CANTO II

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Libraries.)

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las

versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente

de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Las notas a pie de página se han colocado al final del prólogo «Al

Lector», único capítulo del libro que las usa.

* Se han hecho los siguientes cambios:

Canto XIII, 685, p. 207: «Fidas» → «Fidante», de acuerdo con la

corrección anunciada en el Índice de nombres propios, voz Fidante.

Canto XVI, 101, p. 244: «hombro derecho» → «hombro izquierdo»,

según el original griego y otras traducciones más recientes (el

escudo se llevaba normalmente a la izquierda).

Canto XVII, 288, p. 270: «Hipóloco» → «Hipótoo», de acuerdo con la

corrección anunciada en el Índice de nombres propios, voz Hipótoo.

Índice de nombres propios, p. 436, voz _Príamo_: «Príamo» → «Júpiter»,

para respetar el sentido del texto referenciado (IV, 46 y 47).

* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar que

interrumpieran un párrafo.

LA ILÍADA

[Ilustración]

HOMERO

LA ILÍADA

VERSIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL GRIEGO

POR

LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS Y EN DERECHO, CATEDRÁTICO NUMERARIO

DE LENGUA Y LITERATURA GRIEGAS EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, É

INDIVIDUO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE BUENAS LETRAS DE

LA MISMA CAPITAL

ILUSTRACIONES DE FLAXMAN Y DEL PROFESOR A. J. CHURCH

[Ilustración]

BARCELONA

MONTANER Y SIMÓN, EDITORES

CALLE DE ARAGÓN, NÚM. 255

1908

ES PROPIEDAD

AL LECTOR

No sin temor pongo en tus manos esta versión en prosa del inmortal

poema homérico compuesto hace _treinta siglos_[1] y no superado aún por

otro alguno; epopeya sin par y cuadro fiel de los orígenes históricos

de aquella cultura helénica que tanto influyó en la romana, y más

tarde, ya directamente, ya por medio de esta última, en la de casi

todos los pueblos civilizados.

Sabido es que la _Ilíada_ tiene por asunto un episodio de la guerra de

Troya, ocurrido en el noveno año de la misma[2]; y que se atribuye á

Homero, el padre de la poesía, el célebre aedo que recorría la Grecia

cantando al son de la cítara sus propias composiciones. No es posible

hablar en estas pocas líneas de la llamada _cuestión homérica_[3],

ni resumir lo que han dicho los críticos sobre la existencia[4] y la

patria de Homero[5], las obras que compuso[6] y el estado en que han

llegado hasta nosotros[7]. Por tanto, sólo manifestaré las razones que

me impulsaron á hacer esta versión literal del más famoso de sus poemas.

De la _Ilíada_ se han publicado en España tres traducciones: las de D.

Ignacio García Malo, D. José Gómez Hermosilla[8] y D. Conrado Roure[9];

pues la notabilísima que preparaba D. Juan Montserrat y Archs no llegó

á ver la luz pública[10]. Las dos primeras son dignas de elogio por

el conocimiento que de la obra original revelan en sus autores, y

la de Hermosilla también por su valor literario, mucho mayor de lo

que generalmente se cree, como ha demostrado mi insigne maestro D.

Marcelino Menéndez y Pelayo; pero ambas están en verso y no pueden

ser tan fieles, que no amplifiquen, mutilen ó alteren el texto para

acomodarlo á la forma métrica. De aquí que no satisfagan completamente

á quien, sin estar impuesto en la lengua griega, necesite conocer la

_Ilíada_ en sus menores detalles, le convenga alegar textualmente

algunos de sus versos ó quiera verificar las citas que se hagan de

dicho poema. En cuanto á la traducción de D. Conrado Roure, muy

estimable en algunos pasajes por su fidelidad, como está escrita en

catalán, sólo pueden utilizarla los que conocen esta lengua.

Para salvar tales inconvenientes se publica la presente versión

literal en prosa castellana; y puedo asegurarte que si el buen deseo,

el entusiasmo por la obra y la diligencia en el trabajo bastaran para

tener acierto, no habría otra que fuese más perfecta y acabada.

Dice Fr. Luis de León que «el que traslada ha de ser fiel y cabal, y si

fuere posible, contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de

la misma manera, cualidad, y condición y variedad de significaciones

que las originales tienen, sin limitallas á su propio sonido y parecer,

para que los que leyeren la traducción puedan entender la variedad

toda de sentidos á que da ocasión el original si se leyese, y queden

libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere[11].» Tomando

por regla tan autorizada opinión y poniendo en práctica los consejos

que el malogrado helenista Dr. D. José Balari, eximio catedrático

que fué de esta Universidad, nos daba á los que tuvimos la suerte de

ser sus discípulos, he traducido el poema literalmente, sin quitar

nada, ni siquiera un epíteto, y sin añadir más que lo necesario para

la recta inteligencia de la frase, dada la distinta índole de la

lengua castellana con respecto á la griega. No he vacilado en emplear

una palabra anticuada cuando con ella se expresaba bien la idea del

vocablo original: por ejemplo, la voz _escudado_, que tiene el mismo

valor de la griega ἀσπιστής. Como no conozco ninguna dicción española

que equivalga á εὐρύοπα[12], epíteto de Jove, en su acepción más

probable de _el de amplia mirada_, me atreví á formar el compuesto

_longividente_, cuya segunda parte se usa en las voces omnividente

y providente, y la primera fué empleada por el clásico Jarque en la

palabra longispicio[13]. Algo perplejo me tuvo el substantivo ἀριστεία

(ΔΙΟΜΗΔΟΥΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΑΓΑΜΕΜΝΟΝΟΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΜΕΝΕΛΑΟΥ ΑΡΙΣΤΕΙΑ), que

significa la acción de descollar en algo, es decir, de excederse

un guerrero á sí mismo, sobresaliendo entre los combatientes y

ejecutando sus mayores hazañas[14]; y por fin adopté el vocablo

_principalía_, cuyo valor etimológico es casi igual al de la voz

latina, _principatus_, con que suele traducirse. Mayor indecisión sentí

al verter el epíteto εἰλίπους, que Homero da á los bueyes, y significa,

según el _Lexicon_ de Ebeling, _qui pedes oblique et in orbem fere

tortos profert_, y según el _Thesaurus_ lo explica, _flexipes, vertens

et curvans pedes inter eundum_: confieso que no he sabido hallar una

palabra castellana que equivalga á la griega; pero he preferido

interpretarla imperfectamente con los vocablos _de tornátiles pies_,

á seguir el ejemplo de muchos traductores que la han suprimido por

completo.

Ha servido de base para la traducción el texto griego de

Dindorf-Hentze, publicado en la _Bibliotheca scriptorum Graecorum

et Romanorum Teubneriana_[15]; que es, en mi humilde juicio, el

más depurado de todos. Para precisar el significado de las voces

griegas se han consultado varios diccionarios y especialmente el

_Thesaurus_[16], el notable _Lexicon Homericum_, que editó Ebeling[17]

y el importantísimo _Dictionnaire des antiquités grecques et romaines

d’après les textes et les monuments_, que empezó á publicarse en

1877 bajo la dirección de MM. Ch. Daremberg y Edm. Saglio, y alcanza

actualmente hasta la letra S. Para la interpretación de algunos pasajes

se han tenido á la vista las traducciones latinas de C. G. Heyne y de

la edición de Firmin Didot; las españolas de Lebrija[18], García Malo,

Gómez Hermosilla y Roure; la portuguesa de Manoel Odorico Mendes; las

italianas de Monti y Cesarotti; las francesas de Mme. Dacier, Bitaubé,

Giguet y Leprévost; la alemana de Voss; las inglesas de Lord Derby y

del célebre Pope, y la que en griego moderno ha publicado Pal-le[19].

Finalmente, para la fijación de regímenes dudosos, para determinar

la acepción y uso de algunas palabras y frases, y para evitar, en

lo posible, los barbarismos, hase acudido á la primera edición del

_Diccionario de la Real Academia Española_, conocida con el nombre

de _Diccionario de Autoridades_, y á las excelentes obras de Baralt,

Cuervo, P. Mir, P. Nonell y Cortejón.

Y ahora, lector benévolo, que ya sabes por qué y cómo se ha hecho la

presente versión, perdona sus faltas, parando mientes en lo difícil que

es trasladar al romance una obra antiquísima de tanto valor literario

é histórico, compuesta en la más hermosa de las lenguas y nacida en

un medio ambiente muy distinto del actual. Si se podía decir en la

época de Virgilio: _Facilius esse Herculi clavam, quam Homero versum

subripere_, con más razón podríamos repetirlo nosotros que nos hallamos

á mayor distancia de aquellos tiempos y hablamos idiomas de carácter

analítico, muy diferentes de las inmortales lenguas clásicas.

LUIS SEGALÁ Y ESTALELLA.

NOTAS

[1] Recientemente, Mr. Bréal ha pretendido demostrar que la

_Ilíada_ fué compuesta en el siglo VII a. de J. C. (y no en el

X ó XI, como suele creerse) y que su carácter de obra primitiva

es efecto del arte. Véase: Michel Bréal, _Pour mieux connaître

Homère_. París, Hachette, 1906.

[2] Las dos escenas capitales en que se basa la unidad de la obra

son las siguientes: 1.ª Aquiles disputa con Agamenón, que le

arrebata la esclava Briseida, decide no volver á pelear en favor

de los griegos, y obtiene, por mediación de su madre Tetis, que

Júpiter proteja á los troyanos. 2.ª Habiendo muerto Patroclo,

el compañero de Aquiles, á quien éste permitió que vistiese su

propia armadura y echase del campamento griego á los enemigos,

el héroe quiere vengarle, se reconcilia con Agamenón, interviene

en el combate y mata á Héctor, el principal defensor de la

ciudad sitiada. Innumerables son las bellezas que presenta el

desarrollo de la acción, y todo lector se acordará de la disputa

de Aquiles y Agamenón, del tierno coloquio conocido con el nombre

de _Despedida de Héctor y Andrómaca_, del admirable discurso

que Ulises dirige á Aquiles para que deponga la cólera y vuelva

á combatir, de los prudentes consejos de Néstor, del engaño

de Júpiter por su esposa Juno, de la descripción del escudo

que Vulcano fabricó para Aquiles, de la persecución de Aquiles

por el río Escamandro, de la muerte de Héctor, de la patética

súplica de Príamo postrado á los pies de Aquiles, de las muchas

comparaciones tomadas casi siempre de la naturaleza, de las

descripciones de batallas, del carácter perfectamente delineado

de cada uno de los personajes, y de tantos y tantos primores como

podrían citarse de este incomparable poema.

[3] Léase lo que han escrito acerca de la misma los historiadores

de la literatura griega (Fabricius, Schoell, Ficker, Mure,

Christ, Müller, Bergk, Murray, A. et M. Croiset, etc.) y la

monografía: _Homère, étude historique et critique_, par Victor

Terret. París, A. Fontemoing, 1899.

[4] Hasta fines del siglo XVII fué unánime la opinión de que

Homero había existido real y efectivamente. Á principios del

XVIII, Juan B. Vico, en sus _Principi di scienza nuova_ (Nápoles,

1725), lo consideró como una abstracción, y dijo que el cantor

de la _Ilíada_ era la voz de la Grecia, el eco de los tiempos

heroicos. Federico Augusto Wolf, creyendo que la _Ilíada_ y la

_Odisea_ revelan un arte muy adelantado y que en aquellos remotos

tiempos la escritura no era de uso general, intentó probar en sus

_Prolegomena_ (publicados en 1795), que ambos poemas nacieron

de la unión de varios fragmentos, recogidos y ordenados, en el

siglo VI antes de J. C., por Pisístrato; y que Homero habría

sido el autor de algunas rapsodias, un aedo cuya fama hizo que

se perdiera la memoria de otros poetas contemporáneos suyos. Las

ideas de Wolf causaron gran impresión en los eruditos, que desde

entonces están discordes y pueden ser clasificados en cuatro

grupos: 1.º Los que, aceptando la existencia de Homero, defienden

la unidad primitiva de la _Ilíada_: tales son Nitzsch, Müller y

Terret. 2.º Los que, como Dugas-Montbel y Lachmann, creen que

dicha obra es el resultado de la unión de varias poesías ó cantos

aislados. 3.º Los partidarios de una teoría intermedia, es á

saber: que la _Ilíada_ fué desde el principio un poema completo,

pero mucho menos extenso que el actual; así opinan Hermann,

Bergk, Christ, Grote, Guigniaut, Koechly y M. Croiset. 4.º Mr.

Bréal, el cual sostiene que la epopeya homérica fué compuesta por

un grupo ó corporación de poetas con el fin de que fuera recitada

en los juegos y fiestas que se celebraban en la Lidia. Véase:

_Histoire de la Littérature grecque_, par A. et M. Croiset.

París, A. Fontemoing.

[5] Las ciudades más famosas de Grecia (Esmirna, Quíos, Colofón,

Pilos, Argos, Atenas, Cumas, Mileto, Micenas y otras) se disputan

el honor de haber sido la patria de Homero. Algunos autores han

llegado á suponer que el poeta no era griego, sino romano, sirio,

egipcio, etc. Lo probable es que fuera jonio y hubiese nacido en

Esmirna, ciudad del Asia Menor.

[6] En las colecciones de autores griegos figuran con el

nombre de Homero: la _Ilíada_, la _Odisea_, los _Himnos_, los

_Epigramas_ y la _Batracomiomaquia_. También se han considerado

como suyos el _Margites_ y otros poemas. Todas estas obras, á

excepción del _Margites_, que desgraciadamente se ha perdido,

están escritas en hexámetros y la que más constantemente se

ha atribuído á Homero es la _Ilíada_; pues ya Xenón, Helánico

y otros críticos de la escuela de Alejandría creyeron que

la _Odisea_ era de otro autor, llamándoseles por esta razón

χωρίζοντες (separadores), y en cuanto á las demás poesías está

probado que no son auténticas.

[7] La _Ilíada_ era cantada por los rapsodas. Pisístrato reunió

en Atenas á los más célebres, mandó escribir lo que recitaban,

y de esta manera se formó el texto. Los gramáticos alejandrinos

dividieron el mencionado poema en XXIV cantos y empezaron á

publicar ediciones críticas.--Augusto Fick supone que la _Ilíada_

fué escrita en el dialecto eólico y luego traducida al jónico,

habiéndose conservado la forma original allí donde no fué

posible hallar otra forma jónica equivalente, é intenta hacer la

reconstrucción del texto primitivo. (Véase: August Fick, _Die

Homerische Ilias_, Göttingen, Vandenhoeck und Ruprecht’s Verlag,

1886.)

[8] _La Ilíada_ de Homero, traducida del griego en verso

endecasílabo castellano por don Ignacio García Malo. En Madrid

por Pantaleón Aznar, año 1788.--_La Ilíada_ de Homero, traducida

del griego al castellano por D. José Gómez Hermosilla. Madrid. En

la imprenta Real, año de 1831.--Tradujeron también la _Ilíada_

en verso castellano Juan de Lebrija Cano, el maestro Francisco

Sánchez de las Brozas, Cristóbal de Mesa, el P. Manuel Aponte, D.

Miguel José Moreno, D. Francisco Estrada y Campos y un anónimo.

Existe en el Museo Británico una traducción en prosa castellana

de los cinco primeros cantos de la _Ilíada_, pero no es directa,

sino de la versión latina de Pedro Cándido Decimbre. Véase la

noticia sobre _Hermosilla y sus obras_, por D. Marcelino Menéndez

y Pelayo, de donde están tomados estos datos.

[9] _Ilíada_, poema en XXIV cants, d’Homero, traduhit en prosa

catalana per Conrat Roure. Barcelona. Estampa de Leopoldo

Doménech. 1879. (Publicada en la «Biblioteca del _Diari Catalá_.»)

[10] _L’Ilíada_ d’Homer, directament traslladada de la llengua

grega, per J. Montserrat y Archs. Para apreciar la fidelidad,

el sabor verdaderamente homérico y el valor estético de esta

traducción, así como la riqueza de notas que la justifican,

basta leer el fragmento (Canto XVIII, versos 356 al 617) que se

imprimió en el _Anuari catalá_, 1875, col·leccionat y publicat

per Francesch Matheu y Fornells.--Barcelona. Estampa de L.

Obradors y P. Sulé. 1874.

[11] Fr. Luis de León.--_Prólogo á la traducción literal y

declaración del Libro de los Cantares de Salomón._

[12] Εὐρύοπα. Late patentem vocem habens. Alii: late patentem

visum habens, vel magnos oculos habens, vel late patens ingenium

habens, i. e. mundi administrator.--Ebeling. _Lexicon Homericum._

[13] P. Juan Mir. _Rebusco de voces castizas_, pág. 471.

[14] Ἀριστεία, ἡ, Egregia strenuitas, Egregiae fortitudinis

specimen. Exponitur etiam Praeclarum militiae facinus. Et

simpliciter Fortitudo, Strenuitas.--Thesaurus Graecae linguae.

[15] Homeri Ilias, edidit Guilielmus Dindorf. Editio quinta

correctior quam curavit C. Hentze. Lipsiae. In aedibus B. G.

Teubneri. 1904 et 1907.

[16] Θησαυρὸς τῆς Ἑλληνικῆς γλώσσης. Thesaurus Graecae linguae

ab Henrico Stephano constructus, ediderunt Carolus Benedictus

Hase, Guilielmus Dindorfius et Ludovicus Dindorfius.--Parisiis,

excudebat Ambrosius Firmin Didot. 1865.

[17] Lexicon Homericum composuerunt F. Albracht, C. Capelle, A.

Eberhard, E. Eberhard, B. Giseke, V. H. Koch, C. Mutzbaver, Fr.

Schnorr de Carolsfeld, edidit H. Ebeling.--Lipsiae. In aedibus B.

G. Teubneri. 1885.

[18] Se conserva en la Biblioteca Colombina de Sevilla. El Dr.

D. Francisco Murillo, ilustrado catedrático de la Universidad

hispalense, ha tenido la atención de enviarme una copia del canto

VI y de varios fragmentos de los restantes.

[19] Η ΙΛΙΑΔΑ μεταφρασμένη ἀπὸ τὸν Ἀλεξ. Πάλλη.--Παρίσι.

Τυπογραφεῖο Chaponet. 1904.

[Ilustración: Patroclo, por orden de Aquiles, saca á Briseida y la

entrega á Taltibio y Euríbates]

CANTO PRIMERO

PESTE.--CÓLERA

1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta

que causó infinitos males á los aqueos y precipitó al Orco muchas

almas valerosas de héroes, á quienes hizo presa de perros y pasto

de aves--cumplíase la voluntad de Júpiter--desde que se separaron

disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.

8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que

pelearan? El hijo de Júpiter y de Latona. Airado con el rey, suscitó

en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje

que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir á

su hija, habíase presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso

rescate y las ínfulas del flechador Apolo, que pendían de áureo cetro,

en la mano; y á todos los aqueos, y particularmente á los dos Atridas,

caudillos de pueblos, así les suplicaba:

17 «¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen

olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar

felizmente á la patria. Poned en libertad á mi hija y recibid el

rescate, venerando al hijo de Júpiter, al flechador Apolo.»

22 Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y

se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien no

plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje:

26 «Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya

porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te

valgan el cetro y las ínfulas del dios. Á aquélla no la soltaré; antes

le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria,

trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Pero vete; no me

irrites, para que puedas irte sano y salvo.»

33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin

desplegar los labios, fuése por la orilla del estruendoso mar; y en

tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de

Latona, la de hermosa cabellera:

37 «¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges á Crisa y á la divina

Cila, é imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez

adorné tu gracioso templo ó quemé en tu honor pingües muslos de toros ó

de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus

flechas!»

43 Tal fué su plegaria. Oyóla Febo Apolo, é irritado en su corazón,

descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en

los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios,

cuando comenzó á moverse. Iba parecido á la noche. Sentóse lejos de las

naves, tiró una flecha, y el arco de plata dió un terrible chasquido.

Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros;

mas luego dirigió sus mortíferas saetas á los hombres, y continuamente

ardían muchas piras de cadáveres.

53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En

el décimo, Aquiles convocó al pueblo á junta: se lo puso en el corazón

Juno, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos,

á quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el

de los pies ligeros, se levantó y dijo:

59 «¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez

errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la

peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos á un

adivino, sacerdote ó intérprete de sueños--también el sueño procede

de Júpiter,--para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si

está quejoso con motivo de algún voto ó hecatombe, y si quemando en su

obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá apartar de

nosotros la peste.»

68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse Calcas Testórida,

el mejor de los augures--conocía lo presente, lo futuro y lo pasado,

y había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte

adivinatoria que le diera Febo Apolo,--y benévolo les arengó diciendo:

74 «¡Oh Aquiles, caro á Júpiter! Mándasme explicar la cólera del dios,

del flechador Apolo. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que

estás pronto á defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar á un

varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido

por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se

enoja; y si en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta

que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Di tú si me salvarás.»

84 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Manifiesta, deponiendo

todo temor, el vaticinio que sabes; pues, ¡por Apolo, caro á Júpiter,

á quien tú, oh Calcas, invocas siempre que revelas los oráculos á los

dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, junto á las

cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque

hablares de Agamenón que al presente blasona de ser el más poderoso de

los aqueos todos.»

92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate: «No está el dios quejoso

con motivo de algún voto ó hecatombe, sino á causa del ultraje que

Agamenón ha inferido al sacerdote, á quien no devolvió la hija ni

admitió el rescate. Por esto el Flechador nos causó males y todavía

nos causará otros. Y no librará á los dánaos de la odiosa peste, hasta

que sea restituída á su padre, sin premio ni rescate, la moza de ojos

vivos, é inmolemos en Crisa una sacra hecatombe. Cuando así le hayamos

aplacado, renacerá nuestra esperanza.»

101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso

héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de

cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y encarando á Calcas

la torva vista, exclamó:

106 «¡Adivino de males! Jamás me has anunciado nada grato. Siempre te

complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste cosa

buena. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el Flechador

les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate

de la joven Criseida, á quien deseaba tener en mi casa. La prefiero,

ciertamente, á Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es

inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en

destreza. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo

mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme

pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que se quede

sin tenerla; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se me va de

las manos la que me había correspondido.»

121 Replicóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida

gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra

recompensa los magnánimos aqueos? No sé que existan en parte alguna

cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están

repartidas, y no es conveniente obligar á los hombres á que nuevamente

las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos

el triple ó el cuádruple, si Júpiter nos permite tomar la bien murada

ciudad de Troya.»

130 Díjole en respuesta el rey Agamenón: «Aunque seas valiente,

deiforme Aquiles, no ocultes tu pensamiento, pues ni podrás burlarme

ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me

quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si

los magnánimos aqueos me dan otra conforme á mi deseo para que sea

equivalente... Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la tuya

ó de la de Ayax, ó me llevaré la de Ulises, y montará en cólera aquel

á quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora,

ea, botemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes

remeros, embarquemos víctimas para una hecatombe y á la misma Criseida,

la de hermosas mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayax,

Idomeneo, el divino Ulises ó tú, Pelida, el más portentoso de los

hombres, para que aplaques al Flechador con sacrificios.»

148 Mirándole con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:

«¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto á obedecer tus

órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha ó para combatir

valerosamente con otros hombres? No he venido á pelear obligado por

los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables--no se

llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la

cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías

montañas y el ruidoso mar nos separan,--sino que te seguimos á ti,

grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos

á Menelao y á ti, cara de perro. No fijas en esto la atención, ni por

ello te preocupas, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por

mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo

iguala al tuyo cuando éstos entran á saco una populosa ciudad: aunque

la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos,

tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo á

mis naves, teniéndola pequeña, pero grata, después de haberme cansado

en el combate. Ahora me iré á Ptía, pues lo mejor es regresar á la

patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para

proporcionarte ganancia y riqueza.»

172 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Huye, pues, si tu ánimo á

ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay á mi lado

que me honrarán, y especialmente el próvido Júpiter. Me eres más odioso

que ningún otro de los reyes, alumnos de Jove, porque siempre te han

gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios

te la dió. Vete á la patria, llevándote las naves y los compañeros, y

reina sobre los mirmidones; no me cuido de que estés irritado, ni por

ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me

quita á Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome

yo mismo á tu tienda, me llevaré á Briseida, la de hermosas mejillas,

tu recompensa, para que sepas cuánto más poderoso soy y otro tema decir

que es mi igual y compararse conmigo.»

188 Tal dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su

corazón discurrió dos cosas: ó, desnudando la aguda espada que llevaba

junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, ó calmar su cólera y

reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente

y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Minerva

del cielo: envióla Juno, la diosa de los níveos brazos, que amaba

cordialmente á entrambos y por ellos se preocupaba. Púsose detrás del

Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose á él tan sólo;

de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al

instante conoció á Palas Minerva, cuyos ojos centelleaban de un modo

terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras:

202 «¿Por qué, hija de Júpiter, que lleva la égida, has venido

nuevamente? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón,

hijo de Atreo? Pues te diré lo que me figuro que va á ocurrir: Por su

insolencia perderá pronto la vida.»

206 Díjole Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Vengo del cielo

para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Juno, la diosa de

los níveos brazos, que os ama cordialmente á entrambos y por vosotros

se preocupa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada é injúriale

de palabra como te parezca. Lo que voy á decir se cumplirá: Por

este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes.

Domínate y obedécenos.»

215 Contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «Preciso es, oh diosa,

hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado. Obrar así es

lo mejor. Quien á los dioses obedece, es por ellos muy atendido.»

219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la

enorme espada y no desobedeció la orden de Minerva. La diosa regresó al

Olimpo, al palacio en que mora Júpiter, que lleva la égida, entre las

demás deidades.

223 El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente al

Atrida con injuriosas voces: «¡Borracho, que tienes cara de perro

y corazón de ciervo! Jamás te atreviste á tomar las armas con la

gente del pueblo para combatir, ni á ponerte en emboscada con los

más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin

duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los

aqueos, á quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque

mandas á hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu

último ultraje. Otra cosa voy á decirte y sobre ella prestaré un gran

juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues

dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo

despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos

que administran justicia y guardan las leyes de Júpiter (grande será

para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos á

Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban

y perezcan á manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás

tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.»

245 Así se expresó el Pelida; y tirando á tierra el cetro tachonado

con clavos de oro, tomó asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba

enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave en el hablar, elocuente

orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces

que la miel--había visto perecer dos generaciones de hombres de voz

articulada que nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y

reinaba sobre la tercera,--y benévolo les arengó diciendo:

254 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea!

Alegraríanse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos

en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros,

los primeros de los dánaos lo mismo en el consejo que en el combate.

Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo. En otro

tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me

desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante

pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual á un dios, y Teseo

Egida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los

hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los

montaraces Centauros, á quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo

estuve en su compañía--habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde

esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron--y combatí según

mis fuerzas. Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales

que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos

y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros obediencia, que

es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites

la moza, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los

magnánimos aqueos; ni tú, Pelida, quieras altercar de igual á igual con

el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que

usara cetro y á quien Júpiter diera gloria. Si tú eres más esforzado,

es porque una diosa te dió á luz; pero éste es más poderoso, porque

reina sobre mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo

te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los

aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.»

285 Respondióle el rey Agamenón: «Sí, anciano, oportuno es cuanto

acabas de decir. Pero este hombre quiere sobreponerse á todos los

demás; á todos quiere dominar, á todos gobernar, á todos dar órdenes

que alguien, creo, se negará á obedecer. Si los sempiternos dioses le

hicieron belicoso, ¿le permiten por esto proferir injurias?»

292 Interrumpiéndole, exclamó el divino Aquiles: «Cobarde y vil podría

llamárseme si cediera en todo lo que dices; manda á otros, no me des

órdenes, pues yo no pienso obedecerte. Otra cosa te diré que fijarás en

la memoria: No he de combatir con estas manos por la moza, ni contigo,

ni con otro alguno, pues al fin me quitáis lo que me disteis; pero de

lo demás que tengo cabe á la veloz nave negra, nada podrías llevarte

tomándolo contra mi voluntad. Y si no, ea, inténtalo, para que éstos

se enteren también; presto tu negruzca sangre correría en torno de mi

lanza.»

304 Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron y

disolvieron la junta que cerca de las naves aqueas se celebraba. El

hijo de Peleo fuése hacia sus tiendas y sus bien proporcionados bajeles

con Patroclo y otros amigos. El Atrida botó al mar una velera nave,

escogió veinte remeros, cargó las víctimas de la hecatombe para el

dios, y conduciendo á Criseida, la de hermosas mejillas, la embarcó

también; fué capitán el ingenioso Ulises.

312 Así que se hubieron embarcado, empezaron á navegar por la líquida

llanura. El Atrida mandó que los hombres se purificaran, y ellos

hicieron lustraciones, echando al mar las impurezas, y sacrificaron en

la playa hecatombes perfectas de toros y de cabras en honor de Apolo.

El vapor de la grasa llegaba al cielo, enroscándose alrededor del humo.

318 En tales cosas ocupábase el ejército. Agamenón no olvidó la amenaza

que en la contienda hiciera á Aquiles, y dijo á Taltibio y Euríbates,

sus heraldos y diligentes servidores: «Id á la tienda del Pelida

Aquiles, y asiendo de la mano á Briseida, la de hermosas mejillas,

traedla acá; y si no os la diere, iré yo con otros á quitársela y

todavía le será más duro.»

326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió.

Contra su voluntad fuéronse los heraldos por la orilla del estéril

mar, llegaron á las tiendas y naves de los mirmidones, y hallaron al

rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no se

alegró. Ellos se turbaron, y haciendo una reverencia, paráronse sin

decir ni preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:

334 «¡Salud, heraldos, mensajeros de Júpiter y de los hombres!

Acercaos; pues para mí no sois vosotros los culpables, sino Agamenón

que os envía por la joven Briseida. ¡Ea, Patroclo de jovial linaje!

Saca la moza y entrégala para que se la lleven. Sed ambos testigos ante

los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey

cruel, si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de

funestas calamidades; porque él tiene el corazón poseído de furor y

no sabe pensar á la vez en lo futuro y en lo pasado, á fin de que los

aqueos se salven combatiendo junto á las naves.»

345 De tal modo habló. Patroclo, obedeciendo á su amigo, sacó de la

tienda á Briseida, la de hermosas mejillas, y la entregó para que

se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las naves aqueas, y la

mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de

los compañeros, y sentándose á orillas del espumoso mar con los ojos

clavados en el ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió á su madre

muchos ruegos: «¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico

Júpiter altitonante debía honrarme y no lo hace en modo alguno. El

poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado, pues tiene mi recompensa que

él mismo me arrebató.»

[Ilustración: TETIS OYÓ Á AQUILES Y EMERGIÓ, COMO NIEBLA, DE LAS

ESPUMOSAS ONDAS...

(_Canto I, versos 357 á 359._)]

357 Así dijo llorando. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar,

donde se hallaba á la vera del padre anciano, é inmediatamente emergió,

como niebla, de las espumosas ondas, sentóse al lado de aquél, que

lloraba, acaricióle con la mano y le habló de esta manera:

362 «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla;

no me ocultes lo que piensas, para que ambos lo sepamos.»

364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:

«Lo sabes. ¿Á qué referirte lo que ya conoces? Fuimos á Tebas, la

sagrada ciudad de Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos

se lo distribuyeron equitativamente los aqueos, separando para el

Atrida á Criseida, la de hermosas mejillas. Luego Crises, sacerdote

del flechador Apolo, queriendo redimir á su hija, se presentó en las

veleras naves aqueas con inmenso rescate y las ínfulas del flechador

Apolo, que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó á todos los

aqueos, y particularmente á los dos Atridas, caudillos de pueblos.

Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y

se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien

no plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje. El

anciano se fué irritado; y Apolo, accediendo á sus ruegos, pues le

era muy querido, tiró á los argivos funesta saeta: morían los hombres

unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por todas partes

en el vasto campamento de los aqueos. Un sabio adivino nos explicó

el vaticinio del Flechador, y yo fuí el primero en aconsejar que se

aplacara al dios. El Atrida encendióse en ira; y levantándose, me

dirigió una amenaza que ya se ha cumplido. Á aquélla, los aqueos de

ojos vivos la conducen á Crisa en velera nave con presentes para el

dios; y á la hija de Brises, que los aqueos me dieron, unos heraldos

se la han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre á

tu buen hijo; ve al Olimpo y ruega á Júpiter, si alguna vez llevaste

consuelo á su corazón con palabras ó con obras. Muchas veces,

hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber

evitado, tú sola entre los inmortales, una afrentosa desgracia al

Saturnio, que amontona las sombrías nubes, cuando quisieron atarle

otros dioses olímpicos, Juno, Neptuno y Palas Minerva. Tú, oh diosa,

acudiste y le libraste de las ataduras, llamando al espacioso Olimpo al

centímano á quien los dioses nombran Briáreo y todos los hombres Egeón,

el cual es superior en fuerza á su mismo padre, y se sentó entonces al

lado de Júpiter, ufano de su gloria; temiéronle los bienaventurados

dioses y desistieron de su propósito. Recuérdaselo, siéntate junto

á él y abraza sus rodillas: quizás decida favorecer á los teucros

y acorralar á los aqueos que serán muertos entre las popas, cerca

del mar; para que todos disfruten de su rey y comprenda el poderoso

Agamenón Atrida la falta que ha cometido no honrando al mejor de los

aqueos.»

413 Respondióle Tetis, derramando lágrimas: «¡Ay, hijo mío! ¿Por qué

te he criado, si en hora aciaga te dí á luz? ¡Ojalá estuvieras en las

naves sin llanto ni pena, ya que tu vida ha de ser corta, de no larga

duración! Ahora eres juntamente de breve vida y el más infortunado de

todos. Con hado funesto te parí en el palacio. Yo misma iré al nevado

Olimpo y hablaré á Júpiter, que se complace en lanzar rayos, por si

se deja convencer. Tú quédate en las naves de ligero andar, conserva

la cólera contra los aqueos y abstente por completo de combatir. Ayer

fuése Júpiter al Océano, al país de los probos etíopes, para asistir

á un banquete, y todos los dioses le siguieron. De aquí á doce días

volverá al Olimpo. Entonces acudiré á la morada de Júpiter, sustentada

en bronce; le abrazaré las rodillas, y espero que lograré persuadirle.»

428 Dichas estas palabras partió, dejando á Aquiles con el corazón

irritado á causa de la mujer de bella cintura que violentamente y

contra su voluntad le habían arrebatado.

430 En tanto, Ulises llegaba á Crisa con las víctimas para la sacra

hecatombe. Cuando arribaron al profundo puerto, amainaron las velas,

guardándolas en la negra nave; abatieron por medio de cuerdas el mástil

hasta la crujía; y llevaron el buque, á fuerza de remos, al fondeadero.

Echaron anclas y ataron las amarras, saltaron á la playa, desembarcaron

las víctimas de la hecatombe para el flechador Apolo, y Criseida salió

de la nave que atraviesa el ponto. El ingenioso Ulises llevó la moza al

altar y, poniéndola en manos de su padre, dijo:

442 «¡Oh Crises! Envíame el rey de hombres Agamenón á traerte la hija

y ofrecer en favor de los dánaos una sagrada hecatombe á Apolo, para

que aplaquemos á este dios que tan deplorables males ha causado á los

aqueos.»

446 Dijo, y puso en sus manos la hija amada, que aquél recibió con

alegría. Acto continuo, ordenaron la sacra hecatombe en torno del bien

construído altar, laváronse las manos y tomaron harina con sal. Y

Crises oró en alta voz y con las manos levantadas:

451 «¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges á Crisa y á la

divina Cila é imperas en Ténedos poderosamente! Me escuchaste cuando

te supliqué, y para honrarme, oprimiste duramente al ejército aqueo;

pues ahora cúmpleme este voto: ¡Aleja ya de los dánaos la abominable

peste!»

457 Tal fué su plegaria, y Febo Apolo le oyó. Hecha la rogativa y

esparcida la harina con sal, cogieron las víctimas por la cabeza, que

tiraron hacia atrás, y las degollaron y desollaron; en seguida cortaron

los muslos, y después de cubrirlos con doble capa de grasa y de carne

cruda en pedacitos, el anciano los puso sobre leña encendida y los

roció de negro vino. Cerca de él, unos jóvenes tenían en las manos

asadores de cinco puntas. Quemados los muslos, probaron las entrañas;

y descuartizando lo demás, atravesáronlo con pinchos, lo asaron

cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto

el banquete, comieron, y nadie careció de su respectiva porción. Cuando

hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, los mancebos llenaron

las crateras y distribuyeron el vino á todos los presentes después de

haber ofrecido en copas las primicias. Y durante el día los aqueos

aplacaron al dios con el canto, entonando un hermoso peán al flechador

Apolo, que les oía con el corazón complacido.

475 Cuando el sol se puso y sobrevino la noche, durmieron cabe á las

amarras del buque. Mas, así que apareció la hija de la mañana, la

Aurora de rosados dedos, hiciéronse á la mar para volver al espacioso

campamento aqueo, y el flechador Apolo les envió próspero viento.

Izaron el mástil, descogieron las velas, que hinchó el viento, y las

purpúreas ondas resonaban en torno de la quilla mientras la nave

corría siguiendo su rumbo. Una vez llegados al vasto campamento de

los aquivos, sacaron la negra nave á tierra firme y la pusieron en

alto sobre la arena, sosteniéndola con grandes maderos. Y luego se

dispersaron por las tiendas y los bajeles.

488 El hijo de Peleo y descendiente de Jove, Aquiles, el de los pies

ligeros, seguía irritado en las veleras naves, y ni frecuentaba las

juntas donde los varones cobran fama, ni cooperaba á la guerra; sino

que consumía su corazón, permaneciendo en los bajeles, y echaba de

menos la gritería y el combate.

493 Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los

sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Júpiter á la cabeza. Tetis

no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas

del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló al

longividente Saturnio sentado aparte de los demás dioses en la más

alta de las muchas cumbres del monte. Acomodóse junto á él, abrazó

sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la diestra y

dirigió esta súplica al soberano Jove Saturnio:

503 «¡Padre Júpiter! Si alguna vez te fuí útil entre los inmortales

con palabras ú obras, cúmpleme este voto: Honra á mi hijo, el héroe

de más breve vida, pues el rey de hombres Agamenón le ha ultrajado,

arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngale tú, próvido

Júpiter Olímpico, concediendo la victoria á los teucros hasta que los

aqueos den satisfacción á mi hijo y le colmen de honores.»

511 De tal suerte habló. Júpiter, que amontona las nubes, nada

contestó, guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como

cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:

514 «Prométemelo claramente, asintiendo, ó niégamelo--pues en ti no

cabe el temor--para que sepa cuán despreciada soy entre todas las

deidades.»

517 Júpiter, que amontona las nubes, respondió afligidísimo: «¡Funestas

acciones! Pues harás que me malquiste con Juno cuando me zahiera con

injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales

dioses, porque dice que en las batallas favorezco á los teucros. Pero

ahora vete, no sea que Juno advierta algo; yo me cuidaré de que esto se

cumpla. Y si lo deseas, te haré con la cabeza la señal de asentimiento

para que tengas confianza. Éste es el signo más seguro, irrevocable

y veraz para los inmortales; y no deja de efectuarse aquello á que

asiento con la cabeza.»

528 Dijo el Saturnio, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento;

los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y

á su influjo estremecióse el dilatado Olimpo.

531 Después de deliberar así, se separaron: ella saltó al profundo

mar desde el resplandeciente Olimpo, y Jove volvió á su palacio. Los

dioses se levantaron al ver á su padre, y ninguno aguardó que llegase,

sino que todos salieron á su encuentro. Sentóse Júpiter en el trono; y

Juno, que, por haberlo visto, no ignoraba que Tetis, la de argentados

pies, hija del anciano del mar, con él departiera, dirigió en seguida

injuriosas palabras á Jove Saturnio:

540 «¿Cuál de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre

te es grato, cuando estás lejos de mí, pensar y resolver algo

clandestinamente, y jamás te has dignado decirme una sola palabra de lo

que acuerdas.»

544 Respondió el padre de los hombres y de los dioses: «¡Juno! No

esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil aun

siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ningún dios ni hombre lo sabrá

antes que tú; pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses, no

lo preguntes ni procures averiguarlo.»

551 Replicó Juno veneranda, la de los grandes ojos: «¡Terribilísimo

Saturnio, qué palabras proferiste! No será mucho lo que te haya

preguntado ó querido averiguar, puesto que muy tranquilo meditas cuanto

te place. Mas ahora mucho recela mi corazón que te haya seducido Tetis,

la de los argentados pies, hija del anciano del mar. Al amanecer el

día sentóse cerca de ti y abrazó tus rodillas; y pienso que le habrás

prometido, asintiendo, honrar á Aquiles y causar gran matanza junto á

las naves aqueas.»

560 Contestó Júpiter, que amontona las nubes: «¡Ah, desdichada! Siempre

sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás conseguir sino

alejarte de mi corazón; lo cual todavía te será más duro. Si es cierto

lo que sospechas, así debe de serme grato. Pero, siéntate en silencio;

obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el

Olimpo, si acercándome te pongo encima las invictas manos.»

568 Tal dijo. Juno veneranda, la de los grandes ojos, temió; y

refrenando el coraje, sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio

de Jove los dioses celestiales. Y Vulcano, el ilustre artífice, comenzó

á arengarles para consolar á su madre Juno, la de los níveos brazos:

573 «Funesto é insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis

así por los mortales y promovéis alborotos entre los dioses; ni

siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalece lo

peor. Yo aconsejo á mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie

al padre querido, para que éste no vuelva á reñirla y á turbarnos el

festín. Pues si el Olímpico fulminador quiere echarnos del asiento...

nos aventaja mucho en poder. Pero halágale con palabras cariñosas y

pronto el Olímpico nos será propicio.»

584 De este modo habló, y tomando una copa doble, ofrecióla á su madre,

diciendo: «Sufre, madre mía, y sopórtalo todo aunque estés afligida;

que á ti, tan querida, no te vean mis ojos apaleada, sin que pueda

socorrerte, porque es difícil contrarrestar al Olímpico. Ya otra vez

que te quise defender, me asió por el pie y me arrojó de los divinos

umbrales. Todo el día fuí rodando y á la puesta del sol caí en Lemnos.

Un poco de vida me quedaba y los sinties me recogieron tan pronto como

hube caído.»

595 Así dijo. Sonrióse Juno, la diosa de los níveos brazos; y sonriente

aún, tomó la copa doble que su hijo le presentaba. Vulcano se puso

á escanciar dulce néctar para las otras deidades, sacándolo de la

cratera; y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados

dioses al ver con qué afán les servía en el palacio.

601 Todo el día, hasta la puesta del sol, celebraron el festín; y nadie

careció de su respectiva porción, ni faltó la hermosa cítara que tañía

Apolo, ni las Musas que con linda voz cantaban alternando.

605 Mas, cuando la fúlgida luz del sol llegó al ocaso, los dioses

fueron á recogerse á sus respectivos palacios que había construído

Vulcano, el ilustre cojo de ambos pies, con sabia inteligencia. Júpiter

olímpico, fulminador, se encaminó al lecho donde acostumbraba dormir

cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse; y á su lado descansó

Juno, la de áureo trono.

[Ilustración: Júpiter envía un pernicioso sueño á Agamenón]

CANTO II

SUEÑO.--PRUEBA.--BEOCIA Ó CATÁLOGO DE LAS NAVES

1 Las demás deidades y los hombres que en carros combaten, durmieron

toda la noche; pero Júpiter no probó las dulzuras del sueño, porque

su mente buscaba el medio de honrar á Aquiles y causar gran matanza

junto á las naves aqueas. Al fin, creyendo que lo mejor sería enviar un

pernicioso sueño al Atrida Agamenón, pronunció estas aladas palabras:

8 «Anda, pernicioso Sueño, encamínate á las veleras naves aqueas,

introdúcete en la tienda de Agamenón Atrida, y dile cuidadosamente lo

que voy á encargarte. Ordénale que arme á los aqueos de larga cabellera

y saque toda la hueste: ahora podría tomar á Troya, la ciudad de anchas

calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están

discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de

infortunios amenaza á los troyanos.»

16 Tal dijo. Partió el Sueño al oir el mandato, llegó en un instante

á las veleras naves aqueas, y hallando dormido en su tienda al

Atrida Agamenón--alrededor del héroe habíase difundido el sueño

inmortal--púsose sobre la cabeza del mismo, y tomó la figura de Néstor,

hijo de Neleo, que era el anciano á quien aquél más honraba. Así

transfigurado, dijo el divino Sueño: «¿Duermes, hijo del belicoso Atreo

domador de caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe á quien

se han confiado los guerreros y á cuyo cargo se hallan tantas cosas.

Préstame atención, pues vengo como mensajero de Júpiter; el cual,

aun estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te

ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar toda la hueste: ahora

podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales

que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos

persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza

á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba mis palabras en tu

memoria, para que no las olvides cuando el dulce sueño te abandone.»

35 Dijo, se fué y dejó á Agamenón revolviendo en su espíritu lo que no

debía cumplirse. Figurábase que iba á tomar la ciudad de Troya aquel

mismo día. ¡Insensato! No sabía lo que tramaba Júpiter, quien había

de causar nuevos males y llanto á los troyanos y á los dánaos por

medio de terribles peleas. Cuando despertó, la voz divina resonaba aún

en torno suyo. Incorporóse, y, habiéndose sentado, vistió la túnica

fina, hermosa, nueva; se echó el gran manto, calzó sus pies con bellas

sandalias y colgó del hombro la espada tachonada con argénteos clavos.

Tomó el imperecedero cetro de su padre y se encaminó hacia las naves de

los aqueos, de broncíneas lorigas.

48 Subía la divinal Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día á

Júpiter y á los demás dioses, cuando Agamenón ordenó que los heraldos

de voz sonora convocaran á junta á los aqueos de larga cabellera.

Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.

53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto á la

nave del rey Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles

una discreta consulta:

56 «¡Oíd, amigos! Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó

un Sueño divino muy semejante al ilustre Néstor en la forma, estatura y

natural. Púsose sobre mi cabeza y profirió estas palabras: «¿Duermes,

hijo del belicoso Atreo domador de caballos? No debe dormir toda la

noche el príncipe á quien se han confiado los guerreros y á cuyo cargo

se hallan tantas cosas. Préstame atención, pues vengo como mensajero

de Júpiter; el cual, aun estando lejos, se interesa mucho por ti y

te compadece. Armar te ordena á los aqueos de larga cabellera y sacar

toda la hueste: ahora podrías tomar á Troya, la ciudad de anchas

calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están

discordes, por haberlos persuadido Juno con sus ruegos, y una serie de

infortunios amenaza á los troyanos por la voluntad de Júpiter. Graba

mis palabras en tu memoria.» Dijo, fuése volando, y el dulce sueño me

abandonó. Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las

armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las

naves de muchos bancos; y vosotros, hablándoles unos por un lado y

otros por el opuesto, procurad detenerlos.»

76 Habiéndose expresado en estos términos, se sentó. Seguidamente

levantóse Néstor, que era rey de la arenosa Pilos, y benévolo les

arengó diciendo:

79 «¡Amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Si algún otro aqueo

nos refiriese el sueño, lo creeríamos falso y desconfiaríamos aún más;

pero lo ha tenido quien se gloría de ser el más poderoso de los aqueos.

Ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas.»

84 Dichas estas palabras, salió del consejo. Los reyes que llevan

cetro se levantaron, obedeciendo al pastor de hombres, y la gente del

pueblo acudió presurosa. Como de la hendedura de un peñasco salen sin

cesar enjambres copiosos de abejas que vuelan arracimadas sobre las

flores primaverales y unas revolotean á este lado y otras á aquel,

así las numerosas familias de guerreros marchaban en grupos, por la

baja ribera, desde las naves y tiendas á la junta. En medio, la Fama,

mensajera de Júpiter, enardecida, les instigaba á que acudieran, y

ellos se iban reuniendo. Agitóse la junta, gimió la tierra y se produjo

tumulto, mientras los hombres tomaron sitio. Nueve heraldos daban voces

para que callaran y oyeran á los reyes, alumnos de Júpiter. Sentáronse

al fin, aunque con dificultad, y enmudecieron tan pronto como ocuparon

los asientos. Entonces se levantó el rey Agamenón, empuñando el cetro

que Vulcano hiciera para el soberano Jove Saturnio--éste lo dió al

mensajero Argicida; Mercurio lo regaló al excelente jinete Pélope,

quien, á su vez, lo entregó á Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir

lo legó á Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó á Agamenón para

que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos,--y descansando

el rey sobre el arrimo del cetro, habló así á los argivos:

110 «¡Amigos, héroes dánaos, ministros de Marte! En grave infortunio

envolvióme Júpiter. ¡Cruel! Me prometió y aseguró que no me iría sin

destruir la bien murada Ilión, y todo ha sido funesto engaño; pues

ahora me ordena regresar á Argos, sin gloria, después de haber perdido

tantos hombres. Así debe de ser grato al prepotente Júpiter, que ha

destruído las fortalezas de muchas ciudades y aún destruirá otras

porque su poder es inmenso. Vergonzoso será para nosotros que lleguen

á saberlo los hombres de mañana. ¡Un ejército aqueo tal y tan grande

hacer una guerra vana é ineficaz! ¡Combatir contra un número menor de

hombres y no saberse aún cuándo la contienda tendrá fin! Pues si aqueos

y troyanos, jurando la paz, quisiéramos contarnos, y reunidos cuantos

troyanos hay en sus hogares y agrupados nosotros en décadas, cada

una de éstas eligiera un troyano para que escanciara el vino, muchas

décadas se quedarían sin escanciador. ¡En tanto superan los aqueos á

los troyanos que en Ilión moran! Pero han venido en su ayuda hombres de

muchas ciudades, que saben blandir la lanza, me apartan de mi propósito

y no me permiten, como quisiera, tomar la populosa ciudad de Troya.

Nueve años del gran Jove transcurrieron ya; los maderos de las naves se

han podrido y las cuerdas están deshechas; nuestras esposas é hijitos

nos aguardan en los palacios; y aún no hemos dado cima á la empresa

para la cual vinimos. Ea, obremos todos como voy á decir: Huyamos en

las naves á nuestra patria, pues ya no tomaremos á Troya, la de anchas

calles.»

142 Así dijo; y á todos los que no habían asistido al consejo se les

conmovió el corazón en el pecho. Agitóse la junta como las grandes olas

que en el mar Icario levantan el Euro y el Noto cayendo impetuosos de

las nubes amontonadas por el padre Júpiter. Como el Céfiro mueve con

violento soplo un campo de trigo y se cierne sobre las espigas, de

igual manera se movió toda la junta. Con gran gritería y levantando

nubes de polvo, corren hacia los bajeles; exhórtanse á tirar de ellos

para botarlos al mar divino; limpian los canales; quitan los soportes,

y el vocerío de los que se disponen á volver á la patria llega hasta el

cielo.

155 Y efectuárase entonces, antes de lo dispuesto por el destino, el

regreso de los argivos, si Juno no hubiese dicho á Minerva:

157 «¡Oh dioses! ¡Hija de Júpiter, que lleva la égida! ¡Indómita

deidad! ¿Huirán los argivos á sus casas, á su tierra por el ancho

dorso del mar, y dejarán como trofeo á Príamo y á los troyanos la

argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos

de su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos, de broncíneas

lorigas, detén con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que

boten al mar los corvos bajeles.»

166 De este modo habló. Minerva, la diosa de los brillantes ojos, no

fué desobediente. Bajando en raudo vuelo de las cumbres del Olimpo,

llegó presto á las naves aqueas y halló á Ulises, igual á Júpiter en

prudencia, que permanecía inmóvil y sin tocar la negra nave de muchos

bancos porque el pesar le llegaba al corazón y al alma. Y poniéndose á

su lado, díjole Minerva, la de los brillantes ojos:

173 «¡Hijo de Laertes, de jovial linaje! ¡Ulises, fecundo en recursos!

¿Huiréis á vuestras casas, á la patria tierra, embarcados en las naves

de muchos bancos, y dejaréis como trofeo á Príamo y á los troyanos la

argiva Helena, por la cual tantos aqueos perecieron en Troya, lejos de

su patria? Ve en seguida al ejército de los aqueos y no cejes: detén

con suaves palabras á cada guerrero y no permitas que boten al mar los

corvos bajeles.»

182 Dijo. Ulises conoció la voz de la diosa; tiró el manto, que recogió

el heraldo Euríbates de Ítaca, que le acompañaba; corrió hacia el

Atrida Agamenón, para que le diera el imperecedero cetro paterno; y

con éste en la mano, enderezó á las naves de los aqueos, de broncíneas

lorigas.

188 Cuando encontraba á un rey ó á un capitán eximio, parábase y le

detenía con suaves palabras:

190 «¡Ilustre! No es digno de ti temblar como un cobarde. Deténte

y haz que los otros se detengan también. Aún no conoces claramente

la intención del Atrida: ahora nos prueba, y pronto castigará á los

aqueos. En el consejo no todos comprendimos lo que dijo. No sea que,

irritándose, maltrate á los aqueos; la cólera de los reyes, alumnos de

Jove, es terrible, porque su dignidad procede del próvido Júpiter y

éste los ama.»

198 Cuando encontraba á un hombre del pueblo gritando, dábale con el

cetro y le increpaba de esta manera:

200 «¡Desdichado! Estáte quieto y escucha á los que te aventajan en

bravura; tú, débil é inepto para la guerra, no eres estimado ni en el

combate ni en el consejo. Aquí no todos los aqueos podemos ser reyes;

no es un bien la soberanía de muchos; uno solo sea príncipe, uno solo

rey: aquel á quien el hijo del artero Saturno dió cetro y leyes para

que reine sobre nosotros.»

[Ilustración: ANDA, PERNICIOSO SUEÑO, INTRODÚCETE EN LA TIENDA DE

AGAMENÓN Y DILE LO QUE VOY Á ENCARGARTE

(_Canto II, versos 8 á 10._)]

207 Así Ulises, obrando como supremo jefe, se imponía al ejército; y

ellos se apresuraban á volver de las tiendas y naves á la junta, con

gran vocerío, como cuando el olaje del estruendoso mar brama en la

anchurosa playa y el ponto resuena.

211 Todos se sentaron y permanecieron quietos en su sitio, á excepción

de Tersites, que, sin poner freno á la lengua, alborotaba. Ése sabía

muchas palabras groseras para disputar temerariamente, no de un modo

decoroso, con los reyes; y lo que á él le pareciera, hacerlo ridículo

para los argivos. Fué el hombre más feo que llegó á Troya, pues era

bizco y cojo de un pie; sus hombros corcovados se contraían sobre el

pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera.

Aborrecíanle de un modo especial Aquiles y Ulises, á quienes zahería; y

entonces, dando estridentes voces, insultaba al divino Agamenón. Y por

más que los aqueos se indignaban é irritaban mucho contra él, seguía

increpándole á voz en grito:

225 «¡Atrida! ¿De qué te quejas ó de qué careces? Tus tiendas están

repletas de bronce y tienes muchas y escogidas mujeres que los

aqueos te ofrecemos antes que á nadie cuando tomamos alguna ciudad.

¿Necesitas, acaso, el oro que un troyano te traiga de Ilión para

redimir al hijo que yo ú otro aqueo haya hecho prisionero? ¿Ó, por

ventura, una joven con quien goces del amor y que tú solo poseas? No

es justo que, siendo el jefe, ocasiones tantos males á los aqueos. ¡Oh

cobardes, hombres sin dignidad, aqueas más bien que aqueos! Volvamos

en las naves á la patria y dejémosle aquí, en Troya, para que devore

el botín y sepa si le sirve ó no nuestra ayuda; ya que ha ofendido á

Aquiles, varón muy superior, arrebatándole la recompensa que todavía

retiene. Poca cólera siente Aquiles en su pecho y es grande su

indolencia; si no fuera así, Atrida, éste sería tu último ultraje.»

243 Tales palabras dijo Tersites, zahiriendo á Agamenón, pastor de

hombres. El divino Ulises se detuvo á su lado; y mirándole con torva

faz, le increpó duramente:

246 «¡Tersites parlero! Aunque seas orador fecundo, calla y no quieras

disputar con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre

cuantos han venido á Ilión con los Atridas. Por tanto, no tomes en boca

á los reyes, ni los injuries, ni pienses en el regreso. No sabemos aún

con certeza cómo esto acabará y si la vuelta de los aqueos será feliz

ó desgraciada. Mas tú denuestas al Atrida Agamenón, porque los héroes

dánaos le dan muchas cosas; por esto le zahieres. Lo que voy á decir se

cumplirá: Si vuelvo á encontrarte delirando como ahora, que Ulises no

conserve la cabeza sobre los hombros ni sea llamado padre de Telémaco

si, echándote mano, no te despojo del vestido (el manto y la túnica

que cubren tus vergüenzas) y no te envío lloroso de la junta á las

veleras naves después de castigarte con afrentosos azotes.»

265 Tal dijo, y con el cetro dióle un golpe en la espalda y los

hombros. Tersites se encorvó, mientras una gruesa lágrima caía de sus

ojos y un cruento cardenal aparecía en su espalda por bajo del áureo

cetro. Sentóse, turbado y dolorido; miró á todos con aire de simple, y

se enjugó las lágrimas. Ellos, aunque afligidos, rieron con gusto y no

faltó quien dijera á su vecino:

272 «¡Oh dioses! Muchas cosas buenas hizo Ulises, ya dando consejos

saludables, ya preparando la guerra; pero esto es lo mejor que ha

realizado entre los argivos: hacer callar al insolente charlatán, cuyo

ánimo osado no le impulsará en lo sucesivo á zaherir con injuriosas

palabras á los reyes.»

278 De tal modo hablaba la multitud. Levantóse Ulises, asolador de

ciudades, con el cetro en la mano (Minerva, la de los brillantes ojos,

que, transfigurada en heraldo, junto á él estaba, impuso silencio para

que todos los aqueos, desde los primeros hasta los últimos, oyeran el

discurso y meditaran los consejos), y benévolo les arengó diciendo:

284 «¡Atrida! Los aqueos, oh rey, quieren cubrirte de baldón ante todos

los mortales de voz articulada y no cumplen lo que te prometieron

al venir de la Argólide, criadora de caballos: que no te irías sin

destruir la bien murada Ilión. Cual si fuesen niños ó viudas, se

lamentan unos con otros y desean regresar á su casa. Y es, en verdad,

penoso que hayamos de volver afligidos. Cierto que cualquiera se

impacienta al mes de estar separado de su mujer, cuando ve detenida su

nave de muchos bancos por las borrascas invernales y el mar alborotado;

y nosotros hace ya nueve años, con el presente, que aquí permanecemos.

No me enfado, pues, porque los aqueos se impacienten junto á las

cóncavas naves; pero sería bochornoso haber estado aquí tanto tiempo y

volvernos sin conseguir nuestro propósito. Tened paciencia, amigos, y

aguardad un poco más, para que sepamos si fué verídica la predicción

de Calcas. Bien grabada la tenemos en la memoria, y todos vosotros,

los que no habéis sido arrebatados por las Parcas, sois testigos de

lo que ocurrió en Áulide cuando se reunieron las naves aqueas que

tantos males habían de traer á Príamo y á los troyanos. En sacros

altares inmolábamos hecatombes perfectas á los inmortales, junto á

una fuente y á la sombra de un hermoso plátano á cuyo pie manaba el

agua cristalina. Allí se nos ofreció un gran portento. Un horrible

dragón de roja espalda, que el mismo Olímpico sacara á la luz, saltó

de debajo del altar al plátano. En la rama cimera de éste hallábanse

los hijuelos recién nacidos de un ave, que medrosos se acurrucaban

debajo de las hojas; eran ocho, y con la madre que los parió, nueve.

El dragón devoró á los pajarillos, que piaban lastimeramente; la madre

revoleaba quejándose, y aquél volvióse y la cogió por el ala, mientras

ella chillaba. Después que el dragón se hubo comido al ave y á los

polluelos, el dios que lo hiciera aparecer obró en él un prodigio: el

hijo del artero Saturno transformólo en piedra, y nosotros, inmóviles,

admirábamos lo que ocurría. De este modo, las grandes y portentosas

acciones de los dioses interrumpieron las hecatombes. Y en seguida

Calcas, vaticinando, exclamó: «¿Por qué enmudecéis, aqueos de larga

cabellera? El próvido Júpiter es quien nos muestra ese prodigio grande,

tardío, de lejano cumplimiento, pero cuya gloria jamás perecerá. Como

el dragón devoró á los polluelos del ave y al ave misma, los cuales

eran ocho, y con la madre que los dió á luz, nueve, así nosotros

combatiremos allí igual número de años, y al décimo tomaremos la ciudad

de anchas calles.» Tal fué lo que dijo y todo se va cumpliendo. ¡Ea,

aqueos de hermosas grebas, quedaos todos hasta que tomemos la gran

ciudad de Príamo!»

333 De tal suerte habló. Los argivos, con agudos gritos que hacían

retumbar horriblemente las naves, aplaudieron el discurso del divino

Ulises. Y Néstor, caballero gerenio, les arengó diciendo:

337 «¡Oh dioses! Habláis como niños chiquitos que no están ejercitados

en los bélicos trabajos. ¿Qué son de nuestros convenios y juramentos?

¿Se fueron, pues, en humo los consejos, los afanes de los guerreros,

los pactos consagrados con libaciones de vino puro y los apretones de

manos en que confiábamos? Nos entretenemos en contender con palabras

y sin motivo, y en tan largo espacio no hemos podido encontrar un

medio eficaz para conseguir nuestro objeto. ¡Atrida! Tú, como siempre,

manda con firme decisión á los argivos en el duro combate y deja

que se consuman uno ó dos que en discordancia con los demás aqueos

desean, aunque no realizarán su propósito, regresar á Argos antes de

saber si fué ó no falsa la promesa de Júpiter, que lleva la égida.

Pues yo os aseguro que el prepotente Saturnio se nos mostró propicio,

relampagueando por el diestro lado y haciéndonos favorables señales,

el día en que los argivos se embarcaron en las naves de ligero andar

para traer á los troyanos la muerte y el destino. Nadie, pues, se dé

prisa por volver á su casa, hasta haber dormido con la esposa de un

troyano y haber vengado la huída y los gemidos de Helena. Y si alguno

tanto anhelare el regreso, toque la negra nave de muchos bancos para

que delante de todos sea muerto y cumpla su destino. ¡Oh rey! No

dejes de pensar tú mismo y sigue también los consejos que nosotros te

damos. No es despreciable lo que voy á decirte: Agrupa á los hombres,

oh Agamenón, por tribus y familias, para que una tribu ayude á otra

tribu y una familia á otra familia. Si así obrares y te obedecieren los

aqueos, sabrás pronto cuáles jefes y soldados son cobardes y cuáles

valerosos, pues pelearán distintamente; y conocerás si no puedes tomar

la ciudad por la voluntad de los dioses ó por la cobardía de tus

hombres y su impericia en la guerra.»

369 Respondió el rey Agamenón: «De nuevo, oh anciano, superas en la

junta á los aqueos todos. Ojalá, ¡padre Júpiter, Minerva, Apolo!,

tuviera entre los argivos diez consejeros semejantes; entonces la

ciudad del rey Príamo sería pronto tomada y destruída por nuestras

manos. Pero Júpiter, que lleva la égida, me envía penas, enredándome

en inútiles disputas y riñas. Aquiles y yo peleamos con encontradas

razones por una muchacha, y fuí el primero en irritarme; si ambos

procediéramos de acuerdo, no se diferiría un solo momento la ruina de

los troyanos. Ahora, id á comer para que luego trabemos el combate;

cada uno afile la lanza, prepare el escudo, dé el pasto á los

corceles de pies ligeros é inspeccione el carro, apercibiéndose para

la lucha; pues durante todo el día nos pondrá á prueba el horrendo

Marte. Ni un breve descanso ha de haber siquiera, hasta que la

noche obligue á los valientes guerreros á separarse. La correa del

escudo que al combatiente cubre, se impregnará de sudor en torno del

pecho; el brazo se fatigará con el manejo de la lanza, y sudarán los

corceles arrastrando los pulimentados carros. Y aquel que se quede

voluntariamente en las corvas naves, lejos de la batalla, como yo le

vea, no se librará de los perros y de las aves de rapiña.»

394 Así habló. Los argivos promovían gran clamoreo, como cuando las

olas, movidas por el Noto, baten un elevado risco que se adelanta

sobre el mar y no lo dejan mientras soplan los vientos en contrarias

direcciones. Luego, levantándose, se dispersaron por las naves,

encendieron lumbre en las tiendas, tomaron la comida y ofrecieron

sacrificios, quiénes á uno, quiénes á otro de los sempiternos dioses,

para que los librasen de morir en la batalla. Agamenón, rey de hombres,

inmoló un pingüe buey de cinco años al prepotente Saturnio, habiendo

llamado á su tienda á los principales caudillos de los aqueos todos:

á Néstor y al rey Idomeneo, luego á entrambos Ayaces y al hijo de

Tideo, y en sexto lugar á Ulises, igual en prudencia á Júpiter.

Espontáneamente se presentó Menelao, valiente en la pelea, porque sabía

lo que su hermano estaba preparando. Colocáronse todos alrededor del

buey y tomaron harina con sal. Y puesto en medio, el poderoso Agamenón

oró diciendo:

412 «¡Júpiter gloriosísimo, máximo, que amontonas las sombrías nubes

y vives en el éter! ¡Que no se ponga el sol ni sobrevenga la obscura

noche, antes que yo destruya el palacio de Príamo, entregándolo á las

llamas; pegue voraz fuego á las puertas; rompa con mi lanza la coraza

de Héctor en su mismo pecho, y vea á muchos de sus compañeros caídos de

bruces en el polvo y mordiendo la tierra!»

419 Dijo; pero el Saturnio no accedió y, aceptando los sacrificios,

preparóles no envidiable labor. Hecha la rogativa y esparcida la harina

con sal, cogieron las víctimas por la cabeza, que tiraron hacia atrás,

y las degollaron y desollaron; cortaron los muslos, cubriéronlos con

doble capa de grasa y de carne cruda en pedacitos, y los quemaron

con leña sin hojas; y atravesando las entrañas con los asadores,

las pusieron al fuego. Quemados los muslos, probaron las entrañas;

y descuartizando lo restante, lo cogieron con pinchos, lo asaron

cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la faena y dispuesto

el festín, comieron y nadie careció de su respectiva porción. Y cuando

hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Néstor, caballero

gerenio, comenzó á decirles:

434 «¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres Agamenón! No nos

entretengamos en hablar, ni difiramos por más tiempo la empresa que

un dios pone en nuestras manos. ¡Ea! Los heraldos de los aqueos, de

broncíneas lorigas, pregonen que el ejército se reuna cerca de los

bajeles, y nosotros recorramos juntos el espacioso campamento para

promover cuanto antes un vivo combate.»

441 Tales fueron sus palabras; y Agamenón, rey de hombres, no

desobedeció. Al momento dispuso que los heraldos de voz sonora llamaran

á la batalla á los aqueos de larga cabellera; hízose el pregón, y ellos

se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes, alumnos de Júpiter,

hacían formar á los guerreros, y los acompañaba Minerva, la de los

brillantes ojos, llevando la preciosa inmortal égida que no envejece

y de la cual cuelgan cien áureos borlones, bien labrados y del valor

de cien bueyes cada uno. Con ella en la mano, movíase la diosa entre

los aqueos, instigábales á salir al campo y ponía fortaleza en sus

corazones para que pelearan y combatieran sin descanso. Pronto les fué

más agradable batallar, que volver á la patria tierra en las cóncavas

naves.

455 Cual se columbra desde lejos el resplandor de un incendio, cuando

el voraz fuego se propaga por vasta selva en la cumbre de un monte, así

el brillo de las broncíneas armaduras de los que se ponían en marcha

llegaba al cielo á través del éter.

459 De la suerte que las alígeras aves--gansos, grullas ó cisnes

cuellilargos--se posan en numerosas bandadas y chillando en la pradera

Asio, cerca del río Caístro, vuelan acá y allá ufanas de sus alas,

y el campo resuena, de esta manera las numerosas huestes afluían de

las naves y tiendas á la llanura escamandria y la tierra retumbaba

horriblemente bajo los pies de los guerreros y de los caballos.

Y los que en el florido prado del Escamandro llegaron á juntarse

fueron innumerables; tantos, cuantas son las hojas y flores que en la

primavera nacen.

469 Como enjambres copiosos de moscas que en la primaveral estación

vuelan agrupadas por el establo del pastor, cuando la leche llena los

tarros; en tan gran número reuniéronse en la llanura los aqueos de

larga cabellera, deseosos de acabar con los teucros.

474 Poníanlos los caudillos en orden de batalla fácilmente, como los

pastores separan las cabras de grandes rebaños cuando se mezclan en el

pasto; y en medio aparecía el poderoso Agamenón, semejante en la cabeza

y en los ojos á Júpiter, que se goza en lanzar rayos, en el cinturón á

Marte y en el pecho á Neptuno. Como en la vacada el buey más excelente

es el toro, que sobresale entre las vacas, de igual manera hizo Jove

que Agamenón fuera aquel día insigne y eximio entre muchos héroes.

484 Decidme ahora, Musas que poseéis olímpicos palacios y como diosas

lo presenciáis y conocéis todo, mientras que nosotros oímos tan sólo la

fama y nada cierto sabemos, cuáles eran los caudillos y príncipes de

los dánaos. Á la muchedumbre no podría enumerarla ni nombrarla, aunque

tuviera diez lenguas, diez bocas, voz infatigable y corazón de bronce:

sólo las Musas olímpicas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, podrían

decir cuántos á Ilión fueron. Pero mencionaré los caudillos y las naves

todas.

494 Mandaban á los beocios Penéleo, Leito, Arcesilao, Protoenor y

Clonio. Los que cultivaban los campos de Hiria, Áulide pétrea, Esqueno,

Escolo, Eteono fragosa, Tespia, Grea y la vasta Micaleso; los que

moraban en Harma, Ilesio y Eritras; los que residían en Eleón, Hila,

Peteón, Ocalea, Medeón, ciudad bien construída, Copas, Eutresis y

Tisba, en palomas abundante; los que habitaban en Coronea, Haliarto

herbosa, Platea y Glisante; los que poseían la bien edificada ciudad

de Hipotebas, la sacra Onquesto, delicioso bosque de Neptuno; y las

ciudades de Arna en uvas abundosa, Midea, Nisa divina y Antedón

fronteriza: todos estos llegaron en cincuenta naves. En cada una se

habían embarcado ciento veinte beocios.

511 De los que habitaban en Aspledón y Orcómeno Minieo eran caudillos

Ascálafo y Yálmeno, hijos de Marte y de Astíoque, que los había

dado á luz en el palacio de Áctor Azida. Astíoque, que era virgen

ruborosa, subió al piso superior, y el terrible dios se unió con ella

clandestinamente. Treinta cóncavas naves en orden les seguían.

517 Mandaban á los focenses Esquedio y Epístrofo, hijos del magnánimo

Ifito Naubólida. Los de Cipariso, Pitón pedregosa, Crisa divina,

Dáulide y Panopeo; los que habitan en Anemoría, Hiámpolis y la ribera

del divino Cefiso; los que poseían la ciudad de Lilea en las fuentes

del mencionado río: todos estos habían llegado en cuarenta negras

naves. Los caudillos ordenaban entonces las filas de los focenses, que

en las batallas combatían á la izquierda de los beocios.

527 Acaudillaba á los locrenses, que vivían en Cino, Opunte, Calíaro,

Besa, Escarfa, Augías amena, Tarfa y Tronio, á orillas del Boagrio, el

ligero Ayax de Oileo, menor, mucho menor que Ayax Telamonio: era bajo

de cuerpo, llevaba coraza de lino y en el manejo de la lanza superaba

á todos los helenos y aqueos. Seguíanle cuarenta negras naves, en las

cuales habían venido los locrenses que viven más allá de la sagrada

Eubea.

536 Los abantes de Eubea, que residían en Calcis, Eretria, Histiea en

uvas abundosa, Cerinto marítima, Dío, ciudad excelsa, Caristo y Estira,

eran capitaneados por el magnánimo Elefenor Calcodontíada, vástago

de Marte. Con tal caudillo llegaron los ligeros abantes, que dejaban

crecer la cabellera en la parte posterior de la cabeza: eran belicosos

y deseaban siempre romper con sus lanzas de fresno las corazas en los

pechos de los enemigos. Seguíanle cuarenta negras naves.

546 Los que habitaban en la bien edificada ciudad de Atenas y

constituían el pueblo del magnánimo Erecteo, á quien Minerva, hija de

Júpiter, crió--habíale dado á luz la fértil tierra--y puso en su rico

templo de Atenas, donde los jóvenes atenienses ofrecen todos los años

sacrificios propiciatorios de toros y corderos á la diosa, tenían por

jefe á Menesteo, hijo de Peteo. Ningún hombre de la tierra sabía como

ése poner en orden de batalla, así á los que combatían en carros, como

á los peones armados de escudos; sólo Néstor competía con él, porque

era más anciano. Cincuenta negras naves le seguían.

557 Ayax había partido de Salamina con doce naves, que colocó cerca de

las falanges atenienses.

559 Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíona y Ásina en

profundo golfo situadas, Trecena, Eyonas y Epidauro en vides abundosa,

y los jóvenes aqueos de Egina y Masete, eran acaudillados por Diomedes,

valiente en la pelea; Esténelo, hijo del famoso Capaneo, y Euríalo,

igual á un dios, que tenía por padre al rey Mecisteo Talayónida. Era

jefe supremo Diomedes, valiente en la pelea. Ochenta negras naves les

seguían.

569 Los que poseían la bien construída ciudad de Micenas, la opulenta

Corinto y la bien edificada Cleonas; los que cultivaban la tierra en

Ornías, Aretirea deleitosa y Sición, donde antiguamente reinó Adrasto;

los que residían en Hiperesia y Gonoesa excelsa, y los que habitaban en

Pelene, Egio, el Egíalo todo y la espaciosa Hélice: todos estos habían

llegado en cien naves á las órdenes del rey Agamenón Atrida. Muchos y

valientes varones condujo este príncipe que entonces vestía el luciente

bronce, ufano de sobresalir entre los héroes por su valor y por mandar

á mayor número de hombres.

581 Los de la honda y cavernosa Lacedemonia que residían en Faris,

Esparta y Mesa, en palomas abundante; moraban en Brisías ó Augías

amena; poseían las ciudades de Amiclas y Helos marítima, y habitaban en

Laa y Etilo: todos estos llegaron en sesenta naves al mando del hermano

de Agamenón, de Menelao, valiente en el combate, y se armaban formando

unidad aparte. Menelao, impulsado por su propio ardor, los animaba á

combatir y anhelaba en su corazón vengar la huída y los gemidos de

Helena.

591 Los que cultivaban el campo en Pilos, Arena deliciosa, Trío, vado

del Alfeo, y la bien edificada Epi, y los que habitaban en Ciparisa,

Anfigenia, Pteleo, Helos y Dorio (donde las Musas, saliéndole al camino

á Tamiris el tracio, le privaron del canto cuando volvía de la casa

de Eurito el ecaleo; pues jactóse de que saldría vencedor, aunque

cantaran las propias Musas, hijas de Júpiter, que lleva la égida, y

ellas irritadas le cegaron, le privaron del divino canto y le hicieron

olvidar el arte de pulsar la cítara), eran mandados por Néstor,

caballero gerenio, y habían llegado en noventa cóncavas naves.

603 Los que habitaban en la Arcadia al pie del alto monte de Cilene

y cerca de la tumba de Epitio, país de belicosos guerreros; los de

Féneo, Orcómeno en ovejas abundante, Ripa, Estratia y Enispe ventosa;

y los que poseían las ciudades de Tegea, Mantinea deliciosa, Estínfalo

y Parrasia: todos estos llegaron al mando del rey Agapenor, hijo de

Anceo, en sesenta naves. En cada una de éstas se embarcaron muchos

arcadios ejercitados en la guerra. El mismo Agamenón les proporcionó

las naves de muchos bancos, para que atravesaran el vinoso ponto; pues

ellos no se cuidaban de las cosas del mar.

615 Los que habitaban en Buprasio y en el resto de la divina Élide,

desde Hirmina y Mírsino la fronteriza por un lado y la roca Olenia y

Alisio por el otro, tenían cuatro caudillos y cada uno de estos mandaba

diez veleras naves tripuladas por muchos epeos. De dos divisiones eran

respectivamente jefes Anfímaco y Talpio, hijo aquél de Ctéato y éste de

Eurito y nietos de Áctor; de la tercera, el fuerte Diores Amarincida, y

de la cuarta, el deiforme Polixeno, hijo del rey Agástenes Augeída.

625 Los de Duliquio y las sagradas islas Equinas, situadas al otro

lado del mar frente á la Élide, eran mandados por Meges Filida, igual

á Marte, á quien engendrara el jinete Fileo, caro á Júpiter, cuando

por haberse enemistado con su padre emigró á Duliquio. Cuarenta negras

naves le seguían.

631 Ulises acaudillaba á los magnánimos cefalenios. Los de Ítaca y su

frondoso Nérito; los que cultivaban los campos de Crocilea y de la

escarpada Egílipe; los que habitaban en Zacinto; los que vivían en

Samos y sus alrededores; los que estaban en el continente y los que

ocupaban la orilla opuesta: todos ellos obedecían á Ulises, igual á

Júpiter en prudencia. Doce naves de rojas proas le seguían.

638 Toante, hijo de Andremón, regía á los etolos que habitaban en

Pleurón, Óleno, Pilene, Calcis marítima y Calidón pedregosa. Ya no

existían los hijos del magnánimo Eneo, ni éste; y muerto también el

rubio Meleagro, diéronse á Toante todos los poderes para que reinara

sobre los etolos. Cuarenta negras naves le seguían.

645 Mandaba á los cretenses Idomeneo, famoso por su lanza. Los que

vivían en Cnoso, Gortina amurallada, Licto, Mileto, blanca Licasto,

Festo y Ritio, ciudades populosas, y los que ocupaban la isla de Creta

con sus cien ciudades: todos eran gobernados por Idomeneo, famoso por

su lanza, que con Meriones, igual al homicida Marte, compartía el

mando. Seguíanle ochenta negras naves.

653 Tlepólemo Heraclida, valiente y alto de cuerpo, condujo en nueve

buques á los fieros rodios que vivían, divididos en tres pueblos, en

Lindo, Yaliso y Camiro la blanca. De éstos era caudillo Tlepólemo,

famoso por su lanza, á quien Astioquía concibió del fornido Hércules

cuando el héroe se la llevó de Éfira, de la ribera del Seleente,

después de haber asolado muchas ciudades defendidas por nobles

mancebos. Cuando Tlepólemo, criado en el magnífico palacio, hubo

llegado á la juventud, mató al anciano tío materno de su padre, á

Licimnio, vástago de Marte; y como los demás hijos y nietos del fuerte

Hércules le amenazaran, construyó naves, reunió mucha gente y huyó por

mar. Errante y sufriendo penalidades pudo llegar á Rodas, y allí se

estableció con los suyos, que formaron tres tribus. Se hicieron querer

de Júpiter, que reina sobre los dioses y los hombres, y el Saturnio les

dió abundante riqueza.

671 Nireo condujo desde Sima tres naves bien proporcionadas; Nireo,

hijo de Aglaya y el rey Cáropo; Nireo, el más hermoso de los dánaos que

fueron á Troya, si exceptuamos al eximio Pelida; pero era tímido y poca

la gente que mandaba.

676 Los que habitaban en Nísiro, Crápato, Caso, Cos, ciudad de

Eurípilo, y las islas Calidnas, tenían por jefes á Fidipo y Ántifo,

hijos del rey Tésalo Heraclida. Treinta cóncavas naves en orden les

seguían.

681 Cuantos ocupaban el Argos pelásgico, los que vivían en Alo, Álope y

Traquina y los que poseían la Ptía y la Hélade de lindas mujeres, y se

llamaban mirmidones, helenos y aqueos, tenían por capitán á Aquiles y

habían llegado en cincuenta naves. Mas éstos no se curaban entonces del

combate horrísono, por no tener quien los llevara á la pelea: el divino

Aquiles, el de los pies ligeros, no salía de las naves, enojado á causa

de la joven Briseida, de hermosa cabellera, á la cual hiciera cautiva

en Lirneso, cuando después de grandes fatigas destruyó esta ciudad y

las murallas de Tebas, dando muerte á los belicosos Mines y Epístrofo,

hijos del rey Eveno Selepíada. Afligido por ello, se entregaba al ocio;

pero pronto había de levantarse.

695 Los que habitaban en Fílace, Píraso florida, que es lugar

consagrado á Ceres; Itón, criadora de ovejas; Antrón marítima y Pteleo

herbosa, fueron acaudillados por el aguerrido Protesilao mientras

vivió, pues ya entonces teníalo en su seno la negra tierra: matóle un

dárdano cuando saltó de la nave mucho antes que los demás aqueos, y

en Fílace quedaron su desolada esposa y la casa á medio acabar. Con

todo, no carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos al que

antes tuvieron, pues los ordenaba para el combate Podarces, vástago de

Marte, hijo del opulento Ificles Filácida y hermano menor del animoso

Protesilao. Éste era mayor y más valiente. Sus hombres, pues, no

estaban sin caudillo; pero sentían añoranza por él, que tan esforzado

había sido. Cuarenta negras naves le seguían.

711 Los que moraban en Feras situada á orillas del lago Bebeis, Beba,

Gláfiras y Yaolco bien edificada, habían llegado en once naves al mando

de Eumelo, hijo querido de Admeto y de Alcestes, divina entre las

mujeres, que era la más hermosa de las hijas de Pelias.

716 Los que cultivaban los campos de Metona y Taumacia y los que

poseían las ciudades de Melibea y Olizón fragosa, tuvieron por capitán

á Filoctetes, hábil arquero, y llegaron en siete naves: en cada una

de éstas se embarcaron cincuenta remeros muy expertos en combatir

valerosamente con el arco. Mas Filoctetes se hallaba, padeciendo

terribles dolores, en la divina isla de Lemnos, donde lo dejaron

los aqueos cuando fué mordido por ponzoñoso reptil. Allí permanecía

afligido; pero pronto en las naves habían de acordarse los argivos del

rey Filoctetes. No carecían aquéllos de jefe, aunque echaban de menos á

su caudillo, pues los ordenaba para el combate Medonte, hijo bastardo

de Oileo, asolador de ciudades, de quien lo tuvo Rena.

729 De los de Trica, Itoma de quebrado suelo, y Ecalia, ciudad de

Eurito el ecaleo, eran capitanes dos hijos de Esculapio y excelentes

médicos: Podalirio y Macaón. Treinta cóncavas naves en orden les

seguían.

734 Los que poseían la ciudad de Ormenio, la fuente Hiperea, Asterio y

las nevadas cimas del Títano, eran mandados por Eurípilo, hijo preclaro

de Evemón. Cuarenta negras naves le seguían.

738 Á los de Argisa, Girtona, Orta, Elona y la blanca ciudad de

Oloosón, los regía el intrépido Polipetes, hijo de Pirítoo y nieto de

Júpiter inmortal (habíalo dado á luz la ínclita Hipodamia el mismo

día en que Pirítoo, castigando á los hirsutos Centauros, los echó del

Pelión y los obligó á retirarse hacia los etiquios). Con él compartía

el mando Leonteo, vástago de Marte, hijo del animoso Corono Cenida.

Cuarenta negras naves les seguían.

748 Guneo condujo desde Cifo en veintidós naves á los enienes é

intrépidos perebos; aquéllos tenían su morada en la fría Dodona y éstos

cultivaban los campos á orillas del hermoso Titaresio que vierte sus

cristalinas aguas en el Peneo de argénteos vórtices; pero no se mezcla

con él, sino que sobrenada como aceite, porque es un arroyo del agua de

la Estigia que se invoca en los terribles juramentos.

756 Á los magnetes gobernábalos Protoo, hijo de Tentredón. Los que

habitaban á orillas del Peneo y en el frondoso Pelión, tenían, pues,

por jefe al ligero Protoo. Cuarenta negras naves le seguían.

760 Tales eran los caudillos y príncipes de los dánaos. Dime, Musa,

cuál fué el mejor de los varones y cuáles los más excelentes caballos

de cuantos con los Atridas llegaron. Entre los corceles sobresalían

las yeguas del Feretíada, que guiaba Eumelo: eran ligeras como aves,

apeladas, y de la misma edad y altura; criólas Apolo, el del arco

de plata, en Perea, y llevaban consigo el terror de Marte. De los

guerreros el más valiente fué Ayax Telamonio mientras duró la cólera

de Aquiles, pues éste le superaba mucho; y también eran los mejores

caballos los que llevaban al eximio Pelida. Mas Aquiles permanecía

entonces en las corvas naves que atraviesan el ponto, por estar

irritado contra Agamenón Atrida, pastor de hombres; su gente se

solazaba en la playa tirando discos, venablos ó flechas; los corceles

comían loto y apio palustre cerca de los carros de los capitanes

que permanecían enfundados en las tiendas, y los guerreros, echando

de menos á su jefe, caro á Marte, discurrían por el campamento y no

peleaban.

780 Ya los demás avanzaban á modo de incendio que se propagase por

toda la comarca; y como la tierra gime cuando Júpiter, que se complace

en lanzar rayos, airado, la azota en Arimos, donde dicen que está el

lecho de Tifoeo; de igual manera gemía debajo de los que iban andando y

atravesaban con ligero paso la llanura.

786 Dió á los teucros la triste noticia Iris, la de los pies ligeros

como el viento, á quien Júpiter, que lleva la égida, enviara como

mensajera. Todos ellos, jóvenes y viejos, se habían reunido en

los pórticos del palacio de Príamo y deliberaban. Iris, la de los

pies ligeros, se les presentó tomando la figura y voz de Polites,

hijo de Príamo; el cual, confiando en su agilidad, se sentaba como

atalaya de los teucros en la cima del túmulo del antiguo Esietes y

observaba cuando los aqueos partían de las naves para combatir. Así

transfigurada, dijo Iris, la de los pies ligeros:

796 «¡Oh anciano! Te placen los discursos interminables como cuando

teníamos paz, y una obstinada guerra se ha promovido. Muchas batallas

he presenciado, pero nunca vi un ejército tal y tan grande como el que

viene á pelear contra la ciudad, formado por tantos hombres cuantas

son las hojas ó las arenas. ¡Héctor! Te recomiendo encarecidamente que

procedas de este modo: Como en la gran ciudad de Príamo hay muchos

auxiliares y no hablan una misma lengua hombres de países tan diversos,

cada cual mande á aquellos de quienes es príncipe y acaudille á sus

conciudadanos, después de ponerlos en orden de batalla.»

807 Así se expresó; y Héctor, conociendo la voz de la diosa,

disolvió la junta. Apresuráronse á tomar las armas, abriéronse todas

las puertas, salió el ejército de infantes y de los que en carros

combatían, y se produjo un gran tumulto.

811 Hay en la llanura, frente á la ciudad, una excelsa colina aislada

de las demás y accesible por todas partes, á la cual los hombres llaman

Batiea y los inmortales tumba de la ágil Mirina: allí fué donde los

troyanos y sus auxiliares se pusieron en orden de batalla.

816 Á los troyanos mandábalos el gran Héctor Priámida, de tremolante

casco. Con él se armaban las tropas más copiosas y valientes, que

ardían en deseos de blandir las lanzas.

819 De los dardanios era caudillo Eneas, valiente hijo de Anquises

de quien lo tuvo la divina Venus después que la diosa se unió con el

mortal en un bosque del Ida. Con Eneas compartían el mando dos hijos de

Antenor: Arquéloco y Acamante, diestros en toda suerte de pelea.

824 Los ricos teucros que habitaban en Zelea, al pie del Ida, y bebían

el agua del caudaloso Esepo, eran gobernados por Pándaro, hijo ilustre

de Licaón, á quien Apolo en persona diera el arco.

828 Los que poseían las ciudades de Adrastea, Apeso, Pitiea y el alto

monte de Terea, estaban á las órdenes de Adrasto y Anfio, de coraza de

lino: ambos eran hijos de Mérope percosio, el cual conocía como nadie

el arte adivinatoria y no quería que sus hijos fuesen á la homicida

guerra; pero ellos no le obedecieron, impelidos por el hado que á la

negra muerte los arrastraba.

835 Los que moraban en Percote, á orillas del Practio, y los que

habitaban en Sesto, Abido y la divina Arisbe eran mandados por Asio

Hirtácida, príncipe de hombres, á quien fogosos y corpulentos corceles

condujeron desde Arisbe, de la ribera del río Seleente.

840 Hipótoo acaudillaba las tribus de los valerosos pelasgos que

habitaban en la fértil Larisa. Mandábanlos él y Pileo, vástago de

Marte, hijos del pelasgo Leto Teutámida.

844 Á los tracios, que viven á orillas del alborotado Helesponto, los

regían Acamante y el héroe Píroo.

846 Eufemo, hijo de Treceno Céada, alumno de Júpiter, era el capitán de

los beligeros cicones.

848 Pirecmes condujo los peonios, de corvos arcos, desde la lejana

Amidón, de la ribera del anchuroso Axio, cuyas límpidas aguas se

esparcen por la tierra.

851 Á los paflagones, procedentes del país de los énetos, donde se

crían las mulas cerriles, los mandaba Pilémenes, de corazón varonil:

aquéllos poseían la ciudad de Citoro, cultivaban los campos de Sésamo y

habitaban magníficas casas á orillas del Partenio, en Cromna, Egíalo y

los altos montes Eritinos.

856 Los halizones eran gobernados por Odio y Epístrofo y procedían de

lejos: de Álibe, donde hay yacimientos de plata.

858 Á los misios los regían Cromis y el augur Énomo, que no pudo

librarse, á pesar de los agüeros, de la negra muerte; pues sucumbió á

manos del Eácida, el de los pies ligeros, en el río donde éste mató

también á otros teucros.

862 Forcis y el deiforme Ascanio acaudillaban á los frigios, que habían

llegado de la remota Ascania y anhelaban entrar en batalla.

864 Á los meonios los gobernaban Mestles y Ántifo, hijos de Talémenes,

á quienes dió á luz la laguna Gigea. Tales eran los jefes de los

meonios, nacidos al pie del Tmolo.

867 Nastes estaba al frente de los carios de bárbaro lenguaje. Los

que ocupaban la ciudad de Mileto, el frondoso Ptiro, las orillas del

Meandro y las altas cumbres de Micale tenían por caudillos á Nastes

y Anfímaco, preclaros hijos de Nomión; Nastes y Anfímaco, que iba al

combate cubierto de oro como una doncella. ¡Insensato! No por ello se

libró de la triste muerte, pues sucumbió en el río á manos del Eácida,

del aguerrido Aquiles, el de los pies ligeros; y éste se apoderó del

oro.

876 Sarpedón y el eximio Glauco mandaban á los que procedían de la

remota Licia, de la ribera del voraginoso Janto.

[Ilustración: Helena es conducida por Venus al palacio de Paris, á

quien increpa por su flojedad en el combate con Menelao]

La Ilíada · 第 1 / 24 章