Si Narciso se ahogo
De sí mismo enamorado,
Tened de vos más cuidado,
Pues que ménos se perdió
En haber á vos cobrado.
Y pues más teneis razon
De la que tuvo de sí,
Traed con gran devocion
El mote por oracion,
_Guárdeme Dios de mí_.
Con más razon debe temer de su hermosura, señora doña Leonor, que n’os
acontezca como á Narciso, pues siendo ménos la dél que la vuestra, se
turbó, de sí mismo enamorado, mirándose en una fuente donde cayó y
murió ahogado; mande vuestra merced al Narciso, que habeis nombrado que
traiga consigo el mote por oracion, porque no se ahogue si se turba
mirándose muy hermoso en la fuente de vuestra hermosura.
Dixo Joan Fernandez: Señor don Luis Milan, para celos sería bueno
vuestro requiebro, pues decis que el Narciso que la señora doña Leonor
ha nombrado pasa peligro de ahogarse, mirándose muy hermoso en la
fuente de su hermosura, que si no me engaño, no es feo quien en su dama
se mira Narciso; tales celos como los vuestros no los hay en Portugal.
Dixo la señora doña Ana: Señora doña Leonor, departa vuestra merced
á Joan Fernandez y á don Luis Milan, que si tales cortesanos dan en
alabar vuestra hermosura, no quedará qué alabar para nosotras ni quien
alabe la nuestra, que don Diego Ladron no está para alabarnos, que
tomado está de ojo y don Francisco de boca.
Dixo la señora doña Leonor: Señora doña Ana, no tengo qué departir,
pues no tienen qué partir conmigo los cortesanos que ha nombrado,
depártalos vuestra merced, ó desencante á don Diego y á don Francisco,
que están encantados mirando vuestra gracia y hermosura.
Dixo don Diego: Señora doña Leonor, diga vuestra merced á la señora
doña Ana que si yo estoy tomado de ojo, ella no lo está de boca, pues
no mira lo que habla, sino dígalo don Francisco, que tambien ha muerto
su pájaro como el mio con la piedra que nos ha tirado; cure de su
comendador Montagudo, que va tan ciego de miralla como ella por no
velle, y vayan á Sancta Lucía que los sane.
Dixo don Francisco: Don Diego, n’os maravilleis deso, que la señora
doña Ana se burla de todos por ir de véras con uno, y es su marido, que
lo quiere tanto, que hizo apedrear á su Montagudo una noche porque le
hacia cantar á la puerta: «La bella malmaridada» á un ciego.
Dixo la señora doña Hierónima: Yo quiero responder por la señora doña
Ana por las pedradas que decis que tiró; habeis de saber que no tira
piedras sino quien no piensa tirallas, que en su seso está quien sabe
lo que hace, que no es tirar piedras adonde se debe, pues hay galanes
que lo piensan y no lo son, que para sello, en todo lo deben ser,
que el ojo y la boca, la mano y el pié no se han de mover sino para
contentar á las damas, que don Diego bien mostró estar en pasion y no
en razon, pues habló lo que no quiso entender; que la señora doña Ana
no mató su pájaro ni el de don Francisco, pues no fué la que tiró, sino
piedra iman que nos tira á querella; que no fué mal decir lo que dixo,
que de muy enamorados el uno estaba tomado de ojo y el otro de boca,
que de pensar es que lo hizo para hacelles hablar, pues se perdia mucho
en ellos callar.
Dixo la señora doña María: Paréceme que convidamos don Luis Milan á una
vihuela y dámosle á comer palabras; callemos, qu’es gran desacato que
su tañer calle por nuestro hablar, y este descuido que habemos tenido
merece ser perdonado, pues oyéndole hablar hace olvidar su tañer, y
tañendo se olvida su hablar.
Dixo don Luis Milan: Señora doña María, no he visto descuido con tan
buen adobo como este que vuestra merced ha adobado; no le ponga tal
nombre, que no ha sido sino cuidado para que yo oyendo palabras tan
cuerdas lo fuesen las de mi vihuela, que, remedando armonía, de tan
dulce conversacion saque el mal espíritu de la envidia del cuerpo de
Joan Fernandez, como hacia el arpa de David al rey Saul; y por hacer lo
que me rogó don Diego, lo primero que cantaré será la glosa que hice al
romance de Belerma y Durandarte quando se dejó de servirla, y es ésta:
Ya no es él, perdido está
El que no cura de fama,
Que el galan sin servir dama
Fuera de camino va.
Vuelve, vuelve, caballero,
No quieras desesperarte,
Que en tu amor tan verdadero
Siempre serás tú el primero,
_Durandarte, Durandarte_.
¿Cómo estás de tí tan fuera,
Que tán fuera estás de mí?
Ménos de tí conoscí
Que si no te conosciera.
No te venza la pasion,
Sino la de enamorado,
Y á mayor satisfacion
Prueba y tente á la razon,
_Buen caballero probado_.
No estés tanto sin acuerdo,
Pues tan acordado eras
Que en las burlas y las véras
Nadie se halló más cuerdo.
Para tu mortal dolor
Gran remedio te sería,
Que d’aquel tan gran favor
Aceptarte servidor,
_Acordar se te debria_.
Quien del tiempo se olvida
El tiempo se olvida dél,
Mucho es para sí cruel
Quien lo fué para su vida.
Tanto un tiempo te acordabas
Cuanto fuistes envidiado,
Y pues todo lo alegrabas,
Muestra ser lo que mostrabas.
_D’aquel buen tiempo pasado_.
No parece que pasaba
Cuando el tiempo entretenias,
Las tinieblas despedias
Y la noche se aclaraba.
Tus mayores devaneos
Eran en tí perficiones,
Pues que fueron tus arreos
Cuándo en justas y torneos,
_Cuándo en galas y envinciones_.
Nunca fué tal amador
En amar como tú fuiste.
Siempre alegre sobre triste
Por no descubrir favor.
No porque te hice favores
Á mi costa y á tu grado,
Sino alivio de dolores,
Pues penando sin clamores
_Publicabas tu cuidado_.
Tu mirar fué por mirarme
Con acatamiento y honra,
Nunca fuiste á mi deshonra
Sino para más honrarme.
Durandarte solias ser,
Y dudo haberte conocido,
Porque está sin conocer,
Sin oir, hablar, ni ver.
_Agora desconocido_.
Estos ruegos no lo son,
Pues que yo doy por testigo
Lo pasado, y lo que digo
Abonando mi intincion.
No te ruego yo por mí,
Pues lo tienes tan probado,
Lo que te ruego es por tí,
Que no siendo tú sin mí,
_Di ¿por qué me has olvidado?_