CANTO V

PRINCIPALÍA DE DIOMEDES

1 Entonces Palas Minerva infundió á Diomedes Tidida valor y audacia,

para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, é

hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al

astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano.

Tal resplandor despedían la cabeza y los hombros del héroe, cuando

Minerva le llevó al centro de la batalla, allí donde era mayor el

número de guerreros que tumultuosamente se agitaban.

9 Hubo en Troya un varón rico é irreprensible, sacerdote de Vulcano,

llamado Dares; y de él eran hijos Fegeo é Ideo, ejercitados en toda

especie de combates. Éstos iban en un mismo carro; y separándose de los

suyos, cerraron con Diomedes, que desde tierra y en pie los aguardó.

Cuando se hallaron frente á frente, Fegeo tiró el primero la luenga

lanza, que pasó por cima del hombro izquierdo de Tideo sin herirle;

arrojó éste la suya y no fué en vano, pues se la clavó á aquél en el

pecho, entre las tetillas, y le derribó por tierra. Ideo saltó al

suelo, abandonando el magnífico carro, sin que se atreviera á defender

el cadáver--no se hubiese librado de la negra muerte,--y Vulcano le

sacó salvo, envolviéndole en densa nube, á fin de que el anciano padre

no se afligiera en demasía. El hijo del magnánimo Tideo se apoderó de

los corceles y los entregó á sus compañeros para que los llevaran á las

cóncavas naves. Cuando los altivos teucros vieron que uno de los hijos

de Dares huía y el otro quedaba muerto entre los carros, á todos se les

conmovió el corazón. Y Minerva, la de los brillantes ojos, tomó por la

mano al furibundo Marte y hablóle diciendo:

31 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios,

demoledor de murallas! ¿No dejaremos que teucros y aquivos peleen

solos--sean éstos ó aquéllos á quienes el padre Jove quiera dar

gloria--y nos retiraremos, para librarnos de la cólera de Júpiter?»

35 Dicho esto, sacó de la liza al furibundo Marte y le hizo sentar en

la herbosa ribera del Escamandro. Los dánaos pusieron en fuga á los

teucros, y cada uno de sus caudillos mató á un hombre. Empezó el rey de

hombres Agamenón con derribar del carro al corpulento Odio, caudillo de

los halizones: al volverse para huir, envasóle la pica en la espalda,

entre los hombros, y la punta salió por el pecho. Cayó el guerrero con

estrépito y sus armas resonaron.

43 Idomeneo quitó la vida á Festo, hijo de Boro el meonio, que había

llegado de la fértil Tarne, introduciéndole la formidable lanza en el

hombro derecho, cuando subía al carro: desplomóse Festo, tinieblas

horribles le envolvieron y los servidores de Idomeneo le despojaron de

la armadura.

49 El Atrida Menelao mató con la aguda pica á Escamandrio, hijo de

Estrofio, ejercitado en la caza. Á tan excelente cazador, la misma

Diana le había enseñado á tirar á cuantas fieras crían las selvas de

los montes. Mas no le valió ni Diana, que se complace en tirar flechas,

ni el arte de arrojarlas en que tanto descollaba: tuvo que huir, y el

Atrida Menelao, famoso por su lanza, le dió un picazo en la espalda,

entre los hombros, que le atravesó el pecho. Cayó de bruces y sus armas

resonaron.

59 Meriones dejó sin vida á Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que

con las manos fabricaba toda clase de obras de ingenio porque era muy

caro á Palas Minerva. Éste, no conociendo los oráculos de los dioses,

construyó las naves bien proporcionadas de Alejandro, las cuales fueron

la causa primera de todas las desgracias y un mal para los teucros y

para él mismo. Meriones, cuando alcanzó á aquél, le hundió la pica en

la nalga derecha; y la punta, pasando por debajo del hueso y cerca de

la vejiga, salió al otro lado. El guerrero cayó de hinojos, gimiendo, y

la muerte le envolvió.

69 Meges hizo perecer á Pedeo, hijo bastardo de Antenor, á quien Teano,

la divina, criara con igual solicitud que á los hijos propios, para

complacer á su esposo. El hijo de Fileo, famoso por su pica, fué á

clavarle en la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro cortó la lengua y

asomó por los dientes del guerrero. Pedeo cayó en el polvo y mordía el

frío bronce.

76 Eurípilo Evemónida dió muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso

Dolopión, que era sacerdote de Escamandro y el pueblo le veneraba

como á un dios. Perseguíale Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el

cual, poniendo mano á la espada, de un tajo en el hombro le cercenó el

robusto brazo, que ensangrentado cayó al suelo. La purpúrea muerte y el

hado cruel velaron los ojos del troyano.

84 Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al hijo de

Tideo, no hubieras conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía

á los teucros ó á los aqueos. Andaba furioso por la llanura cual

hinchado torrente que en su rápido curso derriba puentes, y anegando

de pronto--cuando cae en abundancia la lluvia de Júpiter--los verdes

campos, sin que puedan contenerle diques ni setos, destruye muchas

hermosas labores de los jóvenes; tal tumulto promovía el hijo de Tideo

en las densas falanges teucras que, con ser tan numerosas, no se

atrevían á resistirle.

95 Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vió que Diomedes corría

furioso por la llanura y tumultuaba las falanges, tendió el corvo arco

y le hirió en el hombro derecho, por el hueco de la loriga, mientras

aquél acometía. La cruel saeta atravesó el hombro y la loriga se manchó

de sangre. Y el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz

recia:

102 «¡Arremeted, teucros magnánimos, aguijadores de caballos! Herido

está el más fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho

tiempo la fornida saeta, si fué realmente Apolo, hijo de Júpiter, quien

me movió á venir aquí desde la Licia.»

106 Tan jactanciosamente habló. Pero la veloz flecha no postró á

Diomedes; el cual retrocediendo hasta el carro y los caballos, dijo á

Esténelo, hijo de Capaneo:

109 «Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro

la amarga flecha.»

111 Así dijo. Esténelo saltó á tierra, se le acercó y sacóle del hombro

la aguda flecha; la sangre chocaba, al salir á borbotones, contra las

mallas de la loriga. Y entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo

esta plegaria:

115 «¡Óyeme, hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Si

alguna vez amparaste benévola á mi padre en la cruel guerra, séme ahora

propicia, ¡oh Minerva!, y haz que se ponga á tiro de lanza y reciba

la muerte de mi mano, quien me hirió y se gloría diciendo que pronto

dejaré de ver la brillante luz del sol.»

121 Tal fué su ruego. Palas Minerva le oyó, agilitóle los miembros

todos y especialmente los pies y las manos, y poniéndose á su lado

pronunció estas aladas palabras:

124 «Cobra ánimo, Diomedes, y pelea con los teucros; pues ya infundí

en tu pecho el paterno intrépido valor del jinete Tideo, agitador del

escudo, y aparté la niebla que cubría tus ojos para que en la batalla

conozcas á los dioses y á los hombres. Si alguno de aquéllos viene á

tentarte, no quieras combatir con los inmortales; pero si se presentara

en la lid Venus, hija de Jove, hiérela con el agudo bronce.»

133 Dicho esto, Minerva, la de los brillantes ojos, se fué. El hijo de

Tideo volvió á mezclarse con los combatientes delanteros; y si antes

ardía en deseos de pelear contra los troyanos, entonces sintió que se

le triplicaba el brío, como un león á quien el pastor hiere levemente

al asaltar un redil de lanudas ovejas y no lo mata, sino que le excita

la fuerza: el pastor desiste de rechazarlo y entra en el establo; las

ovejas, al verse sin defensa, huyen para caer pronto hacinadas unas

sobre otras, y la fiera sale del cercado con ágil salto. Con tal furia

penetró en las filas troyanas el fuerte Diomedes.

144 Entonces hizo morir á Astinoo y á Hipirón, pastor de hombres.

Al primero le metió la broncínea lanza por el pecho; contra Hipirón

desnudó la espada, y de un tajo en la clavícula separóle el hombro del

cuello y la espalda. Dejóles y fué al encuentro de Abante y Poliido,

hijos de Euridamante, que era de provecta edad é intérprete de sueños:

cuando fueron á la guerra, el anciano no les interpretaría los sueños,

pues sucumbieron á manos del fuerte Diomedes, que les despojó de

las armas. Enderezó luego sus pasos hacia Janto y Toón, hijos de

Fénope--éste los había tenido en la triste vejez que le abrumaba y

no engendró otro hijo que heredara sus riquezas,--y á entrambos

les quitó la dulce vida, causando llanto y pesar al anciano, que no

pudo recibirlos de vuelta de la guerra; y más tarde los parientes se

repartieron la herencia.

159 En seguida alcanzó Tideo á Equemón y á Cromio, hijos de Príamo

Dardánida, que iban en el mismo carro. Cual león que, penetrando en la

vacada, despedaza la cerviz de un buey ó de una becerra que pacía en

el soto; así el hijo de Tideo los derribó violentamente del carro, les

quitó la armadura y entregó los corceles á sus camaradas para que los

llevaran á las naves.

166 Eneas advirtió que Diomedes destruía las hileras de los teucros, y

fué en busca del divino Pándaro por la liza y entre el estruendo de las

lanzas. Halló por fin al fuerte y eximio hijo de Licaón; y deteniéndose

á su lado, le dijo:

171 «¡Pándaro! ¿Dónde guardas el arco y las voladoras flechas?

¿Qué es de tu fama? Aquí no tienes rival y en la Licia nadie se

gloría de aventajarte. Ea, levanta las manos á Júpiter y dispara

una flecha contra ese hombre que triunfa y causa males sin cuento á

los troyanos--de muchos valientes ha quebrado ya las rodillas,--si

por ventura no es un dios airado con los teucros á causa de los

sacrificios, pues la cólera de una deidad es terrible.»

179 Respondióle el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas, consejero de los

teucros, de broncíneas lorigas! Parécese completamente al aguerrido

hijo de Tideo: reconozco su escudo, su casco de alta cimera y agujeros

á guisa de ojos y sus corceles, pero no puedo asegurar si es un dios.

Si ese guerrero es en realidad el belicoso hijo de Tideo, no se mueve

con tal furia sin que alguno de los inmortales le acompañe, cubierta la

espalda con una nube, y desvíe las veloces flechas que hacia él vuelan.

Arrojéle una saeta que le hirió en el hombro derecho, penetrando por

el hueco de la loriga; creí enviarle á Plutón, y sin embargo de esto

no le maté; sin duda es un dios irritado. No tengo aquí bridones ni

carros que me lleven, aunque en el palacio de Licaón quedaron once

carros hermosos, sólidos, de reciente construcción, cubiertos con

fundas y con sus respectivos pares de caballos que comen blanca cebada

y avena. Licaón, el guerrero anciano, entre los muchos consejos que

me diera cuando partí del magnífico palacio, me recomendó que en el

duro combate mandara á los teucros subido en el carro; mas yo no me

dejé convencer--mucho mejor hubiera sido seguir su consejo--y rehusé

llevarme los corceles por el temor de que, acostumbrados á comer bien,

se encontraran sin pastos en una ciudad sitiada. Dejélos, pues, y vine

como infante á Ilión, confiando en el arco que para nada me había de

servir. Contra dos próceres lo he disparado, el Atrida y el hijo de

Tideo; á entrambos les causé heridas, de las que manaba verdadera

sangre, y sólo conseguí excitarlos más. Con mala suerte descolgué del

clavo el corvo arco el día en que vine con mis teucros á la amena Ilión

para complacer al divino Héctor. Si logro regresar y ver con estos ojos

mi patria, á mi mujer y mi casa espaciosa y alta, córteme la cabeza

un enemigo si no rompo y tiro al relumbrante fuego el arco, ya que su

compañía me resulta inútil.»

217 Replicóle Eneas, caudillo de los teucros: «No hables así. Las cosas

no cambiarán hasta que, montados nosotros en el carro, acometamos á ese

hombre y probemos la suerte de las armas. Sube á mi carro, para que

veas cuáles son los corceles de Tros y cómo saben lo mismo perseguir

acá y allá de la llanura que huir ligeros; ellos nos llevarán salvos á

la ciudad, si Júpiter concede de nuevo la victoria á Diomedes Tidida.

Ea, toma el látigo y las lustrosas riendas, y me pondré á tu lado para

combatir; ó encárgate tú de pelear, y yo me cuidaré de los caballos.»

229 Contestó el preclaro hijo de Licaón: «¡Eneas! Recoge tú las riendas

y guía los corceles, porque tirarán mejor del carro obedeciendo al

auriga á que están acostumbrados, si nos pone en fuga el hijo de Tideo.

No sea que, no oyendo tu voz, se espanten y desboquen y no quieran

sacarnos de la liza, y el hijo del magnánimo Tideo nos embista y mate y

se lleve los solípedos caballos. Guía, pues, el carro y los corceles, y

yo con la aguda lanza esperaré de aquél la acometida.»

239 Así hablaron; y subidos en el labrado carro, guiaron animosamente

los briosos corceles en derechura al hijo de Tideo. Advirtiólo

Esténelo, hijo de Capaneo, y dijo á Diomedes estas aladas palabras:

243 «¡Diomedes Tidida, carísimo á mi corazón! Veo que dos robustos

varones, cuya fuerza es grandísima, desean combatir contigo: el uno,

Pándaro, es hábil arquero y se jacta de ser hijo de Licaón; el otro,

Eneas, se gloría de haber sido engendrado por el magnánimo Anquises

y tener por madre á Venus. Ea, subamos al carro, retirémonos, y cesa

de revolverte furioso entre los combatientes delanteros para que no

pierdas la dulce vida.»

251 Mirándole con torva faz, le respondió el fuerte Diomedes: «No

me hables de huir, pues no creo que me persuadas. Sería impropio de

mí, batirme en retirada ó amedrentarme. Mis fuerzas aún siguen sin

menoscabo. Desdeño subir al carro, y tal como estoy iré á encontrarlos,

pues Palas Minerva no me deja temblar. Sus ágiles corceles no los

llevarán lejos de aquí, si es que alguno de aquéllos puede escapar.

Otra cosa voy á decir que tendrás muy presente: Si la sabia Minerva me

concede la gloria de matar á entrambos, sujeta estos veloces caballos,

amarrando las bridas al barandal, y apodérate de los corceles de Eneas

para sacarlos de los teucros y traerlos á los aqueos de hermosas

grebas; pues pertenecen á la raza de aquéllos que el longividente

Júpiter dió á Tros en pago de su hijo Ganimedes, y son, por tanto, los

mejores de cuantos viven debajo del sol y de la aurora. Anquises, rey

de hombres, logró adquirir, á hurto, caballos de esta raza ayuntando

yeguas con aquéllos sin que Laomedonte lo advirtiera; naciéronle seis

en el palacio, crió cuatro en su pesebre y dió esos dos á Eneas, que

pone en fuga á sus enemigos. Si los cogiéramos, alcanzaríamos gloria no

pequeña.»

274 Así éstos conversaban. Pronto Eneas y Pándaro, picando á los ágiles

corceles, se les acercaron. Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el

primero:

277 «¡Corazón fuerte, hombre belicoso, hijo del ilustre Tideo! Ya que

la veloz y dañosa flecha no te hizo sucumbir, voy á probar si te hiero

con la lanza.»

280 Dijo; y blandiendo la ingente arma, dió un bote en el escudo del

Tidida: la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la

loriga. El preclaro hijo de Licaón gritó en seguida:

284 «Atravesado tienes el ijar y no creo que resistas largo tiempo.

Inmensa es la gloria que acabas de darme.»

286 Sin turbarse, le replicó el fuerte Diomedes: «Erraste el golpe,

no has acertado; y creo que no dejaréis de combatir, hasta que uno de

vosotros caiga y sacie de sangre á Marte, el infatigable luchador.»

290 Dijo, y le arrojó la lanza que, dirigida por Minerva á la nariz

junto al ojo, atravesó los blancos dientes: el duro bronce cortó la

punta de la lengua y apareció por debajo de la barba. Pándaro cayó

del carro, sus lucientes y labradas armas resonaron, espantáronse

los corceles de ágiles pies, y allí acabaron la vida y el valor del

guerrero.

297 Saltó Eneas del carro con el escudo y la larga pica; y temiendo que

los aqueos le quitaran el cadáver, defendíalo como un león que confía

en su bravura: púsose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado

el liso escudo, y profiriendo horribles gritos se disponía á matar á

quien se le opusiera. Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra que dos

de los actuales hombres no podrían llevar y que él manejaba fácilmente,

hirió á Eneas en la articulación del isquion con el fémur que se llama

_cótyla_; la áspera piedra rompió la cótila, desgarró ambos tendones y

arrancó la piel. El héroe cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el

suelo y la noche obscura cubrió sus ojos.

311 Y allí pereciera el rey de hombres Eneas, si no lo hubiese

advertido su madre Venus, hija de Júpiter, que lo había concebido de

Anquises, pastor de bueyes. La diosa tendió sus níveos brazos al hijo

amado y le cubrió con un doblez del refulgente manto, para defenderle

de los tiros; no fuera que alguno de los dánaos, de ágiles corceles,

clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.

318 Mientras Venus sacaba á Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no

echó en olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el

combate: sujetó allí, separadamente de la refriega, sus solípedos

caballos, amarrando las bridas al barandal; y apoderándose de los

corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los teucros á

los aqueos de hermosas grebas y entrególos á Deípilo, el compañero

á quien más honraba á causa de su prudencia, para que los llevara á

las cóncavas naves. Acto continuo subió al carro, asió las lustrosas

riendas y guió solícito hacia Diomedes los caballos de duros cascos. El

héroe perseguía con el cruel bronce á Ciprina, conociendo que era una

deidad débil, no de aquéllas que imperan en el combate de los hombres,

como Minerva ó Belona, asoladora de ciudades. Tan pronto como llegó á

alcanzarla por entre la multitud, el hijo del magnánimo Tideo, calando

la afilada pica, rasguñó la tierna mano de la diosa: la punta atravesó

el peplo divino, obra de las mismas Gracias, y rompió la piel de la

palma. Brotó la sangre divina, ó por mejor decir, el _icor_; que tal es

lo que tienen los bienaventurados dioses, pues no comen pan ni beben

vino negro, y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales. La

diosa, dando una gran voz, apartó al hijo que Febo Apolo recibió en sus

brazos y envolvió en espesa nube; no fuera que alguno de los dánaos, de

ágiles corceles, clavándole el bronce en el pecho, le quitara la vida.

Y Diomedes, valiente en el combate, dijo á voz en cuello:

348 «¡Hija de Júpiter, retírate del combate y la pelea! ¿No te basta

engañar á las débiles mujeres? Creo que si intervienes en la batalla te

dará horror la guerra, aunque te encuentres á gran distancia de donde

la haya.»

[Ilustración: DIOMEDES PERSEGUÍA Á VENUS Y CON LA AFILADA PICA

RASGUÑÓ LA TIERNA MANO DE LA DIOSA

(_Canto V, versos 330 á 342._)]

352 Así se expresó. La diosa retrocedió turbada y afligida; Iris, de

pies veloces como el viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto

cuando ya el dolor la abrumaba y el hermoso cutis se ennegrecía; y como

aquélla encontrara al furibundo Marte sentado á la izquierda de la

batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se

hincó de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:

359 «¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los bridones para que

pueda volver al Olimpo, á la mansión de los inmortales. Me duele mucho

la herida que me infirió un hombre, el Tidida, quien sería capaz de

pelear con el padre Júpiter.»

363 Dijo, y Marte le cedió los corceles de áureas bridas. Venus subió

al carro, con el corazón afligido; Iris se puso á su lado, y tomando

las riendas avispó con el látigo á aquéllos, que gozosos alzaron el

vuelo. Pronto llegaron á la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la

diligente Iris, de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos,

los desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Venus se

refugió en el regazo de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los

brazos y halagándola con la mano, le dijo:

373 «¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te

maltrató, como si á su presencia hubieses cometido alguna falta?»

375 Respondióle al punto la risueña Venus: «Hirióme el hijo de Tideo,

Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza á mi hijo Eneas, carísimo

para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de teucros

y aqueos, pues los dánaos se atreven á combatir con los inmortales.»

381 Contestó Dione, divina entre las diosas: «Sufre el dolor, hija

mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los moradores

del Olimpo hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, á

quienes excitamos para causarnos, unos dioses á otros, horribles

males.--Las toleró Marte, cuando Oto y el fornido Efialtes, hijos

de Aloeo, le tuvieron trece meses atado con fuertes cadenas en una

cárcel de bronce: allí pereciera el dios insaciable de combate, si su

madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado á Mercurio,

quien sacó furtivamente de la cárcel á Marte casi exánime, pues las

crueles ataduras le agobiaban.--Las toleró Juno, cuando el vigoroso

hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con trifurcada flecha;

vehementísimo dolor atormentó entonces á la diosa.--Y las toleró

también el ingente Plutón, cuando el mismo hijo de Júpiter, que lleva

la égida, disparándole en la puerta del infierno veloz saeta, á él

que estaba entre los muertos, le entregó al dolor: con el corazón

afligido, traspasado de dolor--pues la flecha se le había clavado en la

robusta espalda y abatía su ánimo,--fué el dios al palacio de Júpiter,

al vasto Olimpo, y Peón curóle, que mortal no naciera, esparciendo

sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se abstenía de

cometer acciones nefandas y contristaba con el arco á los dioses que

habitan el Olimpo.--Á ése le ha excitado contra ti Minerva, la diosa

de los brillantes ojos. ¡Insensato! Ignora el hijo de Tideo que quien

lucha con los inmortales, ni llega á viejo ni los hijos le reciben,

llamándole ¡papá! y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de

la terrible pelea. Aunque es valiente, tema que le salga al encuentro

alguien más fuerte que tú: no sea que luego la prudente Egialea,

hija de Adrasto y cónyuge ilustre de Diomedes, domador de caballos,

despierte con su llanto á los domésticos por sentir soledad de su

legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.»

416 Dijo, y con ambas manos restañó el icor; curóse la herida y los

acerbos dolores se calmaron. Minerva y Juno que lo presenciaban,

intentaron zaherir á Jove Saturnio con mordaces palabras; y la diosa de

los brillantes ojos empezó á hablar de esta manera:

421 «¡Padre Júpiter! ¿Te enfadarás conmigo por lo que diré? Sin duda

Ciprina quiso persuadir á alguna aquea de hermoso peplo á que se fuera

con los troyanos, que tan queridos le son; y acariciándola, áureo

broche le rasguñó la delicada mano.»

426 De este modo habló. Sonrióse el padre de los hombres y de los

dioses, y llamando á la dorada Venus, le dijo:

428 «Á ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas:

dedícate á los dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Marte y

Minerva cuidarán de aquéllas.»

431 Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate,

cerró con Eneas, no obstante comprender que el mismo Apolo extendía la

mano sobre él; pues impulsado por el deseo de acabar con el héroe y

despojarle de las magníficas armas, ya ni al gran dios respetaba. Tres

veces asaltó á Eneas con intención de matarle; tres veces agitó Apolo

el refulgente escudo. Y cuando, semejante á un dios, atacaba por cuarta

vez, el flechador Apolo le increpó con aterradoras voces:

440 «¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte á las

deidades, pues jamás fueron semejantes la raza de los inmortales dioses

y la de los hombres que andan por la tierra.»

443 Tal dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera

del flechador Apolo; y el dios, sacando á Eneas del combate, le

llevó al templo que tenía en la sacra Pérgamo: dentro de éste, Latona

y Diana, que se complace en tirar flechas, curaron al héroe y le

aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva

arco de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y alrededor

del mismo, teucros y divinos aqueos chocaban los escudos de cuero de

buey y los alados broqueles que los pechos protegían. Y Febo Apolo dijo

entonces al furibundo Marte:

455 «¡Marte, Marte, funesto á los mortales, manchado de homicidios,

demoledor de murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar á ese hombre,

al Tidida, que sería capaz de combatir hasta con el padre Júpiter?

Primero hirió á Ciprina en el puño, y luego, semejante á un dios, cerró

conmigo.»

460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto

Marte, tomando la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios,

enardeció á los que militaban en las filas troyanas y exhortó á los

ilustres hijos de Príamo:

464 «¡Hijos del rey Príamo, alumno de Jove! ¿Hasta cuándo dejaréis que

el pueblo perezca á manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo

llegue á las sólidas puertas de los muros? Yace en tierra un varón

á quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas, hijo del magnánimo

Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.»

470 Con estas palabras les excitó á todos el valor y la fuerza. Á su

vez, Sarpedón reprendía así al divino Héctor:

472 «¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que

defenderías la ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y

tus deudos. De éstos á ninguno veo ni descubrir puedo: temblando están

como perros en torno de un león, mientras combatimos los que únicamente

somos auxiliares. Yo que figuro como tal, he venido de muy lejos, de la

Licia, situada á orillas del voraginoso Janto; allí dejé á mi esposa

amada, al tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece.

Mas, sin embargo de esto y de no tener aquí nada que los aqueos puedan

llevarse ó apresar, animo á los licios y deseo luchar con ese guerrero;

y tú estás parado y ni siquiera exhortas á los demás hombres á que

resistan al enemigo y defiendan á sus esposas. No sea que, como si

hubierais caído en una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis á

ser presa y botín de los enemigos, y éstos destruyan vuestra populosa

ciudad. Preciso es que te ocupes en ello día y noche y supliques á los

caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan

firmemente y no se hagan acreedores á graves censuras.»

493 Así habló Sarpedón. Sus palabras royéronle el ánimo á Héctor, que

saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de

afiladas picas, recorrió el ejército, animóle á combatir y promovió

una terrible pelea. Los teucros volvieron la cara á los aqueos para

embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se

arredraron. Como en el abaleo, cuando la rubia Ceres separa el grano

de la paja al soplo del viento, el aire lleva el tamo por las sagradas

eras y los montones de paja blanquean; del mismo modo los aqueos se

tornaban blanquecinos por el polvo que levantaban hasta el cielo de

bronce los corceles de cuantos volvían á encontrarse en la refriega.

Los aurigas guiaban los caballos al combate y los guerreros acometían

de frente con toda la fuerza de sus brazos. El furibundo Marte cubrió

el campo de espesa niebla para socorrer á los teucros y á todas partes

iba; cumpliendo así el encargo que le hizo Febo Apolo, el de la áurea

espada, de que excitara el ánimo de aquéllos, cuando vió que Minerva,

la protectora de los dánaos, se ausentaba.

512 El dios sacó á Eneas del suntuoso templo; é infundiendo valor al

pastor de hombres, le dejó entre sus compañeros, que se alegraron de

verle vivo, sano y revestido de valor; pero no le preguntaron nada,

porque no se lo permitía el combate suscitado por el dios del arco de

plata, por Marte, funesto á los mortales, y por la Discordia, cuyo

furor es insaciable.

519 Ambos Ayaces, Ulises y Diomedes enardecían á los dánaos en la

pelea; y éstos, en vez de atemorizarse ante la fuerza y las voces de

los teucros, aguardábanlos tan firmes como las nubes que Júpiter deja

inmóviles en las cimas de los montes durante la calma, cuando duermen

el Bóreas y demás vientos fuertes que con sonoro soplo disipan los

pardos nubarrones; tan firmemente esperaban los dánaos á los teucros,

sin pensar en la fuga. El Atrida bullía entre la muchedumbre y á todos

exhortaba:

529 «¡Oh amigos! ¡Sed hombres, mostrad que tenéis un corazón esforzado

y avergonzaos de parecer cobardes en el duro combate! De los que

sienten este temor, son más los que se salvan que los que mueren; los

que huyen, ni gloria alcanzan ni entre sí se ayudan.»

533 Dijo, y despidiendo con ligereza el dardo, hirió al caudillo

Deicoonte Pergásida, compañero del magnánimo Eneas; á quien veneraban

los troyanos como á la prole de Príamo, por su arrojo en pelear en

las primeras filas. El rey Agamenón acertó á darle un bote en el

escudo, que no logró detener al dardo: éste lo atravesó, y rasgando

el cinturón, clavóse en el empeine del guerrero. Deicoonte cayó con

estrépito y sus armas resonaron.

541 Eneas mató á dos hijos de Diocles, Cretón y Orsíloco, varones

valentísimos cuyo padre vivía en la bien construída Feras, abastado de

bienes, y era descendiente del anchuroso Alfeo que riega el país de los

pilios. El Alfeo engendró á Orsíloco, que reinó sobre muchos hombres;

Orsíloco fué padre del magnánimo Diocles, y de éste nacieron los dos

mellizos Cretón y Orsíloco, diestros en toda especie de combates;

quienes, apenas llegados á la juventud, fueron en negras naves y junto

con los argivos á Troya, para vengar á los Atridas Agamenón y Menelao,

y allí la muerte los cubrió con su manto. Como dos leones criados por

su madre en la espesa selva de la cumbre de un monte, devastan los

establos, robando bueyes y pingües ovejas, hasta que los hombres los

matan con el afilado bronce; del mismo modo, aquéllos, que parecían

altos abetos, cayeron vencidos por Eneas.

561 Al verlos derribados en el suelo, condolióse Menelao, caro á

Marte, y en seguida, revestido de luciente bronce y blandiendo la

lanza, se abrió camino por las primeras filas: Marte le excitaba el

valor para que sucumbiera á manos de Eneas. Pero Antíloco, hijo del

magnánimo Néstor, que lo advirtió, se fué en pos del pastor de hombres

temiendo que le ocurriera algo y les frustrara la empresa. Cuando los

dos guerreros, deseosos de pelear, calaban las agudas lanzas para

acometerse, colocóse Antíloco al lado del pastor de hombres; Eneas,

aunque era luchador brioso, no se atrevió á esperarlos; y ellos

pudieron llevarse los cadáveres de aquellos infelices, ponerlos en las

manos de sus amigos y volver á combatir en el punto más avanzado.

576 Entonces mataron á Pilémenes, igual á Marte, caudillo de los

ardidos paflagones que de escudos van armados: el Atrida Menelao,

famoso por su pica, envasóle la lanza junto á la clavícula. Antíloco

hirió de una pedrada en el codo al valiente escudero Midón Atimníada,

cuando éste revolvía los solípedos caballos--las ebúrneas riendas

vinieron de sus manos al polvo,--y acometiéndole con la espada, le

dió un tajo en las sienes. Midón, anhelante, cayó del carro: hundióse

su cabeza con el cuello y parte de los hombros en la arena que allí

abundaba, y así permaneció un buen espacio hasta que los corceles,

pataleando, lo tiraron al suelo; Antíloco se apoderó del carro, picó á

los corceles, y se los llevó al campamento aqueo.

590 Héctor atisbó á los dos guerreros en las filas, arremetió á ellos,

gritando, y le siguieron las fuertes falanges troyanas que capitaneaban

Marte y la venerable Belona: ésta promovía el horrible tumulto de la

pelea; Marte manejaba una lanza enorme, y ya precedía á Héctor, ya

marchaba detrás del mismo.

596 Al verle, estremecióse Diomedes, valiente en el combate. Como el

inexperto viajero, después que ha atravesado una gran llanura, se

detiene al llegar á un río de rápida corriente que desemboca en el mar,

percibe el murmurio de las espumosas aguas y vuelve con presteza atrás;

de semejante modo retrocedió el hijo de Tideo, gritando á los suyos:

601 «¡Oh amigos! ¿Cómo nos admiramos de que el divino Héctor sea hábil

lancero y audaz luchador? Á su lado hay siempre alguna deidad para

librarle de la muerte, y ahora es Marte, transfigurado en mortal,

quien le acompaña. Emprended la retirada, con la cara vuelta hacia los

teucros, y no queráis combatir denodadamente con los dioses.»

607 De esta manera habló. Los teucros llegaron muy cerca de ellos, y

Héctor mató á dos varones diestros en la pelea que iban en un mismo

carro: Menestes y Anquíalo.

610 Al verlos derribados por el suelo, compadecióse el gran Ayax

Telamonio; y deteniéndose muy cerca del enemigo, arrojó la pica

reluciente á Anfio, hijo de Selago, que moraba en Peso, era riquísimo

en bienes y sembrados, y había ido--impulsábale el hado--á ayudar á

Príamo y sus hijos. Ayax Telamonio acertó á darle en el cinturón, la

larga pica se clavó en el empeine, y el guerrero cayó con estrépito.

Corrió el esclarecido Ayax á despojarle de las armas--los teucros

hicieron llover sobre el héroe agudos relucientes dardos, de los cuales

recibió muchos el escudo,--y poniendo el pie encima del cadáver,

arrancó la broncínea lanza; pero no pudo quitarle de los hombros la

magnífica armadura, porque estaba abrumado por los tiros. Temió verse

encerrado dentro de un fuerte círculo por los arrogantes teucros, que

en gran número y con valentía le enderezaban sus lanzas; y aunque era

corpulento, vigoroso é ilustre, fué rechazado y hubo de retroceder.

627 Así se portaban éstos en el duro combate. El hado poderoso llevó

contra Sarpedón, igual á un dios, á Tlepólemo Heraclida, valiente y

de gran estatura. Cuando ambos héroes, hijo y nieto de Júpiter, que

amontona las nubes, se hallaron frente á frente, Tlepólemo fué el

primero en hablar y dijo:

633 «¡Sarpedón, príncipe de los licios! ¿Qué necesidad tienes, no

estando ejercitado en la guerra, de venir á temblar? Mienten cuantos

afirman que eres hijo de Júpiter, que lleva la égida, pues desmereces

mucho de los varones engendrados en tiempos anteriores por este dios,

como dicen que fué mi intrépido padre, el fornido Hércules, de corazón

de león; el cual, habiendo venido por los caballos de Laomedonte,

con seis solas naves y pocos hombres, consiguió saquear la ciudad y

despoblar sus calles. Pero tú eres de ánimo apocado, dejas que las

tropas perezcan, y no creo que tu venida de la Licia sirva para la

defensa de los troyanos por muy vigoroso que seas; pues vencido por mí,

entrarás por las puertas del Orco.»

647 Respondióle Sarpedón, caudillo de los licios: «¡Tlepólemo! Aquél

destruyó, con efecto, la sacra Ilión á causa de la perfidia del ilustre

Laomedonte, que pagó con injuriosas palabras sus beneficios y no quiso

entregarle los caballos por los que viniera de tan lejos. Pero yo

te digo que la perdición y la negra muerte de mi mano te vendrán; y

muriendo, herido por mi lanza, me darás gloria, y á Plutón, el de los

famosos corceles, el alma.»

655 Así dijo Sarpedón y Tlepólemo alzó la lanza de fresno. Las luengas

lanzas partieron á un mismo tiempo de las manos. Sarpedón hirió á

Tlepólemo: la dañosa punta atravesó el cuello, y las tinieblas de la

noche velaron los ojos del guerrero. Tlepólemo dió con su gran lanza

en el muslo derecho de Sarpedón: el bronce penetró con ímpetu hasta el

hueso, pero todavía Jove libró á su hijo de la muerte.

663 Los ilustres compañeros de Sarpedón, igual á un dios, sacáronle del

combate, con la gran lanza que, arrastrando, le apesgaba; pues con la

prisa nadie la advirtió ni pensó en arrancársela del muslo, para que

pudiera subir al carro. Tanta era la fatiga con que de él cuidaban.

668 Á su vez, los aqueos, de hermosas grebas, se llevaron del campo á

Tlepólemo. El divino Ulises, de ánimo paciente, viólo, sintió que se

le enardecía el corazón, y revolvió en su mente y en su espíritu si

debía perseguir al hijo de Júpiter tonante ó privar de la vida á muchos

licios. No le había concedido el hado matar con el agudo bronce al

esforzado hijo de Júpiter, y por esto Minerva le inspiró que acometiera

á los licios. Mató entonces á Cérano, Alástor, Cromio, Alcandro, Halio,

Noemón y Prítanis, y aun á más licios hiciera morir el divino Ulises,

si no lo hubiese notado el gran Héctor, de tremolante casco; el cual,

cubierto de luciente bronce, se abrió calle por los combatientes

delanteros é infundió terror á los dánaos. Holgóse de su llegada

Sarpedón, hijo de Júpiter, y profirió estas lastimeras palabras:

684 «¡Priámida! No permitas que yo, tendido en el suelo, llegue á ser

presa de los dánaos; socórreme y pierda la vida en vuestra ciudad, ya

que no he de alegrar, volviendo á mi casa y á la patria tierra, ni á mi

esposa querida ni al tierno infante.»

689 De esta suerte habló. Héctor, de tremolante casco, pasó corriendo,

sin responderle, porque ardía en deseos de rechazar cuanto antes á los

argivos y quitar la vida á muchos guerreros. Los ilustres camaradas

de Sarpedón, igual á un dios, lleváronle al pie de una hermosa encina

consagrada á Júpiter, que lleva la égida; y el valeroso Pelagonte,

su compañero amado, le arrancó la lanza de fresno. Amortecido quedó

el héroe y obscura niebla cubrió sus ojos; pero pronto volvió en

su acuerdo, porque el soplo del Bóreas le reanimó cuando ya apenas

respirar podía.

699 Los argivos, al acometerlos Marte y Héctor armado de bronce, ni se

volvían hacia las negras naves, ni rechazaban el ataque, sino que se

batían en retirada desde que supieron que aquel dios se hallaba con los

teucros.

703 ¿Cuál fué el primero, cuál el último de los que entonces mataron

Héctor, hijo de Príamo, y el férreo Marte? Teutrante, igual á un dios;

Orestes, aguijador de caballos; Treco, lancero etolo; Enomao; Heleno

Enópida y Oresbio, de tremolante mitra; quien, muy ocupado en cuidar

de sus bienes, moraba en Hila, á orillas del lago Cefisis, con otros

beocios que constituían un opulento pueblo.

711 Cuando Juno, la diosa de los níveos brazos, vió que ambos mataban á

muchos argivos en el duro combate, dijo á Minerva estas aladas palabras:

714 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita

deidad! Vana será la promesa que hicimos á Menelao de que no se iría

sin destruir la bien murada Ilión, si dejamos que el pernicioso Marte

ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.»

719 Dijo; y Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció.

Juno, deidad veneranda hija del gran Saturno, aparejó los corceles con

sus áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo eje, á ambos

lados del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían ocho rayos.

Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables

llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre

tiras de oro y de plata, y un doble barandal circundaba el carro. Por

delante salía argéntea lanza, en cuya punta ató la diosa un yugo de oro

con bridas de oro también; y Juno, que anhelaba el combate y la pelea,

unció los corceles de pies ligeros.

733 Minerva, hija de Júpiter, que lleva la égida, dejó caer al suelo

el hermoso peplo bordado que ella misma tejiera y labrara con sus

manos; vistió la loriga de Jove, que amontona las nubes, y se armó

para la luctuosa guerra. Suspendió de sus hombros la espantosa égida

floqueada que el terror corona: allí están la Discordia, la Fuerza y

la Persecución horrenda; allí la cabeza de la Gorgona, monstruo cruel

y horripilante, portento de Júpiter, que lleva la égida. Cubrió su

cabeza con áureo casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para

resistir á la infantería de cien ciudades. Y subiendo al flamante

carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la hija del

prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos

monta en cólera. Juno picó con el látigo á los bridones, y abriéronse

de propio impulso, rechinando, las puertas del cielo de que cuidan

las Horas--á ellas está confiado el espacioso cielo y el Olimpo--para

remover ó colocar delante la densa nube. Por allí, á través de las

puertas, dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al

Saturnio, sentado aparte de los otros dioses, en la más alta de las

muchas cumbres del Olimpo. Juno, la diosa de los níveos brazos, detuvo

entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Jove

Saturnio:

757 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas contra Marte al presenciar sus

atroces hechos? ¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer

temeraria é injustamente! Yo me aflijo, y Ciprina y Apolo se alegran de

haber excitado á ese loco que no conoce ley alguna. Padre Júpiter, ¿te

enfadarás conmigo si á Marte le ahuyento del combate causándole graves

heridas?»

764 Respondióle Júpiter, que amontona las nubes: «Ea, aguija contra él

á Minerva, que impera en las batallas, pues es quien suele causarle más

vivos dolores.»

767 Así se expresó. Juno, la diosa de los níveos brazos, obedecióle

y picó á los corceles, que volaron gozosos entre la tierra y el

estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza á ver el que sentado en alta

cumbre fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco

los caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como

ambas deidades llegaron á Troya, Juno paró el carro en el lugar donde

el Símois y el Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles,

cubriólos de espesa niebla, y el Símois hizo nacer la ambrosía para que

pacieran.

778 Las diosas empezaron á andar, semejantes en el paso á tímidas

palomas, impacientes por socorrer á los argivos. Cuando llegaron al

sitio donde estaba el fuerte Diomedes, domador de caballos, con los

más y mejores de los adalides que parecían carniceros leones ó puercos

monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Juno, la diosa de los

níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía

vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta, exclamó:

787 «¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo

por la figura! Mientras el divino Aquiles asistía á las batallas, los

teucros, amedrentados por su formidable pica, no pasaban de las puertas

dardanias; y ahora combaten lejos de la ciudad, junto á las cóncavas

naves.»

792 Con tales palabras les excitó á todos el valor y la fuerza.

Minerva, la diosa de los brillantes ojos, fué en busca del hijo de

Tideo y le halló junto á su carro y sus corceles, refrescando la herida

que Pándaro con una flecha le causara. El sudor le molestaba debajo de

la abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y alzando

éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La

diosa apoyó la diestra en el yugo de los caballos y dijo:

800 «¡Cuán poco se parece á su padre el hijo de Tideo! Era éste de

pequeña estatura, pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni

señalarse--como en la ocasión en que, habiendo ido por embajador á

Tebas, se encontró lejos de los suyos entre multitud de cadmeos y le dí

orden de que banqueteara tranquilo en el palacio,--conservaba siempre

su espíritu valeroso; y desafiando á los jóvenes cadmeos, los vencía

fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal modo le protegía! Ahora

es á ti á quien asisto y defiendo, exhortándote á pelear animosamente

con los teucros. Mas, ó el excesivo trabajo de la guerra ha fatigado

tus miembros, ó te domina el exánime terror. No, tú no eres hijo del

aguerrido Tideo Enida.»

814 Respondióle el fuerte Diomedes: «Te conozco, oh diosa, hija de

Júpiter, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso, sin ocultarte

nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo

todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los

bienaventurados dioses; pero si Venus, hija de Júpiter, se presentara

en la pelea, debía herirla con el agudo bronce. Pues bien: ahora

retrocedo y he mandado que los argivos se replieguen aquí, porque

comprendo que Marte impera en la batalla.»

825 Contestó Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «¡Diomedes

Tidida, carísimo á mi corazón! No temas á Marte ni á ninguno de los

inmortales; tanto te voy á ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos

á Marte, hiérele de cerca y no respetes al furibundo dios, á ese loco

voluble y nacido para dañar, que á Juno y á mí nos prometió combatir

contra los teucros en favor de los argivos y ahora está con aquéllos y

de sus palabras se ha olvidado.»

835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano á Esténelo

que saltó diligente del carro á tierra. Subió la enardecida diosa,

colocándose al lado de Diomedes, y el eje de encina recrujió porque

llevaba á una diosa terrible y á un varón fortísimo. Palas Minerva,

habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos caballos

hacia Marte; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro

hijo de Oquesio y el más valiente de los etolos. Á tal varón mataba

Marte, manchado de homicidios. Y Minerva se puso el casco de Plutón,

para que el furibundo dios no la conociera.

846 Cuando Marte, funesto á los mortales, los vió venir, dejando al

gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el

divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse á corta distancia,

Marte, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza

por cima del yugo y las riendas; pero Minerva, cogiéndola y alejándola

del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. Á su vez Diomedes,

valiente en el combate, atacó á Marte con la broncínea pica, y Palas

Minerva, apuntándola á la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía,

hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Marte

clamó como gritarían nueve ó diez mil hombres que en la guerra llegaran

á las manos; y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte

bramó Marte, insaciable de combate!

864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de

un impetuoso viento abrasador, tal le parecía á Diomedes Tidida el

férreo Marte cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo.

El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se

sentó, con el corazón afligido, á la vera del Saturnio Jove; mostró la

sangre inmortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas

palabras:

872 «¡Padre Júpiter! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos?

Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente

nos causamos para complacer á los hombres; pero todos estamos airados

contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa

en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y

acatan; pero á ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que

la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido

al insolente Diomedes, hijo de Tideo, á combatir, en su furia, con

los inmortales dioses. Primero hirió á Ciprina en el puño, y después,

cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan á salvarme

mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos

montones de cadáveres, ó quedar inválido, aunque vivo, á causa de las

heridas que me hiciera el bronce.»

888 Mirándole con torva faz, respondió Júpiter, que amontona las

nubes: «¡Inconstante! No te lamentes, sentado á mi vera, pues me eres

más odioso que ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han

gustado las riñas, luchas y peleas, y tienes el espíritu soberbio, que

nunca cede, de tu madre Juno, á quien apenas puedo dominar con mis

palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido, lo debes á sus consejos. Pero

no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y

para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de

algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que

el de los hijos de Urano.»

899 Dijo, y mandó á Peón que lo curara. Éste le sanó, aplicándole

drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la

blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con

igual presteza curó aquél al furibundo Marte, á quien Hebe lavó y puso

magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Saturnio Jove,

ufano de su gloria.

907 Juno argiva y Minerva alalcomenia regresaron también al palacio

del gran Júpiter, cuando hubieron conseguido que Marte, funesto á los

mortales, de matar hombres se abstuviera.

[Ilustración: Héctor se despide de Andrómaca]

La Ilíada · 第 4 / 24 章