CAPITULO XXIII.

¿Qué mal teneis, caballero?

¿Querédes me lo contare?

¿Teneis heridas de muerte?

¿O teneis otro algun male?

—Háme herido Carloto,

su hijo del emperante,

porque él requirió de amores

á mi esposa con maldade;

porque no le dió su amor,

él en mí se fué á vengare,

pensando que por mi muerte

con ella habia de casare.

_Rom. del marques de Mántua y Valdovinos._

Cuando Elvira fue sacada de la mano por el astrólogo fuera de su

cámara, á la inesperada entrada de Fernan Perez de Vadillo, apenas

tuvo tiempo aquel de indicarla que habiendo informado ya á su alteza

de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á

su habitacion tranquilamente hasta el dia en que, realizándose el

combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su

acusacion, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que

habia escogido por campeon. Pero por una parte ella esperaba ya este

resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podia

dar lugar á la reflexion; asi que, huir debió ser su primer cuidado.

En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un

esceso de amistad poco comun, y animada del espíritu caballeresco

y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en

aquella época, se habia lanzado á un acto de generosidad que nadie

podia reprocharle con razon fundada. Conociendo que no podia vengar

á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde,

de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza

le habia inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se habia añadido

otra importante consideracion: no conocia en la corte de don Enrique

caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para

que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á grangearse;

pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la

posicion en que estaban uno respecto de otro, y demasiado virtuosa

para no tratar de huir de toda ocasion en que pudiese aventurar

aquel verbalmente una declaracion que ya tantas veces le habian hecho

sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no habia, pues,

en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella

especie de reserva que con él habia guardado, reserva tanto mas

disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo,

enteramente independiente de Elvira, y que no podia por consiguiente

haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo,

puesto que solo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del

modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á

quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él,

y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las

cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola

con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabia, y el lector

sabe perfectamente, que no podia ser argumento contra ella. Pero el

lector sabia acaso una cosa que Elvira no sabia por lo visto, ó que

no habia reflexionado bastante, y es que no hay posicion mas falsa

que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para

otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio

hace aparecer culpables las cosas mas inocentes, y por otra parte

es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables,

acaso no podia ella decir otro tanto de sus pensamientos, por mas

que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos

reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que

nos tenga el mundo por inocentes. Si solo hubiera abrigado Elvira

indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creido perdida al

ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que

Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo: y segundo, que

para ser malo es preciso serlo del todo: una muger menos virtuosa que

Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella

misma su seguridad, porque hubiera calculado mas y dominado mejor sus

emociones.

Su primer pensamiento fue huir sin saber adonde; pero á poca

distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginacion

las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento

antes: era inocente; declararia á su esposo francamente su

posicion, y esta franqueza le grangearia mas y mas su aprecio. ¿Y

adónde podia dirigir sus pasos sino á su habitacion? Cualquiera

otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en

último resultado nada podia echársele en cara, pues que habia sabido

resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada habia en su

conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no

sin luchar algun tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el

recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre

mas peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla

seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecision.

Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse

ya mas libremente á reflexionar sobre su verdadera posicion.

La primera idea que entonces le ocurrió fue el riesgo de un próximo

rompimiento en que habia dejado á Macías y á su esposo. Segura

empero de que en nada habia ofendido á este último, é ignorante al

mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algun

tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo

suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agregaba la

reflexion de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la

cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta

el punto de realizar sus temores; y para el otro dia se prometia

haber desvanecido ya todo género de duda en el corazon de Vadillo con

respecto á su conducta, porque en esta materia las mugeres suelen

contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su

sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Mas serena con estas

reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad

que en su posicion cabia, si bien sin hacer caso de las continuas

interrupciones con que el pagecillo cortaba de cuando en cuando el

hilo de su meditacion. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos

recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que

tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el

peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra

ocasion mas propicia de averiguar las penas que debian afligir á su

hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincon de la pieza por ver

si le llamaba al cabo de un rato de desvío, pero no habiendo surtido

tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un

rato profundamente dormido con aquel sueño que tan facilmente se

toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro page

alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al

mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin despues de horas enteras

de ansiosa espectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo

que esperaba!

Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la

vista de Elvira fue Fernan, llevado en brazos de dos siervos del

conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no

pudo rechazar por mas tiempo la horrible realidad, arrojóse hácia él

exhalando un ¡ay! que salia de lo mas hondo de su corazon, y que hizo

abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse

casi en el mismo instante. ¡Vive! ¡vive! esclamó la desdichada

esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos

para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le

traían mil preguntas, que se sucedian tan rápidamente unas á otras

que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios

mio! ¡Dios mio! esclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernan

Perez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido

rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos

del herido entre las suyas, acercaba estas otra vez á su corazon

por ver si palpitaba todavia... en una palabra, en aquel momento

Macías entero habia desaparecido de su imaginacion: su esposo,

herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la

ocupaba toda. Toda lucha habia desaparecido, y el mas débil, el mas

necesitado triunfaba entonces en su corazon de muger.

Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del

doliente hidalgo: otros personages de nuestra historia reclaman por

ahora nuestra atencion. Con respecto al caballero, no habia salido

tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus

heridas algun cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á

las puertas de Madrid y al alcázar poco despues que su adversario.

Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un

maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente

á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el dia cirujanos,

el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con

tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo

supiera. Aplicóle las yerbas que mas convenientes le hubieron de

parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un

solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el

doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocia en lo distraido

desde su vuelta de Calatrava, habia tenido un duelo singular en

el soto de Manzanares, de cuyas resultas debia guardar el lecho

por algunos dias. Y en atencion á que el escudero de don Enrique

Villena habia necesitado tambien los ausilios del arte, y se hallaba

igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre

los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era dificil

que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable

á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el

verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas

no necesitaron mas para asegurar que éste, cuya natural prudencia

era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable

de responder á la acusacion intentada contra él, y sostenida por

el doncel, habia determinado á su escudero á acometer á aquel,

acompañado de otros varios, una tarde que habia salido á alconear por

el soto de Manzanares; relacion á que daba bastante verosimilitud la

circunstancia de haber vuelto Hernan en brazos de algunos siervos

del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías que habian

notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habian

creido interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor

dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo

una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de

la condesa, no se sabia por quién, tuvieron lo bastante para decir

que el doncel habia puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le

habia parecido bien, segun ellos, al hidalgo, que aunque no era

caballero, era marido, y segun malas lenguas un si es no es zeloso.

A esta version daba algun peso tal cual sonrisa maligna que el

judío Abenzarsal habia dejado escapar en algunos corrillos de la

corte, donde se habia referido el duelo singular. El propalar estas

especies no era en verdad servir amistosamente la pasion de Macías,

ni hacer gran favor á la buena opinion y fama de Elvira; pero hay

autores que aseguran que la amistad no escluye la envidia, de donde

infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las mas

favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinion

arriesgada, creemos mas bien que algun amigo de Macías sospechó

aquella esplicacion como la mas satisfactoria y natural sobre el

lance ocurrido: este en confianza comunicaria su idea á algun otro

amigo, quien la trasladaria á otro bajo la misma fé del secreto, de

cuyo modo fue corriendo la noticia; y como somos defensores acérrimos

de los amigos, en los cuales creemos, como en nuestra salvacion, nos

atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca,

siempre irian acompañadas de aquellas espresiones cariñosas, tales

como: “¡Pobre Macías! ¿Sabeis que el desafío fue por Elvira?—¿Qué

decís?—Sí, no lo digais; pero es indudable: está perdido de amores

por ella; y es lástima ciertamente,” y otras semejantes, que

descubren á cien leguas la mas pura amistad hácia el objeto de tales

conversaciones.

Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores

nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta,

que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquel estaba

harto interesado en guardar el mas rigoroso silencio sobre punto

tan delicado; y á éste no podia convenirle en manera alguna poner

en claro la causa verdadera del desafío, pues tan de cerca tocaba

al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó mas de una vez el

vado con Macías, usando de las espresiones mas afectuosas, pero nunca

pudo recabar nada de él; y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien

quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesion de aquello

mismo que él sabia ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.

Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta

intriga, ya habrá conocido el lector que despues de los escrúpulos

que habian atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde,

habian salido ambos con varios criados en busca de los desafiados,

con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba

peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer

desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como

en aquellos tiempos solian practicarlo los poderosos con los

débiles, y encerrándole despues en alguno de los castillos del

conde; desde donde no hubiera podido volver á poner obstáculos en

su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo

justa ó injustamente. Si este proyecto se habia malogrado, no habia

sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial

consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza,

penetracion y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien luego

que habia visto salir en aquella forma á su señor y al escudero,

no habia dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y

en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro

capítulo anterior. Apenas habia podido distinguir en medio de la

oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que

notó que uno de ellos habia caido, creyó que en todo caso lo mas

seguro era separarlos, y solo al asir del que era realmente su amo

le habia conocido. No sabemos si era su intencion favorecer, como

favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin

su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos

arrojadizos de que se habia provisto antes de salir del alcázar,

acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que

nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan

tambien nuestros lectores.

[Ilustración]

El doncel de don Enrique el doliente, Tomo III (de 4) Historia caballeresca del siglo quince · 第 7 / 18 题