II

Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas

que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta

sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa

que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus

ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de

ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había

en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de

Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y

superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había

sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su

Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.

Presentía--o más bien dicho, sentía--que iba a escollar rudamente.

Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que

perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con

terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a

su hijo:

--Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es

cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.

Nébel vió toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le

tembló un poco.

--Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de

eso.

--¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...

Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?

--Sí.

--¿Y te reciben formalmente?

--C-creo que sí.

El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.

--¡Está bueno! ¡Muy bien!... Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte

el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que

puede pasar?

--¿Pasar?... ¿qué?

--Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para

reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a

alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?

--¡Papá!

--¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara... No me refiero a tu...

novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero

sabes de qué viven?

--¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...

--¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino

como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te

indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,

qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su

cuñado, pregunta!

--¡Sí! Ya sé que ha sido...

--Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro

sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!

--¡...!

--¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay

impulso más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes

llegar tarde!... ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a

tu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la

podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en

matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,

díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes

se lo llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te

quería decir.

El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;

salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más

violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no

ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en

vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de

tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus

artritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su

cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo

hacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vil

egoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que

hinchaban su vanidad.

Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco

por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos

y reclinados una _Illustration_, había creído sentir sobre sus nervios

súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo

pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la

mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente

sobre la suya.

¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara

manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban

hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el

brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,

la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques

de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por

elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy

gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los

ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;

pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la

hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor

seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora

la histeria había trabajado mucho su cuerpo--siendo, desde luego,

enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos

se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,

pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma

histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,

que sostenía su tonicidad.

Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas

burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz--esto es,

para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.

Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo

en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?

Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que

surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no

prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel

ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la

flor que pedía por él.

Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una

tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,

había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la

halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la

retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.

Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos

inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le

habría sido manchar.

¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible

su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le

permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el

consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.

La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una

sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro

suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de

forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma

inconveniencia que despreció.

Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con

alusiones a "mi suegro"... "mi nueva familia"... "la cuñada de mi

hija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con

más fuego.

Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de

octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre

hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su

padre esa noche.

--Será difícil--dijo Nébel después de un mortificante silencio--. Le

cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.

--¡Ah!--exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra

pausa siguió, pero ésta ya de presagio.

--Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?

--¡Oh!--se sonrió difícilmente Nébel--. Mi padre tampoco lo cree.

--¿Y entonces?

Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.

--¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?

--¡No, no señora!--exclamó al fin Nébel, impaciente--. Está en su modo

de ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere.

--¿Yo, querer?--se sonrió la madre dilatando las narices--. Haga lo

que le parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.

Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?

Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el

hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.

--Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi

consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!

Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de

cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.

--Hablé con mi padre--comenzó Nébel--y me ha dicho que le será

completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito

fulgor, se estiraban hacia las sienes.

--¡Ah! ¿Y por qué?

--No sé--repuso con voz sorda Nébel.

--Es decir... ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

--No sé--repitió él con inconsciente obstinación.

--¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha

figurado?--añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.--¿Quién

es él para darse ese tono?

Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su

familia.

--¡Qué es, no sé!--repuso con la voz precipitada a su vez--pero no

sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

--¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado

para esto!

Nébel se levantó:

--Señora...

Pero ella se había levantado también.

--¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su

fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia

irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su

familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para

ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su

familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo

pase bien!

Cuentos de Amor de Locura y de Muerte · 第 2 / 8 题