Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su
damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia
de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre
todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase
de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de
santo, digna de un huequecito en el martirologio.
--Cogiome aquel suceso --prosiguió Díaz-- a los veintiocho años, con
hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina
de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento
del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente
seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un
tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para
siempre... Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito
caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal
oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy
linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas, y la participación
correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de
_Sobrinos de Felipe Díaz_. Al verme libre, tardé en reponerme del
estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al
querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me
caía, como el que no sabe andar por no haber ejercitado en mucho tiempo
las piernas.
»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me
salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de
la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en
Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia no
existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí allá,
y... ¡qué había de suceder! Era yo como un seminarista sin vocación a
quien sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud.
Ya comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos
de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo
me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad
de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me
entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios
instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo
por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué
a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y
me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en
el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi
abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte
me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas,
y ya no me atormentaba la idea de _doctorarme de hombre_, dediqueme
al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más
aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación
artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el
dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué
afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo
por declararme vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla,
con brío, con furor...!
»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no
cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te
diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en
el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de
formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como
si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno
de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar
el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este
ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la
línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo
aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio
formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de
las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino
que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con
atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los
que a su debido tiempo empezaron.
»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia,
asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni regateo
por mi parte, y di mi último adiós a la droguería transformada y
modernizada, para venirme acá, donde tengo una tía que no me la
merezco, más buena que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere
como a tal, y me cuida y me agasaja. También ella fue víctima del
que tiranizó a toda la familia. Como que solo le pasaba una peseta
diaria, y en todas sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué
a Madrid, tomé el estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo.
Tengo ambición, deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no
valer más que el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me
entristece. Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me
ha caído dentro una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de
la esencia divina que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde
cayere.
»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid
unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados
a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la
mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el
sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías
abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma
humana, pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de
obtenerlo. Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía
siluetas, vaguedades tentadoras que me hacían señas, labios que me
siseaban. Comprendía entonces las cosas más sutiles; las psicologías
más enrevesadas parecíanme tan claras como las cuatro reglas de la
Aritmética... Te vi al fin; me saliste al encuentro. Te pregunté si
eras tú..., no sé que te dije. Estaba tan turbado, que debiste de
encontrarme ridículo. Pero Dios quiso que supieras ver lo grave y serio
al través de lo tonto. Nuestro romanticismo, nuestra exaltación no nos
parecieron absurdos. Nos sorprendimos con hambre atrasada, el hambre
espiritual, noble y pura que mueve el mundo, y por la cual existimos, y
existirán miles de generaciones después de nosotros. Te reconocí mía, y
me declaraste tuyo. Esto es vivir; lo demás, ¿qué es?»
Dijo, y Tristana, atontada por aquel espiritualismo, que era como
bocanadas de incienso que su amante arrojaba sobre ella con un
descomunal _botafumeiro_, no supo responderle. Sentía que dentro del
pecho le pataleaba la emoción, como un ser vivo más grande que el
seno que lo contiene, y se desahogaba con risas frenéticas, o con
repentinos y ardientes chorretazos de lágrimas. Ni era posible decir
si aquello era en ambos felicidad o una pena lacerante, porque uno y
otro se sentían como heridos por un aguijón que les llegaba al alma, y
atormentados por el deseo de un más allá. Tristana, particularmente,
era insaciable en el continuo exigir de su pasión. Salía de repente por
el registro de una queja amarguísima, lamentándose de que Horacio no la
quería bastante, que debía quererla más, mucho más; y él concedía sin
esfuerzo el más, siempre más, exigiendo a su vez lo mismo.
Contemplaban al caer de la tarde el grandioso horizonte de la Sierra,
de un vivo tono de turquesa, con desiguales toques y transparencias,
como si el azul purísimo se derramase sobre cristales de hielo. Las
curvas del suelo desnudo, perdiéndose y arrastrándose como líneas que
quieren remedar un manso oleaje, les repetían aquel _más, siempre
más_, ansia inextinguible de sus corazones sedientos. Algunas tardes,
paseando junto al canalillo del Oeste, ondulada tira de oasis que ciñe
los áridos contornos del terruño madrileño, se recreaban en la placidez
bucólica de aquel vallecito en miniatura. Cantos de gallo, ladridos de
perro, casitas de labor; el remolino de las hojas caídas, que el manso
viento barría suavemente, amontonándolas junto a los troncos; el asno,
que pacía con grave mesura; el ligero temblor de las más altas ramas de
los árboles, que se iban quedando desnudos, todo les causaba embeleso y
maravilla, y se comunicaban las impresiones, dándoselas y quitándoselas
como si fuera una sola impresión que corría de labio a labio y saltaba
de ojos a ojos.
Regresaban siempre a hora fija, para que ella no tuviese bronca en su
casa, y sin cuidarse de Saturna, que les esperaba, iban del brazo por
el camino de Aceiteros, al anochecer más silencioso y solitario que la
Mala de Francia. Al lado de Occidente, veían el cielo inflamado, rastro
espléndido de la puesta del sol. Sobre aquella faja se destacaban,
como crestería negra de afiladas puntas, los cipreses del cementerio
de San Ildefonso, cortados por tristes pórticos a la griega, que a
media luz parecen más elegantes de lo que son. Pocas habitaciones hay
por allí, y poca o ninguna gente encontraban a tal hora. Casi siempre
veían uno o dos bueyes desuncidos, echados, de esos que por el tamaño
parecen elefantes, hermosos animales de raza de Ávila, comúnmente
negros, con una cornamenta que pone miedo en el ánimo más valeroso;
bestias inofensivas a fuerza de cansancio, y que, cuando las sueltan
del yugo, no se cuidan más que de reposar, mirando con menosprecio al
transeúnte. Tristana se acercaba a ellos hasta poner sus manos en las
astas retorcidas, y se hubiera alegrado de tener algo que echarles de
comer.
--Desde que te quiero --a su amigo decía--, no tengo miedo a nada, ni a
los toros ni a los ladrones. Me siento valiente hasta el heroísmo, y ni
la serpiente boa ni el león de la selva me harían pestañear.
Cerca ya del antiguo Depósito de aguas veían los armatostes del Tío
Vivo, rodeados de tenebrosa soledad. Los caballitos de madera, con
las patas estiradas en actitud de correr, parecían encantados. Los
balancines, la montaña rusa, destacaban en medio de la noche sus formas
extravagantes. Como no había nadie por allí, Tristana y Horacio solían
apoderarse durante breves momentos de todos los juguetes grandes con
que se divierte el niño-pueblo... Ellos también eran niños. No lejos
de aquel lugar veían la sombra del Depósito viejo, rodeado de espesas
masas de árboles, y hacia la carretera brillaban luces, las del tranvía
o coches que pasaban, las de algún merendero en que todavía sonaba
rumor pendencioso de parroquianos retrasados. Entre aquellos edificios
de humilde arquitectura, rodeados de banquillos paticojos y de rústicas
mesas, esperábales Saturna, y allí era la separación, algunas noches
tan dolorosa y patética como si Horacio se marchara para el fin del
mundo o Tristana se despidiera para meterse monja. Al fin, al fin,
después de mucho tira y afloja, conseguían despegarse, y cada mitad
se iba por su lado. Aún se miraban de lejos, adivinándose, más que
viéndose, entre las sombras de la noche.
X
Tristana, según su expresión, no temía, después de enamorada, ni al
toro corpulento, ni a la serpiente boa, ni al fiero león del Atlas;
pero tenía miedo de D. Lope, viéndole ya cual monstruo que se dejaba
tamañitas a cuantas fieras y animales dañinos existen en la creación.
Analizando su miedo, la señorita de Reluz creía encontrarlo de tal
calidad, que podía, en un momento dado, convertirse en valor temerario
y ciego. La desavenencia entre cautiva y tirano se acentuaba de día
en día. D. Lope llegó al colmo de la impertinencia, y aunque ella le
ocultaba, de acuerdo con Saturna, las saliditas vespertinas, cuando el
anciano galán le decía con semblante fosco:
--Tú sales, Tristana, sé que sales; te lo conozco en la cara.
Si al principio lo negaba la niña, luego asentía con su desdeñoso
silencio. Un día se atrevió a responderle:
--Bueno, pues salgo, ¿y qué? ¿He de estar encerrada toda mi vida?
Don Lope desahogaba su enojo con amenazas y juramentos, y luego, entre
airado y burlón, le decía:
--Porque nada tendrá de particular que, si sales, te acose algún
mequetrefe, de estos _bacillus virgula_ del amor que andan por ahí,
único fruto de esta generación raquítica, y que tú, a fuerza de
oír sandeces, te marees y le hagas caso. Mira, niñita, mira que no
te lo perdono. Si me faltas, que sea con un hombre digno de mí. ¿Y
dónde está ese hombre digno rival de lo presente? En ninguna parte,
¡vive Dios! Cree que no ha nacido... ni nacerá. Así y todo, tú misma
reconocerás que no se me desbanca a mí tan fácilmente... Ven acá: basta
de moñitos. ¡Si creerás que no te quiero ya! ¡Cómo me echarías de menos
si te fueras de mí! No encontrarías más que tipos, de una insipidez
abrumadora... Vaya, hagamos las paces. Perdóname si dudé de ti. No, no,
tú no me engañas. Eres una mujer superior, que conoce el mérito y...
Con estas cosas, no menos que con sus arranques de mal genio, D. Lope
llegó a inspirar a su cautiva un aborrecimiento sordo y profundo,
que a veces se disfrazaba de menosprecio, a veces de repugnancia.
Horriblemente hastiada de su compañía, contaba los minutos esperando
el momento en que solía echarse a la calle. Causábale espanto la idea
de que cayese enfermo, porque entonces no saldría, ¡Dios bendito!, y
¿qué sería de ella presa, sin poder...? No, no; esto era imposible.
Habría paseíto, aunque D. Lope enfermase o se muriera. Por las noches,
casi siempre fingía Tristana dolor de cabeza para retirarse pronto de
la vista y de las odiadas caricias del don Juan caduco. «Y lo raro
es --decía la niña a solas con su pasión y su conciencia-- que si
este hombre comprendiera que no puedo quererle, si borrase la palabra
amor de nuestras relaciones, y estableciera entre los dos... otro
parentesco, yo le querría, sí señor, le querría, no sé cómo, como se
quiere a un buen amigo, porque él no es malo, fuera de la perversidad
monomaníaca de la persecución de mujeres. Hasta le perdonaría yo el mal
que me ha hecho, mi deshonra, se lo perdonaría de todo corazón, sí,
sí, con tal que me dejase en paz... Dios mío, inspírale que me deje en
paz, y yo le perdonaré, y hasta le tendré cariño, y seré como las hijas
demasiado humildes que parecen criadas, o como las sirvientes leales,
que ven un padre en el amo que les da de comer.»
Felizmente para Tristana, no solo mejoró la salud de Garrido,
desvaneciéndose con esto los temores de que se quedara en casa por las
tardes, sino que debió de tener algún alivio en sus ahogos pecuniarios,
porque cesaron sus murrias impertinentes, y se le vio en el temple
sosegado en que vivir solía. Saturna, perro viejo y machucho, comunicó
a la señorita sus observaciones sobre este particular.
--Bien se ve que el amo está en fondos, porque ya no se le ocurre que
yo pueda ensuciarme por un cuarto de escarola, ni se olvida del respeto
que, como caballero, debe a las que llevamos una falda, aunque sea
remendadita. Lo malo es que cuando cobra los atrasos, se los gasta
en una semana, y luego..., adiós caballería, y otra vez ordinario,
cominero y metomentodo.
Al propio tiempo, volvió D. Lope a poner en el cuidado de su persona
un prolijo esmero señoril, acicalándose como en sus mejores tiempos.
Ambas mujeres dieron gracias a Dios por esta feliz restauración
de costumbres, y aprovechando las ausencias metódicas del tirano,
entregose la niña con toda libertad al inefable goce de sus paseítos
con el hombre que amaba.
El cual, por variar el escenario y la decoración, llevaba un coche las
más de las tardes, y metiéndose los dos en él, se daban el gustazo de
alejarse de Madrid casi hasta perderlo de vista. Testigos de su dicha
fueron el cerro de Chamartín, las dos torres, que parecen pagodas,
del colegio de los jesuitas, y el pinar misterioso; hoy el camino de
Fuencarral, mañana las sombrías espesuras del Pardo, con su suelo
de hojas metálicas erizadas de picos, las fresnedas que bordean el
Manzanares, las desnudas eminencias de Amaniel, y las hondas cañadas
del Abroñigal. Dejando el coche, paseaban a pie largo trecho por los
linderos de las tierras labradas, y aspiraban con el aire las delicias
de la soledad y plácida quietud, recreándose en cuanto veían, pues
todo les resultaba bonito, fresco y nuevo, sin reparar que el encanto
de las cosas era una proyección de sí mismos. Retrayendo los ojos
hacia la causa de tanta hermosura, que en ellos residía, entregábanse
al inocente juego de su discretismo, que a los no enamorados habría
parecido empalagoso. Sutilizaban los porqués de su cariño, querían
explicar lo inexplicable, descifrar el profundo misterio, y al fin
paraban en lo de siempre, en exigirse y prometerse más amor, en
desafiar la eternidad, dándose garantías de fe inalterable en vidas
sucesivas, en los cercos nebulosos de la inmortalidad, allá donde
habita la perfección y se sacuden las almas el polvo de los mundos en
que penaron.
Mirando a lo inmediato y positivo, Horacio la incitaba a subir con él
al estudio, demostrándole la comodidad y reserva que aquel local les
ofrecía para pasar juntos la tarde. ¡Flojitas ganas tenía ella de ver
el estudio! Pero tan grande como su deseo era su temor de encariñarse
demasiado con el nido, y sentirse en él tan bien, que no pudiera
abandonarlo. Barruntaba lo que en la vivienda de su ídolo, vecina
de los pararrayos, según Saturna, podría pasarle; es decir, no lo
barruntaba, lo veía tan claro que más no podía ser. Y le asaltaba el
recelo amarguísimo de ser menos amada después de lo que allí sucediera,
como se pierde el interés del jeroglífico después de descifrado;
recelaba también que el caudal de su propio cariño disminuyera,
prodigándose en el grado supremo.
Como el amor había encendido nuevos focos de luz en su inteligencia,
llenándole de ideas el cerebro, dándole asimismo una gran sutileza
de expresión para traducir al lenguaje los más hondos misterios del
alma, pudo exponer a su amante aquellos recelos con frase tan delicada
y tropos tan exquisitos, que decía cuanto en lo humano cabe, sin
decir nada que al pudor pudiera ofender. Él la comprendía, y como
en todo iban acordes, devolvíale con espiritual ternura los propios
sentimientos. Con todo, no cejaba en su afán de llevarla al estudio.
--¿Y si nos pesa después? --decía ella--. Temo la felicidad, pues
cuando me siento dichosa, paréceme que el mal me acecha. Créete que en
vez de apurar la felicidad, nos vendría bien ahora algún contratiempo,
una miajita de desgracia. El amor es sacrificio, y para la abnegación
y el dolor debemos estar preparados siempre. Imponme un sacrificio
grande, una obligación penosa, y verás con qué gusto me lanzo a
cumplirla. Suframos un poquitín; seamos buenos...
--No, lo que es a buenos no hay quien nos gane --decía Horacio con
gracejo--. Nos pasamos ya de angelicales, alma mía. Y eso de imponernos
sufrimientos es música, porque bastantes trae la vida sin que nadie
los busque. Yo también soy pesimista; por eso, cuando veo el bien en
puerta, lo llamo y no lo dejo marcharse, no sea que después, cuando lo
necesite, se empeñe en no venir el muy pícaro...
Surgía en ambos, con estas y otras cosas, un entusiasmo ardiente; a
las palabras sucedían las ternezas, hasta que un arranque de dignidad
y cordura les ponía de perfecto acuerdo para enfrenar su inquietud
y revestirse de formalidad, engañosa si se quiere, pero que por el
momento les salvaba. Decían cosas graves, pertinentes a la moral;
encomiaban las ventajas de la virtud, y lo hermoso que es quererse
con exquisita y celestial pureza. Como que así es más fino y sutil
el amor, y se graba más en el alma. Con estas dulces imposturas iban
ganando tiempo, y alimentaban su pasión, hoy con anhelos, mañana con
suplicios de Tántalo, exaltándola con lo mismo que parecía destinado a
contenerla, humanizándola con lo que divinizarla debiera, ensanchando
por la margen del espíritu, así como por la de la materia, el cauce por
donde aquel raudal de vida corría.