No fue el gozo de don Beltrán, al abrazar a su amigo, proporcionado
a una ausencia de tres días: fue como por ausencia de tres años, y
de la fuerza del contento se le trastornó el sentido, viendo a Nelet
más fuerte, más gallardo, restablecido de su reciente mal, la cara
limpia del rojizo color de quemadura. Era ilusión del pobre viejo que
veía lo que deseaba. Por su parte, Santapau encontró a su maestro
más caduco, encorvado, jadeante, algo ido del cerebro, progreso de
senectud excesivo para tres días. Mostrole muy satisfecho lo que
traía: dos soberbios burros, pues caballos no los encontrara ni a
peso de oro. Eran excelentes piezas, de cómoda andadura, y muy bien
enjaezados. Traía también ropa para los dos, y un repuesto copioso de
vituallas en una cesta barriguda. Despedido el criado del _masovero_
que había venido en el segundo pollino con la cesta y equipaje, los dos
caballeros pusiéronse a cenar. Tiempo hacía que Urdaneta no probaba
cosas tan ricas: butifarras, diversas clases de suculentos embutidos,
pollos asados, frutas escarchadas, chocolate, bollos de sartén... Más
que en saborear aquellas viandas, gozaba don Beltrán viendo a _Malaena_
devorar, con atrasadas hambres, comidas tan finas en increíbles dosis.
—Pues he tardado tres días —dijo Nelet— porque las grandes novedades
que encontré en Cherta, y el barullo de gente y amigos, me
imposibilitaron el despacho de mis diligencias en el tiempo que yo creí.
—Oí que estos días ha pasado hacia allá mucha tropa de uno y otro
ejército. ¿Qué ocurre?
—Sí..., tropas de Isabel, tropas de don Carlos. Se ha batido bien el
cobre... Vámonos pronto de aquí, antes que nos coja el paso de los
míos, que ahora son en número mayor que antes. En una palabra: ya
tenemos la expedición real del lado acá del Ebro, en Cherta, gracias
al talento militar de Ramón Cabrera y a su arrojo y prontitud. Está
el hombre que no cabe en su pellejo de puro orgulloso... Sí, sí: no
se asombre usted. Don Carlos ha pasado el Ebro. Yo le he visto...,
he visto al rey, a nuestro ídolo, y le aseguro que me quedé como si
hubiese visto a cualquiera que no fuese ídolo de nadie. Yo me figuraba
otra cosa, otro empaque, otra representación de gran monarca, hijo
de reyes y ungido de Dios. De esta hecha, nuestro _leopardo_, como
usted dice, ha puesto una pica en Flandes, porque gracias a su buen
tino para ordenar las cosas, ha podido don Carlos librarse de Borso y
Nogueras, que le perseguían. Junto a Cherta dio Cabrera una batalla
al señor de Borso, obligándole a retirarse. Nogueras cometió la mayor
pifia que se puede cometer en la guerra, que es no llegar a tiempo.
La guerra no es más que el arte de la oportunidad, y este lo posee
don Ramón como nadie, y lo completa con su diligencia y conocimiento
del terreno. Pasó Carlos V tranquilamente el gran río de España,
en lanchas al caso preparadas, y los gritos de entusiasmo de las
tropas competían en estruendo con el instrumental de las músicas.
Enronquecieron gargantas y trombones. Ayer, la Sacra Majestad y todo su
séquito mataron el hambre en Cherta, que la traían atrasadilla, porque
la batalla que ganaron en Huesca les dio más prisioneros que bucólica.
El comistrajo que se les preparó era de lo más opíparo, y para que
hubiera de todo, hasta helados hubo... Cabrera, el día del paso, que
fue anteayer, estaba como loco, demacrado, los ojos del tamaño de
toda la cara, echando rayos y centellas. Daba sus disposiciones ronco
de tanto gritar, vestido con su peor ropa, pues ni para engalanarse
como acostumbra tuvo tiempo. Cuando se presentó al rey en la orilla
izquierda para pasarle acá, no le conocían, y los cortesanos se
preguntaban asombrados: «¿Pero ese es Cabrera?... ¿ese?» El soberano le
manifestó su real agrado. No serán flojas envidias las que van a salir
ahora, pues corre la voz de que S. M. quiere nombrarle generalísimo, y
poner bajo su mando todos los reales ejércitos.
—Así tiene que ser, pues según tengo entendido, de los figurones que
rodean al infante, poco debe esperar este... Y dime otra cosa: ¿oíste
o viste si con el rey viene un italiano llamado Rapella, que es el
correveidile entre cortes verdaderas y falsas para tratar de un arreglo
por bodorrio?
—Creo haber oído algo de un italiano de campanillas, y de otros
extranjeros que en la comitiva del rey vienen, entre la turbamulta
de empleados y gentileshombres. Pero como yo, por el estado de mi
espíritu, no podía prestar a lo que allí veía una gran atención, no
puedo asegurar nada de italianos ni correveidiles.
—¿Y qué se dice? ¿La expedición, con su rey a cuestas, dirígese a
Castilla o a Valencia? Puede que reforzada con Cabrera, y quizás
mandada por este, no se detenga hasta Madrid. ¿Oíste algo?
—Oí, oí..., no sé lo que oí —dijo Nelet aturdido—. ¿A usted le interesa
saberlo?
—Absolutamente nada.
—Lo mismo que a mí. Que vayan, que vengan, que suban, que bajen. No me
interesa ya más que un reino, el mío. Cada cual se arregle en su reino
como pueda.
—Muy bien dicho. Peleáis por poner en el trono a un buen hombre, cuya
incapacidad es bien manifiesta. Si tus amigos triunfan, estableceréis
un imperio caedizo, pues en los tronos disputados, el vencedor no lo
será definitivamente si no posee estas cualidades: bravura, don de
mando, ciencia militar. Gane quien ganare en este pleito, querido
Nelet, la monarquía carecerá de fuerza y vivirá con vilipendio,
entregada a las facciones. Ten presente que no se hace nada de provecho
sin fuerza, entendiendo por esto, no el poder de las armas, sino una
virtud eficaz y activa, que a veces reside en una persona, a veces
en las leyes. Ni las leyes tienen aquí fuerza, o llámese energía
gobernante, ni hay rey o príncipe que tal posea. Puede que nazca algún
día; mas yo te aseguro que a la fecha no ha nacido. De modo que paz, lo
que se llama paz, no la veréis en mucho tiempo los que sois jóvenes, ni
quizás lo vean vuestros hijos y nietos... Con que lo que tú dices: cada
cual a su reino... y en el reino chico de cada uno, que no falte una
ventanita para ver pasar la historia.
No prestaba Nelet a estos profundos juicios la debida atención, ni se
extendió tampoco en pormenores de lo que presenciara en Cherta, porque
sus impresiones eran confusas, como de quien ve muchas y abigarradas
cosas en corto tiempo, sin interés ni recreo alguno de su ánimo.
Mirando no más que a su reino, propuso que partieran a la mañana
siguiente en busca de Marcela, pues por fidedignos informes que en
Cherta adquirió, venía ya de vuelta de Gandesa, después de recoger el
cuerpo de su desgraciado hermano y darle sepultura. Al capellán del
1.º de Tortosa, que la encontró una mañana junto al río Seco, dijo la
monja que pensaba detenerse un día en el santuario de San Salvador
y encaminarse luego a Arenys de Lledó a visitar a un enfermo. Iba,
pues, en busca de sus amigos, los cuales se apresurarían a salirle
al encuentro. Para mayor seguridad, dispuso Nelet que partiera la
embajadora aquella misma noche, con instrucción precisa de las etapas
que los caballeros seguirían y puntos de descanso, y la consigna de que
esperasen en Lledó los que primero llegaran.
Conforme con tan acertado plan, y admirando el tino con que Nelet lo
concertaba, creyó don Beltrán llegada la oportunidad de manifestar al
discípulo el estado de su ánimo, y sin más exordio le dijo:
—Durante tu ausencia, hijo mío, no he cesado de reflexionar en el
caso de Marcela, complicado ahora con la desastrosa muerte del pobre
Francisco, y discurriendo la solución que debemos darle, me sentí
acometido del mal tuyo reciente, el mal de conciencia. Dios ha entrado
en mí. Como avisos o presagios de la naturaleza flaca, precedieron a
mi mal miedos supersticiosos, la idea de una muerte próxima. Era Dios
que llamaba a la puerta de mi alma: no entendía yo su llamamiento,
hasta que le vi entrar y me iluminó con su divina gracia. ¡Ay!, querido
Nelet, no quiero en mis postrimerías comprometer mi alma. ¿Amo a Dios,
le temo? Amor y temor por igual me consuelan y sobrecogen; amor y
temor me infunden el anhelo de ser bueno en lo que resta de vida, de
sostener con una conducta ejemplar la paz, mejor será decir la salud
de mi conciencia... Reniego ya de aquel propósito y consejo mío de
ocultar a Marcela la verdad de tu culpa, pues si con ese artificio
ganaríamos bienes terrenales, perderíamos seguramente los eternos. No,
no, Nelet: tú estabas en lo cierto y yo en lo errado; tú en la verdad,
yo en la mentira; tú procedías como cristiano caballero, yo como un
hombre vil... Pero ya no... Ahora te digo que la ocultación, o siquiera
disfraz de la verdad, es gran pecado; me paso a tu partido, y en él te
fortalezco.
—Pienso, amigo mío —dijo Nelet con gravedad—, que esta concordancia
de la voluntad de usted con la mía es cosa muy feliz. No hay duda:
Dios o los ángeles han andado en ello. Hoy como ayer considero felonía
el negar a Marcela mi culpa; mas no teniendo yo valor ni cara para
confesarla ante ella, convendría que usted le hablase antes, y de la
sentencia que se sirva dar depende mi destino.
—Muy juicioso me parece lo que has discurrido. Yo le hablaré antes, yo
le diré... ¡Oh, si te perdonara reconociendo que fuiste víctima de un
arrebato!..., ¡qué triunfo, hijo! Me da el corazón que así será, pues
los caminos de la verdad siempre llevan al bien.
—¡Perdonarme! —exclamó Nelet clavando sus miradas en el suelo—. ¡Pues
si así fuera...! Pero lo dudo... Ya veo la cabeza de Francisco Luco
diciendo que sí con aquel movimiento fuertísimo..., la veo diciendo que
no..., así..., así..., que es decirme: no hay perdón.
—Basta ya de visiones, hijo. Tus desvaríos me contagian, y estas noches
he soñado que también yo cabalgaba por el campo de niños..., solo que
mis nenes, los nenes que yo destruía, no volvían a nacer.
—Pues los míos..., en las noches últimas..., ya no reían, sino
lloraban... Vi a Marcela cogiéndoles a puñados y metiéndoseles en el
seno... Pero, lo que usted dice: basta ya... No duermo, no quiero
dormir: pasaré la noche pensando en que ella viene en nuestra busca y
en que le salimos al encuentro. Descanse usted, y yo le llamaré cuando
sea hora de partir. Voy a despachar a _Malaena_ y a dar un pienso a
nuestros burros.
Cumpliose con toda puntualidad lo que Santapau disponía, y antes del
alba salieron ambos caballeros oprimiendo los lomos asnales, don
Beltrán algo remediado de ropa, Nelet bien provisto de armas, pues
ignoraban qué clase de gente encontrarían. Anduvieron toda la mañana
sin ver alma viviente, entreteniendo las lentas horas con el inagotable
y pavoroso tema: «¿Me perdonará?». Llegados al caer de la tarde a una
ermita en la derecha margen del río Seco, que era el punto de cita
con la embajadora, recibieron de boca de esta las deseadas noticias.
Había dejado a Marcela con sus viejos en el convento abandonado de
San Salvador, y allí pasaría la noche en rezos y meditaciones; al
amanecer recalaría en el castillo de Horta, donde los señores podían
reunirse con ella para seguir juntos a Lledó, o al punto que de acuerdo
fijaran. Aumentose hasta lo increíble la ansiedad de Nelet. ¡Ya estaba
cerca! Solo una noche y un breve espacio de terreno le separaban de la
solución del temido enigma: «¿Me perdonará?». Incapaz de todo sosiego,
acordó seguir hasta Horta, y en ello emplearon las primeras horas
de la noche. Con no poco trabajo pudieron hallar albergue y pienso
para los burros y _Malaena_ en una reducida cuadra; descansó en el
mismo recinto don Beltrán algunas horas, mientras Nelet se paseaba
suspirando, a la luz de la luna, en un próximo corral, como caballero
que vela sus armas; y antes que fuera de día salieron los dos a pie
hacia el castillo, distante solo del pueblo veinte minutos de marcha
cómoda, y situado en un mogote de mediana elevación entre el río y el
camino de Bot. Esqueleto de muros despedazados, recompuestos y vueltos
a despedazar por sucesivas guerras, era el tal castillo, festoneado
de hiedras y jaramagos, y conservando en algunas de sus gastadas
piedras cruces y escudos de San Jorge de Alfama. Ponían el pie los dos
caballeros en el primer cerco de ruinas, cuando Nelet, asaltado de
súbito terror, se paró y dijo a su amigo:
—Pienso, señor don Beltrán, que Marcela se nos habrá anticipado,
llegando aquí por alguna galería subterránea que comunica esta
fortaleza con el monasterio de San Salvador. La encontraremos más
adentro, y es tal mi miedo de verla, o de que ella vea mi cara y mis
ojos, que me clavo en tierra sin poder dar un paso hacia adelante.
Trató Urdaneta de devolverle la tranquilidad, negando que hubiese tales
conductos por donde pudiera la monja presentarse, al modo teatral y
fantástico, y le indujo a no ser temeroso y afrontar con varonil aplomo
la entrevista. Mas advirtiendo en él señales de mayor pánico, antes que
de entereza, le dijo:
—Y en suma, si no puedes vencer tu aprensión, y persistes en que le
hable yo primero y explore su ánimo, manifestándole la verdad que tanto
temes, retírate a Horta y déjame aquí en espera de la señora penitente
y de los viejos Zaida y Alfajar. Pero ten la bondad de conducirme a un
sitio donde pueda yo sentarme, que apenas veo, y no acierto a llevar
mis pobres huesos por entre tanto pedrusco.
Condújole Nelet, evitando tropezones, a un lugar despejado con buen
asiento, y más medroso cuanto más avanzaba, le faltó tiempo para
escabullirse diciendo a su amigo:
—Parece que la siento ya..., como si subiera por un pozo... Me voy al
pueblo. Allí espero mi sentencia... Adiós.