CAPITULO XXX.

Estando en esto llegó

uno que nuevas traía.

—Mercedes á tí, fortuna,

de esta tu mensagería.

_Rom. del rey Rod._

Ya veis que en ningun caso puede convenirme, decia agitado Villena

al astrólogo un dia. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos

que á la posesion de mi maestrazgo parecian oponerse; cuando unos ya,

merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda

del deber; cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de

don Luis Guzman, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su

rencor, ¿querrán que yo esponga á los riesgos de un combate el objeto

de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es

para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese

maldecido maestrazgo. ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del

combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernan

Perez carezca de valor de ningun modo. Pero una cosa es tener valor,

y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no

puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y

no se verificará.

—No es tan facil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar

al conde, y mas bien como quien habla consigo mismo que como quien

contesta á otro; no es tan facil hacerlo como decirlo. Porque, al

fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que

tiene decretada á peticion de parte, ni fuera decoroso en vos el

solicitarlo.

—Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el

asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que

Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo

hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os

consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No

hay algun arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí

que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.

—Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu

disposicion: del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy

seguro de si puedo disponer de ella como cosa mia, despues de la

tempestuosa y aun maliciosa vida que he traido. Dios me la perdone.

Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor,

que solo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu

disposicion.

—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo quereis

acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo

el que la pregunte, y que me habeis tantas veces prometido? Yo os

aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora esta

ya la habria hecho decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto.

No habria combate, yo os lo aseguro: no lo habria. Os juro que esa

seria la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mia, Abenzarsal, se

entiende.

—Mientras la mia, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el

tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de mas.

—Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya

imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro.

—¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular

destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han

traido á España algunos juglares y juglaresas de Provenza?

—Adelante, Abenzarsal.

—Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina

habilidad, y esto sin remedio.

—¿Os volveis loco, ú os burlais de mí?

—Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí; lo segundo

no te la tiene, señor, á tí; sin embargo, afírmome en lo dicho; no

tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua

aquella que poseo, que no seria tan mal recurso. Pero has dado en

apreciar la vida del hombre...

—¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habeis tomado á vuestro cargo

endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no

temblais el crímen?

—¿Qué es el crímen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy

uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones.

—¿Me diréis que el quitar la vida á otro ser...?

—¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio,

insensato, quitar la vida á ningun ser? ¿puede el hombre crear ni

destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquel en quien acaba el alma de

separarse del cuerpo, deja de vivir á los ojos de los hombres. A

los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios: él

ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas

condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que

confesamos, vive tambien el muerto de otra que no conocemos: á los

ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal;

no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crímen.

—¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complaceis en aventurar

horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos mas

necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza

en el cielo que de heréticas impiedades.

—Como gusteis: ¡dejemos en buen hora á los hombres, viles gusanos de

la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la

creacion: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor

de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de

mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo;

dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones

míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus

ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en

el lobo, y en sí mismos conversacion!!!

—¿Acabaréis? ¡por Santa María!

—Dejémoslos en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no

es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza

se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo.

—¡Por Santiago! esclamó Villena despechado: teneis razon, Abenzarsal.

Teneis razon en todo lo que habeis dicho, y en lo que habeis pensado,

y en lo que os habeis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi

maestrazgo? Os suplico que no lo considereis como cosa de hombres,

que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no

ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.

—Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á

quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus

míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso

del _aqua mortis_, necesitais aprender...

—¿Pero, qué significa...?

—Significa, que asi como el juglar y un juglar cualquiera, hace

desaparecer entre los dedos la bola mágica, segun la llama el vulgo

de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco...

—¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento.

—No: tranquilízate, señor; asi, pues, necesitas tú hacer desaparecer

á alguien de la corte de don Enrique.

—¿A quién? ¿y cómo?

—Voy á decirte, ilustre conde. A Elvira, tu acusadora, es caso

imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, asi como Macías

y tú lo estais bajo la propia del rey, tú por tu clase y él por su

favor.

—Bien. Adelante. Elvira es ademas muger de Fernan Perez.

—Cierto; pero á Macías no me parece que podria ser dificil. Él está

ahora mas que nunca poseido de una pasion frenética, pasion cuyos

resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus

incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavia.

Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitarémos de Ferrus. Si el

doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente

quien venza á Fernan Perez.

—Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mio! dijo Villena estrechando sus

manos.

—Dame, empero, tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame

con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los

amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto,

señor, conmigo... oigo un rumor estraño en la cámara de su alteza.

¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir

todos?

Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hácia

la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso

clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya

de algunas de las primeras dignidades de Castilla preguntaba á unos y

á otros, y parecia haberse hallado largo rato en la misma duda que

los personages de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su

semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego

que mas tenia de fausto que de infausto el suceso que producia en

aquella ocasion tanto movimiento.

—Venid, ilustre conde, mi pariente y vos, Abenzarsal, venid, dijo don

Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable

olvido de su propia dignidad á los dos personages que entraban en su

cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varon.

—Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha

llegado ya tan alegre nueva?

—Sí, dijo el rey: el enano que está de atalaya en la torre mas alta

del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenia mandadas disponer

para este caso, y los fieles habitantes de mi leal villa de Madrid se

han apresurado á felicitarme sobre tan feliz acontecimiento.

Oíanse, en efecto, ya mas distintamente los repetidos vivas con que

de buena fé manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que le habia

nacido un rey, y que no podria faltarle ya en ningun caso quien le

mandase.

Salió su alteza á una de las _fenestras_ de su alcázar, como se

llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera

achacar eso á galicismo, pues no habia entonces en la pobre villa

de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de

dicha y de ilustracion; salió á una de las _fenestras_, como dejamos

dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de

contento y satisfaccion su inocente entusiasmo.

Vuelto en seguida á Stúñiga, justicia mayor del reino,—Diego Lopez,

le dijo su alteza, dispondréis que mañana sea la última audiencia que

dé en esta villa á los fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar

inmediatamente á Otordesillas, adonde se trasladará la corte por

ahora. Quiero que al separarme de esta mi villa predilecta puedan mis

vasallos venir á implorar á los pies del trono la justicia que puedan

necesitar. Recuerdo ademas, condestable, añadió volviéndose al buen

Ruy Lopez Dávalos, que he suspendido en dos ó tres casos decisiones

de grave interés, prorogándolas hasta el momento que tan felizmente

ha llegado.

Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen

gesto como don Luis Guzman el intruso maestre. Antes, llegándose al

oido del astrólogo,—¿Habeis oido? le dijo. Mañana dará orden de que

se reuna el capítulo de Calatrava, y mañana acaso fijará el dia de

nuestro combate.—No hay tiempo que perder, repuso en voz baja tambien

el judiciario.

Don Luis Guzman y Macías echaron cada uno por su parte una mirada

significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El

resto del dia se empleó en preparativos para el viaje que la corte

disponia, y la noche en músicas y en danzas, en que los ministriles y

juglares divirtieron no poco á todos con sus juegos y arlequinadas,

farsas y bufonerías.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 14 / 18 题