BATALLA JUNTO AL RÍO
1 Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de
hermosa corriente á quien el inmortal Júpiter engendrara, Aquiles los
dividió en dos grupos. Á los del primero, echólos el héroe por la
llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día
anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí
derramáronse entonces los teucros en su fuga, y Juno, para detenerlos,
los envolvió en una densa niebla. Los otros rodaron al caudaloso río
de argentados vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba
la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y
allá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos.
Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla
de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua; de la
misma manera, la corriente sonora del Janto de profundos vórtices, se
llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el
mismo caían confundidos.
17 Aquiles, vástago de Jove, dejó su lanza arrimada á un tamariz
de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la
espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó á herir
á diestro y á siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo de
los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como
los peces huyen del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del
hondo puerto, porque aquél devora á cuantos coge; de la misma manera,
los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban,
temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas
de matar, cogió vivos, dentro del río, á doce mancebos para inmolarlos
más tarde en expiación de la muerte de Patroclo Menetíada. Sacólos
atónitos como cervatos, les ató las manos por detrás con las correas
bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y encargó á los
amigos que los condujeran á las cóncavas naves. Y el héroe acometió de
nuevo á los teucros, para hacer en ellos gran destrozo.
34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el
cual, huyendo, iba á salir del río. Ya anteriormente habíale hecho
prisionero encaminándose de noche á un campo de Príamo: Licaón cortaba
con el agudo bronce los ramos nuevos de un cabrahigo para hacer los
barandales de un carro, cuando Aquiles, presentándose cual imprevista
calamidad, se lo llevó mal de su grado. Trasportóle luego en una nave
á la bien construída Lemnos, y allí lo puso en venta: el hijo de Jasón
pagó el precio. Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano,
dió por él un cuantioso rescate y enviólo á la divina Arisbe. Escapóse
Licaón, y volviendo á la casa paterna, estuvo celebrando con sus amigos
durante once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo, un dios le
hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Orco,
sin que Licaón lo deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, le viera inerme--sin casco, escudo ni lanza, porque todo lo
había tirado al suelo--y que salía del río con el cuerpo abatido por el
sudor y las rodillas vencidas por el cansancio; sorprendióse, y á su
magnánimo espíritu así le habló:
54 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece. Ya
es posible que los teucros á quienes maté resuciten de las sombrías
tinieblas; cuando éste, librándose del día cruel, ha vuelto de la
divina Lemnos donde fué vendido, y las olas del espumoso mar que á
tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe
la punta de mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente ó se
quedará en el seno de la fértil tierra que hasta á los fuertes retiene.»
64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón,
asustado, se le acercó á tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía
vivo deseo de librarse de la triste muerte y de su negro destino. El
divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de
herirle, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y
aquélla, pasándole por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa
de cebarse en el cuerpo de un hombre. En tanto Licaón suplicaba á
Aquiles; y abrazando con una mano sus rodillas y sujetando con la otra
la aguda lanza, estas aladas palabras le decía:
74 «Te lo ruego abrazado á tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate
de mí. Has de tenerme, oh alumno de Júpiter, por un suplicante digno
de consideración; pues comí en tu tienda el fruto de Ceres el día en
que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado, y llevándome
lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes
te valió mi persona. Ahora te daría el triple para rescatarme. Doce
días ha que, habiendo padecido mucho, volví á Ilión; y otra vez el hado
funesto me pone en tus manos. Debo de ser odioso al padre Júpiter,
cuando nuevamente me entrega á ti. Para darme una vida corta, me parió
Laótoe, hija del anciano Altes que reina sobre los belicosos léleges y
posee la excelsa Pédaso junto al Sátniois. Á la hija de aquél la tuvo
Príamo por esposa con otras muchas; de la misma nacimos dos varones
y á entrambos nos habrás dado muerte. Ya hiciste sucumbir entre los
infantes delanteros á Polidoro, hiriéndole con la aguda pica; y ahora
la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos después
que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa te diré que fijarás en la
memoria: No me mates; pues no nací del mismo vientre que Héctor, el que
dió muerte á tu dulce y valiente amigo.»
97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba á Aquiles;
pero fué amarga la respuesta que escuchó:
99 «¡Insensato! No me hables del rescate, ni lo menciones siquiera.
Antes que á Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme
de matar á los teucros y fueron muchos los que cogí vivos y vendí
luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un dios lo pone en
mis manos delante de Ilión y especialmente si es hijo de Príamo. Por
tanto, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo?
Murió Patroclo, que tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto
de cuerpo soy yo, á quien engendró un padre ilustre y dió á luz una
diosa? Pues también me aguardan la muerte y el hado cruel. Vendrá una
mañana, una tarde ó un mediodía en que alguien me quitará la vida en
el combate, hiriéndome con la lanza ó con una flecha despedida por el
arco.»
114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del teucro que,
soltando la lanza, se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano á
la tajante espada é hirió á Licaón en la clavícula, junto al cuello:
metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dió de ojos por el
suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver
por el pie, arrojólo al río para que la corriente se lo llevara, y
profirió con jactancia estas aladas palabras:
122 «Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la
herida. No te colocará tu madre en un lecho para llorarte; sino que
serás llevado por el voraginoso Escamandro al vasto seno del mar. Y
algún pez, saliendo de las olas á la negruzca y encrespada superficie,
comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás teucros
hasta que lleguemos á la sacra ciudad de Ilión, vosotros huyendo y yo
detrás haciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa
corriente y argénteos remolinos, á quien desde antiguo sacrificáis
muchos toros y en cuyos vórtices echáis solípedos caballos. Así y
todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros, hasta que hayáis
expiado la muerte de Patroclo y el estrago y la matanza que hicisteis
en los aqueos junto á las naves, mientras estuve alejado de la lucha.»
136 Habló de esta manera. El río, con el corazón irritado, revolvía
en su mente cómo haría cesar á Aquiles de combatir y libraría de la
muerte á los troyanos. En tanto, el hijo de Peleo dirigió su ingente
lanza á Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarle. Á Pelegón
le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija
mayor de Acesameno; que con ésta se unió aquel río de profundos
remolinos. Encaminóse, pues, Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió á
su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto, irritado por la muerte de
los jóvenes á quienes Aquiles había hecho perecer sin compasión en la
misma corriente, infundió valor en el pecho del troyano. Cuando ambos
guerreros se hallaron frente á frente, el divino Aquiles, el de los
pies ligeros, fué el primero en hablar, y dijo:
150 «¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro?
Infelices de aquéllos cuyos hijos se oponen á mi furor.»
152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón: «¡Magnánimo Pelida! ¿Por
qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil Peonia, que está
lejos; vine mandando á los peonios, que combaten con largas picas,
y hace once días que llegué á Ilión. Mi linaje trae su origen del
anchuroso Axio, que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio
engendró á Pelegón, famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido.
Pero peleemos ya, esclarecido Aquiles.»
161 De tal modo habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el
fresno del Pelión, y el héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle á
un tiempo las dos lanzas: la una dió en el escudo, pero no lo atravesó
porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la detuvo; la otra
rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra
sangre; mas el arma pasó por encima y se clavó en el suelo, codiciosa
de la carne. Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, á
Asteropeo con intención de matarle, y erró el tiro: aquélla cayó en
la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del palo. El Pelida,
desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió
enardecido á Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar
del escarpado borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para
arrancarla, y otras tantas tuvo que desistir de su propósito. Y cuando,
á la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida,
acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el
vientre, junto al ombligo; derramáronse los intestinos, y las tinieblas
cubrieron los ojos del teucro, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó
á su pecho, le quitó la armadura; y blasonando del triunfo, dijo estas
palabras:
184 «Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río,
pudieses disputar la victoria á los hijos del prepotente Saturnio.
Dijiste que tu linaje procede de un anchuroso río; mas yo me jacto de
pertenecer al del gran Júpiter. Engendróme un varón que reina sobre
muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Jove.
Y como Júpiter es más poderoso que los ríos, que corren al mar, así
también los descendientes de Júpiter son más fuertes que los de los
ríos. Á tu lado tienes uno grande, si es que puede auxiliarte. Mas no
es posible combatir con Júpiter Saturnio. Á éste no le igualan ni el
fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente,
del que nacen todos los ríos, mares, fuentes y pozos; pues también
el Océano teme el rayo del gran Jove y el espantoso trueno, que hace
retumbar el cielo.»
200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó
á Asteropeo allí, tendido en la arena, tan pronto como le hubo
quitado la vida: el agua turbia bañaba el cadáver, y anguilas y peces
acudieron á comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se fué para
los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes
del voraginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el
duro combate, vencido por las manos y la espada del Pelida. Éste mató
entonces á Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes.
Y á más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de profundos
remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho
desde uno de los vórtices:
214 «¡Oh Aquiles! Superas á los demás hombres, lo mismo en el valor
que en la comisión de acciones nefandas; porque los propios dioses
te prestan constantemente su auxilio. Si el hijo de Saturno te ha
concedido que destruyas á todos los teucros, apártalos de mí y ejecuta
en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres
que obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y
tú sigues matando de un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes
asombrado, oh príncipe de hombres.»
222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Se hará, oh
Escamandro, alumno de Júpiter, como tú lo ordenas; pero no me abstendré
de matar á los altivos teucros hasta que los encierre en la ciudad y
peleando con Héctor, él me mate á mí ó yo acabe con él.»
227 Esto dicho, arremetió á los teucros, cual si fuese un dios. Y
entonces el río de profundos remolinos dirigióse á Apolo:
229 «¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Júpiter, no cumples
las órdenes del Saturnio, el cual te encargó muy mucho que socorrieras
á los teucros y les prestaras tu auxilio hasta que, llegada la tarde,
se pusiera el sol y quedara á obscuras el fértil campo.»
233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada
orilla al centro del río. Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus
aguas, revolvió la corriente, y arrastrando muchos cadáveres de
hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos á la
orilla mugiendo como un toro; y en tanto salvaba á los vivos dentro de
la corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las
turbias olas rodeaban á Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y
le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse entonces
con ambas manos á un olmo corpulento y frondoso; pero éste, arrancado
de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la corriente con sus
muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles,
amedrentado, dió un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por
la llanura. Mas no por esto el gran dios desistió de perseguirle, sino
que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito de hacer cesar
al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte á los troyanos.
El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la
impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz
de las aves; parecido á ella, el héroe corría y el bronce resonaba
horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose á un
lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido.
Como el fontanero conduce el agua desde el profundo manantial por entre
las plantas de un huerto y con un azadón en la mano quita de la reguera
los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve las piedrecitas,
pero al llegar á un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante
del que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba
continuamente á Aquiles, porque los dioses son más poderosos que los
hombres. Cuantas veces el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales
que tienen su morada en el espacioso cielo; otras tantas, las grandes
olas del río le azotaban los hombros. El héroe, afligido en su corazón,
saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente,
le cansaba las rodillas y le robaba el suelo allí donde ponía los pies.
Y el Pelida, levantando los ojos al vasto cielo, gimió y dijo:
273 «¡Padre Júpiter! ¿Cómo no viene ningún dios á salvarme á mí,
miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea
preciso? Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi
madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al
pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas
de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo!
Entonces un valiente hubiera muerto y despojado á otro valiente. Mas
ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado
por un gran río; como el niño porquerizo á quien arrastran las aguas
invernales del torrente que intentaba atravesar.»
284 Así se expresó. En seguida Neptuno y Minerva, con figura humana,
cogiéronle en medio y le asieron de las manos mientras le animaban con
palabras. Neptuno, que sacude la tierra, fué el primero en hablar y
dijo:
288 «¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡De tal manera vamos á
ayudarte, con la venia de Júpiter, yo y Palas Minerva! Porque no
dispone el hado que seas muerto por el río, y éste dejará pronto de
perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un prudente consejo, por
si quieres obedecer: No descanse tu brazo en la batalla funesta hasta
haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilión á cuantos teucros
logren escapar. Y cuando hayas privado de la vida á Héctor, vuelve á
las naves; que nosotros te concedemos que alcances gloria.»
298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron á reunirse con los
demás inmortales. Aquiles, impelido por el mandato de los dioses,
enderezó sus pasos á la llanura inundada por el agua del río, en la
cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en la
pelea. El héroe caminaba derechamente, saltando por el agua, sin que
el anchuroso río lograse detenerlo; pues Minerva le había dado muchos
bríos. Pero el Escamandro no cedía en su furor; sino que, irritándose
aún más contra el Pelida, hinchaba y levantaba á lo alto sus olas y á
gritos llamaba al Símois:
308 «¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese
hombre, que pronto tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los
teucros no le resistirán en la batalla. Ven al momento en mi auxilio:
aumenta tu caudal con el agua de las fuentes, concita á todos los
arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y
piedras, para que anonademos á ese feroz guerrero que ahora triunfa y
piensa en hazañas propias de los dioses. Creo que no le valdrán ni su
fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de quedar
en el fondo de este lago cubiertas de cieno. Á él le envolveré en
abundante arena, derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera
sus huesos podrán ser recogidos por los aquivos: tanto limo amontonaré
encima. Y tendrá su túmulo allí mismo, y no necesitará que los aqueos
se lo erijan cuando le hagan las exequias.»
324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y
mugiendo con la espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas
del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas
y arrastraban al Pelida. Pero Juno, temiendo que el gran río derribara
á Aquiles, gritó, y dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:
331 «¡Sus, Vulcano, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso
es tu igual en el combate. Socorre pronto á Aquiles, haciendo aparecer
inmensa llama. Voy á suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran
borrasca, para que viniendo del mar extienda el destructor incendio
y se quemen las cabezas y las armas de los teucros. Tú abrasa los
árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo río y no te
dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu
furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego
infatigable.»
[Ilustración: EL JANTO, REVUELTO, ARREMETIÓ CONTRA AQUILES CON LA
ESPUMA, LA SANGRE Y LOS CADÁVERES
(_Canto XXI, versos 324 y 325._)]
342 Tal fué su orden. Vulcano, arrojando una abrasadora llama, incendió
primeramente la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros á quienes
había muerto Aquiles; secóse el campo, y el agua cristalina dejó de
correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo recién inundado y
se alegra el que lo cultiva; de la misma suerte, el fuego secó la
llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Vulcano dirigió al río
la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y los
tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia
habían crecido junto á la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían
y saltaban acá y allá, en los remolinos ó en la corriente, oprimidos
por el soplo del ingenioso Vulcano. Y el río, quemándose también, así
hablaba:
357 «¡Vulcano! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar
contigo ni con tu llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el
divino Aquiles arroje de la ciudad á los troyanos. ¿Qué interés tengo
en la contienda ni en auxiliar á nadie?»
361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía.
Como en una caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco
cebado se funde, hierve y rebosa por todas partes, mientras la leña
seca arde debajo; así la hermosa corriente se quemaba con el fuego y el
agua hervía, y no pudiendo ir hacia adelante, paraba su curso oprimida
por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Vulcano. Y el río,
dirigiendo muchas súplicas á Juno, estas aladas palabras le decía:
369 «¡Juno! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome á mí
solo entre los dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos
los demás que favorecen á los teucros. Yo desistiré de ayudarlos, si
tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré no librar á los
troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue á ser pasto de las
voraces llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.»
377 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras,
dijo en seguida á Vulcano, su hijo amado:
379 «¡Vulcano, hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que á causa de
los mortales, á un dios inmortal atormentemos.»
381 Tal dijo. Vulcano apagó la abrasadora llama, y las olas
retrocedieron á la hermosa corriente. Y tan pronto como el Janto fué
vencido, él y Vulcano cesaron de luchar; porque Juno, aunque irritada,
los contuvo.
385 Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los
demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron á las manos con fuerte
estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una
trompeta. Oyólo Júpiter, sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre
reía al ver que los dioses iban á embestirse. Y ya no estuvieron
separados largo tiempo; pues el primero Marte, que horada los escudos,
acometiendo á Minerva con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras
le decía:
394 «¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre
los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve?
¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas á Diomedes Tidida á que me
hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra
mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás
cuanto me hiciste.»
400 Apenas acabó de hablar, dió un bote en el escudo floqueado,
horrendo, que ni el rayo de Júpiter rompería; allí acertó á dar
Marte, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa,
volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada
de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos
como linde de un campo; é hiriendo con ella al furibundo Marte, dejóle
sin vigor los miembros. Vino á tierra el dios y ocupó siete yugadas, el
polvo manchó su cabellera y las armas resonaron. Rióse Palas Minerva; y
gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras:
410 «¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más
fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las
imprecaciones de tu airada madre que maquina males contra ti porque
abandonaste á los aqueos y favoreces á los orgullosos teucros.»
415 Cuando esto hubo dicho, volvió á otra parte los ojos refulgentes.
Venus, hija de Júpiter, asió por la mano á Marte y le acompañaba;
mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el
aliento. Pero la vió Juno, la diosa de los níveos brazos, y al punto
dijo á Minerva estas aladas palabras:
420 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter que lleva la égida! ¡Indómita deidad!
Aquella desvergonzada vuelve á sacar del dañoso combate, por entre el
tumulto, á Marte, funesto á los mortales. ¡Anda tras ella!»
423 De tal modo habló. Alegrósele el alma á Minerva, que corrió hacia
Venus, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho.
Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Marte
quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Minerva, vanagloriándose,
pronunció estas aladas palabras:
428 «¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian á los teucros en las batallas
contra los argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos
como Venus que vino á socorrer á Marte desafiando mi furor; y tiempo ha
que habríamos puesto fin á la guerra, con la toma de la bien construída
ciudad de Ilión!»
434 Así se expresó. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos. Y el
soberano Neptuno, que sacude la tierra, dijo entonces á Apolo:
436 «¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene
abstenerse, una vez que los demás han dado principio á la pelea.
Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, á la morada de Júpiter
erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el
menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero
y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón!
Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos
los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Júpiter trabajamos
un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa
de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la
ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla
inexpugnable; y tú, Febo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y
curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso. Mas
cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio
Laomedonte se negó á pagarnos el salario y nos despidió con amenazas.
Á ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas;
aseguraba además que con el bronce nos cortaría á entrambos las
orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque
no nos dió la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces,
favoreciendo á su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los
troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!»
461 Contestó el soberano flechador Apolo: «¡Batidor de la tierra! No
me tendrías por sensato si combatiera contigo por los míseros mortales
que, semejantes á las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos
comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren.
Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.»
468 Así dijo, y le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar
á las manos con el tío paterno. Y su hermana, la campestre Diana, que
de las fieras es señora, lo increpó duramente con injuriosas voces:
472 «¿Huyes ya, Flechador, y das la victoria á Neptuno, concediéndole
inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo
que te jactes en el palacio de mi padre, como hasta aquí lo hiciste
ante los inmortales dioses, de luchar cuerpo á cuerpo con Neptuno.»
478 Tales fueron sus palabras, y el flechador Apolo nada respondió.
Pero la venerable esposa de Júpiter, irritada, increpó á Diana, que se
complace en tirar flechas, con injuriosas voces:
481 «¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte á mí? Difícil te
será resistir mi fortaleza, aunque lleves arco y Júpiter te haya hecho
leona entre las mujeres y te permita matar á la que te plazca. Mejor es
cazar en el monte fieras agrestes ó ciervos, que luchar denodadamente
con quienes son más poderosos. Y si quieres probar el combate, empieza,
para que sepas bien cuanto más fuerte soy que tú; ya que contra mí
quieres emplear tus fuerzas.»
489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de
los hombros, con la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso á
golpear con éstos las orejas de Diana, que volvía la cabeza, ora á
un lado, ora á otro, mientras las veloces flechas se esparcían por
el suelo. Diana huyó llorando, como la paloma que perseguida por el
gavilán vuela á refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no
había dispuesto el hado que aquél la cogiese. De igual manera huyó la
diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y el mensajero
Argicida, dijo á Latona:
498 «¡Latona! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con
las esposas de Júpiter, que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha,
ante los inmortales dioses, de que me venciste con tu poderosa fuerza.»
502 Tal dijo. Latona recogió el corvo arco y las saetas que habían
caído acá y allá, en medio de un torbellino de polvo; y se fué en pos
de la hija. Llegó ésta al Olimpo, á la morada de Jove erigida sobre
bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el divino
velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Saturnio cogióla en el
regazo; y sonriendo dulcemente, le preguntó:
509 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha
maltratado, como si en su presencia hubieses cometido alguna falta?»
511 Respondióle Diana, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva
en las sienes hermosa diadema: «Tu esposa Juno, la de los níveos
brazos, me ha maltratado, padre; por ella la discordia y la contienda
han surgido entre los inmortales.»
514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada
Ilión, temiendo por el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que
en aquella ocasión lo destruyesen los dánaos, contra lo ordenado por el
destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al Olimpo, irritados
unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron á la vera de
Júpiter, el de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo á los teucros,
mataba hombres y caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa
de las llamas y llega el humo al anchuroso cielo, porque los dioses se
irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y muchos padecen
grandes males; de igual modo, Aquiles causaba á los teucros fatigas y
daños.
526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y como viera al
ingente Aquiles, y á los teucros puestos en confusión, huyendo
espantados y sin fuerzas para resistirle, empezó á gemir y bajó de
aquélla para dar órdenes á los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
531 «Abrid las puertas y sujetadlas con la mano, hasta que lleguen á
la ciudad los guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los
estrecha y pone en desorden, y temo que han de ocurrir desgracias. Mas,
tan pronto como aquéllos respiren, refugiados dentro del muro, entornad
las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese hombre
funesto entre por el muro.»
537 Tal fué su mandato. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y
á esto se debió la salvación de las tropas. Apolo saltó fuera del muro
para librar de la ruina á los teucros. Éstos, acosados por la sed y
llenos de polvo, huían por el campo en derechura á la ciudad y su alta
muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo
el corazón poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
544 Entonces los aqueos hubieran tomado á Troya, la de altas puertas,
si Febo Apolo no hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y
valiente de Antenor, á esperar á Aquiles. El dios infundióle audacia
en el corazón, y para apartar de él á las crueles Parcas, se quedó á
su vera, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando
Agenor vió llegar á Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en
su agitado corazón vacilaba sobre el partido que debería tomar. Y
gimiendo, á su magnánimo espíritu le decía:
553 «¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás
corren espantados y en desorden, me cogerá también y me matará sin que
me pueda defender. Si dejando que éstos sean derrotados por el Pelida,
me fuese por la llanura troyana, lejos del muro, hasta llegar á los
bosques del Ida y me escondiera en los matorrales, podría volver á
Ilión por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme
y quitarme el sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el
corazón? No sea que aquél advierta que me alejo de la ciudad por la
llanura, y persiguiéndome con ligera planta me dé alcance; y ya no
podré evitar la muerte y el destino, porque Aquiles es el más fuerte
de los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro...
Vulnerable es su cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola alma y
dicen los hombres que el héroe es mortal; pero Júpiter Saturnio le da
gloria.»
571 Esto, pues, se decía; y encogiéndose, aguardó á Aquiles, porque
su corazón esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la
pantera, cuando oye el ladrido de los perros, sale de la poblada selva
y va al encuentro del cazador, sin que arrebaten su ánimo ni el miedo
ni el espanto; y si aquel se le adelanta y la hiere, no deja de pugnar,
aunque esté atravesada por la jabalina, hasta venir con él á las manos
ó sucumbir; de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro
Antenor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y
cubriéndose con el liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía
con fuertes voces:
583 «Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar
en el día de hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen
número de males habrán de padecerse todavía por causa de ella. Estamos
dentro muchos y fuertes varones que, peleando por nuestros padres,
esposas é hijos, salvaremos á Troya; y tú recibirás aquí mismo la
muerte, á pesar de ser un terrible y audaz guerrero.»
590 Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo, y no erró el tiro;
pues acertó á dar en la pierna del héroe, debajo de la rodilla. La
greba de estaño recién construída resonó horriblemente, y el bronce
fué rechazado sin que lograra penetrar, porque lo impidió la armadura,
regalo del dios. El Pelida arremetió á su vez con Agenor, igual á una
deidad; pero Apolo no le dejó alcanzar gloria, pues arrebatando al
teucro, le cubrió de espesa niebla y le mandó á la ciudad para que
saliera tranquilo de la batalla.
599 Luego el Flechador apartó á Aquiles del ejército, valiéndose de un
engaño. Tomó la figura de Agenor, y se puso delante del héroe, que se
lanzó á perseguirle. Mientras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo
paniego, hacia el río Escamandro, de profundos vórtices, y corría muy
cerca de él, pues el dios le engañaba con esta astucia á fin de que
tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los demás
teucros, huyendo en tropel, llegaron alegres á la ciudad, que se llenó
con los que allí se refugiaron. Ni siquiera se atrevieron á esperarse
los unos á los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber quiénes
habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla, sino que se
entraron presurosos por la ciudad, cuantos, merced á sus pies y á sus
rodillas, lograron salvarse.
[Ilustración: Andrómaca ve que Aquiles se lleva el cadáver de Héctor,
arrastrándolo por la llanura, y cae desfallecida en brazos de sus
cuñadas]