Julia, apoltronada en su butaca, miraba al

amado sin responder.

--No sé cómo explicar ese humorismo de tu temperamento artístico--añadió

él:--á veces creo que con esa ceniza quieres expresar el fuego devorador

de tu cariño, que todo lo calcina; otras, que te mofas de tus propios

juramentos espolvoreando ceniza sobre ellos, como significándome, con

ese recato delicioso de las mujeres ladinas, que tu pasión es antojo

vano, fingimiento... humo y cenizas...

--Te engañas; ese capricho mío no obedece á los enrevesados intríngulis

psicológicos que supones; es... una venganza. ¿Tú has odiado alguna

vez?...

--Nunca--contestó Daniel Montoro, admirado;--imagino que es mucho más

fácil amar que odiar.

--Tan difícil y tan exquisitamente agradable es lo uno como lo otro.

Amar es vivir en el ser amado, discurriendo con su cerebro, sintiendo

con su carne; en él hallamos lo mejor: las zarzas nos parecen flores,

fausto la miseria y, bajo los mayores rigores de la suerte, nuestra alma

goza paz y quietud dulcísimas... ¡Pero odiar!... Es no poder soportar la

presencia ni el recuerdo torcedor del ser odiado, que nos roba el aire y

empozoña el agua que bebemos... Créeme; ¡hay venganzas crueles que

regocijan hasta los tuétanos como si fuesen un deleite!...

Movida por la exaltación de su discurso, se había incorporado mirando á

su amante con ojos grandes y negros de apasionada; luego añadió, un poco

más serena:

--No maldigas de esas cenizas con que seco mis cartas, pues envuelven un

amuleto misterioso que asegura la firmeza de mi amor hacia ti...

--No comprendo, habla...

--¿Y si después de saber este secreto trágico no me quieres? Me has

sorprendido en uno de esos instantes de femenil debilidad en que no

puedo rehusarte nada. Pero temo hablar y que me desprecies; los que

odian como yo se exponen á ser odiados de igual manera. Mi secreto es

algo satánico, inaudito, casi repugnante... Daniel, amado de mi alma, no

me arranques esta confesión sin antes jurar que me quieres mucho, que me

querrás siempre...

* * * * *

Estaban sentados junto á la ventana: ella en una butaca de elevado

respaldar; él á sus pies, sobre una silla baja, medio arrodillado,

acariciando y besando las blancas manos de la adorada.

Era una tarde lluviosa de invierno; por el cielo gris pasaban grandes

masas de nubes exprimiendo una llovizna compacta y menudita que caía sin

ruido; los faroles de la calle, agitados por el viento, lanzaban haces

de luz rojiza que penetraban por la ventana tiñendo los objetos de la

habitación con reflejos sanguinolentos. Las puertas de aquel gabinete

espacioso y bien alfombrado estaban cubiertas por opulentos cortinajes

de terciopelo negro; sobre el fondo obscuro de las paredes rielaban los

cristales de algunos armarios y perfiles marmóreos de estatuas que se

bocetaban tímidamente en la penumbra, como espíritus livianos de

personas muertas; los clavos dorados de la sillería salpicaban la

obscuridad de puntos metalescentes; sobre la mesa colocada en medio de

la habitación, un magnífico estuche de oro cincelado, terso y pulido,

parecía brillar con luz propia.

Los cuerpos de Julia y de Daniel Montoro, colocados delante de la luz,

se recortaban sobre el techo con perfiles monstruosos, deformados según

las leyes de la óptica; cabezas puntiagudas, narices gigantescas, brazos

largos terminados en manos que huían moviendo los dedos, cual si fuesen

arañas enormes.

En el comedio de la habitación, silenciosa y anegada en tinieblas, el

soberbio estuche de oro cincelado brillaba con reflejos glaucos de sol

poniente...

* * * * *

--Las cenizas con que seco mis cartas--dijo Julia,--las tengo encerradas

ahí, en ese estuche de oro...

Una ráfaga misteriosa de viento atravesó el gabinete lanzando un quejido

agónico semejante al aleteo de un pájaro nocturno. Julia continuó:

--Voy á confesártelo todo, concisamente y de plano, porque estos

secretos tan íntimos se dicen pronto ó no se dicen nunca. Ya sabes que

me casé á los veinte años, y que á los veintisiete enviudé; pero ignoras

cuán funesto fué aquel hombre para mí. Eso no lo sabe nadie, pues la

sociedad condena á la mujer á honrar el apellido del esposo que la vejó

y afrentó, como exige al condenado á muerte bese la mano del verdugo que

va á ejecutarle.

Su voz temblaba de emoción y por su semblante pálido de hembra nerviosa,

rodaron dos lágrimas.

--¡Oh, Daniel--añadió, he sufrido tanto... tanto!... Yo, cuando le

conocí, era una niña sin mancilla, con el corazón abierto á todos los

seductores mirajes de la pasión... Él ajó mi juventud, desvaneció mis

ensueños de opio y secó los fecundos raudales afectivos de mi alma con

sus intransigencias y sus celos de macho brutal; yo servía de dócil

recreo á sus caprichos; siempre me tenía encerrada creyendo que iba á

traicionarle; me obligaba á jurar todas las noches que le amaba, que no

le engañaría nunca, y como mi carácter altanero se rebela contra

semejantes complacencias, el miserable me maltrataba...

Creo que me quería, pero á su modo; con pasión rabiosa de fiera que me

hizo sufrir infinitamente. El ruido de sus pasos me daba frío de

cuartana: en cuanto llegaba me cogía por las muñecas para interrogarme:

«¿Quién ha venido? ¿Por qué estás tan peinada?...» Miraba debajo de las

camas, detrás de las puertas: me olfateaba los labios, creyendo que

olían á tabaco; examinaba mis dedos para ver si los tenía manchados de

tinta... Como recuerdo haberte referido en otras ocasiones, él padecía

ataques epilépticos que le dejaban exánime durante dos y tres días... El

temor de ser enterrado vivo le obligó á recomendarme que, después de

muerto, le incinerasen... y yo satisfice su deseo...

Daniel Montoro tembló violentamente; acababa de comprender.

--Luego esas cenizas...--murmuró.

--Sí, acertaste, son las suyas... las guardo en ese estuche de oro...

Hubo otra pausa: la cabeza de la joven se dibujaba en el techo de la

habitación con un perfil quimérico, y otra vez murmuró por la estancia

el quejido del viento, tenue como el aleteo de un pájaro herido.

--Por eso le odio tanto--añadió ella incorporándose,--y me vengo del

muerto, ya que mi débil constitución de mujer me impidió vengarme del

vivo. Yo le odiaba con ardor sin límites; no sólo aborrecí aquellas

manos y aquellos labios groseros que me insultaron, sino que cifré en

cada uno de los miembros de su cuerpo un odio particular: odié sus ojos,

su frente... ¡odié sus cabellos, uno por uno!... Artemisa amó tanto á

Mausoleo que se bebió sus cenizas; yo, en cambio, gozo secando con las

cenizas de aquella vil armazón de materia las cartas que te escribo, y

con que tú las insultes también llevándotelas á los labios...

Luego prosiguió:

--Es una venganza cruelísima, superior á cuantas ejecutan los ángeles

precitos en los círculos del infierno dantesco. Si es cierto que tras

esta vida efimera hay otra y que los muertos tienen la capacidad de

espiar á los vivos... la venganza que ahora tomo de él, es digna secuela

del martirio que de él recibí. Gozo imaginando que su alma vaga en torno

mío, que se asoma por encima de mi hombro para leer las cartas que te

escribo, que llora entre los pliegues del mosquitero que abriga el lecho

donde me entrego á ti... Sí, odié todo su cuerpo, miembro por miembro,

átomo por átomo... y ahora el polvo de sus huesos calcinados lo empleo

en secar las cartas donde te cito, llamándote «luz de mis ojos...

sangre de mi sangre...»

Calló,..

Daniel Montoro se puso de pie, horrorizado; ella también se levantó y

sus dos cuerpos abrazados se recortaron sobre el fondo iluminado de la

ventana.

--No me odies por eso--murmuró Julia muy quedo y cubriendo á su amante

bajo una mirada de inextinguible pasión;--la mujer que odia como yo,

también sabe amar infinitamente.

AGONIA

Les había visto juntos muchas veces y siempre me inspiraron esta

curiosidad que enciende la intuición de los grandes secretos.

_El_, blandengue y ahilado, con los débiles hombros muy altos, el tórax

deprimido, la mirada cobarde de los enfermos de la médula y la frente

angosta de los tontos sobre quienes la imbecilidad descargó su primer

mazazo. Su mirada era fría; sus ademanes desmañados, sus piernas

caminaban con paso incierto, cual si avanzasen por un terreno húmedo...

_Ella_, su mujer, era alta y hermosa, con esa hermosura mate de los

temperamentos ardientes; el talle largo y esbelto, el semblante

vivificado por la expresión inolvidable de sus ojos: ojos de

calenturienta, con mucho negro y mucha luz en la pupila...

Al principio parecióme inverosímil que aquel macho débil fuese dueño de

hembra tan poderosa: después fuí muy amigo de los dos: él logró

conmoverme con su melancólico empaque de niño enfermo; ella, por el

contrario, me sugestionó con sus apasionamientos y sus criminales

ardores de hermosa bestia encelada; terrible como Pandora y, como ésta,

fuerte y adorable.

* * * * *

--No, no le quiero--me dijo con voz vibrante de rencor;--pocos días

después de casarnos, ya no le quería. Es insignificante, es débil, es

vulgar... y mi temperamento salvaje de artista odia lo pequeño. Yo

anhelaba un esposo como Nana-Saib, no un habitante del Liliput...

Me había recibido en el despacho, para que mi presencia no fuese

sospechosa á la servidumbre, y desde el sitio donde me hallaba veía

claramente su rostro pálido iluminado por la luz del quinqué colocado

sobre la mesa.

Yo estaba sentado en un sillón; ella delante de mí, devorándome con sus

rasgados ojazos negros en los que bullía el turbulento silabario de los

amores ardientes.

--Le odio--continuó;--á su lado siento frío, ese frío repulsivo que

inspiran los anfibios; y cuando sus labios me besan ó sus manos yertas

me acarician, mi cuerpo vibra como si sobre él se deslizase un

caracol...

Tras un momento de silencio, agregó:

--Di, ¿me crees?

Había tanta ansiedad en su interrogación, que depuse toda reserva.

--Sí, te creo--dije--porque necesito creerte para vivir. Necesito saber

que eres mía en cuerpo y alma, que vives para mí, que te engalanas

tanto, para gustarme más, que soy el amante de tus pesadillas...

Sugestionada por las zozobras que en mi corazón producían los tormentos

del suyo, manifestóse tal cual era, revelándome el gran secreto, el

misterio criminal de su existencia de mujer casada; y lo dijo deprisa y

con extraños barboteos, cual si una mano invisible la apretase

fuertemente el cuello.

--Quiero ser tuya completamente--prosiguió;--para ello necesito

enviudar... y, créeme... enviudaré muy pronto...

Y como yo hiciese un gesto de horror, exclamó sonriendo con su espantosa

risa adorable de sirena:

--No te figures que soy una de esas criminales adocenadas que emplean el

cuchillo ó el veneno. ¡Nunca! ¡yo no soy vulgo!... El beleño por mí

empleado no cabe en ninguna fórmula química; es intangente. _El_ morirá

y morirá entre mis brazos, sus yertos labios apoyados sobre los míos,

bendiciéndome... ¡Morirá de amor!... Todas las noches, aunque no quiera,

le sirvo una buena dosis de dulce veneno. La muerte viene á pequeñas

jornadas, pero viene... y ten por cierto que del tremendo drama no

quedarán rastros...

Así habló ella, la adorable fiera sobre cuyo seno iba quedando exangüe

aquel horriblemente bufo polichinela del matrimonio...

* * * * *

Otro día conversé con él...

Tan débil, tan lacio, con sus labios anémicos, su mirada incierta y su

cráneo desdibujado de idiota. Me habló de ella.

--Me quiere mucho--dijo;--durante el día, no bien estamos solos, acude á

sentarse sobre mis rodillas, me estrecha la cabeza entre sus manos, me

adormece con las palabras más suaves, me besuquea en los labios.....

¡Oh, unos besos muy fuertes, muy duraderos, que si bien me hacen muy

feliz, también me causan infinito daño!...

Calló para destoser con esa tosecilla seca, entrecortada, de los

tísicos; luego continuó:

--Por las noches su cariño se exacerba más aún. Ahora, como estoy tan

delicado, no voy al teatro casi nunca; además, si alguna vez me acomete

el antojo de ir al café, ella me lo quita de la cabeza. Pues bien; ella

es quien me da el brazo para ir desde el comedor al dormitorio, quien me

desnuda, quien me tibia el lecho acostándose antes que yo... Y ya

ensabanados, ¡con qué esmero me abriga y sube el embozo, echándome los

brazos al cuello y cosiéndose á mi como niña miedosa!... ¡Ay! ¿Qué

quieres? Reconozco que estos excesos de cariño me son fatales, pero ella

me quiere tanto que no sabe reprimirse... y yo tampoco acierto á

regatearla mi amor.

La voz doliente de aquella pobre víctima explicando y disculpando las

crueldades de su verdugo, era altamente conmovedora.

--Y tú, ¿la quieres?--pregunté.

--¿Yo? ¡Con toda mi alma! No tengo padres, ni hijos; mi único bien es

ella. Si ella me faltase, me moriría...

Habló de sus proyectos, de sus ambiciones. En cuanto llegase el verano

iría á baños; luego, si lograba restablecer un poco los descalabros de

su salud, emprendería algún negocio.

--Y esas expediciones, ¿las harás con ella?

--¿Cómo no--repuso,--si ella es mi cielo y mi tierra... todo?...

Aquellos diálogos no pueden borrarse de mi memoria. La temible

catástrofe no ha ocurrido aún, pero puede suceder hoy, mañana...

cualquier día. _El_ decae visiblemente; sus piernas se arrastran por el

suelo; sus ojos se cierran, la fiebre estremece sus labios

descoloridos... _Ella_, en cambio, es la hembra alta y poderosa de

siempre, con su rostro marfileño y sus ojos fulgurantes de loca: nunca

le deja y á todas partes le lleva trabado del brazo.

¡Oh, la quiero mucho, mucho!... Con una de esas pasiones bravías que

sólo saben inspirar los malos; mas, no obstante, me repugnan su crimen y

la estúpida candidez del mártir, y me acometen tentaciones de descubrir

á éste el peligro que corre.

Pero, ¿para qué? Es inútil; la sentencia que le condena á morir es

irrevocable: sin ella, le mataría la pesadumbre; con ella, le matará el

deleite...

Que siga, pues, así.

¡Es tan dulce morir soñando!

AGUAFUERTE

La embarcación rompía suavemente el agua dejando tras sí una estela

brillante como reguero de menudos cristales; las primeras sombras

crepusculares invadían el espacio; sobre el mar inmenso, el lucero

vespertino derramaba su resplandor frío; las olas, que encrespó la

caricia del viento, se hundían al llegar junto al frágil esquife que

pasaba sobre ellas como una caricia, amasándolas; las gaviotas huían

enderezando hacia la playa el vuelo.

Federico y Daniel, sentados el uno delante del otro, remaban á compás;

se habían quitado la camisa, y bajo sus elegantes camisetas de seda

temblaban los músculos pectorales, los biceps vigorosos y ágiles, y toda

su enérgica complexión de aristócratas aficionados á los duros

ejercicios de la gimnasia y de la esgrima.

Desde popa, donde iba llevando las cuerdas del timón, Elisa Dantín

envolvía á los dos hombres en una mirada extraña. Representaba veinte

años: tenía el rostro pálido y un dejo de vaga pesadumbre embellecía sus

labios; sus ojos negros eran crueles y fríos; bajo el talle esbelto, sus

caderas amplias de mujer sensual dibujaban una doble curva firme y

armoniosa.

--¿Quieres que emprendamos el regreso?--preguntó Federico.

--No--repuso ella,--sigamos; el tiempo es muy hermoso.

El bote continuó avanzando hacia alta mar, moviendo sus remos que

hendían las olas sin ruído, como un gigantesco insecto de cuatro patas.

Las costas, ya distantes, recortaban bajo el cielo una silueta negra y

borrosa; las luces palidecían en la niebla rodeadas de un nimbo glauco;

allá, los mástiles de los buques anclados formaban una especie de bosque

escueto y triste; las estrellas iban encendiéndose poco á poco, y su luz

bruñía la blanca cresta de las olas. Elisa Dantín miraba á los remeros.

Aborrecía á Federico, su marido, que la adoraba. Elisa no era

responsable de aquel odio que vanamente procuró domeñar; que los cariños

y los desvíos son como plantas parásitas que nacen donde quiera, sin

necesidad de que la mano cuidadosa del jardinero las siembre ni agasaje.

¡Y qué tormento aquel de vivir unida á un hombre cuyo trato iba siéndola

insoportable de día en día! Fingiéndole amor, complaciendo sus deseos,

ofreciendo sus labios á sus besos, acariciando lo que hubiese querido

herir... Y así siempre, una noche y otra, para luego, á la mañana

siguiente, volver á representar ante el mundo el papel, tristemente

cómico, de una felicidad perfecta.

--¿Hay nada más horrible--pensaba Elisa--que ser amada por un hombre

odiado?

Y hubo, en el callado curso de sus meditaciones, una pausa que parecía

responder al silencio augusto del mar y de los cielos en calma. Daniel

preguntó:

--Elisa... ¿quiere usted que volvamos á tierra?

Ella le miró duramente, con rencor; después, hablando en voz muy baja,

como soñando, repuso:

--No, no... sigamos, sigamos...

La embarcación continuó en línea recta, rompiendo las olas. A la

izquierda se erguía el faro, con su luz triste, bienhechora como la

sombra de los eucaliptos; más allá estaba el Océano, negro,

impenetrable, reposando sobre abismos donde nunca penetró el sol. Elisa

Dantín reanudó su soliloquio.

Sí, hay algo peor que ser amada por quien se aborrece--pensó,--y es

querer á un ingrato...

Miró á Daniel, tan joven, tan apuesto, tan falaz, que parecía esquivar

el relampagueo de sus ojos mirando á otra parte... Daniel y Federico se

querían como hermanos; le conoció poco después de su matrimonio; él

regresaba de una larga excursión por Oriente; volvía alegre, sediento de

emociones, codicioso de referir las aventuras que corrió por aquellos

lejanos países del sol. Daniel fué enamorándola con atenciones y

palabras: después la declaró su pasión, que ella rechazó indignada; pero

su protesta era tardía; cuando quiso olvidarle ya no pudo y fué suya...

Meses después Daniel la olvidaba por otra mujer.

Bajo el calor bochornoso de aquella tarde de Junio, Elisa Dantín sentía

que todas sus malas pasiones se exasperaban. Veía á Daniel decidor,

impúdico, riendo feliz entre los brazos de sus nuevas queridas, y el

odio que encienden los celos nublaba el pensamiento de la desdeñada. Por

él traicionó á su marido, y burlándose supo aborrecerle; por él aprendió

el camino del adulterio y de la mancebía. ¿Y para qué?...

--Le odio tanto como á Federico, acaso más... pues me quitó el consuelo

de ser honrada...

Elisa comprendía que su pobre espíritu estaba sometido á las dos grandes

torturas, límite de todos los sufrimientos pasionales: querer al que

desprecia, odiar al que nos ama... Ella, por tanto, padecía toda suerte

de sufrimientos: el amor que negaba á Federico, nadie lo quería; su

honor era como rosa marchita, caída en un camino; ¿qué podría disculpar

su adulterio?... Una idea que hasta allí anduvo vagando por los más

ocultos escondrijos y desvanes de su pensamiento, surgió de pronto

aterradora, fría, centelleante, como el zig-zag de una arma blanca.

--¿Y si yo me deshiciese de los dos?

Tembló y procuró pensar en otra cosa; pero la idea terrible resurgía

tentadora, irresistible... Aquellos hombres estaban á merced suya; en

ella convergieron los voraces apetitos de los dos; aquel deseo podía

convertirse instantáneamente en odio; bastaba un gesto... una sola

palabra de sus labios... para precipitar al uno sobre el otro y

obligarles á reñir hasta despedazarse, ¿Para qué sufrir? ¿Acaso no valía

la muerte del amante la vida del marido?... Muertos ambos, ella quedaba

libre: la destrucción es santa; no se puede edificar donde hay ruínas;

la piqueta debe preparar el campo á la paleta y á la plomada... ¡Y tanto

bien, podría alcanzarlo con sólo querer!...

Elisa Dantín sonrió satisfecha, como reirían los viejos tiranos.

Federico preguntó:

--¿Volvemos?

Ella repuso distraída:

--Me es indiferente; como queráis...

Ellos viraron la embarcación; Elisa Dantín volvió á pensar:

--¡Si yo hablase!...

Pronto, antes de una hora, llegarían á tierra; la tierra era para ella

la esclavitud, el disimulo, el secreto martirio de todas sus horas...

¿Por qué no hablar?

--Una frase... menos aún, una palabra... una sola palabra mía...

bastaba...--repitió Elisa.

Miraba á Federico y á Daniel para aumentar el caudal de su odio; evocó

recuerdos crueles: su caída, sus remordimientos, sus celos, su abandono;

recompuso escenas repugnantes... La medida estaba bien colmada; aun

tuvo vagos titubeos; luego habló; fué como una basca...

--Daniel--dijo,--¿me quieres?...

Y sus ojos soportaron impasibles el choque de las miradas atónitas que

sobre ella lanzaron los dos hombres: los remos quedaron suspendidos en

el aire, goteando.

--¿Qué decía usted?--preguntó Daniel.

--¡Oh, no disimules!--repuso la joven, cuyo cuerpo parecía haber

adquirido súbitamente la rigidez de las estatuas; estoy cansada de

fingir; te quiero... y tenía ganas de decirlo así... en voz alta.

Federico lanzó un grito y se puso de pie.

--¡Elisa... Elisa!... ¿Qué... qué has dicho?...

Ella, siempre inmóvil, replicó lentamente, como presa de un vértigo

tranquilo:

--¡Bah!... Dije... lo que saben muchos; que Daniel es mi amante...

Este, fuera de sí, se había levantado, murmurando:

--¡Ah, miserables!... Sin duda urdisteis este plan para asesinarme...

Bajo los nerviosos pies de los dos hombres, la lancha comenzó á oscilar

violentamente. Aquel inesperado desbordamiento de cólera fué como uno de

esos rayos que durante los calurosos crepúsculos estivales rasgan la

extensión del espacio azul.

Federico vacilaba, pasándose por la frente sus manos de remero, morenas

y duras. De pronto exclamó, cual si la luz hubiese brotado

repentinamente en su cerebro:

--¡No, yo no!... ¡Vosotros!... ¡Miserables, vosotros, que me

engañábais!...

Abrió los brazos precipitándose sobre Daniel, que le esperaba con los

suyos abiertos, y se estrecharon frenéticamente, magullándose, con las

caras y los pechos juntos. Elisa Dantín, sin dejar su asiento, les

contemplaba con la mirada impasible de las esfinges. Federico, más bajo

que su enemigo, tras una finta hábil logró afianzarle por la cintura y

levantarle en alto, pero Daniel le cogió fuertemente el cuello entre los

dientes y pudo desasirse, cayendo de pie: el bote retembló y un golpe de

mar lo salpicó de agua.

Súbitamente Elisa tuvo miedo, miedo á que uno de los dos sobreviviese á

la lucha; ella anhelaba la libertad, la dulce libertad absoluta; ni amar

ni ser amada...

Casi ahogado, como en un rugido, Daniel murmuró:

--Ven.

Asió á su rival por las piernas y quiso lanzarle por la proa; Federico,

ya en el aire, puso un pie sobre una borda, la embarcación osciló y

Daniel, perdiendo el equilibrio, cayó hacia atrás, en el mar,

arrastrando á Federico. Sobre aquellos dos cuerpos las aguas se cerraron

formando grandes círculos concéntricos; un turbión de burbujas ascendió

á la superficie. Elisa Dantín, aterrada de su obra, se había levantado,

mirando al abismo: transcurrieron pocos segundos... Los dos luchadores

reaparecieron abrazados, mordiéndose, queriendo arrancarse algunos

instantes de vida que ya no merecían el trabajo de ser defendidos: sus

cabellos mojados colgaban sobre sus frentes; tornaron á hundirse... La

joven esperó; las olas seguían pasando unas tras otras, enarcando sus

lomos sobre la tumba recién abierta...

Transcurría el tiempo; la luna ya iba muy alta; Elisa miró á su

alrededor: las barcas pescadoras se hallaban lejos y sus tripulantes

nada podían haber visto; el faro, luciendo en la serenidad de los

cielos, mostraba el camino de la salvación y de la paz; el pasado, el

horrible ayer, quedaba sepultado allí, bajo el misterio impenetrable de

las olas. Satisfecha de sí misma y del porvenir, Elisa cogió los remos y

bogó lentamente.

LA MUERTA

Aquella caseta de peones camineros fué puesta por orden de la Compañía

al borde de un torrente seco, especie de cicatriz negra y profunda,

abierta por una convulsión geológica entre dos cerros graníticos muy

altos. En verano las agrias laderas de los montes colindantes se cubrían

de verdura, y en el fondo de la cañada, bajo los jarales, los grillos

cantaban: arriba, en la región azul, bañada por el sol, las águilas

volaban pausadamente sumergiendo su mirada zahorí en las

resquebrajaduras del planeta; pero el invierno desnudaba los cerros de

molleja y apagaba el canto de los grillos, y la nieve caía

silenciosamente sobre el cauce del torrente; cauce demasiado profundo,

adonde las sonoras embestidas del viento no llegaban...

Allí vivía Martina, la mujer de Juan, el maquinista, llevando siempre en

la mano el banderín verde que da á los trenes paso franco, y los ojos

fijos en los túneles abiertos en las vertientes de los dos cerros

fronteros...

Por aquellos agujeros, que en invierno aparecían sobre el fondo blanco

del paisaje nevado como las cuencas orbitarias de un enorme esqueleto

soterrado, entraba y salía continuamente, y como á borbotones, un flujo

inagotable de vida que las locomotoras, en su eterno pasar y repasar,

traían y llevaban de hora en hora.

Desde muy lejos, rompiendo el silencio de la angosta cañada dormida como

una serpiente bajo la nieve, se oía el afanoso trepidar de los trenes

que atravesaban los túneles. Entonces Martina dejaba su labor, cogía el

banderín de señales y acudía á colocarse junto á los rieles. El cerro

vibraba con un estremecimiento sordo, íntimo, como un hervor: era un

gemido gigante de dolor que crecía, anunciando un parto monstruoso;

hasta que del fondo del negro agujero, de aquella cuenca orbitaria

perteneciente á un esqueleto ciclópeo perdido, aparecía el tren,

avanzando en desaforada carrera: la locomotora, incontrastable y fatal

como el Destino, se acercaba jadeando, arrastrando un largo rosario de

vagones, paseando su panza ardiente sobre las llanuras heladas; y un

minuto después desaparecía por el túnel del lado opuesto, con un

estertor que menguaba, como algo moribundo que se despide hundiéndose...

La uniformidad de estas impresiones machacaban el espíritu de Martina:

los trenes mixtos, con sus series interminables de vagones cerrados, no

la emocionaban; eran coches mudos, sin alma, cargados de objetos

muertos: en cambio, los expresos la impresionaban fuertemente,

entristeciéndola: por las ventanillas de los coches veía cabezas que la

miraban con curiosidad; cabezas siempre diferentes, que formaban legión

y dejaban en su ánimo el recuerdo mareante de las multitudes. Otras

veces, de noche, las ventanillas solían estar vacías; pero en cambio

veía sombras fantásticas que se recortaban sobre los techos iluminados

de los vagones. Una voz estaba segura de haber sorprendido las siluetas

de una mujer y un hombre abrazados.

El tren que Juan conducía, Martina lo esperaba con más impaciencia. En

cuanto la locomotora salía del túnel, el maquinista echaba el busto

fuera de la plataforma para ver á su esposa desde lejos, y ella reía

feliz. Era una ilusión fantástica, inapresable, de aquelarre.

--¡Adiós!

--¡Adiós!

La velocidad del tren no permitía otro saludo más expresivo, y Juan

llegaba y se iba como una sombra: al principio parecía ser él quien

arrastraba y regía la marcha de los vagones; luego diríase que el tren

le empujaba... Y Martina, alta, fuerte, con su rostro moreno y sus

grandes ojos pensativos de murciana, le veía alejarse permaneciendo

inmóvil como una estatua de bronce, en medio de la nieve.

Aquel sempiterno tragín de trenes en marcha, aquel ir y venir de

individuos avanzando siempre, más allá, más allá, hacia el horizonte,

aquellas siluetas de amantes que se abrazaban sobre los blandos asientos

de los vagones reservados, despertaron en la guardavía el deseo de lo

desconocido, de lo lejano, del misterio que las leyes castigan... Y

pensó que ella no merecía vivir así, sepultada en el fondo de aquel

torrente, siguiendo en verano el vuelo sereno de las águilas bañadas por

el sol, recibiendo sobre sus hombros en invierno los copos de nieve

desprendidos del cielo gris.

Y por eso, una noche de soledad y de supremo aburrimiento, Martina oyó

embelesada las palabras de Pedro, el fogonero que acompañaba á Juan en

sus viajes, y que siempre, al pasar, la arrojaba desde el _tamdem_ una

mirada de hambriento deseo. Pedro la ponderó su amor, aquel amor

criminal que había de hallar satisfacción cumplida cuando ella se

determinara á fugarse, siguiéndole á una ciudad lejana... Y Martina le

creyó y le quiso...

Desdo aquel día el exprés tuvo para ella un doble encanto: cuando Juan

la saludaba, Pedro saludaba también, y su alma se estremecía con

inquieto gozo viendo sobre el atezado semblante del fogonero, sus

dientes que desnudaba la risa; aquellos dientes agudos y blancos que la

habían mordido...

Pasaron muchos meses, y el ansiado día de la emancipación y de la fuga

no llegaba; Pedro, aburrido de la guardavía, dejaba de verla alegando

motivos y ocupaciones que nunca tuvo, y tan evidentes fueron las pruebas

de su ingratitud, que Martina llegó á comprender...

Un remordimiento íntimo, creciente, devorador, como la carrera

trepidante de los trenes bajo el túnel, se apoderó de la abandonada.

Hasta allí la había servido de consuelo la conciencia de su virtud; pero

al saberse burlada se apreció más sola, más triste, más insignificante

que nunca, como bagazo humano despreciable arrojado junto á la vía por

aquellas multitudes honradas que llevan los trenes.

Con la llegada del exprés siempre venía el saludo de Juan, que la miraba

echando el cuerpo fuera del tandem:

--¡Adiós!

--¡Adiós!...

Pedro ya no saludaba, sonreía... con esa sonrisilla burlona con que

suelen corresponder los hombres al saludo de las mujeres que engañaron.

Viéndose sola, completamente sola, con la soledad de los astros muertos

que ruedan por el vacío, reconociéndose despreciada del amante é indigna

del esposo, atormentada por la voz de su conciencia que murmuraba á

todas horas en sus oídos un reproche interminable, atraída

siniestramente por la perspectiva de los trenes que se acercaban

ofreciéndola un medio instantáneo de liberación y de descanso, Martina

pensó morir.

Y lo hizo como lo pensó.

Fué una tarde, á la puesta del sol. De pie, junto á la vía, con el

banderín verde en la mano, la joven escuchaba el lejano fragor de trueno

del exprés. Ella, que conocía muy bien todos los ruidos, sabía que el

tren iba pasando un puente, situado más allá del cerro; luego comprendió

que había entrado en la montaña; el estrépito, que al principio tornóse

sordo y como opaco, fué creciendo, más, más... hasta convertirse en

alarido formidable. La guardavía, inmóvil, inconsciente como una

sonámbula, esperaba, los ojos fijos en el túnel, que mostraba su bocaza

negra sobre el fondo blanco del monte nevado. De pronto apareció la

locomotora. Juan, según costumbre, asomaba la cabeza para saludar.

Martina le miró y miró al cielo, despidiéndose; luego, instantáneamente,

se arrojó de bruces sobre los rieles, tapándose los oídos para no oir...

y el tren pasó...

* * * * *

Una cruz de piedra indica el sitio donde murió la guardavía. Alguien

dijo que se había suicidado por celos y que su marido fué un mal hombre.

Los maquinistas, cuando pasan por aquel sitio, se descubren siempre.

DISCRETEOS

JACINTA.--Te aseguro que Enrique me gusta. Es bueno, es rico... es

amable...

ADRIANA.--¡Oh, gustarte, gustarte!... Eso es muy vago, porque no hay

hombre que sea absolutamente antipático.

J.--Es verdad.

A.--Te gusta Enrique como á mí me agrada Luis: un poco.

J.--No, mucho.

A.--Ea, pues mucho. Pero entre querer mucho y querer locamente, hay un

pantano, donde naufragan las mejores ilusiones de la juventud soñadora.

Antes de resolvernos á vivir con un hombre toda la vida, debíamos

cerciorarnos de si le amamos con toda el alma.

J.--Dices bien.

A.--¡Mira que renunciar á la humanidad masculina por un esposo que, dos

ó tres años después de la boda, puede parecernos el más insignificante

de los hombres!...

J.--Es absurdo.

A.--Es horrible entregar toda nuestra hermosura á un feo sin talento.

J.--Sí, horrible y ridículo. No obstante, importa casarse. El mundo es

vulgar, hipócrita... y conviene sacrificarse al buen parecer y

satisfacernos con una modesta medianía.

A.--¿Luego, no quieres á Enrique?

J.--¡Oh!... Sí le quiero.

A.--¿Un poco?

J.-Como tú á Luis.

A.--Y como quieren á sus novios las tres cuartas partes de las mujeres

que se casan. Porque ya conocerás algunos hombres mejores que tu futuro

esposo...

J.--¡Conozco muchos!

A.--Yo, también: casi estaba por decir que mi novio es de los muchachos

menos simpáticos que me han cortejado. Pero, en fin; urge decidirse y

nosotras somos dos mujercitas discretas que saben poner los puntos sobre

las íes y arreglar su porvenir. Enrique y Luis tienen sobre los demás

hombres la inmensa ventaja de ser galanes propicios al casorio. ¡Cuán

lejos están ellos de presumir que al otorgarles nuestra mano consumamos

una venta! Porque, fíjate: la inacabable comedia del amor convierte á la

sociedad en un gran mercado: los hombres compran; las mujeres se venden.

Todas nos vendemos, todas... Las meretrices, por dinero; las honradas,

por una bendición...

J.--Eres muy mordaz.

A.--No, soy muy justa. Nosotras, que dada nuestra posición social no

osaríamos tener un amante, nos entregamos sin protesta á cualquier

advenedizo que se case, cediéndole cuanto poseemos á trueque de su

apellido. ¿Comprendes?... El matrimonio es el mercado donde se tasan y

se venden las mujeres honradas.

J.--_(Con tristeza)_ Es cierto.

A.--Y lo más famoso es que nosotras somos las principales autoras de

nuestra desgracia: nacimos cobardes, tenemos demasiada prisa en

casarnos, temiendo quedar solteras, y en vez de luchar por rendir la

voluntad de esos calaveras contumaces que tanto gustan, nos abandonamos

fríamente entre los brazos de cualquier individuo adocenado que se case.

Queremos ser felices en seguida, sin combate, sin afanes, y la felicidad

que no cuesta trabajos y lágrimas, no puede ser larga ni valedera.

Pongamos un ejemplo. ¿Tú serías dichosa con Juanito Pantoja?

J.--¡Oh! ya lo creo.

A.--Lo reune todo: la gentileza, la donosura de entendimiento, la

verbosidad apasionada de los hombres ardientes. Podrá mentir cuando

habla de amor, seguramente miente... pero, ¡qué bien lo hace!... Es el

suyo un embuste bellísimo que vale una realidad.

J.--_(Reflexiva.)_ Cierta noche me dijo que se moría por mí.

A.--También á mí me juró algo igual. Es un hombre encantador, que se

muere por todas. Confieso que me agrada infinitamente más que Luis.

J.--¡Toma!... Y también vale mucho más que Enrique.

A.--Ahí tienes. Comprendo que una mujer resbale y caiga con hombres como

Juanito Pantoja; pero no concibo que ninguna se pierda ni por Enrique ni

por Luis.

J.--Yo tampoco.

A.--¿Cualquier novio sirve para marido?

J.--Cualquiera.

A.--Pero ¡qué pocos novios merecen ascender á la categoría de amantes!

_(Pausa)_.

J.--Pantoja es un conversador irresistible.

A.--Sí: ¡cuánto habla y qué bien lo dice todo!

J.--La mujer que logre rendirle será feliz.

A.--¡Oh, sí!... ¡Muy dichosa!...

J.--Debo de ser altamente halagador eso de poder decir: mi marido es el

más gentil, el más valiente, el más ingenioso, el más seductor de los

hombres... Y en sus mocedades fué una mala cabeza, un gran perdido, que

burló á muchas incautas y que yo sólo pude rendir...

A. _(Suspirando)_.--Sí... la fábula de doña Inés inocente, rindiendo al

Tenorio libertino, es el bello ideal de todas nosotras. ¡Y pensar que

dentro de algunos meses nos casaremos con Enrique y con Luis!...

_(Las dos amigas permanecen pensativas, acariciando mentalmente la dulce

quimera de su felicidad fugitiva.) _ J.--Aunque estoy cierta de que

Pantoja es un botarate, creo que siempre me saluda con especial cariño.

A.--Y á mí.

J.--Recuerdo que su declaración la formuló en términos tan apasionados,

tan vehementes...

A.--A mí también me dijo algo que no he olvidado... _(Pensativa.)_

_(Pausa)_.

J.--_(De pronto.)_ Vaya, vaya... Juanito es un hombre diabólico que sólo

sirve para amante.

A.--Y en esos galanes tan seductores, tan apuestos, que sólo sirven para

amantes...

J.--No hay que pensar.

A.--Es lo mejor.

J.--_(Riendo.)_ Hasta después que estemos casadas.

GLUCK, EL INIMITABLE

--Desengáñate, pobre Gluck, yo no puedo deslumbrarme con las

hiperbólicas ofertas de un hombre vulgar... La mujer que, como yo,

levanta nueve arrobas con los dientes, no se apasiona por ningún

calzafraque sin corazón. El dueño y señor de mi albedrío será más fuerte

que yo, más valiente que yo.

--¡Adriana!--murmuró el payaso ruborizándose.

--No me supliques... tus súplicas me exasperan rebajándote á mis ojos,

porque toda súplica reboza una debilidad. De los tres menguados que más

decididos parecéis á molestarme con vuestras serenatas de amor, no

quiero á ninguno. Nemo, el domador de leones, es valiente, pero tiene

menos fuerza que yo y su apocamiento me disgusta... Parece un niño

atrevido á quien podemos vapulear á telón alzado, si nos molesta. Los

brazos de Alsini, el rey del trapecio, reconozco que son más vigorosos

que los míos, pero Alsini es una bestia de carga, sumisa y cobarde. Le

desprecio... En cuanto á ti, que pasaste la vida diciendo chistes, y que

no tienes la fuerza del uno, ni diste muestras de atesorar la bravura

del otro... A ti, mi pobre Gluck no quiero juzgarte... Adiós.

Así habló Adriana Carmezza, la orgullosa italiana que recibía sobre las

espaldas una bala de cañón de treinta kilos arrojada desde una gran

altura, y levantaba nueve arrobas entre sus dientecillos de osezno,

pequeñines y blancos. Y Gluck, _el Inimitable_, permaneció de pie, los

brazos cruzados sobre su robusto pechazo de atleta y los ojos muy

abiertos, para no llorar.

Hasta los cuartos de los artistas llegaban los murmullos amenazadores

del público que iba invadiendo las galerías: aquella noche Adriana

Carmezza celebraba su beneficio y, como en obsequio á la beneficiada la

empresa organizó un programa magnífico, la concurrencia era enorme.

Cuando resonaron los primeros acordes de la orquesta, los artistas

refluyeron hasta el callejón que conducía á la pista: la representación

iba á empezar...

El único que, abstraído en sus imaginaciones, permanecía ajeno á todo

aquel movimiento, era el payaso Gluck; Gluck el Inimitable... Estaba

disfrazado de salvaje, la cabeza adornada por un vistoso penacho de

plumas, las caderas ceñidas con un faldellín salpicado de relucientes

lentejuelas, y las piernas y los brazos embadurnados de negro y

adornados con sendos anillos de oro... Inmóvil, fuerte y mudo, como un

picacho basáltico.

Casi todos los artistas que por allí pasaban, maravillados de su

actitud, le dirigían alguna burleta ó le daban en el hombro un amistoso

golpecito.

--¿En qué piensas, Gluck?... Gluck, ¿qué tienes?

Y Gluck, el Inimitable, les miraba sin responder. Luego, cuando vió

pasar al atlético Alsini balanceándose sobre sus membrudas piernas de

jayán, y á Nemo, aquel héroe que había puesto el pie sobre el lomo de

tantos leones amansados, el payaso sintió que los celos le mordían el

corazón y que sus mejillas echaban fuego. Después pasó Adriana.

--Adiós, Gluck--dijo.

En aquel momento el público aplaudía un ejercicio y todos los acróbatas

se agolparon en un extremo del corredor, junto á la pista. Gluck y

Adriana se hallaban en la sombra, tras unos bastidores. Ella vestía de

negro: sobre el escote del corpiño se insinuaba el seno opulento y de

marmóreas dureza y blancura; el cuello era grueso, el rostro expresivo,

con una belleza varonil de amazona espartana; los ojos alegres y

dominadores. El payaso se acercó á ella y cogiéndola fuertemente por una

muñeca, la atrajo hacia sí.

--Adriana--repitió,--Adriana... ¡quiéreme!...

Lo dijo de golpe, sin preámbulos, con ese laconismo brutal de las

pasiones supremas; laconismo que daba severidad y valimiento á su

sencillo disfraz de salvaje. Ella sonrió desdeñosa.

--¿Otra vez?

--¡Cómo no... si eres mi vida, si cuando te alejas de mí parece que me

arrancan el alma!... ¡Adriana, dame una esperanza y no consigas con esos

desvíos que sea célebre esta noche de tu beneficio!... ¡Adriana, que me

pierdes!...

Ella, irritada por la orden que envolvía aquella súplica, le rechazó

vigorosamente.

--¡No!--dijo.

El payaso exhaló un grito agónico y llevóse ambas manos á la cabeza con

ademán de trágica desesperación; pero Adriana, furiosa, no satisfecha

con desesperanzarle, le insultaba.

--¡No me satisfaces!... Eres cobarde, eres débil. Los fuertes no

mendigan lo que pueden obtener por sus puños, y tú suplicas... ¿Lo

comprendes ahora? Me repugnas; me repugnas y te odio. Vete, vete, que no

me sirves...

Sus palabras caían como mazos de batán sobre la cabeza de Gluck, que

gemía sordamente. Después, cuando ya le juzgó bastante castigado y

maltrecho, dió media vuelta y se alejó titubeando aquellas caderas

amplias y firmes que parecían destinadas á engendrar una raza superior;

Gluck, el Inimitable, quedó apoyado contra la pared, la cabeza sobre el

pecho y flaqueándole las piernas, en la actitud de un salvaje herido.

Momentos después, cuando Adriana Carmezza salía á la pista pagando con

sonrisas amables los aplausos del público, Nemo y Alsini reaparecieron,

trayendo cada uno de ellos un gran ramo de flores. Al verles, volvió á

resonar en los oídos de Gluck el apóstrofe de Adriana: «Vete, que no me

sirves...» y, enloquecido, les cerró el paso.

--¿Para quién son esas flores?--exclamó con voz que el coraje tremolaba

siniestramente:

--Para Adriana--repuso Nemo sin inmutarse.

Los tres hombres se miraron sañudamente: todos se odiaban desde que el

Destino permitió que una misma mujer sirviese de norte á sus deseos, y

en aquel momento casi se holgaron de tener un pretexto á qué asirse para

dar vado á su antiguo rencor. Estaban en un carrejo obscuro abierto

entre dos bastidores altos....

--A esa mujer--dijo Gluck,--nadie la obsequia más que yo.

--Quita, payaso--contestó Nemo subrayando la frase con dañina intención.

Pero Gluck, el Inimitable, se precipitó sobre él y arrebatándole el ramo

de flores lo arrojó al suelo, despedazado.

--¡¡Al que dé un paso--gritó,--le parto el alma!!

Ni Nemo, el domador de leones, ni Alsini, podían luchar con Gluck,

porque al primero le faltaba la fuerza y al segundo el valor; mas en

aquel momento la furiosa acometividad del payaso les indujo á unirse en

formidable alianza.

--Retírate, bruto--dijo Nemo.

--¡Atrás!--agregó Alsini á quien vigorizaba el esfuerzo temerario del

domador.

Pero Gluck, fuera de sí, arremetióles sin contestar; su primer golpe fué

para Nemo, el segundo para Alsini; dos puñetazos de titán celoso que

resonaron con un sordo crujido de huesos. Entonces comenzó una lucha

terrible: Nemo había caído al suelo, pero levantóse enseguida y

arremetió al payaso; éste ladeó el cuerpo hurtando un golpe de su rival,

contestó con otro y Nemo volvió á caer... Mientras, Alsini descargaba

sobre la cabeza de Gluck su brazo de hierro. Era una lucha de colosos;

la lucha formidable por la _posesión de la hembra_, de que habló Darwin.

Y entretanto, sofocando el seco estallido de aquellos golpes furibundos,

llegaban hasta los combatientes, como ráfagas huracanadas de entusiasmo,

los aplausos con que el público premiaba los ejercicios de Adriana

Carmezza.

En momentos tales, Gluck el Inimitable, se revolvía con la agilidad y el

denuedo del jabalí que hace frente á la jauría. Unas veces se agachaba

prestamente para coger á su enemigo por la cintura y voltearle; ó se

recrecía para herir desde arriba, ó brincaba para evitar un golpe,

mientras su brazo, aquel brazo vengativo, negro y musculoso como el de

un cíclope, giraba infatigable, machacando cráneos. Enardecido hasta el

paroxismo por el furor de la pelea, Gluck el Inimitable valía por

ciento: según los casos, ciaba, se cubría, se retrepaba, defendiéndose ó

atacando, pero siempre incansable y terco, magullando á sus enemigos con

recios golpes, y exasperándoles y aturdiéndoles con denuestos. Cada

puñada, era un tiro; cada insulto, un salivazo.

De pronto Alsini y Nemo coincidieron en sus ataques y Gluck vaciló: por

la nariz y por los oídos derramaba borbotones de sangre. En aquel

momento Alsini cogió un martillo; Nemo un puñal; Gluck un formón.

Entonces la lucha fué breve: al primer choque Alsini rodó por tierra,

moribundo, y Nemo y Gluck quedaron solos, retándose con la mirada:

--¡Sobra uno de los dos!--murmuraba el payaso;--¡uno, uno!...

--¡Tú!--repuso Nemo.

Y se acometieron: Gluck paró la cuchillada de su rival con el brazo;

Nemo la paró con el corazón, y cayó muerto.

De carne y hueso; cuentos · 第 1 / 9 段