LOS AQUEOS REVUELVEN, DESDE LAS NAVES, SOBRE LOS TEUCROS Y LOS PONEN EN
FUGA
1 Cuando los teucros hubieron atravesado en su huída el foso y la
estacada, muriendo muchos á manos de los dánaos, llegaron al sitio
donde tenían los corceles é hicieron alto, amedrentados y pálidos de
miedo. En aquel instante despertó Jove en la cumbre del Ida, al lado
de Juno, la de áureo trono. Levantóse y vió á los teucros perseguidos
por los aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos, al soberano
Neptuno. Vió también á Héctor tendido en la llanura y rodeado de
amigos, jadeante, privado de conocimiento, vomitando sangre; que no
fué el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de
los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él, miró con torva y
terrible faz á Juno, y así le dijo:
14 «Tu engaño, Juno maléfica é incorregible, ha hecho que Héctor dejara
de combatir y que sus tropas se dieran á la fuga. No sé si castigarte
con azotes, para que seas la primera en gozar de tu funesta astucia.
¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste colgada en lo alto y
puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas é irrompibles
esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes,
los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían
desatarte--si entonces llego á coger á alguno, le arrojo de estos
umbrales y llega á la tierra casi sin vida--y yo no lograba echar del
corazón el continuo pesar que sentía por el divino Hércules, á quien
tú, produciendo una tempestad con el auxilio del Bóreas, arrojaste con
perversa intención al mar estéril y llevaste luego á la populosa Cos;
allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente á la Argólide,
criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te
lo recuerdo para que pongas fin á tus engaños y sepas si te será
provechoso haber venido de la mansión de los dioses á burlarme con los
goces del amor.»
34 Así se expresó. Estremecióse Juno veneranda, la de los grandes ojos,
y pronunció estas aladas palabras:
36 «Sean testigos la Tierra y el anchuroso Cielo y el agua de la
Estigia, de subterránea corriente--que es el juramento mayor y más
terrible para los bienaventurados dioses,--y tu cabeza sagrada y
nuestro tálamo nupcial, por el que nunca juraría en vano: No es por
mi consejo que Neptuno, el que sacude la tierra, daña á los teucros
y á Héctor y auxilia á los otros; su mismo ánimo debe de impelerle y
animarle, ó quizás se compadece de los aqueos al ver que son derrotados
junto á las naves. Mas yo aconsejaría á Neptuno que fuera por donde tú,
el de las sombrías nubes, le mandaras.»
47 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y
respondió con estas aladas palabras:
49 «Si tú, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cuando te sientas
entre los inmortales estuvieras de acuerdo conmigo; Neptuno, aunque
otra cosa deseara, acomodaría muy pronto su modo de pensar al nuestro.
Pero si en este momento hablas franca y sinceramente, ve á la mansión
de los dioses y manda venir á Iris y á Apolo, famoso por su arco; para
que aquélla, encaminándose al ejército de los aqueos, de lorigas de
bronce, diga al soberano Neptuno que cese de combatir y vuelva á su
palacio; y Febo Apolo incite á Héctor á la pelea, le infunda valor y
le haga olvidar los dolores que le oprimen el corazón, á fin de que
rechace nuevamente á los aquivos, los cuales llegarán en cobarde fuga á
las naves, de muchos bancos, del Pelida Aquiles. Éste enviará á la lid
á su compañero Patroclo, que morirá, herido por la lanza del preclaro
Héctor, cerca de Ilión, después de quitar la vida á muchos jóvenes, y
entre ellos al ilustre Sarpedón, mi hijo. Irritado por la muerte de
Patroclo, el divino Aquiles matará á Héctor. Desde aquel instante haré
que los teucros sean perseguidos continuamente desde las naves, hasta
que los aqueos tomen la excelsa Ilión. Y no cesará mi enojo, ni dejaré
que ningún inmortal socorra á los dánaos, mientras no se cumpla el voto
del Pelida, como lo prometí, asintiendo con la cabeza, el día en que
Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase á Aquiles, asolador
de ciudades.»
78 De tal suerte habló. Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué
desobediente, y pasó de los montes ideos al vasto Olimpo. Como corre
veloz el pensamiento del hombre que habiendo viajado por muchas
tierras, las recuerda en su reflexivo espíritu, y dice estuve aquí
ó allí y revuelve en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa
volaba la venerable Juno, y pronto llegó al excelso Olimpo. Los
dioses inmortales, que se hallaban reunidos en el palacio de Júpiter,
levantáronse al verla y le ofrecieron copas de néctar. Y Juno aceptó la
que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas, que fué la primera
que corrió á su encuentro, y le dijo estas aladas palabras:
90 «¡Juno! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto? Sin duda te
atemorizó tu esposo, el hijo de Saturno.»
92 Respondióle Juno, la diosa de los níveos brazos: «No me lo
preguntes, diosa Temis; tú misma sabes cuán soberbio y despiadado es
el ánimo de Jove. Preside tú en el palacio el festín de los dioses, y
oirás con los demás inmortales qué desgracias anuncia Júpiter; figúrome
que nadie, sea hombre ó dios, se regocijará en el alma por más alegre
que esté en el banquete.»
100 Dichas estas palabras, sentóse la venerable Juno. Afligiéronse los
dioses en la morada de Júpiter. Aquélla, aunque con la sonrisa en los
labios, no mostraba alegría en la frente, sobre las negras cejas. É
indignada, exclamó:
104 «¡Cuán necios somos los que tontamente nos irritamos contra
Júpiter! Queremos acercarnos á él y contenerle con palabras ó por
medio de la violencia; y él, sentado aparte, ni nos hace caso, ni
se preocupa, porque dice que en fuerza y poder es muy superior á
todos los dioses inmortales. Por tanto, sufrid los infortunios que
respectivamente os envíe. Creo que al impetuoso Marte le ha ocurrido
ya una desgracia; pues murió en la pelea Ascálafo, á quien amaba sobre
todos los hombres y reconocía por su hijo.»
113 Así habló. Marte bajó los brazos, golpeóse los muslos, y suspirando
dijo:
115 «No os irritéis conmigo, vosotros los que habitáis olímpicos
palacios, si voy á las naves aqueas para vengar la muerte de mi hijo;
iría aunque el destino hubiese dispuesto que me cayera encima el rayo
de Júpiter, dejándome tendido con los muertos, entre sangre y polvo.»
119 Dijo, y mandó al Terror y á la Fuga que uncieran los caballos,
mientras vestía las refulgentes armas. Mayor y más terrible hubiera
sido entonces el enojo y la ira de Jove contra los inmortales; pero
Minerva, temiendo por todos los dioses, se levantó del trono, salió por
el vestíbulo, y quitándole á Marte de la cabeza el casco, de la espalda
el escudo y de la robusta mano la pica de bronce, que apoyó contra la
pared, dirigió al impetuoso dios estas palabras:
128 «¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano tienes oídos para oir,
ó has perdido la razón y la vergüenza. ¿No oyes lo que dice Juno, la
diosa de los níveos brazos, que acaba de ver á Júpiter olímpico? ¿Ó
deseas, acaso, tener que regresar al Olimpo á viva fuerza, triste y
habiendo padecido muchos males, y causar gran daño á los otros dioses?
Porque Jove dejará en seguida á los altivos teucros y á los aqueos,
vendrá al Olimpo á promover tumulto entre nosotros, y castigará, así al
culpable como al inocente. Por esta razón te exhorto á templar tu enojo
por la muerte del hijo. Algún otro superior á él en valor y fuerza ha
muerto ó morirá, porque es difícil conservar todas las familias de los
hombres y salvar á todos los individuos.»
142 Dicho esto, condujo á su asiento al furibundo Marte. Juno llamó
afuera del palacio á Apolo y á Iris, la mensajera de los inmortales
dioses, y les dijo estas aladas palabras:
146 «Júpiter os manda que vayáis al Ida lo antes posible; y cuando
hubiereis llegado á su presencia, haced lo que os encargue y ordene.»
149 La venerable Juno, apenas acabó de hablar, volvió al palacio y se
sentó en su trono. Ellos bajaron en raudo vuelo al Ida, abundante en
manantiales y criador de fieras, y hallaron al longividente Saturnio
sentado en la cima del Gárgaro, debajo de olorosa nube. Al llegar á la
presencia de Júpiter, que amontona las nubes, se detuvieron; y Jove, al
verlos, no se irritó, porque habían obedecido con presteza las órdenes
de Juno. Y hablando primero con Iris, profirió estas aladas palabras:
158 «¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano Neptuno y no seas
mensajera falaz: Mándale que, cesando de pelear y combatir, se vaya á
la mansión de los dioses ó al mar divino. Y si no quiere obedecer mis
palabras y las desprecia, reflexione en su mente y en su corazón si,
aunque sea poderoso, se atreverá á esperarme cuando me dirija contra
él; pues le aventajo mucho en fuerza y edad, por más que en su ánimo se
crea igual á mí, á quien todos temen.»
168 De este modo habló. La veloz Iris, de pies veloces como el viento,
no desobedeció; y bajó de los montes ideos á la sagrada Ilión. Como
cae de las nubes la nieve ó el helado granizo, á impulso del Bóreas,
nacido en el éter; tan rápida y presurosa volaba la ligera Iris; y
deteniéndose cerca del ínclito Neptuno, así le dijo:
174 «Vengo, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, á traerte un mensaje
de parte de Júpiter, que lleva la égida. Te manda que, cesando de
pelear y combatir, te vayas á la mansión de los dioses ó al mar divino.
Y si no quieres obedecer sus palabras y las desprecias, te amenaza con
venir á luchar contigo y te aconseja que evites sus manos; porque dice
que te supera mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo te creas
igual á él, á quien todos temen.»
184 Respondióle muy indignado el ínclito Neptuno, que bate la tierra:
«¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque sea valiente, si dice que me
sujetará por fuerza y contra mi querer; á mí, que disfruto de sus
mismos honores. Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Saturno:
Júpiter, yo y el tercero Plutón, que reina en los infiernos. El
universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la
suya. Yo obtuve por suerte habitar siempre en el espumoso y agitado
mar, tocáronle á Plutón las tinieblas sombrías, correspondió á Jove
el anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la tierra y el
alto Olimpo son de todos. Por tanto, no obraré según lo decida Júpiter;
y éste, aunque sea poderoso, permanezca tranquilo en la tercia parte
que le pertenece. No pretenda asustarme con sus manos como si tratase
con un cobarde. Mejor fuera que con esas vehementes palabras riñese
á los hijos é hijas que engendró, pues estos tendrían que obedecer
necesariamente lo que les ordenare.»
200 Replicó la veloz Iris, de pies veloces como el viento: «¿He de
llevar á Jove, oh Neptuno, el de cerúlea cabellera, una respuesta tan
dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La mente de los sensatos es
flexible. Ya sabes que las Furias se declaran siempre por los de más
edad.»
[Ilustración: MINERVA QUITÓLE Á MARTE EL CASCO, EL ESCUDO Y LA PICA DE
BRONCE, Y DIRIGIÓ AL IMPETUOSO DIOS ESTAS PALABRAS...
(_Canto XV, versos 125 á 128._)]
205 Contestó Neptuno, que sacude la tierra: «¡Diosa Iris! Muy oportuno
es cuanto acabas de decir. Bueno es que el mensajero comprenda lo que
es conveniente. Pero el pesar me llega al corazón y al alma, cuando
aquél quiere increpar con iracundas voces á quien el hado hiciera su
igual en suerte y destino. Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas te
diré otra cosa y haré una amenaza: Si á despecho de mí, de Minerva,
que impera en las batallas, de Juno, de Mercurio y del rey Vulcano,
conservare la excelsa Ilión é impidiere que, destruyéndola, alcancen
los argivos una gran victoria, sepa que nuestra ira será implacable.»
218 Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra desamparó á los
aqueos y se sumergió en el mar; pronto los héroes aquivos le echaron de
menos. Entonces Júpiter, que amontona las nubes, dijo á Apolo:
221 «Ve ahora, querido Febo, á encontrar á Héctor, el de broncíneo
casco. Ya Neptuno, que ciñe y bate la tierra, se fué al mar divino,
para librarse de mi terrible cólera; pues hasta los dioses que están en
torno de Saturno, debajo de la tierra, hubieran oído el estrépito de
nuestro combate. Mucho mejor es para mí y para él que, temeroso, haya
cedido á mi fuerza, porque no sin sudor se hubiera efectuado la lucha.
Ahora, toma en tus manos la égida floqueada, agítala, y espanta á los
héroes aquivos; y luego, cuídate, oh Flechador, del esclarecido Héctor
é infúndele gran vigor, hasta que los aqueos lleguen, huyendo, á las
naves y al Helesponto. Entonces pensaré lo que fuere conveniente hacer
ó decir para que los aqueos respiren de sus cuitas.»
236 Tal dijo, y Apolo no desobedeció á su padre. Descendió de los
montes ideos, semejante al gavilán que mata á las palomas y es la más
veloz de las aves, y halló al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo,
ya no postrado en el suelo, sino sentado: iba cobrando ánimo y aliento,
y reconocía á los amigos que le circundaban, porque la anhelación y el
sudor habían cesado desde que Júpiter decidiera animar al héroe. El
flechador Apolo se detuvo á su vera, y le dijo:
244 «¡Héctor, hijo de Príamo! ¿Por qué te encuentro sentado, lejos de
los demás y desfallecido? ¿Te abruma algún pesar?»
246 Con lánguida voz respondióle Héctor, de tremolante casco: «¿Quién
eres tú, oh el mejor de los dioses, que vienes á mi presencia y me
interrogas? ¿No sabes que Ayax, valiente en la pelea, me hirió en el
pecho con una piedra, mientras yo mataba á sus compañeros junto á las
naves de los aqueos, é hizo desfallecer mi impetuoso valor? Figurábame
que vería hoy mismo á los muertos y la morada de Plutón, porque ya iba
á exhalar el alma.»
253 Contestó el soberano flechador Apolo: «Cobra ánimo. El Saturnio te
manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, á Febo
Apolo, el de la áurea espada; á mí, que ya antes protegía tu persona
y tu excelsa ciudad. Ea, ordena á tus muchos caudillos que guíen
los veloces caballos hacia las cóncavas naves; y yo, marchando á su
frente, allanaré el camino á los corceles y pondré en fuga á los héroes
aquivos.»
262 Dijo, é infundió un gran vigor al pastor de hombres. Como el corcel
avezado á bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve
atado en el establo come la cebada del pesebre, y rompiendo el ronzal
sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la cerviz, ondean las
crines sobre su cuello y ufano de su lozanía mueve ligero las rodillas
encaminándose al sitio donde los caballos pacen; tan ligeramente movía
Héctor pies y rodillas, exhortando á los capitanes, después que oyó
la voz de Apolo. Así como, cuando perros y pastores persiguen á un
cornígero ciervo ó á una cabra montés que se refugia en escarpada roca
ó umbría selva, porque no estaba decidido por el hado que el animal
fuese cogido; si atraído por la gritería, se presenta un melenudo león,
á todos los pone en fuga á pesar de su empeño; así también los dánaos
avanzaban en tropel, hiriendo á sus enemigos con espadas y lanzas de
doble filo; mas al notar que Héctor recorría las hileras de los suyos,
turbáronse y se les cayó el alma á los pies.
281 Entonces Toante, hijo de Andremón y el más señalado de los
etolos--era diestro en arrojar el dardo, valiente en el combate á
pie firme y pocos aqueos vencíanle en las juntas cuando los jóvenes
contendían sobre la elocuencia,--benévolo les arengó diciendo:
286 «¡Oh dioses! Grande es el prodigio que á mi vista se ofrece.
¡Cómo Héctor, librándose de la muerte, se ha vuelto á levantar! Gran
esperanza teníamos de que hubiese sido muerto por Ayax Telamonio; pero
algún dios protegió y salvó nuevamente á Héctor, que ha quebrado las
rodillas de muchos dánaos, como ahora lo hará también, pues no sin
la voluntad de Júpiter tonante aparece tan resuelto al frente de sus
tropas. Ea, obremos todos como voy á decir. Ordenemos á la muchedumbre
que vuelva á las naves, y cuantos nos gloriamos de ser los más
valientes, permanezcamos aquí y rechacémosle, yendo á su encuentro con
las picas levantadas. Creo que por embravecido que tenga el corazón,
temerá penetrar por entre los dánaos.»
300 Así habló, y ellos le escucharon y obedecieron. Ayax, el rey
Idomeneo, Teucro, Meriones y Meges, igual á Marte, llamando á los
más valientes, los dispusieron para la batalla contra Héctor y los
troyanos; y la turba se retiró á las naves aqueas.
306 Los teucros acometieron apiñados, siguiendo á Héctor, que marchaba
con arrogante paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto por
una nube, con la égida impetuosa, terrible, hirsuta, magnífica, que
Vulcano, el broncista, diera á Júpiter para que llevándola amedrentara
á los hombres. Con ella en la mano, Apolo guiaba á las tropas.
312 Los argivos, apiñados también, resistieron el ataque. Levantóse en
ambos ejércitos aguda gritería, las flechas saltaban de las cuerdas
de los arcos y audaces manos arrojaban buen número de lanzas, de las
cuales unas pocas se hundían en el cuerpo de los jóvenes poseídos
de marcial furor, y las demás clavábanse en el suelo, entre los dos
campos, antes de llegar á la blanca carne de que estaban codiciosas.
Mientras Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros alcanzaban por
igual á unos y á otros, y los hombres caían. Mas así que la agitó
frente á los dánaos, de ágiles corceles, dando un fortísimo grito,
debilitó el ánimo en los pechos de los aquivos y logró que se olvidaran
de su impetuoso valor. Como ponen en desorden una vacada ó un hato
de ovejas, dos fieras que se presentan muy entrada la obscura noche,
cuando el guardián está ausente; de la misma manera, los aqueos huían
espantados, porque Apolo les infundió terror y dió gloria á Héctor y á
los teucros.
328 Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo teucro mató á un
hombre. Héctor dió muerte á Estiquio y á Arcesilao: éste era caudillo
de los beocios, de broncíneas lorigas; el otro, compañero fiel del
magnánimo Menesteo. Eneas hizo perecer á Medonte y á Yaso; de los
cuales, el primero era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de
Ayax, y habitaba en Fílace, lejos de su patria, por haber muerto á un
hermano de su madrastra Eriopis, y Yaso, caudillo de los atenienses,
era conocido como hijo de Esfelo Bucólida. Polidamante quitó la vida á
Mecisteo, Polites á Equio al trabarse el combate, y el divino Agenor
á Clonio. Y Paris arrojó su lanza á Deyoco, que huía por entre los
combatientes delanteros; le hirió en la extremidad del hombro, y el
bronce salió al otro lado.
343 En tanto los teucros despojaban de las armas á los muertos, los
aquivos, arrojándose al foso y á la estacada, huían por todas partes
y penetraban en el muro, constreñidos por la necesidad. Y Héctor
exhortaba á los teucros, diciendo á voz en grito:
347 «Arrojaos á las naves y dejad los cruentos despojos. Al que
encuentre lejos de los bajeles, allí mismo le daré muerte, y luego
sus hermanos y hermanas no le entregarán á las llamas, sino que lo
despedazarán los perros fuera de la ciudad.»
352 En diciendo esto, azotó con el látigo el lomo de los caballos; y
mientras atravesaba las filas, animaba á los teucros. Éstos, dando
amenazadores gritos, guiaban los corceles de los carros con fragor
inmenso; y Febo Apolo, que iba delante, holló con sus pies las orillas
del foso profundo, echó la tierra dentro y formó un camino largo y
tan ancho como la distancia que media entre el hombre que arroja una
lanza para probar su fuerza y el sitio donde la misma cae. Por allí se
extendieron en buen orden; y Apolo, que con la égida preciosa iba á su
frente, derribaba el muro de los aqueos, con la misma facilidad con que
un niño, jugando en la playa, desbarata con los pies y las manos lo que
de arena había construído. Así tú, flechador Febo, destruías la obra
que había costado á los aquivos muchos trabajos y fatigas, y á ellos
los ponías en fuga.
367 Los aqueos no pararon hasta las naves, y allí se animaban unos á
otros, y con los brazos alzados, profiriendo grandes voces, imploraban
el auxilio de las deidades. Y especialmente Néstor gerenio, protector
de los aqueos, oraba levantando las manos al estrellado cielo:
372 «¡Padre Júpiter! Si alguien en Argos, abundante en trigales, quemó
en tu obsequio pingües muslos de buey ó de oveja, y te pidió que
lograra volver á su patria, y tú se lo prometiste asintiendo; acuérdate
de ello, Júpiter Olímpico, aparta de nosotros el día funesto, y no
permitas que los aquivos sucumban á manos de los teucros.»
377 Tal fué su plegaria. El próvido Júpiter atendió las preces del
anciano Nelida, y tronó fuertemente.
379 Los teucros, al oir el trueno de Júpiter, que lleva la égida,
arremetieron con más furia á los argivos, y sólo en combatir pensaron.
Como las olas del vasto mar salvan el costado de una nave y caen sobre
ella, cuando el viento arrecia y las levanta á gran altura; así los
teucros pasaron el muro, é introduciendo los carros, peleaban junto á
las popas con lanzas de doble filo; mientras los aqueos, subidos en las
negras naves, se defendían con pértigas largas, fuertes, de punta de
bronce, que para los combates navales llevaban en aquéllas.
390 En cuanto aquivos y teucros combatieron cerca del muro, lejos de
las veleras naves, Patroclo permaneció en la tienda del bravo Eurípilo,
entreteniéndole con la conversación y curándole la grave herida con
drogas que mitigaran los acerbos dolores. Mas, al ver que los teucros
asaltaban con ímpetu el muro y se producía clamoreo y fuga entre los
dánaos, gimió; y bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró, y
dijo:
399 «¡Eurípilo! Ya no puedo seguir aquí, aunque me necesites, porque
se ha trabado una gran batalla. Te cuidará el escudero, y yo volveré
presuroso á la tienda de Aquiles, para incitarle á pelear. ¿Quién sabe
si con la ayuda de algún dios conmoveré su ánimo? Gran fuerza tiene la
exhortación de un compañero.»
405 Dijo, y salió. Los aqueos sostenían firmemente la acometida de los
teucros, pero, aunque éstos eran menos, no podían rechazarlos de las
naves; y tampoco los teucros lograban romper las falanges de los dánaos
y entrar en sus tiendas y bajeles. Como la plomada nivela el mástil de
un navío en manos del hábil constructor que conoce bien su arte por
habérselo enseñado Minerva; de la misma manera andaba igual el combate
y la pelea, y unos pugnaban en torno de unas naves y otros alrededor de
otras.
415 Héctor fué á encontrar al glorioso Ayax; y luchando los dos por un
navío, ni Héctor conseguía arredrar á Ayax y pegar fuego á los bajeles,
ni Ayax lograba rechazar á Héctor desde que un dios lo acercara al
campamento. Entonces el esclarecido Ayax dió una lanzada en el pecho á
Calétor, hijo de Clitio, que iba á echar fuego en un barco: el teucro
cayó con estrépito, y la tea desprendióse de su mano. Y Héctor, como
viera que su primo caía en el polvo delante de la negra nave, exhortó á
troyanos y licios, diciendo á grandes voces:
425 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo peleáis! No dejéis
de combatir en esta angostura; defended el cuerpo del hijo de Clitio,
que cayó en la pelea junto á las naves, para que los aqueos no lo
despojen de las armas.»
429 Dichas estas palabras, arrojó á Ayax la luciente pica y erró el
tiro; pero, en cambio, hirió á Licofrón de Citera, hijo de Mástor y
escudero de Ayax, en cuyo palacio vivía desde que en aquella ciudad
matara á un hombre: el agudo bronce penetró en la cabeza por encima de
una oreja; y el guerrero, que se hallaba junto á Ayax, cayó de espaldas
desde la nave al polvo de la tierra, y sus miembros quedaron sin vigor.
Estremecióse Ayax, y dijo á su hermano:
437 «¡Querido Teucro! Nos han muerto al Mastórida, el compañero fiel á
quien honrábamos en el palacio como á nuestros padres, desde que vino
de Citera. El magnánimo Héctor le quitó la vida. Pero ¿dónde tienes las
mortíferas flechas y el arco que te dió Febo Apolo?»
442 Así se expresó. Oyóle Teucro y acudió corriendo, con el flexible
arco y el carcaj lleno de flechas; y una vez á su lado, comenzó á
disparar saetas contra los teucros. É hirió á Clito, preclaro hijo
de Pisenor y compañero del ilustre Polidamante Pantoida, que con las
riendas en la mano dirigía los corceles adonde más falanges en montón
confuso se agitaban, para congraciarse con Héctor y los teucros; pero
pronto ocurrióle una desgracia, de que nadie, por más que lo deseara,
pudo librarle: la acerba flecha se le clavó en el cuello, por detrás;
el guerrero cayó del carro, y los corceles retrocedieron arrastrando
con estrépito el carro vacío. Al notarlo Polidamante, su dueño, se
adelantó y los detuvo; entrególos á Astinoo, hijo de Protiaón, con
el encargo de que los tuviera cerca, y se mezcló de nuevo con los
combatientes delanteros.
458 Teucro sacó otra flecha para tirarla á Héctor, armado de bronce;
y si hubiese conseguido herirle y quitarle la vida mientras peleaba
valerosamente, con ello diera fin al combate que junto á las naves
aqueas se sostenía. Mas no dejó de advertirlo en su mente el próvido
Júpiter, y salvó la vida de Héctor, á la vez que privaba de gloria
á Teucro, rompiéndole á éste la cuerda del magnífico arco cuando lo
tendía: la flecha, que el bronce hacía ponderosa, torció su camino, y
el arco cayó de las manos del guerrero. Estremecióse Teucro, y dijo á
su hermano:
467 «¡Oh dioses! Alguna deidad que quiere frustrar nuestros medios de
combate, me quitó el arco de la mano y rompió la cuerda recién torcida
que até esta mañana para que pudiera despedir, sin romperse, multitud
de flechas.»
471 Respondióle el gran Ayax Telamonio: «¡Oh amigo! Deja quieto el
arco con las abundantes flechas, ya que un dios lo inutilizó por odio
á los dánaos; toma una larga pica y un escudo que cubra tus hombros,
pelea contra los teucros y anima á la tropa. Que aun siendo vencedores,
no tomen sin trabajo las naves, de muchos bancos. Sólo en combatir
pensemos.»
478 Así dijo. Teucro dejó el arco en la tienda, colgó de sus hombros
un escudo formado por cuatro pieles, cubrió la robusta cabeza con un
labrado casco, cuyo penacho de crines de caballo ondeaba terriblemente
en la cimera, asió una fuerte lanza de aguzada broncínea punta, salió y
volvió corriendo al lado de Ayax.
484 Héctor, al ver que las saetas de Teucro quedaban inútiles, exhortó
á los troyanos y á los licios, gritando recio:
486 «¡Troyanos, licios, dárdanos, que cuerpo á cuerpo combatís!
Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor junto á las
cóncavas naves; pues acabo de ver con mis ojos que Júpiter ha dejado
inútiles las flechas de un eximio guerrero. El influjo de Jove lo
reconocen fácilmente, así los que del dios reciben excelsa gloria,
como aquéllos á quienes abate y no quiere socorrer: ahora amilana á
los argivos y nos favorece á nosotros. Combatid en escuadrón cerrado,
junto á los bajeles; y quien sea herido mortalmente, de cerca ó de
lejos, cumpliéndose su destino, muera; que será honroso para él morir
combatiendo por la patria, y su esposa é hijos se verán salvos, y su
casa y hacienda no sufrirán menoscabo, si los aqueos regresan en las
naves á su patria tierra.»
500 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Ayax
exhortó también á sus compañeros:
502 «¡Qué vergüenza, argivos! Ya llegó el momento de morir ó de
salvarse rechazando de las naves á los teucros. ¿Esperáis acaso volver
á pie á la patria tierra, si Héctor, de tremolante casco, toma los
bajeles? ¿No oís cómo anima á todos los suyos y desea quemar los
navíos? No les manda que vayan á un baile, sino que peleen. No hay
mejor pensamiento ó consejo para nosotros que éste: combatir cuerpo á
cuerpo y valerosamente con el enemigo. Es preferible morir de una vez
ó asegurar la vida, á dejarse matar paulatina é infructuosamente en
la terrible contienda, junto á los barcos, por guerreros que nos son
inferiores.»
514 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Entonces Héctor mató á Esquedio, hijo de Perimedes y caudillo de los
focenses; Ayax quitó la vida á Laodamante, hijo ilustre de Antenor, que
mandaba los peones; y Polidamante acabó con Oto de Cilene, compañero de
Meges Filida y jefe de los magnánimos epeos. Meges, al verlo, arremetió
con la lanza á Polidamante; pero éste hurtó el cuerpo--Apolo no quiso
que el hijo de Panto sucumbiera entre los combatientes delanteros,--y
aquél hirió en medio del pecho á Cresmo, que cayó con estrépito, y el
aquivo le despojó de la armadura que cubría sus hombros. En tanto,
Dólope Lampétida, hábil en manejar la lanza (habíalo engendrado Lampo
Laomedontíada, que fué el más valiente de los hombres y estuvo dotado
de impetuoso valor), arrancó contra Meges y acometiéndole de cerca,
dióle un bote en el centro del escudo; pero el Filida se salvó, gracias
á una fuerte loriga que protegía su cuerpo, la cual había sido regalada
en otro tiempo á Fileo en Éfira, á orillas del río Seleente, por su
huésped el rey Eufetes, para que en la guerra le defendiera de los
enemigos, y entonces libró de la muerte á su hijo Meges. Éste, á su
vez, dió una lanzada á Dólope en la parte inferior de la cimera del
broncíneo casco, rompióla é hizo caer en el polvo el penacho recién
teñido de vistosa púrpura. Y mientras Dólope seguía combatiendo con
la esperanza de vencer, el belígero Menelao fué á ayudar á Meges; y
poniéndose á su lado sin ser visto, envasó la lanza en la espalda de
aquél: la punta impetuosa salió por el pecho, y el guerrero cayó de
bruces. Ambos caudillos corrieron á quitarle la broncínea armadura
de los hombros; y Héctor exhortaba á todos sus deudos é increpaba
especialmente al esforzado Melanipo Hicetaónida; el cual, antes de
presentarse los enemigos, apacentaba bueyes, de tornátiles pies, en
Percote, y, cuando llegaron los dánaos en las encorvadas naves, fuése
á Ilión, sobresalió entre los troyanos y habitó el palacio de Príamo,
que le honraba como á sus hijos. Á Melanipo, pues, le reprendía Héctor,
diciendo:
553 «¿Seremos tan indolentes, Melanipo? ¿No te conmueve el corazón la
muerte del primo? ¿No ves cómo tratan de llevarse las armas de Dólope?
Sígueme; que ya es necesario combatir de cerca con los argivos, hasta
que los destruyamos ó arruinen ellos la excelsa Ilión desde su cumbre y
maten á los ciudadanos.»
559 Habiendo hablado así, echó á andar, y siguióle el varón, que
parecía un dios. Á su vez, el gran Ayax Telamonio exhortó á los argivos:
561 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón
pundonoroso, y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate!
De los que sienten este temor, son más los que se salvan que los que
mueren; los que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»
565 Así dijo; y ellos, que ya antes deseaban derrotar al enemigo,
pusieron en su corazón aquellas palabras y cercaron las naves con un
muro de bronce. Júpiter incitaba á los teucros contra los aqueos. Y
Menelao, valiente en la pelea, exhortó á Antíloco:
569 «¡Antíloco! Ningún aqueo de los presentes es más joven que tú, ni
más ligero de pies, ni tan fuerte en el combate. Si arremetieses á los
teucros é hirieras á alguno...»
572 Así dijo, y alejóse de nuevo. Antíloco, animado, saltó más allá de
los combatientes delanteros; y revolviendo el rostro á todas partes,
arrojó la luciente lanza. Al verle, huyeron los teucros. No fué vano el
tiro, pues hirió en el pecho, cerca de la tetilla, á Melanipo, animoso
hijo de Hicetaón, que acababa de entrar en combate: el teucro cayó con
estrépito, y la obscuridad cubrió sus ojos. Como el perro se abalanza
al cervato herido por una flecha que al saltar de la madriguera le
tira un cazador, dejándole sin vigor los miembros; así el belicoso
Antíloco se arrojó á ti, oh Melanipo, para quitarte la armadura. Mas
no pasó inadvertido para el divino Héctor; el cual, corriendo á través
del campo de batalla, fué al encuentro de Antíloco; y éste, aunque era
luchador brioso, huyó sin esperarle, parecido á la fiera que causa
algún daño, como matar á un perro ó á un pastor junto á sus bueyes, y
huye antes que se reunan muchos hombres; así huyó el Nestórida; y sobre
él, los teucros y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover
acerbos tiros. Y Antíloco, tan pronto como llegó á juntarse con sus
compañeros, se detuvo y volvió la cara al enemigo.
592 Los teucros, semejantes á carniceros leones, asaltaban las naves y
cumplían los designios de Júpiter, el cual les infundía continuamente
gran valor y les excitaba á combatir, y al propio tiempo abatía el
ánimo de los argivos, privándoles de la gloria del triunfo, porque
deseaba en su corazón dar gloria á Héctor Priámida, á fin de que éste
arrojase el abrasador y voraz fuego en las corvas naves, y se realizara
de todo en todo la funesta súplica de Tetis. El próvido Júpiter sólo
aguardaba ver con sus ojos el resplandor de una nave incendiada, pues
desde aquel instante haría que los teucros fuesen perseguidos desde
las naves y daría la victoria á los dánaos. Pensando en tales cosas,
el dios incitaba á Héctor Priámida, ya de por sí muy enardecido, á
encaminarse hacia las cóncavas naves. Como se enfurece Marte blandiendo
la lanza, ó se embravece el pernicioso fuego en la espesura de poblada
selva, así se enfurecía Héctor: su boca estaba cubierta de espuma, los
ojos le centelleaban debajo de las torvas cejas y el casco se agitaba
terriblemente en sus sienes mientras peleaba. Y desde el éter, Júpiter
protegía únicamente á Héctor, entre tantos hombres, y le daba honor y
gloria; porque el héroe debía vivir poco, y ya Palas Minerva apresuraba
la llegada del día fatal en que había de sucumbir á manos del Pelida.
Héctor deseaba romper las filas de los combatientes, y probaba por
donde veía mayor turba y mejores armas; mas, aunque ponía gran empeño,
no pudo conseguirlo, porque los dánaos, dispuestos en columna cerrada,
hicieron frente al enemigo. Cual un peñasco escarpado y grande, que en
la ribera del espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vientos y
de las ingentes olas que allí se rompen; así los dánaos aguardaban á
pie firme á los teucros y no huían. Y Héctor, resplandeciente como
el fuego, saltó al centro de la turba como la ola impetuosa levantada
por el viento cae desde lo alto sobre la ligera nave, llenándola de
espuma, mientras el soplo terrible del huracán brama en las velas y
los marineros tiemblan amedrentados porque se hallan muy cerca de la
muerte; de tal modo vacilaba el ánimo en el pecho de los aqueos. Como
dañino león acomete un rebaño de muchas vacas que pacen á orillas de
extenso lago y son guardadas por un pastor que, no sabiendo luchar con
las fieras para evitar la muerte de alguna vaca de retorcidos cuernos,
va siempre con las primeras ó con las últimas reses; y el león salta
al centro, devora una vaca y las demás huyen espantadas: así los
aqueos todos fueron puestos en fuga por Héctor y el padre Júpiter,
pero Héctor mató á uno solo, á Perifetes de Micenas, hijo de aquel
Copreo que llevaba los mensajes del rey Euristeo al fornido Hércules.
De este padre obscuro nació tal hijo, que superándole en toda clase de
virtudes, en la carrera y en el combate, figuró por su talento entre
los primeros ciudadanos de Micenas y entonces dió á Héctor gloria
excelsa. Pues al volverse, tropezó con el borde del escudo que le
cubría de pies á cabeza y que llevaba para defenderse de los tiros;
y enredándose con él, cayó de espaldas, y el casco resonó de un modo
horrible en torno de las sienes. Héctor lo advirtió en seguida, acudió
corriendo, metió la pica en el pecho de Perifetes y le mató cerca de
sus mismos compañeros que, aunque afligidos, no pudieron socorrerle,
pues temían mucho al divino Héctor.
653 Por fin llegaron á las naves. Defendíanse los argivos detrás de
las que se habían sacado primero á la playa, y los teucros fueron á
perseguirlos. Aquéllos, al verse obligados á retroceder, se colocaron
apiñados cerca de las tiendas, sin dispersarse por el ejército porque
la vergüenza y el temor se lo impedían, y mutua é incesantemente se
exhortaban. Y especialmente Néstor, protector de los aqueos, dirigíase
á todos los guerreros, y en nombre de sus padres así les suplicaba:
661 «¡Oh amigos! Sed hombres y mostrad que tenéis un corazón
pundonoroso ante los demás varones. Acordaos de los hijos, de las
esposas, de los bienes, y de los padres, vivan aún ó hayan fallecido.
En nombre de estos ausentes os suplico que resistáis firmemente y no os
entreguéis á la fuga.»
667 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.
Entonces Minerva les quitó de los ojos la densa nube que los cubría, y
apareció la luz por ambos lados, en los navíos y en la lid sostenida
por los dos ejércitos con igual tesón. Vieron á Héctor, valiente en la
pelea, y á sus propios compañeros, así á cuantos estaban detrás de los
bajeles y no combatían, como á los que junto á las veleras naves daban
batalla al enemigo.
674 No le era grato al corazón del magnánimo Ayax permanecer donde
los demás aqueos se habían retirado; y el héroe, andando á paso
largo, iba de nave en nave con una gran percha de combate naval que
medía veintidós codos y estaba reforzada con clavos. Como un diestro
cabalgador escoge cuatro caballos entre muchos, los guía desde la
llanura á la gran ciudad por la carretera, muchos hombres y mujeres
le admiran, y él salta continuamente y con seguridad del uno al otro,
mientras los corceles vuelan; así Ayax, andando á paso tirado, recorría
las cubiertas de muchas naves y su voz llegaba al éter. Sin cesar
daba horribles gritos, para exhortar á los dánaos á defender naves y
tiendas. Tampoco Héctor permanecía en la turba de los teucros, armados
de fuertes corazas: como el águila negra se echa sobre una bandada
de alígeras aves--gansos, grullas ó cisnes cuellilargos--que están
comiendo á orillas de un río; así Héctor corría en derechura á una nave
de negra proa, empujado por la mano poderosa de Júpiter, y el dios
incitaba también á la tropa para que le acompañara.
696 De nuevo se trabó un reñido combate al pie de los bajeles.
Hubieras dicho que sin estar cansados ni fatigados, comenzaban
entonces á pelear. ¡Con tal denuedo batallaban! He aquí cuáles eran
sus respectivos pensamientos: los aqueos no creían escapar de aquel
desastre, sino perecer; los teucros esperaban en su corazón incendiar
las naves y matar á los héroes aquivos. Y con estas ideas, asaltábanse
unos á otros.
704 Héctor llegó á tocar la popa de una hermosa nave de ligero andar;
aquella en que Protesilao llegó á Troya y que luego no había de
llevarle otra vez á la patria tierra. Por esta nave se mataban los
aquivos y los teucros: sin aguardar desde lejos los tiros de flechas
y dardos, combatían de cerca y con igual ánimo, valiéndose de agudas
hachas, segures, grandes espadas y lanzas de doble filo. Muchas
hermosas dagas, de obscuro recazo, provistas de mango, cayeron al
suelo, ya de las manos, ya de los hombros de los combatientes; y la
negra tierra manaba sangre. Héctor, desde que cogió la popa, no la
soltaba; y teniendo entre sus manos la parte superior de la misma,
animaba á los teucros:
718 «¡Traed fuego, y dispuestos en escuadrón cerrado, trabad la
batalla! Júpiter nos concede un día que lo compensa todo, pues vamos
á tomar las naves que vinieron contra la voluntad de los dioses y nos
han ocasionado muchas calamidades por la cobardía de los viejos, que
no me dejaban pelear cerca de aquéllas y detenían al ejército. Mas si
entonces el longividente Júpiter ofuscaba nuestra razón, ahora él mismo
nos impele y anima.»
726 Así dijo; y ellos acometieron con mayor ímpetu á los argivos. Ayax
ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros: temiendo morir,
dejó la cubierta, retrocedió hasta un banco de remeros que tenía siete
pies, púsose á vigilar, y con la pica apartaba del navío á cuantos
llevaban el voraz fuego, en tanto que exhortaba á los dánaos con
espantosos gritos:
733 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! Sed hombres y mostrad
vuestro impetuoso valor. ¿Creéis, por ventura, que hay á nuestra
espalda otros defensores ó un muro más sólido que libre á los hombres
de la muerte? Cerca de aquí no existe ciudad alguna defendida con
torres, que nos proporcione refugio y cuyo pueblo nos dé auxilio para
alcanzar una ulterior victoria; sino que nos hallamos en la llanura
de los troyanos, de fuertes corazas, á orillas del mar y lejos de la
patria. La salvación, por consiguiente, está en los puños; no en ser
flojos en la pelea.»
742 Dijo, y acometió furioso con la aguda lanza. Y cuantos teucros,
movidos por las excitaciones de Héctor, quisieron llevar ardiente fuego
á las cóncavas naves, á todos los mató Ayax con su larga pica. Doce
fueron los que hirió de cerca, delante de los bajeles.
[Ilustración: El Sueño y la Muerte trasportan á la Licia el cadáver de
Sarpedón]