Y aquí abre mi memoria un oasis fresco, umbroso y apacible en el árido
y enmarañado desierto de mis recuerdos; en él se levanta y por él
corre, y su abrasada atmósfera templa y oréa una brisa vital, salubre
y perfumada que envia mi corazon amante á mi descarriada fantasía.
¿Por qué no he de sentarme á reposar un punto á la sombra de este
oasis? ¿Por qué no he de aspirar esta brisa á la luz del único rayo
de esperanza que ilumina la lóbrega y tempestuosa atmósfera de mis
recuerdos, y el turbio y estéril arenal de mi inútil existencia? ¿Qué
son estos mis Recuerdos del tiempo viejo más que las aspiraciones
íntimas de mi alma, los suspiros de mi corazon y los latidos de mi
conciencia? Surja, pues, de las aguas azules del pintoresco lago de la
poesía el vapor puro de los suspiros del alma; revélese el hombre en la
faz del poeta, y véase el corazon de aquel á través de las cuerdas de
la lira de éste.
Por aquel tiempo vino á Madrid mi pobre madre, á quien yo no habia
visto y de quien nada habia sabido desde aquella desventurada noche en
que abandoné mi paterno hogar.
Dos figuras bellísimas, dos imágenes tan queridas como nunca olvidadas,
resaltan en este cuadro de mis recuerdos: la de mi madre y la de Paco
Luis de Vallejo, corregidor de Lerma en 1835, á quien dediqué mi _D.
Juan Tenorio_ en 1844. Volvamos un instante la vista al mes de Julio de
1835 para posarla despues en el de 1844.
A la llegada á Madrid de la Reina María Cristina, era mi padre
superintendente general de policía del reino: el duque de San Cárlos y
Arjona, que para traerle hasta tan importante puesto le habian hecho
pasar por la Chancillería de Valladolid, la Audiencia de Sevilla y la
Sala de Alcaldes de casa y corte, se le habian propuesto á Fernando
VII como un partidario fiel de la causa realista, como un íntegro
magistrado y un hombre de carácter enérgico, á propósito para limpiar
á Madrid de los ladrones y vagos que pululaban en 1827 por las mal
empedradas calles y peor alumbrados callejones de la villa y corte
de entónces, de la cual dan tan exacta idea las Memorias de Mesonero
Romanos. Al instalarse mi padre en la superintendencia, en la casa de
la calle del Príncipe que hoy habita el duque de Santoña, tenia ya
montada una policía, que acabó en cuarenta dias con todos los ladrones,
de la manera que tal vez diré en algun artículo posterior. Bástame, por
hoy, indicar el principio tan bárbaro como exacto de que su justicia
partia, y era este: «Los séres humanos, que faltos de educacion moral
y religiosa, y viviendo en guerra con la sociedad, creen que el robo
es una profesion, y el asesinato necesario para cometer y encubrir el
robo, no tienen más que un miedo: el de la muerte.» En consecuencia
de cuyo principio, y conociendo el modo lento y embrollado con que la
justicia ha solido caminar siempre en España, anunció que «los ladrones
quedaban sujetos á una comision militar, asesorada por un alcalde de
casa y corte y un escribano del crímen;» instalóse la tal comision;
y ladron cogido, ladron ahorcado. Bárbaro era tal vez el principio,
pero necesario y eficaz fué el procedimiento; los únicos tres años
que Madrid ha estado completamente libre de ladrones _de profesion_,
fueron los de 28, 29 y 30. Otro dia hablaremos de esto: no manchemos
hoy con tan repugnantes memorias la purísima de mi madre y la alegre y
caballeresca del apuesto _garçon_ corregidor de Lerma, Paco Vallejo.
Mi padre fué el primer dignatario de la situacion realista depuesto
por la influencia liberal de la Reina Cristina: cayó como los vencidos
que capitulan, y salió con armas y bagajes: las condiciones de su
destitucion no fueron más que la de salir de Madrid y sitios reales
en el término de ocho dias. Fué, pues, á refugiarse á un pueblecillo
de la provincia de Búrgos, en donde un hermano de mi madre era cabeza
de una numerosa familia, y á cuyo otro hermano, capellan de aquel
pueblo, habia nombrado canónigo de la colegiata de Lerma el duque del
Infantado, patrono de aquella iglesia y heredero del duque de Lerma, su
fundador. El cólera del 34, que introdujo la muerte y la division en la
familia, nos obligó á abandonar aquel pueblecillo tan pequeño, oculto
y desconocido, que su nombre no se halla en los mapas; y miéntras yo
pasaba las temporadas del curso escolar en las Universidades de Toledo
y Valladolid, mis padres vivian en un tranquilo destierro en casa de mi
tio el canónigo de Lerma. Allí fué de corregidor mi inolvidable Vallejo.
Su llegada fué un acontecimiento para el partido que iba á gobernar, y
un justo motivo de sobresalto para mi padre; quien no habiendo aprobado
el levantamiento carlista, en cuyo éxito no creia, habia rechazado las
sugestiones de los amigos y de los agentes del levantamiento, resuelto
á no mezclarse en él por voluntad propia; pero hombre importante y
conocido de la pasada situacion, no podia ménos de ser sospechoso al
nuevo gobierno, y se dió tal vez por perdido al ver llegar á Lerma
un corregidor modelado en un molde tan distinto del en que él habia
concebido que debian vaciarse los corregidores. Paco Vallejo era un
mozo de veintisiete años, que vestia con elegancia, que marchaba con
soltura, que fumaba ricos habanos que de Madrid le remitian, que bebia
Jerez, y, ¡cosa inconcebible para mi padre! que se presentó á tomar
posesion de su corregimiento con el uniforme de nacional de caballería
de Madrid, con el chacó en la cabeza, el baston en la derecha y el
sable á la cintura. Paco Vallejo era uno de los calaveras de buen
tono de aquella edad de calaveras, que volvieron del revés á España
como un sastre la manga de una levita, á la cual hay que poner forros
nuevos: un Don Juan de la clase media, que podia presentarse y bravear
en el salon más aristocrático: un abogado jóven lleno de audacia y de
talento, tan agudo de ingenio como seductor de modales, á quien era
preciso tener un par de años en un corregimiento para hacerle llegar á
una toga en la audiencia de la Habana: y á quien mi padre y yo tuvimos
la fortuna de que nos enviara á Lerma D. Cláudio Anton de Luzuriaga.
Cuando Vallejo llegó á Lerma, acababa yo de volver, concluido el curso
de la Universidad de Valladolid. Dimos uno con otro, él bajando y yo
subiendo la calle Mayor; llamé yo su atencion por mi traje y porte
más cortesano del de la gente del país: encaróse conmigo, plantémele
yo delante cediéndole la derecha, pero sin bajar mis ojos á su
investigadora mirada, y preguntóme:--¿Quién es V., caballerito, que no
tiene trazas de ser de esta tierra?
Decliné yo mi nombre y el de mi padre, y esperé, sombrero en mano, á
que tomara mi filiacion en unos instantes de silencio y bajo el poder
de una escrutadora mirada, ante la cual no creí conveniente bajar la
mia.
--Está bien--me dijo, concluido su exámen--tendré mucho gusto en
conocer al padre de tal hijo. ¿Dónde le ha educado á V. su señor padre?
--En el Real Seminario de nobles de Madrid--respondí.
--¡Hola! ¿es V. discípulo de los jesuitas?
--Sí, señor; pero no les hago mucho honor, porque he sido siempre muy
desaplicado.
--No habrá sido en la cátedra de la lengua castellana.
--Ni en la de otras.
--¿Conoce V. muchas lenguas extranjeras?
--Tengo rudimentos de tres y rompo en ellas la conversacion.
--Espero tener ocasion de hablar con V. en alguna; tal vez en las tres.
--Estoy á la disposicion de usía.
--Y mi corregimiento á la de su señor padre: hagáselo V. presente de mi
parte.
Siguió su camino el corregidor, y apreté yo el paso hácia mi casa para
advertir á mi padre de que creia que acababa de cometer una torpeza,
que podia muy bien habernos puesto en mal con el miliciano corregidor.
Frunció mi padre el entrecejo escuchando mi narracion, pero no desplegó
sus labios, y ántes de anochecer fué á visitar á Vallejo, dejando á mi
madre y á su hermano el canónigo en angustiosa incertidumbre; era para
ellos evidente que yo habia traido á mi padre la órden de presentarse
inmediatamente ante aquella extraña autoridad.
Al volver mi padre de su visita, respondió á la interrogadora mirada de
mi madre con estas palabras:--«Es un hombre atentísimo y no temo doblez
en él; pero no puedo comprender sus intenciones.
Yo no puedo visitar á V.; me ha dicho al despedirme; pero envíeme V.
á su hijo: no sé comer solo, soy algo hablador y me ha parecido que
su hijo de V. no tiene pelos en la lengua.--¡Dios ponga tiento en
ella! exclamó mi padre volviéndose á mí. Mañana irás al alojamiento
de ese botarate, y sereis dos: si te invita á comer, acepta; pero no
bebas. Habla poco, si puedes, y escucha bien lo que te diga, porque
probablemente te lo dirá para que me lo repitas.»
Maldita la gracia que me hizo la posicion en que el nuevo corregidor
me colocaba entre él y mi padre: pero despues de una noche no muy
tranquila para ninguno de los tres que componíamos la familia, á las
cuatro en punto de la tarde pasaba yo un poco receloso los umbrales de
la casa en que se alojaba D. Francisco Luis de Vallejo, á quien desde
aquella tarde consagré un cariño fraternal y un agradecimiento que no
se extinguirá sinó con la vida.
Llegué hasta el aposento del corregidor sin tropezar con portero ni
alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque
no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en mí
conociera, dí resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos,
y al «adelante» con que desde dentro me autorizaban á penetrar en
aquel _sancta sanctorum_ de la justicia lermeña, me presenté con
tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera
autoridad del partido. Leia Vallejo, tendido en un sillon de cuero,
un libro encuadernado en vetusto y amarillento pergamino; los piés
tenia con botas y espuelas puestos en dos sillas y el codo izquierdo
en la esquina de una mesa de piés salomónicos, que sobre su tablero
sustentaban por el momento, y en vez de legajos de papel sellado, un
gran plato de nueces frescas, muy pulcramente peladas, y un pichel de
aquella agradable bebida compuesta de limonada y vino que se llamaba
sangría en aquel tiempo viejo, y con la cual templaba el corregidor
el ardiente efecto del oleoso fruto del nogal. Soltó el libro y
levantóse para recibirme; é hízolo con tan atractivos modales y con tan
afectuosas palabras, que al cabo de media hora, uno en frente de otro,
dábamos cuenta de la última nuez y de la gota postrera de sangría, en
medio de la más alegre conversacion de estudiantes y de la más franca y
espontánea amistad de muchachos.
Esta rápida é inconcebible union de dos tan distintos individuos,
la habia operado en pocos minutos el libro que Vallejo leia: las
coplas del marqués de Santillana y de Jorge Manrique, manuscritas y
encuadernadas en la edicion gótica de Sevilla de las trescientas de
Juan de Mena.
Si en lugar de escribir estos recuerdos en las columnas de un periódico
los escribiese en las páginas de un libro, llenarian algunas los
pormenores de esta escena. Paco Vallejo era originalísimo en sus
opiniones, excéntrico en sus ideas, y tan picante como ameno en su
conversacion. Venia de la corte impregnado en el espíritu de todos
los gérmenes políticos, económicos, artísticos y literarios de la
revolucion.
Era un índice vivo de cuantos libros y periódicos iban publicados en
aquella primera, modesta y recelosa libertad de imprenta; sabia de
memoria las principales escenas del _Edipo_, de Martinez de la Rosa;
del _Macías_, de Larra; de la _Marcela_, de Breton, y los chistes, de
Ventura, y los _Cantos_ de Espronceda, que acababa Ochoa de publicar
en _El Artista_, y podia decir al dedillo la historia de todas las
cantantes, desde la Albini, la Cesari y la Lorenzani, y de todas las
bailarinas, desde la Sichero y la Volet; recitóme veinte canciones
italianas, para mí desconocidas, y encantóme con la de Zanotti, que
lleva por estribillo aquel famoso _¡oh giuramenti predda de' venti!_
Recítele yo mi _Dueña de la negra toca_ y mi _Canto de Elvira_, con
los versos á una Catalina, la moza más garrida que por entónces vivia
en Lerma; pidióme y díle noticias y narréle lo que de las muchachas
de la comarca se susurraba; díjome y díjele, contéle y contóme tantos
versos tan ingeniosos como subidos de color, y tantas historias tan
gratas de recordar como imposibles de repetir; y cuando la dueña de la
casa se decidió á avisarnos que la sopa estaba en la mesa, así nos
acordábamos, como por los cerros de Ubeda, ni él de que era corregidor,
ni yo de que era el hijo de mi padre.
Aquellas tan frescas como excitantes nueces nos habian hecho acabar
con el pichel de sangría; y aunque el vinillo ágrio de Lerma, segun
decia mi tio el canónigo, no era bueno más que para echar lavativas á
galgos, nos habia abierto tanto el apetito como alegrado el corazon y
calentado la cabeza--borrando los diez años de diferencia que entre
mis diez y siete y los veintisiete del corregidor mediaban. Comimos
como dos condiscípulos que á hallarse juntos volvieran tras diez años
de separacion, y éramos á los postres tan amigos y tan iguales como si
de veras condiscípulos hubiéramos sido desde la escuela de primeras
letras. Y así llegamos á las nueve de la noche, y oí yo con asombro,
y casi con espanto, las campanas de la Colegiata, que tocaban á las
Animas: era la primera vez que tal hora me cogia fuera de la casa de
mi padre, era la en que se rezaba el rosario en ella, y era yo el
encargado de guiarle.
Conoció Vallejo que algo me angustiaba; preguntóme qué, y reveléselo
yo: entónces, tomando una de las dos luces que habian alumbrado nuestro
festin, y volviendo á llevarme al aposento en donde le hallé, escribió
una carta de media página á mi padre; llamó al alguacil de renda y
le mandó que á mi casa me acompañara; dióme por despedida lo escrito
cerrado en un sobre, y díjome al oido: «dí á tu padre que queme ese
papel en cuanto le lea, y que no deje de enviar á su hijo de cuando en
cuando á comer con el corregidor.»
Entré yo en mi casa con los carrillos muy encendidos y los ojos muy
alegres: aguardábame ya impaciente mi familia, y recibióme mi padre
con el ceño un poco fruncido y en un silencio muy poco á propósito
para infundirme ánimo; pero yo, sin decir palabra ni darle tiempo de
pronunciar una, púsele en las manos la carta de Vallejo, con lo cual
obligándole á fijar su atencion en la misiva, logré que la apartara del
portador.
Leyó mi padre y quedóse un punto suspenso, contemplando lo escrito como
si no lo comprendiera; y aprovechando la posicion en que, inclinado
hácia adelante, tenia la carta y la cabeza cerca de la luz, díjele al
oido como Vallejo me lo habia dicho: «Que queme V. ese papel en cuanto
le lea.»
Quitó mi padre sus ojos del papel para fijarlos en los mios, y
preguntóme: «¿Te lo ha leido él á tí?»
No, contesté con la firmeza de quien decia verdad; y en silencio mi
padre quemó el papel, quedando de él no más que el pico, por el cual
entre su pulgar y su índice lo tuvo miéntras ardió. Tiró despues del
cordon de la campanilla y mandó que sirvieran la cena: «Tú habrás
comido muy tarde, me dijo: nosotros hemos rezado ya el rosario, y
tendrás ganas de acostarte: toma tu luz, y te dejaremos en tu cuarto;»
y miéntras todos bajaban al comedor, que estaba en el entresuelo, me
dijo mi padre al dejarme en mi dormitorio, que tenia su puerta en el
arranque de la escalera:
«Mañana irás á decir á Vallejo lo que me has visto hacer con su carta
y le darás las gracias,» y añadiendo entre dientes y como quien habla
consigo mismo: «¡si tuviera la cabeza tan sana como el corazon..!» me
cerró la puerta y me acosté tan satisfecho de haber salido tan bien
librado como curioso de saber lo que decia aquella carta, que tan bien
me habia escudado del justo mal humor de mi padre.
Vallejo tenia suficiente juicio para no fiar al chico lo que corriera
riesgo de su insensata locuacidad: el corregidor fué con el padre un
caballero de la tabla redonda y un muchacho desatalentado con el hijo
futuro autor del _Tenorio_, y único sér con quien el noble calavera
madrileño, á quien debia aquel drama ser dedicado, podia tener afinidad
en aquel país.
El corregidor liberal, el apuesto y caballeroso garzon, arriesgó su
favor y su empleo por amparar al magistrado en desgracia y fué el
primero que auguró al hijo un porvenir tan brillante como inútil para
uno y otro.
Ocho años despues, supe por mi madre que la carta de Vallejo, que de
su parte llevé yo á mi padre, decia: «Traigo órden de vigilar á V. y
de no dejarle respirar, pero puede V. dormir tranquilo miéntras yo sea
corregidor de Lerma; y cuando tenga V. que _emprender algun viaje_,
avísemelo V. con tiempo para que pueda usted partir sin despedirse de
mí, miéntras esté yo de expedicion por mi ínsula Barataria; pero no
deje usted de enviarme al chico; que tendrá siempre tan buen lugar en
mi mesa, como creo que le tiene en el porvenir que abre en España á las
letras la revolucion que se desarrolla.»
¡Oh, bueno y leal Paco Vallejo! Pocos meses despues tenias que consolar
á mi pobre madre y desvanecer las sospechas del receloso y severo juez,
que tal vez creyeron por un momento que podias tener parte con tus
consejos en el crímen con que el hijo se abrió las puertas del porvenir
famoso que tú le habias predicho, y que sólo valió al padre, á la madre
y al hijo pesadumbres y desengaños.
Mi madre, harta de vivir escondida en un pueblucho de una sierra, en
donde nieva desde Noviembre hasta Febrero, y en el cual, incomunicada
y sin noticias del mundo, habia vivido cinco años sin saber lo que en
el mundo pasaba, vino por fin á llamar á las puertas de la casa del
hijo ingrato, cuyo amor filial creia extinguido por la vanidad de unos
triunfos que no la habian producido más que ruido y coronas de papel
dorado. Un viejo eclesiástico, que la habia servido de protector,
se presentó al hijo con la desconfianza de un católico que tuviera
necesidad del amparo de un hereje; que era, y es aún lo que se cree en
algunos pueblos de Castilla de los que usamos perilla y bigote; pero
no bien el anciano sacerdote comenzó á tantear los sentimientos del
hijo, cuando éste se echó en sus brazos deshecho en lágrimas, clamando
ansioso por abrazar á su infeliz madre; trajímosla á nuestra casa,
y una nueva luz, una nueva vida y una nueva inspiracion entraron en
ella. Habia yo vivido poquísimo tiempo con mi madre; á los ocho años
me habia metido mi padre en un colegio de Sevilla; á los diez me puso
en el de nobles de Madrid, y sólo dos veranos, durante las vacaciones
del 34 y 35, habíamos vivido bajo el mismo techo, pero entre el miedo
y los pesares del destierro y en la escasez de expansiva confianza de
los que se conocen mal y no se aprecian bien; resultado inevitable de
la educacion fuera de la familia: se pierde uno para ésta tanto cuanto
se gana para la sociedad; yo me gané para el mundo y me perdí para mi
familia, no nos tratamos y no nos conocimos. Vino, pues, mi madre á
mi casa, y yo no sabia ser su hijo; la trataba como á hija mia. Yo la
mimaba, yo la peinaba, yo la dormia; sentia que no fuese una niña de
tres años, para poderla tener todo el dia sobre mis rodillas y velarla
de noche el sueño, colocada en mis brazos su cabeza. A la luz de sus
ojos, al calor de su cariño, al influjo de su presencia, produje yo en
tres meses los tres tomos de mis _Cantos del Trovador_; y un libro del
P. Nierenberg, en que ella leia, me sugirió la idea de mi _Margarita la
tornera_; y en aquel D. Juan que tan mal estudia en la Universidad,
Sintiéndose el alma seca
de hablar de legislacion
y con la mala intencion
de quemar la biblioteca,
y que vuelve por fin despechado y pobre á aquella casita solitaria, hay
algo de mi historia y de la de mi casa; y en aquel altar enflorado,
y en aquella despedida de la monjita en el altar arrinconado del
cláustro, y en aquella narracion rebosando fé sincera, inspiracion
juvenil, frescura de selva vírgen, y aroma de rosas de Mayo y poesía
nacional y cristiana, está encerrado el espíritu religioso de mi devota
madre; está derramada á manos llenas la esencia del amor filial, la
poesía del corazon amante del hijo que escribió aquellos versos ante
la sonrisa de la madre adorada... y por eso es _Margarita la tornera_
la única produccion que me ha conquistado el derecho de llamarme poeta
legendario, y creo que el poeta que la escribió no merece ser olvidado
en su patria; y cuando veo que la fama eleva en sus alas á otros
poetas contemporáneos, no tengo envidia de sus merecidos triunfos ni
de las justas alabanzas de sus modernas obras, y me digo á mí mismo
callandito, sin orgullo, modestamente, pero con conciencia de mí mismo:
«yo tambien soy poeta; yo tambien he escrito mi _Margarita la tornera_.»
Pero, ¿qué diablos importan todos estos recuerdos íntimos y personales
á los lectores de _El Imparcial_? Mi pobre madre, que tenia mucho
miedo á mi padre, se fué de mi casa... y murió sin que yo la volviera á
ver; mi _Margarita la tornera_, inspirada por la presencia de mi madre,
es el sudario en que puedo envolver mi memoria póstuma para que se
conserve más tiempo sobre la tierra; puede servirme de confesion á la
hora de mi muerte, si la Providencia me hace morir inconfeso, ¡y quién
sabe si podrá abonarme ante el tribunal de Dios, cuando mi alma sea por
Él llamada á juicio!
Paco Vallejo volvió de la Habana, y yo le dediqué mi _D. Juan Tenorio_,
para que su nombre viviera con el mio unos cuantos dias más despues de
nuestra muerte; que es lo ménos que en nombre mio y de mi padre debo á
la memoria del amigo leal y del caballeroso amparador.
Volvamos ahora al teatro, para el cual habia dejado de escribir de los
de Madrid en ausencia de Cárlos Latorre; y veamos cómo y por qué fué
mi _Traidor, inconfeso y mártir_, el único drama que yo escribí para
Julian Romea, y el único que estoy satisfecho de haber escrito.