CANTO XI

PRINCIPALÍA DE AGAMENÓN

1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al bello Titón, para llevar

la luz á los dioses y á los hombres, cuando, enviada por Júpiter, se

presentó en las veleras naves aqueas la cruel Discordia con la señal

del combate en la mano. Subió la diosa á la ingente nave negra de

Ulises, que estaba en medio de todas, para que le oyeran por ambos

lados hasta las tiendas de Ayax Telamonio y de Aquiles; los cuales

habían puesto sus bajeles en los extremos, porque confiaban en su valor

y en la fuerza de sus brazos. Desde allí daba aquélla grandes, agudos

y horrendos gritos, y ponía mucha fortaleza en el corazón de todos, á

fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fué más

agradable batallar que volver á la patria tierra en las cóncavas naves.

15 El Atrida alzó la voz mandando que los argivos se apercibiesen,

y él mismo vistió la armadura de luciente bronce. Púsose en torno de

las piernas hermosas grebas sujetas con broches de plata, y cubrió su

pecho con la coraza que Ciniras le diera como presente de hospitalidad.

Porque hasta Chipre había llegado la noticia de que los aqueos se

embarcaban para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dió

esta coraza que tenía diez filetes de pavonado acero, doce de oro y

veinte de estaño, y tres cerúleos dragones erguidos hacia el cuello

y semejantes al iris que el Saturnio fija en las nubes como señal

para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colgó del hombro

la espada, en la que relucían áureos clavos, con su vaina de plata

sujeta por tirantes de oro. Embrazó después el labrado escudo, fuerte

y hermoso, de la altura de un hombre, que presentaba diez círculos

de bronce en el contorno, tenía veinte bollos de blanco estaño y en

el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba la Gorgona, de ojos

horrendos y torva vista, con el Terror y la Fuga á los lados. Su correa

era argentada, y sobre la misma enroscábase cerúleo dragón de tres

cabezas entrelazadas, que nacían de un solo cuello. Cubrió en seguida

su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho de

crines de caballo, que al ondear en lo alto causaba pavor; y asió dos

fornidas lanzas de aguzada broncínea punta, cuyo brillo llegaba hasta

el cielo. Y Minerva y Juno tronaron en las alturas para honrar al rey

de Micenas, rica en oro.

47 Cada cual mandó entonces á su auriga que tuviera dispuestos el

carro y los corceles junto al foso; salieron todos á pie y armados, y

levantóse inmenso vocerío antes que la aurora despuntara. Delante del

foso ordenáronse los infantes, y á éstos siguieron de cerca los que

combatían en carros. Y el Saturnio promovió entre ellos funesto tumulto

y dejó caer desde el éter sanguinoso rocío porque había de precipitar

al Orco á muchas y valerosas almas.

56 Los teucros pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia

de la llanura, alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante,

de Eneas, honrado como un dios por el pueblo troyano, y de los tres

Antenóridas: Pólibo, el divino Agenor y el joven Acamante, que parecía

un inmortal. Héctor, armado de un escudo liso, llegó con los primeros

combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y

otras se oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía

entre los delanteros, ya se mostraba entre los últimos, siempre dando

órdenes y brillando como el relámpago del padre Jove, que lleva la

égida.

67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de

un campo de trigo ó de cebada de un hombre opulento, y los manojos de

espigas caen espesos; de la misma manera, teucros y aqueos se acometían

y mataban, sin pensar en la perniciosa fuga. Igual andaba la pelea,

y como lobos se embestían. Gozábase en verlos la luctuosa Discordia,

única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los demás

dioses permanecían quietos en sus palacios construídos en los valles

del Olimpo y acusaban al Saturnio, el dios de las sombrías nubes,

porque quería conceder la victoria á los teucros. Mas el padre no se

cuidaba de ellos; y, sentado aparte, ufano de su gloria, contemplaba

la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce, á los que

mataban y á los que la muerte recibían.

84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los

tiros alcanzaban por igual á unos y á otros y los hombres caían. Cuando

llegó la hora en que el leñador prepara el almuerzo en la espesura

del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar grandes árboles

y su corazón apetece la agradable comida, los dánaos, exhortándose

mutuamente por las filas y peleando con bravura, rompieron las falanges

teucras. Agamenón, que fué el primero en arrojarse á ellas, mató á

Bianor, pastor de hombres, y á su compañero Oileo, hábil jinete. Éste

se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida

le hundió en la frente la aguzada pica, que atravesó el casco--á pesar

de ser de duro bronce--y el hueso, conmovióle el cerebro y postró

al guerrero cuando contra aquél arremetía: Después de quitarles á

entrambos la coraza, Agamenón, rey de hombres, dejólos allí, con el

pecho al aire, y fué á dar muerte á Iso y á Ántifo, hijos bastardo y

legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro. El

bastardo guiaba y el ilustre Ántifo combatía. En otro tiempo Aquiles,

habiéndolos sorprendido en un bosque del Ida, mientras apacentaban

ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego, pagado el rescate, los

puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida le envasó

á Iso la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y á Ántifo le hirió con

la espada en la oreja y le derribó del carro. Y al ir presuroso á

quitarles las magníficas armaduras, los reconoció; pues los había visto

en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los

llevó del Ida. Bien así como un león penetra en la guarida de una ágil

cierva, se echa sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes

dientes les quita la tierna vida, y la madre no puede socorrerlos,

aunque esté cerca, porque le da un gran temblor, y atraviesa, azorada

y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la

terrible fiera; tampoco los teucros pudieron librar á aquéllos de la

muerte, porque á su vez huían ante los argivos.

122 Alcanzó luego el rey Agamenón á Pisandro y al intrépido Hipóloco,

hijos del aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos

regalos de Alejandro, se oponía á que Helena fuese devuelta al rubio

Menelao): ambos iban en un carro, y desde su sitio procuraban guiar

los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas riendas y

estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si

fuese un león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:

131 «Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate.

Muchas cosas de valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro

labrado; con ellas nuestro padre te pagaría inmenso rescate, si supiera

que estamos vivos en las naves aqueas.»

136 Con tan dulces palabras y llorando, hablaban al rey; pero fué

amarga la respuesta que escucharon:

138 «Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco, que aconsejaba en

la junta de los troyanos matar á Menelao y no dejarle volver á los

aqueos, cuando vino á título de embajador con el deiforme Ulises, ahora

pagaréis la insolente injuria que nos infirió vuestro padre.»

143 Dijo, y derribó del carro á Pisandro: dióle una lanzada en el pecho

y le tumbó de espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra,

Agamenón le cercenó con la espada los brazos y la cabeza, que tiró,

haciéndola rodar como un mortero, por entre las filas. El Atrida dejó

á éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuése derecho

al sitio donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían.

Los infantes mataban á los infantes, que se veían obligados á huir;

los que combatían desde el carro hacían perecer con el bronce á los

enemigos que así peleaban, y á todos los envolvía la polvareda que

en la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el

rey Agamenón iba siempre adelante, matando teucros y animando á los

argivos. Como al estallar voraz incendio en un boscaje, el viento hace

oscilar las llamas y lo propaga por todas partes, y los arbustos ceden

á la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces; de igual manera

caían las cabezas de los teucros puestos en fuga por Agamenón Atrida,

y muchos caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el

campo los carros vacíos y echaban de menos á los eximios conductores;

pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más gratos á los buitres que á

sus propias esposas.

163 Á Héctor, Júpiter le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza,

la sangre y el tumulto; y el Atrida iba adelante, exhortando

vehementemente á los dánaos. Los teucros corrían por la llanura,

deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado á su espalda

el sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahigo; y el Atrida les

seguía el alcance, vociferando, con las invictas manos llenas de polvo

y sangre. Los que primero llegaron á las puertas Esceas y á la encina,

detuviéronse para aguardar á sus compañeros, los cuales huían por la

llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la

obscuridad de la noche, da cruel muerte á una de ellas, rompiendo su

cerviz con los fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas;

del mismo modo el rey Agamenón Atrida perseguía á los teucros, matando

al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El Atrida, manejando la

lanza con gran furia, hizo caer á muchos, ya de pechos, ya de espaldas,

de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al

alto muro de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó

del cielo con el relámpago en la mano, se sentó en una de las cumbres,

y llamó á Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:

186 «¡Anda, ve, rápida Iris! Dile á Héctor estas palabras: Mientras

vea que Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes

delanteros y destroza filas de hombres, retírese y ordene al pueblo que

combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél,

herido de lanza ó de flecha, suba al carro, les daré fuerzas para matar

enemigos hasta que llegue á las naves de muchos bancos, se ponga el sol

y comience la sagrada noche.»

195 Dijo, y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó

de obedecerle. Descendió de los montes ideos á la sagrada Ilión, y

hallando al divino Héctor, hijo del belicoso Príamo, de pie en el

sólido carro, se detuvo á su lado, y le habló de esta manera:

200 «¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas á Júpiter! El

padre Jove me manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que

Agamenón, pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros

y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al pueblo que

combata con los enemigos en la sangrienta batalla. Mas así que aquél,

herido de lanza ó de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar

enemigos hasta que llegues á las naves de muchos bancos, se ponga el

sol y comience la sagrada noche.»

210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fué.

Héctor saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y blandiendo

afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á luchar y promovió

una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para

embestirlos; los argivos cerraron las filas de las falanges; reanudóse

el combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse

á todos en la batalla.

218 Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cuál fué el

primer troyano ó aliado ilustre que á Agamenón se opuso.

221 Fué Ifidamante Antenórida, valiente y alto de cuerpo, que se había

criado en la fértil Tracia, madre de ovejas. Era todavía niño cuando

su abuelo materno Ciseo, padre de Teano, la de hermosas mejillas, le

acogió en su casa; y así que hubo llegado á la gloriosa edad juvenil,

le conservó á su lado, dándole á su hija en matrimonio. Apenas casado,

Ifidamante tuvo que dejar el tálamo para ir á guerrear contra los

aqueos: llegó por mar hasta Percote, dejó allí las doce corvas naves

que mandaba y se encaminó por tierra á Ilión. Tal era quien salió al

encuentro de Agamenón Atrida. Cuando los dos héroes se hallaron frente

á frente, acometiéronse, y el Atrida erró el tiro, porque la lanza

se le desvió; Ifidamante dió con la pica un bote en la cintura de

Agamenón, más abajo de la coraza, y aunque empujó el astil con toda la

fuerza de su brazo, no logró atravesar el labrado tahalí, pues la punta

al chocar con la lámina de plata se torció como plomo. Entonces el

poderoso Agamenón asió de la pica, y tirando de ella con la furia de un

león, la arrancó de las manos de Ifidamante, á quien hirió en el cuello

con la espada, dejándole sin vigor los miembros. De este modo cayó el

desventurado para dormir el sueño de bronce, mientras auxiliaba á los

troyanos, lejos de su joven y legítima esposa, cuya gratitud no llegó

á conocer después que tanto le diera: habíale regalado cien bueyes y

prometido mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores

apacentaban. El Atrida Agamenón le quitó la magnífica armadura y se la

llevó, abriéndose paso por entre los aqueos.

248 Advirtiólo Coón, varón preclaro é hijo primogénito de Antenor, y

densa nube de pesar cubrió sus ojos por la muerte del hermano. Púsose

al lado de Agamenón sin que éste lo notara, dióle una lanzada en medio

del brazo, en el codo, y se lo atravesó con la punta de la reluciente

pica. Estremecióse el rey de hombres Agamenón, mas no por esto dejó

de luchar ni de combatir; sino que arremetió con la impetuosa lanza á

Coón, el cual se apresuraba á retirar, asiéndole por el pie, el cadáver

de Ifidamante, su hermano de padre, y á voces pedía auxilio á los

más valientes. Mientras arrastraba el cadáver á través de la turba,

cubriéndole con el abollonado escudo, Agamenón le envasó la broncínea

lanza; dejó sin vigor sus miembros, y le cortó la cabeza sobre el mismo

Ifidamante. Y ambos hijos de Antenor, cumpliéndose su destino, acabaron

la vida á manos del Atrida y descendieron á la morada de Plutón.

264 Entróse luego Agamenón por las filas de otros guerreros, y combatió

con la lanza, la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente

brotaba de la herida; mas así que ésta se secó y la sangre dejó de

correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los dolores agudos

y acerbos que á la parturiente envían las Ilitias, hijas de Júpiter,

las cuales presiden los alumbramientos y disponen de los terribles

dolores del parto; tales eran los agudos dolores que debilitaron las

fuerzas del Atrida. De un salto subió al carro; con el corazón afligido

mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves, y gritando fuerte

dijo á los dánaos:

276 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Apartad vosotros de

las naves, que atraviesan el ponto, el funesto combate; pues á mí el

próvido Júpiter no me permite combatir todo el día con los teucros.»

280 Así dijo. El auriga picó con el látigo á los caballos de hermosas

crines, dirigiéndolos á las cóncavas naves; ellos volaron gozosos, con

el pecho cubierto de espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron

del campo de la batalla al fatigado rey.

284 Héctor, al notar que Agamenón se ausentaba, con penetrantes gritos

animó á los troyanos y á los licios:

286 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed

hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero más

valiente se ha ido, y Jove Saturnio me concede una gran victoria. Pero

dirigid los solípedos caballos hacia los fuertes dánaos y la gloria que

alcanzaréis será mayor.»

291 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Como

un cazador azuza á los perros de blancos dientes contra un montaraz

jabalí ó contra un león; así Héctor Priámida, igual á Marte, funesto

á los mortales, incitaba á los magnánimos teucros contra los aqueos.

Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y cayó en

la batalla como tempestad que viene de lo alto y alborota el violáceo

ponto.

299 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató

Héctor Priámida cuando Júpiter le dió gloria?

301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope Clítida,

Ofeltio, Agelao, Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. Á tales caudillos

dánaos dió muerte, y además á muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro

agita y se lleva en furioso torbellino las nubes que el veloz Noto

reuniera, y gruesas olas se levantan y la espuma llega á lo alto por

el soplo del errabundo viento; de esta manera caían ante Héctor muchas

cabezas de hombres plebeyos.

310 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido,

y los aqueos, dándose á la fuga, no habrían parado hasta las naves, si

Ulises no hubiese exhortado á Diomedes Tidida:

313 «¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea,

ven aquí, amigo; ponte á mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, de

tremolante casco, se apoderase de las naves.»

316 Respondióle el fuerte Diomedes: «Yo me quedaré y resistiré, aunque

será poco el provecho que obtendremos; pues Júpiter, que amontona las

nubes, quiere conceder la victoria á los teucros y no á nosotros.»

320 Dijo, y derribó del carro á Timbreo, envasándole la pica en la

tetilla izquierda; mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, á

Molión, igual á un dios. Dejáronlos tan pronto como los pusieron fuera

de combate, y penetrando por la turba causaron confusión y terror, como

dos embravecidos jabalíes que acometen á perros de caza. Así, habiendo

vuelto á combatir, mataban á los teucros; en tanto los aqueos, que

huían de Héctor, pudieron respirar placenteramente.

328 Dieron también alcance á dos hombres que eran los más valientes de

su pueblo y venían en un mismo carro, á los hijos de Mérope percosio:

éste conocía como nadie el arte adivinatoria, y no quería que sus hijos

fuesen á la homicida guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos

por el hado que á la negra muerte los arrastraba. Diomedes Tidida,

famoso por su lanza, les quitó la vida y les despojó de las magníficas

armaduras. Ulises mató á Hipódamo y á Hipéroco.

336 Entonces el Saturnio, que desde el Ida contemplaba la batalla,

igualó el combate en que teucros y aqueos se mataban. El hijo de Tideo

dió una lanzada en la cadera al héroe Agástrofo Peónida, que por no

tener cerca los corceles no pudo huir, y esta fué la causa de su

desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él se revolvía

furioso entre los combatientes delanteros, hasta que perdió la vida.

Atisbó Héctor á Ulises y á Diomedes, los arremetió gritando, y pronto

siguieron tras él las falanges troyanas. Al verle, estremecióse el

valeroso Diomedes, y dijo á Ulises, que estaba á su lado:

347 «Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea,

aguardémosle á pie firme y cerremos con él.»

349 Dijo; y apuntando á la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la

ingente lanza, que fué á dar en la cima del yelmo; pero el bronce

rechazó al bronce, y la punta no llegó al hermoso cutis por impedírselo

el casco de tres dobleces y agujeros á guisa de ojos, regalo de Febo

Apolo. Héctor retrocedió un buen trecho, y penetrando por la turba,

cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche

cubrió sus ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas

para recoger la lanza que en el suelo se clavara, Héctor tornó en su

sentido, subió de un salto al carro, y dirigiéndolo por en medio de la

multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en

mano le perseguía, exclamó:

362 «¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste

la perdición, pero te salvó Febo Apolo, á quien debes de rogar

cuando sales al campo antes de oir el estruendo de los dardos. Yo

acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me ayuda. Y ahora

perseguiré á los demás que se me pongan al alcance.»

367 Dijo; y empezó á despojar el cadáver del Peónida, famoso por su

lanza. Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se

apoyaba en una columna del sepulcro del antiguo rey Ilo Dardánida,

armó la ballesta y la asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y

mientras éste quitaba al cadáver del valeroso Agástrofo la labrada

coraza, el versátil escudo de debajo de la espalda, y el pesado casco,

aquél disparó y el tiro no fué errado: la flecha atravesóle al héroe

el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro salió de su

escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:

380 «Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un

ijar, te hubiese quitado la vida. Así los teucros tendrían un respiro

en sus males, pues te temen como al león las baladoras cabras.»

384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes: «¡Flechero,

insolente, únicamente experto en manejar el arco, mirón de doncellas!

Si frente á frente midieras conmigo las armas, no te valdría la

ballesta ni las abundantes flechas. Ahora te alabas sin motivo, pues

sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido de la herida como

si una mujer ó un insipiente niño me la hubiese causado, que poco duele

la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo

que yo arrojo: por poco que penetre deja exánime al que lo recibe, y la

mujer del muerto desgarra sus mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y

el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la tierra y teniendo á

su alrededor más aves de rapiña que mujeres.»

396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante.

Diomedes se sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible

recorrió su cuerpo. Entonces subió al carro y con el corazón afligido

mandó al auriga que le llevase á las cóncavas naves.

401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún aqueo permaneció

á su lado, porque el terror los poseía á todos. Y gimiendo, á su

magnánimo espíritu así le hablaba:

404 «¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo á la

muchedumbre, y peor aún que me cojan, quedándome solo, pues á los demás

dánaos el Saturnio los puso en fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me

hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen del combate, y quien

se descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya á

otro hiera.»

411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón,

llegaron las huestes de los escudados teucros, y rodeándole, su propio

mal entre ellos encerraron. Como los perros y los florecientes mozos

cercan y embisten á un jabalí que sale de la espesa selva aguzando en

sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera cruja

los dientes y aparezca terrible resisten firmemente; así los teucros

acometían entonces por todos lados á Ulises, caro á Júpiter. Mas él dió

un salto y clavó la aguda pica en un hombro del eximio Deyopites; mató

luego á Toón y Eunomo; alanceó en el ombligo por debajo del cóncavo

escudo á Quersidamante que se apeaba del carro y cayó en el polvo y

cogió el suelo con las manos; y dejándolos á todos, envasó la lanza á

Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un

dios, vino á defenderle, y deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de

este modo:

430 «¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar!

Hoy ó podrás gloriarte de haber muerto y despojado de las armas á ambos

Hipásidas, ó perderás la vida, herido por mi lanza.»

434 Cuando esto hubo dicho, le dió un bote en el liso escudo: la

fornida lanza atravesó la luciente rodela, clavóse en la labrada coraza

y levantó la piel del costado; pero Palas Minerva no permitió que

llegara á las entrañas del héroe. Comprendió Ulises que por el sitio la

herida no era mortal, y retrocediendo dijo á Soco estas palabras:

441 «¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído.

Lograste que cesara de luchar con los teucros, pero yo te digo que la

perdición y la negra muerte te alcanzarán hoy, y vencido por mi lanza

me darás gloria, y á Plutón, el de los famosos corceles, el alma.»

446 Dijo; y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el

dorso, entre los hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con

estrépito, y el divino Ulises se jactó de su obra:

450 «¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hipaso, domador de caballos! Te

sorprendió la muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! Á ti,

una vez muerto, ni el padre ni la veneranda madre te cerrarán los ojos,

sino que te desgarrarán las carnívoras aves cubriéndote con sus tupidas

alas; mientras que á mí, cuando me muera, los divinos aqueos me harán

honras fúnebres.»

456 Dichas estas palabras, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo

la ingente lanza que Soco le arrojara; brotó la sangre y afligióse

el héroe. Los magnánimos teucros, al ver la sangre, se exhortaron

mutuamente entre la turba y embistieron todos á Ulises; y éste

retrocedió, llamando á voces á sus compañeros. Tres veces gritó cuanto

un varón puede hacerlo á voz en cuello; tres veces Menelao, caro á

Marte, le oyó, y al punto dijo á Ayax, que estaba á su lado:

465 «¡Ayax Telamonio, de jovial linaje, príncipe de hombres! Oigo la

voz del paciente Ulises como si los teucros, habiéndole aislado en la

terrible lucha, lo estuviesen acosando. Acudámosle, abriéndonos calle

por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro. Temo que á pesar de

su valentía le suceda alguna desgracia solo entre los teucros, y que

después los dánaos lo echen muy de menos.»

472 Así diciendo, partió y siguióle Ayax, varón igual á un dios.

Pronto dieron con Ulises, caro á Jove, á quien los teucros acometían

por todos lados como los rojizos chacales circundan en el monte á un

cornígero ciervo herido por la flecha que un hombre le tirara con el

arco--salvóse el ciervo, merced á sus pies, y huyó en tanto que la

sangre estuvo caliente y las rodillas ágiles; postrólo luego la veloz

saeta, y cuando carnívoros chacales lo despedazaban en la espesura de

un monte, trajo el azar un voraz león que, dispersando á los chacales

devoró á aquel;--así entonces muchos y robustos teucros arremetían al

aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo la pica, apartaba

de sí la cruel muerte. Pero llegó Ayax con su escudo como una torre,

se puso al lado de Ulises y los teucros se espantaron y huyeron á la

desbandada. El belígero Menelao, asiendo por la mano al héroe, sacóle

de la turba mientras el escudero acercaba el carro.

489 Ayax, acometiendo á los teucros, mató á Doriclo, hijo bastardo

de Príamo, é hirió á Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el

hinchado torrente que acreció la lluvia de Júpiter baja por los montes

á la llanura, arrastra muchos pinos y encinas secas, y arroja al mar

gran cantidad de cieno; así el ilustre Ayax desordenaba y perseguía por

el campo á los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. Héctor no lo

había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de

la orilla del Escamandro: allí las cabezas caían en mayor número, y un

inmenso vocerío se dejaba oir alrededor del gran Néstor y del bizarro

Idomeneo. Entre todos revolvíase Héctor, que, haciendo arduas proezas

con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía las falanges de jóvenes

guerreros. Y los aqueos no retrocedieran aún, si Alejandro, esposo de

Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate

á Macaón, mientras descollaba en la pelea, hiriéndole en la espalda

derecha con trifurcada saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor,

temieron que la lucha se inclinase, y aquél fuera muerto. Y al punto

habló Idomeneo al divino Néstor:

511 «¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al

carro, póngase Macaón junto á ti, y dirige presto á las naves los

solípedos corceles. Pues un médico vale por muchos hombres, por su

pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.»

516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerle. Subió al

carro, y tan pronto como Macaón, hijo del eximio médico Esculapio, le

hubo seguido, picó con el látigo á los caballos y éstos volaron de su

grado hacia las cóncavas naves, pues les gustaba volver á ellas.

521 Cebrión, que acompañaba á Héctor en el carro, notó que los teucros

eran derrotados, y dijo al hermano:

523 «¡Héctor! Mientras nosotros combatimos con los dánaos en un extremo

de la batalla horrísona, los demás teucros son desbaratados y se agitan

en confuso tropel hombres y caballos. Ayax Telamonio es quien los

desordena; bien le conozco por el ancho escudo que cubre sus espaldas.

Enderecemos á aquel sitio los corceles del carro, que allí es más

empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en

carros, é inmensa la gritería que se levanta.»

[Ilustración: HÉCTOR, DESEOSO DE PENETRAR Y DESHACER AQUEL GRUPO DE

HOMBRES, PROMOVÍA GRAN TUMULTO ENTRE LOS DÁNAOS

(_Canto XI, versos 537 á 539._)]

531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo á los caballos de

hermosas crines. Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por

entre teucros y dánaos el ligero carro, pisando cadáveres y escudos; el

eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los barandales estaban

salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las

llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer

aquel grupo de hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no

dejaba la lanza quieta, recorría las filas de aquéllos y peleaba con

la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el encuentro

con Ayax Telamonio, porque Jove se irritaba contra él siempre que

combatía con un guerrero más valiente.

544 El padre Júpiter, que tiene su trono en las alturas, infundió

temor en Ayax y éste se quedó atónito, se echó á la espalda el escudo

formado por siete boyunos cueros, paseó su mirada por la turba, como

una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando á paso

lento. Como los canes y pastores ahuyentan del boíl á un tostado león,

y vigilando toda la noche, no le dejan llegar á los pingües bueyes; y

el león, ávido de carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen

sobre él multitud de venablos arrojados por robustas manos y encendidas

teas que le dan miedo, y cuando empieza á clarear el día, se marcha la

fiera con ánimo afligido; así Ayax se alejaba entonces de los teucros,

contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las

naves aqueas. De la suerte que un tardo asno se acerca á un campo, y

venciendo la resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas

varas, penetra en él y destroza las crecidas mieses; los muchachos

lo apalean; pero, como su fuerza es poca, sólo consiguen echarlo con

trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma manera los

animosos troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras perseguían

al gran Ayax, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas.

Ayax unas veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía

las falanges de los teucros, domadores de caballos; otras, tornaba á

huir; y moviéndose con furia entre los teucros y los aqueos, conseguía

que los enemigos no se encaminasen á las naves. Las lanzas que manos

audaces despedían, se clavaban en el gran escudo ó caían en el suelo

delante del héroe, codiciosas de su carne.

575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vió que Ayax estaba tan

abrumado por los tiros, se colocó á su lado, arrojó la reluciente lanza

y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, á Apisaón Fausíada,

pastor de hombres, dejándole sin vigor las rodillas. Corrió en seguida

hacia él y se puso á quitarle la armadura. Pero advirtiólo Alejandro,

y disparando la ballesta contra Eurípilo logró herirle en el muslo

derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el

muslo del guerrero. Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar

la muerte; y dando grandes voces, decía á los dánaos:

587 «¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved

la cara al enemigo, y librad de la muerte á Ayax que está abrumado por

los tiros y no creo que escape con vida del horrísono combate. Rodead

al gran Ayax, hijo de Telamón.»

592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos

se colocaron junto al mismo con los escudos sobre los hombros y las

picas levantadas. Ayax, apenas se juntó con sus compañeros, detúvose y

volvió la cara á los teucros. Y siguieron combatiendo con el ardor de

encendido fuego.

597 En tanto, las yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del

combate á Néstor y á Macaón, pastor de pueblos. Reconoció al último el

divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde lo alto de la ingente

nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó,

desde allí mismo, á Patroclo, su compañero: oyóle éste, y, parecido

á Marte, salió de la tienda. Tal fué el origen de su desgracia. El

esforzado hijo de Menetio habló el primero, diciendo:

606 «¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?» Respondió Aquiles,

el de los pies ligeros:

608 «¡Noble hijo de Menetio, carísimo á mi corazón! Ahora espero que

los aquivos vendrán á suplicarme y se postrarán á mis plantas, porque

no es llevadera la necesidad en que se hallan. Pero ve Patroclo, caro á

Júpiter, y pregunta á Néstor quién es el herido que saca del combate.

Por la espalda tiene gran parecido con Macaón, hijo de Esculapio, pero

no le vi el rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes,

pasaron rápidamente por mi lado.»

616 Dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fué corriendo á las

tiendas y naves aqueas.

618 Cuando aquéllos hubieron llegado á la tienda del Nelida,

descendieron del carro al almo suelo, y Eurimedonte, servidor del

anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón dejaron secar el sudor

que mojaba sus lorigas, poniéndose al soplo del viento en la orilla del

mar; y penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces

les preparó una mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del

magnánimo Arsínoo, que el anciano se había llevado de Ténedos cuando

Aquiles entró á saco esta ciudad: los aqueos se la adjudicaron á

Néstor, que á todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa

magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de

bronce con cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y sacra

harina de flor, y una bella copa guarnecida de áureos clavos que el

anciano se llevara de su palacio y tenía cuatro asas--cada una entre

dos palomas de oro--y dos sustentáculos. Á otro anciano le hubiese sido

difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa,

pero Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía

una diosa, les preparó la bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de

cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la mezcla con blanca harina y

les invitó á beber así que tuvo compuesta la mixtura. Ambos bebieron, y

apagada la abrasadora sed, se entregaban al deleite de la conversación

cuando Patroclo, varón igual á un dios, apareció en la puerta. Vióle

el anciano; y levantándose del vistoso asiento, le asió de la mano, le

hizo entrar y le rogó que se sentara; pero Patroclo se excusó diciendo:

648 «No puedo sentarme, anciano alumno de Júpiter; no lograrás

convencerme. Respetable y temible es quien me envía á preguntar á cuál

guerrero trajiste herido; pero ya lo sé, pues estoy viendo á Macaón,

pastor de hombres. Voy á llevar, como mensajero, la noticia á Aquiles.

Bien sabes tú, anciano alumno de Júpiter, lo violento que es aquel

hombre y cuán pronto culparía hasta á un inocente.»

655 Respondióle Néstor, caballero gerenio: «¿Cómo es que Aquiles se

compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No sabe en qué

aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de

cerca y otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fué

herido el poderoso Diomedes Tidida; con la pica, Ulises, famoso por

su lanza, y Agamenón; á Eurípilo flecháronle en el muslo, y acabo de

sacar del combate á este otro, herido también por una saeta que el

arco despidiera. Pero Aquiles, á pesar de su valentía, ni se cura de

los dánaos ni se apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves

sean devoradas por el fuego enemigo en la orilla del mar, sin que

los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de otros sucumbamos

todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. Ojalá

fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda

surgida entre los eleos y los pilios por el robo de bueyes, maté á

Itimoneo, hijo valiente de Hipéroco, que vivía en la Élide, y tomé

represalias. Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra entre

los primeros, herido por el dardo que le arrojara mi mano, y los demás

campesinos huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido

botín: cincuenta vacadas, otras tantas manadas de ovejas, otras tantas

piaras de cerdos, otros tantos rebaños copiosos de cabras y ciento

cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros. Aquella misma

noche lo llevamos á Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su

corazón de que me correspondiera una gran parte, á pesar de ser yo

tan joven cuando fuí al combate. Al alborear, los heraldos pregonaron

con voz sonora que se presentaran todos aquellos á quienes se les

debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el

botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues como en

Pilos éramos pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido

el fornido Hércules, que nos maltrató y dió muerte á los principales

ciudadanos. De los doce hijos de Neleo, tan sólo yo quedé con vida;

todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de broncíneas

lorigas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros

inicuas acciones.--El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes

y otro de trescientas cabras con sus pastores, por la gran deuda que

tenía que cobrar en la divina Élide: había enviado cuatro corceles,

vencedores en anteriores juegos, uncidos á un carro, para aspirar

al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode. Y Augías,

rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fué

triste por lo ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el

anciano escogió muchas cosas y dió lo restante al pueblo, encargando

que se distribuyera y que nadie se viese privado de su respectiva

porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios á los

dioses.--Tres días después se presentaron muchos epeos con carros

tirados por solípedos caballos y toda la hueste reunida; y entre

sus guerreros figuraban ambos Molíones, que entonces eran niños y

no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada

Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de

la arenosa Pilos: los epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así

que hubieron atravesado la llanura, Minerva descendió presurosa del

Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos las armas, y no

halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos

de combatir. Á mí, Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió

los caballos, no teniéndome por suficientemente instruído en las cosas

de la guerra. Y con todo eso, sobresalí, siendo infante, entre los

nuestros, que combatían en carros; pues fué Minerva la que me llevó

al combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en el mar cerca

de Arena: allí los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera

la divinal Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos

y vestida la armadura, marchamos, llegando al mediodía á la sagrada

corriente del Alfeo. Hicimos hermosos sacrificios al prepotente

Júpiter, inmolamos un toro al Alfeo, otro á Neptuno y una gregal vaca

á Minerva, la de los brillantes ojos; cenamos sin romper las filas, y

dormimos, con la armadura puesta, á orillas del río. Los magnánimos

epeos estrechaban el cerco de la ciudad, deseosos de destruirla; pero

antes de lograrlo se les presentó una gran acción de guerra. Cuando el

resplandeciente sol apareció en lo alto, trabamos la batalla, después

de orar á Júpiter y á Minerva. Y en la lucha de los pilios con los

epeos, fuí el primero que mató á un hombre, al belicoso Mulio, cuyos

solípedos corceles me llevé. Era este guerrero yerno de Augías, por

estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas

drogas produce la vasta tierra. Y acercándome á él, le envasé la

broncínea lanza, le derribé en el polvo, salté á su carro y me coloqué

entre los combatientes delanteros. Los magnánimos epeos huyeron en

desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que mandaba á

los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme á

ellos cual obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi

lanza y haciendo morder la tierra á los dos guerreros que en cada uno

venían; y hubiera matado á entrambos Molíones Actóridas, si su padre,

el poderoso Neptuno, que conmueve la tierra, no los hubiese salvado,

envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces

Júpiter concedió á los pilios una gran victoria. Perseguimos á los

eleos por la espaciosa llanura, matando hombres y recogiendo magníficas

armas, hasta que nuestros corceles nos llevaron á Buprasio, la roca

Olenia y Alisio, al sitio llamado _la colina_, donde Minerva hizo que

el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que maté.

Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles á

Pilos, todos daban gracias á Júpiter entre los dioses y á Néstor entre

los hombres. Tal era yo entre los guerreros, si todo no ha sido un

sueño.--Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él mismo, y creo

que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército perezca. ¡Oh

amigo! Menetio te hizo un encargo el día en que te envió desde Ptía á

Agamenón; estábamos en el palacio con el divino Ulises y oímos cuanto

aquél te dijo. Nosotros, que entonces reclutábamos tropas en la fértil

Acaya, habíamos llegado al palacio de Peleo, que abundaba de gente,

donde encontramos al héroe Menetio, á ti y á Aquiles. Peleo, el anciano

jinete, quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de

Júpiter, que se complace en lanzar rayos; y con una copa de oro vertía

el negro vino en la ardiente llama, mientras vosotros preparabais la

carne de los bueyes. Nos detuvimos en el vestíbulo; Aquiles se levantó

sorprendido, y cogiéndonos de la mano nos introdujo, nos hizo sentar

y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer

con los forasteros. Satisficimos de bebida y de comida al apetito,

y empecé á exhortaros para que os vinierais con nosotros; ambos lo

anhelabais y vuestros padres os daban muchos consejos. El anciano Peleo

recomendaba á su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera

entre los demás, y á su vez Menetio, hijo de Áctor, te aconsejaba así:

_¡Hijo mío! Aquiles te aventaja por su abolengo, pero tú le superas en

edad, aquél es mucho más fuerte, pero hazle prudentes advertencias,

amonéstale é instrúyele y te obedecerá para su propio bien._ Así te

aconsejaba el anciano, y tú lo olvidas. Pero aún podrías recordárselo

al aguerrido Aquiles y quizás lograras persuadirle. ¿Quién sabe si

con la ayuda de algún dios conmoverías su corazón? Gran fuerza tiene

la exhortación de un amigo. Y si se abstiene de combatir por algún

vaticinio que su madre enterada por Jove le ha revelado, que á lo

menos te envíe á ti con los demás mirmidones, por si llegas á ser la

aurora de salvación de los dánaos, y te permita llevar en el combate su

magnífica armadura para que los teucros te confundan con él y cesen de

pelear, los belicosos aqueos que tan abatidos están se reanimen, y la

batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Vosotros que no

os halláis extenuados de fatiga, rechazaríais fácilmente de las naves y

tiendas hacia la ciudad á esos hombres que de pelear están cansados.»

804 Dijo, y conmovióle el corazón. Patroclo fuése corriendo por entre

las naves para volver á la tienda de Aquiles Eácida. Mas cuando llegó

á los bajeles del divino Ulises--allí se celebraban las juntas y se

administraba justicia ante los altares erigidos á los dioses--regresaba

del combate, cojeando, el noble Eurípilo Evemónida, que había recibido

un flechazo en el muslo: abundante sudor corría por su cabeza y

sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su

inteligencia permanecía firme. Vióle el esforzado hijo de Menetio, se

compadeció de él, y suspirando dijo estas aladas palabras:

816 «¡Ah infelices caudillos y príncipes de los dánaos! ¡Así debíais

en Troya, lejos de los amigos y de la patria, saciar con vuestra

blanca grasa á los ágiles perros! Pero dime, héroe Eurípilo, alumno de

Júpiter: ¿Podrán los aqueos sostener el ataque del ingente Héctor, ó

perecerán vencidos por su lanza?»

822 Respondióle Eurípilo herido: «¡Patroclo, de jovial linaje! Ya no

hay defensa para los aqueos que corren á refugiarse en las negras

naves. Cuantos fueron hasta aquí los más valientes, yacen en sus

bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por los teucros,

cuya fuerza va en aumento. Pero, ¡sálvame! Llévame á la negra nave,

arráncame la flecha del muslo, lava con agua tibia la negra sangre que

fluye de la herida y ponme en ella drogas calmantes y salutíferas que,

según dicen, te dió á conocer Aquiles, instruído por Quirón, el más

justo de los Centauros. Pues de los dos médicos, Podalirio y Macaón, el

uno creo que está herido en su tienda, y á su vez necesita de un buen

médico, y el otro sostiene vivo combate en la llanura troyana.»

837 Contestó el esforzado hijo de Menetio: «¿Cómo acabará esto? ¿Qué

haremos, héroe Eurípilo? Iba á decir al aguerrido Aquiles lo que Néstor

gerenio, protector de los aqueos, me encargó; pero no te dejaré así,

abrumado por el dolor.»

842 Dijo; y cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llevólo á la

tienda. El escudero, al verlos venir, extendió en el suelo pieles de

buey. Patroclo recostó en ellas á Eurípilo y sacó del muslo, con la

daga, la aguda y acerba flecha; y después de lavar con agua tibia la

negra sangre, espolvoreó la herida con una raíz amarga y calmante que

previamente había desmenuzado con la mano. La raíz calmó el dolor,

secóse la herida y la sangre dejó de correr.

[Ilustración: Héctor ordena á los caudillos teucros que bajen de los

carros para atacar á los aqueos]

La Ilíada · 第 10 / 24 章