CANTO VIII

BATALLA INTERRUMPIDA

1 La Aurora, de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando

Júpiter, que se complace en lanzar rayos, reunió la junta de los dioses

en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Y así les habló,

mientras ellos atentamente le escuchaban:

5 «¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el

pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón ó hembra, se

atreva á transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, á fin de

que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo. El dios que intente

separarse de los demás y socorrer á los teucros ó á los dánaos, como

yo le vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; ó cogiéndole,

lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos, en lo más profundo del

báratro debajo de la tierra--sus puertas son de hierro, y el umbral, de

bronce, y su profundidad desde el Orco como del cielo á la tierra--y

conocerá en seguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades.

Y si queréis, haced esta prueba, oh dioses, para que os convenzáis.

Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la

misma, y no os será posible arrastrar del cielo á la tierra á Júpiter,

árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis; mas si yo me resolviese á

tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo

de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan

superior soy á los dioses y á los hombres.»

28 Así habló; y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues fué

mucha la vehemencia con que se expresara. Al fin, Minerva, la diosa de

los brillantes ojos, dijo:

31 «¡Padre nuestro, Saturnio, el más excelso de los soberanos! Bien

sabemos que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los

belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos

abstendremos de intervenir en el combate, si nos lo mandas; pero

sugeriremos á los argivos consejos saludables, á fin de que no perezcan

todos, víctimas de tu cólera.»

38 Sonriéndose, le contestó Júpiter, que amontona las nubes:

«Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno,

pero contigo quiero ser complaciente.»

41 Esto dicho, unció los corceles de pies de bronce y áureas crines,

que volaban ligeros; vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y

fina labor, y subió al carro. Picó á los caballos para que arrancaran;

y éstos, gozosos, emprendieron el vuelo entre la tierra y el estrellado

cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes y criador de fieras,

al Gárgaro, donde tenía un bosque sagrado y un perfumado altar; allí

el padre de los hombres y de los dioses detuvo los bridones, los

desenganchó del carro y los cubrió de espesa niebla. Sentóse luego en

la cima, ufano de su gloria, y se puso á contemplar la ciudad troyana y

las naves aqueas.

53 Los aqueos, de larga cabellera, se desayunaron apresuradamente en

las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los teucros se

armaron dentro de la ciudad; y aunque eran menos, estaban dispuestos á

combatir, obligados por la cruel necesidad de proteger á sus hijos y

mujeres: abriéronse todas las puertas, salió el ejército de infantes y

de los que peleaban en carros, y se produjo un gran tumulto.

60 Cuando los dos ejércitos llegaron á juntarse, chocaron entre sí los

escudos, las lanzas y el valor de los guerreros armados de broncíneas

corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas se produjo un gran

tumulto. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y

los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre.

66 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los

tiros alcanzaban por igual á unos y á otros, y los hombres caían.

Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Jove tomó la

balanza de oro, puso en ella dos suertes--la de los teucros, domadores

de caballos, y la de los aqueos, de broncíneas lorigas--para saber á

quiénes estaba reservada la dolorosa muerte; cogió por el medio la

balanza, la desplegó y tuvo más peso el día fatal de los aqueos. La

suerte de éstos bajó hasta llegar á la fértil tierra, mientras la de

los teucros subía al cielo. Júpiter, entonces, truena fuerte desde el

Ida y envía una ardiente centella á los aqueos, quienes, al verla, se

pasman, sobrecogidos de pálido temor; ya no se atreven á permanecer

en el campo ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los dos Ayaces, ministros de

Marte; y sólo se queda Néstor gerenio, protector de los aqueos, contra

su voluntad, por tener malparado uno de los corceles, al cual el divino

Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, flechara en lo

alto de la cabeza, donde las crines empiezan á crecer y las heridas son

mortales. El caballo, al sentir el dolor, se encabrita, y la flecha le

penetra el cerebro; y revolcándose para sacudir el bronce, espanta á

los demás caballos. Mientras el anciano se daba prisa á cortar con la

espada las correas del caído corcel, vienen á través de la muchedumbre

los veloces caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz

guerrero. Y el anciano perdiera allí la vida, si al punto no lo hubiese

advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual, vociferando de un

modo horrible, dijo á Ulises:

93 «¡Laertíada, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos! ¿Adónde

huyes, confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde?

Que alguien no te clave la pica en el dorso, mientras pones los pies en

polvorosa. Pero aguarda y apartaremos del anciano al feroz guerrero.»

97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oirle, corriendo

hacia las cóncavas naves de los aqueos. El hijo de Tideo, aunque estaba

solo, se abrió paso por las primeras filas; y deteniéndose ante el

carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras:

102 «¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin

fuerzas, abrumado por la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor

y tus caballos son tardos. Sube á mi carro para que veas cuáles son los

corceles de Tros que quité á Eneas, el que pone en fuga á sus enemigos,

y cómo saben lo mismo perseguir acá y allá de la llanura, que huir

ligeros. De los tuyos cuiden los servidores; y nosotros dirijamos éstos

hacia los teucros, domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué

furia se mueve la lanza que mi mano blande.»

112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse

de sus yeguas los bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y

habiendo subido ambos héroes al carro de Diomedes, Néstor cogió las

lustrosas riendas y avispó á los caballos, y pronto se hallaron cerca

de Héctor, que cerró con ellos. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, y

si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla á Eniopeo,

hijo del animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas:

Eniopeo cayó del carro, cejaron los corceles y allí terminaron la vida

y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor

por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el

suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los

veloces caballos sin conductor, pues Héctor encontróse con el ardido

Arqueptólemo Ifítida, y haciéndole subir, le puso las riendas en la

mano.

130 Entonces gran estrago é irreparables males se hubieran producido

y los teucros habrían sido encerrados en Ilión como corderos, si

al punto no lo hubiese advertido el padre de los hombres y de los

dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un ardiente rayo

para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el

azufre encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados,

acurrucáronse debajo del carro; las lustrosas riendas cayeron de las

manos de Néstor, y éste, con miedo en el corazón, dijo á Diomedes:

139 «¡Tidida! Tuerce la rienda á los solípedos caballos y huyamos.

¿No conoces que la protección de Júpiter ya no te acompaña? Hoy Jove

Saturnio otorga á ése la victoria; otro día, si le place, nos la dará

á nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir los

propósitos de Júpiter, porque el dios es mucho más poderoso.»

145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea: «Sí, anciano, oportuno

es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al corazón y

al alma. Quizás diga Héctor, arengando á los teucros: _El Tidida llegó

á las naves, puesto en fuga por mi lanza_. Así se jactará; y entonces

ábraseme la vasta tierra.»

151 Replicóle Néstor, caballero gerenio: «¡Ay de mí! ¡Qué dijiste,

hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y débil, no

le creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los

teucros magnánimos, escudados, cuyos esposos florecientes en el polvo

derribaste.»

157 Dichas estas palabras, volvió la rienda á los solípedos caballos, y

empezaron á huir por entre la turba. Los teucros y Héctor, promoviendo

inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos dañosos tiros. Y el gran

Héctor, de tremolante casco, gritaba con voz recia:

161 «¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia

en el asiento y te obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora

te despreciarán, porque te has vuelto como una mujer. Anda, tímida

doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome á mí, ni te

llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes te daré la muerte.»

167 Tal dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo ó torcer

la rienda á los corceles y volver á pelear. Tres veces se le presentó

la duda en la mente y en el corazón, y tres veces el próvido Júpiter

tronó desde los montes ideos para anunciar á los teucros que suya

sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba,

diciendo á voz en grito:

173 «¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo á cuerpo combatís! Sed

hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que el

Saturnio me concede, benévolo, la victoria y gloria inmensa y envía

la perdición á los dánaos; quienes, oh necios, construyeron esos

muros débiles y despreciables que no podrán contener mi arrojo, pues

los caballos salvarán fácilmente el cavado foso. Cuando llegue á las

cóncavas naves, acordaos de traerme el voraz fuego, para que las

incendie y mate junto á ellas á los argivos aturdidos por el humo.»

184 Dijo, y exhortó á sus caballos con estas palabras: «¡Janto,

Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado

con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado

trigo y os mezclaba vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer

vuestro apetito; antes que á mí, que me glorío de ser su floreciente

esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos apoderamos del

escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser de oro, sin

exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros á Diomedes,

domador de caballos, la labrada coraza que Vulcano fabricara. Creo que

si ambas cosas consiguiéramos, los aqueos se embarcarían esta misma

noche en las veleras naves.»

198 Así habló, vanagloriándose. La veneranda Juno, indignada, se agitó

en su trono, haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran

dios Neptuno:

201 «¡Oh dioses! ¡Prepotente Neptuno que bates la tierra! ¿Tu corazón

no se compadece de los dánaos moribundos, que tantos y tan lindos

presentes te llevaban á Hélice y á Egas? Decídete á darles la victoria.

Si cuantos protegemos á los dánaos quisiéramos rechazar á los teucros y

contener al longividente Júpiter, éste se aburriría sentado solo allá

en el Ida.»

208 Respondióle muy indignado el poderoso dios que sacude la tierra:

«¿Qué palabras proferiste, audaz Juno? Yo no quisiera que los demás

dioses lucháramos con el Saturnio Jove, porque nos aventaja mucho en

poder.»

212 Así éstos conversaban. Cuanto espacio había desde los bajeles al

fosado muro, llenóse de carros y hombres escudados que allí acorraló

Héctor Priámida, igual al impetuoso Marte, cuando Júpiter le dió

gloria. Y el héroe hubiese pegado ardiente fuego á las naves bien

proporcionadas, de no haber sugerido la venerable Juno á Agamenón

que animara pronto á los aqueos. Fuése el Atrida hacia las tiendas y

las naves aqueas con el grande purpúreo manto en el robusto brazo,

y subió á la ingente nave negra de Ulises, que estaba en el centro,

para que le oyeran por ambos lados hasta las tiendas de Ayax Telamonio

y de Aquiles, los cuales habían puesto sus bajeles en los extremos

porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz

penetrante gritaba á los dánaos:

228 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo

por la figura! ¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser

valentísimos, y con que decíais presuntuosamente en Lemnos, comiendo

abundante carne de bueyes de erguida cornamenta y bebiendo crateras de

vino, que cada uno haría frente en la batalla á ciento y á doscientos

troyanos? Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que pronto pegará

ardiente fuego á las naves. ¡Padre Júpiter! ¿Hiciste sufrir tamaña

desgracia y privaste de una gloria tan grande á algún otro de los

prepotentes reyes? Cuando vine, no pasé de largo en la nave de muchos

bancos por ninguno de tus bellos altares, sino que en todos quemé grasa

y muslos de buey, deseoso de asolar la bien murada Troya. Por tanto,

oh Júpiter, cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos de este

peligro, y no permitas que los teucros maten á los argivos.»

245 Así se expresó. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas,

le concedió que su pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó

un águila, la mejor de las aves agoreras, que tenía en las garras el

hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara hermosa de

Júpiter, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de

los presagios todos. Cuando los argivos vieron que el ave había sido

enviada por Júpiter, arremetieron contra los teucros y sólo en combatir

pensaron.

253 Entonces ninguno de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse

de haber revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el

ataque, antes que el Tidida. Fué éste el primero que mató á un guerrero

teucro, á Agelao Fradmónida, que, subido en el carro, emprendía la

fuga: hundióle la pica en la espalda, entre los hombros, y la punta

salió por el pecho; Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.

261 Siguieron á Diomedes, los Atridas Agamenón y Menelao; los Ayaces,

revestidos de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual

al homicida Marte; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar,

Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía detrás del

escudo de Ayax Telamonio. Éste levantaba la rodela; y Teucro, volviendo

el rostro á todos lados, flechaba á un troyano que caía mortalmente

herido, y al momento tornaba á refugiarse en Ayax (como un niño en su

madre), quien le cubría otra vez con el refulgente escudo.

273 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mató el

eximio Teucro? Orsíloco el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio,

Licofontes igual á un dios, Amopaón Poliemónida y Melanipo. Á tantos

derribó sucesivamente al almo suelo. El rey de hombres Agamenón se

holgó de ver que Teucro destruía las falanges troyanas, disparando el

fuerte arco; y poniéndose á su lado, le dijo:

281 «¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue tirando

flechas, por si acaso llegas á ser la aurora de salvación de los dánaos

y honras á tu padre Telamón, que te crió cuando eras niño y te educó

en su casa, á pesar de tu condición de bastardo; ya que está lejos de

aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy á decir, se cumplirá: Si Júpiter,

que lleva la égida, y Minerva me permiten destruir la bien edificada

ciudad de Ilión, te pondré en la mano, como premio de honor únicamente

inferior al mío, ó un trípode, ó dos corceles con su correspondiente

carro, ó una mujer que comparta contigo el lecho.»

292 Respondióle el eximio Teucro: «¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué

me instigas cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde que los

rechazamos hacia Ilión mato hombres, valiéndome del arco. Ocho flechas

de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos

de marcial furor; pero no consigo herir á ese perro rabioso.»

300 Dijo; y apercibiendo el arco, envió otra flecha á Héctor con

intención de herirle. Tampoco acertó; pero la saeta clavóse en el pecho

del eximio Gorgitión, valeroso hijo de Príamo y de la bella Castianira,

oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un

jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto ó de

los aguaceros primaverales; de semejante modo inclinó el guerrero la

cabeza que el casco hacía ponderosa.

309 Teucro armó nuevamente el arco, envió otra saeta á Héctor, con

ánimo de herirle, y también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo;

pero hirió en el pecho cerca de la tetilla á Arqueptólemo, osado auriga

de Héctor, cuando se lanzaba á la pelea. Arqueptólemo cayó del carro,

cejaron los corceles de pies ligeros, y allí terminaron la vida y el

valor del guerrero. Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal

muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle y mandó á su

propio hermano Cebrión, que se hallaba cerca, que tomara las riendas

de los caballos. Oyóle Cebrión y no desobedeció. Héctor saltó del

refulgente carro al suelo, y vociferando de un modo espantoso, cogió

una piedra y encaminóse hacia Teucro con el propósito de herirle.

Teucro, á su vez, sacó del carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la

cuerda del arco, cuando Héctor, de tremolante casco, acertó á darle

con la áspera piedra cerca del hombro, donde la clavícula separa el

cuello del pecho y las heridas son mortales, y le rompió el nervio:

entorpecióse el brazo, Teucro cayó de hinojos y el arco se le fué de

las manos. Ayax no abandonó al hermano caído en el suelo, sino que

corriendo á defenderle, le resguardó con el escudo. Acudieron dos

compañeros, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor; y cogiendo á

Teucro, que daba grandes suspiros, lo llevaron á las cóncavas naves.

335 El Olímpico volvió á excitar el valor de los teucros, los cuales

hicieron arredrar á los aqueos en derechura al profundo foso. Héctor

iba con los delanteros, haciendo gala de su fuerza. Como el perro

que acosa con ágiles pies á un jabalí ó á un león, le muerde, ya los

muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la cara; de igual modo

perseguía Héctor á los aqueos de larga cabellera, matando al que se

rezagaba, y ellos huían espantados. Cuando atravesaron la empalizada

y el foso, muchos sucumbieron á manos de los teucros; los demás no

pararon hasta las naves, y allí se animaban los unos á los otros, y con

los brazos levantados oraban á todas las deidades. Héctor hacía girar

por todas partes los corceles de hermosas crines; y sus ojos parecían

los de la Gorgona ó los de Marte, peste de los hombres.

350 Juno, la diosa de los níveos brazos, al ver á los aqueos

compadeciólos, y dirigió á Minerva estas aladas palabras:

352 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¿No nos

cuidaremos de socorrer, aunque tarde, á los dánaos moribundos?

Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo

hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha

causado ya gran estrago.»

357 Respondióle Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Tiempo ha

que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por

los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos,

¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerda

cuántas veces salvé á su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le

impusiera. Hércules clamaba al cielo, llorando, y Júpiter me enviaba

á socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no

hubiera escapado el hijo de Júpiter de las hondas corrientes de la

Estigia, cuando aquél le mandó que fuera al Orco, de sólidas puertas,

y sacara del Érebo el horrendo can de Plutón. Al presente Jove me

aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó

la barba, suplicándole que honrase á Aquiles, asolador de ciudades. Día

vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes

ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el

palacio de Júpiter, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de

Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos

en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto á las

naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne á los perros y á las

aves.»

381 Dijo; y Juno, la diosa de los níveos brazos, no fué desobediente.

La venerable diosa Juno, hija del gran Saturno, aprestó solícita los

caballos de áureos jaeces. Y Minerva, hija de Júpiter, que lleva la

égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma

tejiera y labrara con sus manos; vistió la loriga de Jove, que amontona

las nubes, y se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante

carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del

prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos

monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse

de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan

las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para

remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las

puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.

397 El padre Júpiter, apenas las vió desde el Ida, se encendió en

cólera; y al punto llamó á Iris, la de doradas alas, para que le

sirviese de mensajera:

399 «¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar

á mi presencia, porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo.

Lo que voy á decir, se cumplirá: Encojaréles los briosos corceles; las

derribaré del carro, que romperé luego, y ni en diez años cumplidos

sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de

los brillantes ojos que es con su padre contra quien combate. Con Juno

no me irrito ni me encolerizo tanto, porque siempre ha solido oponerse

á mis proyectos.»

409 De tal modo habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán,

se levantó para llevar el mensaje; descendió de los montes ideos; y

alcanzando á las diosas en la entrada del Olimpo, en valles abundoso,

hizo que se detuviesen, y les transmitió la orden de Júpiter:

413 «¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón se enfurece?

No consiente el Saturnio que se socorra á los argivos. Ved aquí lo que

hará el hijo de Saturno, si cumple su amenaza: Os encojará los briosos

caballos, os derribará del carro, que romperá luego, y ni en diez años

cumplidos sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que

conozcas tú, la de los brillantes ojos, que es con tu padre contra

quien combates. Con Juno no se irrita ni se encoleriza tanto, porque

siempre ha solido oponerse á sus proyectos. Pero tú, temeraria, perra

desvergonzada, si realmente te atrevieras á levantar contra Júpiter la

formidable lanza...»

425 Cuando esto hubo dicho, fuése Iris, la de los pies ligeros; y Juno

dirigió á Minerva estas palabras:

427 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! Ya no permito

que por los mortales peleemos con Jove. Mueran unos y vivan otros,

cualesquiera que fueren; y aquél sea juez, como le corresponde, y dé á

los teucros y á los dánaos lo que su espíritu acuerde.»

432 Esto dicho, torció la rienda á los solípedos caballos. Las Horas

desuncieron los corceles de hermosas crines, los ataron á los pesebres

divinos y apoyaron el carro en el reluciente muro. Y las diosas, que

tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos tronos entre las

demás deidades.

[Ilustración: IRIS DESCENDIÓ DE LOS MONTES IDEOS, HIZO QUE LAS DIOSAS

PARASEN EL CARRO, Y LES TRANSMITIÓ LAS ÓRDENES DE JÚPITER

(_Canto VIII; versos 410 á 412._)]

438 El padre Jove, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los

caballos desde el Ida al Olimpo y llegó á la mansión de los dioses; y

allí el ínclito Neptuno, que sacude la tierra, desunció los corceles,

puso el carro en su sitio y lo cubrió con un velo de lino. El

longividente Júpiter tomó asiento en el áureo trono y el inmenso Olimpo

tembló bajo sus pies. Minerva y Juno, sentadas aparte y á distancia de

Júpiter, nada le dijeron ni preguntaron; mas él comprendió en su mente

lo que pensaban, y dijo:

447 «¿Por qué os halláis tan abatidas, Minerva y Juno? No os habréis

fatigado mucho en la batalla, donde los varones adquieren gloria,

matando teucros, contra quienes sentís vehemente rencor. Son tales mi

fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar de resolución

cuantos dioses hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos

miembros antes que llegarais á ver el combate y sus terribles hechos.

Diré lo que en otro caso hubiera ocurrido: Heridas por el rayo, no

hubieseis vuelto en vuestro carro al Olimpo, donde se halla la mansión

de los inmortales.»

457 Así habló. Minerva y Juno, que tenían los asientos contiguos y

pensaban en causar daño á los teucros, mordiéronse los labios. Minerva,

aunque airada contra su padre y poseída de feroz cólera, guardó

silencio y nada dijo; pero á Juno la ira no le cupo en el pecho, y

exclamó:

462 «¡Crudelísimo Saturnio! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos

que es incontrastable tu poder; pero tenemos lástima de los belicosos

dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago destino. Nos abstendremos

de intervenir en la lucha, si nos lo mandas, pero sugeriremos á los

argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas de tu

cólera.»

469 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «En la próxima mañana

verás si quieres, Juno veneranda, la de los grandes ojos, cómo el

prepotente Saturnio hace gran riza en el ejército de los belicosos

argivos. Y el impetuoso Héctor no dejará de pelear, hasta que junto á

las naves se levante el Pelida, el de los pies ligeros, el día aquel

en que combatirán cerca de los bajeles y en estrecho espacio por el

cadáver de Patroclo. Así decretólo el hado, y no me importa que te

irrites. Aunque te vayas á los confines de la tierra y del mar, donde

moran Japeto y Saturno, que no disfrutan de los rayos del sol excelso

ni de los vientos, y se hallan rodeados por el profundo Tártaro;

aunque, errante, llegues hasta allí, no me preocupará verte enojada,

porque no hay quien sea más desvergonzado que tú.»

484 Así dijo; y Juno, la de los níveos brazos, nada respondió. La

brillante luz del sol se hundió en el Océano, trayendo sobre la alma

tierra la noche obscura. Contrarió á los teucros la desaparición de la

luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la tenebrosa noche.

489 El esclarecido Héctor reunió á los teucros en la ribera del

voraginoso Janto, lejos de las naves, en un lugar limpio donde el suelo

no aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron de los carros

y escucharon á Héctor, caro á Júpiter, que arrimado á su lanza de once

codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo,

así les arengaba:

497 «¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba

volver á la ventosa Ilión después de destruir las naves y acabar con

todos los aqueos; pero nos quedamos á obscuras, y esto ha salvado á

los argivos y á los buques que tienen en la playa. Obedezcamos ahora

á la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de los

carros á los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed

de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino,

que alegra el corazón; amontonad abundante leña y encendamos muchas

hogueras que ardan hasta que despunte la aurora, hija de la mañana,

y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los aqueos, de larga

cabellera, intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. Que

no se embarquen tranquilos y sin ser molestados; que alguno tenga que

curarse en su casa una lanzada ó un flechazo recibido al subir á la

nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra á los teucros,

domadores de caballos. Los heraldos, caros á Júpiter, vayan á la

población y pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas

sienes se reunan en las torres que fueron construídas por las deidades

y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres enciendan grandes

fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para

que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los

hombres estén fuera. Hágase como os lo encargo, magnánimos teucros.

Dichas quedan las palabras que al presente convienen; mañana os

arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y espero que, con la

protección de Júpiter y de las otras deidades, echaré de aquí á esos

perros rabiosos, traídos por el hado en los negros bajeles. Durante

la noche hagamos guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar del

día, tomaremos las armas para trabar vivo combate junto á las cóncavas

naves. Veré si el fuerte Diomedes Tidida me hace retroceder de los

bajeles al muro, ó si le mato con el bronce y me llevo sus cruentos

despojos. Mañana probará su valor, si me aguarda cuando le acometa con

la lanza; mas confío en que, así que salga el sol, caerá herido entre

los combatientes delanteros y con él muchos de sus camaradas. Así fuera

yo inmortal, no tuviera que envejecer y gozara de los mismos honores

que Minerva ó Apolo, como este día será funesto para los aquivos.»

542 De este modo arengó Héctor, y los teucros le aclamaron. Desuncieron

de los carros los sudosos corceles y atáronlos con correas; sacaron

de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las casas pan y vino, que

alegra el corazón, y amontonaron abundante leña. Después ofrecieron

hecatombes perfectas á los inmortales, y los vientos llevaban de

la llanura al cielo el suave olor de la grasa quemada; pero los

bienaventurados dioses no quisieron aceptar la ofrenda, porque se les

había hecho odiosa la sagrada Ilión y Príamo y su pueblo armado con

lanzas de fresno.

553 Así, tan alentados, permanecieron toda la noche en el campo,

donde ardían numerosos fuegos. Como en noche de calma aparecen las

radiantes estrellas en torno de la fulgente luna, y se descubren los

promontorios, cimas y valles, porque en el cielo se ha abierto la vasta

región etérea, vense todos los astros, y al pastor se le alegra el

corazón: en tan gran número eran las hogueras que, encendidas por los

teucros, quemaban ante Ilión entre las naves y la corriente del Janto.

Mil fuegos ardían en la llanura, y en cada uno se agrupaban cincuenta

hombres á la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo cerca

de los carros avena y blanca cebada, esperaban la llegada de la Aurora,

la de hermoso trono.

[Ilustración: Ulises, Ayax y Fénix con dos heraldos son enviados por

Agamenón á la tienda de Aquiles, á fin de aplacarle]

La Ilíada · 第 7 / 24 章