Ya tenía don Beltrán la palabra en la boca para pedir más referencias
de aquel señor extranjero, cuyo nombre y diplomático carácter no le
eran desconocidos, cuando se armó un gran tumulto al otro lado de la
cuadra. Empezaron peleándose dos, se enredaron luego cuatro, dándose
morradas y coces; la querella habría pasado quizás a mayores, si no
intervinieran Baldomero Galán y dos sargentos que a la sazón entraron,
los cuales, sacudiendo de plano, y deshaciendo a tirones el racimo
que formaban los contendientes, restablecieron el orden. A unos les
hicieron salir, a otros arrojáronles sobre la paja, y ya no se oyó más
que el resoplido de las cóleras sojuzgadas.
—Es la de todos los días —dijo Baldomero volviendo al lado de don
Beltrán—, la cuestión entre _cabreristas_ y _nogueristas_. Unos dicen
y sostienen que la madre de Cabrera estuvo bien fusilada, como castigo
de ese tigre sanguinario, y otros que no, que el haberla matado sin
culpa de ella ha traído esta situación tan _fratricida_. Ya les hemos
aplacado los humos; y como repitan, se mandará dar un recorrido de
palos, para que callen y nos dejen en paz.
—Y ahora, señor, que tenemos algún sosiego —dijo Saloma—, haga por
dormirse, que ya es tarde, y todos necesitamos cobrar fuerzas para el
ajetreo de mañana.
—Procuraré seguir tu sabio consejo —replicó el anciano, tomando postura
cómoda y cubriéndose bien de nariz para abajo—. Pero dudo que pueda
coger un buen sueño, pues ahora me doy a cavilar si ese señor italiano
será o no será quien yo me figuro: uno que de Madrid y Nápoles fue
comisionado al cuartel de don Carlos para tratar de un arreglo que
pusiese fin a estos horrores. No me acuerdo del apellido de ese sujeto,
pues ya no hay nombre que quiera guardarse en la jaula deshecha de mi
memoria; pero me da el corazón que es el mismo de quien tuve noticia
por cierto caballerito que conocí y traté caminando hacia Villarcayo.
Lo primero que has de hacer mañana es llegarte a Sancho y sonsacarle
todo lo que de su señor quiera decirte: te informas de si va para
Zaragoza, o para Levante, pues en este caso me convendría su amistad,
que de seguro irá el hombre bien pertrechado de pasaportes. Y no sería
malo que tú, tan despabilada y francota, te fueras a él, metiéndote en
su cuarto, si es que lo tiene, con el pretexto de saber cuándo se va
para ocuparlo yo, y una vez metida le dijeses quién soy, y cómo me veo
en estas estrechuras impropias de mi nobleza...
Prometiole la hermosa navarra conquistarle al italiano, y a toda la
Italia si fuese menester; y en aquel punto, Galán, que había salido a
recorrer los alojamientos de los soldados, volvió diciendo que corría
por el pueblo el notición de la muerte de Cabrera. Sobre esto hicieron
los tres comentarios prolijos, conviniendo en que si resultaba cierto,
sería gran merced de Dios, apiadado al fin de la pobre España. Y ya
no pensaron más que en dormir lo que pudiesen, cosa no fácil, por los
ruidos que a cada instante en el ancho local se levantaban, así de
inquietudes de animales como de personas, y por los feroces ronquidos
de algunos durmientes. Pudo vencer don Beltrán la molestia que estos le
causaban; y cuando ya iba cogiendo el sueño, le despabilaron las voces
de un condenado hombre que, sentado en el suelo, en postura turquesca,
junto a la pared, solo, parecía rezar en alta voz con plañidera
monotonía desesperante.
—¿No podríamos conseguir —dijo don Beltrán entre suspiros—, que ese
demonio de hombre se fuese a rezar a la calle? Si se va por una peseta,
dásela, Saloma.
—Es el pobre Muel —dijo condolido Galán—, que de ver morir a tres de
sus hijos, fusilados en Alventosa, se ha vuelto loco, y se pasa la vida
predicando por estos caminos en canto llano.
—Alventosa..., ya sé..., es en tierra de Rubielos. Alguna de las
propiedades que vendí a Luco allí están... Creo que fue un espanto la
matanza que ordenó y ejecutó ese bribón del cura Lorente.
—Fusiló setenta y siete hombres y un niño de diez años, hijo de un
capitán. Eran del regimiento de Extremadura, donde yo he servido. Les
cogieron el Royo y Peinado en Arcos; les llevaban prisioneros, y el
capellán Lorente propuso fusilarlos. Los dos cabecillas no querían;
el clérigo, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que mataran
veintidós. Al siguiente día, en ese pueblo de Alventosa, volvieron
a cuestionar sobre si mataban o no a los demás: Lorente, que sí;
Peinado y Royo, que no. En un descanso, el capellán mandó destapar un
barrilito de aguardiente que llevaba. Bebieron, y con la borrachera,
el Royo se puso de parte de Lorente. Salieron los vecinos del pueblo
con su párroco a la cabeza, y de rodillas imploraron la vida de los
desgraciados prisioneros. Lorente le dijo al párroco: «Confiéselos
ahora mismo; y para acabar más pronto, yo empiezo a confesar por una
punta y usted por otra». Negose el cura de Alventosa, y se echó a
llorar... El capitán pidió entonces a los cabecillas que no matasen
al niño; pero para más crueldad, fusilaron primero a la criatura, por
que el padre lo viese, y luego a este y a todos los demás después
de desnudarlos... Al ponerse en marcha, Lorente dijo al cura de
Alventosa que, so pena de la vida, dejara los cuerpos insepultos para
escarmiento de las tropas cristinas que pasasen...
—¿Y no ha habido un hombre honrado, valiente y justiciero —dijo don
Beltrán, dando un salto en su lecho—; no ha habido un hombre, un
aragonés, que haya cogido a ese vil clérigo, a ese sacrílego, y le haya
colgado vivo, por las patas, de la más alta rama de un alcornoque, o
del campanario de una iglesia, para que se lo comieran los buitres?...
Desconozco a mi raza... esto no es Aragón. Si yo fuera mozo, créanlo,
iría a esa guerra, no para defender ambiciones y derechos de reyes
más o menos legítimos, sino para perseguir y castigar tan salvajes
crímenes, para vengar a Dios de los ultrajes que unos y otros le
infieren; sería implacable con los cobardes asesinos de uno y otro
bando, llamáranse Nogueras, llamáranse Cabrera, y vengaría a la
madre de este, y a la esposa de Fontiveros, y a todos esos infelices
sacrificados con barbarie tan horrenda y estúpida.
—Está muy bien, señor —le dijo Saloma, cogiéndole de los brazos para
hacerle acostar—; pero sosiéguese y no se desabrigue, que puede coger
una pulmonía.
No había medio de aplacarle; de rodillas sobre la paja, apoyaba con
enérgico ademán su ardiente protesta:
—No, no puedo sosegarme oyendo estas cosas. Esto no es Aragón, esto
no es mi raza, la raza justiciera por excelencia, fuerte y benigna,
guerrera y cristiana, iracunda y generosa... ¡Y ese pobre hombre es
víctima de este furor de matanzas! ¡Y ha perdido la razón viendo cómo
los hombres se vuelven maestros de las fieras en la crueldad!... Ven
acá tú, buen amigo, y hallarás aquí un corazón aragonés compasivo, no
más que compasivo, pues que la vejez no permite otra cosa... Ven acá,
y nos consolaremos todos los buenos, abominando de los que pisotean la
justicia humana y remitiéndolos a la divina.
El otro infeliz, oyéndose llamado, acudió allá con paso lento. Era
un hombre de aventajada estatura, flaco, de tez tan morena, que a la
escasa luz de la cuadra parecía negra; el pañizuelo liado a la cabeza;
el cuerpo cubierto de un luengo camisón, sin faja; los pies desnudos,
negros también, como la cara, como las manos, semejantes a manojos de
sarmientos; todo él perfecto plagio de un santón árabe. Al aproximarse,
venía rezando en alta voz, y una vez junto al grupo soltó esta
terrorífica declamación con duro y ronco acento:
—No te salvas, no te escapas, malvado Lorente, aunque te escondas entre
pajas, teniendo por guardianes, por los pies a tu rey y señor, y por la
cabeza a la reina de tu iglesia maldita... No te escapas ya, clérigo de
Satanás, serpiente, que mis ejércitos rodean ya toda esta fortaleza,
y no hallarás puerta ni hendidura ni resquicio por donde puedas
escabullirte... No morirás, no... Con el zumo de unas hierbas que hay
en la torre de Pepo, nada más que allí, se te untará todo el cuerpo,
y vivirás mil años, ¡mil años!, infame Lorente; y en todas las partes
de tu persona, pecho, espalda, muslos, barriga y lo demás, te nacerán,
por la virtud de aquella hierba, ojos, ¡ojos como los de la cara!, que
vean, y delante de cada uno de estos ojos se te pondrá un fusilado para
que lo estés viendo día y noche... Y horrorizado de lo que ves con
tantos ojos, querrás descansar y dormir; pero no podrás, no podrás,
porque esos ojos no duermen, ni pestañean, ni lloran, y los tendrás
siempre bien abiertos y despabilados, mirando con cada uno de ellos a
un fusilado por ti..., y así estarás mil años, trescientos sesenta y
cinco mil noches y días... Luego se te dejará otros mil años ciego y
sordo, para que veas dentro de tu conciencia, y se te quitará la razón
para que no puedas arrepentirte ni confesarte..., y se te pondrá una
lengua venenosa para que blasfemes a todas horas, y se te secará el
agua de lágrimas para que no puedas llorar ni afligirte...
—Basta, basta ya... —dijo don Beltrán horrorizado—. No tanto, pobre
Muel... Es demasiado castigo, infinitamente mayor que la culpa...
Perdóname ya.
—Todavía no, todavía no... Otros mil años disparándote a cada minuto
por el oído izquierdo un tiro de fusil con bala, la cual, después
de retumbar dentro de tu calavera, saldrá por el oído derecho sin
matarte...
—No más, no más, Muel... Perdón, perdón.
—Otros mil años...
—No, no... Baldomero, quítame de aquí a ese hombre... Por Dios te lo
pido.
Suavemente le cogió de un brazo Galán y se lo llevó sin que hiciera
resistencia, pues su locura era pacífica; inocente en las acciones,
desbordada en las palabras. Día y noche se le oía la perorata
cadenciosa y lúgubre: arengaba a sus imaginarias tropas, vencía y
aprisionaba a Lorente; llevábale arrastrando por valles y montes hasta
la torre de Pepo; encerrado allí el vencido monstruo, le imponía los
sutiles castigos por series de mil años, hasta que, cansado de inventar
horrores, volvía a los de la realidad y a la tragedia de Alventosa.
Había sido maestro de escuela y diestro pendolista; no pedía limosna,
comía lo que le daban; dormía en despoblado, o bajo techo si se lo
permitían, y vagaba en un radio de cinco leguas alrededor de Quinto,
su patria. Echado al corral por Galán, volvió este al lado del señor,
a punto que Saloma, vencida del cansancio, cerraba los ojos y hacía
reverencias. Durmiose al fin, apoyada la cabeza en la pared, y el
prócer y Baldomero siguieron charlando en voz baja de cosas de guerra
y política hasta que oyeron el diligente estridor de la diana, que
avisando a todos el fin del sueño, fue principio del de don Beltrán, el
cual, por añeja costumbre, dormía las mañanas.
V
Cuando el pobre anciano despertó, después de dar a sus huesos algunas
horas de plácido reposo, contáronle sus amigos las novedades ocurridas
en el parador durante su sueño. Había conseguido Galán reconciliar a
Sanchico con su padre Sancho, no sin que este se mostrara largo rato
rebelde a las paces, haciéndose el inflexible con desmedida afectación,
hasta que, desahogando su severidad en una descarga de bofetadas, lloró
el chico, se aplacó el padre, y todo quedó perdonado, a condición de
que el joven partiese aquel mismo día para Ablitas y no volviese a
separarse de sus tíos. En la ruidosa querella de hijo y padre, salió a
relucir que Sanchico se había largado a la facción por contrariedades
lastimosas de amor. Entre tirarse al Ebro y hacerse faccioso para que
una bala le matase, prefirió esto último. El cuento fue que las balas
no se metieron con él, y que el trajín de la guerra le curó de la
morriña que le enfermaba el alma. Volvía, pues, mejor de lo que fue,
saludable, fuerte, aleccionado del mundo, y habiendo visto sucesos
mil, lisonjeros o desgraciados, que servían de grande enseñanza. Por
lo demás, su afecto a la causa de don Carlos había sido puramente
circunstancial, y lo mismo le importaban a él los derechos del rey
legítimo que la carabina de Ambrosio. Cuando Urdaneta supo que Sancho
iba para la Ribera, ordenó que se fuese con él uno de sus criados: se
arreglaría solo con Tomé; que los tiempos eran apretados, y había que
mirar por la economía.
Pero la gran novedad de aquella mañana fue que la gentil y desenvuelta
Saloma logró avistarse con el italiano, sorprendiéndole en su cuarto
cuando daba la última mano en su retoque personal. Desempeñado había
con extraordinaria agudeza el encargo que le confirió don Beltrán,
ganando, si no la confianza, las atenciones de aquel señor. Por las
referencias de Saloma y el nombre del criado, se afirmó Urdaneta en
que el tal no era otro que el siciliano de que Fernando Calpena le
habló, intermediario clandestino entre las dos ramas borbónicas que
se disputaban el trono. Toda la madrugada, hasta que se durmió, había
estado el prócer devanándose los sesos por recordar la gracia de aquel
sujeto. Su memoria era ya para los nombres un verdadero caos. Mas
cuando Saloma le contaba su entrevista, se le metió súbitamente en el
cerebro a don Beltrán el perdido nombre, y gritó:
—¡Rapella, Rapella! Ya me acuerdo. En la punta de la lengua lo tenía.
Díjole por fin la navarra que el señor extranjero se alegró mucho al
saber que en el propio parador se hallaba persona de tan alta alcurnia,
a quien conocía de fama por sus amigos de Madrid, y que deseando el
honor de tratarle, le invitaba a almorzar.
—¿Ves? —dijo Urdaneta con alborozo, dando pataditas en el portal para
entrar en calor—. Tú me has traído la suerte, pues yo venía con mala
pata, y desde que te encontré, todas las cartas me salen buenas.
Antes de la hora del almuerzo juntáronse el viejo aristócrata y el
pintado diplomático en la calle, y cambiando mil finuras, hablaron
después cuanto les dio la gana, sin parar hasta que terminó el
comistraje. Hizo gala Rapella de su cortesanía, y derrochó sin tasa
el énfasis de su especial oratoria familiar. Aseguró a don Beltrán
que le conocía por lo que de él le habían hablado sus grandes amigos
Bernardino Frías, Luis Córdova, Paco Malpica, Martínez de la Rosa,
Quintana y otros. Hablaron luego de Fernando Calpena, mostrándose
Rapella muy gozoso de saber que vivía, pues ya le consideraba muerto;
y por fin se eternizaron en el comentario de las cosas políticas y
militares, la revolución de la Granja, las nuevas Cortes, la situación
política en Madrid y en la corte carlista, las intrigas de una y otra
parte, Espartero, Cabrera, las expediciones de Gómez, don Basilio y
Batanero... el buen giro de la guerra en el norte, el mal cariz de la
misma en el Maestrazgo.
Por más empeño que en ello puso, no pudo el viejo conseguir que Rapella
se clareara en lo de las misiones y recados que traía y llevaba de
corte en corte. Se escabullía gallardamente de todas las trampas que
el otro le armaba con capciosas preguntas. A veces la agudeza de don
Beltrán le cogía en contradicción. Dijo primero que iba hacia Vinaroz,
donde le aguardaba un barco que debía llevarle a Nápoles; después
indicó que el objeto de su viaje en tal dirección era solo avistarse
con su íntimo amigo Borso di Carminati, para darle un abrazo y pasar
unos días con él. Tenía en el ejército del Centro excelentes amigos,
entre ellos su paisano Cialdini, muchacho de gran porvenir, ayudante de
Borso. Inútil fue también el empeño que puso don Beltrán en sonsacarle
noticias y cuentos de las interioridades del cuartel de don Carlos...
Nada: el siciliano no daba lumbres. Y si no su locuacidad, perdía un
poco de su finura cuando el otro quería llevarle a cierto terreno,
apartándole de los temas que él elegía, siempre vagos, de generalidades
y lugares comunes. Por fin llevó la conversación a la persona y
hechos de Cabrera, de quien se mostró admirador, sosteniendo que era
ya vulgaridad insigne tenerle por uno de tantos cabecillas, notable
solo por su inquietud y ferocidad. Desde que apareció en la guerra,
conmoviendo y abrasando el país como fuego del cielo, mostrose gran
caudillo, tan buen conocedor del suelo como de los hombres, táctico y
estratégico de primera, audaz, incansable, heroico; y por entre estas
cualidades apuntaba ya un gran político.
—¡Oh, no tanto! ¿Ya quiere usted hacer de él un Napoleón?
—Un Napoleón de montaña, amigo mío.
Respecto a las tan cacareadas crueldades del jefe carlista, dijo
Rapella que habían sido estrictamente de carácter disciplinario militar
hasta que los cristinos derramaron con bárbara torpeza la sangre de
María Griñó. El asesinato de una mujer, sin más delito que ser madre
de Cabrera, creó nueva ordenanza militar, dando una infernal lógica
las horrendas carnicerías consumadas por uno y otro ejército. Fuera
de esto, para abrirse camino el travieso bigardón de Tortosa, y pasar
en breve tiempo de seminarista pendenciero a caudillo y gobernador
de hombres en los campos de batalla, no podía menos de emplear, como
resorte de dominio, el terror, la fiereza y la brutalidad. No se había
formado dentro de un organismo, sino que tenía que sacar el organismo
del caos social, y esto no se hace sino desplegando desde los primeros
momentos un genio implacable, aterrador, extraordinaria viveza para
aplicar justicias rápidas, de moral severa y primitiva, haciendo sentir
el peso de su mano antes de que pudiera discutirse el derecho con que
la levantaba. En las guerras civiles los hombres culminantes nacen así,
o no nacen nunca.
No le parecieron mal a Urdaneta estas razones, y como sacara a relucir
la especie, muy corriente en aquellos días, de la muerte del famoso
guerrero, negola el siciliano, sosteniendo que había, sí, corrido
grandísimo peligro en los últimos días de diciembre; pero que estaba
vivo, aunque al parecer no muy sano. En septiembre del año anterior
habíase unido Cabrera en Utiel a la expedición de Gómez. Juntos
recorrieron Cuenca, Albacete, la Mancha, Andalucía y Extremadura...
Si las tropas cristinas que les perseguían no pudieron deshacerles,
tampoco ellos lograron su intento de sublevar las comarcas que
invadían. Un correr continuo; exacciones y rapiñas en ciudades y
aldeas; aislados lances de guerra sin plan ni concierto, gloriosos unos
para los liberales, como el de Villarrobredo, ventajosos otros para los
carlistas, pero sin que de ninguno resultara el aniquilamiento de la
expedición, ni tampoco su triunfo; tal fue la obra combinada de Cabrera
y Gómez, caracteres antitéticos, de cuya unión no podía resultar nada
eficaz. La falta de engranaje entre uno y otro temperamento militar fue
marcándose en desavenencias, luego en discordias, y los dos cabecillas,
que juntos no podían formar una cabeza, riñeron al fin, a la vuelta de
Cáceres, campando cada uno por sus respetos. Cabrera se escabulló fugaz
y resbaladizo por el caminito que creyó más seguro para volver a sus
riscos y barranqueras del Maestrazgo, donde en su ausencia las cosas de
la guerra no iban muy prósperas, y amenazaba desbaratarse lo que él con
paciencia, rigor y firme mano organizado había.
Lo primero que intentó al pisar su terreno fue pasar al cuartel
general de don Carlos en el norte, para dar cuenta a este de la
desavenencia con Gómez y proponerle un nuevo plan de campaña en el
Centro. Llegose al Ebro, eligiendo el vado de Rincón de Soto como el
único que en aquella estación cruda era practicable; pero le salió mal
la cuenta, porque fue sorprendido por la columna de Iribarren, que le
deshizo, matándole muchos hombres y dispersándole los que quedaron con
vida. La suya estuvo en gran peligro. Acribillado de balazos, quedó
al amparo de la oscuridad junto a una pared, donde le recogió uno de
los suyos, el cabecilla que llamaban _La Diosa_, y le llevó atravesado
en una caballería, como un saco, pues montar no podía. Perseguido por
las tropas de Iribarren, debió su salvación a un cura que le escondió
en el sótano de su casa; allí pasó largos días y noches entre la vida
y la muerte, hasta que, mejorado de sus heridas, le trasladaron a un
abrupto monte, espesura más propia de lobos que de seres humanos, donde
permaneció en escondite, recobrando poco a poco la sangre perdida, y
con ella el brío y a ferocidad. De este apartamiento provino la noticia
de su muerte, que corrió por toda España descorazonando a los suyos
y llenando de tristeza y confusión a todo el carlismo de aquende y
allende el Ebro; pero ya en los últimos de enero (como unos quince
antes de la fecha en que esto se relata) se supo a ciencia cierta que
vivía, y que, sin reponerse de sus heridas y enfermedades, preparaba
nuevas correrías por la Plana de Castellón y riberas del Turia: que en
tal hombre la ociosidad era imposible, mientras alguna vida le quedase.
Cuando esto narraba el señor Rapella, no podía decir fijamente dónde se
hallaba el famoso caudillo; presumía que, medio muerto o medio vivo,
recogía sus fuerzas, las reorganizaba, lanzándose al terreno que la
naturaleza parecía haber amoldado a la hechura intelectual y física del
que bien podía llamarse, si no el león, el gato montés de la guerra.
—A fe mía —dijo don Beltrán—, que está usted bien informado. Ya cuidará
de decir a su amigo Borso que se ande con tiento, pues este mozo no es
de los que fácilmente se dejan destruir y aniquilar.
Por lo que a renglón seguido hablaron, comprendió el buen Urdaneta
que en los cálculos de su flamante amigo no entraba el llevarle en su
compañía, aunque en ello tuviera gusto, como se dejaba traslucir de lo
que manifestó con exquisita urbanidad y palabras equívocas. Delicado en
extremo, y muy ducho en artes mundanas, dio a entender don Beltrán que
los fines de su viaje exigíanle también ir solo, sin más acompañamiento
que el de sus criados; manifestación que puso en gran cuidado al otro,
recelando que llevase también misión diplomática, quizás como apoderado
o mensajero del patriciado aragonés. Pero no atreviéndose a entrar
en explicaciones, cada cual, como de zorro a zorro, se encerró en su
discreción, preparándose para continuar su caminata. Don Beltrán
partiría con la columna que a la sazón estaba en Fuentes, y a que
pertenecía Baldomero; don Aníbal aguardaba otra fuerza que llegaría por
la tarde, mandada por un coronel, íntimo amigo suyo. Apercibiéndose
para la partida, preguntó Galán a su antiguo señor que de dónde había
sacado el hermoso caballo que traía, el cual, mientras Tomé lo limpiaba
en el corral, era objeto de la admiración y curiosidad de todos los
allí presentes. Replicó don Beltrán que había ganado aquella joya en
una donosa y feliz apuesta; sin dar pormenores del caso, mandó venir
a su presencia a los dos escarmentados Joreas y el _Epístola_ y en un
poyo del portalón les interrogó acerca de los hijos supervivientes del
desgraciado Juan Luco. De Francisquín nada sabían a ciencia cierta; de
su hermana, monja profesa en el Monasterio de Sijena, a cuatro leguas
de Sariñena, dio el _Epístola_ informes más concretos. Había despuntado
Marcela, desde su entrada en religión, por su ciencia grave y su lucido
ingenio; sabía latín, y dándose a la lectura, lo mismo platicaba
de teología que enjaretaba versos y prosas en loor de los sagrados
misterios.
—Hace tiempo —dijo don Beltrán— que a mí llegó la fama, no solo de su
santidad, sino de su vivo entendimiento.