Con alta voz yo cantaré llorando,
Pues es llorar cantar penalidades,
Á fin de bien diré muchas verdades,
Que muchos van por esto sospirando.
Mi fin será que vayan escuchando
Para mostrar las fieras crueldades,
Qu’el dios de amor, por campos y ciudades,
Á sombras va con sombras espantando.
¿Sabeis quién es el dios d’amor nombrado?
Tené por fe qu’es nuestro mal deseo,
Por desear desvergonzadamente;
Desnudo va quien es desvergonzado,
No le creais, que no es Dios ni lo creo,
Que lo qu’es Dios no reina malamente.
Dice Joan Fernandez: Don Luis Milan, vos decis en el presente soneto
vuestro estos versos que dicen:
Con alta voz yo cantaré llorando,
Pues es llorar cantar penalidades.
Maravillado estoy de vos, que nos quereis dar á entender que se pueda
cantar llorando; acompaña-muertos debeis ser, que paresce que lloran
cantando, y queréisnos cantar á muertos entre vivos.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, no os debeis maravillar de
lo que puede ser, que cantar versos de penalidades es llorar cantando;
bien sé que vos lo sabeis mejor que yo, pues sois llorador y cantador
en amores, que de vuestra dama he sabido que una noche os tomó por
mochuelo, que fuera mejor por mozuelo, para parescelle bien vuestro
canto, que por no sello le parecistes mal; sino, dígalo vuestro amigo
don Francisco Fenollet, que se entiende de cantos de mochuelos, si
lo pareceis; pues de aborrecido de las damas, por ser más mocero que
damero, pareceis que llorais cantando.
Dixo don Francisco Fenollet: Señor don Luis Milan, jugador debeis ser
de axedrez, que dais jaque á uno y mate á otro; á Joan Fernandez
dixistes mochuelo, y á mí que me entiendo de cantos de mochuelos; pues
sabed que cantan por vos este cantar:
Pajarero sois d’amor,
Mi señor,
Pajarero sois d’amor.
Sino, dígalo si lo pareceis don Diego Ladron, pues sois de su condicion.
Dixo don Diego Ladron: Señor don Francisco, vos dixistes á don Luis
Milan que debia ser jugador de ajedrez, y vos lo sois de espada de
dos manos, pues con tanto osar acometeis á dos, diciendo que don Luis
y yo somos pajareros en amores, y nuestros pájaros, respondiendo por
nosotros, dicen de vos cantando:
Engañado andais sirviendo,
Nuestro amigo,
Que en amor sois papahigo.
Callad y callemos, que sendas no tenemos, y Joan Fernandez pida á don
Luis Milan que nos acabe á declarar su soneto.
Dixo Joan Fernandez: Señor don Luis, pues sois colmena de miel, acabad
de darnos á comer della sin abejas, que hasta agora no la habemos
gustado sin ellas; pues nos han picado vuestros motes, que todo lo
tenemos por bien empleado porque acabeis el dulce panal de vuestro
soneto.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, y’os agradezco, pues no me
habeis dicho colmenero, que vuestra lengua lo queria decir y vuestro
seso no lo sufrió, por ser tan sabido como donoso; pues en vos se ve
cuanto bien paresce este dicho:
Primero debe venir
Al seso que no á la boca
La palabra, pues nos toca
Para dar muerte ó vivir.
Y pues me hicistes colmena, y’os haré della el colmenero, qué á la
miel me supo el beso, y acabaré de dar á comer el panal de mi soneto,
que, por ser á causa vuestra, será de miel; y pues sois traga-versos,
empezad á comer estos dos, que dicen ansí:
Á fin de bien diré muchas verdades,
Que muchos van por esto sospirando.
Quiero decir que yo diré las verdades á los penados amadores para que
sepan guardarse de las mentiras que se dan á entender, confiándose
mucho para seguir lo que les hace sospirar, como á Joan Fernandez cada
dia le sigue, que se confia merescer en amores tanto, como desmerece
en dexarse engañar de una tercera, que le da á entender ser verdades
las mentiras que le dice para engañarle, y no la quiere creer de las
verdades para desengañarle, como oiréis en este cuento que os diré:
Una tercera de Joan Fernandez emprendió de metelle en casa, diciéndole
que su señora lo sabía, y no era verdad, y encerrólo en un gallinero
dándole á entender que era el más seguro lugar para no ser descubierto,
y que cantase alguna vez haciendo el gallo, que su señora subiria á
esta señal; y como él un dia cantase, la señora dixo: ¿De dónde nos ha
venido este gallo que nos canta en casa? y la criada le respondió: No
lo sé, suba vuestra merced arriba y vello ha; y como las dos subiesen y
la señora viese á Joan Fernandez en el gallinero, díxole: ¿Quién sois
vos que estais ahí? respondióle: Señora, soy el gallo de la pasion; y
la señora se fué riendo y él se quedó hasta la noche, que la criada lo
echó de allí, lleno de piojos de gallinas.
Dixo Joan Fernandez: Pues vos habeis dicho un cuento de mí, yo diré
un otro de vos, y es éste: Sepan que don Luis Milan se halló en una
huerta pasada media noche, y era en una casa fuera de la ciudad donde
él hacia entradas y salidas siguiendo sus aventuras en amores, y, como
quisiese salir, halló la puerta falsa cerrada, y el hortelano tan
borracho que nunca le pudo despertar. Fuéle forzado aguardar hasta la
mañana, y al gran ladrar que un perro de la huerta hacia, el señor de
casa con dos criados salió á ver por qué ladraba el perro. Y don Luis
Milan, que los vió venir en punto de guerra, subióse en una higuera por
no ser conoscido, y con un arcabuz que traia, amenazábales de arriba,
diciendo: Guarda el arcabuz, y ellos decian: ¿Quién sois, quién sois? y
él díxoles: Higo soy, higo soy. Y ellos, finados de risa, abrieron la
puerta y él salió corriendo y ellos dándole grita, al higo, al higo, y
así se salvó por donoso, haciéndose higo, como yo en el gallinero gallo.
Dixo don Luis Milan: Señor Joan Fernandez, si quereis trocar, yo me
comeré vuestro gallo y vos comeos mi higo con el cuarteto de miel que
os daré, que son estos cuatro versos del soneto:
Mi fin será que vayan escuchando
Para mostrar las fieras crueldades,
Qu’el dios d’amor, por campos y ciudades,
Á sombras va con sombras espantando.
Digo que mi fin es avisar que vayan escuchando los que están ó podrian
estar enamorados, para saber las fieras crueldades que el dios de amor
hace por campos y ciudades, desde el mayor hasta el menor, espantando
con sombras que son todas sus cosas, á sombras que no son hombres, como
le ha seguido á don Francisco, que sabiendo que’l dios de amor no tiene
poder si no se lo da el amada para enamorar á su amador, ó el amador
para enamorar á su amada, siendo tan sabido, no se ha podido guardar
destas armas de Cupido, que sombras son para quien resistirle puede, y
el que se deja vencer dél es más sombra que hombre; digámosle, pues,
don Francisco sombra; aparéjese don Diego Ladron á comer la postre de
mi soneto, que son estos seis versos, nombrados tercetos:
¿Sabeis quién es el dios d’amor nombrado?
Tené por fe qu’es nuestro mal deseo,
Por desear desvergonzadamente.
Desnudo va quien es desvergonzado,
No le creais, que no es Dios ni lo creo,
Que lo qu’es Dios no reina malamente.