conformando á esta voluntad el manzano y la manzana, quel uno procede
del otro. Fué tan buena esta invincion como la burla que la señora
doña Castellana pasó diciendo: Señora doña Mencía, yo recibo la merced
que me hizo cuando dixo á la señora doña Violante, mi cuñada, que me
emprestaria celos para que un dia en la semana sea celosa, porque le
han dicho que por no tener celos don Pedro, mi señor, me tiene por
desamorada y vase á buscar nuevos amores fuera de casa; suplico á
vuestra merced me los empreste, que para luégo es tarde lo que mucho
es menester. Dixo la señora doña Mencía: Señora doña Castellana, tome
vuestra merced, que con un abrazo se debe emprestar y volver lo que es
para bien hacer. La señora doña Castellana dixo: Agora que soy celosa
verá mi marido qué cosa son jinetes, por más que él sea buen jinete.
Respondióle su marido: Señora mujer, si como dixo jinetes dixera
jinetas, que son raposas, guardára mis pollos que no me los coma. Dixo
la señora doña Castellana: Pues por mucho que los guardeis yo comeré
dellos. Su marido se rió y dixo: Eso sería la comida que hizo una mujer
de Hierusalen, que, estando cercada por Vespasiano, emperador de Roma,
y su hijo Tito, teniéndola en gran aprieto, al fin de diez años que
duró la guerra, vinieron los cercados en tan gran rabia de hambre, que
una viuda hebrea, de las que estaban dentro la ciudad, dió la muerte á
un solo hijo que tenía mochacho, haciéndolo quatro quartos y comióselo.
Dixo la señora doña Castellana: ¿Esos son los pollos? ¿y de qué gallina
los habeis sacado? que si son vuestros hijos y de buena casta, no los
comeré como la mujer hebrea, sino criarlos he para que no se pierdan,
que los celos de la mujer no han de ser para hacer receloso á su marido.
Salió Joan Fernandez de Heredia y la señora doña Hierónima, su mujer,
con unas ropas de terciopelo azul, recamadas de hilo de plata y oro,
broslados unos ruiseñores, que son páxaros que no cantan ni muestran
alegrarse sino en la primavera, y el mote decia:
Gozan del que yo quisiera
Cantar en la primavera.
Doña Hierónima dióse cata que su marido habia sacado la invincion y el
mote por una prima suya, y con un zuño dijo:
Señor marido,
Hablemos un poco al oido.
Y él respondió:
Señora mujer,
Guárdeme Dios de tal hacer.
Dixo la señora doña Hierónima:
Vos temeis que yo os dixera
Quién es vuestra primavera,
Ques tan falsa para vos,
Como sois falsos los dos:
Decidle ques por demas
Quella me vesite más,
Pues que vuestros ruiseñores
Cantan que me sois traidores.
Dixo Joan Fernandez:
¿Quién os hizo trovadora,
Mi señora,
Quién os hizo trovadora?
Dixo la señora doña Hierónima, su mujer:
Por trovar vuestras maldades,
Digo en versos las verdades.
Que meresceis que yo diga
Que vestis mujer y amiga;
Pues dos jaulas parescemos,
Destas aves que traemos;
Ya nos dicen farsa es ésta,
Paxareros son de fiesta;
Yo me voy, quedaos con Dios,
Que corrida voy con vos.
La Reina, viendo que se iba, le dijo: doña Hierónima, por me hacer
placer, y pesar á quien os quiere mal, que volvais, que nunca se debe
hacer lo que el enemigo quiere. La señora doña Hierónima volvió á la
Reina y dixo:
Señora, con tan gran favor
Yo seré tan socorrida
Que no me veré corrida
Sino por mi corredor.
Dijo Joan Fernandez, su marido:
¿Quién os ha mal enojado,
Mi buen amor,
Que me hicistes corredor?
Respondióle su mujer:
¿Quién os hizo pajarero,
Caballero,
Quién os hizo pajarero?
La Reina le dijo: Señora doña Hierónima, más querria ser vos que
yo, que muy gran cordura es saber enojarse y desenojarse cuando es
menester.
Vino á esta caza don Diego Ladron y la señora doña María, su mujer, y
por lo que le pareció, él no salió vestido de fiesta y ella sí, con
una ropa de terciopelo negro, toda broslada de unas sierpes, muy al
natural, que tenian cortado del pescuezo un tercio y de la cola otro
tanto, y en una montera que de lo mismo traia estaba este letrero:
En el medio está lo bueno;
Que en los estremos
Se pierden los que perdemos.
Paresció esta invincion y mote muy bien á todos y alabáronselo mucho,
y don Diego dixo: Señores, todos pienso que me engañais, si no me
desengaña la señora doña Hierónima, que del señor Joan Fernandez, su
marido, desengañado estoy, que las más veces burla alabando el que
va lisonjeando. Dixo la señora doña Hierónima: Señor don Diego, pues
yo no soy lisonjera, dice mi marido que tengo mala condicion, yo
tengo por mal acondicionado el corazon falsificado, que por eso se
dice: vé con él y guarte dél. Lo que yo siento de invincion es, que
á nosotras habeis hecho sierpes y á vos apoticario, que para que nos
puedan comer, que no emponzoñemos, nos habeis hecho sacar á la señora,
vuestra mujer, cortadas las cabezas y colas, mostrando que las mujeres
tenemos la ponzoña en la cabeza y en los piés, de mal parleras y muy
andariegas, y encobris esta malicia con el aviso que dais en el mote,
diciendo: _En los extremos se pierden los que perdemos._ Vos y mi
marido sois en esto médico y apoticario, que ordenais contra mujeres.
Yo creo que tan poca paz tiene su mujer en casa como yo en la mia, pues
no son portapaces los maridos que son desplaces. Dixo don Diego: Señora
doña Hierónima, yo no pensé decir tanto, ni he dexado de tocar mucho,
mas yo, de lo mucho que dixe, no he querido decir tanto de lo malo que
vuestra merced ha sacado; y por esto se dice: no hay nada mal dicho si
no es mal tomado, como ha hecho agora vuestra merced, que ha sospechado
que para decir mal de mujeres hice sacar á mi mujer doña María las
sierpes por invincion, y no ha sido sino por la semejanza que tiene
la sierpe á lo que dice el mote, y es que así como tiene en el medio
gran virtud, y en los estremos, que son la cabeza y cola, ponzoña, así
se ve que en el medio está lo bueno, donde consiste la virtud para
bien obrar, que en los extremos, que hacen perder, se pierden los
que los siguen. Mi intincion no fué hacer sierpes á las damas, mas
vuestra merced, para hacernos médico y apoticario, á vuestro marido y
á mí, contra mujeres, habeis hecho esta glosa, y lo demas, dexo á Joan
Fernandez, su marido, que lo dirá mejor que yo. Armóle á Juan Fernandez
ir á la mano á la señora doña Hierónima, por vengarse de las que ella
le habia dado y dixo: Señora mujer, quien tiene la cola de paja, del
fuego se teme; como vos sois una sierpe para mí, habeis sospechado que
el señor don Diego Ladron las hizo sacar para motejar á las mujeres,
y cuando por esto lo hubiese hecho, no teneis que enojaros, pues se
dice: sed prudentes como serpientes, esto tienen por quien las crió,
que es la prudencia, y la ponzoña por la serpiente, que á la primera
mujer engañó; ya veis qué mal os viene porque os hayan acomparado á
serpientes, diciendo la mesma verdad que son de su naturaleza sábias,
y cuando no lo quieren ser es por creer á Lucifer, que les dice que
hagan lo que les vedan. Respondió la señora doña Hierónima y dixo:
Señoras, preicador es mi marido y yo no lo sabía, sepamos dónde preica
la cuaresma y vamos á oille, yo creo que será á casa de don Anton
Vilaragut, que por lo que allí hace y dice le hizo don Luis Milan
una obra, donde le hace en ella Adan y á doña Antona Vilaragut y de
Heredia Eva; que no se cazaria mejor cosa en esta caza que don Luis
Milan la hiciese correr por aquí como á liebre, á ruego de todas las
damas, que yo creo que lo hará si una dama de las que han salido aquí
se lo manda, que nadi puede mandar si no es bien mandado. Dixo Joan
Fernandez: Señora mujer, si tales liebres levantais contra mí en esta
caza, yo las haré correr á mis galgos. Respondió don Luis Milan: Señor
Joan Fernandez, si la dama que la señora doña Hierónima, vuestra mujer,
ha dicho, lo manda, mis coplas saldrán, y no serán vuestros galgos tan
corredores que las corran, pues nunca las mias quedaron corridas de las
vuestras.
Salió don Francisco Fenollet á esta caza, y la señora doña Francisca,
su mujer, vestidos de monte, con ropas y monteras de terciopelo
amarillo, aforradas de tela de plata, con muchas guchilladas y
prendederos de oro, y el mote decia:
Sus ojos son prendederos
Que los mios aprendaron;
Amarillo me dexaron,
¿Cómo pude meresceros?
Dixo don Francisco: Bien habeis escaramuzado con la señora vuestra
mujer, señor Joan Fernandez.
Caballero de frontera
Sois en todo, mi señor,
Siempre escaramuzador
Por de dentro y por de fuera.
Respondióle Joan Fernandez:
Don Francisco, ballestero,
Con virote habeis tirado,
Que muy mal está encarado
Quien hiere su compañero.
Don Diego Ladron, que vió escaramuzar á motes á don Francisco y á Joan
Fernandez, entró en la escaramuza y dixo:
¿Jugais á pasa Gonzalo?
Señores, decídnoslo,
Que tambien jugaré yo,
Si Joan es el Gonzalo.
Don Luis Milan atravesó como á valedor de Joan Fernandez, y, mostrando
defendelle, le hirió sin sacar sangre y dixo:
Dexad vos ese mi Joan,
Que no sufre papirote,
Sino á quien le da en el mote
Más del palo que del pan.
Joan Fernandez revolvió sobre don Diego y don Luis, y con una piedra
mató estos dos páxaros y descalabró á don Francisco, diciendo:
Mirad qué Milan y Diego,
Para competir conmigo;
Don Francisco, nuestro amigo,
Sedles vos mozo de ciego.
Vino á esta caza don Miguel Fernandez y la señora doña Ana, su mujer,
con ropas de monte de terciopelo naranjado, llenas de muchos oidos
broslados, que estaban entre unas obras, que hacian muy buen matiz,
de cordoncillo de hilo de plata y seda verde; y los motes que en sus
monteras traian, decia el del marido:
Todo estoy hecho oidos
En sentiros, por oiros.
Y el de la señora doña Ana, su mujer, decia:
Toda estoy hecha oidos,
Del que oigo de maridos.
Dixo don Miguel Fernandez: Señora mujer, vuestros oidos querria ser,
por oir si os dice algunas mentiras contra mí vuestra Castellana
Marinuevas, que por vuestra autoridad no la debríades escuchar,
que mujer novicholera, nunca fué buena casera. Dijo la señora doña
Ana: Señor marido, vos querríades ser mis oidos, yo querria ser los
vuestros, por saber si es verdad lo que decis en vuestro letrero, que
os volveis todo oidos en sentirme por oirme, que yo creo lo debeis
decir por huirme, segun huis muchas veces de casa; que el marido mal
casero canta en otro gallinero.
Salió á esta caza don Baltasar Mercader y la señora doña Isabel Ferrer,
su mujer, vestidos de terciopelo verde, con muchas flores de jazmil,
brosladas de hilo de plata, y el mote decia:
Como flor es de jazmil
El amor de poca fe,
Que entre manos secasé.
Dixo don Baltasar Mercader: Señora mujer, ¿cómo le paresce este nuestro
letrero que hice para decir una gran verdad? Respondió la señora
doña Isabel: Señor marido, mucho querria saber en quién ha probado
vuestra merced esta verdad, que por mí no se puede entender. Dixo don
Baltasar: Señora, muy poco há que se probó con la vida de mi hermano
don Berenguer Mercader, que murió de amores por una dama que se le
casó, pensando que estaba tan casada en la voluntad dél como no lo fué,
pues pudo casar con otro y descasar á quien tan casado estaba de amor
con ella; no digo que por ser mujer tuvo poca fe, sino porque no fué
hombre en agradescer, que tan de véras es el amor que mata, como es
de burlas el que no da vida; pues piensan que todo le es debido á la
dama que matando pone en fama. Dixo la señora doña Isabel, su mujer:
Señor, dicho me ha la señora doña Ana Mercader que le ha parescido
muy bien todo lo que vuestra merced ha dicho, sino tacharnos á las
mujeres de poca fe, y alabar á los hombres de agradescidos, que no
quedan desculpados los que culpan á mujeres, si ellos quedan infamados;
y lo más dirá la dama que he nombrado, pues lo siente mejor que yo.
Respondió la señora doña Ana Mercader: Señora doña Isabel, no tengo
parescer sino el de vuestra merced; aquí está don Luis Milan, que,
yo creo, segun ha escuchado á vuesa merced, que guarda muy bien esta
razon que ha dicho, y ella es tan avisada que descubrirá el parescer
de algunos para mostrar lo que sienten, pues hay razones que no
debrian hablar en ellas, sino el que puede entendellas. Entendamos
por qué trae las víboras en el vestido que ha sacado, que bien viene
invincionado, y dígalo, por vida de quien las sacó.
Dixo don Luis Milan: Señora doña Ana, lo que se debe callar no es de
decir, y lo que se puede decir no es de callar. Las mejores invinciones
son las que ellas mismas hablan sin letrero, y éstas apénas las hallan
sino los bien invincionados cortesanos, como fué el Almirante de
Castilla, que traia un corazon de piedrazufre, que nombrándole, dice la
intincion del que le trae; y don Fernando de Torres, baile general de
nuestra Valencia, que sacó la vela de la nave que nombran contramesana,
que claro dice: contra mí es Ana; y nuestro caballero valenciano don
Baltasar Romani, que traia un sino de libra, que es uno de los sinos
del cielo, que esta invincion quiere decir: si, no, delibra; como es
verdad que si ó no delibra al que espera. Y un otro que por Ana traia
una partesana, que claro dice: parte es Ana, queriendo decir que Ana es
parte para matar ó dar la vida; y ésta que yo he sacado, que son las
víboras, que ellas mismas son el letrero, pues dicen por el que las
trae, vivo horas, que bien se puede decir que en esta vida no se vive
sino horas;
Que las horas del pesar
Más son que las del reposo,
Pues que se puede mudar
Lo venturoso.
Y el que se acordáre desto no estará sin sintir,
Que las horas del pesar,
Que es el morir,
Más son que las del placer,
Que es el vivir.
Salió don Berenguer Aguilar y la señora doña Leonor Gualvez, su mujer,
con unos vestidos de terciopelo leonado; y el marido traia unos
círculos redondos de plata, con un leon de oro dentro dellos, que
tenian este letrero:
Leonor de oro es mi invincion,
Como muestra este leon.
Y la mujer sacó unas águilas volando, brosladas de hilo de oro, y en
una montera traia el mote que decia: _Tras águilas fué mi volar._
Dixo don Berenguer á la señora su mujer: Una dama me ha dicho que por
haber casado con vuestra merced me pueden decir el marido de la gala y
que no me faltaba sino que me dixesen Martin, pues ya tenía la gala.
Dígame cómo se ha de entender esto, que yo no lo entiendo.
Respondió la señora doña Leonor: Señor, pregunte vuesa merced al señor
Joan Fernandez, qué quiso decir esta dama, que no la entiendo, por qué
queria que le dijesen á vuestra merced Martin, si ya no es ella por
quien se dixo esta cancion,
¿Por qué no tramas tela,
Di, Berenguela?
Respondió Joan Fernandez: Señora doña Leonor, pues vuestra merced lo
manda, y el señor don Berenguer se lo rie, digo que esa dama quisiera
ser Berenguera, y como no lo ha sido, se burla de lo que ella quisiera
ser burlada, y quiere decir que pues el señor don Berenguer alcanzó
renombre de marido de la gala, que si le dixesen Martin le dirian
Martingala.
Don Berenguer se corrió de la risa que este apodo levantó, y dixo:
Señor Joan Fernandez, ese nombre mejor sería para vuestra merced, pues
un tiempo usó la martingala en las calzas, quando se iba de cámaras de
baxas coplas, que contra don Luis Milan trobó, que pullas las llamo
yo. Respondió Joan Fernandez: Si el Milan dice que son pullas, yo lo
otorgaré, y de otra manera no. Dixo don Luis Milan: Pues el Sr. Joan
Fernandez se fia de mí, yo no digo que son pullas, sino repullones, y
dígalo su excelencia, si fueron coplones lo que respondió á mis coplas,
y séanos juez.
Respondió el Duque: Si yo tengo de ser el juez, para bien juzgar he de
oir las dos partes cuando yo daré audiencia, que será mejor despues
de haber cazado, porque los monteros traen los sabuesos que no los
pueden tener de sentir los puercos, que no deben estar léxos; y en esto
levantaron un gran puerco, y maltrató los perros que le asieron, y el
Duque demandó una porquera y mató al puerco, y presentóle á la Reina
con este requiebro:
Un muerto presenta á otro;
Que el amor
Mata y hace matador.
La Reina respondió al requiebro del Duque con una risa, y dixo, á mí me
dicen: _Je vus entendo ben._ Y el Duque respondió: Y á mí me nombran
_Sans mal pensier_; y porque es así como digo, qualquier de la compañía
que mate caza, preséntela á quien quisiere y no á mí, por quitar de
sospecha á vuestra alteza que la tomo para presentalla á damas; pues no
quiero hacer presente sino á quien no soy ausente, que es á la Reina,
mi señora. Levantóse un otro puerco muy fiero, y matóle don Luis Vique,
y presentóle á la señora doña Mencía su mujer, con este requiebro:
Presento de lo que dais,
Muerto, pues que vos matais.
Dixo la señora doña Mencía: No sabía yo que fuese matadora, por esto
el médico de nuestra casa no sabía decirme el otro dia qué mal era el
de vuestra merced; agora veo que mejor están los amadores enfermos que
estando buenos.
Dixo el Duque: Señora doña Mencía á esa razon no se le puede responder
estando á las manos, sino á las lenguas en conversacion de damas, y no
entre puercos. Yo me acordaré della á su tiempo, porque vuestra merced
nos la haga de dárnosla á entender. Salió un puerco muy bravo que puso
espanto á todas las damas, porque iba entre las mulas, y mató la de
la señora doña Violante Mascó; y don Luis Margarite, su marido, saltó
del caballo y púsose á las espaldas su mujer, y el puerco vino para
ellos, y este galan le puso la espada por la boca hasta la empuñadura,
y muerto el puerco, dixo este requiebro:
Cuando en vos me vi salvar
De la muerte que moria,
Nunca llegaré á pagar
Con esta muerte la mia.
Dixo la señora doña Violante, su mujer: No me ganaréis á requiebros más
de lo que ya me habeis ganado, y respondió con este otro:
Si de muerte os he librado,
Fué porque vos me librastes;
Con lo que vos me pagastes
He pagado.
Don Pedro Mascó se fué con los monteros de ciervos, y no tardó mucho
á venir con un ciervo que habia muerto, y trúxole con los cantores
del Duque que delante dél venian cantando: _Sicut cervus ad fontes
aquarum_, viene el ciervo del marido que su mujer le ha herido.
Dixo la señora doña Castellana, su mujer: Señor don Pedro, el que hizo
ese cantar muy gran verdad ha dicho, porque así como el ciervo herido
va á las fuentes de las aguas, con el mismo deseo viene el marido á su
mujer, si della ha sido herido ántes de casar.
Dixo el Duque: Señora doña Castellana, guardemos esa razon, que hay
mucho que decir, para la conversacion que se terná en la comida desta
caza, que yo la sacaré por postre, pues á vuestro marido le dió tan
buenas primerías.
Dixo la señora doña Hierónima, mujer de Joan Fernandez: Señor Duque, su
servidor y mi marido he visto de aquí trabado con un puerco al pié de
aquel montecico, y parésceme que su caballo está mal herido; mándeme
dar un caballo y una lanza, que yo le quiero socorrer. Héle allá, agora
le veo, y está á pié, muerto debe ser su caballo. Socorrieron el Duque
y todos los caballeros, y hallaron á Joan Fernandez á caballo sobre el
puerco, asido de las orejas con la mano izquierda, y con la derecha
dándole de puñaladas, que ya le tenía casi muerto, caido entre sus
piernas. Levantóse de tierra y vió venir con el socorro á su mujer, con
un caballo y una lanza á la jineta; y como su marido Joan Fernandez
la vió venir de tal manera, rióse v díxole: doña Hierónima, ¿á quién
veníades á socorrer, á mí ó al puerco?
Y ella le respondió: Yo os respondo con lo que dixo el Duque de Ferrara
en un socorro que hizo á los franceses contra los españoles en la
batalla de Rávena, que viendo los dos campos muy trabados y perdidos,
para acaballos del todo, mandó desparar su artillería á todos y dijo:
_Tutti son inimici._
Rieron mucho y Joan Fernandez respondió: Señora mujer, pues decis que
á los dos teneis por enemigos, á mí y al puerco, bien será que yo le
presente á la primavera vuestra amiga, que nos terná por amigos, con
este mote:
Recebid este presente
Mi seniora primavera,
Que mi mujer le comiera,
Sino por un accidente.
Respondióle doña Hierónima: Sepamos por qué decis que yo comiera el
puerco, sino por un acidente, que ninguno tengo para dejar de comelle,
sino ser mal casada.
Dixo Joan Fernandez: Pues sabed, señora mujer, que, hablando de véras,
el puerco es vuestro, que matándole me dixo: Yo me dexo á tu mujer, y
así os le presento con este cantar:
Mal casada, no te enojes,
Que me matan tus amores.
Y ella le respondió con este otro:
¡Ay, señoras, si se usase
Que quien mal marido tiene
Que lo dexase!
Y así se volvieron cantando y riendo, para alegrar á las señoras, que
tristes estaban hasta que vieron á Joan Fernandez sin peligro.
No muy léjos deste placer donde estaban, se levantó un puerco muy
fiero, y don Diego Ladron tomó una lanza y fué para él, y dióle una
lanzada por los costados, que le pasó de parte á parte; y el puerco le
rompió la lanza con los colmillos, y le hirió el caballo, y dixo estas
palabras: Mahoma, no me faltes.
Joan Fernandez se rió, diciendo: A no decirse vuestro caballo Mahoma,
pensáramos que sois moro.
Respondióle don Diego: Mas ántes yo lo soy despues que moro con vuestra
amistad, aunque más lo parescistes vos el tiempo que trujistes la turca
de grana, que enojastes en traella á dos veranos de caliente y á tres
inviernos de frio, que don Luis Milan se acordó desto en una copla que
os hizo haciéndoos turquesa quando sacastes una ropa larga, de paño
azul, como la que traen los pregonamuertos de la cofradía de Santiago,
que si don Luis Milan la quiere decir y vos no os correis, seréis mucho
de palacio.
Dixo Joan Fernandez: Sólo por paresceros cortesano sufriré papirotes
del Milan, cuanto más coplas.
Dixo don Luis Milan: Bien será decilla, y no os corrais, que de color
os mudais.
No se vió mejor empresa,
Ni azuleja más galana,
Tan turco sois con la grana
Como con lazul turquesa.
Azulejo, mi señor.
Turquesa contra caida;
No tengais ningun temor,
Que no caeréis de amor
En vuestra vida.
Dixo Joan Fernandez: Pues habeis empezado la escaramuza de coplas, vos
seréis como Moriana, bien servida y mal contenta de mis respuestas;
y recebid ésta con perdon que os hace búfalo, por ser animal que
aborresce la grana, y á toda cosa que con ella está. Pues mi ropa azul
aborrecistes por vos haber sacado tras ella mi turca de grana que me
quisistes matar á motes cuando la traia, así como el búfalo quiere
quitar la vida á quien la trae; y la respuesta que doy á vuestra copla
es ésta:
Nombrar mi ropa azuleja,
De azulejo fué tomado,
Paresce que habeis sacado
Vestido de ropa vieja.
Turco y turquesa me heciste,
Corriste carrera vana,
Búfalo me parecistes,
Que lazul aborrecistes
Por la grana.
Don Francisco Fenollet, como no es muy amigo de cazar puercos, siguió
á los monteros de ciervos, y vino con un ciervo cariblanco, que tenía
el pié derecho negro, y cuando fueron en vista y oida de la señora doña
Francisca, su mujer, venía delante del ciervo cantando Olivarte, cantor
del Duque, este romance:
Aquel ciervo cariblanco
Que corre por aquel llano,
Quien fuere mi caballero,
Tráigamelo á la mano.
Dias há que yo ensoñé
Que mi mal no será sano
Si no me traen un ciervo
Cariblanco y rabicano.
Con el pié derecho negro,
Que no es de señal villano
Por la propiedad que tiene,
Que sabella no es en vano.
Quien comiere deste ciervo
De Cupido será hermano;
No le matará el amor,
Que no le dará de mano.
En acabar de cantar Olivarte, don Francisco le presentó á la señora,
su mujer, y le dixo: Señora, con el romance que hice por servicio
de vuesa merced, ántes de seros marido, os he presentado este ciervo
cariblanco, que la ventura me ha hecho cazar, para que se cumpliese mi
deseo de presentaros lo que yo represento.
Ciervo cazado del amor
Para ser vuestro amador.
Dixo la señora doña Francisca: Señor, si las señales no mienten, vuesa
merced las tiene de buen marido, que hasta agora no tengo de qué
quejarme, sino que anda mucho en burlas con Gilot.
Que á las veces salen véras
Las burlas que son terceras.
Dixo Gilot: Señora doña Francisca, totes les celoses son com á cigales,
que en cantar una responen molges. La Reina ha comenzat lo cant, que
de cels es un encant; y la señora doña Mencía fa lo contralt, que son
marit ne stá malalt, y vosa merced es un tenor sospitos, que pijor es
que la tos; y la seniora doña Hierónima lo contrabaix, puix son marit
va tos temps baix en amors,
Que pijor es que dolor
De mal frances,
Baix amor en caballers.
Don Miguel Fernandez vió un ciervo no muy léjos de donde estaban, y
dixo á la señora doña Ana, su mujer: Yo quiero ir á matalle como á
servidor, y no como á marido, porque si lo presento á vuestra merced le
tomará de mejor gana, pues yo le daré con mejor modo. Y tomó un arcabuz
de un montero, y mató el ciervo y presentóselo con este requiebro:
Tenedme por recebido
Ciervo, vuestro servidor,
Y sabráos mucho mejor
Que de marido.
Dixo la señora doña Ana, su mujer:
No le tomára
Si como á marido le presentára,
Y en presentalle como á servidor,
Le tomo con más amor,
que, para conservarse la voluntad entre los casados, siempre ha de
saber como á servidor el marido, porque no sea tenida en poco la mujer,
Pues en ser casada es olvidada,
Lo que no debria ser,
Que la guerra en la posada
Peor mal no puede ser.
Dixo el Duque: Señora doña Ana, porque no le responda su marido á esta
plática, que ha menester hora más desocupada, dejémosla para despues
de la comida por lo que se dice:
Lo que á muchos toca,
Con pocos no se platica.
Levantaron un puerco y vino hácia donde estaba don Baltasar Mercader,
y tomó una lanza, y dixo á la señora doña Isabel, su mujer: En nombre
vuestro le daré lanzada, porque no se me vaya; y mató el puerco, y
dióselo con este requiebro:
Si con vos no le hiriera,
No muriera.
Respondió la señora doña Isabel:
No es tan mortal
Mi lanzada,
Pues que no puedo matar
Vuestro burlar.
Venía don Berenguer Aguilar corriendo tras un ciervo que habia herido
al pié de un monte, á vista de todos, y vino á morir delante de la
señora doña Leonor Gualvez, su mujer, y presentóselo con este requiebro:
Por vuestra vista murió
El que os miró.
Dixo don Luis Milan: Basilisco ha hecho el señor don Berenguer á vuesa
merced, que mata con la vista.
Díganos en qué está muerto,
Que no lo entiendo por cierto;
Que en la carne está engordando
Y en su espíritu burlando.
Creo que esta muerte debe ser
Que murió de gran placer
Por haber con vos casado,
Y vióse resucitado,
Más sabido
Por habella conoscido.
Ya era mediodia, y el Duque mandó que cesase la caza, y dixo:
Buena caza habemos hecho,
Como hacen en cazar
Los que cazan para dar
A su provecho.
Hora será de comer,
Que ya espero esta comida,
Pues comer es para vida
Gran placer.
Dixo don Francisco Fenollet: ¿Trovador es vuestra excellencia?
Respondió el Duque: No soy sino perdedor.
Dixo don Luis Milan: Nadi pierde por otro sino por sí.
Replicó Joan Fernandez: En el merescer está el tener.
Respondió don Diego Ladron: Nadi meresce sino á quien se le paresce.
Todos allegaron con gran regocijo á la comida, que fué en Liria, y
sentados que fueron á la mesa, dieron muy buen tocino con vino blanco
y azúcar, y dixo el Duque: Gilot, muy buenos principios son éstos, del
tocino de Aragon deben ser, que tú lo debes conoscer.
Respondió Gilot: Señor, gran merces del mot quem habeu donat; juheu me
habeu fet, mas no so cobart, á un canonge ne fas part, ques diu Ester,
que sé que lin fas gran placer.
El Canónigo le tiró un bofeton, y erró á él, y dió al paje del mal
recaudo, y los dos para vengarse trujeron dos halcones muertos de
hambre, y soltáronlos al Canónigo, que sin bonete en la cabeza estaba
delante el Duque, y asidos dél le picaron en la calva y él gritando, y
Gilot y el paje teníanle, porque los halcones estuviesen como en barra
asidos con las uñas dél; y quedó tan ensangrentado que si el Duque no
le socorriera, muerto fuera, y el paje le apodó, y díxole:
Señor mosen Agron,
¿Cómo os fué con mi halcon?
Y él respondió:
Y á vos, patge del ganget,
¿Cóm vos va ab lo meu bufet?
A ruego de las damas el Duque los perdonó, y mandó que no se
desmandasen más de manos.
Sacaron unas aves asadas de tan estraño olor y sabor, que de no
conocellas les pusieron nombre las desconocidas. El gobernador
Cabanillas, por haber tomado el cargo desta comida, no le vimos hasta
la hora del comer y dixo: Ninguno sabe el nombre destas aves sino
yo, que de las Indias me han enviado dellas poco há, y en Benizano y
Bolbait las hago criar dentro en los castillos, porque son de tan gran
sentido que sirven por sentinelas, pues por poco ruido que sientan de
noche dan grandes voces, y hace la guardia una dellas despierta, como
está la grulla con la mano alta y una piedra en ella, miéntras las
otras duermen, porque si se aduerme, al caer de lo que tiene entre las
uñas despierta, y desta manera no puede dormir, que por esto no me ha
de tener en poco su excelencia de las muchas que yo he traido aquí,
teniendo la propiedad que tienen para centinelas, que guarda fuerzas se
debrian nombrar, y no el nombre que tienen.
Dixo el Duque: Cabanillas, nadi alcanza lo que vos, pues alcanzais
hasta las Indias á tener lo que dellas no alcanzan reyes. Decime, por
vida de la Reina, mi señora, qué nombre tienen, si es tan bueno como el
que vos les habeis puesto.
Respondió Cabanillas: Señor, soy contento; el nombre dellas es
perdizajeras.
Dixo doña Hierónima, la mujer de Joan Fernandez: Esto, perdices son
con ajos, que el nombre se lo dice, pues nombrando una que se dirá
perdizajera, lo dice claro.
Rieron mucho de la burla de Cabanillas, y el Duque le dixo cómo las
habian aparejado; y él respondió: Ponen dentro dellas agiaceite, de
manera que no pueda salir, y al asar incorpórase todo en la perdiz,
y queda tan desconoscida como conoscida de la señora doña Hierónima,
por ser muy enemiga de los ajos, que su marido no los osa comer en su
casa, porque un dia le corrió con el majadero que los habian hecho y
arrojóselo; y él vino huyendo á mi casa, á hora de comer, hediendo á
los ajos y díxome: Señor, acógeme en vuestra mesa, que huyendo vengo
del majadero, que nunca estuvo más donoso en su vida, por los donaires
que aquel dia dixo, y fueron tales, que doña Elena, mi nuera, le puso
nombre Joan Donaire.
Dixo Joan Fernandez: Señor Cabanillas, buen sermon habeis estudiado
para venir á decirme Joan Donaire. Bien será que sepan lo que á vos
os siguió en otra comida que don Guerau Bou estuvo en ella y me dixo
que Juan Vilarrasa, vuestro sobrino, convidó á comer á su huerta á
fray Palomo, que aquella cuaresma preicaba en Valencia, y convidóle
para oirle, que era muy buen decidor. Y al hora que se asentaban á la
mesa, vuestra merced entró y dixo: _Pax vobis_, y sentóse á comer,
y don Juan Vilarrasa fuése á la cocina por no oir vuestros cuentos
católicos del tiempo del Rey Católico; que fueron tantos, que nunca el
fraile pudo envidar con los suyos, y á cada paso vuesa merced decia:
Esto que digo en este cuento don Juan Vilarrasa lo sabe tan bien como
yo. Y él respondió de la cocina, donde estaba, gritando: Noy sé res de
quant diu, puix mal profit me ha fet entrar lo frare que nunca la dexat
parlar. Y en irse vuesa merced, el fraile os puso nombre el gobernador
Campanillas, porque quando ellas tañen nadie puede hablar.
Despues de las perdices dieron pavones de las Indias y de los nuestros,
y dixo don Diego Ladron: Apostaré que al señor Joan Fernandez mejor
le parecerán los pavones indianos que los de Valencia, aunque para lo
que siempre hace en sus amores, mejor le debrian parescer los nuestros,
pues los contrahace estando en rueda como están ellos con las plumas
muy hermosas, que son las que don Luis Milan le pasa por la nariz, y
son tantas que queda emplumado. Pues digámosle Joan de Rueda, y no lo
digo porque sea como Lope de Rueda, que no hace farsas como él.
Dixo don Francisco Fenollet: Si él es más amigo de los pavones
indianos, yo le diré Juan pavon indiano.
Joan Fernandez le respondió con esta copla, que de presto hizo:
Cuervos habeis parescido,
Que muy mal habeis picado,
La ropa me habeis rasgado,
Que sangre no m’ha salido.
No seais corveadores,
Qu’es muy malo corvear;
Alquilaos á podar,
Pues sabeis á podadores.
Don Diego y don Francisco, que se oyeron apodar á cuervos, dixeron
á las damas si era bueno el apodo, y en qué les parescia que fuesen
corveadores, como Joan Fernandez les habia dicho en su copla; y que lo
pensasen entre tanto que respondian cada uno á la copla con otra suya,
y dixo don Francisco:
Paresce que os enojastes
Por deciros Joan pavon;
Y’os apodo al abejon,
Pues que siempre le jugastes.
En las burlas deste juego
Siempre haceis sentir el palo:
Comenzad á rezar luégo,
De las manos de don Diego
_Sed liberanos à malo_.
Y tras esta copla de don Francisco Fenollet salió la de don Diego
Ladron y es ésta:
Si cuervo os he parescido,
Lagarto me semejais,
Con vuestra cola gastais
Lo que os sale del sentido.
Yo no he visto mejor pieza,
Digámosle Joan Lagarto;
Pues la cola gasta harto
Lo que adoba su cabeza.
Dixeron las damas á don Francisco Fenollet y á don Diego Ladron: Con
mucha razon os apodó Juan Fernandez á cuervos por aquello que dice;
ántes que dices diga que la señora doña Hierónima, su mujer, lo ha
dicho, que si les apodó su marido á cuervo, fué porque no le apodasen
primero á él cuervo, que mejor le estuviera, pues siempre la va
picando; que yerros son del marido y la mujer, decirse cuentos para
quedar descontentos.
Tras los pavones sacaron muy grandes pasteles, y fueron nombrados copos
de amor, con muchas aves en ellos, y de todas carnes, que buenos los
hacen; y el Duque presentó uno á la Reina con este requiebro:
En este copo de amor
Le presento á su alteza
Una ave, ques mi firmeza.
Don Luis Vique dió otro á la señora doña Mencía, su mujer, y dixo:
En este copo de amor
Por ave mia os presento,
De Mencía es mi contento.
Don Luis Margarite dió otro á la señora doña Violante, su mujer, y dixo:
Este copo del amor
Por ave os presento yo,
Que se nombra, vuestro so.
Don Pedro Mascó dió otro á la señora doña Castellana, su mujer, y dixo:
En este copo de amor
De vos y de mí está lleno
De un ave, ques gusto bueno.
Joan Fernandez dió otro á la señora doña Hierónima, su mujer, con este
dicho:
En este copo de amor
Os presento un ave hermosa,
Qu’es la vuestra mariposa.
Don Diego Ladron dió otro á la señora doña María, su mujer, y dixo:
En este copo de amor
Os presento un muy gran dón,
Un ave vuestro Ladron.
Don Francisco Fenollet dió otro á la señora doña Francisca, su mujer, y
dixo:
En este copo de amor
Por ave Francisco doy,
Pues que de Francisca soy.
Don Miguel Fernandez dió otro á la señora doña Ana Mercader, su mujer,
y dixo:
En este copo de amor
N’os presentó cosa vana
Por ave la mayorana.
Don Baltasar Mercader dió otro á la señora doña Isabel, su mujer, con
este dicho:
En este copo de amor
Doy lo que de vos más quiero,
Un ave qu’es, mucho quiero.
Don Berenguer Aguilar dió otro á la señora doña Leonor Gualvez, su
mujer, y dixo:
En este copo de amor
A mi Leonor se da
Por ave mi aguila.
Tras estos copos de amor sacaron muchas maneras de potajes: manjar
blanco de amor en blanco, y mirrauste de mal miraste, y diamante del
amante, y aves cocidas de escocidas, y escodillas de salsas de falsas,
y salchichones de burlones, y longanizas de falsas risas, y sobreasadas
de refalsadas, y pollastres de desastres, y porcellas de querellas,
y cabritos de malditos, y cabezas de ternera de parleras, y tortras
de mal de otras, y empanadillas de rencillas; y por postres dieron
peras de mal esperas, y queso de mal seso, y aceitunas de importunas,
y camuesas de feezas, y ragea de mal se vea, y muchas maneras de
confituras de amarguras; todo
Fué con tanto cumplimiento,
Que por burla como á cuento
He sacado
Los manjares que he burlado,
Que hablando muy de véras
Sin falsete,
Nunca fué mejor banquete.
Acabada que fué la comida, dixo el Duque: Quien promete en deuda
se mete. Yo prometí ser juez para juzgar cuál de los dos, ó Joan
Fernandez, ó don Luis Milan, agora podeis decir las coplas que os
hecistes, que, oidas las dos partes, yo diré mi parescer.
Dixo don Luis Milan: Pues vuestra excelencia lo manda, y estamos
en juicio, tengámosle los que habernos de ser juzgados en ser bien
sufridos,
Que en el lugar de las verdades
Decir mentiras, son maldades.
Y tratando muy gran verdad digo, que Joan Fernandez vino al juego de
la pelota muy canicular en los dias caniculares, en cuerpo, sin capa,
vestido de monte ó de mote, con un sayo y calzas y montera de paño,
y un jubon algodonado de fustan; todo tan verde que no vino nada
maduro, con tan grandes calores como hacia, que no se podia vivir con
tafetanes; y diciéndome don Francisco Fenollet: ¿Qué risa es ésta que
se ha levantado tan grande? yo le dixe: Del cielo viene lo que por
castigo se hace, ¿no veis cuál ha venido nuestro amigo, un Enero en
Juliol hecho un verderol? Y por esto le hice estas tres coplas, que si
comienzan con puntos de música, fué por burlar de la suya, pues burla
de la de todos, y recíbalo con paciencia.
Que poco enoja
La burla que desenoja.
Dixo Joan Fernandez: Decildas, que las burlas sin dañar nunca obligan á
enojar.
Señor, ut, re, mi, fa, sol,
Joan Fernandez sin par,
Ogaño os podrán pescar
En la mar por verderol.
Un tiempo fuistes pajel
Trayendo turca de grana,
Yo no sé por cuál desgana
Dejastes la color dél,
Por una esperanza vana.
Suplicos se os acuerde
Sobre tal caso escribir,
Si no, habrémos de decir,
Adelante los del verde.
Y á refran tan conoscido,
Por quitar murmuradores,
Dad razon á trovadores,
Si de verde os sois vestido
Por ir verde en los amores.
Por mote no lo tomeis,
Pues es pregunta que os pido,
Si no, yo seré el corrido,
Si vos desto os correis.
Y perdone la ocasion
Que lo verde me ha dado,
Que por verderol, pescado
Entre platos y un limon,
Al Duque os he presentado.
Dixo Joan Fernandez: Con un cuento quiero responder al yerro que sintió
don Luis Milan, de malas coplas que le hice, por contentar á quien
contentando descontenta.
Que peor no puede ser
Que á malos apetitos complacer.
Y siguióse que el Rey de Portugal hizo hacer un exercicio para hacer
galanes, y fué que armó un maestro de gala porque amostrase á hacer
el galan á quien lo hubiese menester para bien servir á damas, porque
no se daba licencia de servirlas sino á quien fuese examinado oficial
de la gala, y si el caballero sirviendo á su dama hacia algun nescio
pecado, ella le daba la pena que merescia. Y como el mayor de todos los
pecados fuese hacer malas coplas, hizo un portugues á un competidor
suyo unas, que sabian á pullas por ser mentirosas y de bajo estilo;
y la pena que su dama le dió, fué despedirle de servidor, y él iba
diciendo:
Por facer malas coplas
Perdí miña amor,
Doleyvos de meu dolor.
Yo soy este portugues, que por lo mismo fuí despedido de una dama que
serviamos don Luis Milan y yo, y despidióme con este cantar de muertos:
No me sirvais, caballero,
Ios con Dios,
Que quien hace malas coplas,
_Nescio vos_.
Yo quedé tan arrepentido, que luégo rasgué todas las malas coplas que
pude haber, y de nuevo le respondí á todas las suyas con las que agora
le responderé á cuantas me dirá; y respondo á las del verderol, que me
ha hecho, con éstas:
Señor: re, mi, fa, sol, la,
Respondo al ut, re, mi, fa, sol;
Vuestro galan.
De vos se queja mi águila,
Que la hizo verderol
Vuestro milan.
En el vuelo se ha mostrado
Vuestro milan, como en caja,
En amor.
Quien tras águila ha volado,
Si por verderol se abaja,
Es pescador.
Vos haceis lo que hacer suele
El milan en su volar
Por vivir sano.
Que por muy alto que vuele,
L’habemos visto abajar
Por un liviano.
Ese milan que teneis
Daltibajo es su gran vuelo
En llano y sierra.
Cantad lo que vos haceis,
Que vuelo hasta el cielo
Y quedo en tierra.
Las damas os desengañan,
Que n’os quieren mirar más
Si las mirais.
Pues vuestras cosas engañan,
Todo es Pedro por demas
Si festejais.
Dicen que os han descubierto
Que sois muy desamorado
En amores.
Qu’el primer dia sois muerto,
Y al tercer resucitado
Sin dolores.
Dixo don Luis Milan: Señor Duque, si estuviese en mi mano, lloraria
por no dar en reir de lo que diré, que no sé cómo lo diga, que ya me
rio del sayete de paño naranjado que sacó el señor Joan Fernandez para
ruar, ó reir á hora de vueltas; y estaba guarnescido con una trepilla,
ó tripilla cortesana de tercioperro negro, que tan negro terciopelo
nunca vi. Pues fué tan reido por la trepilla, como trepado de todos,
por ser tan corto como vizcaíno, y tan estrecho como catalan, que don
Diego Ladron, en una copla que le hizo, le dixo que era sayo-paje,
y don Francisco Fenollet, en otra, le apodó á sayo-mono, y yo, á
cuera-sayo, como en esta copla vuestra excelencia verá:
No caigo bien en la cuenta,
Y he caido de quién es,
Que ese sayo que traés
Á los dos os descontenta.
Para sayo más es cuera,
Para cuera más es sayo,
Librea pensé que fuera;
Digámosle sayo-cuera,
Ó si quereis, cuera-sayo.