--Lo sé --añadió el D. Juan en decadencia, quitándose las botas
y poniéndose las zapatillas, que Tristana, para disimular la
estupefacción en que había quedado, le trajo de la alcoba cercana--. Yo
soy muy lince en estas cosas, y no ha nacido todavía la persona que me
engañe y se burle de mí. Tristana, tú has encontrado por ahí un idilio;
te lo conozco en tus inquietudes de estos días, en tu manera de mirar,
en el cerco de tus ojos, en mil detalles que a mí no se me escapan.
Soy perro viejo, y sé que toda joven de tu edad, si se echa diariamente
a la calle, tropieza con su idilio. Ello será de una manera o de otra.
A veces se encuentra lo bueno, a veces lo detestable. Ignoro cómo es tu
hallazgo; pero no me lo niegues, por tu vida.
Tristana volvió a negar con ademanes y con palabras; pero tan mal, tan
mal, que más le valiera callarse. Los penetrantes ojos de D. Lope,
clavados en ella, la sobrecogían, la dominaban, causándole terror y una
dificultad extraordinaria para mentir. Con gran esfuerzo quiso vencer
la fascinación de aquella mirada, y repitió sus denegaciones.
--Bueno, defiéndete como puedas --prosiguió el caballero--, pero yo
sigo en mis trece. Soy viejo sastre y conozco el paño. Te aviso con
tiempo, Tristana, para que adviertas tu error y retrocedas, porque
a mí no me gustan idilios callejeros, que pienso serán hasta ahora
chiquilladas y juegos inocentes. Porque si fueran otra cosa...
Echó al decir esto una mirada tan viva y amenazante sobre la pobre
joven, que Tristana se retiró un poco, como si en vez de ser una mirada
fuera una mano la que sobre su rostro venía.
--Mucho cuidado, niña --dijo el caballero, dando una feroz mordida al
cigarro de estanco (por no poder gastar otros) que fumaba--. Y si tú,
por ligereza o aturdimiento, me pones en berlina y das alas a cualquier
mequetrefe para que me tome a mí por un... No, no dudo que entrarás en
razón. A mí, óyelo bien, nadie en el mundo hasta la hora presente me
ha puesto en ridículo. Todavía no soy tan viejo para soportar ciertos
oprobios, muchacha... Conque no te digo más. En último caso, yo me
revisto de autoridad para apartarte de un extravío, y si otra cosa no
te gusta, me declaro padre, porque como padre tendré que tratarte si
es preciso. Tu mamá te confió a mí para que te amparase, y te amparé,
y decidido estoy a protegerte contra toda clase de asechanzas, y a
defender tu honor...
Al oír esto, la señorita de Reluz no pudo contenerse, y sintiendo que
le azotaba el alma una racha de ira, venida quién sabe de donde, como
soplo de huracán, se irguió y le dijo:
--¿Qué hablas ahí de honor? Yo no lo tengo; me lo has quitado tú, me
has perdido.
Rompió a llorar tan sin consuelo, que D. Lope varió bruscamente de tono
y de expresión. Llegose a ella, soltando el cigarro sobre un velador,
y estrechándole las manos, se las besó, y en la cabeza la besó también
con no afectada ternura.
--Hija mía, me anonadas juzgándome de una manera tan ejecutiva. Verdad
que... Sí, tienes razón... Pero bien sabes que no puedo mirarte como
a una de tantas, a quienes... No, no es eso. Tristana, sé indulgente
conmigo; tú no eres una víctima; yo no puedo abandonarte, no te
abandonaré nunca, y mientras este triste viejo tenga un pedazo de pan,
será para ti.
--¡Hipócrita, falso, embustero! --exclamó la esclava sintiéndose fuerte.
--Bueno, hija, desahógate, dime cuantas picardías quieras (_volviendo
a tomar su cigarro_); pero déjame hacer contigo lo que no he hecho con
mujer alguna, mirarte como un ser querido...; esto es bastante nuevo en
mí..., como un ser de mi propia sangre... ¿Que no lo crees?
--No, no lo creo.
--Pues ya te irás enterando. Por de pronto he descubierto que andas
en malos pasos. No me lo niegues, por Dios. Dime que es tontería,
frivolidad, cosa sin importancia; pero no me lo niegues. ¡Pues si yo
quisiera vigilarte...! Pero no, no, el espionaje me parece indigno de
ti y de mí. No hago más que darte un toquecito de atención, decirte que
te veo, que te adivino, que al fin y a la postre nada podrás ocultarme,
porque si me pongo a ello, hasta los pensamientos extraeré de tu magín
para verlos y examinarlos; hasta tus impresiones más escondidas te
sacaré cuando menos lo pienses. Chiquilla, cuidado, vuelve en ti.
No se hablará más de ello si me prometes ser buena y fiel; pero si
me engañas, si vendes mi dignidad por un puñado de ternuras que te
ofrezca cualquier mocoso insípido..., no te asombres de que yo me
defienda. Nadie me ha puesto la ceniza en la frente todavía.
--Todo es infundado, todo cavilación tuya --dijo Tristana por decir
algo--, yo no he pensado en...
--Allá veremos --replicó el tirano volviendo a flecharla con su mirada
escrutadora--. Con lo hablado basta. Eres libre para salir y entrar
cuando gustes; pero te advierto que a mí no se me puede engañar... Te
miro como esposa y como hija, según me convenga. Invoco la memoria de
tus padres...
--¡Mis padres! --exclamó la niña reanimándose--. ¡Si resucitaran y
vieran lo que has hecho con su hija...!
--Sabe Dios si sola en el mundo, o en otras manos que las mías, tu
suerte habría sido peor --replicó D. Lope, defendiéndose como pudo--.
Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo
menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a
un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas
clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te
apartará del mal, y...
--Lo que veo --interrumpió Tristana-- es un egoísmo brutal, monstruoso,
un egoísmo que...
--El tonillo que tomas --dijo Garrido con acritud-- y la energía con
que me contestas me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio
tenemos, sí. Hay algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de
lo de dentro, y al propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de
emancipación. Abajo la caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo
demasiado para entregarte a los azares de lo desconocido, y a las
aventuras peligrosas. Eres una inocentona sin juicio. Yo puedo haber
sido para ti un mal padre. Pues mira, ahora se me antoja ser padre
bueno.
Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a
su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela
y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas
graves palabras:
--Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa
prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer
el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco
mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda
formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y
las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe
señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo.
¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del _padre
noble_ de antigua comedia! Pero la prosa y las zapatillas, que por la
decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte
aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado
galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el
pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora,
cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de
tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y
acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la
flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía
dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado,
a quien los años atormentan como espectros acusadores.
Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los
hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo
y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se
quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches.
Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de _Cuadro de
las Lanzas_.
--Te he llamado, hija mía --le dijo, echándose en una butaca y sentando
a la esclava sobre sus rodillas--, porque no quería acostarme sin
charlar algo más. Sé que no he de dormir si me acuesto dejándote
disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio...
--No tengo ninguna historia que contar --replicó Tristana, rechazando
sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída.
--Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote mal
conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, me
has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no me
correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para
ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no
me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en
el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué
piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes
de mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (_con amargura vivísima_),
porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta
me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí,
sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las
galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo
aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera.
Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, en
nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás perla.
Con gestos más que con palabras, dio a entender Tristana que le
importaba un bledo la pobreza...
--¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos
resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala,
hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que
mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la
doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al
menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te
acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en
la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a
las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos,
y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de
león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú
sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién
nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo
preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría.
¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido
bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que
privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle
de Luzón, cuando resultaba demasiado costoso para mí. Tomé otro, y
luego, cada pocos años he ido buscándolos más baratos, hasta tener
que refugiarme en este arrabal excéntrico y vulgarote. A cada etapa,
a cada escalón, iba perdiendo algo de las cosas buenas y cómodas que
me rodeaban. Ya me privaba de mi bodega, bien repuesta de exquisitos
vinos; ya de mis tapices flamencos y españoles; después de mis cuadros;
luego de mis armas preciosísimas, y por fin, ya no me quedan más que
cuatro trastos indecentes... Pero no debo quejarme del rigor de Dios,
porque me quedas tú, que vales más que cuantas joyas he perdido.
Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia,
Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con
él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las
consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna
que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el
muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento
de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la
delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando
hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la
familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar
cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el
pensamiento le dijo: «No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron
tus padres. ¿Y esto no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa
en mí? ¿No se te ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es
esa manera justa de pesar, niña, y de juzgar?»
--Por fin --dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó
y pesó la frialdad de su cautiva--, quedamos en que no tienes
maldita gana de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me
lo estás contando con la repugnancia que tienes de mí, y que no
puedes disimular. Entendido, hija, entendido. (_Poniéndola en pie y
levantándose él también._) No estoy acostumbrado a inspirar asco,
francamente, ni soy hombre que gusta de echar tantos memoriales para
obtener lo que le corresponde. No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas?
¿Que te iba a pedir de rodillas...? Guarda tus encantos juveniles
para algún monigote de estos de ahora, sí, de estos que no podemos
llamar hombres sin acortar la palabra o estirar la persona. Vete a tu
cuartito, y medita sobre lo que hemos hablado. Bien podría suceder que
tu idilio me resultara indiferente... mirándolo yo como un medio fácil
de que aprendieras, por demostración experimental, lo que va de hombre
a hombre... Pero bien podría suceder también que se me indigestara,
y que sin atufarme mucho, porque el caso no lo merece, como quien
aplasta hormigas, te enseñara yo...
Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla tan
insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones
su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel
sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante
él, y le soltó redonda una valiente respuesta.
--Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras.
Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se llevó
las manos a la cabeza y se dijo:
--No me teme ya. Ciertos son los toros.
En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre
cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran
así:
--Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche,
que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me
muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana,
y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me
mata, máteme con razón.