E si por ventura quieres
saber por qué soy penado,
plácete, porque si fueres
al tu siglo trasportado,
digas que fui condepnado
por seguir damor sus vias,
é finalmente, _Macías_
en España fui llamado.
_D. Enr. de Villen. Infierno de los enamorados._
Suponemos de buena fé que pocas de nuestras lectoras se habrán
encontrado en la situacion de Elvira, si bien no nos atreviéramos
á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del
encerrado doncel. Era efectivamente aquella bastante estraordinaria.
En valde habia dirigido la virtud mas rígida todas las acciones y
palabras de Elvira: en valde habia resistido, á costa de los mayores
tormentos, á la encendida pasion de su imprudente amante. Una
inesplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba.
Ella habia inspirado inocentemente una pasion frenética, que solo
podia emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la
abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijon en la herida
que hace, Elvira no habia ganado el corazon del doncel sino á costa
del suyo. Mas virtuosa, como muger, luchaba mas tiempo, pero luchaba
con un enemigo mas fuerte que ella, y solo la mano del Todopoderoso,
que acababa de implorar, podia salvarla del hondo precipicio que ante
sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle?
Era, pues, tan inocente como desgraciada.
La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira, habia alcanzado al
doncel. Habia bebido sin saberlo la ponzoña que corria por sus venas.
Largo tiempo habia luchado tambien el deber con el amor; pero un
concurso de circunstancias no buscadas le habian venido á poner en
tal estado, que asi le era facil sacudir el yugo, como le es facil á
la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador.
La puerta del gabinete donde Macías habia entrado era compuesta de
dos altas hojas, construidas segun el gusto gótico, ó por mejor
decir, gótico arabesco, que tenian entonces todos los adornos
arquitectónicos. Pero en cada una de sus hoyas una ventanilla cerrada
por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco mas ó menos de una
persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable
facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos
estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se
hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas,
que no tenia mas luz que la que del salon inmediato recibia.
El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de
llorar, una indefinible tristeza que oscurecia sus facciones, como
una nube oscurece el dia, y cierta agitacion particular, hija del
temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho
interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera
sido á los tiros del amor. Hacia tiempo por el contrario que no habia
tenido Hernan Perez un dia que tanto hubiese contribuido á disipar su
natural melancolía. Habia cazado con su alteza y con don Enrique de
Villena, que ambos á dos le habian colmado de favores: aquella habia
sido la primera vez que se habia hallado en público en calidad de
caballero, y el corazon del hombre es harto débil para no lisonjearse
de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su
satisfaccion; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella
con un semblante mas animado y franco de lo que comunmente solia.
—¿He tardado? ¿no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un
hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado?
—No, Hernan: antes paréceme que habeis venido...
—¿No me esperábais todavia? Esta es la suerte de los maridos. Nunca
se los espera.
—¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazon habia penetrado
esta casual alusion.
—¿Estais triste, Elvira? continuó Hernan acariciando al pájaro
distraidamente. Cualquiera diria que habíais cometido alguna accion
de que tuviéseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un
amante, ¿no tendríais la cara mas lastimosamente melancólica? Si he
venido á haceros mala obra...
—¡Esposo mio! esclamó Elvira destrozada en su interior, sabeis que
ha tiempo que la debilidad de mi cabeza...
—Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernan. Tambien
está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba
de cambiármele por el mio: ha cazado tan bien esta mañana, que ha
querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Quereis creer que
cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras
tantas ha vuelto con la presa? Solo una vez que le solté yo se vino
con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.—¡Ea!
dijo; Vadillo, hoy no estais para cazar. Hoy no cogeréis pájaro
ninguno... ¿Qué teneis, Elvira...? Sobre eso fue tal la rabia que
concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente,
no era mi estrella cazar hoy. De alli á poco su alteza se empeñó en
que le soltára su doncel favorito... y tambien cazó, pero yo nada.
Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alterais? esa
agitacion... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborreceis?
¿recordais por ventura...? Pero veo que os incomoda demasiado.
Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamas ya. Volviendo á la
caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en
cambio del mio, y ¡par diez! que está triste. Acaso habrá dejado
su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de
fidelidad, ¿no es verdad, Elvira? Capaz será de morirse. ¡Azor!
¡azor! Solo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se
parece á mí: pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡por que en
eso se parece á vos!
Volvia Elvira la cabeza á una y otra parte: tosía, bostezaba,
cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitacion que en su
esterior se notaba, era comparada con el desorden de sus pensamientos
y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie
del mar, azotado por una blanda brisa, comparada con el furor y
embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo
una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele
otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del
encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni
la terrible simpatía que entre aquella situacion y el diálogo del
hidalgo reinaba.
Comenzó éste á parar la atencion en el singular estado de su
esposa.—Os entiendo, Elvira, dijo despues de un momento de pausa,
os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han
menester testigos, y vos teneis sin duda algun secreto que fiarme.
—¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís...?
—Sí; Jaime, continuó Hernan Perez, yo te llamaré.
—Ah, dejadle, señor: el page no incomoda...
—No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape
sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no
puede sino honrar mi casa.
Preciso le fue al page obedecer. La orden estaba dada de una manera
muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado solo
hubiera conducido á dar sospechas.
Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al page,
bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero
díjole en realidad al oido:—Jaime, vuelve dentro de un momento; si
he conseguido apartar de aqui á Hernan Perez, facilita la salida al
caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!
—Bien, querida prima, respondió el page en voz alta, no es este el
primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará
como merece. ¡Azor! ¡azor! se fue diciendo en seguida, y saltaba al
mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente
atolondramiento de su alocada edad.
—Pienso, Hernan Perez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el
aire libre me sentaria bien. Si quisiérais, pudiéramos...
—Esposa mia, repuso Hernan Perez, cuyos deseos de conversar á solas
con Elvira irritaban mas y mas los obstáculos que se le querian
oponer, no lo creais. Se ha levantado un viento fuerte, que solo
podria perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter,
Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han
hecho usar con vos de algun tiempo á esta parte. El corazon del
hombre se cansa del silencio: llega un caso, por fin, en que
necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria,
Elvira, una larga esplicacion.
—¡Dios mio! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo!
resignada con esta breve oracion mental, sentóse trémula y agitada
al lado de Hernan, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela
cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó
clavando tiernamente sus ojos en los de ella.
—Sí, Elvira, oidme. Si os creyese una muger vulgar, una muger capaz
de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriria mi corazon.
Pero ¡ah! vos sois víctima tambien hace ya tiempo de esta fatal
reserva que ha helado nuestra existencia. Maldicion sobre el ser
impasible y yerto, que cerrado siempre para sus semejantes, vive solo
dentro de sí y solo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á
vivir atado á un cadáver.
—¿Qué decís?
—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado:
sé que una inclinacion á que dísteis acaso demasiado imperio sobre
vuestro corazon...
—¡Hernan Perez! esclamó asustada Elvira.
—Sí: ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, mas acaso de lo que la
misma amistad tiene derecho á exigir.
—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con mas
serenidad.
—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar zeloso de
él. Nace de un corazon generoso; pero...
—Permitidme que en ese punto no dé oidos, señor, á vuestras
reconvenciones... dijo Elvira pensando mas en abreviar el diálogo que
en meditar prudentemente sus respuestas.
—¿Es posible, Elvira, es posible?
—He jurado guardar silencio...
—¿Pero cuál misterio...?
—Permitidme que calle ahora: algun dia sabreis, y no está lejos tal
vez, que esa misma amistad que me echábais no ha mucho en cara, os
hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no
he creido faltaros...
—Dejemos en buen hora ese punto, si tanto os incomoda, Vengamos á
otro. Sabeis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin
embargo...
—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, esclamó Elvira
precipitándose á los pies de Fernan Perez.
—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente; ¿pero basta acaso
en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo
tambien? Oidme. Vos sabeis cuánto os amé: os conduje al altar, partí
con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay
un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.
—¡Ah! señor, acaso os deslumbre...
—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra
me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ese fue el depósito
sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habeis guardado, Elvira?
—¡Señor! esclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro
á mirar con la mayor agitacion al gabinete.
—La verdad, Elvira, y nada mas. Mirad; yo os pedí vuestro corazon, no
os lo robé: yo no os dije _sereis mi esposa_, sino ¿_quereis serlo_?
¿Para qué pensásteis que enlacé á mi suerte la de una muger? Para
hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad
de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed,
Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo
exigís. Hoy es tiempo todavia; mañana no lo será tal vez.
—¡Ah! esclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habeis dudado,
esposo? Si viérais sin embargo mi corazon, si viérais cuánto ha
padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernan, ni sé
quién soy.
—No os turbeis, Elvira, tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amais?
—¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros?
—Basta, Elvira; de hoy mas mis labios se sellarán: vuestra palabra va
á guardar en lo succesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira!
Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió
á esta enérgica esclamacion. Elvira al oirla miró dolorosamente al
gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio
de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo
resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imágen de cuanto
deberia sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan
amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernan
Perez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de
esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan
con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazon.
—Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de
entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas...
—¿Que os perdone, señor? esclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á
mí...
Al llegar aqui anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y
no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de
vergüenza y remordimiento, y una espansion espontánea de generosidad
se habian apoderado de ella. Un momento menos de reflexion, y
la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su
deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavia. La menor
imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos
al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías, Macías! dijo para
sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte!
—¡Me ama, me ama como el primer dia! esclamó Hernan Perez con loco
frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura
frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de
rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido
mas bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los
de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está
el ignorante pasagero que duerme con placer á la pérfida sombra del
nogal.
Tambien el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que
resonó en su corazon como la voz de la verdad en la tumba. Helóse
su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de
su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la
hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí
solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la
ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla
como un mimbre delicado.
—¡Se aman, se aman! esclamó el doncel con voz ronca y apenas
inteligible. ¡Maldicion, maldicion sobre ellos y sobre mí! Y una
lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo
largo de su mejilla, fria como el mármol.
[Ilustración]