Durante dos meses, todos los momentos en que se veían, todas las horas
que los separaban, Nébel y Lidia se adoraron. Para él, romántico hasta
sentir el estado de dolorosa melancolía que provoca una simple garúa
que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus
ojos azules y su temprana plenitud, debía encarnar la suma posible de
ideal. Para ella, Nébel era varonil, buen mozo e inteligente. No había
en su mutuo amor más nube para el porvenir que la minoría de edad de
Nébel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y
superfluidades por el estilo, quería casarse. Como probado, no había
sino dos cosas: que a él le era _absolutamente_ imposible vivir sin su
Lidia, y que llevaría por delante cuanto se opusiese a ello.
Presentía--o más bien dicho, sentía--que iba a escollar rudamente.
Su padre, en efecto, a quien había disgustado profundamente el año que
perdía Nébel tras un amorío de carnaval, debía apuntar las íes con
terrible vigor. A fines de Agosto, habló un día definitivamente a
su hijo:
--Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ¿Es
cierto? Porque tú no te dignas decirme una palabra.
Nébel vió toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le
tembló un poco.
--Si no te dije nada, papá, es porque sé que no te gusta que hable de
eso.
--¡Bah! cómo gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo...
Pero quisiera saber en qué estado estás. ¿Vas a esa casa como novio?
--Sí.
--¿Y te reciben formalmente?
--C-creo que sí.
El padre lo miró fijamente y tamborileó sobre la mesa.
--¡Está bueno! ¡Muy bien!... Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte
el camino. ¿Sabes tú bien lo que haces? ¿Has pensado en lo que
puede pasar?
--¿Pasar?... ¿qué?
--Que te cases con esa muchacha. Pero fíjate: ya tienes edad para
reflexionar, al menos. ¿Sabes quién es? ¿De dónde viene? ¿Conoces a
alguien que sepa qué vida lleva en Montevideo?
--¡Papá!
--¡Sí, qué hacen allá! ¡Bah! no pongas esa cara... No me refiero a tu...
novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ¿Pero
sabes de qué viven?
--¡No! Ni me importa, porque aunque seas mi padre...
--¡Bah, bah, bah! Deja eso para después. No te hablo como padre sino
como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te
indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte,
qué clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su
cuñado, pregunta!
--¡Sí! Ya sé que ha sido...
--Ah, ¿sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ¿Y que él u otro
sostienen la casa en Montevideo? ¡Y te quedas tan fresco!
--¡...!
--¡Sí, ya sé, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya sé! No hay
impulso más bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes
llegar tarde!... ¡No, no, cálmate! No tengo ninguna idea de ofender a
tu novia, y creo, como te he dicho, que no está contaminada aún por la
podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en
matrimonio, o más bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera,
díle que el viejo Nébel no está dispuesto a esos tráficos, y que antes
se lo llevará el diablo que consentir en eso. Nada más te
quería decir.
El muchacho quería mucho a su padre a pesar del carácter duro de éste;
salió lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto más
violenta cuanto que él mismo la sabía injusta. Hacía tiempo ya que no
ignoraba esto: la madre de Lidia había sido querida de Arrizabalaga en
vida de su marido, y aún cuatro o cinco años después. Se veían aún de
tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus
artritis de enfermizo solterón, distaba mucho de ser respecto de su
cuñada lo que se pretendía; y si mantenía el tren de madre e hija, lo
hacía por una especie de compasión de ex amante, rayana en vil
egoísmo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que
hinchaban su vanidad.
Nébel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco
por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos
y reclinados una _Illustration_, había creído sentir sobre sus nervios
súbitamente tensos, un hondo hálito de deseo que surgía del cuerpo
pleno que rozaba con él. Al levantar los ojos, Nébel había visto la
mirada de ella, en lánguida imprecisión de mareo, posarse pesadamente
sobre la suya.
¿Se había equivocado? Era terriblemente histérica, pero con rara
manifestación desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban
hacia adentro, y de aquí la súbita tenacidad en un disparate, el
brusco abandono de una convicción; y en los prodromos de las crisis,
la obstinación creciente, convulsiva, edificándose a grandes bloques
de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por
elegancia. Tenía treinta y siete años; era alta, con labios muy
gruesos y encendidos, que humedecía sin cesar. Sin ser grandes, los
ojos lo parecían por un poco hundidos y tener pestañas muy largas;
pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestía, como la
hija, con perfecto buen gusto, y era ésta, sin duda, su mayor
seducción. Debía de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora
la histeria había trabajado mucho su cuerpo--siendo, desde luego,
enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos
se empañaban, y de la comisura de los labios, del párpado globoso,
pendía una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma
histeria que le deshacía los nervios era el alimento, un poco mágico,
que sostenía su tonicidad.
Quería entrañablemente a Lidia; y con la moral de las histéricas
burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz--esto es,
para proporcionarle aquello que habría hecho su propia felicidad.
Así, la inquietud del padre de Nébel a este respecto tocaba a su hijo
en lo más hondo de sus cuerdas de amante. ¿Cómo había escapado Lidia?
Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasión de chica que
surgía con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no
prueba de pureza, sino de escalón de noble gozo por el que Nébel
ascendía triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la
flor que pedía por él.
Esta convicción era tan intensa, que Nébel jamás la había besado. Una
tarde, después de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga,
había sentido loco deseo de verla. Su dicha fué completa, pues la
halló sola, en batón, y los rizos sobre las mejillas. Como Nébel la
retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recostó en el muro.
Y el muchacho, a su frente, tocándola casi, sintió en sus manos
inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan fácil le
habría sido manchar.
¡Pero luego, una vez su mujer! Nébel precipitaba cuanto le era posible
su casamiento. Su habilitación de edad, obtenida en esos días, le
permitía por su legítima materna afrontar los gastos. Quedaba el
consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle.
La situación de ella, sobrado equívoca en Concordia, exigía una
sanción social que debía comenzar, desde luego, por la del futuro
suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenía el deseo de humillar, de
forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma
inconveniencia que despreció.
Ya varias veces había tocado el punto con su futuro yerno, con
alusiones a "mi suegro"... "mi nueva familia"... "la cuñada de mi
hija". Nébel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con
más fuego.
Hasta que un día la llama se levantó. Nébel había fijado el 18 de
octubre para su casamiento. Faltaba más de un mes aún, pero la madre
hizo entender claramente al muchacho que quería la presencia de su
padre esa noche.
--Será difícil--dijo Nébel después de un mortificante silencio--. Le
cuesta mucho salir de noche... No sale nunca.
--¡Ah!--exclamó sólo la madre, mordiéndose rápidamente el labio. Otra
pausa siguió, pero ésta ya de presagio.
--Porque usted no hace un casamiento clandestino ¿verdad?
--¡Oh!--se sonrió difícilmente Nébel--. Mi padre tampoco lo cree.
--¿Y entonces?
Nuevo silencio cada vez más tempestuoso.
--¿Es por mí que su señor padre no quiere asistir?
--¡No, no señora!--exclamó al fin Nébel, impaciente--. Está en su modo
de ser... Hablaré de nuevo con él, si quiere.
--¿Yo, querer?--se sonrió la madre dilatando las narices--. Haga lo
que le parezca... ¿Quiere irse, Nébel, ahora? No estoy bien.
Nébel salió, profundamente disgustado. ¿Qué iba a decir a su padre?
Éste sostenía siempre su rotunda oposición a tal matrimonio, y ya el
hijo había emprendido las gestiones para prescindir de ella.
--Puedes hacer eso, mucho más, y todo lo que te dé la gana. ¡Pero mi
consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ¡jamás!
Después de tres días Nébel decidió aclarar de una vez ese estado de
cosas, y aprovechó para ello un momento en que Lidia no estaba.
--Hablé con mi padre--comenzó Nébel--y me ha dicho que le será
completamente imposible asistir.
La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
fulgor, se estiraban hacia las sienes.
--¡Ah! ¿Y por qué?
--No sé--repuso con voz sorda Nébel.
--Es decir... ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?
--No sé--repitió él con inconsciente obstinación.
--¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
figurado?--añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.--¿Quién
es él para darse ese tono?
Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
familia.
--¡Qué es, no sé!--repuso con la voz precipitada a su vez--pero no
sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.
--¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
para esto!
Nébel se levantó:
--Señora...
Pero ella se había levantado también.
--¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia
irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su
familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para
ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su
familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo
pase bien!